martes, 12 de febrero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXV ( 13.02.2013)


Los heraldos del Rey recorrían desde hacía varios días las poblaciones más importantes del Reino llevando la noticia de torneo- no se mencionaba el combate entre el blanco y el negro- que se iba a celebrar en Toledo el día de Todos los Santos, al que el Rey invitaba a todos los que lo quieran presenciar.
Este bando se leía en las plazas y hasta en las iglesias. A los Señores de los castillos y alcaides, el heraldo les trasmitía que el Rey se sentiría muy complacido por su asistencia.
Llegó también el bando al lugar de Cuéllar, siendo leído en la plaza por el heraldo acompañado por el alguacil jefe, quien, cuando le heraldo le dijo que a continuación tendría que ir al castillo a entregar el mensaje al Señor, le informó que el castillo no tenía Señor, sino Señora, pues hacía un mes que había muerto el Alcaide.
El heraldo se quedó pensativo por unos instantes sin saber que hacer pues le habían dado la orden de que llevara la invitación real a los Señores de los castillos, pero nada le dijeron de Señoras, aunque quizá fuera, pensó, porque no sabían lo de la muerte del Alcaide de aquel castillo. Decidió que debía haber sido por eso, así que llevaría la invitación del Rey a la Señora.
Cuando entró en el recinto por la puerta de Santiago, el guardia de la puerta le dio el alto. Se fijó en que el jinete llevaba las armas de Castilla bordadas en su ropa y que el caballo estaba enjaezado como los que utilizaban en el ejército.
Sin desmontar, le dijo al guardia:
- Soy un heraldo del Rey de Castilla, con un mensaje para la Señora del castillo, conducidme hasta ella.
- Os llevaré hasta el jefe de la guardia- le respondió
Tras decirle a Pergentino Menéndez lo que deseaba, éste le llevó ante el Padre Gumersindo, a quien explicó que tenía una mensaje del Rey para la Señora.
El Padre Gumersindo se temió lo peor. Pensó que el Regidor habría conseguido librase de la acusación de asesinato y conseguido el nombramiento de Alcaide de de Cuéllar y, lo que es peor, que el Rey habría accedido a su petición de desposar a Marta. ¿Qué habrá sido entonces del capitán Iñigo Aldai? - pensó. Lo imaginó preso en una mazmorra o desterrado del Reino, lo que daba igual, pues eso suponía que Marta ya no le volvería a ver.
Todos estos tristes pensamientos pasaron por su cabeza en un santiamén. Se repuso y pidió al heraldo que esperara unos instantes, pues iba a avisar a la Señora. Le dolía el corazón pensando lo que aquella criatura iba a empezar a sufrir tan pronto le dijera que había llegado un heraldo del Rey con un mensaje para ella. Pensaría igual que él y su corazón lloraría lágrimas de sangre. ¡Pobrecita niña mía!

Cuando iba en busca de Marta, se le ocurrió que quizás pudiera retrasar el inicio del sufrimiento, así que volvió sin llamar a su puerta.
- La Señora está descansando en estos momentos pues no se encuentra bien de salud. Yo, además de su confesor, soy su secretario, así que podéis entregarme a mi el mensaje, que yo lo haré llegar a la Señora cuando haya reposado- le dijo al heraldo.
Este dudó unos instantes, pero… un sacerdote no me mentiría – pensó, así que accedió:
- Este es el mensaje Padre, que habéis de leerlo, pues he de llevarlo aún a otros lugares del Reino- le dijo entregándoselo.
Al oírle que el mensaje era también para otros, el Padre Gumersindo se sintió aliviado.
No iba a ser lo que había pensado. De todas formas, ahora saldría de dudas.
El Rey invitaba a todos los nobles del Reino a asistir a un torneo en Toledo el día de Todos Los Santos para celebrar la victoria de las Navas de Tolosa, y se sentiría muy complacido por su asistencia.
Eso era todo. Suspiró mientras interiormente daba gracias a Dios. Era una buena ocasión para saber del Capitán.
-Decidme, hijo mío ¿qué nuevas hay por Toledo además de este torneo al que Su Majestad invita a la Señora?
- Nada interesante Padre, aparte de los preparativos para el torneo, que se iniciaban cuando partimos con este mensaje.
