sábado, 23 de febrero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez
CAPITULOS XVI (24.02.2013)
Desde las almenas del torreón de planta circular levantado al suroeste del recinto amurallado que era su palacio de verano, Alfonso IX, rey de León, miraba ensimismado las cumbres nevadas del Teleno mientras pensaba en los motivos que le habían inducido a retirarse durante unos días a Palacios acompañados de los nobles más importantes ya fuera por el rango o por controlar áreas sensibles del reino, como eran las plazas fronterizas con Castilla.
Sintió la presencia de alguien detrás. Se volvió. Era su Alférez, Rodrigo Pérez de Villalobos, hombre en quien tenía total confianza.
- ¿Qué ocurre, mi buen Rodrigo?-preguntó
- Señor, os ruego que me disculpéis por interrumpir vuestro recogimiento, pero no puedo evitar sentirme preocupado, pues algunos nobles se muestran nerviosos e impacientes, especialmente aquellos cuyas tierras limitan con Castilla. Temen que un ataque castellano les pille lejos de su fortaleza y, por otro lado, aunque acatan vuestras órdenes, no saben qué hacen aquí desde hace ya dos semanas y sin que no se les informe de otra cosa que la de seguir esperando acontecimientos que ni siquiera se sabe si se van a producir.
- Sé que algunos desean que nos adelantemos a esos acontecimientos, pero, tal como ya se les ha hecho saber, Nos no queremos ser los primeros en romper la tregua y sólo responderemos si somos atacados. He decidido retener a los nobles aquí, precisamente para evitar que esos nervios que dicen padecer les lleven a tomar iniciativas, sin justificación objetiva, que provoque una nueva guerra entre nuestros reinos y en unas circunstancias que no nos son las más favorables pues, vos mejor que nadie, bien sabéis que necesitamos tiempo para recomponer nuestro ejército, disminuido y agotado tras la campaña de Extremadura.
- Señor, sabéis que comparto vuestro análisis y que mi lealtad hacia Vos es inquebrantable por lo que os seguiré allá a donde decidáis y sin cuestionar las razones, pero hemos de tranquilizar a los nobles, al menos a aquellos que tienen sus plazas próximas a la frontera, ya que si el malestar se extiende, la situación podría ser difícil. Así que, Señor, si me lo permitís, os sugiero que autoricéis a los señores de Carrión y Urueña a regresar a sus plazas, ya que ellos mismos me han insistido en que os lo pida –insistió el Alférez
- Comprendemos su nerviosismo, pero son precisamente las plazas fronterizas las que han de estar más controladas, pues es desde ellas desde donde se puede desencadenar acciones precipitadas que, por las razones que os acabo de exponer, en modo alguno deseamos. Comunicad a los señores de Carrión y Urueña que su Rey, a quien juraron lealtad, les ordena permanecer en Palacios hasta que decidamos otra cosa. Y ahora, podéis retiraros -dijo dando por terminada la conversación.
- Haré tal como decís, Majestad – y el Alférez se retiró con una mayor preocupación aún instalada en su ánimo. Sabía de la lealtad de Carrión y Urueña, pera ahora, si ocurría lo que esperaban, corrían el riesgo de perder sus plazas y ese era un sacrificio que quizás no amparara su lealtad al Rey.
Habían pasado cinco días desde que aquel comerciante de Tortosa, cuyo nombre no había conseguido recordar, le había visitado. No se le había olvidado su comentario sobre que cuando menos se espera pueden aparecer las soluciones a los problemas, incluso al que él tenía. No conseguía quitarse de la cabeza ese comentario y deseaba fervientemente que aquel hombre volviera a visitarle, tal como le prometió si es que encontraba alguna solución. El Alférez ya le había comunicado el deseo del Rey de que permanecieran en Palacios. Rodrigo Pérez de Villalobos había recalcado lo de que era el deseo del Rey. Daniel Mena sabía muy bien que Alfonso IX no era duro en sus expresiones pero que tras cada una de ellas había una orden que había de cumplirse so pena de incurrir en Su enojo. Por todo ello, su preocupación iba en aumento. Si regresaba Urueña se exponía a ser castigado por el Rey y si se quedaba y el ataque castellano se producía, podría perder sus tierras. No sabía que hacer y aquel tortosino que le había abierto una puerta a la esperanza no daba señales de vida, y no podía tratar de buscarlo, pues ignoraba donde podría encontrarse y tampoco se le había ocurrido preguntárselo. Si no hubiera bebido tanto aquel día … - pensaba.
Un sirviente llamó a su puerta.
- Señor, hay un hombre en la puerta que desea que le recibáis. Dice llamarse Leopoldo López y que vos le conocéis – le informó.
- Decidle que pase ¡ rápido, hacedle pasar¡.¡Daos prisa!- le ordenó agitado.
- ¡Por fin!- exclamó en voz alta liberando la tensión acumulada.
