domingo, 24 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez

CAPITULOS XVII y XVIII (25.02.2013)

CAPITULO XVII

Oono estaba preparando lo necesario para continuar su aventurado viaje hacia el sur. Había permanecido en el castillo más tiempo de los tres días inicialmente previstos y la razón era que se encontraba muy a gusto entre aquellos a los que consideraba sus amigos. Se sentía querido y respetado y eso le gustaba. Las horas pasadas con Lucas y su insaciable curiosidad por las costumbres de aquellas tierras tan lejanas de las que procedía Oono, y que ni siquiera era capaz de imaginar, habían sido deliciosas y, al mismo tiempo, dolorosas pues  le obligaban a recordar lo ocurrido el día de su secuestro. La amistad manifiesta tanto de Iñigo Aldai como de su esposa le compensaba de parte de los infortunios pasado. Incluso el sacerdote que era el hombre de confianza del Capitán, le había caído bien y había tenido el detalle de no tratar de convertirlo a su religión. Era una muestra de  respeto que agradecía.
Lucas le había pedido insistentemente que no se marchara tan pronto, que esperara a después del verano  y así también podría adiestrarle en el  manejo de la espada y la pica.
Oono estaba decidido a partir y aunque le dolía tener que despedirse de tan buenos amigos, la necesidad de saber qué había ocurrido con su familia y aldea era muy superior al deseo de quedarse.
Caminaba con Lucas camino de la herrería  para recoger un alfanje que el herrero se había ofrecido  forjarle cuando Lucas le contó su historia y su relación con el Alcaide.
A Oono le gustaba más ese sable corto y curvo con filo a un solo, arma característica del soldado musulmán, más que la espada recta de media mano que utilizaban habitualmente los cristianos.
El herrero había hecho un magnífico trabajo. Era un arma espléndida, y manejada por Oono, sería letal en  un combate.
Cuando salía de la herrería se encontraron con el capitán y el Padre Gumersindo que regresan de la reunión del Consejo. Notaron la preocupación en los rostros de ambos.
- ¿Te has fijado en su rostro?- preguntó Lucas- Algo malo ha pasado o está pasando para que el Capitán parezca tan preocupado y fíjate que hasta el padre Gumersindo, que siempre está sonriendo, parece que viene de un funeral.
- Si, eso parece. No han debido de ir  bien las cosas en esa reunión que tenían - comentó Oono.
- No creo que haya sido por eso pues, por lo que yo he oído, en esas reuniones solo se tratan cosas de  pastos y tierras. Ha de ser otra razón, seguro.
- Sea cual sea la causa, hemos de procurar enterarnos, pues yo no quisiera partir  llevándome en el recuerdo esos rostros de preocupación, así que, Lucas,  tu que tienes muchos y buenos conocidos  aquí, procura informarte y después me lo cuentas..
- No será fácil, pero alguna forma habrá de saberlo- dijo Lucas.

Sus indagaciones durante toda la tarde fueron infructuosas. Nadie sabía nada de nada. Que no era  por algo relacionado con la gestión de la Comunidad de Villa y Tierra era seguro- pensaba Lucas – y tampoco era por algo relacionado con la seguridad, pues Pergentino, el jefe de la soldadesca, no sabía de que le estaba hablando cuando le preguntó qué ocurría para  que el Capitán pareciera tan preocupado.

Aquella noche cinco personas pasaron parte de la noche en vela: Marta, a quien su esposo informó sobre las órdenes recibidas del Alférez de Castilla que fue informada por su esposo, el Padre Gumersindo que aprovecho la  vela para rezar pidiendo que no se cumplieran los peores pronósticos, Oono y Lucas desazonados y, el propio Iñigo Aldai pensando  en la mejor forma de actuar.
Desde media mañana del día siguiente, el pregonero de la Villa de  Cuéllar, anunciaba al vecindario que por decisión del Regidor y con la colaboración del Alcaide, cuando oyeran el tañer de las campanas de San Esteban, todos los vecinos, sin excepción, dejarían sus actividades y se dirigirían rápidamente a la ciudadela entrando por las puertas de Santiago y San Martín. Que  quienes así no lo hicieren, se expondrían a ser sancionados por la Autoridad de la Villa, pues se trataba de un ejercicio de entrenamiento en beneficio de la Comunidad.