- ¿Conocéis por casualidad a un capitán de Don Diego López, llamado Iñigo Aldai?- le preguntó.
- ¿Le conocéis vos también? Es un capitán muy valiente y al que la tropa estima.
- ¿Le habéis visto recientemente?
- El día que yo partía de Toledo, estaba entrenando a un hombre fuerte al que nadie conocía y que más que hombre de armas, parecía un campesino y parecían conocerse, pues el Capitán le trataba con familiaridad, aunque el Capitán suele ser amable con todos. Llegaron juntos con un muchacho dos días antes, según me comentó un compañero, justo el día anterior del destierro de un hidalgo que había sido comisionado real en no sé qué lugar.
- ¿Un hidalgo comisionado real y desterrado por el propio Rey? Es extraño, ¿verdad?
- Sí que lo es, pero poco o nada se sabe de él, pues si nos enteramos del destierro fue porque los soldados que lo tenían que escoltar hasta la frontera del Reino, lo comentaron con sus compañeros. Siento no poder deciros más Padre, pero…
- Gracias hijo. ¡Qué Dios Nuestro Señor te acompañe¡
- Adiós, Padre.
El heraldo se fue, mientras que el Padre Gumersindo, con el corazón alborozado, corría a dar las buenas noticias a Marta. ¡ Gracias Dios misericordioso!
Llamó a la puerta y sin esperar que la doncella apareciera entró y a punto estuvo de dar con su cuerpo en el suelo al tropezar con el borde de una alfombra.
- Padre Gumersindo ¿qué os ocurre para estar tan alborotado?- le preguntó Marta.
Tenía tantas ganas de darle tan buenas noticias que las palabras se atropellaban una a otras en su boca.
- ¡Calmaos, Padre, calmaos y hablad despacio, que no os entiendo!
El Padre Gumersindo tomó asiento, respiró profundamente y empezó a contarle a Marta la llegada del heraldo y el contenido del mensaje. A Marta no parecía que la invitación le interesara, y así se lo dijo al sacerdote. Pero cuando éste le dijo que era una magnífica ocasión para volver a ver a cierto capitán, los ojos y el semblante de Marta cambiaron súbitamente. Era ella ahora la que casi no le dejaba hablar al Padre.
Estaba nerviosa, quería saber si Iñigo estaba bien, dónde estaba, qué había pasado, si iba a volver…
El Padre Gumersindo le contó lo que le había referido el heraldo. El Capitán estaba bien, estaba en Toledo y el Regidor había sido desterrado del Reino.
Marta cayó de rodillas dando gracias a Dios, mientras lágrimas de alegría caían por sus mejillas.
El Padre Gumersindo esperó a que se recuperara de la emoción. Dando por hecho que ella querría ir a Toledo le dijo:
- Hija mía, el torneo es dentro de cinco días y tres nos llevará cuando menos llegar a Toledo; hemos de hacer los preparativos sin demora.
- Preparémonos, Padre y salgamos cuanto antes.
- El viaje es largo y cansado, y cuanto más numeroso es más seguro, así que si me lo permitís, me informaré si alguno o todos los Procurados de Tierra va a asistir al torneo, en cuyo caso podríamos formar una única comitiva.
- Haced lo que estiméis más conveniente Padre. Lo dejo todo en vuestras manos. Yo con mis doncellas prepararé mi equipaje. ¡ Daos prisa, por favor!

Marta estaba impaciente por partir y no lo ocultaba, aunque tampoco hubiera podido hacerlo porque el Padre Gumersindo sabía ver a través de sus ojos el estado de su corazón.
Lo primero que hizo fue llamar a Pergentino, el jefe de la guardia. Este despachó cinco soldados a los sexmos de la Comunidad con el mensaje a sus Procuradores de que la Señora del castillo les invitaba formar parte de la comitiva que asistiría al torneo del día de Todos Los Santos en Toledo, así como que partirían al alba del día siguiente, para encontrarse a mediodía en el sexmo de Navalmanzano desde donde cabalgarían juntos ya hasta Toledo. Entre el Padre Gumersindo y Pergentino, habían calculado las distancias y el tiempo teniendo en cuenta el que emplearían los procuradores de los sexmos de Montemayor y Valcorba, que quedaban al noroeste de Cuéllar por lo que eran los más alejados de Nalvalmanzano.
