IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY
CAPITULO XV (04.02.2013)
Era la hora de laudes, pero la actividad en el monasterio ya había empezado con la vigila antes del amanecer.
Iñigo Aldai no había descansado bien. El silencio extremo reinante durante la noche al que no estaba acostumbrado, le impidió conciliar el sueño; no así Lucas, que tan pronto se tumbó en el camastro, se sumergió en un profundo sueño del que solo salió cuando su Señor golpeó a su puerta.
Se dirigieron al refectorio donde tomaron un cuenco de leche de oveja con un trozo de pan moreno mientras, como los monjes asistentes, oían la lectura propia del día, la parábola del Lázaro y el rico Epulón, del Evangelio de San Lucas.
Cuando terminó el refrigerio, los monjes se fueron a sus labores, menos fray Bartolomé, el Padre Prior que, dirigiéndose al capitán Aldai, le dijo:
- He sido informado Capitán que no portáis avituallamiento, por lo que le he pedido al hermano cillero que os provea de algunos víveres para vuestro viaje.
- Os lo agradezco padre Prior. Efectivamente, vamos ligeros de carga, pues el viaje es largo y el tiempo escaso, así que hemos de cabalgar rápido. Tan pronto oigamos la Santa Misa reanudaremos nuestro camino y por eso quiero ahora agradeceros también la hospitalidad que nos habéis dado.
- Pues que tengáis buen viaje y que Dios Nuestro Señor os acompañe.
- ¡Qué así sea¡
Galoparon hasta media mañana siguiendo el camino a San Millán, donde cruzaron el Arlanzón enfilando después hacia la sierra de Atapuerca que coronaron, bajando después hacia la villa de realengo y que tomaba el nombre de la sierra.
Sobrepasada la aforada villa, no tardaron en llegar a las orilla sur del río Cerrato que bajaba escaso de agua y que cruzaron sin bajarse de los caballos. Les quedaban unas cuatro leguas para llegar a la villa de Briviesca, población capital de la comarca de la Bureba. El capitán Aldai consideró que había que dar reposo a los caballos, así que desmontaron para descansar en el bosquecillo de alisos de la orilla norte del río.
Bebieron los caballos y también los jinetes que aprovecharon para comer parte de las viandas que tan generosamente les había dado el Prior del Monasterio de San Pedro, ya que de esa forma no tendrían que parar más tarde para comer.
Llegaron a la vista de Briviesca cuando las campanas de alguna ermita o iglesia de la villa llamaban al angelus. La villa era paso obligado de los peregrinos a Santiago, por lo que siempre había mucho movimiento en sus calles; era además cruce de las dos antiguas calzadas romanas a Cesaraugusta y a Pamplona, capital del Reino de Navarra. Tenía fuero propio otorgado por Alfonso VII, lo que le permitió desarrollarse económicamente hasta convertirse en la población más importante y numerosa de la comarca de la Bureba. Atravesaron la villa sin desmontar y con los caballos al paso, saliendo por el camino que les llevaría a la población de Cubo de Bureba y de allí, bordeando los montes Obarenses, hasta el desfiladero de Pancorbo, asentado sobre la antigua vía Aquitania y salida natural de la Meseta al mar. Era un paso estrecho y alargado recorrido por el río Oroncillo. En Pancorbo había asentada una floreciente población judía al lado de la muralla que unía el castillo con la Peña Roja. Desde el castillo de San Marta se controlaba el paso del desfiladero, por lo que su conquista había sido en el pasado causa de no pocas luchas.
