miércoles, 13 de febrero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXVI y último (14.02.2013)
Fabián acababa de enterarse que tenía que pelear contra aquel negro al que ni siquiera conocía. No podía negarse pues había dado su palabra al Rey. No es que le diera miedo aquel hombre, pero pelearse así, sin motivo…
Oono, que ya conocía lo suficiente del idioma como para entender lo que el Rey había dicho, también se enteraba en ese momento que tendría que luchar contra aquel muchacho que nada le había hecho, que no era guerrero y por tanto ni era quien le tenía sometido ni de los que le capturaron. ¿Por qué tenía que luchar contra alguien que nada le había hecho y a quien no identificaba con los que sí se lo habían hecho?.
- El negro luchará por su libertad – dijo el Rey – Si vence será libre y Fabián de Mariaca lo hará por su Rey.
Hizo una seña al heraldo y sonó el clarín. Los dos contendientes se situaron uno frente a otro delante del palco real. Se miraban a los ojos. Fabián le dijo en voz baja:
-No sé quién eres y no tengo nada contra ti. Solo pelearé porque mi Rey me obliga y lo haré sin odio.
Oono entendió más por la mirada que por las palabras lo que Fabián le decía y también en voz baja le dijo:
- Tampoco yo te conozco ni tengo nada contra ti; pero me obligan a luchar para ganar la libertad que otros me quitaron con mi familia. Pelearé contra ti sin odio.
Con el segundo toque del clarín empezó la pelea. Se miraba el uno al otro; los cuerpos ligeramente encorvados; los brazos a media altura semiestirados y las manos prestas a asir al contrario tan pronto pudieran, mientras giraban uno alrededor del otro manteniendo la distancia entre ellos. Oono fue el primero en intentarlo. Fabián saltó hacia atrás evitando el ataque. La multitud empezaba a animar gritando ¡¡ Fabián, Fabiá¡¡ Ahora fue Fabián quien lanzó el ataque. Consiguió asir los brazos de Oono, pero las manos le resbalaban por causa del aceite. Saltó hacia atrás para evitar la réplica del Oono y este consiguió agarrarle por la camisa que se rasgó al tirar de ella.
La multitud gritó. En el palco real el nerviosismo era evidente. Cada intento de Fabián por agarrar a Oono y tratar de derribarle fracasaba por culpa del aceite con que habían embadurnado su cuerpo. Había aprendido a escabullirse de los ataque de Oono, pues Fabián era más ágil. La gente seguía animando, incluso le pareció reconocer los gritos de Lucas, pero el espectáculo empezaba ya a ser demasiado monótono. Ataque de Fabián que no podía agarrar al negro. Contraataque del Oono que no conseguía atrapar a Fabián. Empezaban a hartarse ellos mismos de ese juego. No se odiaban, no había nada que les motivara para desear hacerse daño. Oono cierto es que luchaba por su libertad, pero muchas veces se había preguntado si realmente valdría la pena regresar a una tierra en la que ya no tenía familia y si buscar, capturar y matar a quienes lo había secuestrado iba a llenar el vacío que sentía en su corazón desde que le arrancaron de su aldea. Fabián luchaba por puro compromiso. Era hombre cumplidor de su palabra y le había dicho al Rey que lucharía por él. Hubiera disfrutado más arrastrando piedra o con las chingas como cada domingo en San Antón de Armuru. Había que terminar con aquel espectáculo y cuanto antes mejor. Si no podía asir al negro porque se le escurría, lo intentaría por la única parte de su cuerpo que no llevaría untada de aceite. Le dirigió una última mirada a Oono como diciéndole “ tengo que acabar con esto” y se lanzó no a los brazos o al cuello de Oono, sino a los muslos, sorprendiéndole. Fabián asió con su mano izquierda el taparrabos y con la derecha los agarró la entrepierna. Oono soltó un grito de dolor mientras la multitud rugía animándole. Cogido por donde estaba, Oono era incapaz de hacer movimiento alguno para defenderse o contraatacar pues cualquier movimiento hacía que el dolor se volviera insoportable.
El Rey se levantó- se acordaba de la demostración en la Cámara real- y con él toda la grada. Entonces Fabián tensó los músculos de los muslos para ponerse totalmente de pie, levantando con su mano derecha que seguía aferrada a la entrepierna, a Oono hasta la altura de sus hombros.
La multitud parecía haberse vuelto loca. Hasta los obispos habían perdido la compostura y gritaban como campesinos y las esposas de los nobles chillaban como cocineras .
Fabián se volvió entonces hacia el Rey y le grito:
-¡ Mi señor¡ ¿Dónde queréis que ponga a este hombre?
-Donde tú quieras Mariaca- respondió el Rey fuera de sí.
Mariaca toma impulso con su brazo y lanza al negro a seis varas lejos de si, quedando aturdido en el suelo.
La gente aplaude, salta y grita el nombre de Fabián sin parar.
