IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY. LIBRO II, por Alfonso Martínez
CAPITULOS V Y VI
CAPITULO V
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULOS V Y VI (18.02.2013)
CAPITULO V
Lupicinio llegó a Guadalajara a media mañana del domingo 31 de marzo.. Había apurado el galope de su caballo hasta el límite de su resistencia, pues deseaba cumplir cuanto antes la misión encomendada. Le preocupaba su familia y aunque no tenía ningún motivo para desconfiar de aquel comerciante que le había contratado como faraute, pero… cuánto antes volviera mejor.
No le costó encontrar la iglesia de San Gil. Entró en el recinto sagrado y cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra del recinto, pudo ver a un hombre esforzándose en encender los cirios del altar. Le preguntó por el párroco y el sacristán le señaló la puerta de la sacristía. Encontró al sacerdote vistiéndose para la celebración de la misa. Tras presentarse, le entregó las cartas selladas. El párroco leyó la dirigida a él y le ordenó que volviera por San Gil al atardecer.
Lupicinio empleó el tiempo disponible en recorrer la Alcallería, el barrio artesano entre el Alcázar y el río Henares. Cuando el sol se ocultaba tras las murallas del Alcázar, se encontraba ante la iglesia de San Gil. El sacristán parecía estar esperándole, pues tan pronto le vio, le hizo una indicación para que le siguiera al interior del templo. El párroco le recibió en la sacristía y le entregó un pequeño bulto envuelto en piel fuertemente atado y con la atadura lacrada.
- Has de entregarlo a quien te envió y a ningún otro. Y ni se te ocurra tratar de ver que es lo que contiene, pues se trata de una reliquia de un santo y que sólo pueden ser tocada por un sacerdote. Si abrieras el bulto cometerías un gravísimo pecado mortal y te condenarías para siempre.
- Descuidad Padre. Soy buen cristiano y nunca cometería un pecado a sabiendas. Entregaré esta reliquia tal como me ordenáis.
- -Pues parte ya, hijo mío y que Dios Nuestro Señor te acompañe.
- Gracias Padre. Partiré lo antes posible.
No quiso decirle que no iba a salir hasta el amanecer, no fuera que el sacerdote le ordenara hacerlo inmediatamente. Era marzo y, aunque a últimos, los días aún era cortos y las noches frías; además, la semana anterior se había arriesgado demasiado viajando de noche con luna nueva, es decir, casi en total oscuridad y no creía que con cuarto creciente mejoraran las condiciones de visibilidad lo suficiente como para viajar seguro.
Tenía casi todas las monedas que le había entregado su contratante de La Bañeza, pues como desconocía cual iba a ser su paga por el servicio, procuraba gastar lo menos posible, así que busco una posada – no quería dormir en los soportales de alguna de las muchas iglesias de la ciudad por miedo a que mientras dormía pudieran robarle la reliquia de la que era responsable – y al alba cruzaba el Henares. Esperaba hacer el camino de vuelta en una veinte jornadas, algo más de los que había tardado en la ida, pues era consciente de que si había sido imprudente viajando de noche y sin luna, aún lo sería más ahora que portaba aquel objeto sagrado. Su caballo podría tropezar y romperse una pata o derribarle y abrirse la crisma con la caída, así que viajaría desde el amanecer hasta que la oscuridad se lo impidiera, durmiendo allá donde terminara la jornada y siempre alejado del camino si no coincidía con aldea o lugar poblado.
Mientras iban cayendo las leguas, su pensamiento estaba ocupado en mantener el galope del caballo a buen ritmo y pendiente de cualquier signo que le indicara que estaba alcanzando el límite del esfuerzo. Cuando paraba para que descansara y bebiera, entonces dejaba que su cabeza se inundara con pensamientos sobre su familia, sobre aquella mujer que le había dado cuatro hijos, que nunca le había reprochado la pobreza en la que vivían; pensaba en sus hijos a los que a duras penas podía alimentar y el alivio que para su situación iba a suponer la paga que recibiera y si esta no era elevada, al menos tenía las monedas ahorradas en su bolsa y que guardaba cosida en el interior del jubón que había comprado en La Bañeza antes de partir, siguiendo las instrucciones del hombre que le había contratado.
A Lupicinio le había sorprendido el peso de lo que el párroco de San Gil había dicho que era una reliquia, pero se abstuvo de comentarlo. Su trabajo consistía en entregar el bulto a quién le había enviado y no tenía intención alguna de romper el lacre para ver qué reliquia era aquella que pesaba tanto.
Lupicinio tenía entendido que las reliquias eran normalmente trozos de huesos, algún objeto que había pertenecido a una santo o una santa e, incluso, algún trozo de madera de la cruz de donde crucificaron a Cristo como, según cuentan, el que se veneraba en el monasterio benedictino de Santo Toribio de Liébana, en tierra de los cántabros, y que no pesaban tanto. Fuera lo que fuera, como hombre temeroso de Dios que era, no pecaría a sabiendas abriendo el bulto, por muy fuerte que fuera su curiosidad por conocer el contenido. Y porque además de haber hecho promesa de cumplir lo ordenado al sacerdote, no correría el riesgo de abrirlo y que no pudiera cerrarlo de forma que no levantara sospechas, y sus mujer y sus hijos, su familia, lo que más le importaba en este mundo, estaban en manos de su mandante en La Bañeza.
Cuanto antes llegara, antes acabarían su preocupación y su curiosidad.
CAPITULO VI
Oono había emprendido el viaje de regreso desde la casa de Mariaca, con el corazón dividido. Le hubiera gustado quedarse con su amigo Fabián y vivir en aquel verde valle de Amurrio, cuyas gentes, una vez superado el primer efecto de sorpresa, pues nunca habían visto a un hombre de piel negra y mucho menos de su envergadura, le habían aceptado como uno más. Era el amigo de Fabián de Mariaca y eso era suficiente. Pero su corazón aún sangraba por la pérdida de su familia y, aunque su cabeza le decía que lo más probable es que de su aldea y de su pueblo no quedara nada ni nadie, su corazón se negaba a aceptar esa probabilidad. Tenía que comprobarlo aunque al final, si era como él temía, su corazón se rompiera.
No tenía caballo ni medios para comprarlo pero no le importaba demasiado. Era buen andarían, como todos los de su aldea, donde tenían que desplazarse cada día varias leguas para pastorear su ganado e incluso para satisfacer las necesidades de agua. Era capaz de caminar diez leguas al día sin que el esfuerzo fuera excesivo.
Desde Sierra Salbada echó una última mirada al Valle de Ayala. El Nervión centelleaba bajo los primeros rayos del sol que se levantaba sobre el monte Gorbea al que, según le contó Fabián, era el monte más alto de todo el Señorío de Vizcaya.
Aunque no tenía miedo a ningún otro hombre, procuraba evitar en lo posible pasar por aldeas o lugares habitados, pues podían confundirlo con un esclavo fugado y aunque llevaba siempre consigo la cédula de libertad que le había otorgado el Rey, aquellas gentes podrían no saber leer avisar y crearle problemas que le ocasionarían pérdidas de tiempo que retrasarían su llegada a Cuéllar.
Cruzó el desfiladero de Pancorbo el miércoles día 9. Era temprano y apenas había gente en el camino que iba desde la población al castillo de San Marta. Los pocos transeúntes con los que se cruzó ni se fijaron en él.
A partir de Pancorbo, el terreno era llano y como hacía dos días que la luna había entrado en fase llena, podría caminar unas dos leguas más cada jornada. Pararía, como lo venía haciendo, lo imprescindible para dormir bajo algún árbol o en laguna oquedad de las escasas formaciones rocosas que había en su camino, pues las noches eran frías, como correspondía a aquella época del año. En su aldea africana, también las noches eran frías aunque por el día el sol podía ser abrasador.
Cuando envuelto en su túnica se tumbaba y miraba el cielo estrellado, no podía evitar pensar cuánto se parecía aquel cielo al que veía desde su poblado mientras sentados alrededor del fuego, su padre, y el resto de hombres de la aldea se reunían para comentar las incidencias del día, para contar historias de espíritus, de sus antepasados, o de ataques de leones a los rebaños. El cielo estrellado era un espectáculo hermoso. Creado por Alá según le habían instruido sus captores musulmanes o por el dios de los cristianos o no, era algo grandioso. Para él era parte de la casa donde vivían sus antepasados, donde moraban los espíritus y dioses que hacían crecer la hierba en las praderas donde pastaban sus rebaños; los que hacían salir el sol cada mañana y la luna por la noche; los que hacían madurar el mijo con el que sus mujeres hacían el pan; y los que una vez al año traían abundantes lluvias para llenar los pozos y manantiales. Era el lugar en que el espíritu de su padre se había reunido con de sus abuelos y con el de los padres de sus abuelos y con todos sus antepasados; era el lugar al que, cuando muriera, iría él a reunirse con todos los demás.
Oono no entendía si, como decían los musulmanes, su dios Alá había sido el creador de ese cielo estrellado tan hermoso y que llenaba de paz el espíritu, por qué sus seguidores cometían actos de crueldad matando y capturando a otros hombres, como había ocurrido con su padre y con él mismo; ni como los cristianos, cuyo Dios había creado el mundo según decían, quemaban mezquitas con ancianos, mujeres y niños como pudo saber que habían hecho en Úbeda, ni como predicando la pobreza, los sacerdotes que ellos llamaban obispos, eran hombres de guerra y con grandes riquezas mientras sus gentes vivían en la miseria. La belleza de lo creado, sin duda fruto de la bondad, no se correspondía con los actos de los seguidores del creador, fuera uno u otro dios.
No lo entendía. Los dioses de su pueblo eran dioses bondadosos, dioses amables ante quienes intercedían los espíritus de sus antepasados para que las cosechas fueran abundantes, para que las mujeres dieran hijos sanos, para el ganado pariera sus crías fuertes y, sobre todo, para que los pueblos vivieran en paz.
El dios de los musulmanes y el de los cristianos, eran dioses poderosos sin duda, pues en su nombre unos y otros movilizaban ejércitos inmensos que batallaban entre sí y cometían mil y una atrocidades, pero no creía – pensaba Oono- que ninguno de los dos dioses estuviera satisfecho de lo que en su nombre hacían sus seguidores.
No le gustaba. Prefería los suyos, los de su pueblo.
Los cristianos decían que su dios era el verdadero, el único, pero lo mismo decían los musulmanes del suyo. Y por defender unos y otros su creencia, se enfrentaban entre ellos, invadían territorios o reinos que no compartían su creencia y morían a miles en guerras que llamaban santas o cruzadas.
Oono no entendía que si, tal como decían los cristianos, su dios era el único y verdadero, cómo podían mantenerlo encerrado en sus templos, edificaciones que llamaban iglesias, ermitas, capillas y catedrales y a las que llamaban la casa de dios, y en ellas se mostraban respetuosos, hacían reverencias e inclinaban la rodilla ante un altar; allí se daban golpes de pecho como señal de arrepentimiento por haber vulnerado sus mandamientos y después, fuera ya del recinto sagrado, fuera ya de la casa de dios, volvían a incumplirlos, se volvía a guerrear contra aquellos que decían tener otro dios; los dirigentes religiosos y los señores vivían en la opulencia mientras mantenían a sus súbditos y fieles en la miseria cuando no esclavizados. Era como si fuera del edificio sagrado ya no estuviera su dios y, por tanto, no pudiera verlos – pensaba Oono. Pero ¿no decían que su dios lo veía todo?¿Qué sentido tenía entonces pretender mantenerlo encerrado o pretender engañarlo cuando ya se estaba fuera de sus iglesias, catedrales o ermitas?. Esto era lo que más le costaba entender, pues sus dioses, los de su aldea y de su pueblo, estaban en todas partes, en el aire, en el agua, en la tierra, en la luz y en las sombras, y para comunicarse con ellos, un hombre no tenía que buscarlos en ninguna cabaña, porque siempre los encontraban en su interior, en su corazón. Sus dioses estaban siempre con ellos y les hacían sentir su presencia y su voz a través de la conciencia de cada uno.
Sus dioses no eran guerreros, ni vengativos; eran bondadosos, y por eso así era la gente de su pueblo. No entendía al dios de los cristianos ni a éstos. Pero tampoco al de los musulmanes, pues aunque estos no encerraban a su dios en los templos que llamaban mezquitas, como las que pudo ver en Marrakech durante su cautiverio y formación, y cinco veces al día le rezaban postrándose allá donde les cogiera el momento señalado para el rezo, consentía la captura de otros hombres para esclavizarlos, como le había ocurrido a él y a otros de su pueblo y de otras aldeas, y en su nombre su guerreaba no sólo contra los cristianos, sino incluso contra otros pueblos que adoraban al mismo dios.
Oono, recostado sobre el tronco de un árbol y envuelto en su túnica miraba, abstraído de la realidad que tenía ante sus ojos, aquella infinita bóveda estrellada. ¿Y si el dios de los cristianos y el de los musulmanes fuera el mismo dios? – se preguntaba Oono - ¿Y si los belicosos y vengativos fueran sus seguidores, aquellos que se decían sus representantes en la tierra y que utilizaban a su dios para dirigir a su antojo al resto de los hombres en su propio beneficio , ya fuera conquistando ciudades, reinos o acumulando riquezas?
Sí, ha de ser así – concluyó Oono - porque un dios capaz de crear un cielo de tal hermosura, no podía ser un dios que animara a la guerra o que tolerara la esclavitud o que le pareciera justa la opulencia de unos pocos frente a la pobreza de los muchos. Ni podría ser un dios que pudiera ser encerrado en templos. Los dioses de su pueblo y el de los cristianos y musulmanes no podían ser tan distintos. Eran los hombres utilizando a sus dioses los responsables de todo. No los dioses.
Reconfortado con esta conclusión, casi sin darse cuenta, se quedó dormido.
El frío del amanecer le despertó. Apenas clareaba el horizonte. Se levantó y se puso en marcha de inmediato.
Recordaba alguna de las poblaciones que había atravesado con Fabián y al reconocerlas en su viaje de regreso, le resultaba más fácil calcular el tiempo que aún le quedaba hasta Cuéllar.
Cuando divisó Madrigal del Monte supo que ya le faltaba menos de la mitad del camino. En diez o doce jornadas más llegaría a la Villa de cuyo castillo era alcaide aquel caballero que le había ofrecido hacerse cargo de la instrucción en el uso de las armas a sus soldados. Era un hombre que, al igual que su amigo Fabián, también parecía tener a su dios en el corazón.
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