viernes, 1 de febrero de 2013


IÑIGO ALDI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez

CAPITULO XIII (02.02.2013)

Iñigo Aldai y su aprendiz de escudero Lucas Roa, satisfechos sus estómagos con la comida comprada por Lucas y también los de sus caballos, cabalgaban a buen ritmo.
Después de la tormenta, el cielo había quedado claro y el sol lucía como recién lavado secando los charcos de agua que la lluvia había formado en el camino y secando el barro.
Pasaron al galope por las cercanías de la villa de Madrigal del Monte, propiedad de don Pedro, Obispo de Burgos y continuaron hasta Carcedo llegando a las proximidades del monasterio benedictino de San Pedro cuando el sol se hundía en el horizonte, a su espalda.
El capitán Aldai había decidido pasar la noche en el Monasterio pues el día siguiente era domingo y así podrían cumplir con el deber cristiano de asistir a la Santa Misa.
Los aldabonazos en la puerta del monasterio resonaron en el interior. Esperaron. Un fraile con su cogulla negra y encapuchado, al que apenas podía vérsele el rostro, abrió el portón.
Tras identificarse, el capitán Aldai solicitó poder pernoctar en el monasterio. El fraile portero les dijo que esperaran pues tenía que trasladar su solicitud al Prior. Cerró el portón dejándoles fuera. Al cabo de un tiempo que empezaba a hacérseles largo, el silencio del atardecer fue roto nuevamente por el chirrido de las bisagras del portón al abrirse. El mismo fraile de antes les dijo que le siguieran. Desmontaron y entraron en un patio porticado de forma cuadrada. Un nuevo fraile, ataviado como el anterior con su cogulla negra, apareció como si saliera de las sombras.
- Fray Dimas - dijo el fraile portero -ocúpate de los caballos.
Le entregaron las riendas a fray Dimas una vez que Lucas desató el saco que llevaba atado a la silla y siguieron al portero hasta una sala a la que llegaron saliendo del patio porticado por una puerta lateral.
-Os ruego que esperéis aquí al Prior. No tardará, pues están finalizando las Vísperas.

Las Vísperas era la anteúltima parte en que litúrgicamente se dividía el día, coincidiendo con el atardecer, instituidas para venerar la memoria del descenso de Jesucristo de la cruz. Era un tiempo dedicado a la oración y a la lectura. Tras las Vísperas vendría la cena, terminando la jornada con Completas, la oración de la noche. Todos los miembros de la Comunidad tenían la obligación de asistir a los oficios de cada una de las horas litúrgicas exceptuándose aquéllos que tenían funciones asignadas coincidentes con alguna de ellas, autorizados por el Prior, tales como el subcillero encargado de la cocina y los monjes que trabajan en ella, el refitolero, como encargado del refectorio, el custos vini o el sacristán responsable también de la vigilancia de las puertas del monasterio.
El Prior era un hombre menudo al que la capa negra parecía quedar grande. Tenía larga barba blanca, lo que le daba aspecto de ser de edad avanzada.
- El Señor esté con vosotros,- saludó. Soy fray Bartolomé, Prior de este Monasterio. Fray Felipe me ha informado de vuestra llegada, así como que deseáis pasar la noche en este sagrado lugar de trabajo y oración.
- Así es fray Bartolomé. Yo soy el capitán Iñigo Aldai, en misión al servicio del Rey de Castilla y me acompaña mi escudero Lucas. Aunque podríamos pasar la noche a la intemperie, pues estamos acostumbrados, quisiéramos asistir mañana a la Santa
Misa, pues dudo que tengamos ocasión de poder hacerlo a lo largo de nuestro camino.
- Es una buena razón, Capitán. Seáis bienvenido vos y vuestro escudero. Ahora vendrá fray Benito, nuestro camarero, para acompañaros a vuestro alojamiento. Os veré durante la cena Capitán. Quedad con Dios.
- ¡Que El os acompañe Padre Prior¡
Se retiró fray Bartolomé y enseguida llegó el que debía ser el camarero, encargado de todo lo relativo a la vestimenta de los monjes, de las camas, al alojamiento de huéspedes, así como de la tesorería.
Estaba encapuchado, con las manos entrelazadas y casi cubiertas por lasbocamangas de su capa de lana . También hombre de poblada barba, negra como su hábito, y de considerable altura. No se cubría con la capucha, posiblemente debido a que su altura ya le dificultaba bastante el paso por las puertas. Tenía la cabeza afeitada en la parte superior y su cabello era también negro, lo que sugería que aún era un hombre relativamente joven, aunque como mantenía la cabeza inclinada hacia delante, en gesto de humildad, no se le podían ver el rostro para sacar una conclusión mejor fundada.
-Soy fray Benito, el hermano camarero de este monasterio. Seguidme, por favor.
El fraile se deslizaba más que caminaba. El contacto de sus sandalias con las losas del suelo era imperceptible y contrastaba con las pisadas del capitán que resonaban entra las sólidas paredes de aquel monasterio fundado tres siglos antes.
Fray Benito les abrió las puertas de dos pequeñas celdas provistas de un camastro, un reclinatorio y una vela en su candelabro. Sobre la pared, un tosco crucifijo de madera.
Encendió la vela de la celda del Iñigo Aldai mientras le decía que el hermano cillero vendría a buscarlos para la cena. Entró en la celda de Lucas y encendió la vela.
Después se alejó silenciosamente perdiéndose en la sombras del pasillo.
El Capitán y Lucas permanecieron en sus celdas, cada uno abstraído con sus pensamientos. Los del Capitán lo eran en torno a aquella mujer que tan hondamente había entrado en su corazón, y en su futuro si su informe a Don Diego no merecía la credibilidad del Rey. Los de Lucas cabalgaban por llanuras de fantasía viviendo mil y una aventuras con su Señor. Aún le parecía todo un sueño, incluso a pesar de la tortura que tuvo que soportar su tafanario cabalgando sin silla.
Llamaron a la puerta. No habían oído acercarse a nadie. Era el cillero que les llamaba para cenar.
Llegaron al refectorio. Las mesas están alineadas a lo largo de las paredes. Los monjes seguían entrando unos por el claustro y otros por la cocina y tomaban asiento. El prior preside la mesa. Hay un silencio absoluto solo roto por el frufrú de los hábitos. Iñigo ocupó el lugar en el banco que le indicó el refitolero y a continuación se sentó Lucas. Uno de los monjes subió a un púlpito e inició la lectura. Dos monjes, dirigidos por el subcillero empezaron a servir la sopa de pan y cebolla en los cuencos de madera. Otro fraile, el custos vinus lleno los vasos, también de madera, de cada uno de los monjes empezando por el prior.
La cena fue frugal. Lucas se alegraba de que tuvieran aun provisiones de las compradas en Fontioso. Ya llenarían el estómago en sus celdas, pensaba.
Terminada la cena, los monjes se retiraron para la última oración del día, y el Capitán y Lucas a sus celdas, nuevamente acompañados por el cillero. Cuando éste se alejó, Lucas salió de la celda y llamó a la puerta de la de su Señor.
-¡Soy Lucas, Señor¡
- Pasa Lucas, ¿qué te ocurre? - preguntó.
-Mi Señor, la cena de los frailes, aunque caliente y acompañada de lecturas religiosas que confortan el alma, se me ha quedado escasa y como tenemos provisiones, bien podríamos, si os parece, compensar tal escasez para confortar también el estómago.
-Razón no te falta Lucas. Tráete ese queso de oveja, que no se duerme bien con el estómago medio vacío y tampoco estamos en Cuaresma para hacer ayuno.
No se hizo repetir la orden; salió corriendo y rápidamente volvió con el saco de provisiones que afortunadamente no había dejado con el caballo. Lucas sacó el queso que el Capitán cortó con su daga en dos trozos que comieron con la ganas que produce un estómago insatisfecho.
Terminada su cena, Lucas regresó a su celda y se dispusieron a dormir.

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