IÑIGO ALDAI Y LA
APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO III
(25.01.2013)
Llevaban dos jornadas de
agotadora caminata por las ásperas arenas de aquél
desierto inhóspito..
Cuatro días antes, cuando
empezaba a amanecer, ocho hombres a caballo cubiertas sus cabezas y cara con un
turbante de color añil y vestidos con kaftan del mismo color, irrumpieron en la
aldea profiriendo gritos y alaridos y blandiendo sus cimitarras.
Sorprendidos hombres, mujeres
y algunos niños salieron de las chozas presos de pánico, pues sabían de lo
ocurrido en otras aldeas próximas hacía no mucho tiempo, en las que hombres a
caballo habían entrado y se habían llevado encadenados a los hombres más
fuertes y matando a quien se les enfrentara sin importarle que fuera anciano,
mujer, niño o perro.
Eran bereberes masmudas que
se dedicaban a la captura de negros por las aldeas del Rif y que luego vendían
como esclavos en los mercados de las ciudades costeras del oeste más
importantes del imperio almohade, así como en la que era su capital, Marrakech.
Aquella partida formada por diez hombres, había asaltado ya tres aldeas y
capturado en conjunto a veintidós hombres negros jóvenes, fornidos y sanos,
desechando a los débiles, enfermos y mujeres, pues el viaje que les esperaba
era muy largo, duraría no menos de treinta jornadas y las condiciones eran muy
duras; no querían cargar con aquellos que con toda seguridad no resistirían en
viaje y morirían en el camino desperdiciándose así agua y comida y retrasando
la marcha de los sanos.
Una vez capturados, los
maniataban a lo largo de una cuerda que ataban a la silla de uno de los tres
camellos que les servían para transportar las tiendas, agua y víveres.
Al final de la cuerda iba
siempre un hombre a caballo y a ambos lados de la hilera humana otros dos,
encargados de que nadie aflojara el paso.
Cuando llegaban a las
proximidades de otra aldea, tres de los hombres se quedaban al cuidado de los
ya capturados y de los camellos mientras que los otros miembros de la banda
realizaban el asalto.
Al final de su incursión eran
treinta y dos los negros capturados y que ya no estaban maniatados en una sola
cuerda, sino que habían formado dos hileras custodiadas por cuatro masmudas.
Durante la marcha nocturna
apenas intercambiaban alguna palabra entre ellos.
Al amanecer, los bereberes
montaban para ellos una única jaima hecha de pelos de camello y que sujetan con
palos y cuerdas de cáñamo y una improvisada techumbre de ramas secas de palmera
sobre un entramado de palos para los negros . Hablaban en tamazigt, lengua que no entendían los capturados.
La comida era la tradicional,
consistente en pan de cebada, guiso de legumbres, aunque no todos los días,
miel con manteca, dátiles y té azucarado. Los secuestrados recibían un trozo de
pan, manteca y agua y, también guiso de verduras los días que tocaba.
La captura de esclavos era
una actividad con escasos riesgos y que venían
realizando ya desde hacía
unos años, pues les proporcionaba buenos beneficios dado que la demanda de
esclavos negros era incesante, ya fuera para los más diversos trabajos
domésticos o agrícolas o para adiestrarlos como soldados que luego servirían en
las unidades de vanguardia, o en la famosa guardia personal del Miramamolin,
Muhammad An-Nasir, IV Califa de la dinastía almohade y Comendador de los
Creyentes, que tenía una guardia personal formada por diez mil negros , la
mayoría perteneciente al grupo llamado im-esebelen ,
fanáticos musulmanes conjurados para dar sus vidas en defensa del Islam y
otros, los menos, obligados a darla por fuerza, pues se les ataba uno a otro
por lo muslos para que no pudieran huir, e incluso se les enterraba hasta las
rodillas y así morían matando si podían.
Los negros sanos y fornidos
que capturaban las bandas de bereberes, eran muy cotizados para incorporarlos a
esta guardia personal, por eso, cuanto mas fuertes fueran, su precio en el
mercado de esclavos subía notablemente.