Una vez que se atravesaba el desfiladero, se entraba en un territorio que por sus características les iba a obligar a hacer la marcha más lenta. La vegetación se iba espesando cada vez más cuanto más se aproximaban a la sierra de Garobel o Salbada, y el terreno dejaba de ser llano para convertirse en una serie de colinas y vaguadas. Iñigo Aldai lo sabía y le preocupaba, pero lo que más le intranquilizaba era que una vez cruzaran el Ebro a unas dos leguas de Pancorbo, dormir a la intemperie suponía un riesgo nada despreciable, pues aquella zona entre las sierras de Peñagobía, Arcamu y Salbada era territorio en el que abundaban los lobos, así que habrían de procurarse alojamiento nocturno en lugar habitado y no había muchos en el recorrido que tenían que hacer.
Empezaba a refrescar a medida que avanzaba la tarde. Iñigo dudaba sobre si pernoctar en Pancorbo o seguir hasta el término de Santa Gadea, a algo más de una legua de distancia. Miró a Lucas y no observó signos de cansancio en su cara, así que decidió seguir tras decirle que pasarían la noche en la próxima población que encontrarían, que era la de Santa Gadea, lugar muy antiguo y que por pertenecer al reino de Castilla le parecía seguro además de porque estaba amurallada y contaba con un imponente castillo coronando el cerro. Cabalgaron al trote y entraron en la villa ascendiendo por el empinado camino empedrado que llevaba hasta el torreòn de planta cuadrada donde estaba la puerta de arco ojival de entrada al recinto, El portón estaba cerrado. Cuando el Capitán se disponía a golpear la puerta con la pesada aldaba en forma de argolla fijada a ella, desde las almenas alguien les gritó:
- ¿Quién sois y qué queréis?
Levantaron la vista en dirección a donde procedía la voz y vieron a un guardia inclinado asomado entre dos merlones del torreón.
- ¡Soy el capitán Iñigo Aldai en misión al servicio del Rey de Castilla y deseo pernoctar en el castillo¡
- ¡Aguardad un instante, Capitán¡¡ Abrid el portón¡ -gritó hacia el interior.
Oyeron el ruido al quitar la tranca y el rechinar de las bisagras al abrir el portón.
Entraron y mientras un guardia volvía a cerrar el portón, otro que parecía oficial, les saludó.
¡Sed bienvenidos, Capitàn¡ ¿En qué podemos serviros? - preguntó
- Quisiéramos pernoctar en el castillo antes de continuar nuestro viaje al servicio del Rey Nuestro Señor.
- El Alcaide se encuentra fuera desde hace dos días y no se le espera de regreso hasta media semana, por lo que dispondré yo lo necesario para vuestro alejamiento y atención de vuestros caballos.
Le hizo una señal al guardia que había abierto el portón para que se hiciera cargo de los caballos
¡Seguidme, por favor¡
Entraron en la Torre del Homenaje, donde les indicó sus aposentos y donde podrían cenar si lo deseaban. Después se fue.
El silencio de la noche solo era roto por las voces de los soldados en el cambio de guardia. Les despertaron las campanadas de la ermita extramuros dedicada al Virgen de las Eras. Habían dormido bien y descansado. El capitán Aldai esperaba llegar ese día a al destino al que le llevaba la misión encomendada por el Rey hacía ya una semana.
Dejaron atrás Santa Gadea en dirección a Puente Larra donde vadearían el Ebro sin dificultases según les informaron en el Castillo. En Puente Larra se descargaba en el Ebro el río Omecillo y siguiendo por su margen derecha pronto entraron en la zona de media montaña en la que confluían las sierras de Arcamu y Peñagobía. El camino se hacía cada vez más dificultoso y les obligó a aminorar la marcha. Un tropiezo o un resbalón del caballo podría tener consecuencias graves; tenían que extremar la atención, le había dicho el capitán a Lucas, pues era zona de jabalíes y corzos y una aparición inesperada de cualquiera de ellos cruzando el camino podría asustar a los caballos y provocarles una caída. En ocasiones tenían que inclinarse sobre el caballo para evitar las ásperas hojas de los encinos carrasco que constituían la vegetación arbórea de la zona. Llegaron a la población de Berberana ya en el inicio de las laderas de Sierra Salbada donde terminaba bruscamente la Meseta con unos acantilados de varios cientos de varas castellanas. Ahora tenían que ir bordeando la Sierra hacia el oeste hasta llegar a la Peña de Angulo, por donde iniciarían la bajada hasta Quejana, solar de los Señores de Ayala, por el camino de carretil que permitía a los mercaderes y comerciantes de Castilla llevar la lana y madera a los puertos del Cantábrico.
