domingo, 17 de febrero de 2013

IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY. LIBRO II, por Alfonso Martínez

CAPITULOS V Y VI

CAPITULO V


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez.

CAPITULOS V Y VI (18.02.2013)

CAPITULO V

Lupicinio llegó a Guadalajara  a media mañana del domingo 31 de marzo.. Había apurado el galope de su caballo hasta el límite de su resistencia, pues deseaba cumplir cuanto antes la misión encomendada. Le preocupaba su familia y aunque no tenía ningún motivo para desconfiar de aquel comerciante que le había contratado como faraute, pero… cuánto antes volviera mejor.
No le costó encontrar la iglesia de San Gil. Entró en el recinto sagrado y cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra del recinto, pudo ver a un hombre esforzándose en encender los cirios del altar. Le preguntó por el párroco y el sacristán le señaló la puerta de la sacristía.  Encontró al sacerdote  vistiéndose para  la celebración de la misa. Tras presentarse, le   entregó las cartas selladas. El párroco leyó la dirigida a él y le ordenó que volviera por San Gil al atardecer.
Lupicinio  empleó el tiempo disponible en recorrer  la Alcallería, el barrio artesano entre el  Alcázar y el río Henares. Cuando el sol se ocultaba tras las murallas del Alcázar, se encontraba ante la iglesia de San Gil.  El sacristán parecía estar esperándole, pues tan pronto le vio, le hizo una indicación para que le siguiera al interior del templo. El párroco le recibió en la sacristía y le entregó un pequeño bulto envuelto en piel fuertemente atado y  con la atadura lacrada.
- Has de entregarlo a quien te envió y a ningún otro. Y ni se te ocurra tratar de ver que es lo que contiene, pues se trata de una reliquia de un  santo y que sólo pueden ser tocada por un sacerdote. Si  abrieras el bulto cometerías un gravísimo pecado mortal y te condenarías para siempre.
- Descuidad Padre. Soy buen cristiano y  nunca cometería un pecado a sabiendas. Entregaré esta  reliquia tal como me ordenáis.
- -Pues parte ya, hijo mío y que Dios Nuestro Señor te acompañe.
- Gracias Padre. Partiré lo antes posible.

No quiso decirle que  no iba a salir hasta el amanecer, no fuera que el sacerdote le ordenara hacerlo inmediatamente.  Era marzo y, aunque a últimos, los días aún era cortos y las noches frías; además, la semana anterior se había arriesgado demasiado viajando de noche con luna nueva, es decir, casi en total oscuridad y no creía que con  cuarto creciente mejoraran las condiciones de visibilidad lo suficiente como para  viajar seguro.
Tenía casi todas las monedas que le había entregado su contratante de La Bañeza, pues como desconocía cual iba a ser  su paga por el servicio, procuraba gastar lo menos posible, así que busco una posada – no quería dormir en los soportales de alguna  de las muchas iglesias de la ciudad por miedo a que  mientras dormía pudieran robarle  la reliquia de la que era  responsable – y al alba cruzaba el Henares. Esperaba hacer el camino de vuelta en una veinte jornadas, algo más de los que había tardado  en la ida, pues era consciente de que si había sido imprudente viajando de noche y sin luna, aún lo sería más  ahora que portaba aquel objeto sagrado. Su caballo podría tropezar y romperse una pata o derribarle y abrirse   la crisma con la caída, así que viajaría desde el amanecer hasta que la oscuridad se lo impidiera, durmiendo allá donde terminara la jornada y siempre alejado del camino si no coincidía con aldea o lugar poblado.

 Mientras iban cayendo las leguas, su pensamiento estaba ocupado en mantener el  galope del caballo a buen ritmo y pendiente de  cualquier signo que le indicara que estaba alcanzando el límite del esfuerzo.  Cuando paraba para que descansara y bebiera, entonces dejaba que su cabeza se inundara con pensamientos sobre su familia, sobre aquella mujer que le había dado cuatro hijos, que nunca le había reprochado la pobreza en la que vivían; pensaba en sus hijos a los que a duras penas  podía alimentar y el alivio que para su situación iba a suponer la paga que recibiera y si esta no era elevada, al menos tenía las monedas ahorradas en su bolsa y que guardaba  cosida en el interior  del jubón que había comprado en La Bañeza antes de partir, siguiendo  las instrucciones del hombre que le había contratado.

A Lupicinio le había sorprendido el peso de lo que el párroco  de San Gil había dicho que era una reliquia, pero se abstuvo de  comentarlo. Su trabajo consistía en entregar el bulto a quién le había enviado y no tenía intención alguna de romper el lacre para ver  qué reliquia era aquella que  pesaba tanto. 
Lupicinio tenía entendido que las reliquias eran normalmente  trozos de huesos, algún objeto que había pertenecido a una santo o una santa e, incluso, algún trozo de madera de la cruz de  donde crucificaron a Cristo  como, según cuentan, el que se veneraba en el monasterio benedictino de Santo Toribio de Liébana, en tierra de los cántabros,  y que no pesaban tanto. Fuera lo que fuera, como hombre temeroso de Dios que era, no  pecaría a sabiendas abriendo el bulto, por muy fuerte que fuera su curiosidad por conocer el contenido. Y porque  además de haber  hecho promesa de cumplir lo ordenado al sacerdote, no correría el riesgo de abrirlo y que  no pudiera cerrarlo de forma que no levantara sospechas, y sus mujer y sus hijos, su familia, lo que más le importaba en este mundo, estaban en manos de su mandante en La Bañeza.
Cuanto antes llegara, antes acabarían su preocupación y su curiosidad.

