lunes, 4 de febrero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XVII (05.02.2013)
Ya había obscurecido cuando el secretario de Alonso Carril llamó a la puerta del comerciante. Fue recibido de inmediato por su Señor que se encontraba cenando con Antonio Díaz y que le apremió para que le diera noticias.
El secretario le informó que tal como le había ordenado, había visitado a cada uno de los procuradores de Tierra solicitándoles su adhesión mediante firma a la carta que los comerciantes más importantes de la Comunidad iban a enviar a Don Diego López,
y que se habían adherido todos menos el de Hontalbilla quien le había dicho que aunque no compartía las formas que se habían empleado para la detención del Regidor, lo que había presenciado durante la montería no le permitía decantarse por nadie, ya que tenía muchas dudas y preguntas a las que no encontraba respuesta.
- En un contratiempo notable- dijo contrariado Díaz. Si la petición no es unánime, Don Diego podría no tenerla en cuenta.
- Es preciso que firme el de Hontalbilla- se enfureció Alonso Carril, pues parecía dado a compensar su baja estatura con arrebatos de furor, al contrario que su cómplice, que era cerebral y de mente muy retorcida. -Tendremos que hacer algo para
convencerle. Dejadme la lista de contribuyentes con pago aplazado por el Alcaide. Veamos su situación.
Examinaron la lista, que no era de morosos, sino de pagos aplazados autorizados por el Alcaide, pero muerto éste ¿quien podría demostrarlo? Allí figuraba el nombre de
Cipriano Rodríguez y anotada a la derecha del nombre, una cantidad: 820 sueldos de cobre. Era una cantidad no excesivamente elevada, pero suficiente para crearle un
problema si se le exigía su pago inmediato y, lo suficientemente tentadora como para aceptar conseguir su condonación a cambio de una firma.
Les pareció una buena forma de conseguir la firma del de Hontalbilla. Primero le ofrecerían conseguirle la condonación de la deuda y si no aceptaba, le advertirían que no pondrían impedir que le exigieran su pago inmediato.
Alonso Carril le dijo al secretario que se fuera a dormir y que al amanecer cabalgara hasta Hontalbilla y le volviera a pedir la firma al procurador. Si este seguía en su postura, primero le comentaría lo de la condonación y si aún así se negaba, que pasara a la advertencia del cobro inmediato, claro que si se llegaba a ese extremo, Cipriano Rodríguez seguramente argüiría que al Alcaide había autorizado el aplazamiento. Si eso se producía, el secretario debía decirle que en tanto no hubiere nuevo alcaide, sería el Regidor, que había sido librado de su encierro, quien asumiera
temporalmente sus funciones y que lo haría según mejor conviniera a los intereses de Don Diego López.
Poco antes del mediodía, regresó el secretario. Se quedó pálido cuando vio al Regidor sentado en compañía de su Señor y de Antonio Díaz.
- El Procurador no había cambiado de opinión- informó.
Máximo Paniagua estaba con los nervios a flor de piel. Cuando se incorporó a su puesto dudó si mirar o no por la trampilla de la puerta de la celda. Tenía curiosidad y miedo al mismo tiempo; al final pudo más aquella y vio la celda vacía. Tragó saliva.
Enseguida vendrían de la cocina con la comida y se descubriría la fuga. Temblaba.
Llegó una de las mozas y tras saludar a Máximo, le dejó la comida del Regidor encima de un pequeño taburete de madera. Máximo correspondió al saludo de la moza y comentó el buen aspecto que tenía la comida, mientras metía la llave en la cerradura de la puerta. Ya le temblaban hasta las rodillas. Se acercaba el momento crítico.
Abrió la puerta.
-Señor Regidor, vuestra comida- anunció
- ¡Dios santo¡¡Aquí no hay nadie¡- gritó.¡ No es posible¡
La moza de la cocina entró en la celda.
- Pero ¿qué dices?. ¡No es posible¡.Si tu acabas de abrir la puerta y no ha salido exclamó la moza
- ¡Pues ya ves que no está¡. Voy a dar la alarma al oficial. Tú espera aquí para que se lo cuentes también – le dijo, y salió corriendo. Era consciente de lo que se estaba jugando y no podía quitarse el miedo de encima.
Informó al oficial de la guardia que al principio no le creía. Al insistir Máximo y poniendo a la moza de la cocina como testigo, el oficial empezó a pensar que podía ser verdad.
- ¡Vosotros dos, venid conmigo¡.Y dí a los de la puerta que cierren el portón y que no salga nadie de la ciudadela, sin identificarlo-ordenó.
Máximo le contó que abrió la puerta para pasarle la cocina y que entonces se dio cuenta de que no había nadie, tal como había comprobado también la moza de la cocina.
- ¿Es así como dice? le preguntó Pergentino.
- Tal cual lo cuenta, que yo misma estaba con él cuando abrió la puerta.