Lucas estaba impresionado por la majestuosidad del valle a los pies de Sierra
Salbada. Acostumbrado a las llanuras castellanas, la visión de aquellos acantilados verticales, las diminutas poblaciones diseminadas por el valle allá abajo, la frondosidad de los hayedos y, sobre todo, el verde que todo lo cubría, le parecía propio de un sueño.
A medida que iban descendiendo y el arbolado clareaba, podía ver rebaños de ovejas pastando cerca de las casas que aún le parecían diminutas por la distancia. Los hayas empezaba a lucir colores ocres y rojos que anunciaban la llegada del otoño, pero los prados brillaban por efecto de la lluvia que había caído durante la noche.
.Cuando la pendiente del camino se hizo más pronunciada, desmontaron haciendo el camino a pie hasta el lugar de Oceca. Allí el camino giraba hacia la derecha y era más llano, por lo que montaron otra vez. Estaban cerca ya, muy cerca del solar del V Señor de Ayala, Don Hurtado Sáenz de Salcedo y no estaría bien que un caballero se presentara a pie, no sólo porque no fuera costumbre entre los caballeros presentarse en casa ajena de tal informa, sino porque él, ostentaba la condición de comisionado del Rey a quien estaba sometido el Señor de Ayala. Don Hurtado Sáenz, por lo que le había contado Don Diego López de Haro antes de partir, fue abandonado por su mujer, María Sánchez de Mendoza que se marcho a Portugal con un caballero portugués después de haber dado a luz a Sancho García.
Las relaciones de Don Diego López con el Señor de Ayala eran buenas y estaba seguro que no tendría necesidad de recurrir a la carta del Rey para obtener la máxima colaboración.
Llamaron a la puerta.
La noticia de la detención y encierro del Regidor era conocida en toda la comarca de Cuéllar produciendo reacciones distintas. Aquellos que por razones justas o no, habían sido objeto de la justicia del Regidor pagando multas o sufrido penas de encierro, se alegraron. Otros decían que más valía malo conocido que bueno por conocer, y los había que habiéndose beneficiado con algunas de las actuaciones del delegado real y que habían sabido agradecer con generosas compensaciones económicas, estaban molestos por lo ocurrido.
Tres días después de su encierro, por la tarde, dos comerciantes de la villa se presentaron en el cuartel de la guardia de la ciudadela solicitando ver al detenido.
Como el capitán Iñigo Aldai no le había indicado la prohibición de visitas y solo le había exigido la custodia del preso hasta que él volviera, Pergentino Menéndez no les puso objeción, por lo que autorizó la visita solicitada. Los comerciantes eran dos de las fortunas mayores de Cuéllar, hombres con influencia y respetados. Un soldado les acompañó hasta la celda del Regidor y le dijo al que estaba de guardia que abriera la celda y que la volviera a cerrar tan pronto los dos señores entraran. El Regidor se sorprendió por la visita. Los comerciantes se deshacían en lamentos por lo ocurrido pues le consideraban un hombre justo y, además era el representante del Rey y sólo El tenía autoridad para deponerlo de su puesto. Ellos dos en concreto no estaban de acuerdo con su detención y habían venido a manifestárselo así, ya que no querían que se les pudiera considerar cómplices de tal aberración y, al mismo tiempo, a ponerse a su servicio por si tenía algo que disponer.
