lunes, 11 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL RE, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXIV (12.02.2013)

Don Diego estaba satisfecho; todo había salido mejor de lo que pensaba. Iñigo también lo estaba, pero no podía evitar un sentimiento de contrariedad por la obligación que le había impuesto el Rey, pues sabía que su amada Marta estaría preocupada al no saber lo que el Rey había resulto en relación con el asunto del Regidor y él pretendía, si Don Diego se lo permitía, ir a Cuellar a informarla del destierro del Regidor y alejar así de su mente y corazón cualquier angustia sobre posibles actuaciones de aquél en caso de que hubiera sido absuelto por el Rey. No le importaba preparar a Fabián, a quien ya apreciaba, sino el no poder ir donde su amada. Pensó incluso en enviar a Lucas con un mensaje, pero no era un viaje seguro para un muchacho sin experiencia y desarmado, así que aceptó la situación con la esperanza de que se produjera algún cambio que le fuera favorable.

Aquella misma tarde, Leopoldo López, que fuera comisionado real y Regidor en Cuéllar, salió de Toledo rumbo a su destierro, escoltado por cuatro soldados que lo llevarían hasta la frontera con el Reino de de León.

Durante los días siguientes, el Capitán se volcó en la preparación de Fabián a quien veía cada día con menos fuerza. No presentaba signos de enfermedad, comía abundantemente carne de jabalí, de cordero, aves de caza y de corral, tenía un buen alojamiento y, a pesar de todo, parecía que su extraordinaria fuerza se iba desvaneciendo ante la preocupación de Iñigo Aldai. No sabía cómo hacer que recuperar sus fuerzas; el entrenamiento no era duro ni siquiera para un hombre normal, así que llegó incluso a pensar que su mal sería ese del alma que tanto afecta al cuerpo que suelen padecer las personas que son alejadas de su tierra a la que echan de menos, esa morriña que poco a poco va apagando las ganas de vivir. Si ese era el mal de Fabián, no tenía remedio para él, pues había de permanecer allí hasta la celebración del torneo, pero si continuaba perdiendo sus fuerzas, iba a ser el perdedor y eso dejaría en mal lugar al Rey, algo que Don Alfonso no iba a aceptar de buen grado. Comentó lo que pasaba con Don Diego quien coincidía con él en el diagnóstico y en el pronóstico.
Uno de los días, al terminar el entrenamiento, cuando volvía a su alojamiento, Fabián se encontró frente a frente con el bufón de la Corte en un estrecho pasillo por el que justo podía cruzarse dos personas si no eran muy gruesas; pero el bufón cargaba sobre los hombros una alfombra enrollada que por si sola ocupaba toda la anchura del pasillo. Al llegar el momento de cruzarse, el bufón, que no media más de una vara, ni siquiera trataba de colocarse de costado tal como lo hacía Fabián para así poder cruzarse, sino que se plantó de frente desafiante.
 - ¡Vuelve sobre tus pasos, grandullón, y no quieras provocar mi enojo¡- le gritó.
- Si te giras, podemos pasar los dos- le respondió Fabián.
- ¡Te he dicho que retrocedas y no te lo volveré a decir¡
- No quiero enfadarte, pero estoy muy cansado para volver atrás, así que te ruego que te gires y pasamos los dos sin dificultad- insistió conciliador
El bufón se lanzó entonces contra las piernas de Fabián empujándolo y haciendo que cayera al suelo.
- ¡Te advertí que no me hicieras enfadar¡- le gritó. Y siguió su camino pisándole el vientre a Fabián al pasar.
Fabián se levantó trabajosamente y llegó a su alojamiento desfallecido.
Más tarde tuvo la visita del Capitán. Este trato de animarle pensando que lo que le afectaba era la morriña, diciéndole que ya solo quedaba una semana para el torneo y que después podría volver a su tierra cargado de gloria y con el reconocimiento del Rey, que debía tratar de superar su estado y que …
- El mal que me aqueja, Capitán – le cortó Fabián,- no es la añoranza de mi tierra, pues como decís, sé que falta poco tiempo para que vuelva allí. Mi mal es la comida que…
- ¡Pero qué dices¡- Si comes las mejores carnes, las mejores aves, el pan mas
tierno, los vinos más selectos. ¿Cómo puede ser tu mal la comida?
- Es cierto que lo que me dan para comer, satisfaría los paladares más exigentes, Capitán, pero no es lo que mi cuerpo necesita.
- ¿Y que es entonces lo que necesitas, Fabián?  Dímelo y te lo conseguiré.
- ¡Habas, Capitán, habas secas cocidas¡ Eso es todo lo que necesito.
- ¿Me dices que alimentándote con habas recuperarás tus fuerzas y ánimo?- preguntó incrédulo el Capitán.
- Así es. Durante toda mi vida ha sido mi alimento y sin él no puedo vivir. Procurádmelas y os aseguro que me recuperaré.

Don Diego había escogido como lugar de celebración del enfrentamiento, un llano formado por un meandro del Tajo, enfrente a las ruinas del que fuera residencia veraniega del rey tayfa Al-Manun. Era espacioso y se accedía directamente desde la ciudad por el puente fortificado de Alcántara. Un grupo de carpinteros y peones estaban construyendo las gradas para los invitados de la nobleza y las vallas tras las que se colocaría el pueblo. El Rey, que estaba muy pendiente de las obras, le había dicho que previamente al combate entre los campeones reales, quería que se celebrara el torneo pues era algo que al pueblo le gustaba y hacía el ambiente previo al combate, más festivo.
El Capitán le dijo a Lucas que recorriera los almacenes y establecimientos de la ciudad buscando habas secas y que si las encontraba, que comprara al menos dos arrobas. Era una misión muy importante, pues de su éxito dependía que Fabián se recuperara y pudiera competir con el negro que llevaría los colores de la Reina. Si algo se le daba bien a Lucas eran los trabajos de investigación, quizás por haber desarrollado ese sentido de la supervivencia en el campo donde casi nunca los medios están a la vista de quien los necesita obligando a agudizar el ingenio. No tardó en encontrar en la judería un almacén de legumbres procedentes de distintas zonas del Reino e, incluso, de las tierras del sur del Muradal. Tan convencido estaba de iba a encontrar lo que buscaba que se atrevió a llevar su caballo para transportarlas.
Cuando regreso con las dos arrobas de habas al Alcázar, informó al Capitán. Este le dijo que las llevara a la cocina y que enseguida iban él y Fabián para indicar a las cocineras la forma de prepararlas tal como las quería Fabián.
Aquellas habas cocidas con cebolla y tocino actuaron como si de una pócima milagrosa se tratara. A los dos días desayunándolas, almorzándolas y cenándolas, Fabián ya había recuperado una gran parte de su vigor; sus ojos volvían a ser brillantes y de su cara había desaparecido la palidez. Pudieron ya retomar los
entrenamientos a pleno ritmo. Fabián ponía mucha voluntad, pero aunque se le daba muy bien el lanzamiento de la lanza y jabalina, no era así en el manejo de la espada.
El Capitán no se cansaba de repetirle que el uso de la espada requería más cabeza que fuerza, pero… apenas conseguía progresos.
De acuerdo con lo pactado entre el Rey y la Reina, tanto el Capitán como Alvaro Núñez realizaban los entrenamientos de sus pupilos en momentos distintos del día, de forma que no coincidieran, a fin de que ni Fabián ni Oono, pues éste era el campeón de la Reina, se conocieran antes del combate.

El domingo 27, después de asistir a los Oficios Divinos en el convento de Santo Domingo, el Rey acompañado por Don Alvaro Núñez y Don Diego López, y la Reina por sus damas, visitaron las instalaciones ya terminadas y sólo a falta de la decoración de las gradas.
Les satisfizo el lugar y lo construido. No habría problemas de espacio para el pueblo e incluso desde las murallas se podría presenciar el espectáculo.

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