IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXIII (11.02.2013)
Cuando el Capitán salió la patio de armas, Lucas y Fabián ya estaban esperándole.
Les dijo que prepararan los caballos pues pronto partirían. El volvió a entrar en la Torre y subió a la tercera planta. Les esperaba el momento más duro del día: despedirse de su amada Marta. Aquel beso que se dieron la noche anterior aún lo sentía con toda su intensidad. Apenas pudo dormir embriagado por mil sensaciones placenteras que señoreaban en su corazón y ahora tendría que decirle adiós, marchándose sin saber si podría volver algún día.
Llamó a la puerta y fue la propia Marta la que abrió, pues le estaba esperando. Se besaron intensamente.
- ¿Ya es la hora, amor mío?
- -Sí, mi amada Marta. He de partir y terminar con mi misión y también, para llevar ante el Rey al Regidor. No puedo ocultarte que corro el riesgo de que el Rey no acepte las pruebas que le presentaré para demostrar la culpabilidad del Regidor y que sea yo el condenado, ya que aunque le tengo por hombre justo, no puedo olvidar que me excedí en la autoridad que m había conferido y que el Regidor es un hombre nombrado por el propio Rey.
- No digas eso, por favor, que me asustas. Solo pensar que pudiera no volver a verte o que fueras castigado por causa mía, me parte el corazón.
- Yo iré ver al Rey si es necesario y el Padre Gumersindo conmigo para dar testimonio de lo ocurrido y hasta el procurador de Hontalbilla sobre los planes del Regidor. Tú, amado mío, tienes las declaraciones de los dos comerciantes y el informe del alguacil. ¿Qué más podría necesitar el Rey para aceptar la culpabilidad del Regidor?
- Debiera ser suficiente, pero a veces, ni las evidencias son suficientes. Y ahora he de irme dejando mi corazón aquí, así que te prometo volver, ocurra lo que ocurra, pues mi vida ya no sería posible sin ti.
- Te esperaré mi amor, te esperaré día y noche hasta que regreses; no importa el tiempo que pase, siempre te esperaré.
Se dieron un prolongado beso de despedida conscientes que de que podía pasar mucho tiempo antes de que volvieran a verse.
El Capitán se encontró bajando las escaleras con el Padre Gumersindo. El Capitán besó su mano y se le quedó mirado como si quisiera decirle algo y no se atreviera. El Padre Gumersindo, buen conocedor del corazón humano le dijo:
- No os preocupéis Capitán. Cuidaré de ella y la protegeré hasta que volváis.
- Gracias Padre. ¡Que Dios os bendiga!
- Y que El te acompañe.
- Adiós Capitán y que tengáis buen viaje – le saludó oficial de la guardia al pasar por delante del cuartel.
Iñigo correspondió con un gesto de su mano derecha y Lucas le gritó:
- Adiós, señor Pergentino. Siento no poder seguir aprendiendo los conocimientos militares de vos, pero mi Señor me necesita.
- ¡Cuídate, Lucas y aprende a ser un buen escudero! - le gritó.
Llegaron ante el cuartel de los alguaciles. La puerta estaba cerrada. Llamaron con la pesada aldaba de hierro.
- ¿Quién llama?- oyeron la voz del Laureano Busto desde dentro.
- ¡El capitán Aldai! - contestó
El alguacil jefe abrió la puerta e informó al Capitán que no había novedad alguna y que los dos comerciantes habían aceptado pagar la sanción , así como firmar la confesión que incriminaba al Regidor y que éste se había pasado la noche advirtiéndole de lo que le iba a ocurrir cuando el Rey le restituyera en su puesto y condenara al capitán Aldai y que solamente se libraría de su venganza si le abría la puerta de la celda y se ponía a sus órdenes.
El Capitán le pidió las confesiones de los comerciantes y su propio informe sobre lo ocurrido, guardándolos en una bolsa de cuero que engancho a su cinturón. Después le preguntó al alguacil sobre el resultado de las gestiones que le había encomendado.
-Hice tal cual me ordenasteis, recorriendo los lugares de Íscar, Coca, Portillo, Montemayor, Cogeces y Olmedo sin encontrar lo que queríais: Incluso, he visitado poblaciones menores, pero con el mismo resultado. Lamento no haber podido satisfaceros, Capitán.
-No os preocupéis alguacil, no es culpa vuestra. Os agradezco vuestro esfuerzo. Y ahora, ocupémonos del prisionero. Como tiene que ir a caballo, debemos proporcionarle uno y se me ocurre que quizás el comerciante que fue con la partida ayer por la tarde, no tendrá inconveniente en prestarle el suyo a su amigo el Regidor.
¡Preguntádselo, alguacil!
El Laureano Busto soltó una carcajada – No creo que le importe mucho en sus circunstancias - comentó.
- Ahora - le ordenó al Capitán – colocadle esposas al preso y subidle al caballo y atadle los pies por debajo de la barriga de la montura.
El Regidor se dejó hacer sumiso, lo que no dejó de extrañar al Capitán que esperaba cierta resistencia. O bien el Regidor se había entregado por completo o muy seguro estaba de que cuando estuviera en presencia del Rey, su testimonio iba a ser más válido que el de su acusador. Todo era posible. Tras despedir del alguacil, salieron de la Villa los cuatro en dirección a Avila, aunque no era posible que llegaran en la jornada, pues había casi veinticinco leguas y no podían cabalgar muy rápido por causa del prisionero, así que el plan que el Capitán tenía en su cabeza era el de pasar la noche allá donde les sorprendiera el anochecer, teniendo en cuenta que había prometido a Mateo Roa, el padre de Lucas y a su mujer Matilde, pasar a la vuelta por el molino para decirles si Lucas seguía con él o se quedaba.
Cuando el sol estaba en lo más alto llegaron a Navalmanzano. Lucas ya se sentía en casa y a pesar que no hacía tanto tiempo que había salido de casa de sus padres, le parecía que habían sido meses. Tenía gana de verles y contarles las aventuras vividas pero, por otro lado, como su Señor no le había dicho nada sobre su futuro, estaba también un poco nervioso. Tampoco se atrevía a preguntarle, pues lo que hubiera de ser de él, se lo diría a su padre, tal como había prometido. Lucas pensaba que hasta ahora había servido bien a su Señor y muy bien en labor de investigación sobre el mensajero del Regidor y el veneno, tal como se lo había reconocido el propio Capitán, pero… deseaba llegar cuanto antes para acabar con la incertidumbre, y ya faltaba poco, apenas una legua.
Iban al trote y en silencio. En cabeza el Capitán, después le seguía Fabián que llevaba la brida del caballo del Regidor atada a su silla, y cerrando la fila, Lucas.
Ya se veía el molino a lo lejos. Una tenue columna de humo se elevaba al cielo. A medida que se acercaban, las formas se iban haciendo más precisas. Pronto Lucas divisó a su madre delante de la casa dirigiéndose al molino. Parecía haberse dado cuenta de la llegada de cuatro jinetes e iría a avisar a su marido.
Cuando Mateo salió, estaban ya a poco más de cien varas de distancia.
Matilde dio un grito de sorpresa al reconocer a Lucas entre los jinetes.
- ¡Es Lucas, es nuestro Lucas, qué alegría!
- Contrólate mujer – le dijo Mateo- que le vas a avergonzar delante de los caballeros.
- Ya habían llegado. Lucas desmontó y corrió a abrazar a su madre que tenía los ojos llenos de lágrimas. Cuando consiguió libarse de su abrazo, saludó a su padre con unas palmadas en la espalda.
- Padre, me alegra verte- dijo
- Yo también de verte a ti, hijo
- Capitán, sed bienvenidos a esta casa donde se os aprecia- dijo Mateo
- Me alegro de veros, Mateo, y a vos también Matilde.
- Siendo la hora que es, ¿0s quedaréis a comer vos y vuestros acompañantes,
Señor? - preguntó Mateo.
El Capitán, miro a Lucas y dijo que dejaba a su elección la respuesta a la pregunta.
El Capitán y Fabián desmontaron y fue entonces cuando Mateo y Matilde se dieron cuenta de que el cuarto jinete estaba esposado y con los pies atados con grilletes por debajo de la barriga del caballo. Hicieron un gesto de extrañeza.
