martes, 26 de febrero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XX (27.02.2013)
Iñigo Aldai había preparado con Pergentino Menéndez la ruta que iban a seguir así como las etapas necesarias para llegar a la llanura de Torrelobatón, hasta alcanzar el río Hornija, donde plantarían sus tiendas a la espera de acontecimientos. Llegaron en la primera etapa hasta la aldea de Megeces, a unas cuatro leguas de Cuéllar, siguiendo el curso del río Cega. Allí se les unió un grupo de doce soldados y su mando, que era la tropa que el alcaide de Iscar ponía bajo las órdenes del Capitán siguiendo las instrucciones de su Señor, Don Alvaro Núñez de Lara. El total de los treinta y cinco hombres estaba compuesto por cuatro jinetes, diez arqueros y veintiun lanceros; una fuerza minúscula para enfrentarse al ejército leonés, pero lo suficientemente numerosa como para cubrir una amplia zona de la frontera y enfrentarse a grupos equiparables en número.
Habían dosificado las marchas de forma que cada etapa sería un poco más corta que la anterior, para evitar que el cansancio acumulado pudiera restarles fuerzas en caso de un probable enfrentamiento con tropas leonesas
Al día siguiente y siempre siguiendo el curso del Cega y dejando Mojados al norte, alcanzaron el lugar en el que el río Eresma vertía sus aguas en el Adaja, pues ese punto ofrecía mejores posibilidades de vado. De haber tomado el camino del noroeste, en dirección a la aldea de Aniago, se hubieran visto obligados a vadear el Adaja en barcas, lo que ocasionaría, además de un retraso, un gasto que de no ser estrictamente necesario, el Capitán quería evitar.
Avanzaban con seguridad por aquella llanura que parecía perderse en el infinito. Era territorio castellano por lo que no era previsible encontrarse con tropas leonesas, tal como se desprendía del contenido del documento que portaba el mensajero de Urueña capturado unas semanas antes. De tarde en tarde veían algún rebaño de merinas apurando los escasos brotes de hierbajos que habían brotado entre los quejigos con las lluvias de hacía unos días. Enormes mastines, a los que se les marcaban las costillas, cuidaban de las ovejas que miraban con sus ojos inexpresivos el paso de la tropa.
Pernoctaron en las cercanías de Serrada, una aldea de apenas media docena de casas de adobe, de donde salieron algunas mujeres y hombres ofreciéndoles queso y leche de oveja, que Pergentino compró para la tropa, siguiendo instrucciones del Capitán. Iñigo Aldai repudiaba la práctica habitual en el ejército de tomar las vituallas de grado o por fuerza allá por donde pasaban, sin importarles que las alde4as fueran amigas o no, lo que hacía que a los habitantes de esos lugares les resultara indiferente la pertenencia de la tropa, ya que a ellos los saqueaban de cualquier forma.
A legua y media quedaba la aldea de Villanueva de Duero, donde cruzarían el Duero, inevitablemente en la balsa que hacía el servicio entre ambas orillas, pues el río era demasiado ancho y caudaloso como para intentar vadearlo a pie.
La tosca balsa de maderos de chopo, con capacidad para diez hombres o cuatro hombres y dos caballos, cruzaba el río trabada a una soga doble que pasaba por poleas de madera instaladas sobre postes en cada orilla del río. El barquero agarraba la soga y haciendo tope con los pies en unos tacos de madera fijados a la balsa, tiraba de la soga haciéndola avanzar lentamente. Pergentino ordenó a dos de sus hombres que tiraran de la soga con el barquero para terminar lo antes posible. Con el sexto viaje toda la tropa quedó al otro lado del Duero, aquel majestuoso río que atravesaba, curiosamente, los reinos cuyos monarcas habían firmado la tregua de Coimbra dos años antes y dos de los cuales, el leonés y el castellano parecía que iba a terminar enfrentándose en el campo de batalla.
Aquel día alcanzaron Velliza al atardecer. Acamparon bajo un cielo con miríadas de estrellas que ni siquiera la luz de la luna llena conseguía ocultar. Los soldados cenaron su ración en sus propias tiendas.
El silencio de la noche solo era roto por el croar de las ranas en una charca lejana y por las voces apagadas de algunos soldados que aún se resistían a dormir.
A unas cinco o seis varas de distancia del campamento, Iñigo Aldai divisó a Oono que, sentado en cuclillas y cubiertos los hombros con una manta, miraba absorto al cielo.
