martes, 5 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XVIII (06.02.2013)


El grueso portón giró sobre sus goznes dejando ver un pequeño patio en medio del cual crecía un naranjo. En el lado izquierdo del patio, una estrecha escalera de piedra se perdía en la penumbra bajo un techo abovedado. En el derecho, un portón de arco
ojival entreabierto permitía suponer que eran los alojamientos de los soldados y servidores de la casa torre solar de los Señores de Ayala. De frente, subiendo tres escalones de piedra, un luminoso y amplio patio de forma cuadrada, que podría ser el de Armas. Un soldado vestido con pellote cuartelado en gules y sable, los colores del Señorío, y espada colgando del cinto, preguntó:
-¿Quiénes sois y qué queréis?
- Soy Iñigo Aldai, capitán de Don Diego López, Señor de Vizcaya, con un mensaje del Rey de Castilla para el Señor de Ayala ,y este es mi escudero.- contestó.
-Aguardad un instante, Capitán.
Y mirando hacia donde suponían que estaban los alojamientos, gritó:
- ¡ Puerta¡
Enseguida salió por aquella puerta entreabierta otro soldado con la misma vestimenta que el primero, pero debía ser de más rango, pues llevaba sobre el cuartel superior izquierdo dos lobos negros bordados, uno encima de otro. Eran las armas del Señorío.
Identificó el escudo sobre la sobrevesta del capitán. También era dos lobos negros uno sobre el otro, pero con corderos entre sus fauces. Era, seguro, del colindante Señorío de Vizcaya.
El Capitán se volvió a identificar y a solicitar ver al Señor de Ayala pues traía un mensaje del Rey que habría de darle personalmente.
- Acompañadme entonces, Capitán. Tu, muchacho, lleva el caballo de tu Señor y el tuyo a ese edificio que habréis visto a la derecha del camino, antes de pasar el puentecillo. Son las caballerizas; allí los atenderán.
El capitán Aldai siguió al oficial por la estrecha escalera de la izquierda que llevaba a las estancias superiores de la casa-torre. La primera era una sala grande, de forma rectangular y techo de cañón, muy alto, tanto que parecía ser la única separación entre la sala y el exterior. El suelo era de baldosas de barro cocido, y a lo largo de la pared de la derecha , colocados en sus astas, había más de una decena de pendones.
Sobre la pared del fondo colgaba el pendón de los Ayala: en campo de plata dos lobos de sable, uno sobre otro, sacando las lenguas de gules, puesto en palos sobre campo de plata, con bordura de gules con ocho aspas de oro.
Bajo el pendón, en el sitio principal, había una silla de piedra con un cojín rojo. Un atril de madera a la derecha que sería para el escribano y a la izquierda de la silla, había un banco de piedra más largo colocado lateralmente, seguramente para los asesores
del Señor de Ayala cuando celebraban sesiones en aquella sala.
La escalera que llevaba a la segunda planta era de madera y daba a las dependencias privadas del Señor.
El oficial le indicó a Iñigo Aldai que aguardara en la sala.
Hurtado Sáenz de Salcedo era un hombre corpulento, de aspecto rudo y modales que se correspondían con su aspecto.
Entró en la sala y sin decir palabra fue directamente a sentarse en la silla de piedra. El oficial que lo había acompañado se quedó en la puerta.
- ¿Así que un caballero vizcaíno me trae un mensaje del Rey de Castilla?.¿Ya no le quedan caballeros a Don Alfonso?. Decidme pues qué mensaje es ese, que importante debe ser, pues tan lejos os ha traído.
- Nuestro Rey- replicó el Capitán- tiene muchos y buenos caballeros, de cuyo valor dieron buena prueba frente al musulmán en los llanos de Tolosa, así como los de mi Señor Don Diego López, de quien fue la sugerencia a nuestro Rey de enviarme ante
vos y así poder trasmitiros también su personal afecto.
No le había gustado el comentario hecho por el Señor de Ayala. 