El Rey está feliz. Mira a la Reina temiendo ver la tristeza en los ojos de su esposa por haber perdido la apuesta, pero lo que se encuentra es un sonrisa. La Reina es feliz viendo a su esposo feliz.
Fabián seguía plantado frente al palco real. El Rey anuncia que Fabián es el campeón y le pregunta qué desea como premio, que lo que le pida se lo ha de conceder.
La multitud, que seguía aplaudiendo y gritando el nombre de Fabián, calló al oír la oferta del Rey. Querían oír lo que Fabián iba a pedir.
Fabián miró a Oono que empezaba a recuperarse de su aturdimiento y dirigiéndose al Rey, dijo:
- Mi Señor, dos son los deseos que os ruego me concedáis.
- Decidnos Fabián- le animó el Rey
- La libertad de ese hombre – dijo señalando a Oono.
Todos le miraron con asombro, menos Iñigo. Sabía de la nobleza del corazón de Fabián. ¿Cómo -se estarían preguntando todos, incluido el Rey,- no pide este hombre riquezas y honores para sí?
- Y mi segundo deseo, mi Señor, es que eximáis para siempre a mi casa de Mariaca de dar diezmos.
- Sea como pides- concedió el Rey, y dirigiéndose a Núñez de Lara le ordenó que preparara las cédulas reales para confirmar libertad al negro y la exención de diezmos a Mariaca.
Los Reyes se levantaron y con ellos los ocupantes de las gradas que en pie despedían con aplausos y vivas a los Reyes. Salieron para el Alcázar donde al anochecer ofrecían una cena a los nobles que habían acudido al torneo y a la que estaba invitado Fabián de Mariaca.
Tan pronto los Reyes abandonaron el palco, Fabián se acercó a Oono dándole la mano para ayudarle a levantarse, mano que Oono aceptó.
- Uno de los dos tenía que ganar- le dijo a modo de justificación.
- Te he oído pedir al Rey antes mi libertad que privilegios para ti. Tienes buen corazón y me sentiría muy orgulloso si aceptaras mi amistad- contestó Oono.
- La acepto de corazón y desde este momento mi casa, aunque modesta, es tu casa. Siempre encontrarás abierta su puerta para ti. Sellaron con un abrazo su compromiso de amistad pero los brazos de Oono, untados de aceite, se escurrieron entre los de Fabián. Al darse cuenta, estallaron ambos en una sonora carcajada que llamó la atención de Iñigo Aldai que estaba hablando con otros caballeros mientras esperaba a Fabián para ir al Alcázar. Cuando al oírlos reír se volvió, se encontró con el sonriente rostro del Padre Gumersindo.
- ¡Padre Gumersindo¡ ¡ Qué sorpresa¡ ¿Qué hacéis aquí?- le preguntó
- El castillo de Cuéllar no podía desoír la invitación del Rey- contestó.
- Entonces ¿habéis venido en representación del castillo?
- No Capitán. Yo solo soy el secretario y confesor de la Señora del castillo. Ella es la que lo representa.
- ¿Ha venido Doña Marta? ¿Está aquí, en Toledo, Padre? ¿Dónde, dónde está?- preguntó impaciente
- Vedla allí, Capitán, departiendo con la esposa del Señor de Iscar- le indicó.
Iñigo miró en la dirección indicada y, efectivamente, allí estaba Marta. Ella se sintió observada o quizás era porque también buscaba la mirada del Capitán y volvió la cabeza. Sus miradas se cruzaron. Ella sonrío mientras le hacía una apenas perceptible reverencia con la cabeza, a la que Iñigo correspondió de igual manera. El Padre Gumersindo los observaba y sonreía.
- Esta tarde podréis estar con ella, pues irá a la cena que ofrece el Rey- le informó adelantándose a la pregunta que le iba a hacer.
- Padre ¿no sería posible que la viera antes? He de hablar con ella en privado; es importante. Os lo ruego, haced que pueda verla- suplicó.
- Intentaré complaceros, pero no os prometo nada- y se alejó en dirección a donde estaba Marta.
El Capitán, Fabián y Oono se dirigían al puente de Alcántara para acceder a la ciudad cuando llegó Lucas. Al ver al negro con Fabián se extrañó. Sin hacer comentario alguno sobre ello, felicitó a Fabián por su triunfo.
Fabián le presentó a su nuevo amigo Oono y esperaba que Lucas también lo fuera.
Cuando entraron en la ciudad, Iñigo se despidió diciéndoles que tenía que presentarse a su Señor Don Diego, pues al finalizar el torneo, cuando salía acompañando al los Reyes le había comunicado que quería verlo más tarde en al Alcázar. Fabián necesitaba ponerse una camisa nueva y para Oono no era conveniente andar sólo por la ciudad donde sería reconocido por todos los que presenciaron el torneo y podría buscarse problemas, así que ambos optaron por acompañar al Capitán al Alcázar.
Lucas dijo que si no le necesitaba iba a dar una vuelta por la ciudad.