Pergentino, a su vez, formó un pelotón de soldados que él mismo mandaría, a los que equipó con armas y las raciones de comida para cinco día de marcha, contando que para la vuelta podrían proveerse de víveres en Toledo.
Tres comerciantes importantes de la villa, enterados de la celebración del torneo aunque no estaban en la plaza cuando el heraldo lo anunció, se acercaron al castillo para interesarse si se estaba preparando alguna comitiva para asistir, ya que si así fuera, ellos muy gustosos se unirían a ella. El Padre Gumersindo les atendió y accedió gustoso a que les acompañaran, advirtiéndoles que saldrían al alba y cada uno habría de llevar su avituallamiento y caballo.

Calculaba el sacerdote metido a organizador del viaje, que si los cinco Procuradores acudían y contando que cada uno de ellos se hiciera acompañar por un sirviente, mas los soldados, los tres comerciantes, Marta y una doncella, además de él mismo serían en total veintiún viajeros, lo que constituía un grupo lo suficientemente numeroso como para disuadir a las cuadrillas de bandoleros que pudiera haber a lo largo de su recorrido.
Tendrían que hacer el camino a caballo ya que llevar una carreta para Marta, los retrasaría lo suficiente como para no poder estar en Toledo para Todos Los Santos.
Toda aquella tarde y hasta bien entrada la noche, la actividad en el castillo era enfebrecida, pero casi a media noche, todo estaba preparado para salir al alba, o casi todo, pues al Padre Gumersindo aún le faltaba resolver un asunto que no era baladí: la seguridad del castillo mientras estuvieran ausente. Habló de este asunto con Pergentino, quien le informó que ya había pensado en ello y que creía tener solucionado el problema. En el castillo quedaban diez soldados, más los cinco que habían ido a llevar los mensajes a los sexmos y que aún no habían regresado, lo que representaba una fuerza suficiente para defender la ciudadela en caso de un ataque, cosa poco o nada probable ya que Castilla estaba en paz con el Reino de León, del que, como antaño, podrían proceder los ataques. Como todos los soldados eran de igual rango, había hablado con Máximo Paniagua, que seguía esperando el castigo a su participación en la fuga del Regidor, pero sin que sus compañeros hubieran sabido nada de ella y le había dicho que aunque comprendía que habían sido las necesidades de su familia las que lo llevaron a traicionar su confianza, merecía ser castigado muy severamente e incluso separado del oficio de soldado, pero teniendo en cuenta su arrepentimiento y que siempre había sido un soldado ejemplar, le iba a dar una oportunidad para expiar su culpa, advirtiéndole que si esta vez le fallaba, colgaría su cabeza de una pica en la plaza de la villa para que su mujer y sus hijos pudieran verla. Por el contrario, si cumplía según sus deseos, no solo tendría el perdón, sino que influiría ante la Señora para ser ascendido y con mayor soldada.

Máximo, a quién la culpa no le dejaba vivir, le juró por sus hijos que aunque no sabía lo que le iba a pedir, que cumpliría sus órdenes aun a costa de su vida. Y Pergentino entonces le dijo que quedaba al mando de la tropa como responsable de la integridad de la ciudadela, a la que nadie debía entrar, excepto los proveedores de la cocina y aún a éstos había que registrarles las carretas. Después, en el cuartel, delante de los soldados menos los cinco mensajeros, informó a todos que en ausencia, Máximo ostentaría el mando del castillo a todos los efectos y que cualquier insubordinación a sus órdenes, sería severamente castigada a su vuelta, pero también todos serían gratificados si cuando retornaran todo había transcurrido con la normalidad habitual.
Al Padre Gumersindo le pareció una solución muy inteligente, pues permitía recuperar a un buen soldado y al mismo tiempo involucrarle mejor que a ningún otro en la protección del castillo. Convertía con esa maniobra a un hombre avergonzado en otro decidido a recuperar su orgullo haciendo aquello que le mandaban con el celo más extremo.
En cabeza de la comitiva iba Pergentino. Le seguía dos de los soldados. A continuación Marta y su doncella e inmediatamente detrás el Padre Gumersindo. Los tres comerciantes precedían a los otros dos soldados que cerraban la marcha.
Marta, aunque sabía montar a horcajadas, lo hacía de lado en una silla ad hoc igual que su doncella, pues era la forma menos cansada y además les permitía abrigarse mejor en aquel amanecer frío y gris de aquel viernes 26 de octubre.
