jueves, 10 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XX (11.01.2013)
El acceso al restaurante era un túnel abovedado muy pendiente al principio y llano después, con suelo de grandes losas. Un pequeño recibidor al final del túnel, tras una puerta de forja, lucia sobre la pared derecha una reproducción envejecida de Los Borrachos, de Velázquez.
Roger no había exagerado. Entrar en el restaurante era como dar un salto en el tiempo trasladándose al siglo XIV. Las paredes eran de piedra artesanal y, al final de la barra, había como una especie de atalaya con sus almenas y merlones, también de piedra. Había un primer comedor a la derecha según se entraba y subiendo unas escaleras de madera se accedía a un segundo comedor más amplio al que, además de la luz de las lámparas, daban claridad unas vidrieras de colores con escudos heráldicos. Sobre las gruesas vigas de madera que sostenían los techos, había grabadas historias de La Bañeza. Ana se fijó en una de ellas que se refería a la distribución de la población bañezana en el año de 1600 y que decía así: población 448 habitantes, 21 labradores, 36 jornaleros, 233 artesanos, 70 comerciantes, 21 servicios y administración, 12 soldados, 40 pobres y 16 sin oficio. En todas las vigas había leyendas que coadyuvaban a crear la sensación de estar en un pasado muy, muy lejano.
Ana no había visto nunca nada igual y se alegró de haber aceptado la propuesta de Roger. Si además la cena era buena… ¿qué más `podía desear?
Roger miraba sonriente y satisfecho la expresión de los ojos de Ana.
Cuando una camarera se acercó con la carta, Roger le preguntó a Ana si prefería carne o pescado y al responderle ella que carne, le pidió que le dejara elegir por los dos, a lo que Ana accedió.
- Tráiganos una tabla de carne y para beber una botella de Val D`Ornia, por favor.
La camarera se alejó con el pedido, tras darle las gracias.
- ¿Qué es esa tabla de carne que has pedido? – preguntó Ana.
- Espera a que la traigan y estoy seguro que te sorprenderá muy agradablemente. Confía en mí- le pidió.
La sorpresa fue grande, en efecto. Chuletillas, lomo, carne de novillo, churrasco, mollejas, morcilla, pimientos, lechuga y patatas cubrían de extremo a extremo aquella tabla que más que para dos personas parecía más propia para dar de cenar a cuatro y sobradamente.
- ¡Dios mío¡ - exclamó Ana - ¿Podremos con todo esto?
- Ya te dije que te ibas a sorprender, y no te asustes por la cantidad, que si todo está tan bueno como la última vez que cené aquí, nos la comeremos sin dejar nada.
Ana miró discretamente a un lado y a otro del comedor y pudo ver que casi en todas las mesas había servido tablas similares.
- Son las especialidades de la casa – le explicó Roger- Las tablas de carne y de pescado.
Comieron y bebieron aquel vino de la Val D`Ornia, más Roger que Ana, que una vez hubo probado de todo lo que había en la tabla, dijo que se rendía, que no podía comer más, por mucho que le apeteciera hacerlo.
Tras el postre de flan casero de café, Ana pidió un baileys y Roger un J.B.
- Y ahora, ¿satisfarás mi curiosidad contándome esa historia que te ha llevado a visitar un cementerio? Es que me corroe la impaciencia.
- De acuerdo, pero no olvides que me hiciste la promesa de no reírte mientras te la cuento ¿recuerdas?
- Y la cumpliré, no tengas la menor duda, algo que no me costará ningún esfuerzo, pues estoy seguro que será una bonita historia.
Durante casi un cuarto de hora, Ana le contó lo fundamental del contenido del libro que había comprado en Madrid y las gestiones que había hecho en el Ayuntamiento, los datos obtenidos en el cementerio y las entrevistas con algunas personas de Villamediana. Durante ese tiempo, Roger permaneció en silencio pendiente de cada una de las palabras de Ana sin quitar la vista de sus ojos.