- Pues alguien ha tenido que abrirle la puerta durante la noche, lo que quiere decir que ha tenido que ser alguien de la ciudadela o de la villa que se haya quedado escondido después de cerrar las puertas. Pero ¿cómo han podido conseguir las llaves si por la noche quedan en el llavero del cuartel y allí hay dos guardias de servicio? A menos que… Dejó la frase en suspenso y miró fijamente a Máximo. Este tragó saliva.
- A menos que… la puerta de la celda quedara abierta antes de dejar las llaves en el cuartel. ¡Dime, Máximo¡ ¿Cuándo abriste ayer la puerta por última vez?
- Pues… pues cuando vino la visita- respondió.
- Y ¿seguro que al marcharse cerraste con llave?
- Si, seguro, como siempre, como con la visita del miércoles,- contestó.
- ¿Seguro?-insistió
- Sí, estoy seguro- replicó.
- Bien,- concluyó el oficial. -Iré a informar a la Señora y mientras vosotros con otros dos, registrad la ciudadela, aunque me temo que el Regidor estará en cualquier lugar menos por estos pagos. Tú, Máximo, ven conmigo.
El corazón de Máximo estaba a punto de salírsele del pecho. No sabía si podría aguantar más. A duras penas controlaba las ganas de orinar.
Se fueron los soldados. En la cocina ya se conocía la noticia de la fuga del Regidor.
Máximo siguió al oficial. Antes de entrar en la Torre para informar a la Señora, Pergentino se detuvo; se volvió hacia Máximo y le espetó:
-Máximo, me duele tener que decirte esto, porque te conozco hace mucho tiempo y te tengo por buena persona, pero sólo has podido se tú. Sé que no lo has hecho por tu cuenta o por simpatía hacia el Regidor, sino porque alguien se aprovechado o de tu necesidad o de tu ingenuidad, así que cuéntamelo todo y seré comprensivo e
intercederé por ti ante el Capitán cuando regrese dentro de unos días. Si no me lo cuentas y me haces perder el tiempo averiguándolo, me aseguraré de que ocupes la celda del Regidor durante varios años.¡ Ya veremos entonces quien da de comer a tus hijos¡
Era más de lo que Máximo Paniagua podía soportar. Nada le afectaba tanto como lo concerniente a sus hijos. Se desplomó.
Le contó al oficial la conversación con Antonio Díaz, como le metió el miedo en el cuerpo con lo de ser considerado un colaborador, el ofrecimiento de una dobla de oro, las condiciones y cómo se había producido la fuga. No sabía nada más.
-No me equivocaba,- dijo el oficial. Se han aprovechado miserablemente de tu necesidad. Ya veremos como solucionamos el problema que te has buscado cuando venga el Capitán. Ahora vete al cuartel y únete a tus compañeros en el registro de la
ciudadela y no comentes nada de esto que hemos hablado. Yo voy a informar.
Marta estaba desolada. El Padre Gumersindo, preocupado. Con el Regidor libre, todo se les ponía más difícil. No podían imaginar quién tendría interés en liberar al Regidor.
Eso aumentaba su preocupación. Tenían miedo a lo que pudiera hacer el Regidor.
Podría ir al Rey y predisponerle en contra del Capitán o incluso tenderle una emboscada cuando regresara del Norte y simular otro accidente… ¡ quién sabe lo que podría hacer¡
La noticia no tardó en saltar de la ciudadela a la villa y de ésta a las poblaciones de la Comunidad. Cuando Cipriano Rodríguez recibió la noticia, montó a caballo y al galope se dirigió a Cuéllar.
Había agitación en la ciudadela. El oficial, después de haber informado a la Señora, había ordenado abrir otra vez las puertas de la muralla convencido de que el Regidor no estaba en la ciudadela, y muchos curiosos, sin otra cosa que hacer, habían acudido al recinto en busca de detalles para contar después a sus vecinos.
El Procurador de Hontalbilla, reunido con Doña Marta y el Padre Gumersindo, les informó sobre cómo Alonso Carril había tratado de coaccionarle con lo de los impuestos para que firmara la carta dirigida a Don Diego y como el Regidor se iba a hace cargo de la gestión de los tributos anulando a capricho los aplazamientos
concedidos por el Alcaide.
Doña Marta le pidió al Padre Gumersindo que ordenara al oficial de la guardia que se impidiera la entrada, por la fuerza si fuera necesario, del Regidor o sus alguaciles a la ciudadela hasta que el capitán Iñigo Aldai regresara de su misión.
Las dos únicas visitas que había tenido el Regidor, fueron las de Antonio Díaz y Alonso Carril el miércoles y la de Antonio Díaz el jueves. Era evidente que ambos estaban detrás de la fuga del Regidor. El eslabón que los unía al Regidor era la carta que en su defensa y apoyo querían que firmaran los Procuradores y el intento de soborno primero y la amenaza después al de Hontalbilla por negarse a ello.
