miércoles, 20 de febrero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez
CAPITULOS X Y XI (21.02.2013)
CAPITULO X
El frío del amanecer hirió sus carnes y le forzó a recuperar la consciencia. Se sentía débil, muy débil y el pecho le dolía terriblemente. Instintivamente se llevó la mano derecha allá a donde le dolía y notó que su jubón estaba mojado, pero no era por la humedad nocturna; se miró la mano machada y vio, a la tenue luz del alba, que era sangre lo que había impregnado su jubón, un poco por debajo de su tetilla izquierda. Sintió que la tierra se hundía a sus pies y con un increíble esfuerzo de voluntad consiguió mantenerse lúcido. Trató de gritar pidiendo ayuda, peor de su garganta solo salió un débil sonido. Podía ver su casa muy cercana, apenas a unas cien varas, donde estarían Vicenta, su mujer, quizás intranquila y preocupada porque hacía dos meses que nada sabía de él y sus hijos durmiendo, todos en el mismo camastro de paja, si que el hambre no se lo impedía, esperando que su padre regresara de un viaje a no sabían donde. No podía fallarles ahora- pensaba Lupicinio – no, ahora no, cuando su vida va a cambiar a mejor, cuando el hambre ya no volverá a ser la indeseada compañera de sus vidas. Ahora no- se decía. Lupicinio aún no se había dado cuenta de que ya no tenía la bolsa con las monedas guardada bajo su jubón.
Había empezado a arrastrarse en dirección a su casa. Casa movimiento era como si un hierro candente se clavara en su pecho. Tardó lo que le pareció una eternidad en llegar hasta la puerta de su casa. Trató de levantarse para golpearla la puerta, pero le abandonaron las fuerzas tras el largo e intenso esfuerzo y se desmayó.
El alguacil estaba preocupado. Cuando un vecino fue a avisarle que habían encontrado a un hombre, vecino de La Bañeza, medio muerto, delante de la puerta de su casa, lo primero que pensó fue que, seguramente, como ya había ocurrido en alguna otra ocasión, se trataría de un atraco. Pero, al parecer, no le habían robado una bolsa con unas cuantas monedas que llevaba cosida a su camisa, por lo que no se podía hablar de robo, y esto era lo que le preocupaba. ¿Quién podría querer matar a un hombre como Lupicinio?. Era un hombre conocido en la localidad, era honrado, buen cristiano y, sobre todo, pobre, muy pobre; pero y si es que realmente alguien había pretendido matarlo ¿ por qué?. ¿Quizás lo habían confundido en medio de la noche con otra persona?. Lupicinio no había podido reconocer a se agresor, por lo que no había a quien perseguir o detener. Todo era muy complicado, así que decidió que ante la falta de pruebas o pistas para esclarecer el asunto, lo más conveniente era dejarlo correr. Con el tiempo, y dado que nadie había muerto, se olvidaría lo ocurrido.
Cuando Lupicinio se despertó de su desmayo, vio a su mujer llorando y a sus hijos agarrados a aquellos harapos que eran su vestido mirándole con el miedo reflejado en sus ojos y los mocos colgándoles de la nariz.
El galeno, que había cosido su herida y puesto un cataplasma para reducir la inflamación, le estaba diciendo que el puñal con el que le había herido, había chocado con una costilla evitando que se clavara en el corazón, cuando se dio cuenta de que la faltaba la bolsa con los dineros que le habían entregado por su trabajo. El corazón le dio un vuelco y palideció, aunque nadie se dio cuenta pues su cara estaba lívida por la mucha sangre que había perdido.
Tampoco veía la bolsa que había cosido a su camisa con las monedas que había ahorrado. Estaba tumbado en el camastro de paja y sobre el torso desnudo destacaba el cataplasma sobre la herida.
Cuando el galeno su hubo ido, intentó levantarse, pero el intenso dolor que le atravesó el pecho se lo impidió. Su mujer, que se dio cuenta, le dijo que no se moviera, que el médico había dicho que permaneciera en la cama durante unos días.
- Pero ¿qué va a ser de ti y de nuestros hijos si no puedo levantarme para buscar algo de comer?- preguntó angustiado.
- -No te preocupes – le contestó su mujer – que aún queda parte de lo que nos han ido trayendo cada semana desde que tú desapareciste.
- ¿Quién te ha estado trayendo comida, mujer ?- preguntó con voz débil, aunque ya suponía quien había sido.
- Lo desconozco- contestó ella – Cada semana un hombre dejaba una saca con comida delante de la puerta y sin decir palabra se marchaba.
- ¿Recuerdas que aspecto tenía ese hombre?
- -No - respondió ella – pues cubría su cabeza con una capucha, aunque había algo en él que me resultaba conocido, como si lo hubiera visto por el barrio alguna vez.
- Mujer, ¿quién me ha traído a casa? ¿dónde me han recogido? – le preguntó.
