lunes, 18 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez

CAPITULOS VII Y VIII (19.02.2013)

CAPITULO VII

Iñigo Aldai no recordaba haber experimentado tal estado de nerviosismo en sus veintiocho años de vida. Su corazón latía aceleradamente y  se veía obligado a respirar profundamente para tranquilizarlo. Tras desear las buenas noches a los invitados que aún seguían en el salón en el que tuvo lugar el banquete nupcial, Iñigo  se dirigió a aposento que desde esa noche  acogería   su tálamo.
Marta, su esposa, se había retirado antes, acompañada por su dama de compañía, que aunque más  que tal, era su amiga de confianza. Con ella compartía confidencias sobre todo aquello que le era propio por ser mujer. Había conocido a Carmen Gómez accidentalmente en una de las recepciones que  su anterior marido, como alcaide del castillo, ofrecía a los  ricoshombres de la Comunidad. Carmen era hija de un  importante comerciante de Cuéllar y le había acompañado en aquella ocasión, ya que su madre se encontraba indispuesta, pues era costumbre que los hombres acudieran acompañados por sus esposas o hijas, ya que el alcaide, Fernando Huarte deseaba que su esposa tuviera la oportunidad de departir con otras mujeres y no fuera la única dama en una reunión de hombres.
Marta y Carmen habían simpatizado de inmediato. Ambas parecían tener la misma edad y eso facilitaba la comunicación y la complicidad. Al término de aquella recepción Marta le había dicho a Carmen que le gustaría poder seguir disfrutando de su compañía y que como la recepciones no eran frecuentes, le rogaba que cada vez que tuviera ocasión viniera a visitarla, invitación que Carmen agradeció sinceramente  y a la que respondió que así lo haría siempre que su padre se lo permitiera. Así comenzó una relación de amistad que ya duraba dos años, pero que para ambas mujeres era como si fuera de toda la vida.
Fernando Huarte había observado que cada vez que Carmen visitaba a Marta, esta parecía menos triste de lo habitual y deseando que su mujer no se viera privada de ese efecto beneficioso para su ánimo, le sugirió a su esposa la posibilidad de que Carmen Gómez fuera su dama de compañía si su padre lo aceptaba y a ella le parecía bien.
Marta se mostró encantada y mucho más cuando su esposo le comunicó que había hablado con el padre de Carmen  y que  este, de inmediato, se había mostrado  de acuerdo y agradecido por el honor que se le hacía. Por supuesto que mayor entusiasmo mostró Carmen cuando se  padre le trasladó la propuesta del alcaide.

Aunque Marta ya había estado casada, sus obligaciones conyugales había sido eso, obligaciones, pero ahora todo era distinto, pues amaba al hombre con el que iba a compartir el tálamo esa noche y todas las noches de su vida. Lo amaba más que a nada en el mundo y deseaba entregarse a él en cuerpo y alma, sin límite alguno. Quería fundirse con él en una abrazo que no tuviera fin y  temía que la realidad no fuera la perfecta realización de sus deseos, pues su única experiencia  era la de haber sido tomada por su anterior esposo, pero ahora ella deseaba entregarse. No quería decepcionar en lo más mínimo a aquel con quien, de todo corazón y hasta la última parte de su ser, deseaba fundirse en la más profunda de las intimidades.
Marta le confesaba sus  dudas y temores a Carmen mientras éste la ayudaba vestirse con la ropa apropiada  para aquella  su primera noche de amor que,  aunque siempre había soñado con ella, nunca creyó que  tal sueño  pudiera ser posible.
Carmen trataba de tranquilizarla y de disipar sus temores, aunque con poca convicción, pues ella carecía de la experiencia práctica necesaria  como para que sus consejos fueran plenamente convincentes. Aun así, le insistía en que no se preocupara, que fuera ella misma, que se desinhibiera pues el hombre con el que se acababa de casar la amaba tan profundamente que quizás en esos momentos, él mismo, estaría siendo presa de dudas y temores iguales a los de ella.
Cuando Carmen terminó de vestir a Marta, se retiró después de darle un fuerte abrazo y de confesarle que la envidiaba profundamente por haber encontrado el amor tan maravilloso.
Marta había dispuesto que fuera su aposento el el de los señores del castillo No quería volver a la cama que había compartido con su anterior esposo. Aunque su relación con éste había sido cordial e incluso le había cogido afecto, deseaba que toda su nueva vida sentimental transcurriera en aquel aposento donde tantas y tantas veces había llorado lágrimas de tristeza, dónde tantas y tantas veces le había preguntado a  Dios qué había hecho para merecer tal sufrimiento y donde también muchas veces le había pedido perdón por atreverse a pedirle cuentas.