El Capitán entró en el Alcázar y buscó a Don Diego. Lo encontró en la Sala de Armaduras hablando con Alvaro Núñez.
- Ah, Capitán¡ ¿Ya estáis aquí?. Ahora estoy con vos.
Cuando vio salir a Alvaro Núñez, entró.
- Mi buen Capitán, quería hablaros para deciros que el Rey ha quedado muy satisfecho con el resultado el torneo, que ha sido posible porque cumplisteis con éxito la misión que os encomendó trayendo a Fabián y ocupándoos de su entrenamiento, pero eso ya os lo dirá Su Majestad esta noche. Ahora soy yo quien quiere deciros que habéis prestado a mi Casa un valioso servicio protegiendo a Cuéllar de un grave peligro y además habéis posibilitado que respondiera con éxito a mi compromiso con el Rey proponiéndole a Fabián de Mariaca como su campeón. Todo ello, sé que lo habéis hecho por vuestra condición de caballero y por lealtad a mi Casa. No obstante es mi deseo manifestaros mi reconocimiento, así que decidme, ¿cómo os puedo complacer? ¿qué deseáis que yo os pueda dar?
- Nada deseo, mi Señor, excepto poder seguir sirviendo a vuestras órdenes. En ello está mi recompensa.- respondió.
- Veo, Capitán, que la ambición no está instalada en vuestro corazón y eso os hace más noble que el mayor de los títulos que pudiera otorgaros. Podéis retiraos, y no olvidéis asistir a la cena que ofrece el Rey a los invitados entre los que figuráis por Su expreso deseo, así como Fabián de Mariaca.
El Padre Gumersindo estaba preguntando en el cuerpo de guardia por el capitán Aldai, a quien tenía que dar un mensaje. El jefe de la guardia le dijo que esperara y envió un soldado a buscar al Capitán, al que no hacía mucho había visto cruzar el Patio de Armas.
No tardó en aparecer Iñigo que al ver al padre Gumersindo apuró el paso.
- Decidme, Padre, ¿qué nuevas me traéis?
- He informado a Doña Marta de vuestro deseo de verla para un asunto importante antes de la cena real. Me ha pedido que os acompañe hasta la Catedral de Santa María, donde ella se encuentra rezando en estos momentos.
- Pues no perdamos tiempo, Padre. Vayamos presto a la Catedral,-le apuró.
La antigua mezquita mayor de Toledo, reconvertida en lugar de culto cristiano desde que el 25 de octubre del año de mil y ochenta y siete, la reina Constanza, esposa de Alfonso VI y Bernardo Cluny, Arzobispo de Toledo, la usurparan a los musulmanes, acto que si no llega a ser por la intervención del alfaquí Abu-Walid ante el propio Rey Alfonso, les hubiera costado la cabeza, quedaba a pocas calles del Alcázar, por lo que tardaron en llegar.
Cuando los ojos de Iñigo se acostumbraron a la penumbra, distinguió a Marta arrodillada en la capilla lateral dedicada a San Pedro. El Padre Gumersindo se quedó de pie en el baptisterio.
Marta sintió la presencia de Iñigo a su lado. Con un susurro y sin apenas volver la cabeza, le dijo que se arrodillara a su lado.
- Iñigo, mi valeroso Capitán ¡cuánto deseaba volver a veros¡.He dado gracias a Dios Nuestro Señor por haberos protegido y que el Rey os hiciera justicia. Todos estos días, desde que dejasteis Cuéllar han sido angustiosos y el no tener noticias vuestra me hacía temer lo peor. Afortunadamente, el heraldo del Rey nos trajo la noticia de que os había visto en la Corte y que el Regidor había sido desterrado del Reino. Mi corazón se llenó de alegría al saber que estabais bien.
- Mi amada Marta. Me hacéis sentir el hombre más feliz del mundo y sólo me apena no haber podido ir a informaros de cómo había terminado lo del Regidor, pues el Rey me ordenó ocuparme de la preparación y entrenamiento de su campeón. Cuando hoy os he visto en el torneo, creí volverme loco de alegría. No dejo de pensar en vos ni un instante; sois mi último pensamiento por la noche y el primero de la mañana y no acepto resignarme a tener que vivir lejos de vos.
- ¿Por qué decís eso ,Iñigo?
- Porque quisiera vivir la vida que me quede con vos, haciéndoos mi esposa si vos me aceptarais, pero aunque soy caballero, no soy de noble cuna y vos sí, por lo que el Rey no autorizaría el matrimonio entre desiguales.
- Iñigo, yo os amo, lo sabéis y si mi condición de cuna es un impedimento insalvable para ser vuestra esposa, renunciaré a mi título sin dudarlo. ¿De qué me serviría mi condición de nobleza no pudiendo compartir mi vida con vos?. Mi amado Iñigo; yo quiero ser feliz y sé que sólo lo podré ser con vos, así que si me pedís que sea vuestra esposa, lo seré con título o sin él, con la autorización del Rey o sin ella.
