viernes, 22 de febrero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez
CAPITULOS XIV y XV (23.02.2013
Nadie, a ciencia cierta, conocía que razones podía tener Alfonso VIII para realizar una incursión bélica por tierras leonesas, pero todos la esperaban, desde el Rey hasta el último de sus caballeros. La preocupación era generaliza y el nerviosismo ya no se no se ocultaba. El hecho de que Alfonso IX hubiera decidido retirarse a su residencia de verano en el mes de mayo, para allí analizar la situación y decidir qué hacer, no solamente no había tranquilizado los ánimos, sino que había aumentado la preocupación y, especialmente en aquellos que serían los primeros en tener que enfrentarse a los castellanos.
Daniel Mena y Marcelino Molina habían sufrido ya en el pasado las consecuencias de incursiones castellanas y no habían salido nada bien parados de ellas, especialmente Daniel Mena, como Señor de Urueña que se había visto obligado a jurar vasallaje unas veces a Castilla y otras a León para pode conservar su plaza, y antes que él, su padre, pues desde mediados del Siglo XII, la villa de Urueña parecía haberse convertido el objetivo predilecto de los castellanos que, una vez que se habían apoderado de ella, no tardaban en volver a perderla.
Daniel Mena estaba contrariado. El era de los que pensaba que la mejor defensa era un buen ataque, y no entendía por qué el Rey, en vez de atacar el primero, se retiraba a reflexionar. Pero ¿qué había que reflexionar? Todo el mundo sabía que era inminente un ataque por parte de Castilla y que además lo haría con toda impunidad, como ya había ocurrido en el pasado y era sabido que lo que Alfonso VIII conquistaba, conquistado quedaba y que ni siquiera una orden papal conseguía que devolviera lo que había tomado a la fuerza.
Daniel Muñoz tenía razones sobradas para estar descontento con la actitud de su Rey. A gusto hubiera abandonado la Corte y regresado a su fortaleza de Urueña, si no fuera porque para ello necesitaba el permiso del Rey y no era probable que Alfonso IX, que los había convocado precisamente por las circunstancias que estaban viviendo, le autorizara a regresar. Había comentado esta situación con Marcelino Molina, que se alojaba en una casa contigua a la que él ocupaba, durante el recorrido hasta el castillo en la única ocasión en que fueron convocados por el Alférez Real para informarles que aun no tenían noticias sobre si había o no movimiento de tropas castellanas a lo largo de la frontera, por lo que deberían permanecer en Palacios mientras el Rey no dispusiera lo contrario.
Cuando Daniel Mena pidió al Alférez que trasladara al Rey la preocupación que tanto él como Marcelino Molina tenían, pues sus castillos, muy próximos a la frontera, estaban en esos momentos si sus señores y si se produjera un ataque podrían verse en serias dificultadas e incluso perder las plazas, ey que solicitaban el permiso del Rey para regresar a sus castillos y desde allí proteger la frontera, Rodrigo Pérez de Villalobos, Alférez Real, le contestó que trasladaría la petición y los argumentos en que se basaba, al Rey pero que en tanto no tuvieran contestación debían permanecer el Palacios así como el resto de nobles que habían sido convocados por el Monarca.
Juan Vallejo había asistido a la reunión en su condición de edecán del Alférez Real. Los argumentos de Daniel Mena le parecían sólidos y tampoco entendían qué hacían allí los señores de dos plazas tan estratégicas para la defensa del Reino como las de Urueña y Carrión. Le caía bien el Señor de Urueña y así se lo dijo a su pariente Benito Riaño días más tarde cuando éste se acercó a Palacios buscando la ocasión para complacer a su amigo Leopoldo López.
- Mi amigo Leopoldo López, el comerciante de Tortosa de quien ya te he hablado en otras ocasiones, desea conocerte, pues dice que cuando vuelva a su tierra pasará alegres veladas con su familia y amigos contándoles que conoció a grandes hombres del reino de León.¿Querrías complacerle y así también a mí?.
- No solamente me gustará saludarle, sino que, sí así lo quiere, le ofreceré la oportunidad de conocer a caballeros más importantes que yo. Puedes decirle que cuando le plazca, se llegue hasta aquí y pregunte en el cuerpo de guardia por mí, que yo saldré a recibirle. ¿Te parece bien así?- preguntó.
- No esperaba menos de un caballero como de tú, pariente; te doy las gracias y le diré a mi amigo que haga tal como dices.