- Es un preso que llevamos a presencia del Rey. También querrá comer, así que Lucas, suéltale las ataduras de los pies y que desmonte. Después le colocas los grilletes otra vez y que se siente en ese banco de piedra para comer- ordenó el Capitán. Tú le vigilarás mientras comemos y después, mientras tu comes y yo hablo con tu padre, Fabián estaré pendiente de él.
Lucas así lo hizo ayudado por Fabián.
Matilde echó más agua al puchero y más pedazos de pan, pues la sopa de ajos que había preparado no era suficiente para todos. Frió huevos con tocino, puso fruta y queso sobre la mesa y una hogaza de pan moreno, además de una jarra bien colmada de vino. Matilde puso en un plato dos huevos con un pedazo de tocino, un trozo de pan y un vaso de vino y se lo llevó a Lucas para que se lo diera al preso. El Regidor rechazó aquella comida, indigna de su paladar, según dijo. Fabián fue presentado como un amigo común que les acompañaba, sin decirle nada sobre el interés del Rey por él. Tanto él como el Capitán comieron con ganas. Fabián seguía echando en falta sus habas y el chacolí, pero su estómago agradecía cualquier alimento que le llegara.
Durante la comida, Mateo se interesó por el comportamiento de Lucas. El Capitán le dijo que estaba muy satisfecho con Lucas, pues era listo, servicial y tenía iniciativa como había podido comprobar en Cuellar cuando le encargó un servicio. Mateo y Matilde no disimularon su alegría. Solo esperaban que el Capitán confirmara su deseo de que Lucas le sirviera como escudero.
Cuando terminaron de comer, el Capitán le dijo a Fabián que sustituyera a Lucas mientras éste comía y que pronto reanudarían su viaje.
Lucas se sentó a comer ante la mirada amorosa de su madre y la de orgullo de su padre. Le dejaron comer mientras el Capitán se interesaba por las noticias sobre la seguridad del camino.
Cuando Lucas terminó, el Capitán se dirigió a Mateo diciéndole:
- Tal como os prometí cuando me llevé a Lucas, he vuelto para comunicaros mi decisión sobre si lo mantenía a mi servicio como escudero o bien os lo dejaba.
Durante estos días que ha estado conmigo, me ha prestado valiosos servicios sin los que no hubiera podido culminar algunos asuntos muy importantes. Ahora bien – Lucas se estaba poniendo nervioso esperando lo peor – aunque no he podido valorar su actitud en una situación de riesgo alto, tuvimos un incidente armado con unos forajidos que nos emboscaron, en el que demostró rapidez de respuesta desarmando a los bandidos, en vez tratar de ponerse a salvo. Es un muchacho valiente que solo está a falta de instrucción en el conocimiento de las armas para que pueda llegar a ser un buen escudero. Así que Mateo, mi deseo es que, tras la experiencia vivida, Lucas me sirva como escudero, si no os oponéis.
Matilde no respondió. Abrazó orgullosa a su hijo que se pudo rojo como la grana. Mateo le respondió que se sentía orgullo por la opinión que tenía de su hijo y que para su familia era un honor que estuviera al servicio de tan noble caballero.
Lucas se despidió de sus padres sabiendo que esta vez la ausencia sería más larga.
Hicieron montar al Regidor y lo engrilletaron. Después montaron los demás y se alejaron dejando atrás a una madre llorosa y a un padre orgulloso. Hasta el anochecer podrían recorrer aun unas diez leguas, lo que les llevaría hasta las cercanías del lugar de Velayos, donde pasarían la noche protegidos del relente por la frondosidad de los bosques de encinas. Los caballos soportaban bien el trote y solo pararon para darles de beber al vadear el arroyo de los Cercos cerca de la aldea de Hoyuelos.
El cielo estaba empezando a volverse gris oscuro y presagiaba lluvia a no tardar mucho. Atravesaron la aldea de Jemenuño bajo una intensa y fría lluvia, que estaba convirtiendo en barro el polvo del camino y dificultándoles la visión, por lo que el Capitán decidió no seguir más allá y acampar en un bosquecillo en la ladera del monte que daba nombre a la aldea.
Desmontaron al Regidor al que volvieron a engrilletar. Fabián se ocupó de preparar un buen fuego que les permitiera además de entrar en calor secarse las ropas empapadas por la lluvia. La cubierta de los árboles les daba una buena protección y el fuego, en tanto se mantuviera activo, alejaría a cualquier alimaña que pudiera haber por los alrededores.
El Regidor era quien peor lo estaba pasando. No estaba acostumbrado ni a las inclemencias del tiempo ni a las largas cabalgadas, ni mucho menos a comidas de campesinos. Procedía de una familia de hidalgos que habían conseguido su linaje más por su dinero que por hechos de armas, que no era poco mérito en una época en que las arcas de los reyes no andaban sobradas de dineros para pagar sus campañas ya fuera contra los árabes o contra sus vecinos. A una generosa aportación a la Corona de Castilla debía el Regidor su nombramiento como tal. Ahora se encontraba en una situación opuesta a la que estaba acostumbrado y aunque en su cabeza seguía instalado el convencimiento de que cuando estuviera ante el Rey, cambiaría su situación actual y ese pensamiento le daba la fuerza suficiente para no aparecer como derrotado, su cuerpo poco acostumbrado a las privaciones, protestaba; tenía escalofríos, el estómago le reclamaba comida, el tafanario se quejaba con dolor de tan prolongado contacto con la silla del caballo y aún le quedaba dormir sobre el suelo mojado, sin mantas o pieles que le dieran calor y sin más protección bajo el cielo encapotado que las copas de los árboles.
Le dieron para cenar un trozo de carne seca, pan y vino. La necesidad de su estómago era mayor que el rechazo de su gusto, así que tomó lo que le ofrecían. Por otro lado, no quería perder las fuerzas o enfermar antes de estar ante el Rey.
El Capitán dispuso turno de guardias, más para poder mantener el fuego vivo que para prevenir cualquier peligro. Lucas haría el primero, él el segundo dejando para Fabián el último.
Cuando el Padre Gumersindo entró en los aposentos de Marta, la encontró sollozando.
-¿Qué os acongoja, hija mía?- preguntó
- Mi buen Padre, debería sentirme feliz y reír pues me ha confesado su amor, pero tengo miedo a no volver a verle; me aterroriza pensar que cayera en desgracia ante el Rey y que pueda alejarle para siempre de mí. No lo soportaría ¿Por qué, Padre Gumersindo, Dios me muestra el camino de la felicidad y al mismo tiempo pone sobre él una negra nube que me impide verlo? ¿Creéis que me castiga por mis pecados?
He vivido mi vida cumpliendo con gusto sus mandamientos, conservando mi alma y mi corazón abiertos a su amor. A Él le he ofrecido los sacrificios que la vida me ha exigido y por Él aceptado las penalidades que para mi espíritu ha supuesto una vida sometida a las voluntades de mi familia, de mi esposo o de los reyes, así que Padre, vos que sabéis interpretar los planes de Dios, decidme ¿ acaso pareceré soberbia a los ojos de Dios?
El Padre Gumersindo conocía muy bien el alma de Marta y sabía que estaba sufriendo, qué se sentía castigada y no sabía por qué. Se negaba a aceptar que no pudiera ser feliz.
- Vuestra alma le es grata a Dios Nuestro Señor. Sois una mujer llena de bondad y de generosidad. Habéis sido una buena esposa, leal y fiel aún cuando vuestra unión no fue por amor. Él ha hecho eclosionar la semilla del amor en vuestro corazón y Dios no hace cosas inútiles. Debéis tener fe y confiar, pues Dios, bondad infinita, nunca abandona a sus buenos hijos. A veces, lo que nosotros interpretamos como castigos o penitencias, simplemente son caminos duros que nos obliga a recorrer para que valoremos más la felicidad de que nos espera al final de ellos.
- Si es como decís, son ciertamente caminos muy ásperos, Padre. Rezad por mí y pedidle a Dios para que no me abandonen las fuerzas y sea capaz de soportar la espera sin desfallecer.
