sábado, 16 de febrero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULOS III Y IV (17.02.2013)
Apenas habían sido tres semanas durante las que Lucas y Fabián de Mariaca convivieron, pero fue tiempo suficiente para que entre ellos naciera un gran afecto. Durante el viaje desde la casa del amurriado hasta la llegada a Toledo, habían hablado sobre sus vidas, especialmente Fabián, pues la curiosidad de Lucas sobre la forma de vida de la gente en aquel extraordinario verde valle, era insaciable. Así, Fabián le contó lo de las competiciones en San Antón de Armuru cada domingo, cómo se elaboraba aquel vino que llamaban txakolí, cómo vivían sus paisanos, y también le contó la leyenda que cuenta el origen del nombre del valle en el está enclavado Amurrio, el Valle de Ayala, y que a Lucas le gustó sobremanera; tanto que la recuerda palabra a palabra tal como la narró Fabián:
Cómo al rey Don Alfonso de Castilla, el que conquistó Toledo, se le ofreció para servirle un hijo bastardo del Rey de Aragón, que se llamaba Don Vela y que era conde. Y estando el rey Don Alfonso en Sierra Salbada, vio el valle al que ahora llaman Ayala que estaba deshabitado y los caballeros que le acompañaban le dijeron que por qué no lo poblaba, a lo que el Rey contestó que lo poblaría si hubiese quien lo poblara. Don Vela le dijo que se lo diera, que él lo poblaría. Algunos de los caballeros le dijeron al Rey:
- Señor ¿áyala? ( Señor, ¿está hecho?)
- Pues ¡áya la¡ (¡hela ahí¡)- contestó el Rey.
Y por eso, desde entonces esa tierra se llamó Ayala y Don Vela fue su primer Señor.
Lucas no podía evitar acordarse de aquel fortachón amurriado, su amigo Fabián de Mariaca que seguramente a esas horas y por ser festivo, estaría compitiendo arrastrando piedras o levantándolas, tal como le había contado durante el viaje, en el probadero de San Antón de Armuru. Se acordaba también del que fuera su rival en el torneo de Toledo, aquel negro enorme, Oono, que tan amigo se había hecho de Fabián y que se había ido con éste a su tierra amurriana. Sentía que no estuvieran en Cuéllar para asistir a los festejos.
Efectivamente, aquel 6 de enero del mil y doscientos trece, día de la Epifanía del Señor, Fabián, como cada día festivo después de oír misa en la ermita de San Antón de Armuru, competía con sus paisanos con las txingak y levantamiento de piedra, pero ya no había apuestas; nadie quería perder dinero apostando en su contra, y mucho menos desde que se conoció lo acontecido en Toledo, así que la competición era solamente por pura diversión.
La noticia de su victoria en Toledo fue conocida en el Valle de Ayala y en Amurrio antes de la llegada de Fabián, difundida por los acompañantes de Don Hurtado Sáenz de Salcedo, Señor de Ayala.
Tras la sorpresa inicial al verle acompañado por un gigante negro – nunca habían visto a un negro por aquellas tierras - Fabián fue recibido por sus paisanos como un héroe y agasajado como tal.
Oono estaba también en el probadero asistiendo como un espectador más a las competiciones, hasta que fue invitado a participar en el levantamiento de piedra, invitación que declinó arguyendo tener un hombro dolorido. Oono no quería competir con su amigo Fabián y mucho menos entre su propia gente.
El viaje de regreso a Amurrio de Fabián y Oono, transcurrió sin contratiempos. Lo más destacado fue la reacción de Oono al ver desde Peña Angulo la majestuosidad del Valle de Ayala. Nunca había visto nada igual al verdor de aquellas praderas ni a la policromía con que el otoño había vestido los abundantes hayedos. Era un hermoso espectáculo que ante el que también Fabián se sentía emocionado; y es que, además, aquella era su tierra, sus gentes… su casa.
En Quejana, solar del Señor de Ayala, pararon para devolver el caballo que le habían prestado para su viaje con el capitán Iñigo Aldai a Toledo.
Los días iban siendo cada vez más cortos mientras las noches se alargaban, así que después de atender convenientemente a su rebaño de ovejas y a la pareja de bueyes, Fabián y Oono, sentados alrededor de la lumbre pasaban muchas horas, a veces hasta la madrugada, hablando sobre sus respectivas vidas. Oono le contaba como era la vida en su aldea del Rif, hasta que fue raptado, sobre cómo había llegado a formar parte de la Guardia Negra del Miramamolín, su formación en Toledo… mientras que Fabián le hablaba sobre lo que mejor conocía: los usos y costumbres de su hermosa tierra.
Aquel día de Epifanía, después de las competiciones y camino de su caserío, pasado ya el barrio de Abiaga, Oono le dijo a Fabián:
- Fabián, mi buen amigo. El Destino, tal como ya te lo he contado, ha sido cruel conmigo privándome de aquello que más quería: mi padre, mi familia, mi aldea y mi gente. Me ha sometido a trato indignante; me ha obligado a matar a quienes ni siquiera conocía y, lo que es peor, ha hecho brotar en mi corazón un sentimiento terrible que nunca hubiera deseado conocer, como es el del odio. Pero he de reconocer que aunque no me ha devuelto lo perdido, ha tratado de compensarme permitiéndome conocer un corazón bondadoso y generoso con el tuyo que me has dado con tu amistad; me has ofrecido tu casa sin siquiera conocerme y me has hecho comprender que la nobleza no la conceden siempre los títulos, la riqueza o la posición social, sino la bondad de los corazones sin importar que éstos sean cristianos o musulmanes, blancos o negros. He pasado estas semanas compartiendo tu vida, pero ya es hora de que trate de vivir o construir la mía. Ha llegado el momento de irme aunque mi corazón se entristezca por ello. Partiré maña al amanecer.
- Pero… ¿ por qué? Tu eres mi familia, mi casa es tu casa. Eres mi amigo y puedes vivir tu vida aquí, en esta tierra generosa.
- Lo sé, pero… aunque sé que mis posibilidades son muy pocas, he de tratar de volver a mi pueblo. No podría vivir en paz conmigo mismo si no intento regresar a mi aldea o a lo que quede de ella.
- Me duele que te vayas, pero comprendo tus razones. Un hombre nunca debe permitir que se rompa la cuerda que le une a sus raíces aún cuando esta sea extremadamente delgada. Vete según tus deseos, pero nunca olvides dónde dejas esta casa.
Fabián le preparó un saco con provisiones suficientes para que le duraran hasta Cuéllar, pues Oono le había dicho que tenía intención de llegar hasta allí donde pediría consejo al capitán Aldai sobre la mejor forma de lograr su objetivo.
Con la primera claridad del día se despidieron sin pronunciar palabra; no era necesario.
CAPITULO IV
Habían pasado dos semanas desde la partida de Lupicinio y pasarían otras dos antes de que regresara a La Bañeza – pensaba Leopoldo López. Emplearía esa quincena para conocer mejor la comarca y más concretamente el lugar de veraneo de Alfonso IX. No conocía la constitución de su corte y le era necesario saber quiénes eran los acompañantes habituales del Rey, quiénes eran sus nobles más cercanos, quiénes no lo eran tanto, e incluso, quienes eran aquellos que, aunque no lo exteriorizaran, no se apenarían si el Rey tuviera problemas de la índole que fuera.
Seguía en su papel de comerciante de Tortosa y, como tal, tenía que frecuentar los lugares en los que se reunían comerciantes, ganaderos e intermediarios, interesándose de vez en cuando por los precios del momento, calidades de las lanas, etc. procurando relacionarse con los más importantes y, sobre todo, si de una forma u otra tenían alguna relación con la nobleza leonesa.
Uno de estos hombres, con los que trabó una relación más frecuente y bien cultivada con comidas y libaciones por las tabernas de La Bañeza, era Benito Riaño, un rico comerciante del cercano lugar de Malgrat, al que más tarde se conocería como Benavente. La elección de este hombre no fue casual – Leopoldo López no se permitía que el azar interviniera en sus planes - sino que, tal como él mismo le confesó en uno de esos momentos en que los vapores de los vinos de La Valduerna se convertían en espesa niebla en su cerebro, tenía varios conocidos en la corte de Alfonso IX y tenía parentesco con Juan Vallejo el ayudante de campo de Rodrigo Pérez de Villalobos, alférez de Alfonso IX, pues sus mujeres eran primas segundas.
Era el contacto inicial mejor posible para sus planes. De él podría obtener la información que le interesara y puede que le sirviera más adelante para ayudarle a conseguir algunos objetivos necesarios en su plan. Le interesaba, por tanto, mantener esa relación y si era posible, intensificarla aunque ello le obligara a trasegar más vino de lo que en él era habitual.
Benito Riaño comerciaba con lana, vino y aceite, productos que, gracias a la conocida relación con Juan vallejo, suministraba a las cocinas y talleres reales.
Le agradaba la compañía de aquel comerciante de Tortosa que se había asentado por un tiempo en La Bañeza. Era amable, no escatimaba a la hora de pagar unas jarras de vino tinto o unas buenas raciones de ancas de rana y, aunque al principio le causó extrañeza que no hubiera cerrado ningún trato con los ganaderos o proveedores de la comarca, la explicación que le había dado Leopoldo López cuando se lo comentó, le pareció suficientemente buena como para dejar de preocuparse por ello, pues tal como le había dicho, era hombre al que le gustaba, antes de comprar, estudiar muy bien las condiciones del mercado, la calidad de sus productos, la garantía de abastecimiento futuro y eso podría llevarle semanas cuando no meses. Sus telares tortosinos solo elaboraban telas de la máxima calidad, pues sus clientes eran miembros de la nobleza.
En uno de aquellos habituales encuentros, Leopoldo López, como al descuido, se interesó por las relaciones entre León y Castilla, o mejor dicho, entre Alfonso IX y su primo Alfonso VIII.
- Así que parece que la victoria del Rey de Castilla en el Muradal ha servido también para establecer relaciones cordiales entre los dos monarcas, pues tengo entendido que el Alfonso VIII le ha devuelto las plazas de Peñafiel y Almaza sin que hubiera exigencia de tal devolución por el Rey de León.
- Es cierto, mi buen amigo, pero no todo es como parece. Alfonso VIII es hombre de poca palabra y, además, siempre ha sido favorecido por Roma en aquellos asuntos que lo enfrentaban con el Rey de León.
Aunque sois hombre culto y parece que bien informado, es posible que no conozcáis con detalle – que yo si conozco por mis relaciones con Juan Vallejo - el por qué de esas inestables buenas relaciones entre los dos monarcas y por qué os digo que no todo es como parece. Permitidme que, mientras damos buena cuenta de este magnífico vino, que os resuma lo más destacado de las mismas.
-.Contadme, contadme señor Riaño, que os escucharé con el mayor interés, pues como bien decís, procuro siempre estar lo mejor informado posible y si esa información procede de una fuente de tal crédito como la vuestra, no solo os permito que me ilustréis, sino que os lo ruego.
-Pues os complazco con sumo gusto.
Seguramente pensaréis, y con razón, que las relaciones actuales entre el Rey de León y el de Castilla durante los últimos 25 años han sido como las actuales, pero no ha sido así. Han sido unas relaciones en las que la desconfianza de Alfonso IX hacia su primo ha ido creciendo alimentada por razones sobradas. No en vano Alfonso VIII, con la complacencia de Celestino III primero, e Inocencio III después, había incumplido prácticamente todos los tratados y acuerdos de paz firmados por ambos monarcas, alguno de ellos bendecido por Roma.
Sepa, mi buen amigo, que esas relaciones difíciles y complicadas empezaron ya desde la coronación del monarca leonés y el primer gesto de éste para iniciar las mejores relaciones reuniéndose con Alfonso VIII en Carrión para ser armado caballero por él y a quien besó la mano. Pues a pesar de este gesto por parte del Alfonso IX, el Rey de Castilla, poco tiempo más tarde, se adentró en el reino de León y se apoderó de Valderas y de la villa a la que llamaban Coyanza hasta el mil y ciento noventa y siete, cambiando su nombre por el de Valencia de Campos por orden de Alfonso IX. Este acto de deslealtad nunca fue olvidado por nuestro Señor Alfonso IX y que le llevó, sintiéndose amenazado por Castilla, a pactar con el rey de Portugal, Sancho I y contraer matrimonio de alianza con su hija Teresa. Al ser parientes de sangre - los dos eran nietos de Alfonso Enríquez, primer rey de Portugal - el Papa Celestino III, que había accedido al trono de San Pedro el 14 de abril de 1191, calificó el matrimonio de incestuoso y pronunció sentencia de excomunión contra los reyes de León y Portugal.
Como Alfonso VIII era una amenaza para Portugal, el rey portugués propuso al de Aragón un pacto que incluyó al rey de Navarra y al de León por el que ninguno de los cuatro reinos entraría en guerra con los demás.
Alfonso IX se sumó al pacto (Liga de Huesca) por la enorme desconfianza que tenía del rey de Castilla.
Allá por el mil y ciento noventa y uno, Alfonso IX pactó con los almohades una tregua de cinco años, lo que provocó que el Papa Celestino III no solo volviera a excomulgar al rey de León, sino que concedió beneficios espirituales a todos aquellos que lucharan contra él– iqué podemos esperar, mi buen amigo, cuando el Sumo Pontífice, bendice el enfrentamiento entre reyes cristianos¡ -. Este apoyo del Papa, fue aprovechado tanto por el rey de Portugal invadiendo Galicia, como por Alfonso VIII de Castilla que entró en el reino leonés por el Sur atacando, sin éxito, Benavente y Astorga e intentándolo con la ciudad de León sin conseguir otra cosa que conquistar Puente Castro, cuyo barrio judío y su sinagoga dejó reducidos a cenizas y sus moradores hechos cautivos.
Pero, amigo López, Alfonso VIII, temeroso de las represalias por parte de su primo, que había recibido ayuda material y de tropas de los almohades, decidió pactar también con estos, sin que en este caso, el Papa Celestino, conocedor de lo hecho, dictara sentencia de excomunión o concediera beneficios espirituales a quienes lucharan contra Castilla.
Las relaciones entre ambos reinos eran tan malas – algo de culpa tuvo Roma - que hasta el legado pontificio tuvo que mediar en el conflicto, consiguiendo que los dos reyes firmaran un tratado el 20 de abril de mil y ciento noventa y cuatro, en Tordehumos, según el cual Alfonso VIII devolvería al Rey de León las plazas leonesas por aquél conquistadas, algo que solo hizo a medias. Por su parte, Alfonso IX se comprometió a casarse con Berenguela, hija de Alfonso VIII, matrimonio que Inocencio III, en mil y doscientocuatro, declaró nulo por razones de parentesco.
Después de la derrota en Alarcos de Alfonso VIII, el 19 de julio de mil y ciento noventa y cinco, el Rey de León le reclamó a Alfonso VIII la devolución de las plazas leonesas que aun retenía en su poder incumpliendo lo pactado en Tordehumos, a lo que el rey castellano se negó. Esto hizo que Alfonso IX no participara personalmente en la batalla de Las Navas de Tolosa, aunque sí lo hizo su alférez, Rodrigo Pérez de Villalobos.
Alfonso VIII pensaba que el Rey de León aprovecharía que las tropas castellanas estaban luchando contra los almohades para hacerse con las plazas retenidas, por lo que pidió ayuda a Inocencio III. Este ordenó a los obispos de Toledo, Zamora, Tarragona y Coimbra que excomulgaran a quien rompiera la paz con Castilla o entorpeciera su cruzada contra los musulmanes, lo que no dejó de sorprender a Alfonso IX, pues había sido el mismo Papa, mediante su legado pontificio, quien había ordenado a Alfonso VIII devolver las plazas arrebatadas al reino de León sin que el rey de Castilla cumpliera plenamente tal mandato.
Sintiéndose injustamente tratado por el Pontífice, pero sin querer enfrentarse con éste abiertamente, nuestro soberano se aprovechó de la ausencia de Alfonso VIII y reconquistó las plazas que aquél retenía, pero solamente las que estaban en territorio leonés, sin traspasar la frontera de con Castilla – eran las que había entregado como dote a Berenguela - evitando así la amenaza de excomunión.
Alfonso VIII, eufórico por la victoria de Las Navas de Tolosa, no solamente aceptó lo ocurrido y renunció a reconquistar esas plazas, sino que más tarde firmó un pacto con Alfonso IX por el que le devolvió las plazas de Peñafiel y Almanza – como bien sabéis - e invitó a Alfonso IX y a Alfonso II, Rey de Portugal, a firmar un tregua para así poder dedicar todos sus esfuerzos a luchar contra los almohades. El tratado se firmó en Coimbra el 11 de noviembre de mil y doscientos once.
A partir de de ese acuerdo, tanto Portugal como León avanzaron hacia el sur haciendo retroceder a los árabes. El rey de Castilla incluso envió a su abanderado Don Diego López de Haro a ayudar a Alfonso IX. ¡Así, como lo oís! -
- Ciertamente razones no le han faltado a vuestro Señor para la desconfianza, incluso en los mejores momentos, como los que ahora me contáis. Pero decidme, ¿aún sigue ese abanderado del rey de Castilla ayudando a Alfonso IX?
- No puedo deciros que sí ni que no, pues lo ignoro, pero no tendré dificultad en saberlo dentro de unos días, pues veré a mi pariente Juan Vallejo en Malgrat. ¿Tenéis interés por saberlo?
-No, no, en modo alguno, es simple curiosidad. Ya sabéis, es por aquello de estar informado siempre lo mejor que pueda. Nada más.
La información sobre este asunto le era de suma importancia, pues sus planes estaban en parte condicionados por la presencia o no de Don Diego López de Haro en la Corte leonesa. Si aún permanecía al lado de Alfonso IX tendría que evitar encontrarse con él y, por tanto, le convenía seguir manteniéndose alejado de la Corte.
Cada vez estaba más satisfecho de la decisión que había tomado de instalarse en La Bañeza.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario