IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY
CAPITULO XVI (05.02.2103)
En la planta alta de la Torre, donde estaban los aposentos del Alcaide, el Padre Gumersindo hablaba con Marta. Tenía el semblante preocupado; ella le había contado los temores de Iñigo Aldai sobre que el Rey pudiera no dar crédito a su versión de los
hechos negándose a aceptar las pruebas con todo lo que eso implicaría para él, así como que el Rey, a modo de compensación por el agravio hecho al Regidor, le pidiera a Don Diego López el nombramiento de Leopoldo López como Alcaide, y que Él le
concediera, en interés del Reino, desposar a Doña Marta De la Fuente.
El Padre Gumersindo le decía que aunque eso entraba dentro de lo posible, confiaba en la justicia del Rey y en la influencia de Don Diego López para que nada de lo que temían ocurriera, aunque más seguro estaría si pudieran obtener pruebas más allá de
las conseguidas por el Capitán y poder hacérselas llegar por tercera mano a Don Diego para cuando se produjera el inevitable careo ante el Rey de Iñigo Aldai y el Regidor. Por otro lado le preocupaba que el Regidor, que seguía teniendo influencia
en la villa aunque no tanta en la ciudadela, lograra evadirse y presentarse ante el Rey antes de que el capitán Aldai regresara.
-Por Dios Padre Gumersindo, me estáis preocupando hasta angustiarme. Tendremos que encontrar la forma de que el Rey no tenga dudas sobre la culpabilidad del Regidor.
-Sólo los testigos del accidente podrían corroborar lo declarado por nuestro buen Capitán, pero dudo que se atrevan a testificar contra el Regidor al no tener la seguridad de que será condenado. Por otra parte, el certificado del médico sobre que la muerte de vuestro esposo, a quien Dios tenga en su gloria, había ocurrido antes de la embestida del jabalí, no incrimina al Regidor sin el testimonio de quienes le vieron ofrecer el vino al Alcaide instantes antes. Maese Simeón podría informar en base a sus conocimientos sobre la rapidez de los efectos del ricino así como que el Regidor
compró ese veneno día antes en su farmacia. Pero ¿ será eso suficiente?.
- Hemos de intentarlo, Padre Gumersindo. Solo el pensar que el Capitán pueda ser deshonrado y castigado por mi causa, me parte el corazón. Y que el Rey me pudiera obligar a desposar con el Regidor, me aterroriza, aunque sé que eso nunca se llevará
a cabo, pues antes huiré de Castilla, con la ayuda de Dios.
- ¿Amáis al Capitán, hija mía?
Marta se ruborizó, pero mirando directamente a los ojos del sacerdote, le confesó:
- Si Padre; amo a ese hombre desde el primer instante que lo ví y también desde ese mismo instante mi corazón empezó a sufrir, pues era un amor imposible no siendo yo mujer libre, pero os confieso mi buen Padre, que no he intentado ahogarlo, pues
aunque me causara sufrimiento nunca había sentido algo tan vivificante. Sabéis que yo no amaba a mi esposo, aunque le tenía profundo afecto y siempre le he respetado y cumplido con mis obligaciones matrimoniales cada vez que me lo ha requerido, y he
sentido de corazón su muerte, aunque esa misma muerte me haya traído la libertad. Si Padre; amo a Iñigo Aldai y nada me haría más feliz que compartir mi vida con él allá donde quisiera llevarme.
- Decidme ¿ le habéis confesado vuestro sentimientos?
- No, no lo he hecho por mucho que los sentimientos trataran de convertirse en palabras en mis labios; pero a través de su ojos he visto que en su corazón arden sentimientos que me llenan de gozo. ¿Hago mal Padre Gumersindo dejando que estos pensamientos me llenen de felicidad?.
- No, hija mía, no. Los sentimientos nobles que nacen en el corazón son gratos a los
ojos de Dios; a Él sólo le ofende que tales sentimientos se manifiesten contraviniendo sus mandamientos. Vos sois una mujer virtuosa que mientras vuestro esposo vivió, fuisteis fiel al a la promesa de fidelidad formulada ante el altar. Ahora habéis quedado libre de tal promesa y si el Señor ha querido que la semilla del amor haya fructificado en vuestro corazón, sería un pecado a sus ojos tratar de ahogar es sentimiento.
- Vuestras palabras llenan de paz mi espíritu y hacen que mi felicidad sea aún mayor.
Pero no hablemos de mí, no sea que descuidemos lo que produce nuestra preocupación.¿Cómo podríamos asegurarnos de que el Rey creerá al Capitán Aldai?.
- Confieso que no se me ocurre que hacer más allá de los que ya os he comentado sobre el certificado médico y de maese Simón. Sólo nos resta confiar en que Dios Nuestro Señor nos ilumine. Recemos, pues pidiéndole Su ayuda.
Los dos se arrodillaron.
Pater noster, qui es in caléis, sanctificetur nomen tuum, adveniat regnum tuum, fiat voluntas tua, sicut in caelo, et in terra.
Panem nostrum quotidianum da nobis hodie,. et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris, et ne nos inducas in tentationem, sed libera nos a malo. Quia tuum est regnum, et potéstas, et glória in sæcula.

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