miércoles, 6 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XIX (07.02.2013)

Mientras el capitán Iñigo Aldai, su escudero Lucas y Fabián de Mariaca dejaban atrás el lugar de Berberana, en casa de Alonso Carril estaban reunidos el propio Alonso, Antonio Díaz y el Regidor. La no colaboración de Cipriano Rodríguez les obligaba alterar sus planes. No podían permitirse el riesgo de que la Señora del castillo se enterara de sus intenciones respecto de la carta a Don Diego ni, por supuesto, de que el Regidor iba a gestionar los impuestos y mucho menos que tal información , si ya la tenía Doña Marta, que llegara a manos de Iñigo Aldai. Tenían que impedir que el Capitán llegara y pudiera ratificar lo que había comunicado a Don Diego, dato este que ya conocían por boca del mensajero que entregó la carta, así como que pudiera aportar nuevos elementos que hicieran dudar al Rey sobre inocencia del Regidor en la muerte del Alcaide.

El Regidor decidió, sus cómplices no estaban en condiciones de oponerse, que tenderían una emboscada a Iñigo Aldai antes de que llegara a Cuéllar, para lo que necesitaban contratar a tres o cuatro mercenarios que acabaran con la vida del Capitán, hecho lo cual, deberían ocultarse en un lugar previamente señalado hasta
que el asesinato del Capitán por una banda de forajidos fuera conocida, noticia que tanto Antonio Díaz como Alonso Carril se encargarían de difundir.
- Pero ¿y si los mercenarios decidieran hacernos chantaje? – preguntó Alonso.
- Para evitar ese posible riesgo, es por lo que deben esconderse en un lugar que conozcamos, pues allí se presentarán los alguaciles fuertemente armados y auxiliados por voluntarios deseosos de acabar con una banda de forajidos en las proximidades de la comarca que, pillando por sorpresa a los mercenarios, cuando éstos intenten defenderse, serán aniquilados. Después haremos correr la voz que ha sido el Regidor encarcelado por el capitán Aldai, quien había vengado su muerte acabando con los asesinos, lo que a los ojos de todo el mundo y también al Rey, será la mejor prueba de que el Regidor nada tenía que ver con la muerte del Alcaide, ya que si hubiera sido culpable, como afirmaba el capitán Aldai, no tendría sentido que el acusado acabara con sus asesinos.
- ¡Magnífico plan Regidor¡ -exclamaron sus cómplices. ¡De verdad que tenéis una mente privilegiada¡
- No es conveniente que yo salga aún de aquí, así que ocuparos de contratar a los mercenarios, localizar el lugar mejor para la emboscada, que no sea demasiado cerca ni demasiado lejos. No podemos correr el riesgo de que lo hagan en la jurisdicción de otro alguacil.
- ¿Cuánto consideráis que podemos ofrecerles a los mercenarios?- pregunto Antonio Díaz.
- Ofrecedles una cantidad elevada para que no duden. Seguro que os pedirán una parte al principio y el resto al final. Acceded a lo que os pidan, pues lo recuperaréis todo.- contestó.
- La dificultad está en saber dónde encontrar la gente que necesitamos. En la Villa va a ser imposible, pues todos nos conocen y en localidades próximas no tenemos contactos- comentó Alonso si dirigirse a ninguno en concreto de los otros dos.
- Hace una semana - intervino el Regidor- detuve al jefe de una pequeña banda de ladrones de poca monta que operaba en las riberas del Duratón, desde Fuentidueña hasta Burgomillodo, un tal Juan Llorca, al que delató una de sus víctimas, que lo reconoció en la taberna de Olombrada, a algo más de dos leguas de aquí. Está en la cárcel pendiente de su traslado a Valladolid, para ser juzgado. Si pudiera facilitársele la huida y al mismo tiempo ofrecerle la oportunidad de ganar una fuerte suma de dinero, tendríamos al hombre que necesitamos; él se ocuparía de localizar el resto de la banda.
- ¿Pero cómo le ayudamos a fugarse?- preguntó Antonio Díaz
- Provocando un incidente lejos de la cárcel que obligue a los alguaciles a acudir, un incendio por ejemplo y, entre tanto, alguien entra en la cárcel, coge las llaves que están colgadas en el cuarto del oficia, y le ofrece lla liberación y la posibilidad de ganar
un dinero a cambio de un pequeño servicio sin complicaciones. Si acepta, ese alguien queda citado con él en un lugar seguro y… lo demás no cuesta imaginarlo- dijo el Regidor.

