IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XX (08.02.2013)
El Capitán, Fabián y Lucas galopaban a buen ritmo. Dejaron su derecha el castillo de Astúlez edificado sobre una aguja rocosa desde el que se dominaba parte del valle de Valdegobía. A algo menos de media legua se encontraba la aldea de Caranca.
Galopaban paralelos al río Tumecillo y llegaron a la confluencia de este río con el Omecillo, en el lugar de Villanañe, donde el Capitán decidió parar entre los alisos que crecían abundantes en ambas orillas del río, tanto para dar un descanso a los caballos como para comer ellos algo.
Lucas sacó de su bolsa un pan duro y queso tan seco que ya cuarteaba.
-Señor, apenas nos queda qué comer – dijo al Capitán. ¿Queréis que vaya a la aldea
a comprar algo?- preguntó.
Antes de que respondiera, Fabián abrió la bolsa que había preparado en su caserío y sacó una hogaza de pan de centeno y un queso de oveja cuyo olor estimulaba al estómago más triste. Dieron buena cuenta de uno y del otro y no les faltó un largo
trago de aquel refrescante vino que elaboraba Fabián de sus propias parras. Corría una agradable brisa que jugaba con las hojas de los alisos y una vez entretenidos sus estómagos, todo invitaba al reposo y a la conversación. Fabián nunca había
subido a la Meseta y estaba sorprendido de lo distinto que era de su valle de Amurrio.
No había aquel verdor permanente, sino que el color predominante era el pajizo, propio de tierras secas, y los bosques eran de arbolado más bien bajo y de esos quejigos capaces de crecer sobre las rocas. Las alisedas que bordeaban los ríos permitían seguir su curso desde muy lejos. No veía castaños, ni nogales y ni siquiera montañas que merecieran se llamadas así. Aquello era una inmensa llanura solo alterada por pequeñas y redondeadas lomas o colinas. No le gustaba mucho aquel paisaje. Todo esto lo comentaba a sus compañeros de viaje, que entendían muy bien
lo que sentía, ya que ellos habían podido conocer el vergel que era el valle donde vivía aquel sencillo hombre que interesaba al Rey.
Tras aquella concesión al relajo, montaron y continuaron su viaje. El Capitán quería pasar la noche habiendo cruzado el desfiladero de Pancorbo.
Faltaban unas cuatro leguas para llegar al angosto paso, por lo que era posible, salvo contratiempos inesperados, dormir habiendo dejado atrás la puerta de entrada a la Bureba.
Cruzaron el desfiladero con los caballos al paso. Fabián se movía inquieto en su silla mirando hacía arriba a un lado y a otro, asombrado por aquel corte en la montaña, temiendo que en cualquier momento cayera una roca sobre ellos y los lanzara al río
que corría por lo más profundo del barranco. No, no le gustaba nada aquella tierra.
Durmieron en una cabaña de pastores, a la orilla de un arroyo como a media legua después de Pancorbo. Lucas desensilló el caballo de su Señor y después el suyo y los ató con el de Fabián a una argolla incrustada en la pared de la rústica cabaña.
Ante el asombro del Capitán y de Lucas, Fabián sacó una pequeña olla de barro de su bolsa, se acercó al arroyo y después de quitar con la mano unas hojas que flotaban en un pequeño remanso, cogió agua con la olla.
Sus compañeros miraban sin decir nada.
Fabián preparó un fuego entre tres piedras que seleccionó de las muchas que había por los alrededores. Cuando se formaron las primeras brasas colocó la olla sobre el fuego y apoyada en las tres piedras. Extrajo de una bola más pequeña un puñado abundante de habas secas y las echo a la olla. Después hizo lo propio con la sal y dos dientes de ajo. Echó un chorro de aceite de un pequeño frasco alargado y media cebolla. A continuación un trozo de tocino.
Tanto el capitán como Lucas le miraban asombrados. El Capitán le interpeló:
- Pero Fabián ,¿eso es un saco de provisiones o el cuerno de la fortuna?
Fabián se rió de buena gana.
- Un hombre ha de cuidar su alimentación si quiere conservar una buena salud,- respondió – y cuando se sale de casa, uno nunca sabe lo que va a comer, así que lo mejor es anticiparse a esas situaciones.
- Pero ¿ que es eso que cocinas? le preguntó Lucas
- Son habas de mis huertos, secadas al aire. Se cuecen, como has visto, con cebolla, ajo, aceite de oliva y un trozo de tocino. Quién no esté acostumbrado las encontrará un poco duras y algo fuertes y puede que le produzcan flatulencias, pero una vez que te acostumbras, son un alimento como no hay otro mejor.
No tardó el cocido en borbotear y un agradable olor los envolvió.
- ¡Humm, qué bien huele¡- exclamó Lucas.
No atrevieron a probar aquel cocido después de las advertencias de Fabián, conformándose con un pedazo de carne en salazón, que no era poco, procedente del saco sin fondo del de Mariaca.
Terminada la cena, Fabián se acercó al arroyo, lavó la olla, de la que había comido directamente y la guardó cuidadosamente el saco; después avivó el fuego con algunas ramas y los tres se dispusieron a dormir utilizando las sillas de los caballos como improvisados cabezales. Dentro de la cabaña y con el fuego encendido, el frío de la noche y la humedad serían más soportables.
Cada uno se entregó al sueño ensimismado en sus pensamientos. Lucas pensando que quizás mañana pudiera cenar en las cocinas del castillo de Cuéllar, donde tanto le apreciaban y especialmente la cocinera Serafina.
Fabián, al principio, preguntándose una vez más qué querría el Rey de él, pero ese pensamiento le duró poco pues al rato ya roncaba rompiendo el silencio de la noche.
El capitán Iñigo Aldai tardó en conciliar el sueño y sus pensamientos saltaban de lo cerca que estaba ya de cumplir la misión encomendada, a los aposentos del castillo de Cuéllar donde Marta estaría – así lo deseaba - también en un duermevela
pensando en él. La noche y el cansancio, aunque tolerantes, no hacen distinciones y todos terminaron por entregarse sin condiciones al sueño.
El Capitán se incorporó sobresaltado.
- No os preocupéis-le dijo Fabián- es el ruido de unos jabalíes hozando. Fabián ya se había levantado y estaba preparando su desayuno de siempre.
El Capitán se asomó a la puerta de la cabaña. Aun era de noche, pero la luna llena le permitió ver tres jabalíes unas varas arroyo arriba.
Es una madre con dos jabatos- dijo Fabián a su espalda. Buscan raíces en el terreno humedecido por el arroyo. También les gusta revolcarse en el barro como a los cerdos.
La conversación, aunque en voz baja, despertó a Lucas. Él estaba acostumbrado a los jabalíes, así que la conversación entre su de los jabalíes no le interesaba nada.
Ya se quedaron levantados y mientras el de Mariaca seguía pendiente de la cocción de sus habas, Lucas cortó dos rebanadas de pan y sobre una de las piedras calientes puso unas tiras de tocino. Cuando empezaron a arrugarse las sacó y las colocó sobre el pan, dándole una al Capitán y la otra para él. Ese fue su primer
desayuno caliente en varios días.
Cuando terminaron el desayuno, ya clareaba sobre los Obarenses. Prepararon los caballos, montaron y siguiendo el arroyo hasta su desembocadura en el río Vallarta, retornaron al camino. Pasaron por la aldea que da nombre al río y siguieron hasta Quintanilla. A mediodía alcanzaban la población de Bañuelos. Habían recorrido ya
unas cinco leguas. Aún les quedaban más de treinta leguas hasta Cuéllar, comentó el Capitán, Necesitarían jornada y media para llegar. Lucas se sintió decepcionado. Ya le había imagina la cena que le esperaba en Cuellar, y el pensar que otra vez cenaría
carne salada o queso de oveja, le descorazonaba.
Fueron dejando atrás aldeas, vadearon riachuelos y cuando el sol de ocultaba estaban a la altura de la aldea de Fontioso, donde Lucas había comprado viandas en el viaje de ida al norte.
- ¿Os acordáis, Señor, de los buena viandas que compramos es esa aldea? -le preguntó Lucas.
- Me acuerdo Lucas. No falta mucho para que anochezca así que acamparemos para pasar la noche a una legua de aquí. Toma estas monedas y vete a la aldea a aprovisionarnos. Nosotros iremos al paso sin desviarnos del camino, así que no te será difícil alcanzarnos.- le dijo el Capitán entregándoles unas monedas de cobre.
Lucas los encontró acampados en la orilla opuesta del río Henar, Supo que estaban cerca, porque le llegó el olor del cocido de habas de Fabián traído por el viento en contra.

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