La perspicacia del Regidor le hizo pensar que algo había detrás de aquel generoso ofrecimiento. Fuera lo que fuera, decidió seguir el juego, pues encerrado como estaba, no se podía permitir rechazar cualquier ayuda por pequeña o interesada que fuera.
- Os agradezco señores vuestra visita en estos momentos aciagos en los que la injustita se ha cebado conmigo. Decís bien cuando afirmáis que sólo el Rey me puede privar de la libertad y de las responsabilidades de este cargo que el me dio, pero no veo forma alguna para hacer que la situación vuelva a la normalidad.
- Quizá haya alguna forma, señor Regidor, de sacaros de esta celda para que recuperéis vuestro puesto, pero…
- ¡Pero qué,¡¡Decidme, soy todo oídos.
- El caso es que para nosotros sería muy arriesgado y probablemente tendríamos problemas con el capitán que mandó daros preso y, claro, nosotros somos comerciantes, hombres de negocios que vivimos del comercio de la lana, una actividad en la que, como sabéis, hay mucha competencia y ésta no siempre se produce en condiciones de igualdad.
- ¡Id al grano¡ ¡Vamos, vamos! – les apremió - ¿Qué queréis decir con lo de la
competencia desleal?
- -Pues que no todos son puntuales en el pago de sus impuestos y mientras nosotros hemos de detraer dineros para hace frente a ellos, aquellos que se retrasan en su pago negocian con el dinero que tenían que haber pagado, mermando así nuestras posibilidades.
- Pero los impuestos los cobra el castillo y no yo.
- Así es, pero habiendo muerto el Alcaide y entre tanto no se produzca un nuevo nombramiento, que incluso podría ser en vuestra persona si Don Diego López de Haro supiera que es el deseo del Concejo de Villa y Tierra, vos , como delegado real, sois la máxima autoridad competente para reclamar el pago inmediato de los impuestos atrasados.
- De poco me sirve tal autoridad siguiendo aquí encerrado ¿no creen? Y además, si quien recauda es el castillo, ¿cómo sabré quien no ha pagado?
- De eso se trata. Nosotros trataríamos de solucionar vuestra situación en un claro servicio al Rey sacándoos de aquí e indicándoos quienes son los morosos, y vos os ocuparíais de solucionar la nuestra que, como os hemos explicado, es de justicia.
- ¿Y cómo solucionaríais mi situación actual estando custodiado por los soldados que han recibido órdenes directas de ese capitán Aldai?
- Si estáis de acuerdo con nuestra propuesta, dejadnos a nosotros resolver esa
dificultad. ¿Estáis de acuerdo entonces?
- Lo estoy, pero no demoréis. La humedad de esta celda es insoportable.
Llamaron al guardia para que les abriera la puerta. Mientras cerraba, uno de los comerciantes le dijo:
-A ti te conozco yo. Tu eres ese al que llaman Máximo Paniagua y vives en la calle de los Herreros ¿no?
- Así es, Señor, con mi mujer y los cinco hijos que me ha parido, cuyas bocas apenas puedo llenar con mi soldada.
- Son tiempos duros, pero no desesperes que Dios proveerá.
-No quisiera parecer mal cristiano Señor, pero Nuestro Señor tarda en hacerlo y mi familia necesita comer todos los días si es posible..
-No desesperes, Máximo, que nunca ha llovido que no escampara.
- Si vos lo decís….
Los dos comerciantes salieron de la ciudadela y se dirigieron la taberna que había en la calle de la Morería. Pidieron una jarra de vino y entraron en los detalles del plan que previamente a la visita al Regidor habían elaborado, contando con que el delegado real iba a aceptar su propuesta o cualquiera que le ofrecieran con tal de ser liberado.
A ellos les interesaba crear dificultades financieras a sus competidores de la villa, al menos a aquellos más fuertes, de forma que fueran ellos dos los que controlaran
prácticamente todo el comercio de la lana en la comarca, lo que les permitiría imponer precios de compra a los propietarios de los rebaños que no podrían rechazar pues les saldría mucho más cara ir a vender la lana a otras plazas ,y eso sin contar los riesgos del camino o incluso el de un incendio accidental en sus almacenes o de alguna carreta.
