IÑIGO ALDAI Y LA VENGANZA DEL REGIDOR. LIBRO II, por Alfonso Martínez
CAPITULOS IX (20.02.2013)
Desde Campaspero, Oono podía ver ya la mole del castillo de Cuéllar. Tantos días de caminata estaban dejando huella en su cuerpo. El camino no había sido abrupto, ni había tenido encuentros no deseados, pero caminar ocho y hasta nueve leguas diarias, durante tres semanas, incluso para un hombre como él acostumbrado a las largas caminatas, era un notable esfuerzo. Estaba cansado y ansiaba llegar cuanto antes a Cuéllar donde, aunque no tenía intención de ocuparse como instructor de la soldadesca de la ciudadela tal como le había propuesto Iñigo Aldai, sí que le gustaría quedarse unos días, no demasiados, tanto para recuperarse físicamente como para poder preparar su próxima gran travesía que, se le antojaba, no iba a ser tan sencilla como la que estaba a punto culminar. Mientras transcurriera por el reino de Castilla no iba a ser problemática, pero cuando tuviera que atravesar territorio almohade, sería, sin duda, muy arriesgado. La cédula de libertad que le otorgara Alfonso VIII, carecía de valor en al- Andalus y corría el riesgo de cruzarse en el camino con alguna patrulla de las muchas que, seguramente, vigilaban la frontera y ser capturado y esclavizado nuevamente; pero aunque consiguiera llegar sin contratiempos al puerto de Al-Mariya, al que los cristianos llamaban Almería, no acabarían sus problemas, pues allí tendría que conseguir embarcarse en una tarida, una de aquellas embarcaciones que usaban los musulmanes para cruzar el Estrecho, que se dirigiera a cualquier puerto de la costa norte africana. Esa era, sin duda, la parte más complicada de su plan.
Mientras caminaba por aquella llanura que parecía no tener fin y solo por dos pequeños oteros cubiertos de arbolado, cerca ya de Cuéllar, recordó que había sido allí, entre ellas, según le había contado su amigo Fabián, donde el capitán Iñigo Aldai fue emboscado, hecho este que le había permitido acumular las pruebas necesarias para demostrar la culpabilidad del Regidor de Cuéllar en el asesinato del alcaide del castillo, Fernando Huarte.
No tenía miedo, pero al cruzar entre los oteros, puso sus sentidos alerta, pues aquel lugar era, efectivamente, muy adecuado para la emboscada.
Cuando dejó atrás el estrecho paso, respiró aliviado. El camino que tenía delante era llano y recto. Cuéllar estaba a menos de una legua.
Oyó el tañido de unas campanas procedente de la Villa. El sol acababa de ocultarse y el frío se empezaba a notar.
Oono llegó ante la puerta de San Basilio que encontró cerrada. Era un contratiempo inesperado. No deseaba buscar alojamiento en la Villa, pues si al hecho de que no tenía dinero para pagar el hospedaje, se sumaba el que era un hombre negro, sin equipaje y que llegaba solo y al anochecer, las probabilidades de encontrar alojamiento eran nulas. Recordaba, de cuando estuvo en la ciudadela, que en cada puerta de acceso había un guardia, así que golpeó fuertemente con el puño.
Una voz desde dentro contestó a la llamada con un ¿quién va?.
- Un hombre que desea ver al capitán Iñigo Aldai - respondió
- La ciudadela está cerrada hasta el amanecer. Vuelve mañana – le replicó el guardia.
- Te ruego que informes al capitán Aldai que Oono ha llegado y desea verle. – insistió.
- ¿Eres el negro que vino de Toledo con él y con el campeón del Rey?- preguntó.
- Si; yo soy. Nuevamente te ruego que le informes de que deseo verle.
- Espera, que aviso al jefe de la guardia y que él decida - le contestó.
La puerta de San Basilio era la más cercana al castillo, por lo que no tardó mucho en oír como retiraban el madero que aseguraba el cierre del portón.
