IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XIV (04.02.2013)
El gallo, siempre madrugador le despertó como todos los días, cuando aún no había amanecido. Se levantó de su camastro de paja y se acercó al hogar donde aún había brasas. Lo avivó y colocó sobre el trébede una olla de barro que contenía lo que le había sobrado de la comida del día anterior pues cocinaba en cantidad suficiente para dos días. Era un cocido de habas que él mismo cultivaba y que constituían la base de su alimentación.
Dejó la olla calentando y salió al exterior. El rebaño de ovejas, todas de raza latxa de cara rubia, se movía inquieto en el redil. Intuían que se acercaba la hora de salir al monte.
Fabián bostezó sonoramente, lo que atrajo la atención de sus dos perros pastores, de pelo rojo fuego que se acercaron a él moviendo la cola.
- ¡Qué, ¿impacientes eh?- les saludó.
Entró en la casa y los dos perros con él. La temperatura contrastaba con la del
exterior, pues estaba caliente; las gruesas paredes de piedra conservaban el calor durante los meses fríos y la mantenían fresca durante el verano.
Ya oía el borbotear de las habas, así que con un cazo de madera de haya que él mismo había tallado, como casi el resto de los utensilios, lleno un cuenco de madera y se sentó a la mesa. Una jarra de chacolí que él mismo elaboraba con las uvas de dos viejas parras que crecían robustas delante de la casa, y un pan de centeno, eran los complementos habituales y necesarios para sus comidas. Le gustaba especialmente el pan, pues procedía del centeno que cultivaba en una parcela aledaña a la casa, y gustaba también cenarlo mojándolo en leche de sus ovejas.
Cuando terminó, ya estaba amaneciendo. Desde la puerta de su casa, en la ladera oeste del monte que llamaban Goicomendi, en la sierra de Arrola, podía ver el antemural de la meseta castellana Sierra Sálbada o Garobel con sus acantilados verticales, desde el pico Goldecho hasta la peña de Angulo con sus picos de Cholope, Solaiera, Atezabal y Tologorri.
Entre él y los imponentes acantilados, un valle salpicado de barrios a ambos lados del río Nervión que lo recorría serpenteante en toda su longitud buscando su salida al mar a unas seis leguas al norte, y en el centro, en la margen izquierda del río, la población de Amurrio. Fabián no podía distinguir la parte sur de Sierra Sálbada, pues un densa niebla se deslizaba ladera abajo por el Goldecho ocultando los hayedos de su ladera, fenómeno frecuente que hacía sentir sus efectos en los barrios que empezaban a despertar a sus pies.
La mañana de aquel domingo 30 de septiembre, le obligaba a Fabián a alterar la rutina del resto de los días de la semana. Tenía que bajar a la ermita juradera de San Antón de Armuru a oír misa y después, aunque siempre podría negarse, vendrían las competiciones con las chingas y puede que también de levantamiento de piedra.
Desde la primera vez que Fabián había competido y ganado en ambas pruebas, se había convertido en el hombre a batir, por lo que domingo tras domingo era retado por quienes pensaban ganarle en una o en ambas pruebas. El interés era tal por presenciar la competición que llegaban gentes de todos los barrios.
Fabián era un hombre joven, alto, de espaldas anchas y con una fuerza muy superior a la que se podría esperar de un hombre fornido. La Naturaleza le había dotado de músculos poderosos y de la habilidad para saber utilizarlos con la máxima eficacia.
Los que le conocían, y que eran casi todos los habitantes del valle de Amurrio, sabían que era amable, servicial, trabajador y de muy noble corazón. Aún estaba soltero, pues solo se relacionaba con la población de los barrios cuando bajaba los domingos a misa y una vez finalizada ésta, volvía a su caserío.
Vivía, como casi todos sus vecinos, de las labores en el campo y de su rebaño de ovejas. Aquella tierra era generosa con la producción de avena, habas y vides, además de buenos pastos para las ovejas y frondosos hayedos, robledales y castaños. Araba sus tierras con una yunta de grandes bueyes que en ocasiones llevaba a competir en arrastre de piedra en el probadero en los aledaños de la ermita de San Antón, aunque nunca había cosechado victorias en esa prueba, al contrario que en aquellas en las que él era él quien realizaba el esfuerzo.
Mientras llevaba las ovejas a los pastos altos, iba pensando en la primera vez que decidió participar en la prueba de llevar las pesas de cinco arrobas y como uno a uno fue venciendo a todos los que decidieron participar, con la particularidad de que él en ningún momento depositó en el suelo las pesas entre prueba y prueba, y no era por presumir, sino que simplemente no se encontraba cansado. Fueron cayendo las series de 28 clavos y desde ese día empezó a cimentarse su fama de hombre extraordinariamente fuerte, lo que le llevó a tener que aceptar participar en el levantamiento de piedra enfrentándose a los mejores del valle y a los que vencía sin gran dificultad. Nadie, excepto él, consiguió levantar la piedra de 20 arrobas.
Pero decisivo fue lo ocurrido aquel lunes 17 de enero del año anterior, cuando con motivo de la festividad de San Antón, bajó a oír misa a Armuru y al mercado que se celebraba en el prado delante de la ermita.
