IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXI (09.02.2013)
Juan Llorca era un hombre rudo, carente de los modales más indispensables y escaso de buenos sentimientos. No había conocido a su padre y su madre lo había abandonado cuando apenas tenía cuatro años. Aprendió a vivir como muchos otros pilluelos en sus mismas condiciones: robando por los mercados, saltando las tapias de las huertas para robar fruta o colándose en los gallineros en busca de huevos y, si se terciaba, de un pollo o gallina. Había crecido en la calle aprendiendo lo peor de cada lugar por el que se detenía. Conoció a otros como él y terminó formando una banda que tan pronto asaltaba a algún mercader de camino a no les importaba dónde, como robaban corderos de los apriscos que después vendían lejos a otros ganaderos.
Su zona preferida de actuación era la comprendida entre el río Duratón y la Sierra de Pedrales. Era paso casi obligado para ir desde Pedraza, Villfranca, Cantalejo, Turégano o Sepúlveda a los mercados de las poblaciones de Aranda y Peñafiel y viceversa, por lo que no les faltaban clientes y además, quedaba lejos de los alguaciles, poco dados a hacer grandes desplazamientos rutinarios para capturar delincuentes y menos aún si no se producían asesinatos. En esto era cuidadosa la banda, precisamente para no forzar la intervención de la Justicia. Llevaban varios meses actuado en la zona con resultado satisfactorio. Después de cada asalto, se separaban no más de cuatro o cinco días distribuyéndose por las aldeas de la comarca en con el fin de obtener información sobre movimientos de mercancías que pudieran interesarle. Al sexto día se reunían en un lugar fijado antes de la separación para analizar la información conseguida y preparar el asalto, si era el caso.
En esta actividad de búsqueda de información estaba Juan Llorca en una taberna de Olombrada cuando dos alguaciles de Cuéllar lo detuvieron.
Después de ser liberado por Alonso Carril y aceptado su oferta, no le costó localizar a los componentes de la banda, a quienes informó de que tenían un encargo que hacer por el les pagarían tres doblas de oro- tuvo mucho cuidado en no decirles nada sobre el pago adelantado que había recibido- y que el trabajo consistía en eliminar, no importaba como, a un caballero normando desertor del ejército del Rey y que, además, les estaba haciendo la competencia.
Se pusieron en marcha con tiempo suficiente, por el camino a Campaspero. Solo tenían cuatro caballos, así que dos de ellos llevaban doble carga. Las lomas entre las que pasaba el camino destacaban cubiertas de encinos sobre la llanura. Se dirigieron a ellas y Llorca hizo un reconocimiento del terreno hasta buscar el lugar ideal para la emboscada. Mandó a sus hombres que ocultaran los caballos detrás de la loma. A Llorca no le gustaba dejar cabos sueltos y solía tener en cuenta todas las variantes posibles que podían darse al ejecutar un trabajo, así que pensó que el normando podría pasar al paso y si era así le caerían todos encima desde el ribazo del camino, o podría hacerlo al trote o al galope y, es ese caso, habría que detenerlo antes de caerle encima. En previsión de que pudiera darse esta segunda posibilidad, les ordenó cavar una zanja transversal en el camino, de algo más de una vara de ancho y que cubrirían con unas ramas delgadas cubiertas de hojarasca, para que el caballo metiera los remos y derribara al normando.
Se pusieron manos a la obra y para el mediodía tenían la trampa terminada.
Comieron algo y después se sentaron a esperar la aparición del normando, mientras que uno de ellos, en el alto de la loma, oteaba el camino de Campaspero. Desde donde estaba alcanzaba ver la población y todo el camino que recorrería el normando hasta donde estaban ellos esperándole.
Lucas se despertó tiritando. Estaba amaneciendo y el fuego que Fabián había preparado por la noche se había apagado. A media docena de varas estaban atados los caballos que parecían insensibles al frío y a la humedad. El Capitán se despertaba también, pero… Fabián no estaba; había desaparecido. Cuando Iñigo se dio cuenta, se alarmó. Fabián iba de buena gana a Toledo, por lo que era absurdo pensar que se había escapado; además, su caballo estaba allí. Más absurdo era pensar que lo hubieran raptado por la noche alguna banda de forajidos. -¿Dónde podría estar o haber ido? - se preguntaba. Lucas no sabía qué hacer o decir. Oyeron un ruido como de ramas rotas río abajo. El Capitán echó mano a su espada.
- ¡Buenos días¡ - saludó Fabián apareciendo entre la vegetación de la orilla del río.-
Hoy desayunaréis pescado- dijo mientras levantaba en alto tres truchas ensartadas por las agallas con el dedo índice de su mano derecha.
- ¡Vaya susto que nos has dado ¡- dijo el Capitán.- Llegamos a temer que te hubiera ocurrido algo.
- Solo fui a coger unas truchas. Al amanecer es fácil y pensé que quizás les apeteciera variar el desayuno.- dijo.
- ¡Pues has acertado de pleno¡ - exclamó Lucas
- Lucas, trae algo de leña para avivar el fuego- le ordenó el Capitán.
Cuando el fuego estuvo listo, Fabián ensartó en un palo las truchas que antes había destripado y salado y dándoselo a Lucas le explicó que las mantuviera encima de las llamas, pero sin que llegaran a tocarlas.
El empezó a preparar su habitual cocido de habas.
Las truchas terminaron con la piel algo chamuscada, pero estaban para dejar sólo la espina, según comentó Lucas.
Con el desayuno se bebieron todo el chacolí que quedaba. Lucas había comprado vino en Fontioso, además de tocino, y un pernil curado de cerdo, así que tenían provisiones sobradas hasta llegar a Cuéllar. El problema lo tenía Fabián, pues su provisión de habas secas se estaba agotando.
Montaron y salieron al paso para dar tiempo a los caballos a que calentaran sus músculos. Un poco más tarde, el Capitán, que iba en cabeza, puso su caballo al trote y los demás le imitaron. Cuando finalizara la jornada estarían en Cuéllar. Al pensar en ello, el corazón de Iñigo aceleraba su ritmo y notaba la sangre más caliente recorriendo su cuerpo. Calculaba que para el mediodía, cuando hicieran un alto para comer algo y dar descanso a los caballos, ya habrían pasado Roa y desde esa población hasta Cuéllar había unas nueve leguas, así que incluso puede que llegaran a media tarde, mucho antes del cierre de las puertas de la ciudadela.
Dejaron Roa al sur evitándose así tener que vadear el río Gromejón y el Duero y siguieron por la orilla norte de éste, parando a descansar, viendo a lo lejos el castillo de Socastillo, en San Martín de Rubiales, aquel pueblo masacrado por el hijo de Almanzor en el año de mil y siete. En esta ocasión la comida fue variada. Fabián comió también del pernil de cerdo pues las habas las reservaba para cenar y probó por primera vez el vino cuyas cepas regaba el Duero. No era como su chacolí; le parecía áspero y demasiado fuerte, pero… ya no le quedaba vino de sus parras.
Cruzaron el puente sobre el Duero antes de Peñafiel. Estaba muy próximo ya el final de etapa. Fabián pensaba cada vez más en el momento de encontrarse con Marta. Lucas lo hacía en la cocinera gorda Serafina y las raciones de comida que le preparaba. Los caballos parecían intuir la cercanía de una confortable caballeriza y galopaban incansables. El galope era fácil pues el terreno era llano, el arbolado ralo y aunque Campaspero estaba más alto que Peñafiel, la subida apenas se notaba.
Sobre la llanura destacaban dos lomas cubiertas de arbolado hacia las que se dirigía el camino. Una vez pasadas, el camino descendía lentamente a lo largo de dos leguas hasta la villa de Cuéllar.
El vigía que habían apostado llegó corriendo hasta donde estaba el resto de la banda, informando a Llorca que por el camino de Campaspero venían tres jinetes al galope y uno de ellos parecía hombre de armas pues se distinguía su sobrevesta.
- Pues ese tiene que ser el normando,- dijo Llorca- y los otros serán hombres de su banda. Tenemos que eliminar al normando y si los otros se entrometen daremos cuenta de ellos también. ¡Preparaos, que pronto estarán aquí, y silencio, que nadie se mueva hasta que yo lo diga¡ ¿Entendido?
Ya se oía el ruido de los cascos sobre las piedras del camino. Los bandoleros estaban tensos y preparados para saltar sobre el normando tan pronto diera con su cuerpo en el suelo derribado por el caballo.
El capitán Aldai cabalgaba en cabeza. Fabián lo hacía en último lugar. Entraron al galope entre las colinas; el camino no era ancho pero se podía mantener el galope sin riesgo. De pronto, el caballo del Capitán trastabilló lanzándolo por encima de su cabeza. Lucas apenas tuvo tiempo de tirar de las riendas del suyo y a punto estuvo de caer también.
- ¡ Ahora¡- gritó Llorca.
Fabián, que venía algo rezagado vio como varios individuos armados surgían de detrás de los árboles y se lanzaban sobre el Capitán, que trataba de levantarse.
Lucas a duras penas conseguía controlar su caballo asustado por el griterío. Fabián desmontó de un salto antes de que el caballo se detuviera y se lanzó contra los asaltantes, el primero de los cuales se disponía a ensartar su espada en la espalda del Capitán. Fabián llegó justo a tiempo para cogerlo por la cintura y, levantándolo sobre su cabeza, lo lanzó encima de sus cómplices derribando a dos de ellos. El Capitán que ya se había levantado y desenvainado se espada, se enfrentó a los otros tres, desarmando con el primer mandoble a uno de ellos. Llorca se lanzó contra el Capitán dispuesto a atravesarle, pero éste, hizo una finta y el atacante pasó de largo.
Se revolvió con rabia y trató de asestarle un golpe pero Aldai lo desvió con su espada en alto a la vez que un rápido e increíble movimiento de muñeca para una espada tan pesada, la cruzó con de su oponente haciendo palanca en la protección de la empuñadura y arrancándosela de la mano dejándole desarmado. Llorca se quedó paralizado. No se explicaba como la espada había salido volando de su mano.
Tampoco tuvo tiempo para pensar en ello, pues se encontró con la punta de la espada del Capitán tocándole el cuello. Esperaba el instante en que el acero le atravesara la garganta. El Capitán le conminó a rendirse y el forajido extendió los brazos con las palmas de las manos hacia arriba en un claro gesto de entrega.
Fabián tenía cogido por el cuello a los otros dos y los mantenía un palmo por encima del suelo ante al asombro de Lucas. Los derribados seguían inconscientes tumbados en el camino. Lucas les había quitado las armas.
- ¿Quiénes sois y por qué queríais matarnos?- preguntó el Capitán.
- No me matéis, os lo ruego. No os conozco de nada, pero nos pagaron para que matáramos a un normando que iba a pasar por aquí, desertor del ejército del Rey y perseguido por la justicia,. Por eso os tendimos la emboscada, pero ya veo por vuestras ropas que no sois el normando que esperábamos. Ha sido un error por el que os pido disculpas.
- No creo lo que dices. Los normandos del ejército del Rey que desertaron enCalatrava, regresaron a su tierra hace más de tres meses así que dime la verdad o te aseguro que no vivirás para contar más mentiras.
- ¡Es verdad¡ ¡Os lo juro¡. La persona que nos contrató me dijo lo que yo os acabo de contar. Debéis creerme.
- Entonces dime ¿quién es esa persona que te contrató y de dónde?
- Es de Cuéllar, pero desconozco su nombre. Solo sé que cuando hubiéramos dado muerte la normando, uno de mis hombres iría a la villa a informar al alguacil que había visto como un grupo de hombres asaltaban a un caballero en el camino entre las lomas cerca del pozo de Campaspero y que parecían haberle dejado muerto.
Pero os repito que desconozco el nombre del que nos contrató y que cuando le pregunté por qué no lo hacían los alguaciles, me dijo que porque eran incapaces.
Los tres bandoleros que habían quedado inconscientes empezaban a despertarse.
Fabián seguía manteniendo en alto a los otros dos, esperando que el Capitán dijera qué hacer con ellos. Lucas había recogido las armas de todos, así que ya solo eran un grupo de bandidos desarmados.
- Colocadlos juntos contra el talud y no les quitéis ojo de encima. Ahora veremos que hacemos con ellos- les ordenó el Capitán. -Y tú continúa, ¿qué más tienes que decirme para que decida no matarte?
- Os he dicho todo lo que sé. Os repito que ha sido un error confundiros con el normando. Por lo demás, creíamos que nos pagaban por ayudar a la Justicia respondió.
- ¿Qué plan teníais para después de haber matado al normando?- preguntó.
- Teníamos que reunirnos en las ruinas de la ermita que hay cerca del cruce del camino de Bahabón, a un cuarto de legua de aquí, y esperar allí a que llegara el hombre que nos contrató para pagarnos lo convenido, que era un total de 3 doblas de oro. El sabría que estábamos allí cuando viera llegar a mi hombre para informar al alguacil. Ya no sé nada más, os lo juro. Debéis creerme- suplicó.
- Bien, haz lo que yo te diga y tus hombres también y puede que entonces os
perdone la vida.
- Haremos lo que nos digáis tanto yo como mis hombres, os lo aseguro, Señor respondió.
- Dime dónde están vuestros caballos para que mi escudero los traiga. Después llevaremos a cabo el plan que tenías. Mandarás a tu hombre a informar al alguacil y los demás iremos a esas ruinas donde esperaremos a ese desconocido de Cuéllar.
Advierte a tu hombre de que tu vida y la de sus compañeros depende de que haga bien su cometido. Por si tuvieras alguna duda, que sepas que soy el capitán Iñigo Aldai, al servicio del Rey , así que ayudarás a la Justicia ayudándome a mí; si no, seréis acusados de intento de asesinato de un caballero del Rey y ajusticiados. ¿Te queda clara tu situación y la de tus cómplices?
- Como el agua, señor Capitán- le respondió
Llorca dijo a sus hombres que cambiaban los planes y que se ponían a las órdenes del Capitán del Rey. Dio .instrucciones al hombre que mandaba a Cuéllar y le dijo al Capitán donde estaban los caballos.
Cuando el bandolero partió para Cuellar, los demás salieron en dirección a las ruinas de la ermita cerca del cruce de Bahabón. En cabeza iba Llorca seguido por el Capitán. Después los otros cuatro bandoleros y cerrando el grupo Fabián y Lucas.
Este no quitaba la mirada de Fabián preguntándose como un hombre de apariencia como la suya, ciertamente robusta pero sin que llamara la atención, podía voltear sobre su cabeza a un hombre de 8 arrobas por lo menos y lanzarlo como si fuera un fardo ,o mantener en alto sujetos por el cuello a dos hombres, uno con cada brazo.
Iban sin prisa, pues tenían que dar tiempo a que el informador llegara a Cuellar y después había que contar con lo que tardara el hombre que había contratado a los bandidos en llegar. Su llegada a Cuéllar y el encuentro esperado con Marta, se retrasaba. El Capitán estaba interiormente inquieto. No sabía por qué, pero algo le decía que todo aquel asunto del asalto no había sido un error de los bandoleros, sino que estaba relacionado con él y planificado para acabar con su vida .Pero no se le ocurría quién pudiera tener tanto interés en acabar con su vida como para contratar mercenarios, ya que quizás el único que pudiera desear su muerte, estaba en el calabozo del castillo de Cuéllar, a menos que…. el Regidor… pero no; desechó inmediatamente la idea. El Regidor tenía que estar donde lo había dejado; es decir, encerrado en una celda en las mazmorras del castillo y custodiado por un guardia. No entendía nada, pero seguía pensando que el supuesto normando era él. En el hombre de Cuéllar tendría la respuesta.
Ese debe ser- pensó Alonso Carril cuando vio que un hombre de aspecto desaliñado entraba al trote por la calle en la que estaba el cuartel de los alguaciles. Siguió su carrera hasta comprobar que desmontaba delante del cuartel y sin siquiera atar el caballo, entraba. Esperó un poco y el hombre salió, montó en su caballo y se fue calle abajo. Entonces, como que iba a enterarse de un asunto que le afectaba, se llegó al cuartel y entró.
- Buenas tardes, alguacil – saludó.
- No tan buenas, Señor Carril- contestó Laureano Busto, el jefe de los alguaciles. ¿Qué os trae por aquí?
- Es que hace unos días eché a faltar unas ovejas que me pastorean cerca de Campaspero y quería preguntaros si sabéis si hay ladrones por la zona, pues por mucho que mis pastor las ha buscado, no las encuentra.
- Me temo que no pueda daros buenas noticias y que vuestras ovejas las hayan
robado, pues me acaban de informar de la presencia de una banda de forajidos
peligrosos por esa zona. Tan peligrosos que parece ser que han asesinado a un hombre cerca del pozo de Campaspero según me acaban de informar. No creo que recuperéis vuestras ovejas, Señor Carril.
- No son buenas noticias, no. Es terrible eso que contáis. ¿Sabéis por casualidad quién era el hombre asesinado?.
- No, no lo sé; el hombre que vio el asalto dijo que lo había visto de lejos y
escondido entre los árboles, y que vestía como un caballero, pero que no se había acercado por miedo. ¿Acaso teméis que haya podido ser alguien a quien conozcáis?
- No exactamente, pero recuerdo que el capitán que detuvo al Regidor, dijo que estaría de regreso en nuestra villa por estas fechas. Me inquieta pensar que pudiera ser él.
- Ahora que lo decís, es cierto. Recuerdo que me dijo que regresaría para llevarse al Regidor. Comparto vuestra inquietud y me temo que pueda ser él, pues no son estos caminos frecuentados por caballeros solitarios Será él, sin duda, lo que nos traerá muchos quebraderos de cabeza al tratarse de un caballero en misión al servicio del Rey y porque el Regidor está preso por orden de él, y no sé qué hacer, pues está custodiado por los soldados del castillo y allí no tenemos jurisdicción.
- No os preocupéis por eso, pues si el caballero es el capitán Aldai, como me temo que sí, ya no hay autoridad mayor que la del Regidor mientras el Rey no lo deponga.
Si os parece hablaré con los Síndicos de Tierra para que pidan al oficial del castillo la liberación del Regidor. Y, entre tanto, seguro que estáis pensando llamar a los alguaciles y formar una patrulla de voluntarios de la villa armados para intentar dar caza a esa banda de criminales.
- Parece que me habéis leído el pensamiento, Señor Alonso. Eso es lo que iba a hacer.
- Bien, pues con ello os dejo, que yo voy a lo que os dije. Os deseo suerte en la caza.
Alonso Carril se dirigió rápidamente a su casa donde informó al Regidor y a Antonio Díaz sobre lo ocurrido. Decidieron esperar aún para dar tiempo a que el alguacil formara la patrulla y para justificar el tiempo necesario para convencer al oficial de la guardia de que muerto el Capitán, no había autoridad que respaldara la orden de detención, así que debería liberarlo. Ya habría tiempo, si era el caso, para explicar por qué Carril no había hablado con los Síndicos. Una vez que el Regidor recuperara su puesto, ya nada de eso importaría.
El alguacil logró reunir a un grupo de once hombres a caballo, armados unos con picas, otros con espada y también había un par de arqueros que seguro eran habituales de la caza furtiva. El grupo, con los tres alguaciles y el jefe era pues de catorce hombres, suficiente según creían, aunque no sabían cuantos eran los forajidos. Cuando se disponía a partir, apareció Alonso Carril montado a caballo y con espada al cinto, diciendo q1ue aunque él era hombre de negocios, su deseo de hacer justicia al Capitán del Rey asesinado le impelía a ir con la patrulla para capturar a los asesinos. El alguacil lo aceptó de buen grado ya que además de ser un hombre armado más, podía serle útil a la hora de tomar decisiones.
Salieron de la villa por la puerta que daba al camino de Peñafiel. Carril cabalgaba al lado del alguacil.
- Estoy seguro, señor alguacil, que habéis pensado en peinar el terreno desde antes del lugar de la emboscada hasta donde ésta tuvo lugar por si los forajidos se han refugiado por las cercanías, ¿ me equivoco?
- No, no os equivocáis. Eso es precisamente lo que quiero hacer; pero por esa
ona no hay muchos lugares para esconderse - contestó. No se daba cuenta de que estaba siendo manipulado o, si se daba, lo disimulaba muy bien.
- Me parece recordar - dijo Alonso Carril,- que hay una ruinas de una ermita por la zona, que bien les podrían servir de escondite Las conozco pues fue por ahí donde me desaparecieron las ovejas.
- Pues empezaremos por ahí y después seguiremos hasta el lugar del asalto, pero antes voy a enviar a un alguacil y a uno de los voluntarios que sigan el camino hasta el lugar del asalto y que recojan el cadáver del Capitán, si aún sigue allí, y que lo trasladen al cuartel hasta que regresemos. Después lo llevaremos al castillo concluyó el jefe accidental de los alguaciles, Laureano Busto.
Tras dar las órdenes oportunas, un alguacil, acompañado de un voluntario, siguieron el camino mientras que el resto del grupo se internaba en el campo para iniciar la batida que les llevaría a las ruinas de la ermita.
La noticia del asesinato del capitán Iñigo Aldai se extendió por la villa con la misma velocidad que el olor de un rebaño de ovejas cuando sopla el viento, y llegó a la ciudadela. El oficial de la guardia, Pergentino Menéndez, cuando le llegó la noticia, en un primer momento se sintió aliviado, pues así no tendría que dar cuenta al Capitán de la fuga del Regidor, y podría suavizar la sanción a Máximo; pero por otro lado, le contrariaba, pues una espesa nube de incertidumbre sobre el futuro inmediato se cernía sobre el castillo. ¿Quién sería el próximo alcaide? ¿Podría ser el Regidor, a quien él había encerrado?. Y si así fuera ¿comprendería el Regidor que cuando lo metió en el calabozo cumplía órdenes? ¿Y si no? ¿Qué pasaría con Doña Marta, que conocía su nombre de pila y le trataba con deferencia? ¿La obligarían a casarse con el
Regidor si éste era nombrado alcaide?
Muchas preguntas y las respuestas estaban en el aire. Solo había un hecho cierto: el asesinato del Capitán y debía de informar de ello a la Señora.
Cuando iba a dar la noticia, se encontró con el Padre Gumersindo que le preguntó qué asunto le traía por la Torre. El oficial le dio la noticia.
- ¡Qué Dios nos proteja¡ ¡Qué terrible desgracia¡. Pero decidme ¿estáis seguro de ello?
- Parece ser que un hombre que iba de paso presenció como una banda de forajidos emboscaba y asesinaba a un caballero que venía hacia Cuéllar y que, según comentan por el pueblo, Alonso Carril, el comerciante de lanas, que casualmente llegó al cuartel cuando se acababa de marchar el hombre que presenció la emboscada, asegura que es el capitán Iñigo Aldai, que regresaba de su misión al servicio del Rey. Y así lo dijo el jefe de los alguaciles cuando formó una tropa para dar una batida y tratar e capturar a los asesinos.
- Pero ¿ no han recuperado el cadáver?. Ese hombre que presenció la emboscada, ¿cómo pudo identificarlo como un capitán, si lo que vio fue de lejos?- preguntó.
- Según dijo al alguacil, no se acercó por miedo a los forajidos, pero que el hombre en cuestión vestía casco y sobrevesta, aunque desde la distancia no pudo distinguir el escudo de armas que llevaba.
- ¿Y decís que Alonso Carril asegura que es el capitán Aldai?
- Sí, Padre, así es lo que dicen- contestó.
- La Señora se sentirá muy afectada por tan triste noticia, así que mi buen Pergentino, yo se la daré poco a poco para que el impacto sea menor. Vuelve a tu cuartel y si hay nuevas noticias, tráemelas rápidamente, pero a mí , y sólo a mí.
- Así lo haré, Padre.
- Gracias, hijo y que Dios nos proteja a todos en estos tristes momentos.
El buen sacerdote iba procesando en su cabeza la información recibida y no le encajaban las piezas para formar un todo coherente, porque si el cadáver no había sido identificado ¿cómo es que Alonso Carril estaba seguro de que era el capitán Aldai? ¿Cómo es que el jefe de los alguaciles también lo afirmaba? El alguacil no era un hombre que se distinguiera por su claridad de pensamiento, por lo que era posible que al oír la afirmación de Carril, la hiciera suya que hiciera suya. Pero, en el supuesto de que efectivamente el caballero asesinado fuera el Capitán, la única explicación para que Carril lo supiera, era que…. ¡¡Dios mío¡- exclamó mientras se santiguaba. El temor que tanto Marta como él tenían sobre que al Regidor tratara de matar al Capitán, eliminado así al acusador, parecía cobrar cuerpo, pues la complicidad entre Alonso Carril y el Regidor había sido evidenciada por el Procurador de Hontalbilla; ergo si Carril afirmaba que se trataba del Capitán antes de ver el cadáver, había que concluir que conocía que el Capitán iba a ser emboscado, y eso sólo era posible si él era el que había organizado la emboscada con la connivencia o colaboración del Regidor, quien probablemente estaría oculto en su casa.
Decidió no informar a Marta hasta tener la seguridad de que se trataba del Capitán.
Mientras no viera el cadáver, no tendría esa seguridad y no había necesidad de adelantar y prorrogar un sufrimiento que iba a ser muy intenso.
Tanto sí la batida resultaba fructífera como si no, traerían el cuerpo a la villa, y eso no llevaría mucho tiempo, así que iba a procurar que Marta no se enterara de nada, impidiendo , ya se le ocurriría el pretexto, que nadie accediera a sus aposentos.
La ermita, aunque medio derruida, aún conservaba paredes en pié y parte de la
techumbre. El Capitán ordenó a Llorca que hiciera fuego para que el hombre de
Cuellar tuviera la certeza de que la banda se encontraba allí tal como habían acordado. A Lucas le había mandado que trepara a uno de los árboles cercano y que tan pronto viera acercarse a algún jinete, que bajara va avisarlo. El hombre que había ido a dar la noticia a la villa hacia poco que había regresado y estaba, con el resto de la banda, en el interior de la ermita.
Cuando Lucas informara sobre la llegada de un jinete, Llorca saldría con sus hombres a recibirle y le exigiría el pago de lo convenido ya que habían matado al normando.
Seguramente el hombre de Cuellar le diría que antes quería ver el cadáver y que se lo enseñara. Llorca debía contestarle que el trabajo encargado consistía en matarle, no en trasladarle al refugio y que el cadáver había quedado tendido a un lado del camino
donde se había producido la emboscada, así que quería cobrar lo que era suyo, por las buenas o por la fuerza. Cuando le pagara, saldrían entonces el Capitán y lo miembros de la banda rodearían al de Cuellar para evitar un más que posible intento de escapar. Después ya sería cosa suya.
-¡ Mi Señor, mi Señor¡ -Lucas llegó corriendo- Se acerca un grupo numeroso de hombres a caballo, pero no vienen por el camino, sino campo través.
- ¿Has visto si son hombres de armas o un grupo de comerciantes, quizá? –le preguntó el Capitán.
-No me han parecido soldados, aunque en cabeza viene un hombre vestido de negro, como suelen vestir los alguaciles.
Llorca se volvió airado hacia el hombre que había enviado a Cuéllar, lo cogió por el cuello y le dijo:
- ¡Maldito traidor¡ ¿Tú le has dicho al alguacil dónde estábamos? ¡Vamos, confiesa o te rebano el cuello!
- Te juro que solo le he dicho lo que me ordenaste, ni una palabra más. ¿Por qué había de hacerlo si yo también estoy aquí?
El argumento era convincente, así que lo soltó.
El Capitán le dijo:
- ¿Aún no te has dado cuenta de lo que ocurre?
Llorca le miró extrañado. ¿Qué queréis decir? - le preguntó.
- Pues es bien sencillo. El hombre que te contrató es quien te ha delatado. Te envía a los alguaciles encima, posiblemente con orden de no dejar testigos y se evita, además, el pago de lo que te había prometido.
- ¡Maldito hijo de Satanás!¡ Sanguijuela inmunda! ¡Lo estrangularé cuando le eche las manos encima!¡ Maldito …!- explotó en un ataque de furia.
- ¡Cállate! - le ordenó el Capitán- y déjame pensar, porque hemos de cambiar el modo de actuar.
Ya se oía el galopar de los caballos que se acercaban. Lucas, seguía su recorrido atisbando subido a una pared.
¡Mi Señor – dijo en voz baja- el grupo se divide. Vienen hacia aquí cinco jinetes con el de negro y otros cinco continúan; creo que tratan de rodearnos.
-¡Bien.- dijo el Capitán – ya no hay dudas de que venían a por vosotros y no para pagaros. Haremos lo siguiente: os quedaréis todos aquí escondidos y saldré solo yo al encuentro del grupo que viene por el frente. Unos cuantos de vosotros no perdáis de vista a los que vienen por detrás. Si cuando yo salga, me atacarán, salís la mitad para hacer frente al grupo de atrás y la otra al que viene por delante ¿Comprendido?
Asintieron y prepararon sus armas que Lucas ya les había devuelto una vez que Llorca aceptó colaborar.
Lucas seguía informando:
- Están a unas cien varas y han desmontado. Han dejado sueltos los caballos y sacado sus armas. Caminan hacia aquí en abanico. Los otros cinco desmontan también a unas cien varas.
- ¡Avísame cuando esté a unas quince varas, Lucas- le ordenó el Capitán.
Se acercaba el momento de empezar a colocar blanco sobre negro. Era el momento de la verdad.
Lucas hizo una seña al Capitán. Ya estaban a unas quince varas más o menos. El grupo que venía por la parte de atrás también se estaba acercando.
- Estad preparados, según lo que os he dicho- les dijo el Capitán, y sin más salió de entre las ruinas y se plantó en medio de lo que hacía de entrada al recinto.
El jefe de los alguaciles le reconoció de inmediato. Se quedó petrificado por la
sorpresa. Todos palidecieron al ver a quien tenían por muerto. A Alonso Carril se le hizo un nudo en la garganta y su corazón se desbocó. Empezaron a temblarle las piernas.
- Pero ¿ sois vos Capitán? ¿No estabais muerto? - consiguió preguntar el alguacil.
- Ya veis que no, alguacil, estoy vivo y me alegro de vuestra visita, pero decidme ¿a quien buscáis por aquí a estas horas?.
- Buscábamos a vuestros asesinos Capitán y sospechábamos que podrían estar escondidos en estas ruinas- contestó
- Pero ¿qué os hizo suponer que yo había sido asesinado?- le preguntó
- Alonso Carril, aquí presente, así nos lo dijo de la misma forma que era probable que los asesinos estuvieran aquí escondidos- dijo señalando a Carril., que presentaba una palidez cadavérica.
- Y vos, Señor Carril, ¿por qué creíais que me habían asesinado?
Balbuceando y con la boca seca dijo que un hombre había presenciado la emboscada y se lo había dicho al alguacil en Cuéllar.
- ¿Estáis seguro que os dijo que el asesinado era yo?
- ¡Si, sí señor Capitán, ¿De qué si no podría saberlo yo?- contestó.
El Capitán dio una voz hacia el interior de las ruinas. ¡Que salga tu hombre¡
Salió el hombre que había ido con la noticia al alguacil.
-¿Es este el hombre que os llevó la noticia, alguacil?
¡Si, ese es¡- respondió
- Dime, -le preguntó al hombre - ¿dijiste al alguacil que el hombre asesinado era yo?
- No, señor Capitán, solo dije que era un hombre de armas, pero que no pude acercarme por miedo.
Los cinco que venían por la parte trasera, al ver que no se había producido el ataque esperado y que el alguacil jefe estaba hablando con un hombre que vestía sobrevesta de caballero, se fueron acercando hasta colocarse junto a sus compañeros. El otro alguacil, al reconocer al Capitán, se santiguó pensando que se trataba de un fantasma. El Capitán dio una voz:
- ¡Llorca, sal aquí! - ordenó
Cuando apareció Llorca, Carril sintió como si la tierra se hundiera a sus pies. Su reacción fue la de huir en dirección a los caballos, pero por la parte de atrás salieron dos de los bandoleros y le cortaron el paso. Le agarraron por los brazos y lo llevaron al grupo nuevamente. La cara del alguacil era la viva imagen de la sorpresa ¡era el preso que se había fugado de su cárcel!
El Capitán le preguntó a Llorca. ¿Reconoces en alguno de los presentes a la persona que te contrató para asesinarme?.
- Ese de ahí¡- dijo sin dudar señalando a Carril.
Todos se volvieron a mirarle incrédulos.
- ¿Habéis contratado a estos hombres para que asesinaran al Capitán, señor Carril?- le preguntó el alguacil.
Carril se veía perdido y decidió convertirse en victima para intentar salvarse de lo que se le venía y que podría suponerle muchos años de cárcel.
Ante el asombro de todos, confesó:
-Todo ha sido idea del Regidor, que nos amenazó si no colaborábamos. Él elaboró el plan para salir de la cárcel y la forma de asesinar al Capitán, así como para sacar a ese hombre de la cárcel. Quería ser el nuevo alcaide e hizo firmar una carta a los procuradores de Tierra pidiendo a Don Diego López su nombramiento y si el Capitán conseguía convencer a su Señor y al Rey de que la muerte del Alcaide Fernando Huarte no había sido un accidente, nunca conseguiría el nombramiento.
-¿Dónde se esconde el Regidor?- preguntó el Capitán
- Ha estado en mi casa, pero después que saliera la partida, se presentaría en el cuartel para ocupar su cargo- contestó.
-Así que sois responsable también de la fuga de este hombre y también del incendio del almacén de lana, para distraer la atención y posibilitar la fuga? – volvió a preguntar el alguacil.
- Yo solo abrí la puerta de la celda al preso. El incendio no fue cosa mía- respondió.
- ¿De quién entonces? ¡Responded!
- Antonio Díaz fue quien incendió el almacén siguiendo las órdenes del Regidor contestó.
A los componentes del grupo reunido por el alguacil les resultaba increíble lo que estaban oyendo ¡Dos de los hombres más ricos y respetados de la villa eran cómplices en un intento de asesinato de un Capitán del Rey y además habían arruinado a un honrado comerciante de la localidad quemado su almacén. Merecían ser castigados con la pena máxima posible.
- Alguacil, ¿qué pensáis hacer ante esta confesión?- preguntó el Capitán
El alguacil se dirigió a sus dos hombres y les ordenó:
- ¡Detened a ese hombre¡- señalando a Alonso Carril - y también a ese otro,- y ahora señalaba a Juan Llorca.
- ¿De qué está acusado este hombre? – le preguntó el Capitán
- De varios robos por la comarca, Señor. Estaba en la cárcel a la espera de ser enviado a Valladolid para ser juzgado.- respondió.
- ¿Se le imputa alguna muerte?- volvió a preguntar el Capitán.
- Que sepamos, Capitán, sólo robos a mercaderes.
- Este hombre, señor alguacil, ha prestado un estimado servicio a nuestro Reyayudando a desenmascarar al Regidor y a sus cómplices, evitando así males para el futuro a la villa de Cuellar. Estoy seguro que vos, al igual que yo, consideráis que tal servicio le ha redimido de sus culpas. ¿No lo creéis así? – le preguntó el Capitán.
- Eso creo, Capitán; su colaboración ha sido fundamental para esclarecer lo ocurrido y evitar males mayores.
- Entonces, dejadle que se vaya en paz una vez que nos jure que no volverá a delinquir. ¿Estás de acuerdo?- le preguntó a Llorca.
- Lo juro Señor. A partir de este momento, seré una persona honrada, aunque pase hambre y no tenga para vestir.
Llorca y sus hombres se marcharon inmediatamente conscientes de la suerte que habían tenido, pues lo más normal es que los hubieran puesto entre rejas. No habían sacado nada de dinero con aquel asunto, pero por lo menos no habían perdido la libertad. Llorca notaba el contacto de la dobla de oro en su bolsillo y se sentía feliz por lo ocurrido.
El Capitán con Lucas y Fabián, y el alguacil con el resto de los hombres del grupo llevando Alonso Carril bien escoltado, se pudieron en camino a Cuéllar. El Capitán le comentaba al alguacil jefe que antes de que el grupo entrara en la villa, debía de
adelantarse con los otros dos alguaciles y presentarse por sorpresa en casa de Antonio Díaz para detenerlo, mientras él, con el resto del grupo y el detenido, irían al cuartel y si allí estaba el Regidor, lo detendrían y le acusaría de conspiración para asesinar a un capitán en misión del Rey. La acusación que formularían contra Antonio Díaz sería la de incendiario y conspiración, y de este mismo cargo sería acusado Alonso Carril.
En el cuartel, el Regidor estaba acompañado por Antonio Díaz. Ambos estaban esperando el regreso de la patrulla con la buena noticia del aniquilamiento de los bandidos y con el cadáver del capitán Iñigo Aldai, víctima de ellos. Todo parecía salir según lo planeado: ya no habría acusador, la plaza del alcaide seguía vacía, su viuda se quedaba sin protector, tenía atrapados en sus redes a los comerciantes más ricos de la Villa y cuatro de los cinco Procuradores de Tierra habían comprometido su firma en un documento de apoyo a su candidatura a la alcaidía, lo que le permitiría dirigir el Consejo a su antojo. Había tejido una tupida tela de araña en la que habían ido cayendo todos aquellos que, o eran un estorbo o podrían serlo en el futuro para sus intereses.
Antonio Díaz también tenía motivos para estar contento. El Regidor les debía un importantísimo favor que algún día tendrían que cobrar; se habían desecho de un competidor y él y Alonso se convertirían en los dueños y señores del comercio de la lana en toda la extensa comarca, al menos de momento, pues, quien sabe, a veces se producen incendios fortuitos u ocurren accidentes cuando menos lo esperas.
Cuando el alguacil jefe y sus ayudantes llegaron a casa de Antonio Díaz, un criado les informó que no estaba y que le parecía raro que fueran los alguaciles a preguntar por él, cuando precisamente había salido para el cuartel.
Volvieron los justicias rápidamente viendo como por el otro extremo de la calle en la que estaba el cuartel, aparecía el grupo mandado por el Capitán. Al verlo, el alguacil jefe le hizo un gesto al Capitán señalándole el cuarte, y que el capitán Aldai interpretó como que el Antonio Díaz se encontraba dentro, ya que no venía con los alguaciles, por lo que supuso que el Regidor también estuviera allí.
El alguacil jefe abrió la puerta de acceso a la casa en la que se encontraba la Regiduría. Leopoldo López y Antonio Díaz se volvieron hacia la puerta y vieron entrar a Alonso Carril.
- ¡Por fin estás aquí¡ ¿Salió todo según lo planeado?- preguntó el Regidor
- Cambiaron los planes – oyeron decir y entró el Capitán del ejército de Don Diego López al servicio del Rey de Castilla. Antonio Díaz palideció. El Regidor enrojeció de rabia. Las venas de las sienes amenazaban con estallar. No podía articular palabra.
Detrás del Capitán entró el alguacil jefe Laureano Busto. Al verlo, el Regidor, en un acto reflejo, le ordenó.
- ¡ Alguacil, detén a ese hombre por traición al Rey¡
- Será un placer, Señor – y volviéndose a los otros dos alguaciles les dijo:
- Proceded según os he dicho.
Y los alguaciles, sin dudar, se acercaron al Regidor y le cogieron por los brazos, maniatándolo.
- ¡Pero que haces, estúpido¡ ¡Soy tu superior y te ordeno que me sueltes y prendas al caballero Aldai¡ ¡Obedece¡
El Capitán, intencionadamente, permanecía callado, dejando todo el protagonismo de la acción al alguacil. Este era consciente de su papel principal, lo que le hacía crecerse ante los demás, así que sin seguir esta vez los dictados de nadie, de forma muy solemne, dijo:
- Don Leopoldo López, comisionado del Rey de Castilla en la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar, os acuso de la planificación e intento de asesinato del caballero Iñigo Aldai, capitán en misión al servicio del Rey. Asimismo, se os acusa de coacción a los Procuradores de Tierra y chantaje a uno de ellos.
Ahora el Regidor estaba lívido. Al ver a Alonso Carril con las manos atadas, no le costó suponer que había confesado, así que no se iba a molestar en negar las acusaciones, aunque tampoco las iba aceptar. Ya tendría la oportunidad de hacerlo en presencia del Rey. Miró a Alonso Carril con odio infinito.
-¿Calláis ¿- dijo el alguacil.- Ya conocéis el dicho de que el que calla otorga.
Por fin habló.
- No reconozco nada, estúpido. Todas esas acusaciones habréis de probarlas ante el Rey y dudo que podáis hacerlo.
-¡Encerradle¡- ordenó a sus ayudantes.
Antonio Díaz había permanecido en silencio. Esperaba que su amigo Alonso no le hubiera involucrado. Aún podría salir de esta.
Después de haber encerrado al Regidor, el alguacil jefe, dirigiéndose a Antonio Díaz, le acusó:
- Señor Antonio Díaz, se os acusa de complicidad en el intento de asesinato del capitán Iñigo Aldai, así como del incendio del almacén de lana de un comerciante de esta Villa hace dos noches. ¡Alguaciles, detenedle¡- ordenó.
Antonio Díaz se vio atrapado y pensó, igual que había hecho Alonso, que su única salida era desviar la culpa a otro.
- Es cierto, pero no fue idea mía. Todo el plan fue del Regidor.-no se atrevía a acusar a Alonso no sea que él tampoco lo hubiera hecho con el mismo, así que mejor era centrar la culpa en el Regidor, por si acaso- A mi me obligó bajo amenaza, e incluso dijo que si no hacía lo que me mandaba incendiaría todos mis almacenes y…
- ¡Es cierto, es la verdad ¡- saltó Alonso- El Regidor lo planeó todo y nos obligó a obedecerle.
- Mientras aclaramos todo esto y cómo salió el Regidor de la mazmorra del castillo,encerrad al señor Carril y al señor Díaz en una celda y lejos de la del Regidor- ordenó el jefe.
- Habéis estado muy bien – le dijo al Capitán al jefe de los alguaciles.- Si fuerais fijosdalgo seríais un magnífico Regidor- añadió.
El alguacil se sintió halagado. El sabía que nunca sería Regidor pues para ese cargo había que tener algún grado de nobleza y él era un plebeyo, muy capaz sí, pero un plebeyo, pero que un caballero que hablaba con el Rey le reconociera sus capacidades delante de sus paisanos y colegas, le llenaba de satisfacción.
- Gracias Señor, sólo he cumplido con mi deber- contestó aparentando que el halago no le había afectado.
Después que se fueron todos los de la partida, ya habían llegado los que fueron a buscar el cadáver, quedaron en el cuartel, además de los tres alguaciles, el Capitán, Lucas y Fabián. Iñigo Aldai se llevó a Laureano Busto lejos de las celdas para evitarque le pudieran oír y le dijo:
-Cuando yo me haya ido a la ciudadela, hacéis llamar a un escribano y tomáis declaración por separado a cada uno de los comerciantes sobre aquello de lo que se les acusa. Es de suponer que repetirán lo ya dicho en público, pero si no fuera así y pretendieran cambiar sus confesiones, de las que habéis sido testigo, decid a cada uno, que el otro le ha acusado de ser el responsable junto al Regidor. Cuando el escribano haya terminado, haréis que firmen la confesión. Después, les diréis que ya que no ha habido delito de sangre, les dais a elegir entre pagar a la Comunidad una multa, digamos de 15 doblas de oro y quedar en libertad cuando paguen la cantidad exigida, o ser enviados a Valladolid para someterlos a juicio con sus confesiones como prueba y el testimonio de los que estuvieron presentes en la partida. Supongo que aceptarán la primera solución y, si así fuera, entregaréis al comerciante cuyo almacén incendiaron una cantidad equivalente al valor del almacén más el de venta al precio actual de la lana quemada. El resto, que es una suma muy importante, lo ingresaréis en las arcas de la Comunidad para ser invertida en atender aquellas necesidad que tenga, previa aprobación del gasto por el Consejo. Todo esto que os digo, estoy seguro que ya lo habías pensado vos, pero he querido decirlo para que supierais mi opinión.
-Nuevamente coincidimos, Señor Capitán, y eso me alegra – respondió.
- Bien, pues ahora nos vamos a la ciudadela. Mañana por la mañana, pasaré a recoger las confesiones de los comerciantes, vuestro propio informe sobre los que habéis visto, oído y hecho, así como para llevarme al Regidor ante el Rey para ser juzgado y para que me informéis sobre el resultado la gestión que os encomendé tras la muerte del Alcaide. Aunque no creo que nadie intente liberar al Regidor, esta noche cerrad bien la puerta principal.
- No es preocupéis Capitán- respondió- que esta noche nos quedaremos los tres aquí y con la puerta bien cerrada.
-Pues hasta mañana – se despidió y salieron para la ciudadela, cuyas puertas ya estaban cerradas.
Pergentino Menéndez, el jefe de la guardia de la ciudadela, había ordenado cerrar las puertas de acceso cuando oyó las campanas de San Esteban, pues esa era la costumbre, pero la vida seguía en la villa y con ella las noticias, comentarios, y él necesitaba saber si había nuevas sobre lo del asesinato del caballero, por lo que había ordenado a uno de sus hombres que se vistiera con las ropas civiles y se quedara en la Villa tras el cierre de las puertas de la ciudadela tratando de enterarse de las noticias que se fueran produciendo sobre el asesinato y que de inmediato volviera a informarle cuando las tuviera. Su hombre en la villa, como otros muchos vecinos, habían visto entrar en la villa al grupo que había ido a capturar a los forajidos, encabezado por el alguacil jefe y por el capitán Aldai. Siguió su marcha hasta comprobar que se detenían frente al cuartel y entraban. Preguntó a uno de los de la partida, vecino suyo, qué había ocurrido, contestándole que no había habido ningún caballero asesinado, sino un intento para asesinar al capitán Aldai, pero que éste no solamente no había sido asesinado, sino que logró la colaboración de los forajidos para desenmascarar al instigador del asesinato y a sus cómplices que, según confesó unos de ellos, era el Regidor Leopoldo López.
- Y ¿Quiénes son esos cómplices?- le preguntó
- Dos comerciantes de quienes seguro que has oído hablar. Son Alonso Carril y Antonio Díaz.
- ¡Claro que les conozco¡ pero me resulta difícil de creer que dos hombres ricos
como esos puedan haber participado en ese intento de asesinato. Lo creo porque me lo dices tú, que te conozco, que si no…
- Créetelo, que Alonso Carril lo confesó delante de todos y sin que se le presionara.
- ¡Vivir para ver¡- exclamó el soldado. Y tras despedirse, se fue con paso rápido a informar a su oficial.
Este corrió en busca del Padre Gumersindo a quien informó sobre lo que a su hombre le habían contado en la Villa.
El Padre Gumersindo daba gracias a Dios por lo acertado de su decisión de esperar a confirmar datos antes de informar a Marta. ¡ Cuánto sufrimiento le había evitado!
Ahora podría decirle que el Capitán estaba de vuelta y que el Regidor estaba irremediablemente perdido, pues uno de sus cómplices, un comerciante importante de la Villa, había confesado al alguacil y delante de otros muchos, que el Regidor había intentado asesinar al Capitán contratando a una banda de forajidos. Tenían ya todas las pruebas necesarias para que el Rey no tuviera la menor duda sobre la culpabilidad del Regidor en el asesinato del Alcaide. Ahora solo faltaba encontrar al Regidor fugado, pues Pergentino le dijo que su hombre no había podido obtener información sobre su posible paradero.
Cuando el Padre Gumersindo puso a Marta al corriente de lo ocurrido, toda la tensión que la oprimía desde la fuga del Regidor, se esfumó y esa liberación la hizo llorar de alegría. Estaba muy contenta y emocionada. Su corazón latía aceleradamente esperando la llegada del Capitán. Llevaba esperando ese momento día y noche desde el momento en que se fue. Había hablado de ello con su confesor. Le había confesado que amaba al Capitán con todo su corazón y le había preguntado si el nacimiento de ese profundo sentimiento era normal cuando apenas hacía un par de días que conocía a Iñigo Aldai, contestándole que el amor era una semilla que Dios Nuestro Señor depositaba en el corazón de todos los humanos para que germinara, haciéndolo una veces con la rapidez de la hierba tras un incendio y otras con la lentitud de la semilla del tejo, aunque había corazones en los que esa semilla nunca germinada ahogada por la ambición, la codicia, la soberbia o cualquiera de los demás pecados capitales. Le dijo que debía sentirse feliz, porque ese amor era parte de la obra de Dios.
Marta y el Padre Gumersindo esperaban impacientes la llegada del Capitán.
En el puesto de guardia también estaban pendientes de su llegada. Este llegó acompañado de Fabián y Lucas. Pergentino saludó con simpatía al Capitán y muy campechanamente a Lucas. Dos de los guardias se hicieron cargo de los caballos y mientras Lucas llevaba a Fabián en dirección a las cocinas, Iñigo Aldai subía nervioso las escalinatas que llevaban a la tercera planta de la Torre, donde estaban los aposentos de aquella mujer que hacía que su corazón latiera tan aceleradamente.
Cuando Lucas entró en la cocina, Serafina pegó un grito de alegría y corrió a estrechar entre sus brazos a aquel muchacho al que tanto cariño le había cogido. Lo abrazó y si no fuera por los esfuerzos de Lucas por librarse, lo hubiera asfixiado, pues los enormes pechos de la mujer le impedían respirar. Cuando consiguió librarse, tenía la cara roja como un tomate por el tiempo que había estado sin respiración y por la vergüenza de que Fabián le hubiera visto tratado por aquella mujer como si fuera un niño.
Cuando se recuperó, les presentó a Fabián de quien dijo que era un hombre de Señorío de Ayala que acompañaba el capitán Aldai a visitar al Rey. Al oír esto, todos miraron con respeto y admiración a Fabián. Serafina les dijo que se sentarán, que ya era hora de cenar y a saber qué habían estado comiendo todo ese tiempo por esos caminos de Dios.
El estofado de carne estaba exquisito y el vino no desagradó a Fabián, aunque hubiera preferido su chacolí. Tomaron un queso cuyo sabor despertó la curiosidad de Fabián, que preguntó a la cocinera de qué era aquel queso, pues tenía un sabor que lo identificaba como de leche de oveja, pero no con la rotundidad de los que él hacía.
La cocinera le dijo que era de una mezcla de leche de oveja y cabra. Lucas, con la confianza que ya tenía con todos los de la cocina y especialmente con la jefa, les contó que Fabián se hacía su propio queso y un vino blanco muy bueno al que llamaba chacolí y que las uvas eran de unas parras que tenía delante de su casa.
Cuando les contó lo de las habas, todos le miraban incrédulos, pues que un hombre elaborara vino, era lo normal, pero que cocinara ya no lo era tanto y mucho menos que su cena y desayuno habitual fueran habas cocidas. Durante unos momentos la cocinera gorda se volvió a los fogones para preparar la bandeja con la cena para la Señora, el Padre Gumersindo y una visita que supuso era el Señor de Lucas. Uno de los lacayos estirados tomó la bandeja seguido por otro que llevaba las bebidas. Las mozas les imitaron provocando la risa de los demás.
Lucas no veía el momento de contarles la aventura de la emboscada y como Fabián había levantado sobre su cabeza a un hombre de 11 o más arrobas, tirándolo como si fuera un saco contra otros dos y derribándolos y como después cogió a otros dos, uno con cada mano, y los sostuvo en alto con los pies a dos palmos del suelo. Los demás miraban a Fabián silenciosamente y con el asombro reflejado en sus ojos.
-Mi Señor se batió con el jefe de los forajidos y en dos golpes de espada lo rindió, obligándoles a colaborar con él para llevar a cabo un plan que había ideado para descubrir quién había ordenado que le asesinaran.
- ¿Sabéis quién era el que quería asesinar a mi Señor?- preguntó - Ni os lo imagináis.
Nada menos que el Regidor ayudado por dos comerciantes de la villa.
- ¡ Pero qué dices, muchacho!- exclamó una de las mozas- ¿Por qué iba el Regidor querer matar a tu Señor?.
--Porque mi Señor, como sabéis, había encerrado al Regidor acusándole del asesinato del Alcaide, y si el Capitán moría, no habría quien le acusara.- explicó.
Lucas les contó la llegada del grupo, la detención del comerciante y como habían detenido al Regidor en su propio cuartel junto al otro cómplice.
Cuando la curiosidad decayó, Serafina se dirigió a Fabián:
- Y tú, fortachón, ¿que nos cuentas? no estés tan callado que parece que un gato te ha comido la lengua.
Aunque Fabián echaba de menos la cocina de su casa y sobre todo el cenar habas y beber chacolí, se encontraba a gusto entre aquella gente. Eran plebeyos, como él, y alegres y la invitación de la cocinera gorda le dio la oportunidad para contarles cómo era la tierra donde vivía, cuáles sus costumbres, cómo se divertían los domingos después de misa… A sus explicaciones no les faltaba el acompañamiento de los de Lucas describiendo el verdor de aquellas tierras y especialmente del valle donde vivía Fabián.
Cuando terminaron, Serafina le dijo a Fabián que Lucas iba a dormir en la cocina y que si él quería podía hacerlo también, pues era el lugar más caliente de toda la ciudadela y si no, mandaría a una de sus mozas a buscar al Padre Gumersindo para que le dijera donde iba a dormir. Fabián le contestó que a él también le gustaría dormir en la cocina ya que también lo hacia en su casa, así que allí se quedaron todos.
Cuando oyeron que llamaban a la puerta, el corazón de Marta dio un vuelco. El Padre Gumersindo se levantó y le hizo un gesto para que abriera a la doncella que había salido de la estancia contigua al oír los golpes en la puerta.
El Capitán, se había quitado el almófar y la crespina, quedando su cabellera al descubierto. Esa era la imagen última que había quedado en la retina de Marta la última vez que se vieron y deseaba que la de ahora fuera continuación de aquella.
Entró en el aposento sintiendo que algo le atenazaba el estómago. Marta y el Padre Gumersindo lo esperaban de pie. Sintió deseos de correr hacia ella y abrazarla y solo con un gran esfuerzo de autocontrol pudo dominarlos.
- ¡Señora, mi corazón se alegra por volver a veros !- dijo mientras hacia una discreta inclinación de cabeza.
Ella dominó también la tentación de expresar sus sentimientos y respondió a su saludo con palabras que sólo eran una tímida expresión de lo que le decían sus ojos.
- Capitán, me siento feliz porque hayáis vuelto sano y salvo de vuestra misión.
El Capitán saludó al padre Gumersindo besando su mano:
- Padre Gumersindo, también me alegra volver a veros.
- Y yo a vos, Capitán, y no sabéis cuanto- contesto el sacerdote.
Marta les invitó a tomar asiento y les pidió que la acompañaran a cenar ya que así el Capitán podría contarles como le había ido el viaje al norte y ellos, a su vez, le informarían sobre las nuevas de la fuga del Regidor. El Padre Gumersindo no le había informado a Marta sobre lo que le había contado Gervasio, porque quería que fuera el Capitán quien lo hiciera, ya que de esa forma se ajustaría totalmente a la realidad y no estaría viciada por suposiciones, interpretaciones ajenas a los protagonistas de esa realidad. Cuando terminaron la frugal cena, la Señora le dijo a la doncella que se fuera a dormir. Entones, el Capitán les informó con todo detalle de lo ocurrido desde que sufrieron la emboscada hasta la detención de Regidor. Los ojos de Marta se humedecieron ligeramente pensando que podía haber sido asesinado y brillaron con furia cuando les contó la confesión que había hecho el comerciante Alonso Carril. Sin embargo, el Padre Gumersindo no parecía alterarse con el relato, por lo que Marta le preguntó:
- ¡Pero Padre, no parecéis sorprendido ¿ acaso ya sabíais lo ocurrido?
- Sí lo sabía, hija mía, pro no con tanto detalle- y entonces le contó la primera información que le había dado Pergentino y como con ella se confirmaba una vez más la intervención y culpabilidad del Regidor, ya que sin haber visto al supuesto asesinado, ellos sabían que había sido el Capitán.
- Y ahora ¿qué pensáis hacer, Capitán?- le preguntó Marta
- Con vuestro permiso, Señora, mañana partiré para Toledo con el hombre que he ido a buscar y con mi escudero, llevando preso al Regidor para someterlo a la justicia del Rey con todas las pruebas escritas de su intento de asesinato y que, con el informe que envié a Don Diego sobre el asesinato del Alcaide, servirán para que el Rey de Castilla no tenga duda alguna sobre el comportamiento criminal del Regidor y le imponga la pena merecida.
Entonces se levantó el Padre Gumersindo pidiendo que le excusaran unos momentos, pues tenía que dar las instrucciones pertinentes para que le prepararan el alojamiento al Capitán. Miraba a Marta con una mirada de complicidad a la que ella correspondió diciendo:
- Id buen Padre y aseguraos de que pongan un brasero en la habitación, pues estas noches de finales del verano ya empiezan a ser frías entre estos muros de piedra.
El sacerdote, después de decirle al Capitán que cuando estuviera todo preparado subiría a avisarle salió del aposento.
Marta y el Capitán se quedaron en silencio mirándose intensamente a los ojos. No necesitaban palabras para comunicarse. Eran sus corazones los que hablaban. Marta le ofreció sus manos que él cogió amorosamente entre la suyas.
Iñigo Aldai, el hombre, ya no pudo contenerse por más tiempo.
- Mi Señora, desde que os ví por última vez, no he dejado de teneros en mi pensamiento. Os siento tanto en mi corazón que a veces parece que no va a caber en mi pecho. Os siento en el aire que respiro, en la luz que llena mis ojos, en la llama del fuego que me calienta por la noche. Mi Señora, me habéis robado el corazón. Os amo hasta sentir que me duele el corazón.
- Debiera enfadarme con vos, Iñigo- le interrumpió Marta- pues incumplís nuestro acuerdo no llamándome Marta.
-Tenéis razón, Solo es culpa de mis labios, pues mi corazón siempre os ha llamado Marta y así lo hacen también mis pensamientos.
- Iñigo – dijo ella – hace muy pocos día que he enviudado y he llegado a pensar en algún momento que ofendía a Dios dejando que mis sentimientos hacia vos inundaran mi corazón y llenaran de gozo mi espíritu. He buscado la luz para mi alma pidiendo consejo a un hombre de Dios, y mis sentimientos hacía vos, no solo no ofenden a Nuestro Señor, sino que son parte de su obra. Yo también, mi buen Iñigo, os siento con fuerza en mi corazón al que habéis dado calor y ganas de vivir. Es un sentimiento nuevo, maravilloso y vivificante y también doloroso por no teneros siempre conmigo
- Yo también os amo, Iñigo.
Estaban los dos de pie, con las manos cogidas, expresando sus sentimientos mutuos con palabras y con sus ojos. La atracción era muy fuerte, tanto que no había forma de resistirse y sus labios de juntaron en cálido beso que llevó música a sus corazones.
Llamaron a la puerta y se separaron. Era el Padre Gumersindo que pensaba que ya les había dado el tiempo de privacidad suficiente para que iniciaran el camino; el resto ya lo iría haciendo con el tiempo. Una mirada a los ojos de Marta fue suficiente para darse cuenta de que aquella pequeña concesión de tiempo había cumplido su objetivo. Aquellos ojos eran los de una mujer feliz.
- Vuestro alojamiento ya está listo, Capitán. Cuando gustéis os acompaño.
- Gracia Padre- y dirigiéndose a Marta:
- Señora, mañana no partiré temprano y si me lo permitís, antes quisiera despedirme de vos.
- Nos os perdonaría que no lo hicierais, Capitán.
- Entonces, hasta mañana y que tengáis felices sueños.
- Hasta mañana, y lo mismo os deseo.
El Padre Gumersindo sonreía complacido.

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