Había esperado encontrarse con un hombre con los modales propios de un rango tan alto como el suyo. No sabía como iba a tomar la petición de colaboración que le iba a hace a
continuación, por lo que, por si acaso no era la esperaba, decidió que para evitar que tuviera que rectificar una hipotética negativa que podría hacerle sentirse humillado ante un caballero del Señoría de Vizcaya, le iba a mostrar la carta del Rey.
-Señor, permitidme que os muestre la carta mediante la que Su Majestad solicita – suavizó el término, aunque hubiera preferido decir que exige- a todos sus leales súbditos su colaboración para llevar a buen término la misión sobre la que, si me lo permitís, a continuación os informaré.
Iñigo Aldai le mostró la carta real que Hurtado Sáenz de Salcedo leyó con el ceño fruncido. Sólo comentó al finalizar su lectura que muy importante debía de ser para el Rey o el Reino lo que el Capitán tenía que hacer para darle toda aquella autoridad.
Era una aceptación forzada. El Señor de Ayala acataba, pero no le gustara que un simple capitán tuviera, aunque solo fuera para un asunto concreto, una autoridad a la que él tenía que someterse.
- Adelante Capitán. Decidme para qué asunto solicita Su Majestad mi colaboración.
El Capitán le contó como después de haber sido llamado por el Rey y habiéndole destacado la importancia que para el Reino tenía la misión que le iba a encomendar, le encargó a Don Diego López de Haro que le diera los detalles necesarios para llevar a cabo la misión. Esta consistía, básicamente, en desplazarse hasta el Señorío de Ayala para localizar y llevar a Toledo a un campesino de ese Señorío, cuya fama de ser un hombre de extraordinaria fortaleza había trascendido y llegado a los oídos de Don Diego y que había despertado el interés el Rey. Que el nombre de tal campesino era Fabián de Mariaca, del lugar de Amurrio. Que la orden era, como había podido leer en el carta real, llevarlo de grado o por fuerza y que en el cumplimento de ese objetivo debía obtener la colaboración en los términos contenidos en el propio
documento.
-¿Qué interés pensáis que puede tener en Rey en ese Fabián de Mariaca, de cuyas proezas también he oído hablar?- pregunto el Señor de Ayala.
- Lo desconozco, Señor. Su Majestad sólo destacó que era muy importante para el Reino que le llevara a Toledo- contestó.
-Ya me lo habéis dicho; no hace falta que lo repitáis. Pero no veo la razón por la que la presencia de un campesino en Toledo sea tan importante para el Reino. Si se tratara de algún noble con su tropa, lo entendería, sobre todo porque supongo que el Rey de Castilla iniciará para la primavera nuevas incursiones hacia el sur hasta echar al mar al mulsulmán, pero… un campesino, y por el hecho de ser extraordinariamente fuerte tal como dicen…. es, sin duda, algo desconcertante y anómalo.
El Capitán se guardó su opinión sobre el caso. Él obedecía las órdenes recibidas y no cuestionaba los motivos, salvo que pudieran ir en contra de su conciencia como cristiano y caballero, así que eludió entrar en el terreno de las valoraciones.
- Señor, dado que desconozco esta tierra y el lugar de Amurrio, os ruego que tuvierais a bien indicarme como llegar hasta él y así poder localizar al campesino.
- Dos soldados os acompañarán y escoltarán vuestro regreso hasta aquí con el campesino. El lugar de Amurrio está a menos de una legua y llegaréis pronto.
¿Cuándo deseáis ir, Capitán?
- Tan pronto sea posible, pues aun es media tarde y estando tan cerca como decís, probablemente pueda regresar al atardecer.
- El Señor de Ayala hizo una señal al oficial que seguía en la puerta, que se acercó.
- -Dispón dos hombres a caballo que acompañen al Capitán y le sirvan según sus deseos- le ordenó.
- ¡En seguida Señor¡ - y haciendo una reverencia se retiró con paso rápido.
- Dejaré ordenado que me avisen de vuestro regreso, pues quiero ver que tiene de excepcional ese campesino- se despidió el V Señor de Ayala.
El Capitán, seguido por Lucas, seguía a los dos soldados armados a caballo. Pronto llegaron al alto del lugar de Respaldiza iniciando la bajada hasta el puente de piedra que permitía cruzar el rio Izoria , desde donde subieron hasta el alto de Zaraobe, a cuyos pies divisaron el valle de Amurrio y los barrios y aldeas diseminados por él.