- Te encontró un vecino delante de la puerta de nuestra casa. Entre los dos te metimos en la cama y él fue a avisar al galeno y al alguacil- contestó entre lágrimas recordando lo sucedido.
- ¿Tenía la ropa puesta cuando me metisteis en casa?
- Si, tenías un jubón nuevo aunque manchado de sangre y tu camisa – contestó - ¡ah¡ - añadió – y cosida a ella una bolsa con unas cuantas monedas, que guardo en el hueco de la pared.
- ¿No había nada más, seguro que no había nada más?- preguntó impaciente.
- No, solo esa bolsa, y el alguacil me preguntó si sabía de donde la habías sacado – contestó
- ¿Y qué le respondiste? - preguntó Lupicinio
- Que no lo sabía, pues hacía dos meses que te habías ido a trabajar fuera de la comarca.
- ¿Y que dijo él? ¿Hizo algún comentario? ¿Se extraño?- inquirió
- No, solo dijo que era muy extraño todo, ya que no te habían atacado para robarte a menos que el atracador no notara la bolsa cosida a la camisa- contestó.
Lupicinio guardó silencio. La conversación y la tensión habían agotado sus pocas fuerzas. Cerró los ojos dispuesto a dormir. Si su mujer le había dicho que tenían comida suficiente para unos días y sin necesidad de tocar las monedas que guardaba en el hueco de la pared, ya no tendría que preocuparse por unos días del mantenimiento de la familia y dispondría de tiempo para recuperarse de su herida; pero la imagen de aquella sombra echándole encima y , aunque había sido una visión fugaz, la sensación de que había algo en ella que le resultaba conocido le impedía dormir. ¿Dónde y cuándo había visto aquel rostro?. Estaba seguro de que lo conocía y que lo había visto no hacía mucho tiempo, pero ¿dónde?. Su consciencia ya no aguantó más y se sumió en un profundo sueño.
El cataplasma que la había puesto el galeno había evitado, además de la inflamación, que apareciera la calentura, por lo que los dos días que permaneció dormido fueron totalmente reparadores.
Olía a col cocida y supuso que era el mediodía la hora. Su mujer agachada atizaba el fuego. Sus hijos, en un rincón miraban fijamente la lumbre, quizás esperando que su madre descolgara el perol para poder comer de la escudilla común.
Lupicinio sentía una enorme pena por su familia. Todo lo que había soñado para ellos, aquel rebaño de ovejas, quizás un trozo de tierra para labrar y una casa con un pequeño patio se habían escapado como lo hizo la sangre por la herida de aquel puñal. Menos mal que había tenido la previsora idea de ahorrar de sus gastos todas las monedas posibles, ya que gracias a ellas, su penuria son sería tanta. Intentó incorporarse y esta vez lo consiguió sin notar gran dolor. Su mujer se volvió y le ayudó a levantarse. Con dificultad logró acercarse a la tosca pequeña mesa y sentarse sobre la piedra que hacía de asiento. Sus hijos se arrodillaron sobre el suelo de tierra alrededor del rústico mueble, sobre el que Vicenta puso una escudilla de madera llena de cocido de coles con unos trozos de tocino flotando. Esperaron a que Lupicinio tomara la primera cucharada, Después todos empezaron a comer del plato común. Vicenta estaba callada. El único sonido lo producían los niños al sorber de la cuchara. Lupicinio seguía preguntándose dónde había visto antes a su agresor.
CAPITULO XI
Leopoldo López se dirigió aquella tarde a la taberna que solía frecuentar su amigo de conveniencia Benito Riaño esperando encontrarle allí. Caminaba despacio. No tenía prisa. Su cabeza estaba ocupada haciendo una evaluación sobre la ejecución de su plan: ya estaba instalado cerca de la Corte leonesa; había establecido un contacto importante con personajes cercanos al Rey; disponía ya del dinero suficiente como para poder dedicarse plenamente a su plan, y hasta la fecha no había quedado ningún fleco suelto que pudiera comprometer su proyecto a él mismo en el futuro. Esa tarde, si tenía suerte, podría saber si había caballeros castellanos, y en concreto aquél cuya presencia más le podría incomodar, en la Corte de Alfonso IX. Benito Riaño le había dicho que en unos días podría informarle al respecto. Habían pasado más de dos semanas desde su último encuentro y era probable que tuviera ya esa información.
Llegó a la taberna. Era el lugar preferido por los comerciantes laneros, algo que su propietario había intuido cuando decidió llamarle El vellon de oro tal como decía el cartel que colgaba a la entrada del portón. Era una construcción típica de la comarca, con un enorme portón de acceso a un patio al fondo del cual estaba la vivienda, cuya planta baja era la taberna.