Se acercó a él y sin pronunciar palabra se sentó a su lado. Levantó su mirada al firmamento y por un instante su corazón pareció dejar de latir impresionado por la belleza de aquella inmensa bóveda estrellada. Reconoció la Ursus Major, la Ursus Minor con su estrella Polaris y a su izquierda, Cassiopeia. Casi en el borde, sobre el horizonte, Pegasus lucía con todo su esplendor y en el centro mismo de la bóveda, estaba Hércules, su preferida. Siempre le habían fascinado las estrellas y las constelaciones que formaban y a las que aprendió a distinguir y conocer por sus nombres durante los años que sirvió como escudero por los campos de Castilla con las tropas de su Señor, Don Diego López de Haro.
Como si de una de aquellas constelaciones saliera, la imagen de Marta, su esposa, ocupó totalmente su pensamiento. La imaginó mirando desde la ventana de su alcoba el mismo cielo que el miraba ahora y algo en su interior pareció encogerse. ¡Cuánto le hubiera gustado que estuviera a su lado en estos momentos para poder compartir con ella la visión de tal belleza¡.
-Cuantas noches me he sentado a la puerta de la cabaña de mi padre, allá en mi aldea africana, y he contemplado, lo mismo que ahora, la hermosura del cielo estrellado. – la voz de Oono, aunque baja, le sobresaltó - Eran estas mismas estrellas y esta misma luna, Capitán y mirándolas me parece ver a mi padre, y a mis vecinos descansando y comentando alrededor de la hoguera, cómo les había ido el día con sus rebaños y cultivos. Esas estrellas y la Luna siguen ahí, pero ¿seguirá existiendo mi aldea? ¿Vivirán aún las gentes de mi pueblo, aquellos con los que crecí y los que me vieron crecer? Y si así fuera ¿nos recordarán a mi y a todos los demás que conmigo fuimos capturados y esclavizados? En las noches frías del desierto, cuando se sienten al calor de la hoguera ¿hablarán de nosotros?.¿Contarán a los niños quiénes éramos y por qué ya no estamos allí sentados con ellos? No saberlo, me produce un gran dolor de corazón, porque si no permanecemos en su memoria y aunque la sangre siga fluyendo por nuestras venas, estaremos muertos y olvidados, y nuestro espíritu, cuando abandone para siempre el cuerpo en el que ha habitado, no podrá encontrarse con los de nuestros antepasados, así que vagará eternamente perdido por un mundo desconocido llamándolos sin cesar y sin que su llamada encuentre respuesta.
Oono miraba las estrellas mientras hablaba. No le estaba preguntando a su amigo Iñigo Aldai, el Capitán, sino que se preguntaba a si mismo, y eso siempre es angustioso cuando no se pueden encontrar las respuestas ni esperar que sea otro el que responda.
El Capitán sentía gran afecto por Oono y aunque no podía sentir en su corazón aquella angustia con la intensidad que se desprendía de sus palabras, sufría también porque si él mismo sintió como se corazón se encogía por la lejanía de la mujer que tanto amaba y estaba solo a tres jornadas de distancia, ¡cómo no iba a sufrir el de Oono hallándose en un país que no era el suyo al que fue llevado a la fuerza, a miles de leguas de su pueblo, con un mar y una tierra desconocida y peligrosa por medio y cuando las últimas imágenes que quedaron grabadas en su memoria fueron las de su padre asesinado por aquellos bandidos cuando, de rodillas, imploraba misericordia para su pueblo¡.
A Iñigo Aldai le estaba resultando muy difícil encontrar las palabras que expresaran su solidaridad con Oono, para decirle que le comprendía y que compartía su dolor, así que, sin dejar de mirar al cielo, apoyó una mano en su hombre y apretó ligeramente.
- Lo sé Capitán, lo sé y os doy las gracias – le dijo Oono mirándole a los ojos.
Continuaron allí sentados, bajo el cielo estrellado, en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. El ladrido insistente de un perro de la aldea les hizo retornar a la realidad.
- Debemos descansar, amigo mío- dijo el Capitán – pues la etapa de mañana, aunque corta, pues apenas son dos leguas, va a necesitar nuestra mejor disposición, pues dejamos estas llanuras pobladas de quejigos y encinos para adentrarnos en los páramos que llaman Torozos y que, aun sin ser muy elevados y con su parte alta llana, requerirán un mayor esfuerzo de la tropa.
- ¿Dónde vamos a establecer el campamento, Capitán?
- Lo montaremos en Torrelobatón, está equidistante de los lugares entre los que hemos de patrullar- contestó
- ¿Y esa zona es muy amplia ?
- Cubriremos desde la aldea de Marzales hasta Wamba, la antigua Gérticos, lugar de descanso del godo Recesvinto y donde, a su muerte, fue proclamado Wamba como rey de los godos. Desde Torrelobatón y aguas arriba hasta Wamba está la aldea de Castrodeza y aguas abajo las de Villasexmir, San Salvador y Vega de Valdetronco antes de Marzales. De un extremo al otro hay unas cuatro leguas y son varios los puntos en los que es posible vadera el río sin dificultad, lo que va a exigir una vigilancia permanente y, por tanto, un gran esfuerzo de nuestros hombres. Cierto es que el poder vigilar desde las mesetas de los Tarozos, nos facilitará poder controlar cualquier movimiento de tropas leonesas que, necesariamente tienen que vadear el Hornija, pero al poder hacerlo por distintos lugares, hemos de establecer un régimen de patrullas que permita cubrirlos todos.