El guardia le franqueó el paso, al tiempo que le indicaba que se dirigiera al cuartel de la guardia, que allí le esperaba el jefe Máximo Paniagua, a quien seguramente recordaba.
Máximo Paniagua le recibió con alegría, pues aunque Oono había estado pocos días en la ciudadela, había despertado la simpatía de casi todos.
- Me alegra volver a verte, Oono – le saludó Máximo Paniagua - Ahora mismo mando aviso al Capitán de que estás aquí. Aguarda un instante.
- Yo también celebro verte y te doy las gracias por atenderme. Esperaré aquí como me dices - contestó Oono.
Mientras esperaban el regreso del guardia enviado para avisar a la Torre, Oono, respondiendo a la curiosidad de Máximo Paniagua, le contó que hacía tres semanas que había dejado la casa de su amigo Fabián, que había hecho el camino andando, y que pensaba que había llegado la hora de regresar a su aldea, allende al-Andalus, en el norte de África, pero antes quería hablar con el Capitán para pedirle consejo sobre como mejor poder cumplir su objetivo.
En esta conversación estaban cuando llegó el Capitán seguido por el soldado que había ido a avisarle.
- ¡Oono, qué sorpresa tan agradable¡ ¡Cuánto me alegra tu vuelta¡ -le saludó con sincera alegría – Ven, vayamos a la Torre, pues eres mi invitado y amigo.
- Gracias Capitán; sois muy bondadoso conmigo y mi corazón se alegra por el honor que me hacéis considerándome vuestro amigo. Os traigo lo saludos y el afecto de Fabián de Mariaca, que sigue allá en su lugar de Amurrio, donde es querido, respetado y honrado como campeón del rey de Castilla. Yo , aunque fui su oponente en aquella lid, me siento orgulloso de él, pues fue nunca fue un enemigo, sino todo lo contrario, pues como bien sabéis, antes que pedir nada para él como premio a su victoria, pidió mi libertad, me brindó su amistad y me ofreció su casa, de donde vengo.
- Sé muy bien que nuestro forzudo amigo tiene un gran corazón y yo también me siento honrado por gozar de su amistad. Pero ahora, vayamos a sentarnos a la mesa, pues es tarde y seguramente tendrás hambre. Doña Marta, mi esposa, se alegrará de verte y como yo, de que compartas nuestra mesa, en la que no faltará nuestro buen Padre Gumersindo, a quien también conoces.
En el comedor se encontraba ya el Padre Gumersindo que al ver entrar Oono precedido por el Capitán, levantó los brazos en un expresivo gesto que puso en evidencia la más que justa longitud de su hábito.
- ¡Muchacho! No te pido que me beses la mano pues no eres cristiano, así que déjame que te de un abrazo de bienvenida.
Oono accedió gustosamente, pues apreciaba a aquel buen hombre, aunque el abrazo fue solo un intento, ya que la prominente barriga del religioso y la estatura de Oono eran obstáculos insalvables.
- Y dime ¿ qué es de nuestro amigo del Señorío de Ayala? ¿Cómo queda nuestro Fabián ¿Cómo es que no ha venido contigo? ¿Sigue ….
- ¡Calmaos Padre, tranquilizaos!- le cortó el Capitán- Ya tendremos tiempo después de la cena para satisfacer nuestra curiosidad. Además, mi esposa – cada vez que se refería a Marta como su esposa, sus ojos brillaban de forma especial – también querrá saber de nuestro amigo ayalés.
- Tenéis razón, Capitán; perdonad mi ímpetu, que solo puede ser justificado por el enorme aprecio que le tengo tanto a Fabián como a este gigantón, que tiene un noble corazón acorde con su corpulencia y que ya quisieran para sí muchos cristianos.
Doña Marta entró en ese instante. Su esposo se acercó a recibirla cogiéndola de la mano.
El Padre Gumersindo sonreía bobaliconamente. ¡Cuánto cariño sentía por aquella pareja y que feliz le hacía ver en cada gesto o en cada mirada, que ellos eran inmensamente felices!