A esa hora, ya con el sol ocultándose detrás del Teleno, había una nutrida concurrencia. Comerciantes laneros, agricultores, ganaderos y campesinos constituían la parroquia habitual. La atmósfera estaba cargada por el humo de los hachones y provocaba escozor de ojos. El ambiente era ruidoso, tanto por las conversaciones y risotadas, como por los golpes de los cubiletes de madera al echar los dados y las voces de los que jugaban en algunas de las mesas.
Al fondo, sentado en una mesa y ante una jarra de vino, estaba Benito Riaño. Leopoldo López se acercó a él esquivando a los clientes que bebían y charlaban de pie. Se dio cuenta de que el comerciante de Malgrat seguramente llevaba allí bastante tiempo. Había vino derramado sobre las mugrientas tablas, consecuencia – supuso el exregidor – de la falta de control de movimientos como consecuencia del vino ya trasegado.
- Buenas tarde, mi buen amigo Riaño – le saludó. ¿Cómo os encontráis esta tarde?
- ¡Hola, hola, señor López¡. Cuánto tiempo sin veros – contestó al saludo. Sentaos conmigo y disfrutad de este buen vino.
- Con gusto os acompañaré – aceptó - pero permitidme que pague yo una nueva jarra, que esta vuestra ya está más vacía que llena.
- Como gustéis, ya que espero que no sea la última de la que demos cuenta esta noche. ¿ No estáis de acuerdo, amigo López?
- ¡ Ya veremos, ya veremos!
Hablaron durante un rato sobre asuntos intrascendentes, al menos para Leopoldo López, hasta que éste llevó la conversación al terreno que le convenía y que justificaba tener que soportar aquel ambiente irrespirable y la voz pastosa del pariente del ayudante del alférez de Alfonso IX.
- Y decidme ¿qué tal os fue con la visita de vuestro pariente, Juan Vallejo?- preguntó sin demostrar mucho interés.
- No sabría que deciros, pues cierto es que vino a Malgrat, pero estaba con una calentura por un mal que había contraído cerca de Cáceres cuando se encontraba en la campaña del Rey contra los almohades, así que poco pudimos hablar- contestó.
- Creedme que lo siento, ya que además de por ser vuestro pariente, siempre duele que un buen servidor del Rey tenga que verse alejado de las armas contra el musulmán por una enfermedad.
- Bien cierto es lo que decías, pues – según me comentó - la enfermedad le impidió participar al lado del Alférez en los últimos enfrentamientos contra esos seguidores de Mahoma.
- Pero decidme, ¿os dijo si con él habían regresado también los caballeros castellanos que acompañaban a Don Alfonso? – le preguntó.
- ¡Ah¡.Ya se por qué me lo preguntáis. Si, efectivamente; según me dijo cuando se lo pregunté, habían regresado todos los castellanos enviados por Alfonso VIII para ayudar a nuestro Rey en su avance por el suroeste, pero que pronto abandonaron la corte de León y regresaron a Castilla, aunque, según se rumorea – acercándose al oído de Leopoldo López, le susurró – Diego López, ya sabéis, al Abanderado de Alfonso VIII, se fue molesto con nuestro monarca, ya que parece ser que durante la campaña, poco o ningún caso le hizo como consejero en asuntos de armas, así que , según piensa mi pariente, puede que el rey castellano sienta ofendido, y las relaciones entre los dos reales primos se vuelvan a tensar, aunque, después de todo ¡ qué más da si han sido tensas desde hace años¡.
- Confío en que tales rumores no tengan fundamente, pues las buenas relaciones entre los dos reinos convienen a la cristiandad y a aquellos que como vos y yo vivimos del comercio – comentó poniendo un gesto de preocupación, que en modo alguno tenía, pues, precisamente, las malas relaciones entre los dos soberanos convenían a sus planes.
- ¿Me aceptáis una nueva jarra de este buen vino berciano, amigo López?- preguntó no sin dificultad, pues tal parecía que o bien se le había empequeñecido la boca o engordado la lengua, que parecía no caberle en ella.
- Os lo agradezco, mi buen amigo; pero aunque este vino bien merece que lo honremos, tengo asuntos que me requieren y que me impiden seguir disfrutando tanto de él como de vuestra estimada compañía – rechazó amablemente. La verdad es que, obtenida la información que quería, nada le apetecía seguir en aquel ambiente irrespirable y mucho menos continuar soportando las vaharadas alcohólicas de su amigo de conveniencia.
Leopoldo López se levantó y salió de la taberna en dirección a su casa, a orillas del Tuerto. Había sido un buen día – iba pensando – pues la noticias recibidas le satisfacían. No había castellanos que pudieran reconocerle en la corte leonesa, y la frágil paz signada en Coimbra entre los dos reinos podría romperse si Diego López de Haro contagiaba su malestar al Alfonso VIII, el responsable de que él, que le había nombrado su regidor en la Villa de Cuéllar, estuviera ahora desterrado en el reino de León.
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