- Estoy seguro de que pronto volveréis a ver al Capitán y que vuestra angustia de ahora se trocará en felicidad, pues no creo en las casualidades. Es por medio de Sus inescrutables designios que Dios lleva a cabo Sus maravillas. El no ha puesto a Iñigo Aldai en vuestro camino para castigaros, sino para que gocéis de la felicidad en este mundo. Confiad en Él, y ahora recemos juntos
Se levantaron con el alba; hacía frío y el cielo estaba encapotado. No eran frecuentes la lluvias por aquellas llanuras en esa época del año, pero el tiempo había estado revuelto durante el verano y ahora, al comienzo del otoño, todo era posible.
El Regidor tenía muy mal aspecto. Había dormido muy mal y tenía frío. Sentía el estómago vacío pero, aunque no le seducía comer el pan con tocino que Fabián había sacado para desayunar, no tuvo otro remedio que ingerir aquella comida de campesinos.
No tardaron en ponerse en camino. El Capitán quería recorre las diez leguas que había hasta Avila antes del mediodía. Allí tenía que buscar al Alguacil Mayor para que le rindiera cuentas de lo que le había encargado dos semanas antes. Decidió ir por el camino a la población de Labajos y Tolbaños, por ser menos concurrido y, por tanto más aconsejable para no llamar la atención cabalgar con un preso engrilletado.
El cielo seguía cubierto, pero no llovía, así que pudieron mantener un ritmo constante que pronto les permitió llegar a Velayos, a poco más de cuatro leguas de Avila.
El Capitán se le plateaba ahora un problema que debía de resolver eligiendo entre dos posibles soluciones y ambas arriesgadas. Una de ellas era la de que entrando en Avila con el Regidor esposado y engrilletado, tendría que dar explicaciones al Alguacil Mayor corriendo el riesgo de que éste entendiera que las razones para la detención no estaban amparadas por la carta de competencias que el Rey la había otorgado o, simplemente, que considerar que cualquier detención solo la podrán hacer los justicias del Rey y que por cualquiera de ellas le obligara a soltarlo o incluso que le detuviera a él. La otra solución sería la de que solo él entrara en la ciudad mientras que el Regidor, Fabián y Lucas se quedaban escondidos por las cercanías, con el riesgo de que alguna persona de rango los encontrase y viera que dos plebeyos mantenían esposado y engrilletado a un hombre que llevaba el uniforme de
comisionado real, por lo que con toda lógica pensando en un secuestro o en un atraco avisaría a las autoridades de la ciudad o intervendría directamente si era hombre u hombres de armas.
Mientras cabalgaba analizaba los inconvenientes de una y de la otra y cuando estaban ya muy cerca de la ciudad, se detuvo. Los demás hicieron lo mismo. El Capitán llamó aparte a Lucas y le dijo lo que tenían que hacer. Lucas le dijo a Fabián, que llevaba las bridas del caballo del Regidor atadas a su silla, que le siguiera. Se adentraron en un bosque de encinas a pocas decenas de varas de allí y desaparecieron de la vista del Capitán y de cualquiera que pasara por el camino.
Iñigo Aldai cabalgó hasta la ciudad entrando por la puerta del Alcázar, cruzó la plaza del Mercado frente a la iglesia de San Pedro y se dirigió al cuartel del Alguacil Mayor esperando que estuviera allí, pues aún no era la hora de comer. Lo encontró cuando se disponía a salir. El Alguacil Mayor le reconoció y le saludó
-Buenos días, Alguacil Mayor.- correspondió el Capitán- Tal como os dije, que haría a mi regreso, vengo a pediros que me informéis del resultado de las gestiones que en nombre del Rey os encomendé.
-Cierto Capitán, y os informaré con gusto aunque quizá no os satisfaga su contenido.
-Pues informadme y no demoréis más- le urgió el Capitán
-Al día siguiente de darme vuestras instrucciones y durante varios días, mandé a mis alguaciles por las poblaciones y aldeas más importantes de toda esta extensa comarca, incluida la ciudad, así como los sexmos de las comunidades limítrofes realizando la prueba a todos aquellos que pensaban que la superarían y aunque fueron varios los que superaron la primera, la de las diez arrobas, solo dos lo hicieron con la segunda de doce y ninguno con la tercera de quince, que era la que vosexigíais. Lamento que este haya sido el resultado, y es que en mi opinión, lo que pedís no existe. No conozco ningún hombre capaz de levantar tal peso de una sólo vez.
-No estéis tan seguro, Alguacil. Quizá por estas tierras no, pero os aseguro que sí en
el Reino de Castilla. No obstante y para que no os quedéis preocupado, os diré que no tenía grandes esperanzas en que la gestión que os encomendé tuviera un resultado satisfactorio. Os agradezco el esfuerzo que habéis hecho y ahora he seguir mi camino a Toledo para informar al Rey.
- Que tengáis buen viaje Capitán y que Dios os acompañe
- Y que Él os proteja, Alguacil.
Salió de la ciudad en dirección al bosquecillo en el que había dicho a Lucas que se escondieran.
Lucas estaba al acecho y cuando vio venir al Capitán, fue en busca de Fabián que custodiaba al Regidor y salieron al camino para el encuentro.
Dejaron Avila atrás tomando el camino del valle de la Pavona para evitar el puerto de Paramera, en el cordal de los Polvisos, pues no quería correr riesgos de que alguna ventisca los detuviera y porque tampoco estaban equipados para soportar el frío que a buen seguro encontrarían al cruzar aquellas cumbres en esa época del año en la que lo más normal es que estuvieran cubiertas de blanco. Desde el valle de la Pavona irían por San Juan hasta llegar a Burgohondo y desde allí, siguiendo el curso del Alberche llegarían a las cercanías de San Martín de Valdeiglesias.. Aunque eran más leguas, el camino era más seguro y no tardarían más que si decidieran hacer el recorrido por Paramera. En todo el día no habían visto el sol y el cielo encapotado seguía sin soltar agua. Cuando la luz del día empezaba a perder la batalla contra la oscuridad, se encontraban a las puertas de San Juan de la Nava. Durmieron en el pórtico de una pequeña ermita levantada sobre una colina, en honor no sabían de quien. Fabián calculó que las viandas que tenía les llegarían para cenar esa noche y desayunar al día siguiente, por lo que tendrían que aprovisionarse en alguna población que encontraran por el camino. Se distribuyeron las guardias y pasaron la noche sin contratiempo alguno. Al levantarse se encontraron con una ligera capa de nieve cubriéndolo todo. El Capitán se alegró de haber tomado ese camino y no el de la montaña. Después de desayunar iniciaron la bajada a Burgohondo, a legua y media, donde Lucas compró provisiones y unas mantas de tejido muy basto, que pagó con las monedas que le dio el Capitán. Fabián le había pedido que le consiguiera habas, pero no fue posible. El de Mariaca empezaba a estar preocupado porque llevaba ya unos días sin ellas y para él constituían su fuente de alimentación principal, tanto es así que asociaba su consumo diario a esa fortaleza que tanta fama le había dado en su tierra.
Seguían el curso del Alberche por su margen izquierda, y dejando a su derecha las laderas de la sierra de Gredos. Atravesaron Navaluenga y vadearon el Alberche a casi una legua de esta población, temiendo que aguas abajo le resultara más difícil o imposible porque el río se iba anchando y haciendo más profundo. El cielo seguía nublado sobre la cuenca, pero estaba muy oscuro sobre las cimbres de la sierra de Gredos donde, seguramente, estaría nevando. La masa de robles que cubría las laderas a su derecha, llegaba casi hasta la orilla del río haciendo que, a veces, el camino se estrechara obligándoles a cabalgar al paso. Tuvieron grandes dificultades para cruzar los arroyos y torrentes que bajaban de la sierra muy caudalosos. En algunas ocasiones era imposible ir montado dado que el camino era rocoso y estaba mojado, con riesgo de que los caballos resbalasen, por lo que mantuvieron al Regidor sin grilletes, pues era imposible que intentara escaparse en un terreno de aquellas condiciones. Tardaron mucho más de lo previsto en llegar a la aldea de Las Cruceras a los pies del pico Cabeza de la Parra. El Capitán quería llegar a mediodía a la población de El Tiemblo, antigua frontera entre el reino de Castilla y los musulmanes, pero no llegaron hasta bien avanzada la tarde. No pararon para comer, sino que Lucas repartió pan y carne salazonada que comieron mientras cabalgaban. Era preciso llegar a San Martín de Valdeiglesias antes de que se echara lo oscuridad.
Se dirigieron guiados por el Capitán hasta la hospedería al final de la aldea donde él se había alojado después de salir de Toledo. Había decidido que pasaran la noche allí recordando que el posadero le había comentado entonces que no era frecuente que se hospedaran caballeros en su casa.
Golpeó el portón con la pesada argolla de hierro y no tardó en abrir la puerta el mozo de la hospedería. En esta ocasión no había carreta alguna en el patio ni caballos o mulas bajo el cobertizo que hacía de caballeriza. Eran los únicos huéspedes por aquella noche.
Desmontaron sin cruzar palabra con el mozo, al que entregaron las riendas de los caballos. El sirviente tenía el pelo pajizo, una nariz prominente y la cara marcada por alguna enfermedad. Miró las manos esposadas del Regidor sin mostrar ningún signo de extrañeza y se llevó los caballos a la caballeriza, no sin que antes Lucas cogiera el saco de las provisiones, gesto que si provocó una mirada poco amistosa del mozo quien, probablemente disfrutaba pensando en lo que podría encontrar en su interior cuando los recién llegados hubieran entrado en la posada.
El posadero reconoció al Capitán a quien saludó con sus exageradas reverencias que hizo extensibles a los demás hasta que se dio cuenta de que uno de ellos tenía las manos encadenadas, al que hizo un gesto despectivo con la mano.
Desde que el Capitán había pasado por allí, el posadero parecía no haberse cambiado la túnica, pues si entonces ya estaba raída y sucia, ahora aún lo estaba más. Se sentaron en torno a la rústica mesa mientras que el posadero les ponía una jarra de vino y tres vasos, dando por supuesto que el preso no debía de tener el mismo trato que los demás. A una seña del Capitán, le puso también un vaso.
El posadero les informó que como no habían tenido huéspedes desde hacía varios días y que tampoco lo esperaban, no tenían cena preparada, así que su mujer tardaría algo en prepararles una sopa de ajo para cenar. Esperaron la sopa, pues les apetecía meter algo caliente en el estómago. Lucas, por indicación del Capitán, sacó costillas de cerdo salazones y le dijo al posadero que se las diera a su mujer para que las pusiera al fuego.
El posadero estaba preocupado, pues no sabía como alojar a sus huéspedes. Él y su oronda mujer dormirían junto al fuego, como siempre, pero solo tenía un camastro encima de la cocina, que ya había utilizado aquel caballero cuando pasó por allí hacia bastantes días, pero ¿ y los otros tres? ¿Y el preso?
La mesa ocupaba una gran parte de la planta baja en la que además había distintos aperos, un barril de vino, y dos grandes baúles que seguramente guardaban todas las posesiones del posadero. Cuando le indicó al Capitán que podía disponer del camastro encima de la cocina, añadió que no tenía alojamiento digno de sus acompañantes y que no sabía donde podrían dormir pues, como podían ver, apenas quedaba sitio, ya que la mesa era muy grande y pesada para moverla a uno de los lados del local y dejar sitio para poder colocar allí unas brazadas de paja seca sobre la que pudieran tumbarse.
Entonces se levantó Fabián y tras decirle al posadero que retirara lo que había encima de la mesa, se metió debajo de ella y ante los asombrados ojos de todos, Regidor incluido, la levantó como quien levanta un cordero. Dio unos pasos y le depositó en el otro extremo, donde los aperos. Los demás seguían con la boca abierta.
- ¡Resuelta la dificultad, posadero!- le dijo Fabián.
A partir de ese momento Lucas, que ya le miraba con afecto, empezó a hacerlo con admiración, el Regidor con temor y el Capitán con la enorme satisfacción de saber que estaba sirviendo bien a su Rey.
El Regidor durmió con los pies encadenados a las patas de la mesa, y frente a él, Fabián y Lucas.
Salieron temprano. La mañana era muy fría bajo un cielo de claro y nubes.
Cruzaron el Alberche por el puente de piedra en Escalona. Estaban a unas nueve leguas de Toledo e Iñigo Aldai pensaba tratando de encontrar la forma de dar cuenta al Rey sobre la misión que le había encomendado y, al mismo tiempo, mantener custodiado al Regidor hasta haber entregado a Don Diego López de Haro los informes de los comerciantes y darle todas las explicaciones necesarias sobre el caso. No sabía cómo hacerlo. Cada vez estaban más cerca y necesitaba encontrar la forma.
Decidió que acamparían en la alquería de Rielves, propiedad de las Religiosas
Bernardas del Convento de San Clemente, en Toledo.
Allí, el Capitán llamó aparte a Lucas y le ordenó que fuera a Toledo y que en el Alcázar preguntara por Don Diego López de Haro y cuando lo llevaran donde él, se identificara como su escudero y que le dijera, sin que nadie más lo oyera, que el capitán Iñigo Aldai estaba acampado a una legua de Toledo, en la alquería de Rielves y que le pedía que fuera allí, pues necesitaba hablarle antes de entrar en Toledo.
Lucas salió al galope. Había unas tres leguas hasta Toledo y quería cumplir las órdenes de su Señor con la mayor celeridad.
Entró en la ciudad por la puerta de Bisagra sin que los guardias le detuvieran. A esas horas de la mañana, cercano el mediodía, había mucho movimiento de campesinos, comerciantes, viajeros, frailes, pastores… entrando y saliendo de la ciudad. Traspasó la puerta y se quedó asombrado. Nunca había visto una población tan grande, con
tanta gente y con edificios tan altos. Ya Cuellar le había parecido enorme, pero Toledo era muchísimo mayor. La catedral le pareció inmensa y, en lo más alto de la ciudad el castillo al que llamaban Alcázar, dominándolo todo, hasta el horizonte, y a sus pies, como abrazándola, el río Tajo, foso natural que junto a la muralla hacían a la ciudad casi inexpugnable. Subió a caballo por aquellas calles empedradas y estrechas en dirección al castillo sin que nadie le prestara la menor atención.
Cuando llegó a la puerta del castillo, desmontó. Dos soldados le cortaron el paso.
- ¡Alto, muchacho! ¿Dónde crees que vas?- le dijo uno de ellos.
- Mi señor me ha ordenado que le entregue un mensaje a Don Diego López, abanderado del Rey- contestó.
- ¿Y quién es tu señor, que tal alto pica?- replicó el otro soldado.
- El capitán Iñigo Aldai – respondió Lucas.
- -No conocemos a ningún capitán con ese nombre, así que no molestes y vete.
- Os digo que es cierto; soy su escudero y me ha ordenado lo que os he dicho; es muy importante que le entregue el mensaje a Don Diego López- insistió.
- Bueno, pues si es tan importante, danos a nosotros el recado que ya se lo haremos llegar a Don Diego.
- No puedo, pues la orden de mi Señor es que he de dárselo en propia mano, así que os ruego me digáis donde puedo encontrarlo.
- ¡Muchacho¡ Aquí estás estorbando, así que coge tu caballo y vete, a menos que prefieras conocer nuestras mazmorras.
Los soldados estaban empezando a molestarse y levantaban la voz.
- Pues me tendréis que encerrar- también levantó la voz Lucas- pues yo no me he de ir de aquí sin cumplir la orden de mi Señor.
Las voces atrajeron la atención del jefe de la guardia.
- ¿Qué ocurre aquí? ¿A qué vienen esas voces?- preguntó
- Este muchacho que dice que dice que su señor le ha ordenado dar un mensaje al Abanderado del Rey; le hemos dicho que nos lo dé a nosotros y se niega, pues quiere entregarlo en propia mano, así que lo estábamos despachando, pues no conocemos a quien dice que es su señor.
- ¿Y quién dice que es? – les preguntó el jefe de la guardia mientras observaba a Lucas.
- Un tal capitán Iñigo Aldai- contentó uno de los guardias.