Cuando uno de los sirvientes contó en el castillo lo del bando que acaba de oír en la Judería, la voz se corrió por la ciudadela y pronto Oono y Lucas se enteraron. No pudieron evitar relacionar  el contenido del bando que la preocupación del Capitán. No había duda; algo grave iba a pasar y  afectaba a la Villa.
Oono coincidía en su análisis con el de Lucas. Hablaría con el Capitán; no podía  partir con la incertidumbre de no saber si sus amigos estaban en peligro y si así era, él retrasaría su partida hasta que el peligro ya no existiera. Era lo menos que podía hacer por aquellos que le habían tratado de igual, que le profesaban afecto y que le habían abierto las puertas de su casa.
El Capitán estaba reunido con el Padre Gumersindo y con Pergentino Menéndez.
- Buenos días, Oono – saludó el Capitán al verle - ¿Deseas algo de mí?
- Perdonad que os interrumpa, Capitán, pero necesito hablar con Vos antes de partir.
El Padre Gumersindo y Pergentino, tras saludar a Oono y sin necesidad de que el Capitán se lo indicara, iniciaron la salida de la sala.
- No es necesario que os vayáis – dijo OOno dirigiéndose a ellos – pues nada de lo que voy a decir os es desconocido.
Iñigo Aldai accedió con un ligero moviendo de cabeza.
- Dime entonces, amigo mío, que deseas  decirme – le invitó a hablar el Capitán.
- Capitán, sabéis que me siento honrado porque me consideráis amigo vuestro, así como que os profeso un gran afecto  y también.  No ignoráis el deseo intenso que tengo de regresar a mi pueblo, algo que podré hacer gracias nuestro común amigo Fabián y a vuestra ayuda. Regresar a mi pueblo es lo que más deseo en este mundo, y la alegría de partir solo se ve empañada por la tristeza de tener que  abandonar vuestra compañía y la de las  buenas personas que viven en torno a vos. Pero  ayer, aunque no os disteis cuenta, pude observar que erais presa de una gran preocupación, por lo que supuse que algo grave había ocurrido y lo mismo
pensó  Lucas. Hoy hemos oído lo que por la Villa se está pregonando y no hemos podido evitar relacionarlo con vuestro estado de ánimo de ayer. Creo que éste no es por  algo grave que haya ocurrido, sino que va a ocurrir y, sabiéndolo, yo no puedo partir. No puedo dejar aquí a quienes tanto me honran sabiendo que el peligro les acecha. Por eso, Capitán, desearía que me hicierais partícipe de esa preocupación y que contarais conmigo, sin limitaciones, para  lo que necesitéis. Solamente cuando ese peligro que presiento haya sido neutralizado, iniciaré el viaje a mi pueblo.
El Padre Gumersindo miraba aquel fornido negro por el que sentía simpatía, con admiración, por sus dotes deductivas y por su generosidad y lealtad con el Capitán. Este sabía de la inteligencia de Oono, pero no sabía que decirle, pues aunque le vendría muy bien contar con Oono en todo lo que se avecinaba, era consciente del deseo de  este de regresar a su aldea africana, y si le contaba lo que se les venía encima, Oono pospondría su partida y eso, a  Iñigo Aldai, le parecía un sacrificio excesivo para un hombre que ya había sufrido demasiado en su vida. ¿Qué hacer? se preguntaba.
