jueves, 21 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez

CAPITULOS XII y XIII (22.02.2013)


 El Consejo de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar había sido convocado para el  domingo día 28 de abril de aquel año de mil y doscientos trece y con un único asunto a tratar: los juegos de toros.
Iñigo Aldai, como Alcaide, era el síndico mayor y en quien, por tanto, recaía la competencia para convocar  al Consejo. Había sido el Padre Gumersindo quien le había informado que era costumbre en la Villa correr los toros y que ese espectáculo, en el que participaban  un gran número  de personas, tanto de la Villa y de los  sexmos de la  Comunidad, como de localidades vecinas como  Coca, Pedraza, Iscar o Sepúlveda, generaba gastos importantes y requería adoptar medidas que evitaran accidentes a los espectadores, tales como la instalación de talanqueras a lo largo del recorrido por el interior de la Villa, así como que tales gastos se sufragaban por la Comunidad, pero en su mayor parte por la Villa, ya que era ésta la más beneficiada por la numerosa asistencia  que los encierros ocasionaban, y que todos esos asuntos se trataban y acordaban  por el Consejo.

Iñigo Aldai desconocía todo lo concerniente a esos juegos de toros, por lo que atendiendo la sugerencia del Padre Gumersindo, le pidió  que procediera  a convocar a los miembros del Consejo y que  le informara con el mayor detalle posible en qué consistían esos juegos de toros, pues quería ir a la reunión bien informado.
Aquella misma noche, Iñigo Aldai y su esposa  Marta de La Fuente ocuparon la velada escuchando al Padre Gumersindo contándoles todo lo que él sabía sobre esos juegos de toros que, según comentó, parecían no gustar mucho a Giraldo, Obispo de Segovia, ya que según había podido saber, se prestaban a comportamientos licenciosos de clérigos y otros religiosos, y que no eran gratos a los ojos de la Iglesia.
Aunque Marta ya conocía en qué consistían los juegos de toros por habérselo oído al que fuera su esposo, desconocía el origen de tales juegos, así que tenía tanto interés como Iñigo en conocer todo lo concerniente a ese espectáculo que atraía a tanta gente a la Villa. El Padre Gumersindo les contó que los orígenes se remontaban allende los tiempos en que los noble y caballeros corrían los toros como entrenamiento para la caza o la guerra, y que llegaban a alancearlos  en ocasiones especiales como fiestas religiosos  o visitas a la Villa de nobles muy importantes, pero con el paso de los años se fue permitiendo que el recorrido de los toros fuera acompañado por  la plebe , por lo que terminó convirtiéndose en una espectáculo en el que la participación popular se hizo indispensable.
- Pero, una vez que los vecinos corren con los toros esquivando su embestida , decidme Padre - preguntó Iñigo Aldai -¿ de dónde salen, a dónde son conducidos y qué ocurre con los astados?
- Los toros se sueltan extramuros de la Villa y son conducidos a través de los pinares hasta campo abierto, al sureste de la Villa, donde se les deja descansar, pues han tenido que correr cuesta arriba un buen trecho. Desde ese altozano, se les conduce en dirección a la puerta de San Pedro, pero antes de llegar a esa parte de la muralla es cuando se crea la situación de mayor excitación  y riesgo entre la multitud, pues los toros que han venido corriendo  por un terreno amplio, se encuentran con el estrechamiento natural del camino en su llegada a la Villa y muy especialmente  con el propio de la puerta de acceso. Una vez en el interior de la muralla se les conduce hasta la Plaza  Mayor, donde son reducidos por mozos expertos.
- Pero ¿qué ocurre después con los toros? - le preguntó Marta
- Antaño se les alanceaba hasta su muerte e iban  a parar a las cocinas de los caballeros, pero desde que son los vecinos los que los corren, la costumbre es que sean castrados y vendida su carne para recuperar lo gastado en su compra. 
- ¿Decíais que  correr los toros no es del agrado del Obispo Giraldo por el comportamiento licencioso de algunos religiosos? Explicádmelo eso, por favor,  Padre Gumersindo- le pidió Iñigo Aldai.