… así que mañana iré a ese otro pueblo, Veguellina, para hablar con las personas que me han indicado y si los datos que obtenga son similares a los de Villamediana, tendré que concluir que el contenido del libro estaba basado no en la imaginación de su autor, sino en una realidad que de alguna forma ese hombre logró descubrir, cual es que algo hay en esa zona, ya sea por la alimentación, por su forma de vida o por la genética, que desde hace siglos posibilita a sus habitantes alcanzar unas edades muy por encima de la esperanza media de vida de León más aún de la nacional, que es de 81,2 años. Si no faltaran aquellas hojas del libro, sabría lo que Bertulfo había descubierto, lo que llevaba en aquellos barriles que Alarico mandó custodiar celosamente, pero como no ha sido así… pues aquí estoy yo tratando de satisfacer mi curiosidad femenina, que no científica, y así saber si las angustias y miedos de Teodegonda acabaron o si, a pesar de todo, la acompañaron el resto de su vida.
Ana terminó su relato esperando la reacción de Roger. Este, sin dejar de mirarla a los ojos, siguió en silencio durante unos instantes más.
- Ya he terminado y quedas, por tanto, libre de tu promesa, así que ya puedes reírte.
- ¿Reírme dices? ¿Reírme de qué? ¿De esa historia maravillosa que me acabas de contar? ¿Reírme de tí por haber admitido la posibilidad de que tras ella haya algo cierto y tan trascendental? ¿Reírme de tI por haber empatizado con Teodegonda hasta el punto de querer saber qué fue de su vida después de aquellas páginas arrancadas? No Ana. No hay motivos para la risa, sino para la admiración. Te admiro por lo que estás haciendo ya que únicamente te guían razones puramente sentimentales sin buscar utilidad práctica alguna.
- No estés tan seguro – dijo ella sonriendo- Piensa por un momento que fuera cierto lo que dice la novela y que yo encuentro qué es lo que causa la longevidad de esta gente. ¿Te lo imaginas lo que supondría conocer ese secreto? ¿Cuánto estarías tú dispuesto a pagar por conocer la forma de vivir cien años y en buenas condiciones físicas? o ¿Cuánto estaría dispuesta a pagar la Seguridad Social para que no lo sacara a la luz? ¿Cuánto dinero más haría falta para pagar las pensiones durante tantos años? Mi descubrimiento valdría millones de euros, tanto si lo vendiera como si lo callaba, siempre en el caso de que existiera tal secreto, por supuesto.
- Eso que dices es muy razonable, pero por lo que deduzco de lo que me has contado, no creo que hayas pensado nada de eso
hasta este momento. Es más, ni siquiera creo que lo digas en serio, aunque estoy contigo en que pudiera ser el mayor negocio de la Historia.
- La verdad es que ni se me había pasado por la cabeza, ni creo que, si milagrosamente descubriera qué es lo que hace que la gente de estas tierras llegue a edades tan avanzadas, tratara de lucrarme con ello. Sólo me mueve mi curiosidad y saber algo más de mi amiga Teodegonda. Y ahora, si te parece, creo que debemos irnos ya, pues nos han dejado solos.
- Si, es cierto; ni me había dado cuenta- dijo Roger al tiempo que se levantaba.
Ya en el hotel, Roger la acompañó hasta la puerta de su habitación en la primera planta. Él se alojaba en la segunda.
- Ha sido una noche estupenda. Me lo he pasado muy bien –dijo Ana.
- No creo que tanto como yo. Una buena cena en un lugar muy acogedor, una historia extraordinaria y en la compañía de una mujer muy atractiva, adorable y de espíritu aventurero.
- Buenas noches y hasta mañana- se despidió Ana.
- Buenas noches- respondió él.
Ana se sentía un poco decepcionada, pues esperaba que él quisiera despedirse con un par de besos al menos, pero ni siquiera lo intentó, claro que si lo hubiera hecho, ella se mostraría esquiva… al principio. No le desagrada aquel hombre. Era de buena planta, educado, con una sonrisa muy agradable, atractivo y con una forma de mirarla que le producía un ligero nerviosismo. ¡Quién sabe¡ El destino es tan juguetón a veces…
Roger tardó en conciliar el sueño aquella noche. No dejaba de pensar en la historia que le había contado Ana y en el potencial económico que tendría la existencia de alguna causa de índole no genética que explicara los datos obtenidos por ella.
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