El Padre Gumersindo  conocía al Iñigo Aldai lo suficiente como para no saber qué estaba pasando por su cabeza.  Cuando su mirada se cruzó con la del capitán, le hizo un casi imperceptible gesto de asentimiento.
- Mi buen amigo – comenzó el Capitán – has deducido bien. Nos enfrentamos a la posibilidad de sufrir un ataque por parte del ejército del vecino reino de León motivado, por lo que hemos podido saber, por afán de expansión. Esta Villa y su castillo parecen ser  uno de los objetivos y he recibido  órdenes del Alférez de Castilla, a quien bien conoces pues fue quien te protegió y entrenó en Toledo tras tu captura, de hacer frente a ese peligro de la forma que considere más adecuada. Y  en esta reunión – continuó – analizamos la situación y los medios para cumplir nuestra misión. Ayer informé de todo al Regidor y acordamos que en caso de ataque a la Villa, sus vecinos se protegerán en la ciudadela. Ahora bien, agradezco profundamente tu disposición para ayudarnos, pero no puedo aceptar que sacrifiques tu mayor anhelo para participar en una lucha que, resuélvase como se resuelva, a ti en nada te va afectar y, en el peor de los casos, hasta te puede costar la vida. Sé que te ofreces con el corazón  y hace que cada día me sienta más orgulloso de tenerte como amigo, pero …
- Perdonad que os interrumpa Capitán, pues si bien cierto es que el enfrentamiento entre los dos reinos a mí en nada me afecta, no es así cuando en esa lucha están involucrados mis amigos. Sabéis de mis conocimientos con la armas, ya que vos mismo me ofrecisteis entrenar a vuestro soldados. La tropa del castillo no es numerosa y puede que incluso escasa para defender la ciudadela en caso de ataque, por lo que contar con un hombre más, siempre será bueno y es que Capitán, ahora, si mantenéis vuestro ofrecimiento, sí acepto ser preparador de vuestros soldados y de los que deseéis formar. ¿Qué decís Capitán? ¿Me aceptáis como  instructor?
- No puedo negarte ahora lo que entonces te ofrecí, aunque me duele que sea en estas circunstancias, y que ello suponga posponer la realización de tu sueño; pero no puedo negar que un hombre con tu preparación en el manejo de las armas y tu inteligencia, será de gran ayuda. Acepto que seas el instructor de los soldados  y de los que reclutemos entre la población de la Villa con dos condiciones, la primera de las cuales es la de que cuando la situación se normalice, no perderás ni un minuto el partir hacia tu pueblo si así lo sigues deseando .¿Prometido? – preguntó.
- Prometido, Capitán, ¿y la segunda condición?
- La segunda condición es que ni los soldados a los que prepares, ya sean veteranos o reclutas, han de saber lo que estamos esperando, ya que no tardaría en saberlo la población y el miedo podría hacer presa en ella con resultados catastróficos. Cuando llegue el  momento, si es que finalmente llega, ya se les informará. ¿Aceptas la segunda condición, Oono?
- La acepto por razonable y porque Vos me lo pedís, Capitán, y os agradezco que me permitáis luchar a vuestro lado si  es que lo que teméis ocurre.
- Gracias a ti, amigo mío, por tu generosidad. Como ya conoces  Pergentino, el jefe de los .soldados, te pondrás de acuerdo con él para iniciar cuanto antes la preparación de nuestra tropa, así como la que podamos reclutar en los próximos días


