IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXII (10.02.2013)
Don Diego López estaba preocupado. Había leído varias veces el informe enviado por su capitán y el firmado por Doña Marta, y cada vez estaba más seguro de que, tal como decía, el Regidor Leopoldo López había asesinado a su alcaide. La confianza en Iñigo Aldai era total, pero no olvidaba que cuando al Rey se le metía una idea en su real testa, se enrocaba en ella. Buena muestra de ello fue la aventura de Alarcos en la que se metió desoyendo los consejos de sus aliados, y por la que tuvo que pagar un alto precio.
Si el Rey considerara inocente la Regidor, tanto él como su Capitán tendrían problemas. El Capitán podría ser desterrado del Reino y eso siempre que el Rey no interpretara la detención y arresto del Regidor como traición, porque en ese caso, la condena podría ser a muerte. A él, como dueño del castillo de Cuéllar, si el capitán Aldai era condenado por el Rey, le sería imposible negarse a que el Regidor fuera su alcaide si el Monarca se lo proponía como desagravio por el trato recibido. Deseaba que el Capitán regresara cuanto antes para conocer con más amplitud y detalle lo ocurrido así como las pruebas que sostenían la acusación, y quería hablar con él antes de que lo hiciera el Rey. En cualquier caso, le apoyaría con todas sus fuerzas hasta el borde de lo imposible. Conocía a la familia de Iñigo Aldai desde hacía muchos años y la tenía en gran estima. Eran leales con la Casa de Haro y siempre los primeros en contribuir con sus tropas y dineros cada vez que el Señorío de Vizcaya tuvo que resolver problemas fronterizos con las armas. El Árbol Malato, en la aldea de Luxaondo, que marcaba el límite hacia el sur del Señorío de Vizcaya, mostraba entre las cicatrices de su corteza las ocasionadas por las lanzas de los de Aldai en pasadas luchas contra los árabes y con sus vecinos, ahora amigos, del Señorío de Ayala.
El Señorío de Vizcaya tenía peso en la corona de Castilla y él, como su cabeza visible y además como Abanderado del Rey, era consultado por el Monarca en los grandes asuntos del Reino, pero si el Rey encontrara culpable a Iñigo Aldai, su influencia, a lo más que le serviría sería para suavizar la pena que le impusiera.
Esta situación ocupaba sus pensamientos más de lo que quisiera. Su hijo Lope, informado por su padre de lo ocurrido, no aceptaba la idea de que el Rey pudiera considerar culpable a Iñigo Aldai, con quien había compartido muchas vicisitudes bélicas y otras no tanto, llegando a insinuar a su padre que si el Rey, por defender su autoridad no reconociendo que el nombramiento de Leopoldo López como Regidor había sido un error, condenaba a Iñigo, el Señor de Vizcaya debiera hacer valer su derecho a ser él quien lo juzgara, pues era caballero de su Señorío.
Don Diego le dijo que esperaba que no se llegara a esa situación, pero si no era así, ya decidiría qué hacer y cómo actuar. El Rey les estaba agradecido por su activa y decisiva ayuda en la batalla al otro lado del Muradal tal como lo había demostrado entregándole el Duranguesado como prueba de ese agradecimiento. No creía que Don Alfonso quisiera enturbiar las excelentes relaciones existentes y que tanto necesitaba, pues aunque los reyes de los reinos limítrofes era parientes suyos, las reivindicaciones por parte de León de las plazas que le había arrebato Castilla antes del acuerdo de Carrión y que Alfonso VIII se negaba a devolver, a nadie se le ocultaban; Sancho de Navarra había sido su aliado coyuntural en la cruzada contra los almohades, pero el pasado no se olvidaba con facilidad y en su recuerdo estaría siempre aquella alianza de Castilla y Aragón contra Navarra y que permitió anexionar el Señorío de Guipúzcoa a Castilla hacía 12 años . Respecto de su primo Pedro II de Aragón, el Católico, menos tiempo había pasado desde la entrevista de Ariza y la concordia de Daroca para terminar con los conflictos entre ambos reinos ocasionados por el castillo que la reina Sancha de Aragón tenía en la frontera castellana. Pero una cosa era su lógica política, se decía así mismo Don Diego, y otra lo que el Rey decida.
No había vuelto a hablar sobre el asunto con Alvaro Núñez de Lara, entre otras razones porque el Alférez de Castilla pasaba cada vez más tiempo ocupado en dirigir la preparación de Oono en el manejo de todas las armas individuales de guerra usuales, auxiliado por el capitán Crisanto Martín y sobre cuyos progresos informaba regularmente a Doña Leonor, que había conseguido contagiarle su entusiasmo.
Ambos suponían que el enfrentamiento, como era para demostrar fuerza física, sería variado: lanzamiento de lanza o jabalina, tiro con arco, lucha con espada de mano y media… No sabían lo que el Rey había pensado y a quien enfrentaría con Oono, y no se lo podía preguntar porque cuando hicieron la apuesta, pusieron como condición mutua preparar a sus campeones sin que uno supiera nada del otro. Así que, para prevenir cualquier situación, mejor era preparar al negro en todo aquello que pudieran.
Con el paso de los días, la buena alimentación y un mejor trato, Oono se iba adaptando a su nueva situación, si bien no conseguía ni quería olvidarse de su pueblo y de su padre asesinado por aquellos bandidos masmudas, ni se apagaba su odio tanto contra ellos como contra quienes le habían utilizado como carne de guerra, empezaba a cambiar su opinión sobre aquellos cristianos, después que tras su captura, pensara que lo mismo le daba ser esclavo de unos que de otros. Le trataban bien y no como a un esclavo y ni siquiera como prisionero. Podía, en la soledad de su aposento, cumplir con sus deberes religiosos y, además, estaba mejorando su preparación física y militar, lo que quizás algún día, que deseaba no fuera muy lejano, podría significarle la libertad y con ella la oportunidad de regresar a su tierra, buscar a aquellos malditos bereberes y vengar a su padre y a su aldea. En esa venganza había trocado ahora el objetivo de su vida.

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