Oono, que apenas había tenido ocasión de hablar con Marta durante su estancia en el castillo, había quedado muy impresionado por su sencillez y por su amabilidad en el trato con los demás, aunque fueran subordinados. No era esa la forma de comportarse que había visto habitualmente en las nobles sayidas almohades, ni a las qaynas, aquellas esclavas cantantes o bailarinas que animaban las cenas en los castillos o alcázares, y ni siquiera a las djaria, las esclavas concubinas. Tampoco era el amable el trato de las damas de la Corte de Toledo. Esa joven dama era ahora, además, la esposa de un hombre al que respetaba y apreciaba y que le honraba con su amistad, lo que para él la convertía en su Señora.
Marta le dio la bienvenida estrechando afablemente sus manos, gesto que sorprendió a Oono y al que correspondió dedicándole una franca sonrisa, que era la mejor forma de saludo afectuoso, según las costumbres de su pueblo.
Se sentaron a la mesa y enseguida entraron los camareros con las viandas.
En la cocina pronto se supo que había un negro sentado a la mesa con los señores del castillo y que les parecía que era el mismo que había venido desde Toledo con el Capitán.
Lucas, que seguía disfrutando de los buenos platos que preparaban en la enorme cocina, en la que Serafina era la reina indiscutible, no necesitó más detalles para saber que se trataba de Oono, el amigo de Fabián y suyo también. Estaba impaciente por saludarle y preguntarle por su amigo ayalés; pero tendría que esperar al día siguiente, pues no podía irrumpir en el comedor de los señores a menos que fuera llamado por éstos.
Durante la cena, Oono les contó como había sido el viaje con Fabián hasta el lugar de Amurrio y cómo lo habían recibido. Les habló sobre las costumbres y vida de aquellas gentes, sobre la hermosura del verde valle en el que vivía Fabián y del que dijo era más hermoso que el más frondoso de los oasis.
Cuando Iñigo Aldai le preguntó si había considerado la proposición que le hizo para entrenar a su soldadesca, Oono le confesó su deseo de regresar a su aldea, aunque después de tanto tiempo, tenía pocas esperanzas de que siguiera existiendo, pero tenía que intentarlo ya que de no hacerlo, su espíritu no recuperaría la paz.
- Siento que no puedas quedarte con nosotros, pero entiendo que quieras volver con los tuyos. No necesito decirte que es una tarea muy difícil y además peligrosa, pues aunque en Castilla eres hombre libre, en territorio almohade eres una esclavo-soldado y al cruzar ese territorio podrías ser capturado con relativa facilidad, ya que desde la victoria de las Navas de Tolosa, la frontera esta muy vigilada por tropas musulmanas en previsión de posibles avances por parte de nuestro rey Don Alfonso. Y después, suponiendo que hubieras conseguido llegar a la costa mediterránea, tendrías que cruzar el Estrecho, lo que, como supondrás y más en las actuales circunstancias, es casi imposible a menos que puedas hacerte pasar por un radjul, para lo que necesitarías vestirte con ropas de soldado o, incluso, por un ghulam si consigues que algún comerciante árabe te contrate y una vez en la otra orilla del Estrecho, te despides o escapas.
- He pensado mucho en ello Capitán, y como vos, creo que es una tarea difícil, muy difícil, pero he de intentarlo. Pensaba pediros consejo sobre como poder eludir las previsibles dificultades con las que me encontraré, pero ya me habéis proporcionado la información que necesito. Caminaré hasta más allá del Muradal con mi cédula de libertad y llegaré hasta el puerto de Al-Mariya disfrazado de soldado magrebí y allí intentaré embarcarme como tal y si nó, me queda la alternativa que habéis comentado: contratarme como mozo o criado de algún comerciante que regrese de al-Andalus a tierras africanas.
Iñigo Aldai miró primero a su esposa y después al Padre Gumersindo. Parecían tristes. El Capitán, resignado, pensó que ya que Oono había tomado una decisión, lo mejor era ayudarle en todo lo posible en la tarea que iba a afrontar.