- No puedo pediros que renunciéis a aquello que os ha venido por herencia de vuestros mayores, y menos aún a que renunciarais a un modo de vida que yo no puedo con mis medios procuraros.
- ¡Shit! No digáis eso porque envidiaría a la más pobre de las campesinas que por serlo pudiera vivir con vos. Si deseáis hacerme vuestra esposa, el Padre Gumersindo nos puede casar en secreto una vez que pase los cuarenta días de luto y así el Rey no se sentirá desairado como se sentiría si lo hiciéramos una vez que Él se hubiera opuesto.
- Esperemos pues, amada mía, pero antes pidamos consejo al buen Padre Gumersindo, que con su buen juicio nos ayudará a tomar la mejor decisión.
- Él dice que el amor que ha nacido entre nosotros es cosa de Dios Nuestro Señor, cuyos designios son inescrutables, así que confiemos en Su sabiduría y bondad.
Marta tenía que irse ya, pues tenía que ir al convento donde se alojaba, que estaba extramuros para prepararse para asistir a la cena real.
Se despidieron con un discreto contacto de sus manos que, a pesar de la distancia, no pasó desapercibido para el Padre Gumersindo. Él sabía de la imposibilidad formal de que los dos jóvenes pudieran desposarse si llegaba el caso, pero no quería decir nada a Marta para evitarle sufriera antes de lo necesario; confiaba en que algún milagro se produjera, pues aquella pareja no debería no poder ser feliz por costumbres y normas que para nada tenían en cuenta el corazón.
Fabián y Oono estaban haciendo tiempo en el alojamiento de éste. Oono esperaba que tan pronto le entregaran la cédula real con su libertad, le ordenarían el desalojo, pues a partir de ese momento era un hombre libre y habría de buscarse la vida como tal, y así se lo estaban diciendo a Fabián. Este opinaba que su razonamiento era lógico, pero que no creía que ocurriera nada hasta el día siguiente.
El Alcázar contaba con una gran sala, capaz para un centenar de personas, en la que se habían colocado dos hileras de mesas y bancos a ambos lados, más una mesa transversal en la cabecera, detrás de la que se había colgado el pendón de Castilla.
En esta mesa no había bancos, sino sillas y dos de gran respaldo, destinados a los Reyes. Con ellos se sentarían los principales de la Corte: Alváro Núñez, Alférez de Castilla y Diego López, Abanderado del Rey, así como las dignidades religiosas situándose a la izquierda de la Reina D. Rodrigo Ximénez, Arzobispo Primado de Toledo, y a continuación los cinco obispos que habían acudido al evento. Después del Abanderado real, se sentarían el campeón del Rey, Fabián de Mariaca y el caballero Iñigo Aldai. Era inusual que un plebeyo se sentara a la mesa del Rey, tan inusual que ninguno de los presentes, cuando lo vieron allí, recordaban haber visto algo similar en su vida. Pero era decisión del Rey y si Roma locuta est, causa finita est
La hilera de mesas a la derecha de la cabecera se colocarían los nobles de mayor rango con sus esposas, mientras que en la otra hilera lo harían el resto de invitados.
La gran sala se había adornado con pendones colgados de las paredes y aumentado el número de teas para mejorar la iluminación. Al fondo se había colocado una tarima para los músicos. El número de comensales era de setenta y tres pues este era el número de copas de latón colocadas a lo largo de las dos mesas a espacios regulares que permitían así definir los asientos.
Empezaban a llegar los invitados, que eran recibidos por el mayordomo los acompañaba a la gran sala donde les indicaba, en función de su categoría, en que hilera se tenían que colocar. Ya estaban las dos hileras y parte de la mesa de cabecera completas, cuando llegó Marta que al ver ya sentados al Señor de Iscar y asu esposa con los que había entablado relación durante el torneo fue a sentarse a su lado. Entraron Fabián y el capitán Aldai, pero por indicación del mayordomo, no se sentaron, sino que permanecieron de pie, al igual que estaban los obispos y los principales de la Corte. Esperaban la llegada de los Reyes.
La esposa del Señor del castillo de Iscar, llamaba la atención de Marta sobre la presencia de aquel joven que había vencido al negro, acompañado de un apuesto y joven caballero al que no conocía. Le preguntó si ella sabía quien era. Marta no pudo evitar sonrojarse aunque la otra no se dio cuenta pues seguía mirando al Capitán.
- Creo que es un Capitán del Abanderado Real, Don Diego López y que se ha estado ocupando de la preparación del joven que había vencido en el torneo ( y al que amo profundamente – le hubiera gustado añadir ).