CAPITULO XVIII                                                    

Una cuadrilla de cuatro hombres con aspecto de campesinos, cruzaba el arco de San Basilio, puerta de acceso a la ciudadela y a la Villa de Cuéllar de aquellos  que llegaran por el camino de Valladolid.  Vestían ropas ordinarias y una mula cargaba con lo que debían ser sus enseres. El soldado de la puerta les preguntó que quienes eran y de dónde venían, a lo que contestaron que eran braceros en busca de trabajo, el que fuera,  y que ahora venían del norte donde habían estado trabajando en la siembra de la remolacha. 
- Pues si no os importa cualquier trabajo, puede que lo encontréis en la milicia, pues el alcaide del castillo está reclutando soldados. Si os interesa preguntad  por Máximo Paniagua, que es el reclutador- les informó.
- ¿Sabes si la paga es buena?- preguntó uno de el más alto de los cuatro
- No sé cual será la paga, pero nunca será lo suficientemente buena, aunque el trabajo tampoco es agobiador y, en los tiempos que corren tener asegurada la comida y la paga es más de lo que la mayoría se pueden permitir- respondió
- -Tienes razón. Ser soldado en tiempos de paz no será tan cansado como tener que estar con la espalda doblada de sol a sol y comiendo … ¡ qué te voy a contar¡ Preguntaremos por ese Máximo ¿Paniagua has dicho, verdad?, el reclutador.
- Sí, así se llama. Le encontraréis en el cuerpo de guardia, justo a la derecha de la entrada del castillo. ¡ que tengáis suerte¡- les despidió.
Mientras subían la pequeña cuesta que daba acceso a la explanada delante del castillo y al fondo de la cual se elevaba la torre de la iglesia de San Martín, el que parecía ser el jefe del grupo les dijo que solo dos, uno él mismo y el otro un voluntario, solicitarían en ingreso en la milicia, ya que los otros dos deberían estar siempre libres para poder llevar a Urueña la información que obtuvieran. Les ordenó buscar alojamiento  y comprar un par de caballos. 
- Tenéis que pasar  desapercibidos y  relacionaros con la población lo menos posible. Si  os preguntaran dónde trabajáis o de qué vivís, responderéis que estáis esperando la llegada de un ganadero de Aranda de Duero que os ha prometido trabajo en su hacienda.
- Y una vez que nos hayamos instalado y comprado los caballos ¿cómo nos pondremos en contacto?- preguntó uno de ellos.
- Hemos de conocer  primero las costumbres  y horarios de la milicia del castillo. Así que mañana, al mediodía, uno de vosotros, acudirá a esa iglesia que  hay ahí enfrente y esperará  el tiempo necesario a uno de nosotros para que le diga como os pasaremos la información que  uno de vosotros llevará a nuestro Señor. Y ahora, separémonos.
El jefe del grupo y uno de los hombres se dirigieron a la entrada del castillo donde preguntaron al centinela por Máximo Paniagua, pues el soldado de guardia en la puerta que había a la izquierda de la muralla, les había dicho que el castillo reclutaba soldados y que como ellos no tenían trabajo y eran fuertes y estaban sanos, pensaban que podían servir bien como soldados.
Máximo Paniagua  anotó sus nombres, Marcial Costa y Baudelio Pardo, y les informó que la paga era de cinco sueldos de cobre al día, dos comidas diarias y el alojamiento. Su instrucción empezaría al día siguiente, así que una vez les indicara dónde estaba su alojamiento, podría tomarse libre lo que quedaba del día, advirtiéndoles que tenían que regresar antes de la puesta del sol, cuando se cerraban las puertas de la ciudadela. Les advirtió que pernoctar fuera de la ciudadela sin su autorización o ausentarse en tiempo del servicio se consideraba como deserción y se castigaba con el cepo en el mejor de los casos y que a  los traidores se les cuelga, arrastrar y descuartiza, y antes de que mueran, el verdugo les arranca las entrañas, les extrae el corazón y lo muestra al público mientras grita ¡mirad el corazón de un traidor¡ y después, su cabeza se ensarta en una pica y se exhibe en una de las puertas de entrada a la ciudadela para que todo el mundo sepa lo que le espera a un traidor.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de los dos nuevos reclutas del castillo.
Los otros dos miembros de la cuadrilla, encontraron alojamiento en una posada aledaña a la iglesia de San Pedro.
Los espías que Leopoldo López le había sugerido al señor de Urueña, ya  habían llegado a su destino.