Las paredes de  aquella habitación  habían sido testigos de largas noches de congoja, de esperanzas frustradas, de temores, de remordimientos y de profundas depresiones. Quería que ahora fueran también testigos de sus ilusiones, de su gozosa realidad, de la felicidad inmensa que la embargaba.
La tenue iluminación que producían dos candelabros y el olor a cera, creaban un ambiente cálido e íntimo.
Cuando se iba a meter en la cama, unos golpes en la puerta de la alcoba la sobresaltaron. Su corazón se desbocó y la sangre empezó a circular alocadamente por sus arterias. Notó el calor en el rostro y un ligero temblor  recorrió todo su cuerpo. No sabía si meterse en la cama o acudir a abrir la puerta. Era como si la voluntad la hubiera abandonado. Con un gran esfuerzo pudo balbucear un apenas audible adelante. Se agarraba las manos para  controlar su temblor. No era miedo lo que sentía. Era una profunda, desconocida  e inenarrable emoción.

Tras despedirse de sus invitados, Iñigo Aldai subió lentamente las escaleras que le llevaban a la tercera planta de la Torre. Era el sendero hacia la felicidad pero, sin embargo, lo recorría con inexplicable lentitud. 
A lo largo de su vida se había enfrentado con la muerte en más de una ocasión, había pasado por mil penalidades propias de las batallas en las que primero como escudero y más tarde como caballero había participado al lado de su Señor, Don Diego y nunca había sentido  el aliento del miedo; pero ahora, mientas hollaba aquellos peldaños desgastados por el pisar de muchas años, algo desconocido para él parecía comprimirle el corazón y el estómago. 
Deseaba intensamente el momento de encontrarse con Marta, su esposa, pero al mismo tiempo, cuanto más se acercaba ese momento, más intensa era esa sensación que no conseguía definir. 
Parado delante de la puerta de la alcoba en la que su amada Marta le esperaba, trataba de tranquilizarse  respirando despacio y profundamente. En  tres ocasiones  hizo ademán de llamar a la puerta y en las tres desistió en el último momento.
Se sentía como un adolescente al que una muchacha miraba por primera vez.
- Será ese efecto extraño que produce el amor  en los corazones y que, por razones que ignoro, se manifiesta en el cuerpo - pensó  tratando de tranquilizarse. 
Respiró profundamente una vez más y, suavemente, golpeó con los nudillos la puerta. Le pareció que sonaban más fuertes los latidos de su corazón que los golpes de la llamada. Le pareció oír, como muy lejana, la voz de Marta diciendo  adelante. Agarró el picaporte con más fuerza de la necesaria y lentamente abrió la puerta.
La habitación estaba casi en penumbra. Vio a Marta  a un par de pasos de la cama, de pie. Parecía esperarle. Iñigo Aldai no pronunció palabra alguna. Era incapaz. La sequedad de su garganta no se lo permitía. Por unos instantes le pareció estar fuera del mundo pues  aquella imagen que tenía delante, solo podía ser celestial. Su pelo castaño emitía pequeños destellos dorados cuando la luz de los candelabros incidía sobre ellos y de sus  grandes ojos color miel parecían escapar  pequeñas estrellas que se perdían en el aire. Iñigo se sentía felizmente atrapado por la mirada de aquellos ojos. Ambos se miraban intensamente dejando que a través de sus ojos hablaran sus corazones. Poco a poco  la sonrisa empezó a mostrarse en sus rostros y con ella  los nervios empezaron a dejarles tranquilos. Sus corazones latían fuertemente como llamándose y así debía de ser pues, como si una fuerza invisible los empujara,
 se acercaron con la manos extendidas. Se fundieron en un intenso y prolongado abrazo, preludio de aquella primera noche de amor pleno para ambos. 
Como en muchas, quizás demasiadas, ocasiones anteriores, y en esa misma habitación, las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Marta, solo que  ahora eran de intensa felicidad.
                                                    