- El mayordomo golpeó el suelo con fuerza su bastón de punta metálica anunciado la entrada de los Reyes. Todos se levantaron y guardaron silencio. Sus Majestades vestían el ropaje real y ceñían corona. Sin duda que era un gran día. El Rey se paró ante Fabián y dijo:
- Sois nuestro campeón y deseamos que os sientes a nuestra mesa, y vos también, capitán Aldai, que habéis hecho una magnífica labor al servicio del Reino. El Capitán inclinó reverentemente la cabeza, mientras que Fabián, ignorando como comportarse ante un rey, se quedó como estaba. Se sentaron los Reyes y después todos los demás.
A continuación entraron un grupo numeroso de sirvientes portando bandejas repletas de comida que empezaron a servir. Otros llegaron con jarras de vino y sidra que fueron distribuyendo por las mesas.
Antes de que nadie empezara a comer, estaban esperando que el Rey fuera el primero, éste golpeo con su copa la mesa para llamar la atención de sus invitados que interrumpieron sus conversaciones al instante. El Rey, levantando la voz, se dirigió a los asistentes:
- Mi Señor Arzobispo, mis leales nobles, amados súbditos, hoy es un gran día para la Corona, pues hemos podido rendir sentido homenaje a todos aquellos que con su esfuerzo, con su sangre o con su vida hicieron posible la victoria más grande jamás conocida sobre los usurpadores de nuestra tierra y a los que hemos relegado a una pequeña franja costera de la que, con vuestro apoyo y la ayuda de Dios Todopoderoso, pronto los echaremos al mar. Se avecinan acontecimientos importantes pues hemos de terminar la obra que hemos empezado y que culminaremos cuando no haya quedado un solo musulmán sobre tierra cristiana. Hoy habéis visto una demostración de cómo con fuerza y astucia se consigue el triunfo. Hoy sentamos a nuestra mesa a un hombre cuya fuerza os habrá admirado y que Nos queremos que represente nuestra imparable fuerza para limpiar nuestra tierra de los seguidores de Mahoma; por eso le ofreceré que cabalgue con su Rey y con todos sus nobles y sus ejércitos cuando hayamos de enfrentarnos nuevamente al musulmán.- El Rey señaló a Fabián y todos le dedicaron fuertes aplausos. Continuó – Y he aquí también a un valeroso y leal caballero que ha prestado un inestimable servicio al Reino encontrando, protegiendo y preparando a nuestro campeón y evitando un grave daño a la Corona por parte de un súbdito desleal cuya conducta ha merecido el destierro. Este hombre es el caballero Iñigo Aldai, quien debe ser merecidamente recompensado por sus servicios y que, sin embargo, nada he pedido, nada ha solicitado, lo que hace aún más valiosa su lealtad, y que su Rey quiere reconocer; por eso, caballero Iñigo Aldai, os otorgo en este mismo instante el título de hidalgo de Castilla, con la seguridad de que sabréis ser digno de él por siempre.
Iñigo se quedó como petrificado. Estaba convencido de que si le pinchaban con la punta de una daga no sangraría. Nunca hubiera esperado lo que le estaba sucediendo. Veía a todos aplaudir, pero casi no oía el sonido. Marta sentía como su corazón palpitaba locamente. Aunque el título era el de menos rango, era de nobleza.
Las dificultades parecía que empezaba diluirse. Era como si el milagro que siempre debiera esperar, según le decía el Padre Gumersindo, se hubiera realizado. Iñigo cruzó su mirada con la de Marta y sin palabras se dijeron muchas cosas. Casi al final de la cena y aprovechando que Fabián había acudido a la mesa donde se sentaba su Señor Hurtado Sáenz de Salcedo, Don Diego le dijo a Iñigo que se acercara.
- Capitán, os felicito por vuestro nombramiento, y yo también deseo reconoceros el servicio prestado no solo al Rey, que eso Él ya lo ha hecho, sino a la Casa de Haro y al Señorío de Vizcaya, tal como ya os dije esta tarde y ya que ahora no hay impedimento por razón de título, deseo nombraros para ocupar la vacante alcaidía de Cuéllar, nombramiento al que Su Majestad no pondrá objeción alguna.
- ¡Pero mi Señor¡ Os agradezco vuestro ofrecimiento, pero no creo que tenga condiciones para asumir tal responsabilidad. Soy hombre de armas y no entiendo de administraciones de bienes. Me gusta mi trabajo como capitán a vuestras órdenes y quisiera seguir como hasta ahora, si me lo permitís.
- Vuestro gesto me reafirma aún más en mi decisión la cual, por cierto, no puedo revocar, pues ya he informado de ella al Rey, quién se ha sentido complacido, pues os tiene por un hombre leal, valiente y justo.
- Siendo así, mi Señor, cumpliré lo que me ordenáis procurando hacerlo lo mejor que sepa, con la ayuda de Dios.
- No esperaba menos de vos, Alcaide- respondió Don Diego.
¿Estaré soñando? – se preguntaba.- Seguro que han vertido alguna pócima en mi vino que me hace soñar de esta manera. Despertaré y mi amada Marta seguirá estando tan lejos de mis posibilidades como las estrellas. Con un pié se pisó el otro; seguro que no sentiría dolor lo que probaría que estaba soñando; pero sintió dolor y mucho.