- ¿Iñigo Aldai? ¿Y decís que no lo conocéis, pedazos de alcornoque? ¿Qué no
conocéis a uno de los capitanes del Señor de Vizcaya? ¡Me dan ganas de mandaros al potro unos días para que recuperéis la memoria! ¡Zoquetes¡ ¡Que sois unos zoquetes¡- les reprendió indignado. -Ven conmigo muchacho- dijo a Lucas.
Pasaron al Patio de Armas, donde Lucas pudo ver a un negro enorme y musculoso luchando con armas de madera contra dos fornidos soldados al mismo tiempo. Al notar el gesto de extrañeza de Lucas, el jefe de la guardia le dijo que eran ejercicios de entrenamiento y por eso se hacían con armas simuladas. Al llegar a la puerta de la Torre, le dijo al soldado hacía guardia ante ella, que informara al capitán Crisanto Martín, que un muchacho traía un recado de Iñigo Aldai para el Señor de Vizcaya y que tenía orden de entregarlo personalmente.
El soldado desapareció unos instantes en el interior y no tardó en salir y ocupar su puesto de guardia.
-Enseguida vendrá el capitán Martin- dijo al jefe de la guardia.
No tardó en aparecer el Capitán.
- ¿Quién pregunta por Don Diego López?- preguntó al jefe de la guardia.
- Este muchacho Capitán, que dice seguir órdenes del capitán Aldai- contestó.
- ¿Y qué recado es ése, muchacho?- preguntó a Lucas.
- Señor Capitán, sólo puedo dárselo a Don Diego López, pues así me lo ha ordenado mi Señor- contestó Lucas.
- Entonces, sígueme- le ordenó.
Lucas fue tras él. Subieron unas escaleras de caracol hasta la primera planta y allí el capitán Martín le ordenó que entrara en una pequeña sala y que esperara. Lucas entró en la sala, que no era muy grande, pero le impresionaron las armaduras colocadas en todo su perímetro, armadas unas con espada, otras con lanza y algunas con maza. Nunca había visto una variedad tal de armas. Es más, algunas ni sabía que existían.
Ensimismado mirando las armaduras, no se dio cuenta de que en la puerta había un hombre observándole. Este se hizo notar con un pequeño ruido de sus botas contra la piedra y Lucas se volvió. Delante de él estaba un hombre de edad, con barba entre gris y blanca, ojos azules y una mirada que inspiraba confianza. Vestía una larga túnica con bordados dorados y sobre el pecho dos lobos negros, uno encima de otro, con corderos entre sus fauces. Eran como los que su Señor llevaba en la sobrevesta.
Supo entonces que estaba ante Don Diego López de Haro, uno de los héroes de las Navas de Tolosa y abanderado del Rey. Sintió como un escalofría le recorría la espalda. Si sus padres pudieran ver que su hijo, el hijo de un molinero, estaba directamente ante uno de los nobles más importantes del Castilla, se sentirían embriagados de orgullo. Todo esto pasó por su cabeza con la rapidez de un relámpago.
- ¿Qué recado me traes muchacho?- preguntó.
Lucas hizo una torpe reverencia y contestó:
- Mi Señor el capitán Iñigo Aldai me ha ordenado que os de personalmente este recado..
- ¡Calla muchacho! - le interrumpió Don Diego- Si te ha ordenado dar el recado
personalmente ¿ por qué me lo vas a dar a mí, si no sabes quién soy? – le preguntó con un tono severo.
Lucas palideció. Había metido la pata.
- Perdonadme Señor. He visto que lleváis sobre vuestra ropa el mismo escudo de armas que mi Señor y he supuesto que vos erais Don Diego López- contestó azorado.
- Y has supuesto bien, pero en lo sucesivo has de ser más precavido, pues este escudo de armas lo llevan todos mis caballeros. Y ahora dime muchacho, ¿cómo te llamas y que tienes tú con el capitán Aldai?
- Me llamo Lucas, Señor y el Capitán me ha tomado como su aprendiz de escudero - respondió.
- Bien Lucas, dime entonces cuál es ese recado que me traes.
Lucas le trasladó la petición del Capitán. Don Diego le escuchaba sin que nada en su semblante indicara reacción alguna ante el mensaje.
Cuando Lucas finalizó le dijo que le esperara allí, que enseguida volvía. Cuando volvió, Lucas observó que llevaba espada al cinto y que se había vestido la cota de malla bajo la sobrevesta. Llevaba casco sin nasal en la mano.
-¡Vamos, muchacho! - le ordenó- ¡Condúceme hasta tu Capitán!
Salieron al patio donde el negro seguía los ejercicios de entrenamiento, que eran observados desde cierta distancia por un hombre que parecía muy importante. El escudo sobre su túnica era un castillo de color amarillo, de tres torres almenadas y la del medio más alta, todo sobre fondo rojo. Era un noble de Castilla, pensó Lucas, al que Don Diego saludó al pasar.
Un soldado, también con el escudo de Don Diego, le trajo su caballo. Otro soldado con idéntica indumentaria le acompañaba llevando por la brida dos caballos. El de Lucas seguía en la puerta de la muralla, atado a una argolla. Montó Don Diego, los dos soldados y también Lucas. Bajaron al paso las calles empedradas y salieron por la puerta de Bisagra donde los guardias, al reconocer a Don Diego, les hicieron paso entre los transeúntes. Una vez en el exterior, galoparon en dirección norte, por el camino que había traído a Lucas hasta Toledo desde la alquería de Rielves.
Llegaron a media tarde. El Capitán esperaba en la puerta de la alquería. Cuando desmotó Don Diego, se acercó a él e inclinándose, tomó su mano y besó el anillo.
- Me alegra veros, Capitán, y espero que tengáis buenas razones para todo lo que habéis hecho, incluida mi presencia aquí- saludó
- Mi Señor- contestó Iñigo- tened por seguro que si no las tuviera, nunca os habría distraído de vuestras responsabilidades. Os ruego que me permitías daros cumplida explicación de todo, así como el por qué de vuestra presencia en este lugar.
- Entremos y contadme, Iñigo, pero antes de ello, quiero preguntaros si habéis culminado con éxito la misión que os encomendó Su Majestad. ¿Lo habéis hecho?- preguntó.
- Si mi Señor. He aquí al hombre que tan acertadamente sugeristeis al Rey Nuestro Señor- y le presentó a Fabián, que no sabía cómo comportarse ante el Señor del Capitán.
Tras las presentaciones, Don Diego López e Iñigo Aldai entraron en una pequeña sala, mientras sus acompañantes, Fabián y Lucas esperaban en el exterior.
Fue larga la reunión. A medida que el Capitán le informaba, el rostro de Don Diego parecía más preocupado. Conocía todos los detalles, tenía los informes escritos de los comerciantes y del alguacil de Cuéllar y el enviado por Doña Marta, pero le preocupaba y mucho, que hubieran traído al Regidor, que permanecía encerrado en una de las habitaciones de la alquería, pues si el Rey quería hablar con él antes de leer los informes y escuchar al Capitán, podría predisponerse en su favor; pero por otro lado, el Rey nunca emitiría un veredicto sin haber escuchado a ambas partes y valorado las pruebas que cada de ellas pudiera aportar en su defensa. Tenía que conseguir hacerle llegar al Rey los informes escritos sobre el intento de asesinato de su Capitán y las confesiones que responsabilizaban del intento al Regidor. Después ya sería el momento en el que ambos comparecieran ante Su Majestad. Además el Capitán tendría que dar cuenta al Rey sobre el resultado de la misión que le había encomendado y aunque pensaba que esto le importaba la Rey más que el asunto del Regidor, tampoco podía estar seguro. Durante un largo tiempo estuvo callado mientras paseaba de un lado a otro de la sala. Iñigo guardaba silencio.
- Haremos lo siguiente, Iñigo- dijo de pronto.- Los dos caballeros que me acompañan se quedarán aquí custodiando al Regidor. Vos, Fabián y ese muchacho al que instruís como escudero, vendréis conmigo a dar cuenta al Rey de su encargo.
Llegaremos al Alcázar al anochecer, por lo que espero que el Rey nos reciba mañana por la mañana. Es seguro, o casi seguro, que Su Majestad pregunte por el asunto del Regidor. Si así ocurriera, dejadme a mí, que yo hablaré por vos respaldando vuestra actuación y que reforzaré con la confesión de los cómplices y con el informe de lo alguacil; habida cuenta de que el Alcaide era un noble de la Casa de Haro y vos, como capitán de la misma Casa, teníais la obligación de capturar al asesino para ponerlo a disposición de la justicia, y eso es lo que habéis hecho. Le informaré al Rey que dos de mis caballeros están trayendo custodiado al Regidor ante Su Real Presencia, esperándoseles al mediodía de mañana. Si todo transcurre tal como os indico, el muchacho vendrá a avisar a mis caballeros para que lleven al Regidor a Toledo, esperando hasta que el Rey nos llame a su presencia.
- Lamento, mi Señor, ser causa de vuestra preocupación, pero no sería digno de estar a vuestro servicio si no hubiera hecho lo que os he contado.
- No os martiricéis, Iñigo. Hagamos como os acabo de decir y salgamos para Toledo.
Don Diego dio instrucciones a sus dos caballeros mientras el Capitán hacía lo mismo con Fabián y Lucas.
Llegaron al atardecer a Toledo. Don Diego consideró que no era conveniente que durmieran en el Alcázar, por lo que le dijo al Capitán que él, Fabián y Lucas se alojaran aquella noche en cualquiera de las muchas posadas que había en la ciudad y que se dejaran ver lo menos posible para evitar que el Rey tuviera noticias de su presencia en la ciudad antes de que él le informara a la mañana siguiente.
Buscaron alojamiento en una posada cerca de la judería. Cuando se levantaron despertados por el trajinar de otros huéspedes, Fabián dijo no encontrarse muy bien; se sentía como ligeramente cansado. El Capitán comentó que sería debido al largo viaje que habían hecho, pero que cuando estuviera en el Alcázar y con buena comida, se recuperaría muy pronto.
Salieron hacia el Alcázar subiendo por aquellas calles empedradas y húmedas en la que era fácil resbalar y llegaron a la entrada del castillo. El Capitán fue reconocido por el jefe de la guardia.
-¡Buenos días capitán Aldai¡. Avisaré a Don Diego que habéis llegado. Podéis dejar vuestros caballos aquí al cuidado de vuestro escudero si lo deseáis y si no, uno de mis hombres se ocupará de ellos.
Y sin esperar contestación cruzó el Patio de Armas en busca del Señor de Vizcaya.
No tardó el jefe de la guardia en volver.
- Don Diego os espera en la Sala de Armaduras, Capitán- le informó.
El guardia del portón de entrada a la Torre les dejó el paso franco. El Capitán no podía evitar cierta intranquilidad, pues se acercaba el momento en que tendría que dar cuenta al Rey tanto del resultado de su misión, que consideraba satisfactoria, como de lo ocurrido con el Regidor y esto era lo que le preocupaba. Subieron las escaleras hasta la primera planta y entraron en la sala donde la tarde anterior había estado Lucas. Fabián, poco acostumbrado a la visión de armas y armaduras, miraba las que allí había expuestas con asombro. No se imaginaba como un hombre podía moverse enfundado en aquellas corazas metálicas y luchar al mismo tiempo.
-Capitán, Vos que sois hombre de armas ¿podríais decirme cuánto pesa una de estas armaduras?- preguntó
-Cada una de ellas pesa sobre tres arrobas y media, más el arma que puede ser espada de mano, de mano y media, o maza como puedes ver. Además hay que tener en cuenta la armadura del caballo, que completa pesa unas cinco arrobas, lo que requiere que el caballo de guerra sea un caballo muy fuerte, pero ágil al mismo tiempo, ya que ha de compensar con sus movimientos los que el jinete no puede hacer limitado por la armadura.
- Y vos ¿habéis utilizado armaduras como éstas en las batallas?
Cuando el Capitán le iba a responder, llegó Don Diego.
- ¡Buenos días tengáis! Su Majestad nos espera. Acordaos de lo que hablamos ayer, Iñigo. Y, Fabián, acompañadnos, el Rey desea conoceros.
Ahora Fabián también estaba nervioso. Por fin iba a saber por qué el Rey estaba interesado en él; no sabía si para bien o para mal, y eso era lo que le intranquilizaba.
Dos soldados armados con lanza y provistos de peto, faldón y casco hacían guardia ante lo que debía ser la Cámara Real. Mantenían las lanzas cruzadas cerrando el paso. Cuando llegaron ante ellos, las separaron permitiéndoles la entrada.
Allí, sentado en un enorme sillón de madera colocado sobre una tarima cubierta de pieles, estaba Don Alfonso VIII, el Noble, Rey de Castilla y vencedor del musulmán.
Vestía túnica corta de mangas anchas, de color azul oscuro, y con bordados de oro.
Calcetines del mismo color y botas de cuero hasta media pierna. Al cinto llevaba una daga. No tenía puesta la corona que Fabián esperaba que llevaran los reyes.
Después, cuando preguntó por ello al Capitán, éste le dijo que era porque no se trataba de una audiencia oficial como cuando recibía a los embajadores de otros reinos o a los nobles del reino.
Don Alfonso tenía barba más blanca que negra igual que la cabellera. El rostro era el de un hombre de edad, pero su mirada era viva, casi fresca pensaba Fabián.
A su derecha se encontraba de pie el Alférez de Castilla, Alvaro Núñez de Lara.
La amplia sala estaba iluminada por antorchas colocadas sobre las paredes y por pequeños ventanales provistos de vidrieras de colores. Detrás de la silla el Rey colgaba un pendón inmenso con el escudo de Castilla.
Don Diego se inclinó ante el Rey.
-Mi Señor, el capitán Iñigo Aldai solicita informaros sobre la misión que le fue
encomendada por Vos- dijo.
El Capitán se adelantó, clavó su rodilla derecha en tierra e inclinando la cabeza dijo:
-Majestad, el capitán Iñigo Aldai a vuestro servicio.
-Sed bienvenido Capitán. Levantaos e informadnos- le ordenó el Rey.
-Majestad, tal como Vos me ordenasteis y siguiendo las instrucciones de mi Señor Don Diego López, me llegué Señorío de Ayala donde su Señor Don Hurtado Sáenz de Salcedo me dirigió hacia el lugar de Amurrio en el que vivía el hombre cuya fortaleza tenía fama de ser extraordinaria. Ese hombre accedió gustoso a acompañarme para presentarse ante Vos y serviros como mejor consideréis. Se llama Fabián de Mariaca y es este hombre que me acompaña. Siguiendo las mismas instrucciones de mi Señor Don Diego, la búsqueda del hombre más fuerte del Reino la extendí también por tierras de Castilla sin que fuera posible encontrar hombre alguno que fuera capaz de superar las proezas que se le atribuían a Fabián de Mariaca, por lo que, Majestad, este hombre que se presenta ante Vos es el más fuerte del Reino.
Fabián, situado unos pasos atrás, cuando quiso avanzar con el Capitán, Don Diego le hizo un gesto para que se detuviera, no sabía cómo comportarse. Era la primera vez que se encontraba en tal situación.
- Acercaos- le ordenó el Rey
Fabián dio unos pasos y con la cabeza hizo una torpe reverencia.
El Rey le observó detenidamente.
- ¿De verdad sois tan fuerte como dice vuestra fama? Porque aparentemente sois robusto, pero no más que muchos de mis caballeros.
Fabián no contestó. Fue hacia la parte trasera del sillón que ocupaba el Rey, lo queprovocó que Alvaro Núñez echara mano a la empuñadura de la daga que llevaba alcinto, pero el Rey le indicó con la mano que estuviera quieto.
Fabián se colocó detrás del sillón; se agachó y lo agarró por ambos lados entre las patas. Le dijo al Rey:
-Majestad, os ruego que os agarréis fuerte- y sin más levanto el sillón con el Rey sentado en él hasta la altura de su cintura, donde lo sostuvo durante un rato. Después lo bajó despacio dejándolo en su sitio.
Todos, incluido el Rey, le miraban con asombro. Entonces, mirando a los presentes dijo:
- ¿Os dais cuenta de lo alto que puede llegar a estar un rey con la fuerza de su pueblo? -Y dirigiéndose a Fabián - Verdaderamente vuestra fuerza parece extraordinaria. ¿Sabéis por qué os he hecho venir? Quiero que, llevando mis colores, compitáis en fuerza con el negro más fuerte que se haya podido encontrar y que llevará los colores de la Reina, en un espectáculo público con el que celebraremos nuestra victoria sobre el Miramamolín. ¿Qué decís?
- - Competiré por Vos, Majestad, y no os defraudaré- contestó Fabián.
- Es cuanto quería oír.
El Rey sabía que Alvaro Núñez se había encargado del adiestramiento del negro que la Reina iba a oponer a su campeón, por lo que le dijo:
- Y a vos, mi buen Alférez, os prohíbo que contéis esto que habéis visto, pues ni la Reina ni el Rey deben saber nada del campeón que presente cada uno, ya que así está acordado.
- Mis labios están sellados para contar esta asombrosa demostración de fuerza, Majestad.
- Creo Don Diego que vuestra recomendación fue acertada y que supisteis elegir al hombre adecuado para llevar a cabo mis deseos. Ahora disponed lo necesario para un alojamiento confortable de Nuestro campeón, que descanse y que sea alimentado con los mejores manjares de las cocinas reales.
Don Diego le dijo a Fabián que esperara en la Sala de Armaduras. Iñigo Aldai hizo además de seguirle, pero le interrumpió la voz del Rey.
- Vos, Capitán, aguardad pues tenemos aún un asunto que resolver.
Había llegado el tan temido momento.
- He sido informado por Don Diego que encerrasteis a Nuestro comisionado en Cuéllar al que habéis acusado del asesinato del alcaide Huarte. ¿ Es cierto lo que os digo?
- Es cierto Majestad y si… -
- ¡Callad¡- ordenó el Rey- Don Leopoldo López, Nuestro Regidor, afirma que se trató de un desgraciado accidente en una montería en la que vos participasteis que, como veis, no concuerda con vuestra declaración. Habéis prestado un gran servicio al Reino cumpliendo a satisfacción lo que os había encargado y además sé de vuestra valentía y coraje a las órdenes de Don Diego en la batalla del Muradall. Sois y por tal os tengo, un súbdito valiente y leal y, en atención a ello y a pesar de que vuestra conducta en Cuellar podría ser considerada como afrenta al Rey y castigada como tal, os daré la oportunidad de exponer vuestras pruebas frente a las de Don Leopoldo López quien, según me ha informado Don Diego, está cabalgando hacia aquí acompañado por dos de sus caballeros. Cuando llegue, ambos os presentareis ante Nos y oiremos vuestras respectivas razones y valoraremos asimismo las pruebas que en defensa de ellas aportéis. El Alférez de Castilla y el Abanderado Real me asistirán. Ahora, Capitán, podéis retiraros.
Iñigo Aldai, dio dos pasos hacia atrás, hizo una profunda reverencia y dando media vuelta, salió de la cámara real.
El Rey, dando el asunto por zanjado hasta la llegada del Regidor, dirigió a Alvaro Núñez de Lara.
- Don Alvaro, faltan tres semanas para Todos los Santos, el día señalado para el combate entre Nuestro campeón y el de la Reina. Enviad heraldos a todas las villas y lugares importantes del Reino para que sea de público conocimiento que tal combate va a tener lugar, y a todos los nobles del Reino, que su Rey se sentirá muy complacido por su presencia en tal acontecimiento., así como que el combate será precedido de un torneo con armas corteses. Y vos, Don Diego, localizad un lugar adecuado para el espectáculo, en los alrededores de Toledo, pues el Patio de Armas es muy poco espacioso para ese fin. En ese lugar disponed que se instalen gradas para la nobleza y vallas para la plebe. Ha de ser un espectáculo que se recuerde por muchos años e incluso por generaciones, en recuerdo de la gloriosa batalla del 16 de julio del año del Señor de mil y doscientos y doce.
- Se hará como decís, Majestad- respondió Don Alvaro.
-Dispondré lo necesario, Mi Señor,- contestó Don Diego.
-Ahora, retiraos, pero no olvidéis presentaros ante Nos cuando llegue el Regidor de Cuéllar y con vuestro capitán, Don Diego.
Hicieron una reverencia y se retiraron.
Iñigo Aldai había salido esperanzado; por lo menos tendría la oportunidad de presentar sus pruebas. Don Diego también había interpretado positivamente que en la exposición de las pruebas estuvieran tanto él como el Alférez presentes, pues eso, en su opinión, indicaba que el Rey abordaba la solución del problema sin prejuicios.
El Capitán fue en busca de Lucas, a quién ordenó que fuera hasta la alquería y que dijera a los caballeros que custodiaban al Regidor, que lo trajeran al Alcázar.
Don Diego dio las órdenes para el alojamiento de Fabián y después se habló con Iñigo Aldai sobre la entrevista con el Rey.
- El Rey ha quedado impresionado por la fuerza de Fabián y está contento por la buena gestión que habéis hecho. Creo que será objetivo cuando presentemos vuestras pruebas y el Regidor las suyas. Él no os ha prejuzgado, ya que de haber sido así, no hubiera querido que estuviéramos presentes el Alférez Real y yo mismo.
- Confío en la justicia del Rey, mi Señor.
Pasaba algo del mediodía cuando hicieron su entrada por el portón del Alcázar Lucas y los caballeros de Don Diego custodiando al Regidor. Desmontaron en el Patio de Armas donde les esperaba el capitán Aldai y Don Diego. La mirada del Regidor era de triunfo; ya estaba saboreando la venganza. Don Diego dijo al Capitán que le quitaran las esposas, pues allí la única fuga que podría producirse sería para presentarse ante el Rey no para escapar.
El Regidor se frotaba las muñecas y saludaba respetuosamente a Don Diego, no en vano sería quien le otorgara la alcaidía de Cuellar cuando el Rey condenara a su capitán Aldai.
- Preparaos Capitán para sufrir la justicia del Rey- le dijo a Iñigo- Vais a pagar cara vuestra afrenta a Su Majestad y la deshonra que habéis traído a vuestro Señor.
- ¡Callad, Regidor y seguidme¡ Es Rey nos está esperando - dijo Don Diego.
El Rey, que había sido advertido de la llegada del Regidor, ya se encontraba en su sitial en la Cámara Real y con Él, su Alférez Alvaro Núñez.
Entraron en primer lugar Don Diego, seguido por el Regidor y tras él, Iñigo Aldai. Tras los saludos de rigor, el Rey, dirigiéndose al Regidor, le dijo:
- Habéis sido acusado del asesinato del Alcaide de Cuéllar, Don Fernando Huarte, por el Capitán Iñigo Aldai, quien sin contar con Nuestra autoridad para ello, os hizo detener y permanecer en las mazmorras del castillo. ¿Qué tenéis que decir ante esta grave acusación, Regidor?
Los ojos del Regidor brillaban de alegría. El Rey acababa de decir que el Capitán no tenía autoridad alguna para hacer lo que hizo y eso era una afrenta al Rey siendo él su comisionado. Su caso ya estaba ganado, así que decidió jugar el papel de víctima, pero que no guardaba rencor y que solo le había preocupado que de todo ello se derivaran perjuicios para el Reino.
- Mi señor- comenzó- Es cierto que el capitán Aldai, públicamente, me acusó de haber asesinado a Don Fernando Huarte a quien me unía una fuerte amistad así como a su virtuosa esposa, Doña Marta de La Fuente. En vano intenté convencerle de que el Alcaide había sido víctima de un desgraciado accidente en una montería al ser derribado por su caballo y embestido por un jabalí en fuga, pero no aceptó mis explicaciones y ni siquiera las del médico que cosió las heridas mortales de Don Fernando. Los Procuradores de Tierra que participaron en la montería fueron testigos de que lo que ocurrió fue tal como os relato, Majestad. Creo, mi Señor, que el capitán Aldai fue víctima de algún trastorno, pues todos excepto él, pudieron ver como el Alcaide, por quien llevo luto en mi corazón, era derribado y embestido. El Capitán actuó por impresiones, pero nunca con pruebas, ya que no puede haber pruebas de lo que no existió. He sido humillado en público, esposado y encerrado en una mazmorra, sin que todo ello haya hecho nacer el rencor en mi corazón hacia el Capitán, pero si me han dolido como afrentas a un comisionado real porque son, mi Señor, afrentas al Rey.