Dos días más tarde Leopoldo López subía la pequeña cuesta que llevaba a la entrada del castillo, que desde el 1195 ya era de realengo después de haber pertenecido al monasterio de Montes, y donde los reyes de León pasaban el verano desde que fuera construido por Alfonso V dos siglos antes
Se presentó en el cuerpo de guardia indicando que le esperaba Juan Vallejo, edecán del Alférez Real y que le informaran de su presencia.
No tardó en aparecer el pariente de Benito Riaño. Era un hombre de estatura superior a la media y bajo su brial se adivinaba un cuerpo robusto. La poblada barba negra no pudo ocultar la sonrisa con la que recibió a Leopoldo López. Le agradaba la visita del comerciante tortosino no tanto por el comerciante en sí, sino porque, según le había dicho su pariente, tenía interés en conocerle y eso satisfacía su vanidad.
Leopoldo López se deshizo en gestos y palabras de agradecimiento y de admiración hacía un personaje tan importante y tan cercano al Rey como era el edecán del Alférez Real. Juan Vallejo, hombre carente de malicia no se daba cuenta, o prefería no hacerlo, del comportamiento adulador de su visitante. Era una sensación tan nueva para él sentirse admirado que aquellas alabanzas le parecían las manifestaciones más sinceras que nunca había oído, así que su disposición para con Leopoldo López era total en lo concerniente a posibilitarle conocer a otros miembros de la Corte. Cuando le preguntó si tenía interés por algún noble en particular, Leopoldo López le confesó que siempre había sentido curiosidad por conocer a aquellos que tenían responsabilidades no sólo militares sino políticas también, como los señores de las plazas fronterizas aunque no fueran del más alto rango, pues con haber conocido al edecán del Alférez del rey de León, se consideraba afortunado. En Tortosa, de donde procedía, conocía a algunos miembros de la familia Montcada que señoreaba el castillo de la Zuda, pero nada comparable con el reino de León.
Complacido por ser considerado de alto rango por aquel comerciante le ofreció poder conocer a alguno de los señores o alcaldes de castillos fronterizos ya que se encontraban el la señores de Carrión y Urueña, plazas muy valiosas para la defensa del Reino, ofrecimiento al que Leopoldo López correspondió con exageradas muestras de reconocimiento y gratitud. Dado que ambos personajes se alojaban en una casa próximos al castillo, si estaba dispuesto, podrían acercarse para que les conociera.
Encontraron a Daniel Muñoz en su alojamiento, no así a Marcelino Molina que había salido a solazarse, les dijo entre risotadas Daniel Mena. Tras las presentaciones y la exposición de las razones de la visita, Juan Vallejo se despidió arguyendo que tenía que atender asuntos propios de su cargo. Un sirviente había traído una jarra de vino de la localidad, donde había muy buenas vides, y de la que dieron cuenta con más rapidez de los que la prudencia aconsejaba, aunque en modo alguno podían compararse los tragos de uno y otro. Mientras Leopoldo López poco más hacía que el gesto de llevar el vaso de latón a la boca, Daniel Mena lo vaciaba cada vez. El falso comerciante tortosino tenía intención de alargar la conversación lo máximo posible para que, poco a poco, la mente de su anfitrión se fuera nublando y que su lengua se soltara diciendo aquello que pasaba por su cabeza y que en estado de lucidez no se hubiera atrevido a decir.
- Así que habéis venido desde Tortosa a negociar por este reino, ¿no es así?
- Efectivamente, Señor. Unos meses llevo conociendo los mercados y mercaderes más importantes de esta parte del reino, en la que abundan los rebaños de merinas, esa raza, de la que dicen que procede del norte de África, cuya lana es larga, fina, rizada y sin manchas, pues trato de conseguir las mejores lanas para mis telares.
- He oído hablar de ellas y muy bien por cierto, aunque yo no tengo opinión propia al respecto, pues de ovejas nada sé más allá de lo que es comer su carne. Y decidme ¿habéis encontrado la calidad que esperabais?- preguntó.
- He visto algunos rebaños, pero aún siendo de buena calidad, no he encontrado la cantidad suficiente como para garantizar un suministro regular, lo que empieza a preocuparme - contestó
- Vos sois afortunado, pues vuestros problemas, con ser importante, seguramente no os impiden dormir a pierna suelta.
- ¿Afortunado decís?¿Acaso no lo sois vos? Sois señor de la villa y alfoz de Urueña y formáis parte de la Corte del Reino ¿qué os puede impedir dormir?.
- La preocupación, amigo mío ¿puedo llamaros así?- afirmaba más que preguntaba.
- Me honráis haciéndolo, señor- contestó
- La preocupación por esta situación que estamos viviendo – continuó - y de la que seguramente habréis oído hablar.
- ¿A qué situación os referís, señor?- preguntó fingiendo desconocer a que se refería.
- A la más que probable intento de conquista de las plazas fronterizas por el rey de castellano y, entre esas plazas, - añadió con gesto preocupado - la más apetecible es la de Urueña, como ya lo fue en el pasado, razón por la que se aceleraron los trabajos de amurallamiento de la Villa y que han terminado no hace mucho, aunque hoy, con esos artilugios de asalto como los almajeneques, balistas, maganas y trabuquetes, las murallas no son infranqueables, así que no os extrañe que no me sea fácil conciliar el sueño- dijo mientras daba cuenta de un nuevo vaso de aquel vino tinto, parte del cual le resbaló por la barba pues su pulso, igual que su mente, ya sufrían los efectos del exceso de alcohol.
Leopoldo López estaba disfrutando por como se estaban cumpliendo sus previsiones con aquel trasegador de vino que tenía delante..
- Pero, y os pido que me disculpéis por mi ignorancia sobre el asunto, si se espera una agresión por parte de Castilla, vuestro Rey ya habrá dispuesto lo necesario al respecto como…
- Eso es parte principal en mis preocupaciones – le interrumpió. Nuestro Señor no quiere ser quien rompa la tregua entre los dos reinos signada en Coimbra va a hacer dos años, así que intervendrá una vez que su primo, Alfonso VIII, entre con su ejército en territorio leonés, pero, para cuando eso ocurra, Ureña y puede que otras plazas hayan caído definitivamente, pues no se debe olvidar que el ejército leonés acaba de regresar de una larga campaña contra los almohades y necesitará tiempo para recuperarse.
- Siendo como decís, hay, efectivamente, motivos para la preocupación, aunque - era el momento de echar al anzuelo pensó - si esa es la decisión del Rey, poco o nada se puede hacer – concedió resignado.
- ¡ Pegar nosotros primero¡ - gritó mientras daba un fuerte golpe con el vaso en la mesa- ¡Golpear antes de que nos golpeen¡. Eso es lo que debiéramos estar haciendo ya, y no esperando a recibir el golpe para defendernos.
La indignación de Daniel Mena era evidente.
- La verdad, es que no puedo menos que estar de acuerdo con Vos pero, siendo otra la voluntad el Rey… veo difícil que puedan darse las circunstancias que os permitan conciliar el sueño, aunque, a veces, cuando menos se espera, se encuentra alguna salida - comentó con un tono sugerente que hizo que no pasó desapercibido a Daniel Mena a pesar de que las nubes de su cerebro eran cada vez más espesas.
-¿Qué queréis decir?¿Acaso conocéis o tenéis información que pudiera hacer cambiar al Rey de opinión?- preguntó interesado.
- No, no, ojalá así fuera, pues con gusto os la facilitaría para que se la presentarais a vuestro Rey. No tengo información alguna sobre este asunto. Ya os dije que desconocía las circunstancias a las que os referías al principio de esta conversación.
-Entonces ¿qué habéis querido decir con eso de encontrar alguna salida cuando menos se espera? – peguntó con un tono de voz que evidenciaba estar molesto.
- Pues que hay ocasiones en los que analizado un problema por quien no es parte de él ni lo sufre, se encuentran soluciones., por lo que, deseando corresponder al honor que me habéis hecho titulándome vuestro amigo y si me lo permitís, quisiera meditar sobre la situación que habéis descrito y quizás surja alguna solución posible al problema que para Vos representa - se ofreció con una sonrisa inocente que en modo alguno se correspondía con lo que Daniel Mena hubiera podido ver en sus ojos si el abundante vino trasegado no le hubiera nublado la vista.
- Os agradezco vuestro ofrecimiento, aunque mucho me temo que no haya un buen final para esta preocupante y grave situación. No obstante, si se os ocurre algo, no dudéis en venir a visitarme. Y ahora, amigo ¿cómo decís que os llamáis? ¡ Bah¡ ¡No importa¡ Ya me acordaré. Ahora me apetece dormir un rato, por lo que os ruego me disculpéis – dijo levantándose con dificultad- Y volved cuando queráis – añadió.
Tras pronunciar las obligadas palabras de cortés despedida, Leopoldo López inició su regreso a La Bañeza. Estaba exultante. Todo había salido según lo planeado. El anzuelo estaba echado y el pez a punto de tragarlo. Esperaría dos o tres días antes de volver a ver a Daniel Mena y sugerirle la solución a su problema. La tarde estaba soleada y la temperatura era agradable, propiciada quizá, por la brisa que de sur a norte barría la Valdería y la Valduerna.