Todo era real, su título de hidalgo y su nombramiento como alcaide de un castillo y nada menos que el de Cuéllar, donde vivía la mujer que le había conquistado el corazón. Ya no tendría que renunciar a Marta, pues antes de que ocurrieran estos acontecimientos, ya tenía decidido que nunca iba a permitir que Marta renunciara a su título y con sus heredades asociadas por compartir su vida con un Capitán sin más patrimonio que su caballo, su espada y su soldada.
Marta se dio cuenta de que algo estaba pasando. Aunque no estaba cerca, pudo ver como cambiaba el semblante de Iñigo. Algo le había dicho Don Diego que lo había alterado. Su alegría de hacía unos instantes quedaba mitigada por la preocupación.
Estaba deseando que los Reyes se levantaran dando por finalizada la cena para, con la excusa de felicitar al Capitán por su título, preguntarle qué ocurría. Los músicos hacían sonar sus instrumentos pero la música no la relajaba.
Fabián regresó a su sitio tras recibir las felicitaciones del Señor de Ayala y otros comensales a su alrededor. Iñigo estaba muy callado. Estaba tratando de asimilar todo lo ocurrido y que iba a cambiar su vida desde ese mismo instante.
Por fin los Reyes se levantaron y, tras despedirse con un saludo, se fueron a sus aposentos. Había sido un día agotador. El resto de invitados, especialmente los que tenían su alojamiento en la ciudad empezaron a irse. Los que pernoctaban en el Alcázar siguieron bebiendo y charlando. Algunos de los que se iban, se pararon ante el Capitán al que felicitaron.
Se acercaron el Señor de Iscar y su esposa quienes dieron la enhorabuena al Capitán. Detrás de ellos, Marta.
- Os felicito Capitán por vuestro nombramiento- le dijo Marta.
- Gracias, mi Señora- contestó y al observar por el rabillo del ojo que los de Iscar ya se alejaban, le dijo en voz baja:
- Mañana por la mañana iré a veros sin falta al convento. Ha ocurrido algo muy importante esta noche que debéis saber, y no os preocupéis, que es para bien.
- Os esperaré impaciente, Iñigo – y añadió en voz alta-¡ Qué descanséis, Capitán¡
- ¡Buenas noches, mi Señora!
Pergentino y dos de sus soldados esperaban en el Patio de Armas la salida de su Señora para escoltarla hasta el Convento donde se alojaba. El Capitán fue a su alojamiento con el convencimiento de que esa noche le iba costar poder dormir. Su espíritu estaba turbado: haber estado con su amada, la concesión de título nobiliario por el Rey y su nombramiento como alcaide del castillo de Cuéllar eran acontecimientos incompatibles con la habitual serenidad de su espíritu.
Fabián había ido al alojamiento de Oono, pues quería decirle que si lo deseaba, podría volver con él a su tierra amurriana y quedarse allí el tiempo que le apeteciera.
Oono era el primer negro que había visto en su vida y desconocía de él prácticamente todo: costumbres, alimentación, creencias religiosas,..etc. pero nada de eso le importaba, pues estaba convencido de la nobleza de su corazón y para él, eso era lo realmente importante, era lo que identificaba a un buen hombre y era su amigo.
Tan pronto se levantó, Marta fue a buscar al Padre Gumersindo. Lo encontró cuando salí de la capilla del Convento. Le contó lo ocurrido durante la cena. Era una magnífica noticia lo de la concesión del título de hidalgo al Capitán, pero al Padre Gumersindo no le parecía que ese nombramiento respondiera a la costumbre, pues los hidalgos o fijosdalgo como también los llamaban, eran hombres que tenían tierras y que él supiera el Capitán carecía de posesiones. El Rey sabrá lo que hace - le dijo a Marta- Confiemos en todo tenga sentido y esperemos a conocer eso tan importante que tiene que contaros Marta estaba impaciente; parecía que Iñigo tardaba más de lo esperado. El Padre Gumersindo trataba de calmarla dándole mil razones para explicar el retraso.
Por fin, casi a media mañana, llegó el Capitán, que al encontrar a Marta acompañada,la saludó protocolariamente y se disculpó por el retraso, que había sido debido a que Don Diego le había pedido que preparada la partida de Fabián y de Oono, pues a éste ya le había entregado la cédula de libertad y había decidido acompañar a Fabián en su viaje de regreso. Ante la extrañeza del Padre Gumersindo por lo que contaba, le explicó que entre Fabián y su adversario en el torneo, había surgido una sincera amistad que había llevado a Fabián a ofrecerle su casa.
- ¡Qué gran corazón hay dentro de ese cuerpo tan fuerte¡ comentó el sacerdote.
- Y ahora, mi Señora, he de contaros lo ocurrido anoche al final de la cena, algo que tiene su parte buena y tiene otra mala, una propuesta que rechacé pero sin que mi rechazo fuera aceptado pues ya había sido sancionado por el Rey.