- Dejadme Regidor que seamos Nos quienes juzguemos el caso. Ahora decidme cual es vuestra opinión sobre lo que afirma el Capitán en el informe que le ha enviado a Don Diego y cuyo contenido conozco, que vos habíais echado un potentísimo veneno en el vino que disteis a beber al Alcaide unos instantes antes de que cayera del caballo, de forma que cuando el jabalí le embistió, ya estaba muerto y por eso apenas manó sangre de sus heridas.
- Mi Señor, esa es una nueva manifestación de la locura que se adueñó del Capitán, pues yo no entiendo de venenos, ni los conozco, ni los uso.
- Estáis seguro de lo que decís, Don Leopoldo? - preguntó el Rey
- Sí, Majestad, aunque bien cierto es que he oído decir que existen venenos muy fuertes que elaboran alquimistas y curanderos árabes, pero que no son conocidos en tierras cristianas..
- ¿Afirmáis ante Nos entonces que no habéis tenido nada que ver por acción u omisión en la muerte del alcaide Don Fernando Huarte? - preguntó solemnemente el Rey.
- Lo afirmo, mi Señor- contestó.
- Capitán Aldai ¿tenéis pruebas que presentar ante Nos que apoyen la acusación que habéis hecho así como las posteriores actuaciones contra Don Leopoldo López?- preguntó el Rey- Conozco el informe que enviasteis a Don Diego, así que no espreciso que lo repitáis, sino que aportéis las pruebas necesarias para sostener lo que en él decís.
Iñigo Aldai miró primero al Regidor. Este le miraba desafiante y triunfante; se sentía ganador.
- Majestad, a las pruebas me remitiré tal como me ordenáis, y la mejor prueba de culpabilidad es la mentira, pues con ella se intenta ocultar la verdad. Y, Majestad, Don Leopoldo López ha mentido y no sólo una vez, pero es que además, Majestad, os ha mentido a Vos.
El Rey le miraba intrigado; Alvaro Núñez extrañado, mientras que Don Diego, que sabía a qué se refería el Capitán, permanecía impasible. El Regidor seguía con su mirada desafiante, pues sabía que no había prueba alguna.
-¿Decís que el Regidor miente, Capitán? ¿Además de acusarle de asesinato lo hacéis de mentiroso? Os advierto que son acusaciones que de ser falsas no han de quedar sin castigo- advirtió el Rey.
- Tal como he dicho Majestad, el Regidor ha mentido. El ha afirmado que ni entiende de venenos, ni los conoce ni los usa. He aquí el escrito redactado por maese Simeón, farmacéutico de la Villa, en el que afirma que el Regidor adquirió en su apoteca, una semana antes de la muerte del Alcaide, un potente veneno que se obtiene moliendo la semilla del ricino, planta abundante en la zona, veneno que es de efecto muy rápido y se disuelve en cualquier líquido sin dejar rastro. Y he aquí, Majestad, el certificado del médico que cosió las heridas que el jabalí ocasionó al Alcaide en el que afirma que cuando Don Fernando Huarte fue embestido, ya era cadáver.
El Regidor había palidecido. Nunca se le hubiera pasado por la imaginación la existencia de tales documentos. Se le estaban empezando a complicar las cosas.
Nuñez de Lara se dio cuenta del cambio experimentado por el Regidor.
El Rey tomó los dos informes, los leyó y dirigiéndose al Capitán, le preguntó:
-Habéis dicho que también a Nos. ¿Cuál es esa mentira Capitán?
-La de afirmaros que nada he tenido que ver por acción u omisión en la muerte del Alcaide, Majestad. Pero aún hay una mentira más Mi Señor, cual es la de que Don Leopoldo López ha asegurado que no me guarda rencor por los sucedido y, aunque los estados del corazón son intangibles, no lo son cuando esos estados se materializan en acciones, pues si no me guardaba rencor y se consideraba inocente ¿por qué razón ordenó mi asesinato emboscándome con una cuadrilla de forajidos cuando regresaba del cumplimiento de la misión que Vos me encomendasteis y de todo lo cual fue testigo el hombre que me enviasteis a buscar, si no era por eliminar las pruebas que le acusaban?.
- Es mentira, sois un embustero y merecéis que os corten la lengua- interrumpió airado el Regidor.- Por aquellas tierras abundan los forajidos que asaltan a quienes encuentran por los caminos, ya sean comerciantes, campesinos, pastores o caballeros y…
- ¡Callad!- le ordenó el Rey- hablaréis cuando se os pregunte.
La mirada del Regidor estaba preñada de odio.
- ¿Qué es ese intento de asesinato que decís, Capitán?
- Permitidme, Majestad, que os muestre las declaraciones de los cómplices del Regidor, dos importantes comerciantes de la Villa, que confiesan su participación en el intento de asesinato así como que fue el Regidor quien ideó el plan. -Y el Capitán le entregó las dos confesiones que por separado habían escrito Alonso Carril y Antonio Díaz y que el Regidor desconocía.
El Rey, sin pronunciar palabra, tomó los dos documentos y los leyó. Al terminar, solamente preguntó:
- ¿Por qué dos documentos con el mismo contenido, Capitán?
- Porque, Majestad, ambos cómplices hicieron sus confesiones por separado contestó.
El Regidor ya no sentía la sangre por sus venas. Aquellas confesiones de los ambiciosos comerciantes le dejaban sin salida; aún así intentó la escapatoria
-¡Esas confesiones son falsas, pues las habéis obtenido con amenazas a los
Firmantes!- exclamó- Amenazasteis a dos honrados comerciantes para que reforzaran vuestra sarta de mentiras y eludir así la justicia de Nuestro Rey.
Entonces intervino el Rey:
- Don Leopoldo, estas confesiones que os acusan sin dejar lugar a la duda, están refrendadas con la firma del jefe de vuestros alguaciles, ante quien las hicieron. ¿Pensáis acaso que él estaba siendo coaccionado por el Capitán? La palabra de un comisionado real no necesita prueba de veracidad ante Nos, a menos que esa palabra esté contaminada por la mentira. Las pruebas documentales aportadas por el Capitán acreditan que vos Nos habéis mentido por lo que vuestros argumentos no Nos son creíbles. Las pruebas os acusan y Nos refrendamos tal acusación, del asesinato del alcaide de Cuéllar Don Fernando Huarte así como del intento de asesinato del capitán Iñigo Aldai cuando se hallaba en misión al servicio del Reino. Además del delito de prevaricación con la contratación de una banda de forajido para que perpetraran el asesinato, y de intento de usurpación de funciones en el cobro de los impuestos del castillo de Cuéllar. Vuestros delitos- continuó- merecen ser castigados con la muerte, pues por ser comisionado real, constituyen una gravísima afrenta a la Corona. La familia de la que procedéis ha prestado importantes servicios a la Corona por los que Nos les estamos agradecidos y lamentamos no poder evitar que su honor quede mancillado por vuestra actuación criminal, pero sí que esa mácula no sea lo pesada que vuestra ejecución representaría, por lo que en consideración a quienes tan bien Nos han servido, no seréis ejecutado, pero ordeno vuestro destierro del Reino de Castilla ahora y para siempre jamás, de forma que si volvierais a él sin el perdón real, seréis capturado y ejecutado.
Y dirigiéndose al Alférez Real:
- Don Alvaro, habéis oído esta Nuestra sentencia que ordeno se cumpla desde este instante. Y vos, Capitán, recibid Nuestro reconocimiento pues habéis evitado un grave daño a la Corona, pero habiéndoos excedido en el uso de la autoridad que Os dimos y aunque haya sido por una buena causa, debéis ser reprendido por ello, así que os ordeno que desde el día de hoy hasta el de celebración del combate entre los campeones reales, vos seréis el responsable del entrenamiento y preparación de Fabián, Nuestro campeón. ¡Podéis retiraros!

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