CAPITULO XV
Pablo Isasi aceptó sin vacilar el ofrecimiento que le acababa de hacer Iñigo Aldai. Contar con los soldados del castillo durante los encierros para proteger las iglesias de los ladrones, era una gran ayuda y que le permitiría que sus alguaciles pudieran ocuparse plenamente en mantener la seguridad durante los encierros. Los Procuradores de Tierra recibieron agradecidos la colaboración de la ciudadela aunque a ellos directamente no les afectara, ya que los encierros tenían lugar en la Villa y no en sus sexmos, pero eran conscientes de que el mantenimiento del orden y el cumplimiento de las normas de convivencia en la Villa durante los festejos, creaba un clima de de seguridad en la Comunidad que a todos beneficiaba.
Iñigo Aldai, Procurador Síndico por su condición de alcaide, acudió a la reunión del Consejo acompañado por el Padre Gumersindo. Carecía de experiencia en cuestiones administrativas y aún menos la tenía en presidir y dirigir instituciones como el Consejo de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuellar. Unos días antes le había confesado a Marta que se sentía incómodo pensando en la reunión, consciente como era de sus limitaciones. No conocía con la amplitud necesaria como estaba organizada la Comunidad más allá de lo que le había contado el jefe de la guardia la cuando llegó al castillo hacía casi un año, cumpliendo la misión que la había encomendado su rey, Alfonso VIII, el Noble y temía que si se planteaban en la reunión asuntos relativos al reparto de tierras, derechos de pastos o contribuciones por ejemplo, no pudiera opinar con criterio por falta de conocimientos sobre el asunto. El Procurador Síndico y el Regidor, representante del Rey, eran las máximas autoridades en la ciudadela y la Villa respectivamente y sus opiniones eran muy tenidas en cuenta por los Procuradores de Tierra a la hora de tomar decisiones. Eso lo sabía Iñigo Aldai y eso era lo que le hacía sentirse incómodo.
Iñigo y Marta procuraban pasar juntos el mayor tiempo posible. Cada uno disfrutaba con la compañía del otro y no eran pocas las ocasiones en que el Padre Gumersindo tenía que interrumpir sus largas sobremesas o veladas para que el Alcaide atendiera asuntos de su competencia. Dos días antes, durante la sobremesa Marta le preguntó qué le preocupaba, pues notaba que estaba intranquilo. Iñigo le contó entonces cuál era el motivo de su incomodidad. Fue entonces cuando Marta le sugirió que se hiciera acompañar por el Padre Gumersindo como su asesor en aquellos asuntos de administración de la Comunidad, pues el sacerdote era un profundo conocedor de ella y, además conocía bien a los Procuradores de Tierra.
Cuando Iñigo Aldai le pidió al Padre Gumersindo que le acompañara y le explicó los motivos que tenía para pedírselo , el sacerdote le dijo que no debía de preocuparse, pues a esas alturas del año, no había problemas de reparto de tierras pues el trigo ya estaba creciendo y la asignación de los pastizales para las ovejas de los ganaderos de la Comunidad nunca fueron causa de disputa, así que no era probable que, al menos en la reunión convocada, se abordaran tales asuntos, no obstante lo cual, con gusto lo acompañaría.
Tal como pensaba el Padre Gumersindo, nada se habló de tierras o pastizales en la reunión del Consejo. Fueron la organización de los encierros y la seguridad de las iglesias y conventos durante los festejos los únicos asuntos que se abordaron y especialmente el de la seguridad ya que la organización de la misma forma que en años anteriores.
Acordaron, a propuesta de Iñigo Aldai, que durante los encierros, en cada iglesia y convento de la Villa habría dos soldados de guardia tanto durante el día como por la noche y bajo las órdenes del castillo, y de esa forma el Regidor, con quien previamente había consultado, se ocuparía exclusivamente del orden durante los encierros.
Resuelto lo relativo al orden y la seguridad, el Capitán levantó la reunión y los Procuradores de Tierra salieron quedándose únicamente el Regidor, el Padre Gumersindo, el Capitán y el escribano. Iñigo Aldai despachó a este, pues quería informar al Regidor sobre el contenido de un documento que un mensajero había traído de Toledo la tarde anterior.