Entraron en Amurrio por el barrio Elejondo y pasaron por delante de la ermita de San Antón de Armuru, en cuya explanada había nacido la fama de Fabian de Mariaca; siguieron al galope y cruzaron el Nervión por el puente en el barrio de Ugarte y allí
tomaron un sendero que les llevo encima del barrio de Abiaga, donde tomaron el camino que les llevaría al caserío de Mariaca. Era pendiente y tuvieron que aflojar el paso.
El Capitán estaba excitado ante la proximidad de lo que sería el final de su viaje.
También sentía curiosidad por conocer a aquel Fabián de Mariaca que tanto interesaba a su Rey. Debía de ser un hombre extraordinario para que su presencia en Toledo fuera considerado asunto del Reino. Lucas, que ignoraba el motivo del viaje, solo pensaba en la cantidad de lugares que estaba conociendo y lo interesante de aquella profesión de escudero que hacia que cada día fuera totalmente distinto al anterior, y no como los que transcurrían en el molino de su padre a quien, reconoció,
echaba de menos así como a su madre. La ladera del Goicomendi por la que subían, era un frondoso boque de robles en el que los jabalíes no debían de escasear y puede que hasta ciervos hubiera.
El agua corría camino abajo sobre aquel suelo arcilloso que formaba un barro rojo oscuro que se pegaba a los cascos de los caballos. Se veían cultivos en el valle y de algunos barrios salían volutas de humo que se perdían en el cielo. Miraran donde
miraran, el color predominante era el verde, sólo roto en medio del valle por la zigzagueante línea plateada del río Nervión recorriéndolo de sur a norte.

A medida que subían, la pendiente se iba haciendo cada vez más suave. El bosque terminó bruscamente dando paso a una extensa pradera casi llana, dominada desde su parte más alta por una casa de piedra con un pequeño cobertizo en su cara norte y unas parras que se extendían por la fachada principal. Un poco más lejos, casi en el borde de la pradera, había otra construcción que parecía ser una cuadra y un aprisco cerrado delante. Vieron también un enorme nogal y dos higueras próximas al cobertizo anejo a la casa y el brocal de un pozo un poco más allá con un abrevadero de piedra.
-Esta es la casa de Mariaca, dijo uno de los soldados volviéndose hacia el capitán Aldai.
Del corral les llegaba un fuerte olor animal.
-Huele a ovejas- dijo Lucas. Ese olor es de los excrementos y orines .
La casa parecía estar vacía. Iñigo Aldai empezó a temer que el trayecto hubiera sido en vano y que tuviera que volver al día siguiente.
Oyeron el ladrido de perros muy cerca, hacia el sur.
Lucas, conocía muy bien el ladrido de los perros pastor, pues no en vano vivía en una zona de pastoreo de ovejas.
-Son perros dirigiendo el rebaño, Señor- le dijo al Capitán- y parece que lo traen hacia aquí.
Miraban hacia donde les parecía que procedían los ladridos sin que pudieran ver el rebaño, pues a poca distancia terminaba la pradera y continuaba el bosque. Se distinguía un camino internándose en él por el que seguramente vendría el rebaño, pero lo que apareció fue un perro corriendo y ladrando que se dirigía hacia ellos. Los
caballos, sorprendidos, se encabritaron y a punto estuvieron de dar con sus jinetes en tierra. Consiguieron controlarlos aunque no calmar sus movimientos inquietos. El perro, de pelaje rojo fuego, se plantó ante el grupo sin dejar de ladrar amenazadoramente. Lucas nunca había visto un perro pastor como aquel. Conocía a
los de su tierra, que eran mastines enormes, pero el que el que tenían delante no les llegaría ni a la mitad de su altura.
Enseguida apareció un segundo perro de características similares que se unió a la acción intimidatoria de su compañero. Se oyó un silbido y una voz procedente del bosque y los perros dieron media vuelva internándose por el camino del bosque.
Enseguida asomaron las ovejas que, al internarse en la pradera, se mantenían juntas obligadas por los dos perros que corrían a uno y otro lado del rebaño. Detrás de las últimas, saliendo del bosque, vieron al pastor, un hombre alto y que se adivinaba corpulento, aunque bien pudiera parecerlo así por la pelliza de piel de oveja con la que cubría su cuerpo. Llevaba la cabeza descubierta y tenía una abundante cabellera que le llegaba a los hombros. No se sorprendió al ver a cuatro hombres a caballo plantados delante de la puerta de su casa, ni siquiera al darse cuenta de que tres de
ellos eran hombres de armas.
El rebaño, guiado por los perros hacia el redil, pasó por delante de ellos ante la mirada indiferente de los caballos. Cuando el pastor, que no les quitaba la vista de encima estuvo a unos diez pasos, uno de los soldados le gritó:
- Pastor.¿Puedes decirnos dónde podemos encontrar a Fabián el de Mariaca?
El pastor esperó a estar más cerca para contestar
- ¿Quién desea saberlo?
- Iñigo Aldai, capitán del Rey- le respondió el soldado.
- Yo soy ese Fabián por el que preguntáis,- respondió. Permitidme que encierre mi rebaño y os atenderé gustoso.
- Date prisa entonces- le dijo de forma poco amable el soldado, más acostumbrado a dar órdenes para que se cumplieran al momento, que a la comprensión.
Fabián ni le miró. Siguió con su rebaño hasta el redil, abrió la puerta de la cuadra y después de verificar que sus dos bueyes estaban bien, salió cerrando la puerta del establo y la el redil.
-Bien Señores. ¿Podéis decirme para qué me busca el Capitán del Rey?- preguntó.
-Yo soy el capitán Iñigo Aldai, caballero del Señoría de Vizcaya, al servicio del Rey de Castilla- se presentó- y deseo hablar contigo en nombre del Rey.
- Pues desmontad y entrad en la casa, Señor Capitán, que seguramente os apetecerá echar un trago de chacolí o de leche de mis ovejas. A vuestros acompañantes, si me lo permitís, les sacaré una jara de chacolí para que se la tomen sentados bajo la
parra. Si lo necesitan pueden dar de beber a los caballos en el abrevadero.
Fabián y el Capitán entraron en la casa. Fabián le invitó a sentarse mientras llenaba dos jarras de barro con chacolí de una barrica de roble colocada sobre una gran losa que sobresalía de la pared. Cuando hubo servido al Capitán y dado la jarra y vasos a Lucas y los dos soldados, se sentó frente a Iñigo Aldai y, sin preámbulo alguno, le preguntó.
-Decidme Capitán ¿para qué o por qué me buscáis en nombre del Rey?
- Mi Señor, Don Diego López, Señor de Vizcaya y Abanderado del Rey, ha oído decir que posees una fuerza mayor que la de cualquier hombre que se haya podido conocer y, por razones que desconozco, el Rey, informado por Don Diego, me ha enviado a
buscarte para que te lleve ante su presencia, a Toledo. Es todo cuanto te puedo decir por muy extraño que te parezca, y para que no tengas duda alguna al respecto, he aquí al mandamiento real para que te lleve donde te digo.
El Capitán le enseño la carta del Rey.
-No sé leer, Capitán- dijo.
-Entonces os la leeré yo. El Capitán le leyó la carta y le mostró el sello del Rey.
-Señor Capitán. A gusto os acompañaría a Toledo, pero decidme ¿quién se va a ocupar de mis ovejas, de mis perros y de mis bueyes durante mi ausencia?. Aunque sólo fuera ir, presentarme ante el Rey y volver, serían no menos de quince días y en ese tiempo mis ovejas se morirían de hambre si la dejo en el redil o se las comerían los lobos si las dejo en el monte. Los bueyes necesitan que se les dé comida a diario y que se les reponga el agua cada dos o tres días. Decidme ¿ cómo puedo evitar la
ruina de mi hacienda y servir al Rey al mismo tiempo?. Me temo, Señor Capitán que sin solución a ese problema, tendré que solicitar amparo ante mi Señor Don Hurtado Sáenz de Salcedo, Señor de Ayala.