En Navalmanzano ya les esperaba su Procurador y el de Hontalbilla. No tardaron en llegar los de Montemayor y de La Mata con sus sirvientes, informando el primero que el de Valcorba no acudiría pues llevaba unos días con problemas digestivos incompatibles con un viaje largo. Formada ya la comitiva al completo, se pusieron en marcha.
Al mismo tiempo, e incluso antes que ellos, lo hacían comitivas semejantes procedentes de todos los puntos cardinales del Reino.
Los caminos se poblaron con los nobles, obispos, hidalgos, ricoshombres y de todos aquellos cuyos recursos y tiempo les permitían asistir al torneo. Era una marea humana eufórica, pues estaba muy reciente la gran victoria sobre los árabes, cuyo reino había pasado a ser una estrecha franja al sur de la Península o Al-Andalus como le llamaban ellos. La cita en Toledo les daba la oportunidad de compartir su euforia con los demás y de aumentar su sentimiento patriótico.
Algunos, especialmente los más alejados, habían salido tan pronto recibieron la invitación del Rey. Otros, aunque no tan alejados preveían una gran afluencia de gentes y querían asegurarse alojamiento, así que no demoraron su salida. Incluso los había que ya estaban llegando a Toledo cuando aún faltaba tres días.
Entre los más tempraneros estaban Menendo, el obispo de Osma y el de Sigüenza Don Rodrigo que, merced a su buena relación con Rodrigo Ximénez de Rada. Arzobispo de Toledo, se iban a alojar en la sede arzobispal.

El martes 30 por la tarde llegaban a las puertas de ciudad la comitiva de Cuéllar. Marta y su doncella, acompañadas por el Padre Gumersindo se dirigieron al convento de San Clemente a extramuros, donde se alojarían con las monjas. En el convento yacían los restos del infante D. Alfonso, hijo de Alfonso VII. La tropa dormiría en sus tiendas mientras que los procuradores tenían que buscarse alojamiento como mejor pudieran.
La ciudad era un hervidero de personas yendo y viniendo; las posadas y mesones ya no admitían huéspedes, aunque había a quien no le importaba ceder su camastro a cambio de una sustanciosa cantidad. En los terrenos al norte de la ciudad, propiedad del Arzobispado, los visitantes montaban sus tiendas y colocaban sus carretas a cambio de una contribución económica que varios clérigos se ocupaban de recoger con extremado celo, no en vano tales ingresos eran para la obra de Dios. Entre tanta concurrencia de gentes, no faltaban los rateros que traían en jaque a los justicias, los buhoneros, prostitutas, mendigos, charlatanes y frailes mendicantes.
Al otro lado del puente de Alcántara, en la explanada donde se iba a celebrar el torneo, se daban los últimos detalles a las instalaciones. Se había montado la tribuna en la que estarían el Rey y la Reina, cubierta con un palio de color rojo y cerrada por detrás con un inmenso tapiz con el escudo de Castilla. Las gradas estaban engalanadas con banderas también con el castillo gualdo sobre fondo de gules.
La valla que separaba las pistas por la que en sentido inverso galoparían los caballeros participantes en la justa, carecía de adornos. La destinada a mantener a la gente detrás para que no invadieran el terreno de lucha se había construido con fuertes maderos atados con cuerdas y a los largo de ella, cada seis varas se colocaría un soldado armado de lanza.
Desde el Alcázar se había hecho correr la voz de que el Rey tenía una sorpresa reservada para cuando los caballeros terminaran sus justas, lo que hizo que la expectación aumentara. Nadie, excepto los Reyes, su Alférez y Don Diego sabían en qué consistía la sorpresa. Ni el capitán Aldai, que seguía con la preparación de Fabián en el uso de la armas con escaso progreso, sabía el por qué de tanta preparación. El seguía dedicando todo el tiempo posible a esa labor de preparación que, a medida que Fabián iba recuperando sus fuerzas, se intensificaba, y permanecía ajeno a lo que estaba ocurriendo en la ciudad, pues ni siquiera con Lucas podía hablar aunque bien cierto era que hacía días que no le veía por el Patio de Armas.
A medida que los nobles, obispos y otras personas distinguidas del Reino iban llegando, daban cuenta de ello al Alcázar, pues para la colocación en las gradas había de tenerse en cuenta el rango. Los más cercanos al Rey serían las dignidades religiosas empezando por el arzobispo de Toledo y después el resto de los nobles según los protocolos vigentes. Don Diego sabía que la Señora viuda del alcaide de Cuéllar estaba en Toledo, pero se abstuvo de decírselo al Capitán. No quería que se distrajera de su labor con Fabián.
En el Convento de San Clemente, Marta tenía que hacer grandes esfuerzos para concentrarse en los rezos de vísperas a los que había pedido asistir. Desde que llegara al Convento no había salido. El Padre Gumersindo se había acercado al Alcázar por si podía ver al Capitán, pero no le permitieron entrar. El Rey quería evitar que su sorpresa se pudiera frustrar si alguien veía a Fabián o al negro en sus sesiones de entrenamiento. Cuando regresó al Convento le aconsejó que no saliera, pues aquellas calles no parecían muy seguras. Durmió mal la primera noche, pero peor la segunda; estaba nerviosa y llena de ansiedad. Le preguntó al Padre Gumersindo si sería pecado esa ansiedad que la consumía.
- No hija mía. Estáis enamorada por primera vez en vuestra vida y todos esos sentimientos os resultan extraños, pero son naturales, son consecuencia del amor, y el amor siempre es grato a los ojos de Dios y que la Iglesia bendice con el sacramento del matrimonio.

Llegó por fin el gran día. Desde primeras horas de mañana, un río de gente procedente del improvisado campamento en los terrenos del Arzobispado, entraba por la puerta de Bisagra e inundaba las calles de la ciudad desahogando por el puente de Alcántara. Hubo algunos enfrentamientos sin mayores consecuencias entre quienes pugnaban por ocupar los mejores sitios al lado de la valla. En el Convento, Marta asistía con las monjas a la misa que oficiaba el Padre Gumersindo con autorización del párroco asignado al Convento.
Los Reyes cumplían con la festividad de aquel jueves, festividad de Todos los Santos asistiendo a misa en la capilla del Alcázar En otra ocasión lo hubieran hecho en la catedral donde oficiaba el Arzobispo, pero estaban demasiado excitados con lo de la apuesta y no querían pasarse medio día entre que iban a la catedral oían la misa que el Arzobispo alargaba hasta el infinito.
Poco a poco iban llegando a las gradas los invitados a los que personal del Alcázar situaba según su rango en los lugares que habían previsto de antemano. En las más altas los títulos nobiliarios; más abajo los señores de las tierras y castillos. Después los Alcaides, Regidores y ricoshombres, y ya en los niveles inferiores los alcaldes, síndicos, y otros cargos de los Concejos. Allí estaban los Señores de los castillos de Argüeso, perteneciente al Señorío de Mendoza de Campoó, el alcaide de Atienza población a la que el Rey tenía especial afecto por haberle protegido en su infancia de la persecución a la que le sometía su tío y regente Fernando de León. Estaban también los de Berlanga de Duero, Clavijo, Frías y Gormaz, castillo del que otrora fuera Señor Díaz de Vivar, el Cid. Hurtado Sáenz de Salcedo, Señor de Ayala y de Fabián por tanto, el de Iscar, Pioz, Sepúlveda, Ayllón y los influyentes ricoshombres terracampinos del Señorío de los Téllez de Meneses. Marta, siempre acompañada del Padre Gumersindo que para la ocasión se había puesto hábito nuevo, estaba entre los alcaides de Iscar y Pioz. Destacaban por el color de sus túnicas el grupo de dignidades religiosas: Gerardo Obispo de Segovia, Pedro Instancio, de Avila, Menendo, de Osma, Tello Téllez de Meneses, de Palencia, Bricio, de Plasencia yRodrigo, de Sigüenza. El sitial del Arzobispo de Toledo y Primado papal estaba vacío.
Rodrigo Ximénez de Rada llegaría acompañando a los Reyes junto a Núñez de Lara y Diego López de Haro.
La explanada estaba repleta de gente. Los soldados colocados en sus lugares a lo largo de la valla. El Capitán Martín verificaba las medidas de seguridad. El bullicio era terrible. Los caballeros que iban a competir estaban con sus escuderos en la zona habilitada para ello, esperando la llegada de los Reyes para que el espectáculo comenzara.

Sonaron los clarines y los Reyes aparecieron en su palco. La muchedumbre parecía enloquecer de entusiasmo. Los Reyes complacidos saludaban a la multitud y con especial deferencia a los obispos y nobles situados a ambos lados del palco real. Se sientan los Reyes y, a dos paso por detrás lo hacen Núñez de Lara y Diego López Diego López . El Arzobispo ocupa su sitial. Un heraldo hace sonar un clarín como señal para que el torneo empiece.
Los caballeros que se habían inscrito, habían sido sorteados por los jueces de tal forma que cada uno conocía el orden en que había de intervenir. Todos habían pasado el examen de sus armas, dadas las pruebas de su linaje y prestado juramento sobre su noble comportamiento, por lo que se podía empezar. El torneo se iba a desarrollar según el tratado de Godofredo de Preully, del mil y sesenta y seis.
El torneo se iniciaría con el combate entre dos participantes a caballo con lanza sin punta metálica, repitiendo cinco pasadas, quedando como ganador el que más lanzas hubiera roto contra la armadura de su adversario, o aquél que derribara al contrario antes de las cinco pasadas.
Después de la lucha a caballo, se continuaría a pie utilizando mazas sin picos y espadas romas, pues no se trataba de matar al adversario sino de demostrar mayor destreza con las armas.
Con cada encontronazo entre los caballeros, la multitud rugía y aplaudía. Saltaban las astillas de las lanzas, relinchaban los caballos y todo aquello era un frenesí. El sonido de las mazas y las espadas contra las armaduras los enloquecía. Los Reyes sonreían satisfechos.
En tiendas separadas y montadas para ello y que enarbolaban los colores del Rey una y los de la Reina la otra, estaban el capitán Iñigo Aldai y Fabián de Mariaca y el oficial que había entrenado a Oono con éste.
Los dos entrenadores ya sabían que sus pupilos habrían de luchar entre sí, pero no les había dicho con qué armas ni el orden en que las iban a usar. Esperaban las órdenes que les hicieran llegar el Rey. Los cuatro estaban tensos. Iñigo por el temor al fracaso ya que Fabián parecía no haber nacido para manejar armas de guerra. El entrenador de Oono porque desconocía las características del que iba a ser el contrincante que representara al Rey. Cuando salieron del Alcázar en dirección al campo del torneo, Don Diego informó al Capitán que todo se debía a una apuesta entre el Rey y la Reina sobre quién era más fuerte, si el blanco o el negro del Rid y que Fabián era el blanco con el que el Rey quería ganar la apuesta; y lo mismo le dijo Núñez de Lara al entrenador de Oono indicándole que ese era el negro con el que la Reina quería ganar.

Oían el rugido de la gente presenciando los lances que ellos no podían ver desde sus tiendas. Lucas había seguido al Capitán y cuando éste le hizo seña de que se alejara, se metió entre la multitud a presenciar, como muchos de los que allí había, el primer torneo de su vida. Tras dos largas horas de combate, los ocho caballeros que actuaban de jurado, proclamaron vencedor del torneo al caballero Yago Muñoz, de Riba de Santiuste, perteneciente al obispado de Sigüenza.
El Rey le hizo entrega del premio, consistente en una espada con empuñadura ricamente labrada, entre los aplausos de los varios cientos de de espectadores que habían llenado la explanada.
El Rey y la Reina se levantaron. La multitud calló. Se hizo un silencio solo roto por alguna voz procedente del otro lado del puente de Alcántara. Sabían que era el momento de la sorpresa que decían que tenía el Rey preparada para después del torneo. La expectación era máxima.
El Rey inició su discurso:
- Mis leales súbditos. Con la ayuda de Dios Nuestro Señor y las armas de los nobles y valientes caballeros de este Reino y de otros defensores de la Cruz, y de sus ejércitos formados por hombres como vosotros, hemos vencido y expulsado de esta cristiana tierra a aquellos que querían someternos a sus dictados y a su dios. Hemos dirigido una cruzada bendecida por Su Santidad Inocencio, que nos ha llevado a la más grande victoria jamás conseguida contra el musulmán.
La multitud aplaudía exaltada. El Rey mantuvo la pausa interesadamente. Sabía como manejar a las masas.
- La Cruz venció y derrotó a la media luna. El caballero cristiano humilló en el campo de batalla al Miramamolín a quien puso en fuga, ya que de nada le sirvieron los diez mil esclavos-guerreros de su Guardia Negra, tenidos como los hombres más fuertes que se pudieran encontrar. Pues bien, el más fuerte entre los fuertes de esa Guardia Negra sólo pudo se reducido por el ataque conjunto de tres de nuestros caballeros, lo que muestra bien su fortaleza.
Hubo un abucheo del público rechazando que hubiera un negro tan fuerte.
El Rey continuó:
- Pero yo os digo que no hay negro por fuerte que sea, capaz de vencer a un cristiano de este Reino en buena lid.
El público aplaudió. Los prelados y nobles miraban al Rey sin entender a dónde quería llegar.
- Os prometimos una sorpresa para después del torneo. Pues bien. Ahora vais a presenciar el combate entre ese negro, fuerte entre lo fuertes, y un súbdito de Nuestro Reino.
 La multitud aplaudió a rabiar.
Algunos obispos, que habían participado en la batalla de Las Navas, fruncieron el ceño con preocupación. Lo que el Rey iba a hacer era muy arriesgado pues si ese negro era tan fuerte que se necesitaron tres caballeros para reducirle, tendría muchas probabilidades de vencer a cualquier hombre con el que se enfrentara y si así era, podría ser interpretado como el triunfo de la media luna sobre la cruz, precisamente todo lo contrario de los que se estaba celebrando. Hasta Rodrigo Ximénez le miró al Rey con gesto preocupado. Temía que una derrota desmoralizara a los presentes en el torneo y todos el Reino cuando se extendiera la noticia. Pero no podía hacer nada por impedir que se hiciera la voluntad del Rey.

En las tiendas, Iñigo y el oficial del Rey estaban cada vez más extrañados pues aún no sabían nada de las armas que tenían que poner en manos de los luchadores.
El heraldo hizo sonar el clarín. Era la señal para que compareciera el primero de los contendientes. Por un lateral del recinto apareció un negro de elevada estatura y una musculatura impresionante. Detrás de él, un oficial del ejército del Rey. Oono estaba casi desnudo; solo vestía un taparrabos blanco. Su `piel brillaba pues se había untado con aceite. La multitud calló impresionada. Oono la miró desafiante. Alguien empezó a abuchearle y enseguida se sumaron todos. El Rey levantó la mano demandando silencio.
- He aquí al negro más fuerte que se haya conocido.
El sonido del clarín rasgó el aire por segunda vez. Era el turno de Fabián, que hizo su entrada acompañado por Iñigo Aldai. Fabián era algo más bajo que Oono y su musculatura no se podía apreciar con detalle, pues salía vestido con su ropa habitual al no haberle dicho nadie cómo tenía que ir para lo que el Rey le había preparado.
- Y aquí a Fabián de Mariaca, nuestro leal súbdito que con él se va a batir.
La multitud se quedó como petrificada. Físicamente parecía mucho más fuerte el negro que el blanco y el aspecto del negro, con el cuerpo medio desnudo y con aquel brillo en de piel, no hacía presagiar nada bueno para aquel muchacho de quien el Rey decía que era el más fuerte del Reino. Los nobles cuchicheaban entre sí. Nadie apostaría ni un sueldo de cobre por el muchacho blanco. La aparente mayor fortaleza del negro le haría ganar con facilidad un combate con lanza y mucho más fácilmente si se trataba de maza o espada. Todos, unos y otros, nobles y plebeyos miraban a ambos, Todos, menos Marta cuya mirada non se separaba de Iñigo Aldai quien aún no se había dado cuenta de su presencia en las gradas.
El Rey continuó aumentando la expectación.
- Estos dos hombres no van a combatir con lanza, maza, o espada- Había vuelto a hacerse con la atención de la multitud - Ahora el gesto de extrañeza era de la Reina Leonor, de Alvaro Núñez, de Don Diego y de Iñigo Orozco- sino que -prosiguió el Rey – la lucha va a ser un combate cuerpo a cuerpo solamente con sus manos.
El asombro de la multitud era evidente. Todos estaban convencidos de que el negro ganaría con facilidad. Era como si compitieran un caballo y un carnero cargando el mismo peso.

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