- Veo que estás plenamente decidido a irte y que nada puedo hacer para que cambies de opinión y que te quedes entre nosotros, así que dime ¿de qué forma te puedo ayudar a cumplir tu deseo?
- No sé que deciros Capitán. Aunque por tradición y cultura soy buen caminante y la distancia hasta Al-Mariya no me asusta, disponer de un caballo me ahorraría muchas jornadas, y no dispongo de dineros para comprar uno ni para adquirir las ropas y armas de soldado magrebí. Si pudierais prestarme vuestra ayuda para satisfacer estas necesidades, mis reducidas posibilidades aumentarían de forma considerable. Eso sería todo lo que necesito.
- Nada me complacerá más que proporcionarte caballo y dineros para llevar a cabo tu plan. Solo veo inconveniente en que puedas adquirir las ropas y armas moras en Castilla, por lo que tendrás que tener mucho cuidado, durante el tiempo en que dejas de estar protegido por tu cédula de libertad y lo que tardes en conseguir las ropas de soldado, ya que una vez en territorio árabe hasta que no seas soldado y aún así, corres serio peligro.
- Decís bien Capitán, por eso había pensado que quizás fuera posible adquirir esos elementos en Baeza, ya que siendo árabe hace menos de medio año y ahora castellana, habrá quien venda artículos procedentes del saqueo.
Al oír el nombre de Baeza, Iñigo Aldai sintió como su corazón se encogía. No había podido superar, ni superaría en su vida, la vergüenza por lo que las tropas cristianas habían hecho con su población y con la de Úbeda.
- Lo que necesito comprar – continuó Oono – además de la cimitarra o un yagután, es un broquel, un caftán, el alquicel , la kafía y su akal. Con esos elementos pasaré por soldado magrebí y ya en Al-Mariya, seguramente que en cualquier taberna árabe o jamara, podré obtener información sobre qué taridas o bajeles van a cruzar el Estrecho.
Era la primera vez en la que tanto Iñigo Aldai tenía la oportunidad de poder charlar tranquilamente con Oono, ya que durante el viaje desde Toledo, aunque habían hablado mucho, su conversación giraba siempre sobre la milicia, el uso de las armas, técnicas de entrenamiento, etc, pero no sobre la procedencia prístina de Oono, sobre como había llegado a Toledo y por qué había sido elegido como campeón de la reina Leonor. Así que, una vez abordado lo del la marcha de Oono, éste fue respondiendo a las preguntas que tanto Iñigo Aldai como el Padre Gumersindo le hacían. Marta permanecía silenciosa aunque en su mirada se podía ver el interés. Cuando Oono, después de contarles como era su vida en la aldea africana, describió lo del asalto a su aldea y cómo allí mataron a su padre y lo de la larga travesía por el desierto hasta llegar a Marraketch, los grandes ojos de color miel de Marta se humedecieron y las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
Oono les habló sobre su instrucción en el uso de las armas, la incorporación a la Guardia Negra de Al –Nasir y su captura por los caballeros castellanos en el palenque del Miramamolín y también sobre el buen trato y el respeto que, a pesar de ser un prisionero, le había dispensado Don Álvaro Núñez de Lara, el Alférez Real de Castilla.
La velada terminó muy avanzada la noche y tras ella, los sentimientos de aprecio hacia aquel hombre arrancado a la fuerza de su pueblo, en las lejanas tierras africanas, se hizo más fuerte. Antes de retirarse al aposento que el Padre Gumersindo había dispuesto que le prepararan, Oono solicitó permiso al Capitán para quedarse unos días en la ciudadela a fin de recuperar fuerzas y prepararse para su larga marcha, a lo que el Capitán contestó diciéndole que se podía quedar todos los días que le apeteciera, pues tanto él como su esposa se sentían muy complacidos por tenerle en su compañía.
Por la mañana, poco después del alba, Oono oyó fuertes golpes llamando a la puerta de su alcoba. Ya se había levantado y cuando abrió la puerta se encontró con Lucas que, preso de la impaciencia por saludar a Oono y enterarse sobre cómo estaba su amigo Fabián, apenas había dormido.

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