Los nuevos reclutas  decidieron, porque así lo dispuso Marcial Costa, el jefe, no salir a la Villa y aprovechar para enterarse de las costumbres y  de los horarios de instrucción y servicio. El tiempo franco de servicio era escaso para los reclutas; apenas una hora después del rancho, por lo que los encuentros para pasar  información  a sus compañeros  debían ser muy precisos y así se lo hicieron saberla día siguiente cuando se encontraron con ellos, tal como habían acordado, delante de la iglesia de San Martín. Marcial Costa les ordenó que cada dos días y alternándose, uno de ellos se acercaría a la iglesia pasado el mediodía y esperaría durante una hora. Si transcurrido ese tiempo no aparecía  él o Tomás, es que no había noticias que enviar a Urueña.

Durante los seis días siguientes, Marcial, Baudelio y  trece reclutas más, fueron instruidos intensamente  por Oono en  el uso de las distintas armas de la infantería.  Los dos hombres de Urueña, se mostraban torpes a propósito para no evidenciar su condición de soldados veteranos.
 Tanto Marcial como Baudelio, no perdían oportunidad para informarse de todo aquello que pudiera tener relación con su secreta misión. 
Estimaban que la tropa  operativa del castillo era de veintitrés soldados, de los cuales, siempre había cinco destinados de guardia en cada una de las puertas de entrada a la ciudadela, más otros dos en la entrada al castillo, por lo que, en el mejor de los casos, había diez y seis disponibles que, con los trece reclutas y una vez finalizada su instrucción, supondría un total de veintinueve soldados incluidos los mandos. Según pudieron saber, durante los festejos de los encierros, las iglesias de la Villa estarían custodiadas por soldados que si hacían un único turno, la fuerza disponible  durante esos días sería de veinticinco hombres. 
Las instrucciones que habían recibido del secretario de Daniel Muñoz eran las de informar sobre la importancia de las tropas del castillo y de cualquier movimiento que hicieran en dirección al noroeste, por lo que Marcial Costa no sabía si aquellos veintitrés hombres se podían considerar una  fuerza importante o no, así que se limitaría a informar sobre su número y sobre su nivel de preparación que era, en su opinión, muy poco apropiado para el combate cuerpo a cuerpo.
Al séptimo día del ingreso  de Marcial y Baudelio en la milicia del castillo, el capitán Iñigo Aldai  le dijo a Oono que acelerara todo cuanto pudiera la  instrucción de los reclutas, pues en pocos días habrían de estar preparados para partir como tropa regular.
Marcial y Baudelio comentaron  el hecho entre sí  y concluyeron que  esa intensificación de la instrucción solo podía deberse a que pronto tendrían que entrar en acción y si eso era así, habría que estar atento a cualquier pista que les indicara hacía dónde les llevarían, pues esa información era la  que con mayor interés se les  había requerido.
Harían un primer intento durante la hora del rancho, cuando coincidían veteranos y reclutas así como el jefe de la tropa, Pergentino Menéndez, y su segundo, Máximo Paniagua. Ellos tenían que  saber algo.
- Con una instrucción tan dura termino agotado – dijo  en voz alta Marcial dirigiéndose a su compañero Baudelio. – así que me comería doble ración de rancho sin pestañear.
- Pues  yo también  estoy  cansado y con más hambre que un lobo- contestó Baudelio.- ¿Habrá doble ración de rancho, jefe? – le preguntó a Pergentino
- Come lo que te pongan y vete acostumbrándote, mejor dicho, acostumbraros todos a comer poco y trabajar mucho, pues durante las marchas no tendréis ni la comida caliente aunque sea de calabaza, ni la comodidad de una mesa para tomarla – respondió el jefe de la tropa dirigiéndose a todos.
- Pero ¿es que vamos a ir de marcha? ¿ahora que  pronto van a ser los encierros?- preguntó Baudelio fingiendo incredulidad.
- Me temo que  los de este año no van a ser los primeros que veas, Baudelio. Habértelo pensado antes de alistarte y, aprende también que en la milicia se  obedece sin preguntar. Si yo te digo que iremos de marcha, irás de marcha sin saber a dónde ni por qué. ¿ Te queda claro a  ti y a los demás?.