CAPITULO VIII

Lupicinio  cruzó al galope el lugar de Valderas vadeando el rio Cea, tomando el camino que le llevaría a la población de Cimanes, a 2 leguas de distancia. Desde allí aún tendría otras  4 hasta Cebrones del Río, población que ya conocía pues hasta ella había ido en alguna ocasión en busca de trabajo. Entonces estaría ya muy cerca del final de su viaje. En La Bañeza les esperaban su mujer y sus hijos, además de la recompensa que esperaba por su trabajo y con la que iba a cambiar su vida. 
Llegó sin contratiempos a La Bañeza. Había forzado la marcha y estaba cansado. Deseaba dormir  tanto como su cuerpo se lo pidiera. Su corazón le pedía que fuera en primer lugar a abrazar a su mujer y a sus hijos; pero –pensaba -  después tendría que ir donde su contratante para dar cuenta de su trabajo, y si iba a su casa ahora, ni podría dormir cuanto se le antojara, ni podría   alegrar a su mujer entregándole la recompensa de su trabajo, y además estaba lo del caballo que tenía que devolver y del que no podía responder si lo dejaba atado delante de su puerta, pues en el barrio donde vivía era extremadamente pobre y nadie tenía caballo, por lo que no era de mala cabeza pensar  que alguien pudiera suponer que lo había robado y  aplicara aquel refrán de “ quien roba a un ladrón…” , así que optó por liquidar primero sus obligaciones con  su contratante, entregar el caballo, recibir la paga, ir a su casa, abrazar a su familia y echarse a dormir.
Era lunes, 20 de abril y  atardecía cuando llegó, llevando el caballo de la brida, ante la casa frente al puente sobre el Tuerto. Llamó a la puerta con la aldaba  que ya en su primera visita le había llamado la atención; era una cabeza de león y nunca había visto una igual, pues lo normal era las argollas de hierro. 
Pasó un tiempo que se le hizo angustiosamente largo. ¿Y si   no había nadie? – pensó -  Sería un grave contratiempo, pues tendría que ir a su casa, en el otro extremo  de la localidad, muy pasado el cenobio de Sancti Salvatoris, por lo que no podría descansar, ni darle el alegrón a su familia con la paga que esperaba, aunque – se dio cuenta- siempre podía contar con las monedas ahorradas que tanceleosaqment5e guardaba, pero no sería lo mismo. Después tendría que volver y sin tener la seguridad de que quien le contrató estuviera en la casa. ¿Y si se encontraba de viaje?. Este pensamiento le intranquilizó aún más, porque si fuera así ¿ cuándo estaría de vuelta?. Su cabeza se negaba a plantearse la posibilidad más desastrosa para sus intereses. ¡Que durante ese largo mes de ausencia le hubiera ocurrido cualquier desgracia, o que sus intereses le hubieran obligado a ausentarse por largo tiempo de La Bañeza¡.
Estaba absorto en estos pensamientos sombríos, cuando le pareció oír el ruido de una puerta abriéndose. Aguantó la respiración para oír mejor y oyó el girar de la llave en el portón de la casa. Respiró tranquilo. Se acercaba el momento de saber  cuánto iba  a cambiar su vida y la de su familia.
No era quien esperaba. Lupicinio se sorprendió. Conocía a aquel hombre.  Vivía cerca de su casa y no le acompañaba la buena fama, pues de él se decía que tenía afición por lo ajeno, aunque nunca  había sido hecho preso
 -   ¿Qué haces tú aquí, en esta casa?- le preguntó Lupìcinio
-    Soy el criado del señor López  - así se enteró Lupicinio del nombre de su contratante - y tú ¿quién eres y que quieres, que me pareces conocido?- le contestó.
-    Soy Lupicinio y vivo en tu mismo barrio. Vengo a ver a tu amo, pues me hizo un encargo y he de entregarle lo pedido.
-     Dámelo a mí, que yo se lo entrego.
-     He de dárselo en mano; esas fueron sus órdenes.
El criado, ya de por si malencarado, le miró con cara de pocos amigos.
-    Aguarda, que ahora le aviso.
No tardó mucho en regresar.
- Mi amo te aguarda. Sígueme.
- Espera aquí  - le dijo una traspasaron la puerta de la casa.
 El criado golpeó con los nudillos una puerta lateral y la abrió indicándole a Lupìcinio que pasara. Allí estaba Leopoldo López. Vestía túnica negra que le cubría hasta  un palmo por debajo de la rodilla, sujeta a la cintura con  cinturón negro  adornado con hebilla metálica. Calzas negras y borceguíes del mismo color completaban su atuendo. Llevaba la cabeza descubierta y tanto el fino bigote negro como la perilla destacaban bajo aquella nariz aguileña contratando con la palidez de su rostro.  Sus ojos  hundidos y recelosos inquietaban a Lupicinio. Por un momento le pareció hallarse ante un cuervo gigante y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
  -  ¿Has cumplido mi encargo? - le preguntó sin salutación previa, tras hacerle una seña a su criado para que se marchara.
- Espero que a vuestra satisfacción, Señor - contestó Lupicinio - Aquí  traigo lo que el párroco de San Gil me entregó.
Leopoldo López cogió el bulto y se fijó  en el sello de lacre que cerraba la bolsa. Estaba intacto.
- ¿Te dijo el sacerdote de San Gil cuál era su contenido? -  preguntó.
- Si, mi Señor. me dijo que se trataba de reliquias religiosas y que solo un sacerdote podía tocar.
- Así es. Es una reliquia de un antepasado de mi familia que por sus muchas virtudes, fue recompensado con la gloria de los beatos. Veo que has cumplido tu palabra y así como yo te prometí ocuparme de tu familia en tu ausencia y nada les ha faltado durante ese tiempo, es hora de que recibas tu recompensa, la cual dejo a tu elección.
- ¿Me decís que elija yo la recompensa, Señor?- preguntó extrañado.
- Así es; pero entre una de estas dos que te ofrezco: te quedas con el caballo y sus arneses o su  valor en monedas. Dime ¿qué prefieres?.
- Señor; toda la vida he sido pobre y bien lo saben todos los que me conocen. Si de pronto fuera propietario de un caballo, más de uno, aún sabiendo que soy cumplidor de los mandamientos de Dios Nuestro Señor, podría pensar que lo habría robado o que, sin pensar de esa forma, me lo robaran, pues no dispongo de lugar para tenerlo seguro; así que, ya que sois tan generoso que me dais a elegir, si no os incomoda, prefiero las monedas.
   -  Sea como dices- contestó el ex - regidor. Y acercándose a una alacena, saco un pequeño cofre del que extrajo algunas monedas de cobre y plata. Desde la distancia, a Lupicinio le parecieron morabatines castellanos, por lo que tendría dificultad para cambiarlos por los acuñados en el reino de León – pensó -  pero cuando tuvo las monedas en su mano sus temores se disiparon; eran leoneses. 
    -  Con estas monedas, si las sabes administrar, podrás poner fin a tu pobreza, pero no has de decir a nadie los motivos por los que tu suerte ha cambiado, así que usa esos dineros con prudencia y mesura. Si no lo hicieres así, podrías hacer que me arrepintiera por haber confiado en ti y eso, no te gustaría.
 -  Descuidad, pues salvo mi mujer,  nadie sabrá por mí de vos y de vuestros asuntos, ya soy el más interesado en que mi cambio de fortuna no llame la atención de nadie. Nuevamente doy las gracias a Dios Nuestro Señor por haberme puesto en vuestro camino.
 -   Qué El te acompañe .
El criado, que le esperaba fuera, le acompañó hasta el portón.
Lupicinio no cabía en sí de gozo. Llevaba guardas las monedas recibidas  más las que había ahorrado, en una bolsa  bajo el jubón. Para él, que nunca había tenido más de dos cobres juntos, aquel dinero era toda una fortuna. Quizás, pensaba, pudiera  trasladarse con su familia a una población no muy lejana, pero donde no le conocieran y allí comprarse una casa y algunas ovejas, arrendar un terreno y vivir, si no en la opulencia, sí sin que le escasera la comida y la ropa. Sus hijos, aquellos ángeles hambrientos que Dios le había dado, dejarían de tener aquella barriga abultada y sus brazos y piernas se llenarían de carne, y su mujer ya no tendría que vestir harapos y la sonrisa que le enamoró años antes volvería a aquel rostro prematuramente envejecido.
Después de todo – pensó- la vida podría ser hermosa.

