lunes, 25 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez

CAPITULO XIX (26.02.2013)

Cinco días más tarde, pasaba bajo el arco de San Basilio una tropa compuesta por diecinueve soldados de a pie y tres jinetes. A caballo  y en cabeza el capitán Iñigo Aldai  seguido por Oono y tras él, Pergentino Menéndez. Una reata de cinco acémilas portando las provisiones y equipamiento cerraba la marcha.
Hacía dos horas que el sol había salido aquel miércoles, 5 de junio. Habría luna llena durante los próximos  siete días lo que facilitaba hacer etapas más largas. Aquel año, la festividad de San Juan caía en lunes, por lo que el Consejo de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar había acordado celebrar los encierros tanto el domingo  23  lunes.


Cuando Iñigo Aldai comunicó al Consejo que  tendría que estar ausente de la Villa durante un tiempo indeterminado, los procuradores se alarmaron. El Capitán, que no les dijo a qué se debía  su ausencia, les tranquilizó diciéndoles que la protección de  las iglesias y otros centros de la Villa se  haría según acordaron en la anterior reunión del Consejo y que al frente de la tropa durante su ausencia, quedaba Máximo Paniagua quien ya había recibido instrucciones sobre cómo actuar en ese sentido.

Si el Consejo se quedó tranquilo tras la explicación dada por el Capitán, no era así en el caso de su esposa Marta de la Fuente. Iñigo Aldai trató de tranquilizarla diciéndole que solo se trataba de una misión exploratoria en la que no  esperaba que hubiera enfrentamientos con tropas leonesas, y que estaría ausente unas dos semanas, esperaban estar de regreso para San Juan.  
Marta era tan feliz al lado de su esposo, que  pensar en que no le iba a ver  durante las próximas dos semanas se le hacía muy duro y si además esa ausencia era por razones militares y, por tanto arriesgada, al dolor de la ausencia se sumaba la preocupación por la seguridad de aquel hombre al que  tanto amaba. Marta conocía  las razones de la salida de la tropa, ya que su Iñigo le había informado sobre el contenido del documento enviado por Don Diego López de Haro, Señor del castillo. Cada noche, después de cenar, ambos se sentaban delante de la inmensa chimenea con la que  se calentaba la planta de la Torre del Homenaje donde tenían sus aposentos y comentaban las incidencias del día, ya fueran las actividades de Iñigo como alcaide o de ella misma. Las más de las veces hablaban cogidos de las manos y mirándose a los ojos hasta que  las palabras se hacían innecesarias, pues ya los que se hacían confidencias eran sus corazones  expresándose por la ventana de sus ojos. Iñigo seguía tan impresionado por la belleza de los ojos de Marta como aquella noche en que la  vio por primera vez durante la cena  ofrecida por el alcaide, su esposo entonces, Fernando Huarte. Mirarla a los ojos, era como estar en medio de una noches estrellada del mes de julio; se sentía perdido  en la inmensidad de aquella belleza. El la amaba profundamente, hasta sentir como le dolía el alma y tener que estar lejos de ella, aunque solo fueran unos días, hacía que su corazón se encogiera. Cuántas veces había  temido que cualquier circunstancia pudiera separarlos. A gusto hubiera renunciado - de hecho se vio obligado a aceptar - a su cargo de alcaide para evitar esa separación, pues sabía que tarde o temprano  ocurriría. 
Pero pensar en lo que podía haber sido, no conducía a nada y no le aliviaba en absoluto. La realidad era la que era y él tenía sus responsabilidades para con el castillo, debía lealtad a su Señor y además había jurado cumplir los mandamientos del caballero cuando fue armado, muchos años antes y que parecían grabados a fuego en su memoria y corazón:
- creer en todo lo que la Iglesia enseñe y observar todos sus mandamientos
- proteger a la iglesia
- tener respeto por sus debilidades y respetarlas
- amar el país en el que se ha nacido
- no retroceder ante el enemigo
- hacer a los infieles una guerra sin cuartel
- cumplir las órdenes feudales si no contradicen la ley de Dios
- no mentir y ser fiel a la palabra dada
- ser generoso
- mantener el bien frente a la injusticia y el mal

Aquella mañana, cuando la tropa ya estaba dispuesta para partir, Marta e Iñigo se despidieron con un largo e intenso abrazo pero con la sonrisa en sus rostros. Ninguno quería aumentar el dolor del otro exteriorizando el suyo propio. Era una muestra más del profundo amor que se tenían.
Marta, desde la ventana de su aposento, la misma ventana desde la que había visto la marcha del capitán Iñigo Aldai cuando investigaba la muerte violenta de su esposo y la participación del regidor Leopoldo López en el asesinato, veía alejarse a la tropa por el camino de Valladolid una vez sobrepasada la puerta de San Basilio. Silenciosas lágrimas rodaban por sus mejillas. A su lado, Carmen Gómez, su dama y amiga,  cogía sus manos entre las de ella tratando con aquel gesto de consolarla.
- No estéis triste, pues pronto volverá – la animaba – dos semanas pasan pronto. Veréis como esta tristeza que ahora desgarra vuestro corazón al verle partir, es compensada por la enorme alegría de verle regresar dentro de unos días.
- Lo sé, amiga mía, lo sé; pero es que le amo tanto que quisiera estar con él cada minuto de mi vida – dijo con  vehemencia.
- Sois  muy afortunada por amar así y por ser correspondida de la misma forma -.Dios os ha dado un pedazo de cielo en la tierra y debierais mostraros agradecida desechando la tristeza de vuestro corazón.
- Tienes razón. Me estoy mostrando egoísta cuando debiera estar dando gracias a Nuestro Señor por haberme bendecido con el amor de Iñigo. Rezaré solicitando su perdón y el regreso feliz de mi esposo y los que le acompañan.

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