No había un plan mejor, así que acordaron que Antonio Díaz se encargaría de provocar un incendio en un almacén de lana dos calles más allá de la cárcel y que Alonso Carril se encargaría de liberar a Juan Llorca. Y tenían que hacerlo cuanto antes, pues el Capitán podría estar de vuelta en dos o tres días como mucho. Lo
harían con las primeras horas de la noche para evitar que alguien accidentalmente les pudiera reconocer y porque, por la noche, sólo quedaba un alguacil de guardia. Sería esa misma noche.
Sonaron las campanas de San Esteban y se cerraron las puertas de la ciudadela. En la Villa, los comercios y tenderetes pronto empezarían a cerrar y algo más tarde las calles se quedarían vacías. Hacía bastante tiempo que había oscurecido. Antonio y
Alonso, que estaban en la casa de éste, pensaron que ya era la hora para empezar con el plan.
Salieron de la casa con la cabeza cubierta con una capucha y caminando pegados a las paredes de las casas. Al llegar a la altura de la cárcel, Antonio se ocultó entre las sombras y Antonio siguió hasta el almacén de lana de Teodoro Cuesta, unos de sus
comerciantes competidores. De esta forma mato dos pájaros de un tiro- iba pensando.
Caminó sigilosamente hasta la parte trasera del almacén. Sacó una tea que llevaba oculta bajo la capa y agachándose para evitar que la chispa del pedernal pudiera ser vista, la encendió. Se levantó y la lanzó por la ventana que casi a la altura del techo permitía la ventilación del local. Se alejó por las sombras lo más rápido que pudo.
Desde la distancia pudo ver el resplandor del fuego en el interior. Ahora solo faltaba que algún vecino se diera cuenta y diera la voz de alarma. No tardó en producirse, pues las llamas salían por las ventanas y las vigas del techo empezaban a arder.