Por lo visto, alguien había comentado dos domingos antes, que Fabián era capaz de ganar también a una pareja de bueyes en el arrastre de la piedra de 150 arrobas, lo que provocó las carcajadas de unos y las dudas de otros de tal forma que acordaron proponerle a Fabián que aceptara el reto. Este se dejó convencer fácilmente, pues le divertían esas pruebas , así que acordaron que después de la misa del día de San Antón competiría una pareja de bueyes a las que se engancharía la piedra de 150 arrobas que correría por el probadero paralelamente a Fabián que tiraría de otra piedra de igual peso.
Aunque todos eran buenos cristianos, la misa se les hizo larga. Cuando por fin el sacerdote dijo Ite misa est, salieron todos en tropel hacia el probadero para ocupar los mejores sitios.
Fabián salió tranquilamente de la ermita y al llegar al probadero ya estaba la pareja de bueyes con su piedra de 150 arrobas enganchada y el yuntero dispuesto en la línea de salida. Allí había otra piedra similar, con su arnés de cuerdas esperando a Fabián.
Los comentarios de los asistentes no cesaban y las apuestas a favor y en contra del de Fabián tampoco.
Fabián se pasó las cuerdas por los hombros, afincó bien los pies calzados con botas de cuero de vaca endurecido, se inclinó un poco hacia delante y esperó la señal de salida del juez de la prueba. Este hizo la señal y el público empezó a dar gritos de ánimo a Fabián y al yuntero dependiendo de por quién habían apostado. Sonaron los golpes del yuntero con la aguijada y los bueyes empezaron a tirar La piedra se movía lentamente, pero a medida que el yuntero picaba más a los bueyes, su velocidad aumentaba. La piedra se deslizaba cada vez más rápido sobre los cantos rodados que formaban el suelo del probadero. Fabián sintió como con el primer esfuerzo se hinchaban las venas de su cuello y se tensaban todos sus músculos. Poco a poco la piedra de la que tiraba empezó moverse. Fabián no disminuía el esfuerzo, sabía que si aflojaba le costaría más volver a empezar. La clave estaba en mantener el esfuerzo
constante y aprovecharse de la propia inercia de la piedra al deslizarse sobre los cantos rodados. Sentía la violencia conque su corazón bombeaba sangre a los músculos de sus piernas y como éstos respondían. Empezó a recuperar terreno y la diferencia que le sacaban los bueyes se fue reduciendo poco a poco, pero de forma continua. Cuando llevaban recorridos dos de las tres partes del probadero, estaban en paralelo las dos piedras. El público gritaba y animaba sin cesar. Los bueyes con los ojos a punto de salírseles de sus órbitas mugían por el esfuerzo y probablemente por el dolor de los aguijonazos del yuntero. Fabián aumentó el esfuerzo y palmo a palmo se fue distanciando. El público parecía enloquecer. Estaban a punto de llegar al final del recorrido. Llegaron primero los bueyes, pero no así la piedra que arrastraban, que quedó a dos cuartas por detrás de la que arrastraba Fabián que, proclamado vencedor por el juez de la prueba, recibió los aplausos de todos y los abrazos de los que habían apostado por él. Sudaba y el esfuerzo le había dado sed que no tardó mucho en mitigar, pues había una cántara de chacolí preparada para la celebración, ganara quien ganara.
Bebieron y comieron hasta el mediodía. Después Fabián tomo el camino de regreso a su casa, pues aún tenía subir a los pastos altos, recoger sus ovejas, llevarlas al redil y preparar su habitual cocido de habas para los dos próximos días.
Y como suele ocurrir con los hechos que uno cuenta a otro que no los ha presenciado, y éste a su vez a otro, y a otro…aparece inevitablemente la exageración, y así se decía de Fabián, el del caserío de Mariaca, que arrancaba los árboles de su tierra con sus manos con tal que los pudiera asir como si se tratara de una mata de perejil y que cuando araba, el terminar el surco, daba la vuelta a los bueyes levantándolos en alto. A Fabián le hacían gracia tales comentarios, pero no les daba ninguna importancia, aunque no así en los pueblos, aldeas del Señorío de Ayala al que pertenecía Amurrio, a donde llegaban tales comentarios. La fama de Fabián de Mariaca llegó incluso a las aldeas y poblaciones del colindante Señoría de Vizcaya.
Cada domingo el ritual era el mismo: levantarse, desayunar un plato de habas, llevar las ovejas a los pastos altos, más arriba de Pardío dejándolas al cuidado de los dos perros. Después bajaba por el camino entre robles hasta el barrio de Abiaga donde cruzaba por el puente de piedra de un solo arco y subía al barrio de Elejondo y de allí hasta San Antón de Armuru.
Celebrada la misa, todos se congregaban alrededor del probadero de Armuru. No tardaban en organizarse las apuestas y las monedas de cobre pasaban de unas manos a otras con cada prueba con tal que en ellas no participara Fabián. Cuando al final el ganador de las eliminatorias había de enfrentarse a Fabián, nadie quería apostar en su contra, pero en modo alguno disminuía la expectación

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