                                 CAPITULO VI


Oono había emprendido el viaje de regreso desde la casa de Mariaca, con el corazón  dividido.  Le hubiera gustado quedarse con su amigo Fabián y vivir en aquel verde valle  de Amurrio, cuyas gentes, una vez superado el primer efecto de sorpresa, pues nunca habían visto a un hombre de piel negra y mucho menos de su envergadura, le habían aceptado como uno más. Era el amigo de Fabián de Mariaca y eso era suficiente. Pero su corazón  aún sangraba por la pérdida de su familia y, aunque su cabeza le decía que lo más probable es que de su aldea y de su pueblo no quedara nada ni nadie, su corazón se negaba a aceptar esa probabilidad. Tenía que comprobarlo aunque al final, si era como él temía, su corazón se rompiera.
No tenía caballo ni medios para comprarlo pero no le importaba demasiado. Era buen andarían, como todos los de su aldea, donde tenían que desplazarse cada día varias leguas para pastorear su ganado e incluso para satisfacer  las necesidades de agua. Era capaz de caminar diez leguas al día sin que el esfuerzo  fuera excesivo.
 Desde Sierra Salbada echó una última mirada al Valle de Ayala. El  Nervión centelleaba bajo los primeros rayos del sol que se levantaba sobre  el  monte Gorbea al que, según le contó  Fabián, era el monte más alto de todo el Señorío de Vizcaya.
Aunque no tenía miedo a ningún otro hombre, procuraba evitar en lo posible pasar por aldeas o lugares habitados, pues podían confundirlo con un esclavo fugado y aunque llevaba siempre consigo la cédula de libertad que le había otorgado el Rey, aquellas gentes podrían no saber leer avisar y crearle problemas  que le ocasionarían pérdidas de tiempo que retrasarían  su llegada a Cuéllar.
Cruzó el desfiladero de Pancorbo el miércoles día 9. Era temprano y apenas había gente en el camino que iba desde la población al castillo de San Marta. Los pocos transeúntes con los que se cruzó ni se fijaron en él. 
A partir de Pancorbo, el terreno era llano y como hacía dos días que la luna había entrado en fase llena, podría caminar  unas dos leguas más cada jornada. Pararía, como lo venía haciendo, lo imprescindible para   dormir bajo algún árbol o en laguna oquedad de las escasas formaciones rocosas que había en su camino, pues las noches eran frías, como correspondía a aquella época del año. En su aldea africana, también las noches eran frías aunque por el día el sol podía ser abrasador. 
Cuando envuelto en su túnica se tumbaba y miraba el cielo estrellado, no podía evitar pensar cuánto se parecía aquel cielo al que veía desde su poblado mientras sentados alrededor del fuego, su padre, y el resto de hombres de la aldea se reunían para comentar las incidencias del día, para contar historias de espíritus, de sus antepasados, o de ataques de leones   a los rebaños. El cielo estrellado era un espectáculo hermoso. Creado por Alá según le habían instruido sus captores musulmanes o por el dios de los cristianos o no, era algo  grandioso. Para él era parte de la casa donde vivían sus antepasados, donde moraban los espíritus y dioses que hacían crecer la hierba en las praderas donde pastaban sus rebaños; los que hacían  salir el sol cada mañana y la luna por la noche; los que hacían madurar el mijo con el que sus mujeres hacían el pan; y los que una vez al año traían abundantes lluvias para llenar los pozos y manantiales. Era el lugar en que el espíritu de su padre se había reunido con de sus abuelos y con el de los padres de sus abuelos y con todos sus antepasados; era el lugar al que, cuando muriera, iría él a reunirse con todos los demás.
Oono no entendía si, como decían los musulmanes, su dios Alá había sido el creador de ese cielo estrellado tan hermoso y que llenaba de paz el espíritu, por qué sus seguidores cometían actos de crueldad  matando y capturando a otros hombres, como había ocurrido con su padre y con él mismo; ni como los cristianos, cuyo Dios había creado el mundo según decían, quemaban mezquitas con  ancianos, mujeres y niños como pudo saber  que habían hecho en Úbeda, ni como predicando la pobreza, los sacerdotes que ellos llamaban obispos, eran hombres de guerra y con grandes riquezas mientras sus gentes vivían  en la miseria. La belleza de lo creado, sin duda fruto de la bondad, no se correspondía con los actos de los seguidores del creador, fuera uno u otro dios.
No lo entendía. Los dioses de su pueblo eran dioses  bondadosos, dioses amables ante quienes  intercedían los espíritus de sus antepasados para que las cosechas fueran abundantes, para que las mujeres dieran hijos sanos, para el ganado pariera sus crías fuertes y, sobre todo, para que los pueblos vivieran en paz. 
El dios de los musulmanes y el de los cristianos, eran dioses poderosos sin duda, pues en su nombre unos y otros movilizaban ejércitos inmensos que batallaban entre sí y cometían mil y una atrocidades, pero  no creía – pensaba Oono- que ninguno de los dos dioses estuviera satisfecho de lo que en su nombre hacían sus seguidores.
No le gustaba. Prefería los suyos, los de su pueblo. 
Los cristianos decían que su dios era el verdadero, el único, pero lo mismo decían los musulmanes del suyo. Y por defender unos y otros su creencia,  se enfrentaban entre ellos, invadían territorios o reinos que no compartían su creencia y morían  a miles en guerras que llamaban santas o cruzadas. 