Máximo Paniagua, igual que otros soldados que tenían familia en la villa, cuando estaban francos de servicio iba a dormir a su casa. Esa semana le había tocado la guardia del calabozo desde la mañana hasta el toque de las campanas de San Pedro, quedando libre de servicio hasta el alba del día siguiente.
La comida que una de las mujeres de la cocina traía cada día para que se la pasara al Regidor era abundante y de buena carne. Cuando a través de la trampilla el preso le devolvía la escudilla, aún quedaban en ella trozos de carne. Máximo comía el rancho de los soldados consistentes en una sopa de calabaza con algún tropiezo de tocino y pan moreno que le llevaba cada día a su puesto un compañero de la guardia, por lo que aquellos trozos de carne sobrantes le parecían el mejor de los manjares. No obstante, no los probaba; cuidadosamente los envolvía en un trozo de tela y los guardaba para llevárselos a sus hijos cuando terminara su servicio. Era verdad que su familia pasaba hambre. Su soldada de 5 sueldos de cobre al día no daba para comer y vestir a seis personas y menos aún cuando cinco de ellas estaban creciendo.
Aquellas sobras acompañado de algunas verduras , aunque diera para muy poco a cada uno de ellos, eran un gran regalo para su familia.
Aquel día, cuando fue relevado de la guardia, dejó en el cuartel su equipamiento militar y con otro compañero también libre de servicio, se dirigieron a la villa. Por el camino comentaron lo de la visita de los comerciantes y lo ocurrido tres días antes sobre la detención y encierro del Regidor por orden del capitán Aldai. No entendían como era posible que el delegado real, representante del Rey por tanto, pudiera ser detenido por un capitán del ejército del Señor de Vizcaya.
- No te preocupes. Nosotros a lo nuestro, que es cumplir órdenes que para eso nos pagan aunque sea poco,- le dijo a Máximo su compañero.
- Si, es cierto, pero a mi no me gusta nada lo ocurrido. ¿Y si nos metemos todos en un lío por tener encerrado al Regidor?
- Bueno, ¿a ti quien te ha mandado guardar la puerta de la celda, el oficial, no?, pues él será el responsable si es que cumple órdenes que no debe, así que ¡allá él¡
- Pero yo no puedo evitar estar preocupado, porque si como consecuencia de todo esto me ocurriera algo ¿ quién va a sostendría a mi familia? ¿Quién daría de comer a mis hijos? Ahora por lo menos y aunque sea escaso, comen de mi soldada, pero si la perdiera…. No quiero ni pensarlo. Me sentía mejor cuando el Regidor estaba en su puesto, y eso que no me caía nada bien.
-Bueno, no le des más vueltas al asunto, No depende de ti resolverlo, así que vete a tu casa, que yo me voy a la mía; acuéstate con tu mujer, acaricia a tus hijos y duerme, que mañana será otro día.
-Tienes razón, compañero. ¡Hasta mañana¡
- ¡Buenas noches¡
Máximo caminaba por la calle de San Pedro y al doblar la esquina para entrar en la de los Herreros donde vivía, se encontró de frente con uno de los comerciantes que habían ido a visitar al Regidor a la cárcel aquella tarde.
- ¡Buenas noches Máximo¡- le saludó
- ¡Buenas noches¡ -correspondió
- No he podido dejar de pensar en lo que nos contaste esta tarde en la cárcel y me preocupa que una buena familia vecina mía pase necesidad extrema. Tú eres un buen hombre y un buen cristiano y me gustaría ayudarte para que pudieras sacar a tus hijos adelante.