El sol ya se había ocultado tras el Teleno y la oscuridad empezaba  a señorear.
Lupicinio caminaba hacia su casa ensimismado en aquellos felices pensamientos, sin prestar atención al camino, pues  bien que conocía las calles de  La Bañeza y el sendero que llevaría hasta su casa donde, después de abrazar a sus seres queridos, se echaría a dormir pensando que al día siguiente, cuando se levantara, ya no serían los ojos de un pobre los que verían alzarse el sol sobre el páramo, sino los de un hombre con medios para sacar adelante a su familia.
Oscurecía rápidamente, pero la falta de luz no le preocupaba. Caminaba por instinto  y costumbre. Había dejado a su derecha el cenobio de San Salvador y pronto estaría ante su casa. 
El crujido, como el de una rama al ser rota, le sobresaltó e, instintivamente, apretó con su mano izquierda la bolsa bajo el jubón. Será algún animal nocturno – pensó – Quizás algún gato en busca de su cena. Esta suposición, lógica por otra parte, le tranquilizó.
Sobrepasado el monasterio de Sancti Salvatoris, había una pequeña bajada antes de iniciar la cuesta que coronaba un pequeño cerro desde el que se iniciaba el camino a las tierras del Jamuz. En medio de la oscuridad, Lupicinio era capaz de ver su casa, a pie del cerro y próximas a otras también construidas de tapial o  de adobe, formando un pequeño  arrabal. Más que casas eran cabañas, de planta cuadrada y de poco más que doce pasos de lado, con tejado  vegetal, principalmente de paja. Era mísera su casa, como las demás – pensó – pero eso se iba  acabar.
Ya estaba cerca de las primeras casas. El ladrido lejano de un perro rompió el silencio de la noche. 
Lupicinio, sintió más que vio, que algo, más oscuro que la noche, le saltaba encima. Reaccionó instintivamente agarrando su bolsa y colocando el brazo derecho delante de la cara para repeler lo que se le venía encima. Tuvo la visón fugaz de un rostro que no le era desconocido. Cayó al suelo por efecto del empujón y notó una sensación extraña en su pecho. No era dolorosa, pero sí muy extraña; al mismo tiempo  que parecía faltarle el aire sentía como el sueño que pensaba reparar en su cama, le invadía con tal intensidad que no podía evitar sucumbir a él y, sin pensar en nada, dejó que su cuerpo se entregara sin resistencia alguna.
El atacante se levantó cuando observó que  el  cuerpo tendido en el suelo había dejado de moverse. Limpió la daga que había ensartado en el pecho de  aquel al que su amo había entregado un buen puñado de monedas y tras quitarle la bolsa que guardaba bajo el jubón, se escabulló entre las sombras y se dirigió  a la casa de su amo.