Según tal documento, enviado por Don Diego López de Haro, se ordenaba al alcaide de Cuéllar que estuviera alerta y que dispusiera lo necesario ante la eventualidad de la entrada de tropas leonesas en territorio castellano con el objetivo de apoderarse de algunas plazas fronterizas, entre las que se encontraba la de Cuéllar. También le decía que tal información se basaba en el correo intervenido a un correo del castillo de Urueña dirigido al de Carrión, capturado mientras recorría territorio de Castilla, en lo que habían sido, sin duda, un afortunado despiste del mensajero. No había fecha conocida para la acción, por lo que era necesario ponerse de inmediato en estado de alerta y, si el ataque se producía, enviar la información detallada y en concreto sobre la clase de tropa y lo numeroso de la misma a Toledo, al Alférez Real Don Alvaro Núñez de Lara. Este, a cuya familia preteñía la plaza de Iscar, había enviado un mensaje similar a su alcaide, Lorenzo Gea, ordenándole unir sus fuerzas a las Cuéllar bajo el mando del capitán Iñigo Aldai.
- He creído conveniente que conozcáis la situación, pues en caso de que el ataque se produzca contra la Villa, habrá que proteger a la gente refugiándola en la ciudadela, donde, de no haber podido repeler al invasor extramuros de la Villa, podremos resistir ha que lleguen las tropas del Alférez Real.
- -¡Qué Dios nos asista¡- exclamó el Padre Gumersindo mientras se presignaba.
- ¿Qué sugerís que haga, Capitán?- preguntó el Regidor.
- De momento seguid con el programa previsto para los encierros y, sobre todo, que nada de esta conversación sea conocido aparte de nosotros tres. Si se conociera la posibilidad de un ataque, podría cundir el pánico entre la población y resultaría, en esas circunstancias, imposible actuar para protegerla- contestó – De momento enviaré centinelas a los sexmos del noroeste, en concreto a Montemayor y Valcorba para que, en caso de avistamiento de soldados leoneses, estemos informados con tiempo suficiente para salir a hacerles frente, así como para poner a salvo la población de la Villa y, entretanto, prepararemos a la tropa para ir hasta la frontera, ya que si ha de producirse un ataque, cuanto más lejos de la Villa, mejor.
- Pero, Capitán, si esa ataque tuviera lugar antes de la partida hacia la frontera ¿cómo informaríamos a la población para que se refugien en la ciudadela?.- preguntó el Regidor – porque Santibáñez, que es la población más lejana del sexmo, está a unas cuatro leguas de Cuéllar. Un hombre a caballo tardaría unas dos horas en llegar, tiempo insuficiente para poner a salvo a la población.
- -Tenéis razón - reconoció el Iñigo Aldai - Habrá que establecer un sistema de señales con banderola si hay altozanos en el terreno y si no, tendremos que recurrir a la hogueras. De esa forma tendremos cuatro horas, en el mejor de los casos, pues si el ataque se produce por Montemayor sólo serán algo más de dos horas. En cualquier caso y siempre que los atacantes sean tan numerosos que con la fuerza del castillo no podamos parar su avance, y esta será la primera opción- aclaró – debemos acordar la forma de informar a la población para que entre en la ciudadela lo más rápidamente posible.
- Quizá podríamos utilizar como señal de alarma – propuso el Padre Gumersindo – el toque de las campanas de San Esteban.
- Es una buena idea – reconoció el Regidor - Informaríamos a la población para que si oyeran repicar las campanas de San Esteban, acudieran raudos a la ciudadela. ¿Qué opináis. Capitán?
- Hacedlo de esa forma, pero que no trascienda que la causa es por la llegada de tropas castellanas hostiles. El pánico puede causar más bajas que los propios asaltantes, así que ni el pregonero de la Villa, ni vuestros alguaciles deben decir nada al respecto y la mejor forma es que ni ellos mismos sepan a qué se debe el pregón. ¿Estáis de acuerdo, Regidor?
- Totalmente, Capitán. Coincido plenamente con Vos.
- Bien, pues cuanto antes empecemos mejor, ya que no sabemos cuándo se puede producir el ataque, y mientras hacemos necesario, la Villa ha de hacer su vida normal, por lo que los preparativos para los encierros han de seguir como si nada pasara- concluyó.
- Pero Capitán, ¿qué ocurrirá con los campesinos y pastores que estén por el campo cuando toquen las campanas de San Esteban? - preguntó el padre Gumersindo.
- Será la Villa lo que pretendan conquistar, por lo que esas gentes, que tampoco serán muchos, no serán de su interés, y además, si distinguen los confalones de León, se esconderán por si acaso no vienen con intenciones amistosas - contestó.
El capitán Iñigo Aldai, alcaide del castillo de Cuéllar y su secretario y administrador, el Padre Gumersindo, se dirigieron a la ciudadela, mientas que Pablo Isasi, Regidor de la Villa, caminaba preocupado hacia su cuartel.
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