- Os lo agradezco, Señor Díaz, pero vos mismo decíais que corrían malos tiempos y que el trabajo escasea. Ahora tengo mi soldada que, aunque escasa, es segura y no me queda tiempo para otro trabajo, así que si es ayuda que me ofrecéis viene por ahí, no sé cómo podría ser.
- No te preocupes, que no va la cosa por ahí. Ya se me ocurrirá algo a tu alcance.
- Pues entonces, buenas noches Señor Díaz.
- Espera, espera Máximo, que quería preguntarte algo. ¿Qué se opina por la ciudadela sobre la detención de Regidor?
- Pues se dice de todo, pero se cumplen las órdenes – contestó
- Pero ¿y tú qué opinas?
- -Yo obedezco órdenes como los demás, aunque no entiendo lo que ha pasado: No entiendo que el Regidor pueda ser detenido por un capitán del ejército de Don Diego López.
- Yo tampoco lo entiendo, amigo Máximo. Es más, pienso incluso que esa detención sea un delito contra el Rey y que cuando Su Majestad se entere de ello castigará severamente al culpable y a sus colaboradores.
- ¿Qué queréis decir? ¿Qué si es como vos decís castigaría al oficial del castillo además de al capitán Aldai?
- Eso creo Máximo, aunque nadie puede garantizar que Su Majestad no considere colaboradores a la propia guardia y a los alguaciles por cumplir las órdenes del Capitán.
- ¡Pero si yo sólo cumplo las órdenes que me da el oficial¡-protestó.
- Si, sí, así debiera ser , pero… ¡quién sabe cómo va tomar el Rey lo ocurrido con su delegado¡. Somos muchos en la villa los que no quisiéramos provocar el enojo del Rey, y que nos gustaría que supiera que no estamos de acuerdo con lo ocurrido, pero sabemos que el propio Regidor ha enviado una carta a Don Alfonso informándole de todo, por lo que si nosotros le enviáramos una carta, ya sería tarde y todos podríamos ser considerados colaboradores si no hacemos algo que le demuestre al Rey que no es así.
- ¿Y qué pensáis que se podría hacer? Porque yo no quiero problemas con el Rey.
- Podríamos sacar de la cárcel al Regidor, por ejemplo y así él mismo sería nuestra mejor garantía ante el Rey.
- Pero eso es imposible, porque durante el día hay un guardia en la puerta de su celda y por la noche, aunque no hay guardia, la ciudadela está cerrada.
- Lo sabemos. Por el día no podría ser, pero si antes de que el guardia se fuera
tuviera que entrar en la celda para dejarle la el agua para beber o que recibiera una visita y al salir no se diera cuenta de echar el cerrojo… al amanecer el Regidor podría salir de la celda y convenientemente disfrazado abandonar la ciudadela. Cuando el guardia llegara a la puerta encontraría esta cerrada tal como la dejó pensaría que el preso seguía dentro y solo se daría cuenta de que no era así cuando le pasara la comida a mediodía.
- Pero… pero… durante esta semana yo soy el guardia de turno. No me podéis pedir que haga eso. Si se enteran me detendrían y mi familia no tendría quien la alimentara.
- Y si el Rey te considera colaborador, podrías perder la cabeza, como los demás. ¿Qué creéis que sería peor, Máximo? Además ¿quién habría de enterarse si tú mismo eres quien descubre que el preso se ha escapado y que la puerta está con el cerrojo echado. No correrías ningún riesgo y los que somos leales al Rey sabríamos agradecértelo…. ¿digamos con una cantidad que te permita dejar la milicia y trasladarte con tu familia lejos de aquí y poder comprar un trozo de tierra y algunas ovejas?
- Pero, Señor Díaz, si me fuera de aquí con mi familia sería como descubrirme.
- No tiene por qué ser así. Si la fuga se produce durante la noche, lo más que podrían decirte es que fuiste descuidado o que no estabas suficientemente atento y que por eso te licencien. Si eso ocurre así, y podemos hacer que ocurra, todo el mundo entendería que fueras a buscar trabajo a otra población.