Leopoldo López había dejado pasar intencionadamente los días suficientes para que aquel bebedor insaciable, que era el Señor de Urueña, picara el anzuelo que había cebado con la esperanza de una solución a su problema. Jugaba con ventaja, pues sabía que a medida que fueran pasando los días, la preocupación y el nerviosismo irán aumentando y haciéndolo, por tanto, cada vez más receptivo a cualquier solución que se le ofreciera.
- ¡Pasad, pasad, amigo López! - saludó efusivo.- No sabéis cuanto me alegra veros – añadió.
- Vaya que si lo sé – pensó el exregidor. – Yo también me alegro, Señor Mena. Es más, deseaba veros cuanto antes- añadió.
- ¿Y a qué se debe ese interés? - preguntó fingiendo ignorancia.
- Pues a que tal como os prometí, he estado pensando en vuestro problema tratando de encontrar un solución factible y ….
- ¿La habéis encontrado? – le interrumpió impaciente.
- Hay una posible solución, si a vos os parece bien aunque tiene sus riesgos y requiere acciones que pudieran no gustaros, pero no he….
- ¡Disculpadme! - le interrumpió- he olvidado la más elemental norma de cortesía y no os he invitado a tomar una buena jarra de vino, pero ahora mismo pongo remedio a tal incorrección - añadió al tiempo colocaba dos vasos de latón sobre la mesa y que colmaba con un vino tinto. - Y ahora, contadme, contadme que solución habéis encontrado y por qué pudiera no gustarme. No os privéis y contádmelo con todo detalle, os lo ruego.
- Bien, si así lo deseáis, os diré lo que he pensado. Os ruego que me escuchéis con la máxima atención, pues no quisiera que por un malentendido, pudiera no servir a vuestro interés. – Leopoldo López hizo una pausa, pues quería que el estado de ansiedad de Daniel Mena alcanzara el nivel adecuado - Si mal no os entendía el otro día, vos deseáis regresar a vuestra plaza pero el Rey no os lo permite, ya que está esperando que sea Castilla la que rompa las hostilidades. ¿Es así? – y sin darle tiempo a responder continuó – y si eso ocurre, teméis que vuestro castillo sea el primero en ser atacado, por lo que vos, que como Aristóteles, creéis que la mejor defensa sería un buen ataque, no podéis actuar por la prohibición del Rey. ¿Estoy en lo cierto? – preguntó
- Plenamente, es tal como decías, pero os ruego que continuéis – le apremió.
- Siendo esta la situación, es de suponer que vuestro rey os autorizará a regresar a vuestras tierras para defenderlas si el ataque se Castilla se produce, así que la solución es bien sencilla. Se trataría de que ese ataque se produzca- y se calló.
Daniel Mena se le quedó mirando sin articular palabra. Por un instante pensó que ese comerciante tortosino se estaba burlando de él. Ya sabía de sobra que pasaría si se producía la agresión.
Leopoldo López se sentía feliz. Estaba llevando a su anfitrión a donde a él le convenía.
-Pero… - trató de decir algo pero Leopoldo López le cortó.
- Esto que acabo de decir, bien lo sabéis, y ahí está la solución del problema, es la forma de conseguir la autorización real para regresar a vuestro feudo.
- Os aseguro que no os entiendo. Aclarádmelo, os lo ruego – pidió
- Es necesario provocar el ataque de Castilla, pero por una reducida fuerza para que pueda ser repelido sin dificultad y después informar al Rey sobre lo ocurrido, o, al menos, que tropas castellanas sean vistas en la frontera, tras lo cual, estoy seguro que autorizará vuestro regreso y el de los señores de feudos fronterizos.
- Pero ¿cómo conseguir ese ataque que decís? ¿Por qué van a atacar los castellanos con una fuerza reducida? ¿Qué habéis pensado al respecto?
- Escuchadme con mucha atención., os lo ruego y esperad a que concluya- le pidió- Para que ocurra tal como os acabo de exponer, es necesario que en Castilla se tema un ataque por parte de León con la pretensión de hacer avanzar la frontera, de tal forma que ese temor le obligue, como medida preventiva, a hacer lo que Alfonso IX no quiere hacer: atacar primero. ¿Y cómo hacer que Castilla se entera de los planes leoneses?, os estaréis preguntando. Para ello, deberéis enviar un mensajero al señor de Carrión portando un documento en el que se diga que prepare sus tropas para lanzar un ataque, sin especificar fecha, pero que parezca que va a ser inminente, coordinadamente con las Urueña para tomar las aldeas y lugares castellanos hasta llegar a la ribera opuesta de los ríos Carrión y Hornija. Pero ese mensajero ha de ser interceptado por las patrullas fronterizas castellanas a fin de que el documento que porta llegue a la corte de Toledo, por lo que deberá recibir instrucciones estrictas para que el trayecto desde Urueña a Carrión pase por territorio de Castilla, única forma de que pueda ser capturado y el documento descubierto. Para que no se extrañe por el rodeo que tiene que dar, le entregaréis otro documento con un contenido intrascendente o simplemente sin contenido alguno, ya que nunca ha de llegar a su destino, y que ha de entregar al alcaide de Villalba del Alcor. Y ahora decidme ¿podréis llevar a cabo esta estratagema? Pensadlo bien, pues sacrificareis a uno de vuestros hombres.