Alguien corrió hasta la cárcel para avisar al alguacil mientras los vecinos de las casas cercana salían y gritaban pidiendo agua .Todos daban órdenes y ninguno hacia caso de ellas. Las llamas eran cada vez más intensas e iluminaban todo el entorno. Llegó el
alguacil, única autoridad en aquel momento que trató, sin éxito, de organizar una cadena de hombres con cubos de agua. No había nada que hacer; aquel fuego era imposible de apagar. Sólo quedaba el tratar de evitar que pudiera alcanzar a alguna
vivienda cercana.
Alonso, desde su escondite en la sombras, vio llegar a un hombre corriendo a la cárcel e inmediatamente salió seguido por el alguacil que cerró la puerta de entrada arrimándola simplemente.¿Para qué iba a perder tiempo cerrándola con llave si el único preso estaba en su celda con el candado puesto? y además ¿quién podría tener
interés en aquel ladrón? pensaría seguramente.
Alonso salió de las sombras, abrió la puerta y miró a un lado y a otro antes de entrar.
Había un candil encendido que le permitió ver un aro con tres llaves colgado de un clavo en la pared. Cogió el llavero y se dirigió a la celda.
Juan Llorca tenía un aspecto que repugnaba. Barba larga y descuidada, el pelo largo y revuelto. Sus ropas eran auténticos harapos y olía muy mal.
Estaba tumbado boca arriba sobre un tosco catre. No conocía a Alonso, así que se sorprendió,
- ¿Quién eres tú? –preguntó
- Alguien dispuesto sacarte de aquí, si tu quieres.
- ¿Acaso crees que estoy aquí por gusto?.¿A qué esperas  ¡Abre la jaula ya¡
- Lo haré, pero con una condición- respondió Alonso y, sin esperar respuesta alguna prosiguió- Quiero que me hagas un trabajo por el que, además de la libertad, ganarás una buena suma de dinero. ¿Qué me dices?.¿Te interesa la libertad y el dinero?
- -Estoy aquí, perdida mi libertad por conseguir dinero. Si tu me ofreces la libertad y el dinero ¡cómo no me va a interesar ¡ así que date prisa y sácame de aquí.
- De acuerdo. Voy a abrir tu celda y corre sin que te vean hasta la parte trasera de la iglesia de San Esteban, fuera de la muralla de la ciudad y espérame allí. Entonces te diré como puedes ganar una suma importante.
- Allí te esperaré y espero que la suma sea de verdad importante.
Alonso le abrió la celda y le dijo que esperara, que se iba asomar a la puerta para asegurarse que no había nadie a la vista. Le hizo una señal con la mano indicándole que saliera y Juan Llorca se perdió entre la oscuridad de las calles. Alonso cerró la puerta de entrada y fue donde estaba el almacén ardiendo. Quería que le vieran aunque solo fueran unos instantes. Después, discretamente se fue alejando entre calles y salió de la Villa en dirección a San Esteban.
Encontró allí a Juan LLorca esperándole. Le dijo lo que quería de él, que era, básicamente, que emboscaran a un hombre a caballo que vendría del Norte en una par de días huyendo, ya que se trataba de un cruzado normando de los que habían traicionado al Rey en Calatrava y que de regreso a su tierra se dedicaba al pillaje por
los pueblos y lugares por donde pasaba, y que habiendo sido localizado tratando de pasar por el desfiladero de Pancorbo, se había visto obligado a dar la vuelta, pues los soldados le buscaba por aquella zona. Era un hombre armado y muy peligroso, por lo
que había que darle muerte a la menor oportunidad, no sea que consiguiera escapar y se dedicara al saqueo por la Comunidad de Cuéllar.
- Si se trata de un fugitivo ¿por qué me pides a mi que lo mate y no a los alguaciles?- preguntó desconfiado.
- Porque los alguaciles serían incapaces de capturarlo. No son expertos en emboscadas y mucho menos si han de enfrentarse a un hombre de armas.
- Bueno, pues si es tan peligroso, te advierto que no te saldrá barato- dijo Llorca.
- ¿Serán suficientes 2 doblas de oro?
- Que sean cuatro, pues he de necesitar algunos hombres. Cuatro y ese normando no volverá a ver el sol de su tierra. Dame el dinero.
- Te daré una dobla ahora y las otras tres cuando hayas hecho el trabajo.¿De acuerdo?
- De acuerdo entonces- y cogió la moneda que le entregaba Alonso.
- Mañana, después que suenen las campanas de esta iglesia al atardecer, nos veremos en este mismo lugar y te daré las instrucciones precisas; para entonces ya has de contar con tus hombres, pero aquí ven sólo tú.
- Pues hasta mañana, quien quiera que seas- y se alejó perdiéndose en la noche.
Alonso Carril regresó a su casa y se acostó. El Regidor debía estar durmiendo pues no estaba en la sala donde habitualmente se reunían. Antonio Díaz, después de haber incendiado el almacén, dio un rodeo y se mezcló entre los vecinos que contemplaban
el incendio, asegurándose de que le reconocían. Cuando vio que llegaba el alguacil, se fue a su casa.