Leopoldo López quería que su identidad como comerciante tortosano no fuera puesta en riesgo y lo que menos le convenía es que se  supiera que tenía relaciones con Castilla ajenas a su profesión mercantil. Aunque Lupicinio le había parecido hombre cumplidor de su palabra, era seguro que tendría que explicarle a su mujer de dónde y cómo había conseguido la fortuna que llevaba  y aunque le dijera que había ido a buscar unas reliquias de no sabía que santo, 
el cambio de vida que iban a experimentar, aunque éste no fuera muy importante en sus inicios, serían notados por sus vecinos y ello llevaría, necesariamente a dar alguna explicación creíble y – mucho me temo – había pensado Leopoldo López, que la mujer de Lupicinio  no sería capaz de guardar el secreto y puede que ni siquiera su marido, ya que si guardaban silencio darían pábulo a todo tipo de rumores hasta que al final, por acabar  con ellos, tuvieran que contar cómo habían conseguido su dinero.  Y eso era algo que no  convenía a sus planes. Así que la mejor forma era evitar el riesgo.

Cuando Lupìcinio se fue de su casa con las monedas en  la bolsa y el corazón lleno de alegría, Leopoldo López llamó a su criado, a quien había contratado, precisamente, por una de sus mejores cualidades: la ausencia total de escrúpulos. Durante las últimas tres semanas, con sutileza, había ido informándose sobre  aquellas personas que en la localidad  estaban dispuestas a vender su alma por unas monedas y tras una primera y discreta selección, había puesto su interés en el que ahora era su criado. Se llamaba  Gerondio, y desconocía su apellido  porque ni él mismo conocía quienes habían sido sus padres. Cuando lo consideró oportuno, lo abordó y le propuso que fuera su criado, pues necesitaba un hombre dispuesto  actuar cuando se lo ordenara y que no preguntara por la razones. Gerondio aceptó de inmediato, sin siquiera  preguntar cual iba a ser su paga; su experiencia le permitía saber que cuando alguien contrata para lo que sea y sin preguntar, siempre hay mucho dinero por medio y eso era lo que le convenía. 
- Ese hombre que acaba de salir,  tiene información que es de mi interés que no sea conocida por nadie y necesito asegurarme de ello cuanto antes. Además lleva una bolsa con una importante cantidad de dinero que te  puedes quedar. ¿Entiendes lo que te digo?.
- Si, amo. Descuidad, que la información se desvanecerá como  el  humo  de la hoguera – se sentía poético – y el dinero lo pondré a  buen recaudo, antes de que salga la luna.

Jerondio había cumplido lo prometido. La información que Lupicinio había prometido mantener en secreto se había ido con él, así como también aquel futuro de  felicidad para su familia.
Cuando su criado le informó que su preocupación había dejado de ser tal, Leopoldo sonrió.  Todo marchaba según lo planeado.

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