- Parece ser que también aquí, con la multitud, además de mendigos y rateros llegan mujeres de mala vida que encuentran fácil presa en clérigos y frailes que por la excitación de la carrera  delante de los toros, olvidan con facilidad su condición y se entregan, incluso sin recato, a prácticas  carnales  y a libaciones que ofenden a Dios Nuestro Señor y a nuestra Santa Madre, la Iglesia.
- Comprendo entonces el desagrado del Obispo, pero  no veo cómo puede acabar con tales vergonzosos comportamientos - comentó el Alcaide.
- Se dice que el Obispo Giraldo pretende convocar un sínodo para tratar, entre otros, ese este problema, lo que ha hecho que se extienda el temor a que acuerden prohibir los juegos.
- Pero eso sería injusto – intervino Marta - ya   que así castigarían  tanto a justos como a pecadores.
- Así es, hija mía, por lo que hay que confiar en que el Espíritu ilumine a nuestro Obispo a la hora de tomar cualquier decisión  que no sea la de la prohibición, pues de lo contrario podría crearse  el descontento entre la población y  eso es algo que nunca trae resultados beneficiosos para nadie - contestó el Padre Gumersindo sin mucho convencimiento de que sus deseos pudieran transformarse en realidad – aunque por otro lado, lo que perdiéramos en festejos, lo ganaríamos en tranquilidad, pues durante los juegos abundan las  reyertas, los robos y desórdenes ocasionados casi siempre por  foráneos y a los que ni el anterior regidor, a quien Dios Nuestro Señor perdone sus pecados,  conseguía  controlar.
- ¿Decís que se producen desórdenes más allá de alguna pelea entre borrachos?- preguntó intranquilo Iñigo Aldai.
- Así es, mi querido alcaide. Aún recuerdo como hace unos años asaltaron un aprisco  en el exterior de la muralla y robaron parte de un rebaño de ovejas dejando malherido al pastor, aprovechándose de que los alguaciles  y los vecinos estaban  ocupados con los juegos, y hace tres años, entraron en la iglesia  de Santa María de La Cuesta, en una de las colinas que rodean la Villa,  y robaron  tanto las limosnas como objetos  sagrados de culto, que Dios les perdone – dijo mientras se santiguaba -  sin que los sacrílegos pudieran  ser  localizados y  detenidos. Los juegos de toros son causa de alegría para los vecinos, pero –añadió - también fuente de preocupación.
- Me dejáis preocupado, Padre Gumersindo, pues siendo tal como decís, los alguaciles de la Villa me parecen insuficientes para mantener  la seguridad durante los juegos y, al mismo tiempo, proteger los bienes y propiedades de los vecinos. ¿Recordáis si en alguna ocasión fue solicitada la ayuda de los soldados del castillo por parte de Consejo o del Regidor?- preguntó.
- En todos los años en que Don  Fernando Huarte, a quien Dios tenga en Su Gloria, nunca fue solicitada tal ayuda, pues aunque en una ocasión fue ofrecida al Consejo, el regidor López la rechazó arguyendo que sus alguaciles eran suficientes para afrontar cualquier desorden que se pudiera producir. Ese mismo año se produjo el sacrilegio en Santa María, lo que dejó al regidor en muy mala situación ante los procuradores de los sexmos y del mismo  alcaide, pero sin que en ningún momento reconociera que de haber aceptado la oferta del alcaide, quizás no se hubiera producido el robo sacrílego en Santa María. Pero ¿por qué me preguntáis eso? ¿Acaso pensáis  ofrecer….?
- Si, Padre Gumersindo – le interrumpió - El nuevo regidor, Pablo Isasi, a quien conozco, solo cuenta con cuatro alguaciles,  que aunque suficientes para la actividad ordinaria de la Villa, no lo son para  prevenir cualquier acto de  pillaje durante los encierros, por lo que acordaré con él para que, en la reunión del Consejo, acepte  que soldados del castillo se ocupe de la seguridad de los templos e iglesias de la Villa, pues lo que es bueno para nuestros vecinos lo es también  para la ciudadela, así que mañana le enviaréis recado diciéndole que tanto a mi esposa como a mi nos complacería contar con su presencia en nuestra mesa. 
- No puedo estar más de acuerdo con vos- respondió el Padre Gumersindo – Los encierros, como os decía,  traen alegría a la Villa  y también riqueza y fama y nunca debieran ser causa de altercados, peleas o robos favorecidos por la falta de justicias. La Villa agradecerá la protección que le brinde el castillo. Mañana enviaré recado al regidor, tal como decís.