- El interés del Reino está por encima del individual, pero nuestro Soberano, al que llaman el Noble, haciendo honor a tal título otorgado por su pueblo, de ninguna forma podía permitir que por servirle perdieras tu hacienda. Contrata un hombre de tu confianza para que se ocupe de atender tu casa mientras estés fuera, que yo te proveeré de los dineros necesarios que para ese fin me ha entregado Nuestro Señor. Y respecto de tu Señor de Ayala, por cuya sede he pasado previamente, está informado de los deseos del Rey. Además, tiene interés en conocerte, por lo que, si
accedes a acompañarme de buen grado a Toledo, esta noche sólo me quedaré yo aquí con mi escudero Lucas y despacharé a estos dos soldados. Mañana por la mañana, te encargarás de contratar a quien desees y por la tarde nos iremos al lugar de tu Señor desde donde partiremos hacia Toledo con el amanecer del día siguiente.
- Siendo tal como decís, Capitán, dispuesto estoy a seguiros hasta Toledo, pues tan intrigado estoy por lo que el Rey pueda querer de mí, como, por lo que me habéis contado, podéis estarlo vos.
El Capitán salió y ordenó a los dos soldados, que con Lucas ya habían dado buena cuenta de la jarra de chacolí, que regresaran a casa de su Señor, y que le comunicarán que él iría mañana por la mañana.

Los soldados montaron con alguna dificultad y se marcharon. Lucas seguía sentado, con la mirada medio perdida sobre Sierra Salbada. Eran los efectos de aquél vino blanco que llamaban chacolí, de sabor ligeramente ácido, fresco y fácil de beber.
- ¡Lucas¡ llamó el Capitán, ¡Desenjaeza los caballos, que esta noche nos quedamos en este lugar¡
- Voy, Señor,- contestó con voz pastosa el futuro escudero. Se levantó y, con más voluntad que fuerzas, empezó a ocuparse de lo que su Señor le había mandado.
Cuando terminó, entró en la casa donde Fabián esta preparando la cena para él y sus huéspedes. Preparó carne de cordero que conservaba en salazón y para él calentó su habitual potaje de habas. Comieron pan de centeno, cuyo sabor agradó al Capitán y a
Lucas, y acompañaron la cena con más chacolí, aunque Lucas ni lo cató. Fabián les contó que ese vino se hacía con uvas verdes y que procedían de las parras que habíadelante de la casa y que lo hacía el mismo, así como el delicioso queso de oveja que tomaron después de la carne.
Terminada la cena, el Capitán se interesó por la forma de vida y costumbres de las gentes de aquel valle a los pies de su caserío. Fabián le contó como la gente del valle de Amurrio vivía de la agricultura cultivando fundamentalmente centeno, habas,
nabos, calabazas y otros productos hortícolas, y de la ganadería que era mayoritariamente de ovejas de la que obtenían abundante lana, leche y carne.
Algunos vecinos tenían también algunas vacas y bueyes. Él mismo tenía una yunta para las labores del campo. Parte de sus alimentos procedían de los frondosos bosques que rodeaban el valle de donde obtenían abundantes castañas y avellanas.
Lamentablemente, el río que recorría el valle era de aguas ligeramente salobres.
Aunque nacía dulce en Sierra Salbada, al pasar por el valle de Arrastaria adquiría sal de subsuelo, lo que limitaba mucho la variedad de peces de sus aguas. De hecho sólo había loinas, bermejuelas y anguilas. Los días de mercado llegaban algún
pescadero con pescado de los cercanos puertos vizcaínos y, en alguna ocasión también llegaban del puerto de Castro Urdiales. Iñigo Aldai sabía de la villa de Castro Urdiales aunque nunca había estado en ella. Pertenecía a la merindad de Castilla conocida como merindad de Peñas de Amaya fasta el Mar y era una población
importante a la que el Rey Alfonso VIII, estando en la ciudad de Burgos, había otorgado el título de Villa a través de fuero de Logroño casi 50 años antes.

Fabián le habló también sobre las costumbres locales, especialmente aquellas en las que se probaba la fuerza de los hombres cargando con pesas y que allí llamaban
txingak, el levantamiento de piedra o harrijasoketa y el idi probak que era el arrastre de piedra con bueyes.
Finalizada la velada, Fabián les alojó en sendos camastros sobre colchones de lana de oveja, en la misma planta baja de la casa donde también él dormía. La parte alta la destinaba al almacenamiento del grano y hierba seca, para secar los pimientos y colgar las riestras de cebollas y habas, pues allí estaban a salvo de los ratones.
Tanto al Capitán como a Lucas, Fabián les causó una buena impresión. Era un hombre sin malicia, de mirada limpia y extrovertido. Estas cualidades unidas a la fama de su fuerza, que Iñigo no había podido comprobar ni sobre ella quiso preguntarle,
hacían que su curiosidad por saber el interés del Rey por él, se hacía aún mayor.
Cuando se levantaron, Fabián ya estaba echando hierba a los bueyes y esparciéndola por el redil para las ovejas. Ese día permanecerían en el redil. Los perros iba desconcertados de un lado a otro al no ver salir a las ovejas.
Fabián entró en la casa y les ofreció el desayuno que, para él y como siempre, consistía en las habas que había dejado intencionadamente por la noche, pues ya, en unos cuantos días, no volvería a cocinarlas. El Capitán y Lucas desayunaron queso
con pan de centeno.
Lucas enjaezó los caballos y tan pronto Fabián cerró la casa y ordenó a los perros que se quedaran, salieron camino abajo, el Capitán en su caballo y Lucas en el suyo con Fabián a la grupa, cargando sobre sus hombros un saco de notables dimensiones.

Cuando llegaron al barrio de Abiaga, Fabián les dijo que tenían que parar, pues allí vivía un conocido suyo a quien contrataría para hacerse cargo de su casa. Desmontó y entró en una de las casas. Salió al cabo de un rato acompañado de un hombre y dirigiéndose al Capitán le dijo que aquel hombre se encargaría de sus labores y que lo había contratado por tres sueldos diarios y que como no sabía cuantos días iba a estar fuera, que le daba a cuenta cincuenta. El Capitán sacó el dinero solicitado de su monedero y se la entregó a Fabián y éste al campesino junto con la llave de la puerta del caserío.
Tras despedirse hasta la vuelta, Fabián montó y salieron en dirección a Quejana.
Llegaron no mucho más tarde. Iñigo Aldai dijo al oficial de la guardia que avisara al Señor de su llegada. Hurtado Sáenz de Salcedo recibió al Capitán y a Fabián el de Mariaca, sintiéndose decepcionado, aunque no lo manifestó muy ostensiblemente. El
esperaba encontrarse a un hombre de una corpulencia descomunal, un auténtico gigante que respondiera a lo que se decía de su fuerza y, el que tenía delante era un hombre fuerte sí, de estatura algo superior a la normal, pero… no era lo que se había imaginado, así que perdió el interés por la visita.
- Bien, Capitán, ya tenéis lo que el Rey os mando buscar; que tengáis un buen viaje y saludad a Don Diego de mi parte.
- Así lo haré Señor, pero quisiera pediros prestado un caballo para Fabián, pues es un viaje muy largo para ir montado con mi escudero. Fabián, cuando regrese, os lo devolverá.
No le gustó la petición al Señor de Ayala a juzgar por la mueca que hizo, pero recordaba la carta del Rey y, aunque un caballo era un bien muy preciado además de caro, ordenó al oficial que esperaba en la puerta para acompañar a los visitantes, que entregara un caballo con sus arneses al Capitán.
El Capitán estaba deseando partir, tanto por lo que deseaba volver a ver a Marta, como porque estaba convencido de que no era persona grata para el Señor de Ayala.
Hicieron la subida por Óceca hasta Peña Angulo, que se encontraba con niebla, por lo que tuvieron que ir bordeando los acantilados de Sierra Salbada con mucho cuidado.
Ya una vez que se alejaban del monte Santiago bajando a Berberana, la niebla se iba haciendo más tenue hasta desaparecer dejando ver un cielo limpio y soleado.

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