viernes, 15 de febrero de 2013
IÑIGOI ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, por Alfonso Martínez.
CAPITULO II (16.02.2013)
Ajeno a lo que el ex-regidor Leopoldo López tramaba a más de cuarenta leguas de distancia de Cuéllar, el capitán Iñigo Aldai ejercía sus nuevas funciones como alcaide de la ciudadela y síndico principal del Consejo de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar auxiliado en las cuestiones administrativas por el Padre Gumersindo, aunque, en honor a la verdad – reconocía el Capitán – era el religioso quien llevaba el mayor peso, sometiendo a la aprobación del Capitán la decisión final sobre tal o cual asunto, lo que agradecía sobremanera pues, tal como le había dicho a su Señor Don Diego, no se consideraba capacitado para llevar la administración y gobierno de un castillo.
Su nombramiento como alcaide fue muy bien recibido por la guarnición y personal de la ciudadela, así como por los procuradores de los sexmos de Tierra y la población de la Villa en general, tal como tuvieron ocasión de expresarlo durante los festejos, sufragados estos a partes iguales por el Castillo y por la Comunidad, con motivo del casamiento del Alcaide con Doña Marta De La Fuente, celebrado en el día de Epifanía del Señor, en la iglesia de San Martín. El Padre Gumersindo sugirió esta iglesia por su mayor capacidad, pues con sus tres naves, una central muy ancha y dos laterales de menor anchura, permitiría una mayor asistencia a la ceremonia, además de no ser tan austera en su decoración que la de San Pedro, donde tuvieron lugar las honras fúnebres del alcaide Fernando Huarte y, al tener dos entradas, una orientada al norte y la otra al sur, permitiría la entrada y salida de los invitados con mayor facilidad. Otra de las razones esgrimidas por el Padre Gumersindo era que celebrándose la ceremonia en San Martín, se facilitaba la asistencia de la gente de la Villa, que podía ser colocada en la explanada existente entre la iglesia y el castillo, evitándose también dificultades para el cortejo nupcial que para bajar a San Pedro habría de hacerlo por las estrechas calles que llevaban a la iglesia y, lo que sería peor, tener que subir la prolongada pendiente para regresar al castillo, algo que, suponía el Padre Gumersindo, no sería del agrado de los prelados invitados, poco acostumbrados a tales ejercicios.
Asistieron a los fastos, además de todos los hombres importantes de la comarca, Don Lope Díaz de Haro, hijo de Don Diego López, V Señor de Vizcaya y a quien pertenecía el castillo de Cuéllar, que representaba a su padre en el acontecimiento y además era amigo de Iñigo Aldai.
Fue Don Lope quien informó al Capitán, que su padre se encontraba en la Corte de León asesorando a Alfonso IX en sus planes de conquista del territorio almohada hacia el suroeste.
También asistieron Gerardo, obispo de Osma, y Giraldo (*), obispo de Segovia. La representación del castillo de Guardo, lugar de origen de Marta De La Fuente, cuyos padres había fallecido años atrás, la ostentaba el obispo de Palencia, Tello Téllez de Meneses debido a que el castillo era propiedad del obispado de Palencia desde el 1035,
Los prelados acordaron que oficiase la ceremonia el Obispo Giraldo auxiliado por el padre Gumersindo, actuando el de Osma y Palencia como testigos.
Estuvieron presentes los señores de Coca, Peñafiel, Iscar, Villafranca, Pedraza, Arévalo y Fuensaldaña.
La representación del Rey la ostentaba el nuevo regidor, Pablo Isasi, nombrado dos semanas antes. Al ser la Villa de Cuéllar de realengo, por tanto que respondía directamente ante el Rey y era administrada por su regidor, Alfonso VIII, en esta ocasión, había pedido a Diego López de Haro que le propusiera un candidato para ese cargo, pues quería evitar la posible repetición de hechos indeseables como los que hacía pocos meses habían cometido el regidor Leopoldo López. Don Diego propuso al monarca a un hidalgo de su Señorío, con experiencia en administración de bienes, probada lealtad a su Casa y aptitudes diplomáticas. De esta forma llegó Pablo Isasi, desde su solar en Lezama, a la Villa de Cuellar.
Ese 6 de Enero del mil y doscientos trece, amaneció luminoso, tal como si la Naturaleza quisiera sumarse a la celebración de ese día. El Consejo de la Comunidad había pedido a los vecinos de la Villa que engalanaran sus balcones y ventanas con flores y con los colores de Castilla, para lo que distribuyó telas con los colores del Reino.
A pesar del tiempo transcurrido desde los hechos de Toledo aquel día de Todos Los Santos, Iñigo Aldai aún parecía vivir un sueño. Se había levantado al alba y pensando en todo ello, casi sin darse cuenta llegó al matacán de la torre suroeste del castillo, donde un soldado patrullaba por el adarve con más sueño que celo. Se sobresaltó al ver aparecer al alcaide a quien dio el habitual sin novedad en la guardia al que Iñigo Aldai, distraído, contestó con un casi imperceptible gesto de cabeza. Hacía frió en la torre, pero en lugar de incomodarle, le agradaba, pues le permitía concentrar sus pensamientos en todos aquellos acontecimientos y que en ese día culminarían con el más extraordinario de todos ellos: su amada Marta iba a ser su esposa ante Dios y los hombres. Compartirían su vida hasta que el Señor los llamara a su seno y eso era mucho más de lo que jamás se hubiera atrevido a pedirle a la vida. Era un hombre rebosante de felicidad. El que hasta ahora había sido el suceso más extraordinario de su vida, ser armado caballero por Don Diego López de Haro y jurar cumplir los mandamientos propios de tal condición, no le había hecho sentir el su interior la inmensa felicidad que ahora le llenaba. Ni siquiera el no estar batallando contra los musulmanes al lado de su Señor Don Diego López, empañaba en lo más mínimo esa felicidad.
Desde donde estaba podía ver como el sol iba pintando de verde el inmenso mar de pinares que se perdía en el horizonte al sur de la Villa. Al suroeste, apenas a dos leguas y media, podía ver también el castillo de Íscar cuyas piedras calizas reflejaban los primeros rayos del sol y también los destellos plateados del río Cega que serpenteaba por la llanura. Permaneció allí mirando si ver y absorto en sus pensamientos hasta que el sonido de las campanas de San Esteban anunciando la hora prima con la que se abrían las puertas de la ciudadela le volvió a la realidad.
Marta De La Fuente no conseguía conciliar el sueño. Pensaba con tristeza en sus padres, ya fallecidos, que no podrían disfrutar de la felicidad de su hija que, en esta ocasión no se casaba por conveniencias políticas sino por amor. Recordaba el día en que partió hacía Cuéllar para desposarse con Fernando Huarte y las lágrimas de su madre al despedirla y la mirada de resignación en los ojos de su padre. Aun tenía grabada en su memoria la última imagen del castillo coronando aquel otero a orillas del río Carrión. Tuvo también un recuerdo para el que había sido su esposo y al que recordaba con afecto.
Pero esos sentimientos de tristeza no conseguían disminuir los de felicidad que la llenaban por completo, pues iba a ser la esposa de aquel hombre que había aparecido en su vida tan inesperadamente y al que amaba tanto, tanto que le dolía el corazón.
El paso de las horas y el peso de las emociones terminaron por agotarla y sumirla en un plácido sueño del que regresó también con el tañido de las campanas de San Esteban.
Marta De La Fuente, acompañada por sus damas de honor, salió de la Torre del homenaje en dirección al la iglesia de San Martín, que se encontraba apenas a algo más de cien varas de distancia de la entrada del castillo, en el interior de la ciudadela. En la puerta de entrada sur de la iglesia, decorada con seis arquivoltas enmarcadas con un alfiz, esperaba nervioso e impaciente Iñigo Aldai, alcaide del castillo. Era el mediodía.
Marta vestía un brial de ciclatón, de color azul intenso, con finos estampados dorados y con botonadura de nácar a la izquierda, que ceñía a la cintura con un fino cordón de hilos de oro. Los faldones laterales que colgaban de la cintura eran del color azul del cielo. Llevaba el cabello recogido con una redecilla sembrada de perlas.
Iñigo Aldai vestía según la costumbre con camisa, y lobo sobre ésta y sobrepuesto un brial o tonelete de color rojo con bordados geométricos en los puños y que le cubría hasta media pierna. El sobreveste blanco llevaba el escudo de la Casa de Haro bordado en el pecho. Calzas del mismo color y borceguíes negros. La cabeza descubierta.
Si Pergentino Menéndez, jefe de la guardia del la ciudadela, miraba henchido de orgullo a sus soldados vestidos de gala formando un pasillo entre el castillo y la iglesia, Máximo Paniagua, el carcelero que había facilitado la fuga del Regidor y ahora rehabilitado y ascendido - era segundo jefe de la tropa - no cabía en si de gozo. No muy lejos, detrás de la valla construida para contener a la multitud que quería presenciar la ceremonia, podía ver a su mujer con sus cinco hijos. La sonrisa de ella y el brillo de orgullo en los ojos de sus hijos era algo que para él no tenía precio. Se sentía, ante su familia, más importe que el mismísimo Rey.
Los guardias de servicio en las puertas de San Basilio, San Andrés, San Martín y Santiago vestían también de gala. Sólo el destinado en la puerta de San Basilio podía ver algo de lo que ocurría en la explanada .Los demás, por la alineación quebrada de la muralla de la ciudadela, quedaban a la espalda de la iglesia de San Martín y en un nivel más bajo.
Lucas, el hijo del molinero del río Pirón, Mateo Ros, no le andaba a la zaga a Máximo. Estrenaba jubón y calzaba borceguíes y, al cinto, llevaba una daga – obsequio de Pergentino - en su vaina de cuero. Sus padres no había podido asistir y bien que lo sentía, pues hubiera querido que lo vieran vestido de esa forma, cómo se movía entre caballeros y altos dignatarios cuando tan solo hacía seis meses su futuro era el del hijo de un molinero: ser molinero algún día. Su padre y Matilde, su madre, se sentirían orgullosos de él.
También asistían, por deseo de los desposados, los cargos de responsabilidad de la ciudadela. Así, allí estaba Pedro Pinedo, el escribano, su hermano Eugenio, que era el limosnero, Francisco Paniego y Pablo Albizua, los tesoreros bajo la autoridad y control del Padre Gumersindo, el maestro armero Jesús Remírez, Angel María Cuadra, maestro vidriero y los responsables de la intendencia y mantenimiento Ignacio Escubi y Pedro Maldonado
Próximo a Pergentino se encontraba Ignacio Tamayo que, aunque soldado por necesidad, era juglar por vocación.
Todos ellos habían llegando a Cuéllar hacía ya unos años procedentes del Señorío de Vizcaya, y eran conocidos y estimados tanto en la ciudadela como en la Villa.
Iñigo Aldai y Marta De La Fuente, eran la viva estampa de la felicidad.
Iniciaban juntos el que, estaban seguros, iba a ser el viaje más feliz de su vida. Hasta que la muerte los separase.
El Padre Gumersindo, a duras penas pudo contener la emoción cuando sonaron las palabras que establecían el vínculo sagrado entre los contrayentes. Apenas el obispo Giraldo pronunció el Ite misa est. fué incapaz de guardar la compostura exigible a su función de oficiante y, ante la desaprobadora mirada de los Prelados, se abalanzó sobre los ya desde ese momentos esposos y se abrazó a ellos sin disimular las lágrimas que le resbalaban por sus sonrosadas mejillas.
Cuando la pareja salió de la iglesia, el público rompió en aplausos manifestando así su alegría.
Ignacio Tamayo había solicitado a Pergentino Menéndez, jefe de la tropa, autorización para cantar unos versos a la pareja a su salida del recinto sagrado, a lo que accedió gustoso, pues tenía un notable aprecio por su Señora - que le había llamado por su nombre de pila y le había mostrado su confianza encargándole aquella delicada misión de hacer salir de la ciudadela al procurador de Hontalbilla sin que nadie lo viera, tras la fuga del regidor de la cárcel del castillo, y estaba agradecido al nuevo alcaide que le había ratificado en su puesto al mando de la tropa - así que cuando Ignacio Tamayo le miró, le hizo un gesto de asentimiento y el soldado-juglar, ante la natural sorpresa de casi todos, cantó a capella, en aquella lengua singular que hablaban los descendientes de los vascones y que se seguía utilizando en el Señorío de Vizcaya, en parte del reino de Navarra, en el valle del rio Oja y en las cuencas altas de los ríos Tirón, Oca y Arlanzón:
“Lehenik izarrak ekarri zenituen nere biziari dizdira eta pakea ekarriz/
Gero ilargia jaitsi zenidan niri argi eta imaginazioz betetzen/
Eguzkia hurbildu zenidan eta harekin distira eta poza egunsentiro/
Eta ortzadarra oparitu zenidan nere bizia kolorez betez/
Zurekin zerua nere esku daukat, momenturo zerua ikutu”
(Primero trajiste las estrellas a mi vida dándole brillo y paz/
Luego me bajaste la Luna llenándome de luz e imaginación/
Me acercaste al Sol y con él llegó el resplandor y la alegría de cada amanecer/
Y me regalaste el arco iris dejando mi vida llena de color/
Contigo tengo el firmamento a mis pies, cada momento toco el cielo con las manos)
El banquete nupcial tras la ceremonia duró hasta la puesta del sol. Algunos invitados se fueron pronto y, entre ellos, Tello Téllez y Giraldo y los señores de Arévalo y Pedraza debido a las largas distancias que tenían que recorrer hasta sus respectivas localidades de origen. El resto de dignidades invitadas y entre ellos Lope Díaz de Haro, se quedaron a dormir en el castillo, así como los procuradores de los sexmos de Montemayor, Valcorba, Hontalbilla y de La Mata; no así el de Navalmanzano
(*) Son numerosos los documentos que se refieren al Obispo de Segovia entre 1214 y 1224 como Gerardo, pero según consta en los documentos de su toma de posesión existentes en el archivo de la catedral de Segovia, su nombre era Giraldo y fue titular de la sede segoviana desde septiembre de 1211 hasta su muerte en el 1224, sustituyendo a Gonzalo Miguel, fallecido en enero de 1211.
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