- Visto así…. ¿cuánto costaría mi descuido?
- Digamos que ¿una dobla de oro?
- ¡ Una dobla de oro decís¡ ¡Santo Dios¡ ¿Y qué seguridad tengo de cobrar ese dinero una vez que el Regidor haya salido de su prisión?.
- ¿Por qué no habría de fiarte de nosotros?. Si tu nos denunciaras, nosotros tendríamos más que perder que tú, pero para que estés más seguro, te daré ahora 50 sueldos y el resto a la misma hora que hoy y en este lugar el día que el Regidor haya salido. ¿De acuerdo?
- De acuerdo. Decidme ¿cuándo ha de ser el día?
- Pasado mañana, viernes. ¡ Ah¡ y de esto ni una palabra a nadie, ni siquiera a tu mujer ¿entendido? Y dándole una pequeña bolsa de cuero conteniendo los sueldos prometidos que Máximo metió dentro de la camisa, se marchó.
Máximo llegó a la puerta de su casa hecho un manojo de nervios. No estaba totalmente seguro de que lo que había acordado hacer estuviera bien, pero una dobla de oro era toda una fortuna y su familia le importaba demasiado como para perder la oportunidad de sacarla de la miseria permanente. Ser propietario de su propia tierra, aunque no fuera grande, cultivar sus propias verduras y pastorear un rebaño de ovejas suyo, colmaba sus mayores aspiraciones y no parecía que el riesgo fuera alto; mayor lo era si el Rey los consideraba colaboradores en un delito contra su autoridad. No entró en la casa, sino que silenciosamente fue a la parte trasera; después de asegurarse de que estaba solo, metió la bolsa con los 50 sueldos en un agujero del tamaño de un puño que tenía la pared de adobe. Después lo tapó con un manojo de hierba seca; parecía una reparación de la pared y no llamaría la atención.
Le parecía un lugar seguro para los pocos días que habría de estar allí.
Cuando entró en la casa, su mujer, que preparaba la cena de sopa de pan con cebolla ante la mirada hambrienta de sus hijos, no le oyó entrar. Sus hijos más pequeños, de cuatro años y cinco años, fueron corriendo a abrazarse a las piernas de su padre y casi le hacen perder el equilibrio; los otros tres, ya mayores para tales muestra de efusión, se rieron; entonces su mujer se volvió.
-Mujer, deja de revolver la sopa que hoy volvemos a comer carne- anunció.
Se armó el alboroto cuando abrió la bolsa donde aquel día había guardado las sobras de la comida y las puso en el plato del que habitualmente comían todos. Había dos buenos pedazos de carne de cordero y un trozo de queso grasiento de oveja, así como casi media hogaza de pan. Todo un banquete para aquellos cinco estómagos hambrientos.
Su mujer le notó nervioso y le preguntó qué le pasaba. El le respondió que nada, que solo era por la emoción de pode traer carne para que comieran sus hijos.
Aquella noche apenas durmió ni dejó dormir a los demás. Tumbados los siete en la cama común, no dejaba de imaginar como sería su vida dentro de pocos días en adelante.
El jueves transcurrió sin incidencia alguna. El viernes, a media tarde, el comerciante Antonio Díaz solicitó ver el Regidor para, según dijo, entregarle ropa de abrigo que les había pedido en su primera visita. Le acompañó un soldado hasta la celda delante de la que Máximo montaba guardia. Al ver al comerciante no pudo evitar sentirse nervioso. Le temblaban las manos cuando intentó meter la llave en la cerradura.
- Parece que hace frió aquí eh, veo que te tiemblan las manos – acudió en su ayuda el comerciante.
- Sí, sí; este es un lugar muy frió a estas horas – dijo Máximo.
Entró el comerciante y Máximo cerró la puerta. El soldado regresó al cuartel.
