IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR, LIBRO II, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXI (28.02.2013)
Un sudoroso jinete cruzaba la puerta del Azogue tras recorrer el estrecho callejón que formaban las dos torres cilíndricas de la muralla que rodeaba al castillo de Urueña. La muralla, tenía solo de dos puertas. Una de ellas, la orientada al sur, disponía de rastrillo además de portones y a través de ella se accedía a la Villa. La otra, conocida como del Azogue solo disponía de portones y daba la entrada desde el páramo.
El jinete descabalgó delante del cuartel de la guardia y dejando al caballo con la brida colgando se dirigió rápidamente hacia la entrada de la Torre del Homenaje donde el guardia le dio el alto.
- He de hablar con el secretario, sobre un asunto importante, así que avísale o déjame pasa r- le conminó.
- Aguarda un instante, que ahora vendrá un lacayo - le dijo mientras con el asta de la pica golpeaba tres veces las losas del suelo. No pasó mucho tiempo hasta que un sirviente apareció.
- ¿Qué quieres?- le preguntó al guardia de la puerta?
- Este soldado, que quiere hablar con el secretario sobre un asunto importante, según dice.
- ¿Quién eres y que asunto es ese?- le preguntó al recién llegado.
- Dile a tu señor que ha llegado un hombre de Cuéllar, que lo demás no es asunto tuyo- le contestó.
La respuesta no le gustó al sirviente a juzgar por el gesto de desagrado que hizo y la mirada aviesa que le echó, pero dando media vuelta volvió al interior de la Torre mientras entre dientes le decía que esperara. Tardó en regresar más tiempo del que pudiera considerarse como razonable – era su forma de vengarse de aquel jinete descarado que le había humillado ante el guardia de la puerta.
-¡ Sígueme¡- le espetó
Tras presentarse al secretario, el hombre que acababa de llegar de Cuéllar, le contó todo lo acaecido desde su llegada, el reclutamiento de Marcial Costa y Baudelio Pardo así como habían organizado el sistema de comunicación de la información obtenida..
-¿Pero sólo has venido a contarme eso? ¿No habéis conseguido alguna información que nos permita adivinar las intenciones de los castellanos?- le preguntó irritado.
Entonces Aquilino, que así se llamaba el soldado, le dio toda la información que Juan Costa le había trasladado.
-¿Dices que es una tropa de dos docenas de soldados y armados y avituallados?- le preguntó.
- Así me lo dijo, Señor y que aunque no se sabía a donde se dirigían, todo apuntaba a que venían hacia esta parte de la frontera, y también me dijo que os preguntara si continuaban su misión o regresaban.
- Si como parece ser, Marcial y Baudelio forman parte de la tropa que se dirige hacia aquí, no va a ser posible hacerles llegar orden alguna, así que dejaremos que ellos actúan según las circunstancia se lo sugieran – pensaba en voz alta - Y tú, ahora, - le ordenó - recupera fuerza, come y duerme y mañana sales nuevamente para Cuéllar y continuáis con la labor de vigilancia.
El secretario dictó al escribano un informe para su Señor, Daniel Mena, en el que le informaba sobre los acontecimientos que le acababan de contar y despachó a un mensajero con el informe a Palacios para que lo entregara en mano a su Señor.
El secretario, Paulino Sánchez, hombre nada amigo de las armas y muy amante de la paz y el sosiego que le permitían realizar su labor sin sobresaltos y dedicar tiempo a su gran afición, la columbicultura, se quedó preocupado. Si se desataban las hostilidades entre León y Castilla, Urueña era zona fronteriza y, por tanto sería sin duda, terreno de batalla; y eso le asustaba. Temía por sus palomas primero, por su vida después y también por su statu quo en el castillo. En el pasado, la plaza de Urueña había sido castellana durante el reinado de Sancho III tras la división del reino de León y Castilla por Alfonso VII, pero después de la muerte de Sancho III, el Deseado, al año de su reinado, al pasarse el Infantado de Valladolid, de quien dependía Urueña, a la jurisdicción leonesa con Fernando II, hermano de Sancho III, la plaza adquirió una notable importancia estratégica por su condición de plaza fronteriza entre ambos reinos. Todo esto la sabía bien el secretario y de ahí su preocupación. Pero él nada podía hacer. Su Señor le había responsabilizado de la administración de la plaza durante su ausencia, pero no le había otorgado competencias para disponer la utilización de la tropa, así que, cumpliendo lo ordenado por su Señor desde Palacios, le envió el informe comprensivo de los últimos acontecimientos y ahora esperaría nuevas disposiciones o, lo que sería mejor, el regreso de su Señor.
Cuando dos días más tarde Daniel Mena leyó el informe enviado por su secretario, el corazón le dio un vuelco de alegría. El Rey ya no tendría excusa para seguir dilatando en el tiempo su decisión. Urueña estaba en peligro por la presencia de tropas castellanas desplazándose hacia aquella zona de la frontera y ya no podía haber duda sobre las intenciones castellanas. Si a pesar de esa evidencia, el Rey no se decidía a movilizar al ejército, al menos tendría que permitirle regresar a Urueña para defender la Villa de un ataque o asedio castellano. No había otras alternativas.
Tras comentarle la situación con Marcelino Molina, Señor de Carrión, este estuvo de acuerdo en que debía hacer llegar el informe lo antes posible a Rodrigo Pérez de Villalobos, Alférez de Alfonso IX, así que sin perder más tiempo, se dirigió a la residencia real donde entregó el informe al Alférez. A medida que iba leyendo, el rostro de éste expresaba el crecimiento de la preocupación.
- ¿Cuándo habéis recibido este informe, Señor Mena?- preguntó
- Hoy mismo, Señor y visto su contenido, he considerado que era importante hacéroslo llegar cuanto antes por si deseáis informar al Rey sobre los acontecimientos que relata- contestó.
- Ciertamente que su contenido es importante, y afecta o parece afectar a la seguridad del reino, pero me habéis dicho que esta información fue recabada por hombre vuestros en la villa de Cuéllar, así que decidme ¿ qué hacían o por qué teníais hombres en esa villa castellana?.
- Es una práctica habitual, cuando se gobierna una plaza fronteriza, tener algún hombre destacado en la plazas próximas del otro lado de la frontera, eso sí, siempre de incógnito, de la misma forma que, supongo, Cuéllar tendrá algún infiltrado entre los carrasqueños, para de esa forma, prevenir cualquier acción ofensiva de una u otra parte. Es la vieja costumbre del espionaje, Señor, que hasta Nuestra Santa Madre la Iglesia practica para descubrir herejes.
- Bien, bien. Habéis prestado un gran servicio al reino. Informaré de todo esto a Don Alfonso, quien decidirá lo que haya que hacer. Entre tanto y a pesar de vuestra natural preocupación, debéis permanecer en Palacios hasta que se disponga otra cosa que, si así fuera, se os comunicaría lo más rápidamente posible.
- Estoy seguro de que el Rey tomará la decisión mejor para el reino - se despidió.
Estaba seguro de que el Rey no solamente le permitiría regresar a Urueña, sino que se lo ordenaría. El plan que le había diseñado el comerciante tortosino, estaba funcionando a la perfección. Aquel Leopoldo López era un hombre muy inteligente y le gustaría tenerlo su lado, así que, si recibía la orden que esperaba del Rey, le propondría que se viniera con él a Urueña como consejero.
Alfonso IX seguía resistiéndose a movilizar a su ejército. Las noticias llegadas de Urueña eran preocupantes, pero no podía deducirse de ellas que su Alfonso VIII pretendiera invadir el reino leonés; las tropas que se desplazaban en dirección a l frontera no eran numerosas; era un grupo reducido y que bien podría estar realizando tareas de vigilancia fronteriza, pero tampoco convenía confiarse, por lo que tras oír la opinión de su Alférez, ordenó a éste que comunicara a los señores de Urueña y Carrión que regresaran a sus plazas y protegieran la parte de frontera que les correspondía y que si se produjera algún acto de agresión por parte de tropas castellanas más allá de la incursión de algún grupo armado, que despacharan mensajeros a la Corte informando sobre lo acaecido.
Daniel Mena y Marcelino Molina recibieron con alborozo la llamada de Rodrigo Pérez de Villalobos. No podía ser para otra cosa que para ordenarles que regresaran a sus plazas de inmediato. No se equivocaban.
- Debéis retornar a vuestras plazas de inmediato y asegurar la frontera con Castilla entre Carrión y Urueña, pues como estoy seguro que ya conocéis - miraba a Marcelino Molina – se han detectado tropas castellanas dirigiéndose al noroeste y aunque no parecen, por su número, representar un peligro de importancia, conviene estar alerta, por lo que si cruzaran la frontera y atacaran aldeas, majadas, molinos o cualquier posesión leonesa, nos informaréis de inmediato con todos los detalles. Ahora, partid, pues así lo ha ordenado el Rey.

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