Ya tenían las pruebas que tanto estaban necesitando para, por si fuera necesario, ayudar al Capitán a desenmascarar al Regidor ante el Rey. Marta estaba exultante porque su amado Capitán ahora tendría pruebas más que sobradas para ello. Se sentía casi feliz. Para serlo plenamente solo le faltaba que él estuviera allí.
Llamó al escribano a quien el padre Gumersindo dictó un amplio informe dirigido a Don Diego López sobre lo ocurrido y aportando el testimonio del procurador de Hontalbilla sobre las maniobras, así como sobre las extrañas circunstancias de la
muerte del Alcaide. Doña Marta firmó la carta, la cerró estampando el sello del Alcaide en el lacre, y despachó un mensajero urgente a Toledo con la orden de entregar el documento en mano a Don Diego López de Haro.
Tañían las campanas de San Esteban. Doña Marta invitó al Procurador de Hontalbilla a quedarse en el castillo aquella noche. Tanto ella como el Padre Gumersindo le estaban agradecidos. Habían sido la respuesta a sus plegarias.
Durante la cena acordaron que lo más conveniente era mantener en secreto la información que Cipriano Rodríguez les había facilitado y dejar que el Regidor, escondido en alguna parte, probablemente en casa de Díaz o Alonso Carril, no se
atreviera a salir a la calle, al menos durante los primeros días, por temor a ser detenido por los soldados del castillo, superiores en número y armamento a los alguaciles, con lo que ganaban tiempo hasta la llegada del capitán Aldai. Tampoco debía enterarse el Regidor o sus cómplices de la visita del Procurador de Hontalbilla,
por lo que debería volver a su casa sin ser visto saliendo de la ciudadela. Para ello Doña Marta mandó un sirviente a buscar al oficial de la guardia, a quién recibió en el mismo comedor donde cenaban.
-Pasad, Pergentino, pasad – le invitó Doña Marta.
Pergentino Menéndez, el oficial jefe de la tropa del castillo, al servicio de su Alcaide, sintió un regustillo de emoción al ser llamado por su nombre por la Señora y ante otras personas. En todos sus años de servicio en el castillo, esta era la segunda vez que accedía a los aposentos nobles de la Torre del Homenaje donde vivían los Señores.
- Me habéis mandado llamar. Decidme Señora cómo os puedo servir.
- Sois un buen oficial y un hombre leal al castillo. Necesito que nos prestéis un nuevo servicio que sólo os puedo confiar a vos, pues es asunto delicado y atañe a la seguridad del castillo. El Señor Procurador de Hontalbilla, aquí presente, debe salir secretamente de la ciudadela. ¿Creéis que sería posible? Y, si así fuera ¿ os
ocuparíais vos personalmente de ello?
- Señora, me siento honrado con vuestra confianza. Descuidad que el Señor Procurador saldrá de la ciudadela tan invisible como un fantasma, Pero hemos de aprovecharnos de la oscuridad pues supongo que necesita llevarse su caballo.
- Así es.¿Qué proponéis entonces para ese fin?- pregunto Doña Marta.
Les dijo que el haría una ronda por las puertas de la ciudadela y que en la de Santiago, que era la más alejada y difícil de ver desde el cuartel, donde, como en el resto de la puertas, por la noche quedaba un centinela de guardia, le diría a éste que bajara un momento al cuartel, ya se le ocurriría una excusa para ello, quedando la puerta libre para que por ella saliera el Procurador, pero que debía hacerlo a pie y previamente haber forrado con un trapo los cascos de su caballo para amortiguar el ruido de las pisadas sobre las piedras del camino hasta perderse en la oscuridad. Para cuando el centinela volviera, la puerta estaría cerrada y el Procurador ya estaría lo suficientemente lejos como para no ser oído. Habían de acordar el momento y que, en
su opinión, debería ser bastante pasada la media noche. A esas horas no habría riesgo de que en la villa hubiera alguien levantado en vela y como hasta el próximo martes había luna llena, el Síndico no tendría problemas para cabalgar de noche.
- De verdad que sois un hombre inteligente, – le halagó la Señora.
Pergentino sintió un cosquilleo de orgullo por todo su cuerpo. Estaba poco o nada acostumbrado a que se le reconocieran sus cualidades, pues aunque el Alcalde siempre le había tratado con deferencia, nunca hasta el extremo de alabar su inteligencia. ¡Qué buena Alcaidesa sería la Señora¡, pensó.
Acordaron que él, cuando considerara que era el momento oportuno, haría una señal con la antorcha desde la puerta de Santiago, puerta que se podía ver desde la parte posterior de la Torre, y ese sería el momento en el que el Procurador con su
caballo preparado tal como había sugerido y ocultándose en las sombras que proyectaban la Torre y la murallas iluminadas por la luna llena, bordearía éstas hasta llegar a la puerta.
Lo hicieron tal como lo había planeado el oficial, que tan pronto el Procurador hubo salido por Santiago, cerró la puerta con la tranca quedándose a la espera del regreso del centinela a quien había mandado a buscar una antorcha nueva, pues la que allí había estaba ya muy consumida.
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