- Decidme de que se trata, Iñigo, no prolonguéis más esta angustia. Hablad, por favor- insistió Marta mientras le ofrecía sus manos.
Iñigo las tomó entre las suyas y le dijo que al final de la cena, Don Diego le había comunicado su decisión de nombrarle alcaide de Cuéllar, con el beneplácito del Rey. Marta se quedó sin respiración. Después, sin poder contenerse y olvidando que el Padre Gumersindo seguía allí, se abrazó al Capitán exclamando:
- ¡Dios mío, Dios mío, qué feliz soy!
Iñigo, sorprendido por el abrazo de Marta, se quedó sin capacidad de reacción. Fue el carraspeo del Padre Gumersindo el que les volvió a la realidad. Marta se sonrojó y se disponía a disculparse ante él, cuando el sacerdote le dijo:
- Comprendo vuestra alegría, hija mía, y vuestra felicidad por la noticia, que parece responder a un milagro cuando más necesario era, pero debéis contener vuestras manifestaciones, al menos hasta que haya finalizado el período de luto. Y a vos Capitán, deciros que creo que seréis un magnífico alcaide y una bendición para todos nosotros. Pero decíais que la noticia tenía una parte mala. ¿Cuál es esa parte Capitán?.
- Buen Padre Gumersindo. Yo soy hombre de armas. He luchado con mi Señor Don Diego en muchas batallas y eso es lo que creo que hago bien. No sé nada de administrar bienes, de reuniones de síndicos, de reparto de tierras o adjudicación de pastos. En definitiva, que no me considero capaz para ser alcaide de ningún castillo y menos aún del de Cuéllar, razón sobrada para no aceptar el nombramiento y así se lo expuse a Don Diego, pero tal como os dije, no aceptó mi rechazo, así que heme aquí cargado con la responsabilidad de hacer algo para lo que no me siento competente.
¿No os parece una noticia suficientemente mala, Padre?
- Realmente lo es Capitán. Y es tan mala, que me temo que no os va a quedar otro remedio que confirmarme en el puesto de secretario- dijo con sorna. Marta sonreía.
- No os burléis Padre, que hablo muy en serio- replicó Iñigo.
- No os preocupéis, Alcaide; el castillo es sencillo de dirigir, tan sencillo que hasta yo mismo lo he hecho desde, desde … bueno, ya sabéis. Pero lo que me parece más importante que vuestra injustificada incompetencia para dirigirlo, es el futuro de Doña Marta, pues, como sabéis, fue desposada con el alcaide de Cuellar en interés de la paz fronteriza entre Castilla y León. Actualmente reina la paz entre ambos reinos y Doña Marta es viuda y vos el nuevo alcaide, por lo que aparentemente no hay razón formal para que ella siga en Cuéllar, debiendo, en ese caso, volver a su solar de Guardo.
Marta miró al Padre Gumersindo como diciéndole ¡Pero qué decís!
- Eso no será así, Padre Gumersindo, pues pediré al Rey autorización para desposar a Doña Marta si ella me acepta como esposo, pues a Dios pongo por testigo y a vos como su representante, que amo a esta mujer con todo mi corazón y si aceptándome ella el Rey no me concediera su real permiso, renunciaría a todo aquello que fuera un obstáculo para compartir el resto de mi vida con ella.
Marta sentía como si miles de mariposas hubieran empezado a volar en su corazón.
- Lo sé, lo sé, Capitán. Sólo he querido daros un empujoncito, pues aunque seáis muy valeroso en la batalla, en las cosas del corazón, más bien no me lo parecéis tal.
Se rieron por la ocurrencia del sacerdote.
Ahora ya sólo faltaba que el Rey atendiera favorablemente la petición que ese mismo día le presentaría el Capitán, para que lo que no hacía tanto tiempo solo eran ilusiones, se convirtieran en una maravillosa realidad.
El Padre Gumersindo se ofreció al Capitán para acompañarle ante el Rey, pues dado el estado de viudedad de Doña Marta, esta no estaba sometida al Rey de Castilla y sí al de León, y era probable que Aquél deseara saber si Doña Marta consentía en desposarse y era ahí donde el Padre, su confesor, manifestaría al Rey que Doña Marta consentía en desposarse con el alcaide de Cuéllar, el hidalgo Iñigo Aldai.
- Un momento, y perdonadme por adelantar acontecimientos, pero aún falta algo esencial, y es que vos, Doña Marta, aún no habéis dicho si consentís en desposaros con el Capitán? ¿Consentís hija mía?- preguntó.
- Consiento Padre, consiento con todo el amor de mi corazón- respondió con vehemencia.
- Pues- añadió el Padre Gumersindo – como dijo Suetonio a Julio César al cruzar el Rubicón, alea jacta est.