                                                         
CAPITULO XIII

La campaña contra los almohades  podría considerarse exitosa. Había llegado conquistado Alcántara, Cáceres y Mérida. Pero no había podido conservar estas últimas debido a la gran distancia que las separa de su corte. Esta imposibilidad de consolidar las conquistas,  hacía que no considerara la campaña como plenamente exitosa. Alfonso de Borgoña, conocido como Alfonso IX de León desde que fuera coronado  aquel jueves 21 de enero de 1188, festividad de Santa Inés, no se sentía plenamente satisfecho. Sus  25 años de reinado había sido habían estado salpicados de éxitos y fracasos, más aquellos que éstos, pero  entre los fracasos consideraba la campaña que acababa  de cerrar y no sólo era por no haber podido retener Cáceres y Mérida, sino también por  el malestar del que había hecho manifestación Don Diego López de Haro, que  podría poner en peligro las relaciones de buena vecindad  con Castilla que tanto le habían costado conseguir. El Abanderado de su primo Alfonso VIII había partido hacia Toledo hacía unos días, por lo que no tardaría  en recibir alguna muestra del desagrado del rey castellano o, al menos, eso era lo que esperaba. Sus asesores, y más que nadie su alférez Rodrigo Pérez de Villalobos, le aconsejaban que incrementara la vigilancia de la frontera con Castilla, especialmente la constituida por el río Hornija, así como que instara a los señores de los castillos fronterizos a estar alertas ante la posibilidad de alguna incursión no amistosa de las tropas castellanas.
El próximo mes de agosto haría 42 años que le había traído a este mundo su madre, Urraca de Portugal. No era  pues un hombre  joven, aunque tampoco un anciano y si algo ansiaba a esas alturas de su vida, era pasar a la historia como un  rey que no sólo había hecho retroceder a los musulmanes, sino que había  sabido gobernar a su pueblo con sabiduría. Había otorgado fueros a varias localidades, eximido del  pago del portazgo a Oviedo entre Oviedo y León. Había repoblado Mellid y Monforte de Lemos, así como refundado La Coruña en mil y doscientos ocho, a la que otorgó los privilegios del Fuero de Benavente. Aprobó leyes para diversificar la economía del reino protegiendo las actividades vitivinícolas y cerealistas a lo largo del Duero y la ganadería en Asturias y Galicia y , en el terreno cultural, estaba muy interesado en el Estudio General que había creado el obispo Tello Téllez de Meneses hacía algo más de cuatro años en Palencia. Quería dedicar los años que aún le quedaran de reinado, y que no serían tantos como quisiera, a engrandecer su reino territorialmente hacia el suroeste y hacerlo más próspero, y para lograr esos objetivos, era imprescindible conservar la paz con los reinos limítrofes  de Portugal y Castilla, y las paz con este último podía romperse si Don Diego López de Haro trasladaba su malestar con el rey de León a Alfonso VIII. Estaba preocupado. Necesitaba pensar para poder preparar respuestas a las posibles a las distintas situaciones que se pudieran producir en cualquier sentido, así que decidió retirarse unos días con sus asesores a su residencia de verano en Palacios de La Val d’Ornia. Ya en anteriores ocasiones, cuando los problemas le acuciaban, ese retiro la había ayudado a tomar las mejores decisiones. Era como si el imponente Teleno con su cumbre nevada, señor indiscutible de aquella inmensa llanura, le inspirara. El había sido educado entre aquellos gruesos muros de piedra y se sentía seguro dentro de ellos.

La llegada del Rey a Palacios, pronto fue conocida en La Bañeza desde donde  una nutrida caravana de proveedores de carne, hortalizas, queso, frutas y vino partieron para abastecer al castillo.
Leopoldo López se enteró primero por los comentarios que pudo escuchar a los transeúntes y después, y con más detalle, por su amigo Benito Riaño en uno de sus habituales encuentros en torno a sendas jarras de vino. Así supo que entre los acompañantes de Alfonso IX estaba su alférez y, lógicamente, su edecán Juan Vallejo, además de un número importante de nobles de rangos diversos y de presencia habitual en la corte leonesa.
- Habéis de saber, amigo López, que nuestro monarca teme alguna incursión ofensiva a plazas fronterizas por parte de Castilla y parece ser, según  dice mi pariente, que ha venido a Palacios con sus nobles más importantes  a estudiar la situación y acordar las medidas preventivas que fueran necesarias, aunque - continuó  Benito Riaño – según  me contó, algunos   señores de territorios fronterizos con Castilla, como los de  Urueña y Carrión,  habían aconsejado al Rey no esperar a la reacción del monarca  castellano y situar  la frontera  en el Pisuerga, pero Don Alfonso se  negó,  diciendo que no queriendo ser él quien rompiera el Tratado de Coimbra. Como, en caso de que los castellanos vadearan el Carrión o el Hornija, quienes primero tendrían que enfrentarse a ellos, serían los señores de estas villas fronterizas, por lo que la decisión del Rey no les gustó, aunque se abstuvieron de manifestar su desagrado y, hay nobles que…
- Esperad un momento, amigo Riaño- le interrumpió Leopoldo López – decidme ¿cuál es la opinión de vuestro pariente al respecto?- le preguntó.
- Mi pariente, como ya os he contado, es hombre de armas y entiende poco o nada de política, por lo que siempre ha preferido ser él quien dé el primer golpe, por si acaso, pero también, por su condición de militar, es muy disciplinado y debe obediencia al alférez Juan Vallejo y éste estará siempre con el Rey- contestó.
-       Interesante la situación, a la vez que preocupante. ¿Y decís que los señores de Urueña y Carrión se encuentran también con Don Alfonso en Palacios de La Val  D’ Ornia?
-       Así es, mi buen amigo. Aquí bien cerca se encuentran; apenas a algo más de media legua. Pero  no hablemos tanto del asunto, que ni vos ni yo tenemos pica que plantar en él, así que hagamos los honores a este buen caldo  de la comarca, que bien se lo merece.
-       Pues tomemos una jarra más que, si  me lo permitís, será  la última para mí hoy, ya que hay asuntos que aún precisan de mi atención en este día, pero … antes me atrevo a pediros un favor por el que os quedaré sumamente reconocido si me hacéis la merced de concedérmelo.
- Decidme, mi buen amigo, decidme, que podéis darlo por concedido si en mi mano está. 
-       Aunque  mi negocio,  que ya  conocéis,  nada tiene que ver lo que voy a pediros, y aunque no sea yo de este reino de León, siento una enorme curiosidad por conocer a personajes  como los que habéis citado, que tanta influencia tienen en el devenir  del reino, para así, cuando retorne a Tortosa, de donde vengo, pueda contar a mis amistades que he conocido a importantes hombres  a los que la Historia reconocerá. Ese es el favor que os pido, amigo Benito; conocer al alférez del rey de León, si es posible y a vuestro pariente, su edecán y, si se tercia, a alguno de esos nobles que acompañan al monarca. ¿Lo veis posible u os extraña mi petición?.


- Dadlo por  hecho, que mi  pariente Juan Vallejo es hombre complaciente y con seguridad que os presentará a alguno de los nobles que acompañan al Rey, si se lo pedís. Yo os presentaré a mi pariente, y lo demás ya es cosa vuestra. Así que decidme cuando queréis que nos acerquemos a Palacios, que yo no tengo obligaciones que me impidan hacerlo cuando os complazca.
- Os quedo muy reconocido, amigo Riaño. Me hacéis un gran favor.  y espero  poder corresponderos algún día - contestó. 
- No os preocupéis por ello, ya que poder seguir disfrutando de este buen vino en vuestra compañía será mi mejor recompensa.
- Os lo agradezco nuevamente y ahora, tal como os dije, hay unos asuntos que requieren mi atención, por lo que si me lo permitís, he de irme. Y sobre cuando podemos ir a Palacios, lo dejo de vuestra cuenta, pues  seguramente a  través de vuestro pariente sabréis cuando es más conveniente
- En ese caso ya os lo diré, aunque probablemente y dado que aún se estarán instalando los que no tienen  casa  propia en Palacios o no se alojan en el castillo, que son la mayoría, no pueda ser hasta la semana que viene, así que podéis ir tranquilo a ocuparos de esos asuntos que os reclaman. 
- Pues entonces, quedad con Dios- se despidió.
- Que El os acompañe.

Efectivamente, había asuntos, y especialmente unos de ellos, que ocupaba  lugar principal en la mente de Leopoldo López: dar el siguiente paso en la ejecución de su plan. Este consistía en relacionarse con alguno de los señores de castillos próximos a la frontera con Castilla, algo que le hubiera costado conseguir por si solo, pero que  ahora estaba a su alcance. Haber elegido a Benito Riaño como fuente de información, había sido un gran acierto.
Saber que tanto el señor de Carrión como el de Urueña eran partidarios de no esperar la posible  reacción de Castilla, que pensaban que en cualquier caso sería una acción ofensiva, así como que  Alfonso IX no era partidario de ser él quien iniciara las hostilidades, le allanaba el  camino a seguir, pues  ya tenía dos señores fronterizos para elegir y la sensación generalizada de que Alfonso VIII no tardaría en traspasar la frontera castellano- leonesa, lo que generaba preocupación en todos y temor en aquellos que  tenía su castillo y tierras próximos a la frontera, tal como ocurría con Carrión y Urueña. 

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