- Pero jefe, sólo era un comentario. No os pongáis así conmigo. Si decís que salgamos de marcha, pues… salimos y a lo que sea, ¿o no, Marcial?- se volvió preguntando a su compañero.
Marcial no le contestó, sino que se dirigió a Pergentino  pidiéndole que disculpara a su compañero  que desde que oyó hablar a  otros sobre los encierros de toros que  cada año se celebran en la Villa,  tenía muchas ganas de verlos y, claro, lo de tener que ir de marcha, pues le había sorprendido, - porque salimos de marcha ¿verdad, jefe?.
- Sí, sí, saldremos de marcha un día de estos. Y ahora, se acabó la conversación. Terminad el rancho que os espera una  larga tarde de faena.
Los catres apenas estaban separados una vara entre sí. Marcial tenía a su izquierda a un recluta del lugar de Cogeces del Monte, en el sexmo de  Valcorba, y al  que llamaban  el campanero, pues desde que había llegado al castillo  no había perdido ocasión para contar a todos los que querían oírle que él era el tocaba las campanas del santuario en los funerales y en la misa que se celebraba el día de la patrona, Nuestra de la Armadilla y, a su derecha estaba el catre de Baudelio. Los ronquidos y resoplidos de algunos de aquellos reclutas y soldados apenas eran absorbidos por las paredes de adobe de la construcción que les servía de dormitorio, por lo que hacían innecesario el intento de Marcial de hablar con Baudelio susurrándole, así  que elevó la voz para que le oyera:
- No cabe duda, Baudelio, que algo se está preparando, y el que vayamos  salir de marcha, creo que tiene relación con los motivos que han hecho que  el secretario nos enviara aquí, así que debemos informarle sobre esta marcha que se avecina.
- Pero no sabemos cuando vamos a salir- contestó su compañero 
- Cierto, pero es seguro que saldremos y cuanto antes tenga esa información, será  mejor tanto si es importante como si no- replicó Marcial.
- Oye, Marcial. Y sí esa marcha fuera en realidad una incursión en nuestro reino y se produjera un enfrentamiento ¿qué haríamos nosotros? ¿tendríamos que luchar contra nuestros verdaderos compañeros para no descubrir  lo que somos?.
- Pues por eso es necesario enviar la información cuanto antes, porque si es la que nuestro Señor espera, seguro que  recibimos órdenes de regresar y si no es esa la información que necesita, nos dirá, creo yo, que sigamos aquí  con nuestra misión.
- Tienes razón, Marcial. Así que mañana tendremos que arreglárnosla para acudir a la iglesia e informar a nuestro compañero, y no va a ser fácil con el poco tiempo que tenemos ahora para comer. ¿Quién va a salir?- le preguntó.
- Iré yo; durante la  comida,  con la excusa de que tengo apretón de tripas, saldré y  me  escaparé hasta la iglesia esa. Y ahora, guardemos silencio, no sea que alguien pueda oírnos, aunque con estos ronquidos no es probable, pero…
Durante la instrucción al siguiente día por la mañana, Pergentino Menéndez  y Máximo Paniagua estaban hablando en el patio de armas mientras los reclutas practicaban con las picas bajo la dirección de Oono. La suerte quiso que Baudelio estuviera lo suficientemente cerca de ellos como para poder oír algunas palabras, que no frases completas, de su conversación. Le pareció oír  algo así como hornija, por lo que supuso que se trataba del río  que pasaba a unas  seis leguas al sureste de Urueña. Le comentó lo oído a Marcial.  
A media tarde, un jinete salía al galope por el camino de Valladolid. Su destino era el castillo de Urueña donde tenía que informar al secretario del Señor que una partida de al menos veinticinco soldados armados y con avituallamiento, se estaba preparando para salir de marcha, aunque no se sabía la fecha exacta ni el destino, pero que Marcial Costa creía que iban a salir en dirección  noroeste, es decir, hacia la frontera con el reino de León, en la comarca bajo el control de la plaza de Urueña y que Marcial deseaba saber si tenían que seguir con su misión o regresaban a  Urueña.

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