- Cuatro leguas son muchas leguas para cubrir con los efectivos de que disponemos, incluidos nosotros, si hay que mantener la vigilancia día y noche, así que tenéis razón Capitán. Debemos ir a descansar y renunciar a seguir admirando, por esta noche, la extraordinaria belleza de la bóveda celeste.
- Buenas noches, amigo mío- le deseó el Capitán.
- Que descanséis, Señor- correspondió Oono.
Ascender a aquella meseta caliza resulto más dificultoso de lo que en principio pudiera parecer, pues la empinada ladera estaba formada por piedras sueltas que al pisarlas se deslizaban. Oono, acostumbrado a subir dunas en el desierto y a caminar sobre piedras sueltas, le dijo a Pergentino que si en vez de intentar subir de frente, que lo hicieran oblicuamente y pisando de lado. Sería una subida en zig-zag que les llevaría a la planicie con seguridad. La mayor dificultad fue para los caballos que en ocasiones se iban de los cuartos traseros. El cansancio hizo que la mayoría de los soldados al alcanzar la planicie se tumbaran, sin concesión alguna a la disciplina militar. Pergentino les ordenó levantarse y continuar la marcha hasta que él no ordenara otra cosa.
Al atardecer divisaron, en el valle del Hornija, en medio de los Torozos, el Concejo Fuerte de Lobatón. Habían llegado a su destino. Pergentino Menéndez, cumpliendo las instrucciones del capitán Iñigo Aldai, ordenó que plantaran las tiendas y descargaran las acémilas, puesto que en aquel lugar iba a permanecer un tiempo indeterminado.
La soldados, en voz baja, se preguntaban entre ellos qué misión sería la que tendrían que llevar a cabo en a hacer en aquel inhóspito lugar, con apenas media docena de quejigos y rodeados de la nada por todas partes. Todos, menos Marcial Costa y Baudelio Pardo que, aunque no tenían la certeza, suponían que o bien se trataba de hacer alguna incursión en tierras leonesas con una finalidad que no alcanzaban a imaginar o, se trataría de lo contrario. Es decir, que Castilla temiera una incursión leonesa y pretendieran con esa tropa impedirla haciéndole frente. Cualquiera de las dos posibilidades les suponía un serio problema, pues salieron de Cuéllar antes de recibir las instrucciones que habían solicitado y no sabían, por tanto, si continuar enrolados y en caso de un enfrentamiento actuar como soldados castellanos, o escaparse por la noche y regresar a su cuartel en el castillo de Urueña.
No tuvieron mucho tiempo ni unos ni otros para seguir haciéndose preguntas, pues después de haber levantado las tiendas, Pergentino les ordenó que formaran y el Capitán les informó que la misión que allí les había traído era la de detectar cualquier movimiento de tropas leonesas que se acercaran al Hornija o lo vadearan, por lo que había que patrullar a lo largo del río unas cuatro leguas y que Pergentino constituiría patrullas de dos soldados cada una, asignándoles turnos y zona de vigilancia. Dos veces al día, una a mediodía y otra al atardecer, dos hombres a caballo saldrían del campamento en direcciones opuestas: uno hacia el noreste, hasta Wamba y el otro hasta Marzales, al suroeste, y a quienes los soldados de patrulla informarían sobre las novedades habidas.
Marcial y Baudelio vieron, en lo que el Capitán quería hacer, la solución a su problema. Ellos dos formarían pareja y en tanto estuvieran patrullando, no solamente no se verían en la situación de tener que enfrentarse a tropas de su cuartel, sino que incluso, en caso de avistarles, podrían prevenirles sobre la presencia de las patrullas a fin de evitarlas y pode seguir su avance sin ser descubiertos.
- Es lo mejor que nos podía pasar - le dijo entre dientes Marcial a su compañero.
- Cierto – le contestó Baudelio también en voz baja– pues incluso nos resultará muy fácil cruzar el río y llegar a Urueña.
- Solo escaparemos si nos descubren. Entre tanto y como hasta aquí no nos van a llegar instrucciones del castillo, seguiremos haciendo nuestro papel con la mayor prudencia posible y tratando de pasar lo más desapercibidos que podamos. ¿Te queda claro Baudelio? - le dijo Juan con firmeza.
- Tu eres el jefe, así que haremos lo que creas más conveniente y cuando lo estimes más oportuno- aceptó.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario