IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO I (15.02.2013)
Empezaba a clarear el día.
La niebla dormitaba sobre río Tuerto, al que vertía sus aguas el Ornia para unos y Duerna otros, que naciendo al noroeste, en el monte Teleno, tras recorrer La Val d’Ornia o La Valduerna, como ya le empezaban a llamar, se unía al Tuerto al norte de La Bañeza, localidad en la que había decidido quedarse el tiempo necesario para preparar sus planes. A lo lejos, recortándose sobre horizonte, destacaban las inmensas choperas que señalaban el curso del río Órbigo, del que decían que su nombre procedía de los vascones ( ur-bi-koa = aguas-dos-desde aquí ) aunque había quienes sostenían que estaba relacionado con su potencial aurífero, y al que vertía sus aguas el Tuerto a un cuarto de legua al sur de La Bañeza. El nombre de esta localidad tenía su origen, según comentaban algunos, aunque sin ningún fundamento, en una leyenda que cuenta que estando previsto el paso del Rey por la población, sus gentes ocupaban la calle esperando saludar al soberano, todos menos una mujer que, tranquilamente, lavaba su ropa en el Tuerto, tan indiferente a todo, que uno de sus convecinos la increpó diciéndole lava necia, lava necia, frase que con el paso del tiempo derivó a La Bañeza, aunque la creencia común y parece que más creíble, era que tal nombre procedía de Bani Eiza, (lugar perteneciente a los descendientes de Jesús) ya que así lo llamaron los mozárabes cordobeses que se establecieron en el lugar.
Desde la ventana de su aposento en la casa que había tomado en alquiler hacía diez días, Leopoldo López, veía el puente de piedra de tres arcos y tajamares que salvaba el río Tuerto.
Desde allí abría el camino hacia la aldea de Puente, nacida en torno a la iglesia de Santa María, a la izquierda del Órbigo, a unas tres leguas, sobre la antigua calzada romana que iba desde León ( Regio Septima Gemina) hasta Astorga, capital de la provincia romana Asturica Augusta, formando parte del Camino de Santiago y que salvaba el río con un puente de piedra de 19 arcos, que dos siglos más tarde (1434) sería el escenario de un singular torneo, de un mes de duración, entre el caballero leonés Suero de Quiñones y todos los caballeros que pretendieran cruzar el puente y a los que derrotó, según cuentan, en número de 300 , todo ello para demostrar el amor a su amada Leonor de Tovar.
El otrora regidor real de la Villa de Cuéllar, miraba distraído las gotas de agua que se deslizaban por los cristales trazando surcos caprichosos. Podría haber elegido otra localidad del reino de León, pero La Bañeza estaba apenas a una legua del lugar de la residencia de verano de Alfonso IX, rey de León, una pequeña localidad llamada Palacios de la Valduerna desde que el Rey leonés Alfonso V, el Noble, mandó construir en ella su palacio veraniego, y quería estar cerca del poder, ya que esa cercanía convenía a sus propósitos, pero no tan cerca que pudiera ser reconocido por algún noble castellano, presentes en la Corte de León tal como pudo saber a lo largo de su viaje desde que salió de Castilla, y correr el riesgo de que sus planes se vieran entorpecidos. Ya tenía la experiencia de lo ocurrido en Cuéllar y no quería ni podía permitirse el más pequeño error. Cuidaría al máximo cada detalle.
Habían pasado cinco largos meses desde aquel día en que el rey Alfonso VIII de Castilla ordenó a su Alferez, Alvaro Núñez de Lara que hiciera cumplir su sentencia de destierro, - para siempre habíase pronunciado el Rey - del reino de Castilla al que hasta ese momento había sido su regidor en la Villa de Cuéllar, acusado de asesinar al alcaide de su castillo y del intento de asesinato del capitán Iñigo Aldai.
Cuatro soldados le habían custodiado hasta el río Alagón, a unas tres leguas al oeste de Plasencia, frontera con el reino de León. Allí le habían dejado no sin antes asegurarse que vadeaba el río.
Aunque se detención en Cuéllar había sido sorpresiva, como hombre previsor y desconfiado que era, siempre llevaba encima una bolsa con abundante dinero, lo que le permitió buscarse sin dificultad medio de transporte hasta la Villa de Coria, donde permaneció unos días intentando prepararse mentalmente para afrontar la nueva situación en la que aquel entrometido y odiado capitán Aldai, y lo que consideraba actuación traidora del Rey hacia él, le habían colocado.
Su corazón rezumaba odio y deseos de venganza inmediata, pero entre el deseo de llevarla a cabo y la posibilidad de materializarla había una importante brecha que solo podría ser salvada con sangre fría y paciencia. Necesitaba que su cerebro se impusiera a su corazón y eso no era tan fácil cuando apenas habían pasado tres semanas desde que salió escoltado de la ciudad de Toledo.
Se hizo pasar por un comerciante de tejidos de Tortosa - ciudad conquistada a los musulmanes en el mil y doscientos diez, e incorporada al reino de Aragón – que estaba recorriendo el reino de León en busca de proveedores de lana para sus telares, lo que le permitió obtener de unos y otros información que le interesaba para ir elaborando lo que pretendía fuera su preciso plan de venganza. Esta información le llevaba necesariamente al norte, lo más cerca posible de la Corte, por lo que, tras comprar una acémila y cargar viandas, salió de Coria en dirección a Ciudad Rodrigo, a donde llegó dos días más tarde de los previstos, pues aunque la distancia era de unas 18 leguas, no había contado con las duras condiciones climatológicas propias de aquel mes de marzo de mil y doscientos trece al atravesar la Sierra de Gata por el desfiladero de Perales.
Le impresionó la sólida muralla que con sus siete puertas envolvía Ciudad Rodrigo y la construcción de lo que seguramente sería años más tarde una imponente catedral.
Se alojó en una posada próxima al castillo y al día siguiente, con el alba, partió en dirección a Salamanca, a donde pretendía llegar al atardecer del día siguiente, pues era terreno llano, por lo que pudo averiguar, y el camino era seguro.
En Salamanca volvió a aprovisionarse de comida y ejerciendo su papel de comerciante de tejidos de Tortosa, pudo enterarse de que el rey de Castilla no iba a reclamar a Alfonso IX la devolución de las plazas y castillos que había ocupado aprovechándose de que Alfonso VIII estaba batallando con los musulmanes en los Llanos de Tolosa, y que eran los que había entregado en la dote de Berenguela, hija de Alfonso VIII y sobrina segunda suya, con la que se casó en 1198 en Valladolid y cuyo matrimonio fue anulado, por razones de parentesco, por Inocencio III en el 1204.
Este gesto de Alfonso VIII no reclamando esas plazas y castillos, desconcertó a Leopoldo López, pues sabía de la orden papal al Arzobispo de Toledo y a los Obispos de Zamora, Tarragona y Coimbra para que excomulgaran a cualquier príncipe que aprovechándose de la Cruzada contra los musulmanes, atacara o conquistara castillos o plazas de Castilla. No había habido excomunión alguna para Alfonso IX, el Baboso, como le llamaban los musulmanes, ni reacción militar alguna por parte de Castilla. Y no solamente no había habido eso, sino que, tal como pudo saber, Alfonso VIII, Alfonso IX de León y Alfonso II se habían reunido en Coimbra el 11 de noviembre de 1212 para acordar una tregua de paz y de colaboración en la lucha contra el Islam, en virtud de cuya colaboración, Alfonso VIII había enviado a Don Diego López de Haro, su abanderado, al reino de León para ayudar con el Rey leonés en sus intentos de expansión hacia el suroeste., colaboración que se materializó en la conquista de Alcántara, el intento de conquistar Cáceres llegando incluso a las puertas de Mérida, plazas que debido a la lejanía de la Corte no podía conservar, regresando, por tanto, a León.
No supieron decirle a Leopoldo López si Don Diego López seguía en la Corte con el Rey o si había regresado a Castilla o a su Señorío de Vizcaya, por lo que su intención inicial de instalarse el León y, desde allí, aprovechándose del enfrentamiento que creía se mantenía entre los dos reyes, empezar a tejer la red en la que haría caer todo lo necesario para llevar a cabo su venganza, única razón que tenía para seguir viviendo, ante la falta de información precisa y para no correr riesgos innecesarios, decidió quedarse el la localidad en la que Alfonso IX pasaba la temporada de verano.
Era día de mercado en La Bañeza. Las primeras carretas y acémilas cargadas con mercancías con destino al mercado en torno al cenobio de San Salvador, perteneciente al obispado de Astorga, cruzaban el puente sobre el río Tuerto. Por el camino de Astorga al norte y de las aldeas tanto al sur como al oeste de la Villa, suponía que estarían llegando vendedores y potenciales compradores procedentes de las muchas aldeas y lugares que salpicaban las riberas del Órbigo, del Tuerto y del Ornia o Duerna. Pero nada de eso le importaba. Su pensamiento y con él sus preocupaciones, estaban allende la frontera del reino de León, en dirección sureste, en la Villa de Cuéllar en la que sabía estaban el objeto de su más enconado odio, aquél que había acabado con sus sueños construidos durante años y, por tanto, con su futuro. Aquel capitán Aldai era el responsable de la destrucción de sus más ambiciosos proyectos y, sobre todo, de impedirle que aquella orgullosa Marta De La Fuente, fuera suya.
Estaba enterado de lo ocurrido en Toledo días más tarde de que fuera ordenado su destierro. Sabía que Iñigo Aldai había sido nombrado Alcaide de Cuéllar, robándole el puesto que por derecho consideraba suyo , así como que el Rey no solamente le había nombrado hidalgo de Castilla, sino que había consentido en su matrimonio con Marta De la Fuente, esa mujer que tenía que haber sido suya.
Se los imaginaba como Señores del castillo recibiendo a unos y a otros, agasajando a los ricoshombres de la Comunidad de Villa y Tierra acompañados por aquel barrigudo eclesiástico con el que nunca había simpatizado, y su respiración se agitaba. Pero cuando se los imaginaba en su alcoba compartiendo el calor de sus cuerpos, fundidos en intensos abrazos e intercambiando tiernas caricias, sentía un profundo dolor en la boca del estómago y como si un hierro candente atravesara sus entrañas.
Él había sido un buen funcionario sirviendo al Rey que le había nombrado Regidor, y no consideraba que sus deseos de ser alcaide de Cuéllar y casar con la viuda del anterior alcaide, fueran ilegítimos. Había sido leal y sin embargo, recibía como pago el destierro, la ignominia y la humillación.
Nada podía hacer directamente contra el Rey que le había abandonado y castigado concediendo su favor a aquel Iñigo Aldai, pero sí que era factible, si hacía bien las cosas, destrozar la vida del Capitán y, quien sabe, si aún podría hacer suya a aquella mujer que no se recataba a la hora de manifestarle su desprecio. Necesitaba tiempo, un plan muy meticuloso, medios económicos suficientes y la oportunidad.
De estos cuatro requisitos, disponía ya del primero y estaba pergeñando las líneas gruesas de su plan, así que abordaría el tercer requisito contratando a un mensajero para que llevara una carta para su familia, en Guadalajara, informándoles sobre como el Rey, en cuyo auxilio habían acudido varias veces con sustanciosas cantidades de dinero, le había desterrado como consecuencia de una conspiración urdida contra él por un capitán de la Casa de Haro que le había acusado, falsamente, del asesinato del alcaide de Cuéllar, y sin que descartara la participación en la conspiración del propio Diego López de Haro y del Alférez Real. Que se encontraba en la Villa de La Bañeza esperando la oportunidad de limpiar su nombre y el de su familia, por lo solicitaba a ésta que le entregaran al portador de la carta, que era hombre de su confianza, dineros abundantes para poder llevar a cabo su objetivo.
Salió a dar una vuelta por el mercado. Recorrió las aproximadamente ocho cuerdas que separaban su casa del monasterio de Sancti Salvatoris observando el ir y venir de la gente. Subió el repecho hasta el cenobio y desde allí tuvo una visión completa del mercado. Era un buen puesto de observación. Buscaba, más que a un hombre, a un familia, y cuanto más numerosa mejor, de las que iban de puesto en puesto con más ganas de adquirir alimentos y ropas que posibilidades de comprarla. No tardó en localizar al que sería su faraute. Era un hombre de unos treinta y pocos años – calculó – al que acompañaba una mujer escasa de carnes, de cara triste, con un niño en brazos y tres más de corta edad agarrados a su saya o lo que pretendía ser tal, pues más parecían harapos. El hombre, seguramente su marido, vestía lo que sin duda en el pasado había sido una túnica provista de garnacha, pero que en la actualidad era poco más que jirones de tela que a duras penas conseguía cubrir su cuerpo. Los que debían ser sus hijos caminaban descalzos y con la huella que el hambre deja en los cuerpos: cara, brazos y piernas extremadamente delgadas y su vientre abultado. Eran la viva estampa de la necesidad acuciante. Justo lo que necesitaba.
Se levantó del banco de piedra adosado a la pared del monasterio y, sin prisas, se acercó a su objetivo. Uno de los niños le miró y extendió su pequeña mano en ademán de pedir. Leopoldo López le dio una moneda de cobre. El niño tiró de la ropa de su madre enseñándole la moneda.
- Gracias Señor. ¡Que Dios Nuestro Señor os bendiga¡
Su marido se volvió y al ver la moneda le dijo:
- Señor, os agradecemos vuestra generosidad. Mi mujer y yo nos vemos obligados a vivir de la caridad de los hombres generosos como vos, pues la vida ha sido dura con nosotros y así como el Señor Nuestro Dios nos ha dado cuatro hijos, no los ha acompañado de los medios para alimentarlos,… y por aquí no hay muchas oportunidades para ganarse honradamente el sustento.
- Veo que, efectivamente, solo andáis sobrados de necesidad, pero no necesariamente ha de ser siempre así.
- ¿Qué queréis decir, Señor, que no os entiendo?
- Digo que quizás pueda ofrecerte la forma de poder satisfacer las necesidades de tu mujer y tus hijos, si eres hombre en el que se pueda confiar.
- Siempre que sea un trabajo que no ofenda a Nuestro Señor, no hay hombre en este mundo que merezca mayor confianza.
- En ese caso, ven a verme esta tarde, a la hora de vísperas, a la casa que hay frente al puente sobre el Tuerto.
- ¡Gracias Señor¡ ¡Que Dios Nuestro Señor os bendiga¡
Dio distraídamente una vueltas por el mercado y se dirigió a la caballeriza que había dos calles más abajo, donde adquirió un caballo con su silla y arneses. Llevando el caballo de la mano, se dirigió a su casa. Allí redactaría la carta que iba a enviar su familia en Guadalajara. La rueda de la venganza empezaba a girar.
El hombre, que dijo llamarse Lupicinio, llamó a la puerta en el mismo instante en que las campanas del monasterio, que se oían en toda la Villa, llamaban a Vísperas.
Leopoldo López le mandó pasar y fingiendo interesarse por su familia le preguntó si todos los niños que había visto en el mercado eran suyos, de dónde eran, que dónde vivían… y que se había compadecido de su situación de necesidad y quería ayudarle, pues era un hombre temeroso de Dios y ayudar al necesitado era una obra que agradaba al Señor. Dicho esto, el exregidor entró directamente en el asunto que le interesaba.
- Quiero que lleves dos cartas muy importantes para mí a Guadalajara, donde las entregarás al párroco de la iglesia de San Gil y allí esperarás hasta que él te diga. Después, con lo que te entregue, regresarás lo más rápidamente posible. Mientras estés fuera, yo me ocuparé de que tu mujer y tus hijos tengan ropas y alimentos. A tu regreso te daré una suma de dinero suficiente como para que no tengas que volver a depender de la caridad ajena.
- Pero, Señor… ¿ Cómo haré tan largo viaje?
- Hay un caballo enjaezado en la parte trasera de la casa. Móntalo, despídete de tu familia y parte de inmediato, pero antes cómprate ropa nueva, pues no quisiera que el párroco de San Gil te tomara por un pordiosero. En esta bolsa hay unas monedas para atender a la compra de la ropa y a tu comida y alojamiento durante el viaje.
- ¡Gracias, Señor¡. No sé como agradeceros vuestra generosidad, si no es pidiéndole a Dios Nuestro Señor que os cubre de bendiciones.
- Me mostrarás tu agradecimiento cumpliendo fielmente lo que te he ordenado. Si no lo hicieres así, recuerda que tu mujer y tus hijos dependen de mi ayuda.
- Cumpliré. mi Señor, aunque en ello me vaya la vida, pues se trata de la de mi familia.
- Pues no hablemos más y parte ya.
Leopoldo López le entregó una bolsa de cuero con dos cartas lacradas, una dirigida al párroco de San Gil pidiéndole que hiciera llegar la otra carta a su familia y que esperara respuesta, y que si esta era una bolsa de dinero, que se la entregara a su mensajero, que era hombre de su total confianza.
Era el sábado 16 de marzo, festividad de San Ciriaco y la luna estaba en cuarto creciente. No era buena noche para viajar.
-Partiré al alba, - decidió Lupicinio.
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