Oono no entendía que si, tal como decían  los cristianos, su dios era el único y verdadero, cómo podían  mantenerlo encerrado en sus templos, edificaciones que llamaban iglesias, ermitas, capillas y catedrales  y a las que llamaban la casa de dios, y en ellas se mostraban respetuosos, hacían reverencias  e inclinaban la rodilla ante un altar; allí  se daban golpes de pecho como señal de arrepentimiento por haber vulnerado sus mandamientos y después, fuera ya del recinto sagrado, fuera ya de la casa de dios, volvían a incumplirlos, se volvía a guerrear contra  aquellos que decían tener otro dios; los dirigentes religiosos y los señores vivían en la opulencia  mientras mantenían a sus súbditos y fieles en la miseria cuando no esclavizados. Era como si fuera del edificio sagrado ya no estuviera su dios y, por tanto, no pudiera verlos – pensaba Oono. Pero ¿no decían que su dios  lo veía todo?¿Qué sentido tenía entonces pretender mantenerlo encerrado o pretender engañarlo cuando ya se estaba fuera de sus iglesias, catedrales o ermitas?. Esto era lo que más le costaba entender, pues sus dioses, los de su aldea y de su pueblo, estaban en todas partes, en el aire, en el agua, en la tierra, en la luz y en las sombras, y para comunicarse con ellos, un hombre no tenía  que buscarlos en ninguna cabaña, porque siempre los encontraban en su interior, en su corazón. Sus dioses estaban siempre con ellos y  les hacían sentir su presencia y su voz a través de la conciencia de cada uno.
 Sus dioses no eran guerreros, ni vengativos; eran bondadosos, y por eso así era la gente de su pueblo. No entendía al dios de los cristianos ni a éstos. Pero tampoco al de los musulmanes, pues aunque estos no encerraban a su dios en los templos que llamaban mezquitas, como las que pudo ver en Marrakech durante su cautiverio y formación, y cinco veces al día le rezaban postrándose allá donde les cogiera el momento señalado para el rezo,  consentía la captura de otros hombres para esclavizarlos, como le había ocurrido a él y a otros de su pueblo y de otras aldeas, y en su nombre su guerreaba no sólo contra los cristianos, sino incluso contra otros pueblos que adoraban al mismo dios.
Oono, recostado sobre el tronco de un árbol y envuelto en su túnica miraba, abstraído de la realidad que tenía ante sus ojos, aquella infinita  bóveda estrellada.  ¿Y si el dios de los cristianos y el de los musulmanes fuera el mismo dios? – se preguntaba Oono - ¿Y si los belicosos y vengativos fueran sus seguidores, aquellos que se decían sus representantes en la tierra y que utilizaban a su dios  para dirigir a su antojo al resto de los hombres en su propio beneficio , ya fuera conquistando ciudades, reinos o acumulando riquezas? 
Sí, ha de ser así – concluyó Oono - porque un dios capaz de crear  un cielo de tal hermosura, no podía ser un dios que animara  a la guerra o que tolerara la esclavitud o que le pareciera justa la opulencia de unos pocos frente a la pobreza de los muchos. Ni podría ser un dios que pudiera ser  encerrado en templos. Los dioses de su pueblo y el de los cristianos y musulmanes no podían ser tan distintos. Eran los hombres utilizando a sus dioses los responsables de todo. No los dioses.
Reconfortado con esta conclusión, casi sin darse cuenta, se quedó dormido.

 El frío del amanecer le despertó. Apenas clareaba el horizonte. Se levantó y se puso en marcha de inmediato.
Recordaba alguna de las poblaciones que había atravesado con Fabián y al reconocerlas en su viaje de regreso, le resultaba más fácil calcular el tiempo que aún le quedaba hasta Cuéllar. 
Cuando  divisó Madrigal del Monte supo que ya le faltaba menos de la mitad del  camino. En diez o doce jornadas más llegaría  a la Villa  de cuyo castillo era alcaide aquel caballero que le había ofrecido hacerse cargo de la instrucción en el uso de las armas a sus soldados. Era un hombre que, al igual que su amigo Fabián, también parecía tener a su dios en el corazón.

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