Daniel Mena permanecía callado. Leopoldo López no sabía que pensar. Si la propuesta no le gustaba a aquel adorador de Baco, tendría que recomponer las piezas de su plan de venganza, pues lo que había sugerido al señor de Urueña era una pieza indispensable en él.
- ¡ Magnífico, excelente!. Sois un genio. Es un plan sencillo y será eficaz. El Rey no tendrá otra salida que la de defenderse atacando antes de que el grueso de las tropas de Alfonso VIII lo hagan. Os felicito, amigo López y ahora bebamos por el éxito de nuestro plan.
El Señor de Urueña estaba exultante. Ya se veía cabalgando hacia su plaza. No le preocupaba perder a uno de sus siervos capturado por los castellanos. Su sacrifico significaba la seguridad de su castillo.
- Además, - continuó Leopoldo López -debéis enviar a la Villa de Cuéllar, en Segovia, a tres o cuatro de vuestros hombres que, organizándose como mejor consideréis, os tendrán informado de todo lo que acontezca en el castillo relacionado con el movimiento de soldados, especialmente si parten hacia la frontera, ya que desde Cuéllar partirá, con toda seguridad, la fuerza inicial de ataque, según he podido deducir teniendo en cuenta su proximidad a la frontera.
- ¿Me estáis diciendo que meta espías en el castillo de Cuéllar?- preguntó.
- Así es. ¿Podréis hacerlo?
- No será difícil. Redactaré las instrucciones en ese sentido para hacerlas llegar a mi secretario y que él elija a los hombres más competentes para esa misión de espionaje.
- Bien, ya que estáis de acuerdo en todo, bebamos esa jarra de vino, pero debéis empezar cuanto antes con la ejecución del plan – concluyó Leopoldo López
- Descuidad, mi buen amigo, que hoy mismo redactaré el documento que un sirviente llevará a Urueña con instrucciones a mi secretario para que despache un mensajero con las órdenes que habéis dicho. ¿Os parece bien así?- preguntó
- Sí, muy bien. Cuánto antes actuéis, antes podréis regresar a vuestro castillo – contestó como si la rapidez de actuación de Daniel Mena era algo que solo interesara a este.
- Y ahora decidme ¿ cómo podré mostraros mi agradecimiento por vuestra ayuda? ¿Puedo hacer algo por vos?- le preguntó el Señor de Urueña.
- No habéis de preocuparos por ello. Os he prestado mi pobre ayuda sin buscar ninguna compensación y sé, ahora que os conozco, que si yo tuviera necesidad de la vuestra, podría contar con ella – contestó
- Podéis estar seguro, amigo mío, que podéis contar con mi ayuda en lo que esté en mi mano, no importa cuando. Os lo prometo y permitidme que nuevamente os de las gracias.
Leopoldo López regresaba satisfecho a su casa de La Bañeza. Poco a poco, iba construyendo las piezas de su maquinaria para la venganza y, hasta ahora, todas ajustaban a la perfección.
Seis días más tarde, Alvaro Núñez de Lara, Alférez de Alfonso VIII, el Noble, rey de Castilla, recibía dos documentos que portaba un mensajero leonés del castillo de Urueña, capturado en las cercanías de Fuensaldaña, uno de los cuales era para el alcaide de Villalba del Alcor y en el que el Señor de Urueña se interesaba por la salud del alcaide y otro, dirigido al castillo de Carrión, en el que se indicaba a éste que prepara sus tropas para atravesar el río Carrión y penetrar en territorio castellano, al tiempo que desde Urueña se cruzaría el Hornija.
Después de haber sido informado por Alvaro Núñez de Lara, el Rey convocó una reunión en la que además de Núñez de Lara y Diego López de Haro que hacía pocas fechas había regresado de la corte de León, asistió el capitán Crisanto Martín, hombre de confianza del rey castellano.
Alfonso VIII, tras escuchar las opiniones de sus asesores sobre el contenido del documento dirigido a Carrión, que fueron plenamente coincidentes en que se trataba de una ruptura de la tregua entre Castilla y León y que el monarca leonés pretendía, sin duda, perpetrar la agresión a Castilla con alevosía, pues estaba vigente el acuerdo de Coimbra firmado por los monarcas de ambos reinos, el Rey ordenó a su Alférez que informara a la plaza de Íscar, y a Diego López, su Abanderado a la de Cuéllar para que repelieran cualquier intento leones de traspasar la frontera entre el río Carrión y el Hornija, disponiendo lo necesario para ello según su criterio, e informando a la Corte sobre cualquier enfrentamiento que se produjera por si la importancia de este pudiera aconsejar la intervención del ejército del Rey.
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