Aquella misma mañana, el Capitán fue a hablar con Don Diego para informarle que deseaba desposar a Doña Marta de La Fuente, viuda del que fuera alcaide de Cuéllar, tan pronto finalizara el tiempo de luto formal, y que le rogaba que solicitara audiencia al Rey exponiéndole el motivo de la solicitud. Don Diego se congratuló por la noticia, pues aunque nada le había dicho al Capitán, la importancia de Cuellar iba más allá que la de cualquier castillo, pues era una pieza esencial en el mantenimiento de la paz en la zona fronteriza del Carrión, fundamentada en el matrimonio entre nobles de ambos reinos. La petición de su Capitán le evitaba tener que recomponer la situación; es decir, la de pedirle al nuevo alcaide de Cuéllar que desposara a la viuda Doña Marta de la Fuente.
Cuando informó al Rey sobre el motivo de la audiencia que le solicitaba el alcaide de Cuéllar. Don Alfonso, aún eufórico por lo sucedido el día anterior, le dijo a Don Diego:
- Id y comunicad al alcaide de Cuéllar que nos sentimos complacidos por el desposorio, al que damos nuestro beneplácito y bendición.
Cuando Don Diego informó al Capitán, éste envió a Lucas, experto conocedor ya de laciudad, al Convento y que preguntara por el Padre Gumersindo, a quien solamente había de decir que el Rey había concedido su beneplácito, y que se prepararan para partir hacia Cuéllar al día siguiente.
Fue un día lleno de preparativos. Llevaban cinco días en Toledo y todos deseaban regresar a su casa. Fabián se había provisto de una buena cantidad de habas de forma que le duraran para todo el camino de regreso al Señoría de Ayala. Oono había preparado su primer equipaje, desde hacía muchos, muchos meses, tal como le apetecía. Lucas iba cargado de vivencias nuevas que deseaba contra a su padres y con la ilusión de que sirviendo como escudero del Capitán en Cuéllar, no le faltarían ocasiones para visitar el molino donde había nacido. Los Procuradores de Tierra, que como los demás componentes de la comitiva que salió de Cuellar conocían el nombramiento del Capitán como nuevo alcaide, estaban satisfechos con el nombramiento, pues el capitán les parecía un hombre justo y dialogante.
Salieron según tenían previsto y realizaron el largo viaje en cuatro jornadas, sin contratiempo alguno. Lucas solicitó autorización al Capitán para acercarse a visitar a sus padres cuando acamparon al norte de Bernaldos en la que iba a ser su última noche antes de llegar a Cuéllar.
Llegaron al castillo al día siguiente, pasado el mediodía.
Máximo Paniagua presentó orgulloso a Pergentino un informe de absoluta normalidad durante los días anteriores. Enseguida se enteraron de que el Capitán, como le conocían, era el nuevo alcaide y la noticia se extendió por la villa, donde fue recibida con satisfacción, pues todos conocían lo ocurrido con el Regidor.
Al día siguiente empezaron a llegar los hombre importantes de la Villa a presentar sus respetos al nuevo alcaide. También lo hizo el jefe accidental de los alguaciles, Laureano Busto, tan satisfecho como el que más por el nombramiento, pues sus relaciones con él durante el asunto del Regidor, habían sido de total colaboración y presentía que el Capitán era un hombre que valoraba esa actitud.
Lucas se ocupó de dar la noticia en la cocina una vez que consiguió librarse una vez más de morir asfixiado entre los enormes pechos de Serafina Fabián y Oono sólo se quedaron un día en la ciudadela. El Capitán dio un abrazo de despedida a Fabián y le ofreció a Oono hacerse cargo de la preparación de sus tropas, cuestión ésta que había hablado durante el viaje con Pergentino a quien había nombrado su alférez, una vez que volviera tras pasar el tiempo que quisiera en la casa de Fabián.
Iñigo y Marta vivían momentos de indescriptible felicidad. Sólo faltaba que se cumpliera el largo periodo de luto para que sus más profundas aspiraciones pudieran cumplirse.
La inocente apuesta del Rey de Castilla Don Alfonso VIII, el Noble, con su esposa Doña Leonor de Plantagenet, sin pretenderlo, había sido ese milagro que, como decía el Padre Gumersindo, siempre había que esperar y que había traído la felicidad a muchos corazones que la merecían.
Sólo parecía haber una nube en el horizonte de esa felicidad. Eran aquellas palabras pronunciadas por el Rey en la cena ofrecida el día del torneo dirigidas a todos los asistentes, y que así como ni el Capitán ni Marta parecían recordarlas, sí estaban presentes en el recuerdo del Padre Gumersindo, a cuyos oídos habían llegado:
Se avecinan acontecimientos importantes pues hemos de terminar la obra que hemos empezado y que culminaremos cuando no haya quedado un solo musulmán sobre tierra cristiana.
Poco podía imaginar el buen Padre, que no iban a ser esos acontecimientos los que ensombrecieran el futuro de la feliz pareja, sino otra oscura nube que formándose allende las fronteras de Castilla, en el vecino reino de León, no tardaría en aparecer por el horizonte.
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