jueves, 28 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXII y XXIII  (01.03.2013)

CAPITULO XXII

Sancho Mena despachó un sirviente a La Bañeza para que informara a Leopoldo López, que deseaba verle y, dado que ignoraba dónde vivía, le indicó al sirviente que seguramente lo encontraría en compañía de Benito Riaño, persona muy conocida en la villa regada por el río Tuerto.
Leopoldo López se encontraba, en efecto, en compañía Riaño  en la taberna que éste frecuentaba. Leopoldo López había decido no distanciarse de  Riaño hasta tener segura su relación con Sancho Mena, en previsión de que si algo fallaba, poder seguir teniendo acceso al edecán del Alférez de León, y este acceso sólo era posible, de momento, mediante su compañero de libaciones en la taberna.
El enviado del Señor de Urueña le trasmitió el deseo  de su amo de verle lo antes posible en Palacios, ya que tenía que partir de inmediato para su plaza fronteriza.
El exregidor de Cuéllar tuvo que hacer un esfuerzo para no exteriorizar su satisfacción. El pez había tragado el anzuelo hasta lo más profundo, pensó. Ya le parecía sentir en sus labios el dulce sabor de la miel de la venganza. Se excusó ante Riaño y salió seguido por el sirviente del Señor de Urueña, al que dijo que se adelantara y que comunicara a su amo que al mediodía estaría en Palacios, pues primero tenía que terminar , sin falta, un asunto, pero que le ocuparía muy poco tiempo..
Se imaginaba, más bien estaba seguro de lo que aquel, a su juicio poco dotado intelectualmente Señor de Urueña, le iba a proponer. Su seguridad era tal que antes de partir decidió pasar por su casa a orillas del Tuerto para dar instrucciones a su criado al que dijo  que mientras estuviera  ausente de la Villa, cuidara de la casa y cumpliera las instrucciones que le llegaran por cualquier  mensajero que  él pudiera enviarle y que para reconocer a ese  mensajero, a éste le saludaría con la frase “ allea, jacta est “ acuñada por Julio César al cruzar el Rubicón.
- Pero amo, yo no conozco a ese Julio César que decís y no sé ni qué es ni donde está ese rubicón – le había contestado el esbirro
- Ya, ya. No te preocupes por ello; cuando el mensajero te diga esa frase, sabrás que lo he enviado yo y atenderás todo lo que te pida. ¿Lo has entendido?
- Si, amo; haré todo lo que me pida- contestó.
- Bien, pues ahora ensíllame el caballo y méteme alguna ropa en la alforja, y rápido pues me están esperando.
No tardó en enfilar el camino de Palacios cruzando, como en las dos ocasiones anteriores, el río  en Ornia en  la pequeña población de Santiago y llegando a Palacios cuando el sol estaba en su  cenit.
Sancho Mena le recibió con una amplia sonrisa.
- He de felicitaros, amigo mío; vuestra estrategia ha dado el resultado que habíais previsto. Sin duda que sois un buen conocedor de los comportamientos humanos. Sois, permitidme que os lo diga, un genio- le alabó.
- Exageráis, Señor. Vos mismo la podíais haber elaborado si vuestras ocupaciones no os restaran tiempo para poder pensar en ello – contestó adulador.
- Es posible, es posible, pero ahora dejemos eso y  dejadme que os diga la razón por la que os he solicitado que vinierais a  verme antes de mi marcha a Urueña.
- Os escucho, Señor.
- Como sabéis, no son buenos los tiempos que corren para las relaciones entre Los reinos de León y Castilla. Los primos no se fían el uno del otro y no es improbable que la guerra entre ambos se reproduzca y que, por su posición estratégica, Urueña se encontraría, inevitablemente, en medio de la  lucha y, aunque somos leales a Alfonso IX, el resultado de un enfrentamiento no es predecibles. Las tropas leonesas están cansadas como consecuencia de la recientemente terminada campaña del suroeste y, además, escasa de efectivos, mientras que las castellanas, que no han cruzado las armas con ningún ejército desde Las Navas de Tolosa, están descansadas y son numerosas, lo que les da una notable ventaja respecto de nuestras tropas ¿Me seguís, amigo mío?
- Continuad, por favor; no solamente os sigo con mucho interés, sino que hasta ahora comparto vuestro análisis- contestó Leopoldo López
- En esta situación – continuó– la conquista de Urueña por los castellanos es posible, incluso ahora que está prácticamente toda amurallada. En el pasado, desde la mitad del pasado siglo, esta plaza ha sido alternativamente castellana y leonesa y mi familia ha sabido adaptarse en cada una de las situaciones para seguir señoreándola. Mi padre, el anterior Señor de Urueña, supo rodearse de consejeros muy  capaces cuyas indicaciones le permitieron superar satisfactoriamente esas situaciones cambiantes. Pero hoy tales consejeros esperan la resurrección al final de los tiempos y yo no he encontrado mentes tan capaces como la suyas hasta que os he conocido; es más, creo que los superáis.
- Disculpad, Señor que os interrumpa, pero ¿ estáis tratando de decirme que quisierais que fuera vuestro consejero?- preguntó
- ¡Veis, veis¡.Esta es otra prueba de vuestra sagacidad. Vuestro pensamiento se ha adelantado a mis palabras, adivinando lo que, efectivamente, os iba a proponer. Sois el hombre que necesito en estos días de incertidumbre y os ruego que aceptéis  mi petición.
- Pero, Señor. Yo sólo soy un comerciante de telas sin ningún conocimiento ni experiencia militar y, además, pronto tendré que volver a Tortosa donde mis responsabilidades mercantiles me esperan- le contestó.
Leopoldo López quería hacerse de rogar, pues cuanto más insistiera  el de Urueña, mas fortalecido quedaría cuando, finalmente y por complacerle – favor que le debería- dijera que sí, que aceptaba ser su consejero, aunque no más allá de  cuatro meses, hasta la entrada del otoño.
Sancho Mena aceptó la condición sobre la limitación en el tiempo calculando que el conflicto, que estaba a punto de estallar, no duraría  allá de dos o tres meses.
-Siempre os estaré agradecido por vuestra disposición y espero poder  demostrároslo. Y ahora hemos de partir. ¿Necesitáis recoger  alguna pertenencia de vuestra casa en La Bañeza? porque si es así, mis sirvientes pueden ocuparse de ello, mientras nosotros nos ponemos en camino.
- Soy hombre que viaja con poco equipaje y dado que es necesario partir ya, el que queda en mi casa, bien lo puedo sustituir cuando lleguemos a vuestra plaza, así que por mí no demoréis más la partida, que yo estoy dispuesto.
- Pues partamos, que el tiempo apremia.
Daniel Mena dio las órdenes oportunas a sus sirvientes y abandonaron Palacios por el camino que muy poco antes había recorrido el nuevo consejero del Señor de Urueña, pero en sentido opuesto.



CAOITULO XXIII

La vida en la ciudadela de Cuéllar transcurría con la rutina diaria. El Padre Gumersindo dirigía todo lo que pudiera concernir al  buen funcionamiento administrativo del castillo, mientras que Máximo Paniagua, accidental jefe supremo de la escasa tropa que allí había quedado y frecuentemente acompañado por Lucas, a quien el Capitán había ordenado que se quedara pues – así lo dijo – necesitaba en la fortaleza a alguien con sus dotes de observación para el mejor buen hacer de Paniagua. La verdad es que Iñigo Aldai, ante el riesgo de tener que  cruzar las ramas con tropas leonesas y aunque no dudaba del valor de Lucas, no quería exponerle a ese peligro, pues aún no estaba lo suficientemente preparado para ello.

Cada atardecer, Máximo Paniagua  informaba al Padre Gumersindo sobre el desarrollo de la jornada y solicitaba  órdenes para la siguiente. Durante los últimos días, Lucas  pasaba bastante tiempo viendo como los carpinteros y peones contratados por la Comunidad y bajo la autoridad de Pablo Isasi, el regidor, montaban las talanqueras para el recorrido de los toros durante el encierro. Faltaban pocos días para el acontecimiento y los preparativos estaban casi terminados. 
Como aquel año de mil trescientos y trece  el día consagrado a  San Juan caía en lunes, el Consejo  de la Comunidad había acordado celebrar los encierros el sábado y el domingo.
El evento era tan esperado que eran pocos los que todavía se acordaban del bando anunciado por toda la Villa sobre el toque de las campanas de San Esteban y lo que ese toque suponía. El contenido del bando, que se justificó por la necesidad de realizar un ensayo, hizo suponer  a muchos que esa no era la verdadera razón, sino que había alguna grave que por ser tal  y para no atemorizarles, no se hacía pública, todo lo cual despertó la preocupación y el nerviosismo, manifestados  unas veces  con cuchicheos entre vecinos y otras con increpaciones al pregonero para que les dijera que era en realidad lo que estaba pasando o iba a pasar.
- Solo sé lo que os digo. Soy el pregonero y anuncio tal como me ordenaron – contestaba- y si queréis saber más, si como decís que  debe haber, id a la ciudadela o, mejor, preguntadle al Regidor, pues el es el que me ordena.
Durante los años que Leopoldo López fue regidor de la Villa, su trato y relación con los cuellaranos fue distante y autoritaria, por lo que le temían y con razón, pues fueron muchos los vecinos que tuvieron que sufrir su arbitrariedad a la hora de aplicar sanciones, así como  la dureza de estas.
La llegada de Pablo Isasi marcó una notable diferencia con su antecesor,  pero seguía siendo la máxima autoridad en la Villa, el representante del Rey y eso imponía, por lo que nadie decidió hacer caso de la sugerencia del pregonero y poco a poco con el pasar los días sin que las campanas de San Esteban repicaran y ningún acontecimiento alterar la vida de la Villa,  aquella inicial preocupación fue sustituida por  la excitación de los encierros, próximos a celebrarse.
Máximo Paniagua trató de organizar la reducida tropa que se había quedado en el castillo, solo eran siete soldados, para las guardias  tanto en las puertas de entrada a la ciudadela como en los templos más alejados de la Villa, pero no le salían las cuentas. Tenía cuatro puertas que cubrir: San Basilio, San Andrés, la Judería, Santiago y San Martín, además de las  iglesias de San Andrés, San Esteban, San Miguel y San Pedro.
Decidió consultar el problema con el Padre Gumersindo. Quizá el sacerdote supiera como poder cubrir los puestos durante el día y la noche y que  los soldados  pudieran descansar algunas horas, pues era imposible que velaran sin hacerlo durante tres días.
Máximo Paniagua le expuso el problema el jueves 20, a primera hora de la mañana, tras haber consumido parte de  la noche intentando, sin éxito, encontrar él la solución.
- Hijo mío,  se me ha dado la capacidad, por la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, de realizar cada día el  extraordinario milagro de la consagración del pan y del vino,  pero no el de multiplicar a tus siete soldados  para que se conviertan en catorce, así que repasemos despacio los efectivos que tenemos, los puestos de guardia que hay que cubrir y establezcamos prioridades.
Repasaron una y otra vez la situación y ni contando con Lucas podrían solucionarla.
Al Padre Gumersindo le preocupaba la seguridad de los templos no tanto por el valor de los objetos sagrados que pudieran robar, como ya había ocurrido en el pasado, sino por lo sacrílego del hecho. Tras pensarlo detenidamente decidió que asegurarían en primer lugar los templos de San Andrés, que estaba fuera de la muralla de la Villa, y San Pedro, que  aunque formando parte de la muralla, quedaba, no obstante, muy alejada. Para las iglesias  se precisarían cuatro soldados en dos turnos  de doce horas cada uno y con los otros tres  harían las guardias de dos de las cinco puertas de entrada a la ciudadela, por lo que había que cerrar tres de ellas durante esos tres días. Un soldado haría guardia en cada puerta desde el alba hasta el atardecer y el tercero vigilaría ambas puertas entre el atardecer y el alba. Decidieron  cerrar las  puertas de Santiago, San Andrés y la Judería, y abiertas la de  San Martín, ya que posibilitaba el acceso a la ciudadela  desde la Villa sin exigir  desvíos de consideración, y la de San Basilio, como  la única entrada desde el exterior tanto a la ciudadela como a la Villa
El Padre Gumersindo  sabía que era arriesgado apostar por esas dos iglesias dejando sin protección las de San Esteban, San Miguel y El Salvador, pero no podía hacer otra cosa con los soldados que habían quedado en el castillo. Suponía que si había ladrones interesados en las iglesias, preferirían  hacer su oficio en las más alejadas. Cierto es que podía también contar con Lucas, que aunque no había profesado como soldado, ya manejaba las armas, la espada en concreto, con habilidad aceptable, pero quería mantenerlo libre de servicio en previsión de que tuviera que ponerse en contacto con el Capitán si se produjera algún acontecimiento que así lo requiriera.
El Capitán, antes de partir, le había dicho a qué lugar se dirigía con la tropa, y acordaron que si fuera necesario hacerle llegar cualquier información que relacionada con el  castillo o la Villa fuera importante, que enviara a Lucas, pues además de discreto, era un chico muy hábil y astuto, como ya lo había demostrado cuando investigaban el asesinato del alcaide Fernando Huarte a manos del regidor Cuéllar,  Leopoldo López.

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