- Decidme, ¿qué nuevas me traéis?.¿Cuándo me sacaréis de aquí? -le preguntó el Regidor.
El comerciante le explicó que cuando terminara la guardia, la puerta quedaría cerrada, aunque no con llave, pero que no debía salir de la celda hasta el amanecer, pero antes de que llegara el guardia y después permanecer escondido donde pudiera y esperar a que las puertas de la ciudadela se abrieran y empezara a entrar gente para salir entonces cubierto con las ropas de campesino que le llevaba.
- Una vez fuera – le dijo el comerciante - os dirigiréis y siempre disfrazado, a mi casa, donde estaréis seguro mientras nosotros seguimos con el resto del plan.
-¿Cómo conseguiréis que la puerta no quede cerrada con llave?- preguntó.
- Hemos llegado a un acuerdo con el guardia, acuerdo al que supongo no tendréis inconveniente en sumaros contribuyendo con una dobla de oro para obtener su colaboración, su silencio y su marcha de la comarca.
- De acuerdo, siempre que sea como decís- respondió.
-Lo será, no os preocupéis. Ahora he de irme y recordad no salir de la Torre antes de que empiece a entrar la gente a la ciudadela, que de la celda se que lo haréis a tiempo.
Salió de la celda y se aseguró de que Máximo cerraba la puerta pero no echaba la llave.
-Quédate tranquilo- le dijo; todo saldrá según lo planeado y mañana por la noche tu fortuna habrá cambiado.
Para Máximo el resto de la tarde se le hizo interminable. Estaba deseando oír las campanas de San Esteban para irse a su casa. Tenía el corazón en un puño y hasta le parecía que el rancho le había sentado mal, pues tenía como un nudo doloroso en la boca del estómago.
Antonio Díaz salió de la ciudadela y fue a la casa del comerciante que le había acompañado en la visita primera al Regidor, Alonso Carril. De acuerdo con el plan, habían redactado una carta dirigida a Don Diego López de Haro en la que tras lamentar el accidente que había causado la muerte al Alcaide Fernando Huarte le hacían saber que los Procuradores de Tierra tenían un muy buen concepto del Regidor Don Leopoldo López, pues era hombre justo, eficiente y muy implicado en el desarrollo económico de la Comunidad de Villa y Tierra , por lo que sometían a la consideración del Señor de Vizcaya la posibilidad de que Don Leopoldo López pudiera ser tenido en cuenta como futuro alcaide de Cuéllar. La carta habría de ser firmada por los Procuradores de Tierra para lo cual Alonso Carril había mandado el día anterior a su secretario a visitar a cada una de los Procuradores, advirtiéndole que a cada uno de ellos les dijera que los demás ya le habían adelantado a Alonso su disposición a firmar, lo que harían tan pronto les llegara la carta.
El secretario aún o había regresado y era probable que hasta la entrada de la noche no lo hiciera.
Antonio Díaz informó a su cómplice sobre la visita al Regidor y como éste costearía lo ofrecido a Máximo Paniagua, lo que satisfizo a ambos, pues de esa forma solo obtendrían beneficios y ningún gasto una vez que Antonio Díaz recuperase lo entregado a cuenta a Máximo.
Desde su celda, el Regidor oyó el tañido de las campanas de San Esteban. Oyó también los pasos del guardia alejándose. La impaciencia le devoraba, pero era un hombre capaz de controlarse y esperó hasta que por la reducida ventana enrejada del calabozo vio que la oscuridad exterior era total. Entonces se acercó a la puerta y la empujó despacio. La puerta no cedió. Lo intentó otra vez con fuerza y ahora sí que giró sobre sus goznes. Le dio un vuelco el corazón; estaba a un paso de la libertad y del principio de su venganza. La cerró cuidadosamente y esperó. No quería quedarse dormido por miedo a no despertarse antes de que el guardia entrara de servicio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario