miércoles, 1 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXII (02.05.2013)

Cuando el Señor de Urueña le informó sobre cómo y quién había gestado el escenario bélico en el Hornija,  Alfonso IX, Rey de León, se sintió traicionado y de buen grado hubiera dispuesto la decapitación de Sancho Mena al que, sin embargo, perdonó la vida a cambio de una importante contribución económica a la Corona y de soldados cuando así lo precisara el ejército real. Urueña era plaza codiciada por Castilla, reino al que ya había pertenecido en el pasado, y su proximidad a la frontera la hacía extremadamente valiosa para quien la poseyera. Temía el Rey que si ejecutaba a su Señor, la Villa pudiera entregarse a Castilla y, si así fuera, tendría que recuperarla por las armas y no era aconsejable enfrentarse a su primo Alfonso VIII con un ejército más numeroso y mejor preparado y mucho menos con la influencia que, tras la histórica victoria contra los muslimes en las Navas de Tolosa, tenía entre los reyes de Portugal, Navarra y Aragón, ninguno de los cuales se negaría a prestarle ayuda si la solicitara. No, no eran buenos momentos para cruzar las armas. Tendría que evitar crear las circunstancias que pudieran obligarle a hacerlo, así que sancionaría severamente el Señor de Urueña y no le ejecutaría, pena que era la que, por su traición al Reino, merecía, aunque su felonía más se debiera a su poca cabeza que a deslealtad.
De esta forma había razonado el Rey, por lo que la noticia de la fuga del intrigante consejero del Señor de Urueña, urdidor de la trama, había disgustado sobremanera haciéndole incluso llegar a desconfiar del celo de Sancho Mena en la ejecución de la orden que le había dado de arresto y ejecución de aquel consejero. Fue su Alférez, Rodrigo Pérez de Villalobos, quien le informó de la fuga de Leopoldo López y a él le ordenó el Rey que investigase las circunstancias en las que se había producido la fuga y si en ella , ya fuera por acción u omisión, estaba involucrado  Sancho Mena.
El  jueves diez y ocho de julio, dos días después de la fuga de Leopoldo López, el capitán del Rey, Salvador Río, salía de Palacios de La Val d’Ornia  cumpliendo la orden del Alférez de León de esclarecer todo lo relativo a la fuga del consejero del Señor de Urueña, llegando a la Villa el viernes diez y nueve a media mañana. Cuando le fue anunciada su presencia a Sancho Mena, éste se temió lo peor, pues aquel capitán era el mismo que día antes había venido a buscarle para llevarle ante el Rey. Sólo se tranquilizó cuando su mayordomo, respondiendo a su pregunta, le dijo que no le acompañaba soldado alguno.
Salvador Río le expuso la razón de su visita, así como que el Rey  estaba muy contrariado por no haberse cumplido la orden de arresto y ejecución de Leopoldo López.
- Si grande es la contrariedad de nuestro Señor, no es menor la mía, ya que habiendo recibido yo la orden del propio Rey y dispuesto a cumplirla tan pronto llegara a esta Villa, me fue imposible llevarla  a cabo, pues  el que en mala hora tomé como consejero, se había ido de la Villa el día anterior al de mi regreso- le contestó Sancho Mena.
- ¿Y qué hicisteis entonces, si me permitís preguntároslo?
- Al carecer de información que me permitiera colegir a dónde o hacía dónde había huido, nada pude hacer – contestó.
- ¿Y cómo supisteis que había huido?
- Amador García, el jefe de mi tropa, me informó de ello tras buscarle en vano por toda la Villa para cumplir la orden de arresto que yo le había dado, tras lo cuál, despaché un correo a la Corte para informar al Rey sobre lo sucedido.
- ¿Confirmáis entonces que aún no estabais en Urueña cuando ese hombre huyó?
- Así es, y lo podéis inferir fácilmente, pues con vos me fui a ver al Rey  y  no desconocéis lo que se tarda a caballo, y el Alférez sabe bien cuando salí de Palacios para regresar aquí.
- ¿En algún momento habéis llegado a pensar en la posibilidad de que alguien pudiera haberle puesto sobre aviso?
- Cierto es que llegué a pensar en ello, pero concluí que era imposible, ya que yo era la única persona que conocía la orden real y sólo al jefe de mis solados se la transmití, pero una vez, tal como ya os he dicho, llegado aquí. Si la huida tiene que ver con la orden de arresto dictada por el Rey y se produce un día antes de que quien ha de ejecutar esa orden regrese a la Villa, permite inferir que si existió sobre aviso, este tuvo que llegar directamente desde Palacios, algo que siendo posible es poco probable, ya que de aceptar esa hipótesis, tal advertencia procedería del entorno del propio Alférez, Rodrigo Pérez de Villalobos, que era la única persona presente cuando el Rey me dio la orden de arresto y ejecución, y la lealtad del Alférez está fuera de toda duda.
- Decís bien, Señor Mena, lo que nos lleva a pensar que la huida de vuestro consejero se debe  alguna otra razón que desconocemos y que, por azar, ha coincido en el tiempo, con la orden de arresto y ejecución dictada por el Rey. No obstante, permitidme que os diga que, a pesar de desconocer hacia dónde se puso en fuga, debisteis enviar soldados  en su busca por los caminos y poblaciones de la comarca pues, en el peor de los casos, un día de ventaja no es impedimento grave para poder alcanzarle.
- Quizás tengáis razón- concedió Sancho Mena a quien no le gustó el comentario del capitán Río – pero aún no es tarde para hacerlo, ya que si su huida se debe a asuntos que nos son ajenos, no cabalgará deprisa y además no es buen jinete. Mandaré de inmediato patrullas de soldados por los caminos de Medina, Toro y Malgrat.
- ¿Y cómo  reconocerán al que buscan? – preguntó.
- Todos los soldados del castillo lo conocen, así que no tengáis temor a que apresen a quien no debieran. No daré yo gato por liebre al Alférez, si es que por esa razón me lo preguntabais, así que descuidad, que dispuesto estoy, si así lo deseáis, a enviaros su cabeza para que se pueda comprobar su identidad – respondió molesto.
- Disponedlo entonces ya, pues de todo esto he de informar al Alférez, así como de vuestro celo en cumplir la orden del Rey. Cuando vuestros soldados lo capturen, lo entregaréis al verdugo y enviareis un correo a la Corte informando sobre ello.
- Así se hará, Capitán y decidle a Don Rodrigo que todo mi empeño y medios están puestos en cumplir la orden de Su Majestad.
Salvador Río esperó  para regresar a Palacios hasta  que salieron las patrullas de soldados a recorrer aquella vasta comarca buscando al que hasta hacía unos días era el segundo hombre más importante y con más poder de la villa de Urueña.

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