La luz del nuevo día permitió ver la magnitud del desastre. Solo quedaban en pie las paredes de piedra del almacén Aun había algunas vigas de madera ardiendo. De la lana no quedaba nada más que un montón de residuos negros y malolientes. Nadie se
explicaba el origen del incendio y como no había nadie de quien sospechar, se empezó a extender el rumor de que posiblemente hubiera sido la venganza de algún acreedor que no conseguía cobrar lo que se le debía. Alonso y Díaz estaban contentos. Habían eliminado a un competidor, estaban libres de toda sospecha y habían conseguido el objetivo propuesto.
Al atardecer de ese día y procurando pasar lo más desapercibido posible, Alonso acudió a la cita con el sicario detrás de la iglesia de San Esteban.
No había nadie cuando llegó y ya habían sonado las campanas de la iglesia. Durante unos instantes llegó a pensar que quizás Juan Llorca se hubiera largado con su dobla de oro, conformándose con su libertad y la moneda renunciando a la otras tres, por aquello de “más vale pájaro en mano…”. Oyó un ruido a su espalda, que le
sobresaltó. Se dio la vuelta y vio a LLorca salir de detrás de unas zarzas tras la que se había ocultado esperando el encuentro con aquel hombre desconocido que le había sacado de la cárcel y que le ofrecía un dineral por hacer un servicio a la sociedad.
- Por un momento temí que no vinieras- confesó Alonso Carril
- ¿Piensas que me sobra el dinero como para renunciar a tres doblas de oro?- contestó Llorca
- ¿De cuántos hombres dispones?- le preguntó Alonso
- Conmigo seremos seis; cuatro de ellos hábiles con la espada y los otros dos son imbatibles con el cuchillo. Daremos cuenta de tu normando antes de que pueda enterarse de lo que le ha caído encima.
- Eso espero.
- Y ahora dime ¿ dónde le hemos de emboscar?- preguntó LLorca
- A unas dos leguas de Cuellar y antes de llegar al pozo de Campaspero, el camino a Peñafiel se estrecha al pasar por una vaguada entre dos lomas cubiertas de bosque muy cerrado de encinas, lo que permite ocultarse y caer sobre el viajero por sorpresa, pues queda a un nivel más bajo. Una vez hayáis dado cuenta del normando, uno de tus hombres que no sea conocido, vendrá a la villa, irá al cuartel de los alguaciles y les dirá que cuando venía hacia aquí monte a través, oyó gritos en la vaguada del camino cerca del pozo de Campaspero y que escondido entre los árboles, vio como un grupo de bandoleros atacaban a un caballero armado que quedó tumbado en el suelo y que él, por miedo a los bandoleros, había echado a acorrer por el monte y no había parado hasta llegar a la villa. Entre tanto, tú y el resto de tus hombres, os refugiaréis en las ruinas de la ermita que hay cerca del cruce del camino de Bahabón con el de Campaspero y allí esperáis mi llegada para pagarte lo acordado. Yo sabré cuando
tengo que ir, una vez que tu hombre haya dado la noticia al alguacil. El hombre que envíes a dar la noticia, saldrá sin entretenerse por el camino que sale directamente de la villa a Bahabón. ¿Lo has entendido todo?
- Está claro- respondió y, entonces cogiéndole con una mano por el cuello, le advirtió:
- ¡Más te vale ir con el dinero, porque si me engañas y no apareces, no me costará encontrarte y, entonces serás hombre muerto.¿Te queda claro?
- No has de preocuparte por ello. Tú cumple con tu trabajo y yo lo haré con nuestro trato.
- Mejor será para ti.
Se marcharon. Alonso Carril volvió a su casa a informar al Regidor y a Antonio Díaz y Juan Llorca se alejó perdiéndose en los encinares próximos.

Después de haber sido informados, el Regidor le dijo a Alonso que le avisara tan pronto el bandolero diera la noticia del asalto a los alguaciles, pues ese era el momento para salir de su escondite y presentarse en el cuartel recuperando el mando.
Los alguaciles le temían lo suficiente como para que no pusieran objeción alguna, máxime cuando sólo el Rey podía removerle de su puesto. Entonces dispondría una tropa formada por los propios alguaciles a los que ordenaría buscar voluntarios armados que les acompañaran para hacer una batida por la zona del asalto buscando a los malhechores. Para justificar una reacción tan rápida, Antonio haría correr la voz de que el caballero asesinado por los bandoleros era el capitán Aldai que regresaba de cumplir una misión para el Rey. La tropa, convenientemente dirigida por el Regidor, caería por sorpresa sobre los bandoleros que estarían confiados esperando en el punto convenido y acabarían con todos haciéndole así justicia al capitán Aldai, cuyo cadáver irían a continuación a recuperar para llevarlo a Cuéllar. El Regidor disfrutaba por adelantado del sabor de la victoria. Un plan así no podría fallar. Acababa con el Capitán y con él, con cualquier prueba de su implicación en la muerte del Alcaide, por lo que sus planes iniciales respecto del castillo y de Marta, seguían siendo realizables.

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