Desde que en el año 1030
Abdallah Ibn Yassin y algunos bereberes musulmanes levantaran un
convento-fortaleza en una isla del río Senegal en lo que sería el origen del
imperio almorávide, el Islam se fue extendiendo con sus conquistas llegando
incluso al centro de Africa negra cuando en el año de 1076 el emir Yusuf Ibn
Tashfín conquista el reino sudanés de Ghana-Uagadú. La mayoría de los
asentamientos humanos del imperio asumieron la religión musulmana. Las aldeas y
pueblos del sur del imperio que no habían adoptado la nueva religión, eran
objetivo de las bandas de bereberes a la búsqueda de esclavos, ya que no les
era permitido vender como tales a fervientes seguidores de Alá bajo pena de
decapitación, norma ésta que se mantenía
también después de la derrota
de los almorávides por los almohades, actuales
gobernantes.
Los treinta y dos negros que
formaban la cuerda de secuestrados, eran de aldeas no musulmanas, por lo tanto
una mercancía permitida para su venta en los mercados de esclavos.
A Onoo aún le dolía el golpe
que durante su captura, al ser derribado por el caballo de uno de los masmudas,
había recibido en el hombro aunque no sabía si había sido el propio caballo a
al golpearse con el suelo. No dejaba de pensar en lo ocurrido en su aldea. El
era hombre que aun no había tomado esposa, pero no le costaba imaginar el dolor
de sus compañeros de cuerda arrancados de su aldea y de sus familias, ni el de
éstas privadas violentamente de marido, padre o hijo. Pero, sobre todo, era el
recuerdo de su padre pidiéndole misericordia al que parecía el jefe de la
banda, suplicándole que no se llevara a los hombres, que si se los llevaba,
nadie podría cuidar del ganado, y que si perdían su único medio de
subsistencia, morirían los niños, las mujeres y los ancianos y que su aldea
desaparecería. El jefe bereber parecía no oírle, por lo que su padre, de
rodillas en el suelo, se abrazó a sus piernas suplicándole misericordia para su
pueblo, y como entonces, aquel miserable, con un rápido golpe de cimitarra lo
decapitó, ante el horror de las aterrorizadas mujeres y
ancianos que no eran del
interés de los asaltantes.
El dolor que sentía en su
interior se estaba transformando, sin poder evitarlo, en un sentimiento
desconocido hacia sus captores que le corroía las entrañas. El no sabía lo que
era el odio. Vivía en armonía con la Naturaleza, vivía en paz con la gente de
su aldea y de las vecinas; cultivaba su mijo y pastoreaba su ganado. Era un
joven con influencia en la aldea no sólo por ser el hijo de Engoo, el jefe de
la aldea, sino porque la Naturaleza le había dotado de una singular corpulencia
y fuerza. Estaba llamado, sin duda, a ser el jefe de la aldea cuando su ya
anciano padre falleciera. Cuando eso ocurriera, compraría una o dos esposas y
tendría muchos hijos. Tenía por delante, por tanto, un futuro muy atractivo;
pero todo se había venido abajo con la llegada de aquellos jinetes masmudas.
Pasaron los días y las noches
y de los treinta y dos hombres capturados solo llegaron a Marrakech veintiocho;
uno tuvo una muerte horrible al atardecer de la sexta jornada como consecuencia
de la picadura de la mortal víbora bufadora del desierto cuando caminaban por
una zona pedregosa y los otros como consecuencia de unas diarreas que no
cesaban.
Sabían los masmudas, por
experiencia, que el largo viaje diezmaba las capturas, así que era algo con lo
que contaban. Ahora que habían llegado tenían que alimentarlos bien para que en
unos días recuperaran el peso y aspecto necesario para asegurar una buena
venta.
Onoo notaba como ese
sentimiento que le quemaba interiormente era más intenso cada día que pasaba y
que le hacía desear agarrar a sus captores por el cuello y arrancarles la
cabeza y lo hubiera hecho si no fuera porque estaba sólidamente atado a la
cuerda común. Pensaba más en ello que en huir. Su mirada se fue tornando dura;
sus ojos eran como carbones encendidos cuando miraba a los enturbantados.
Habían llegado a una
población que era la más grande que jamás hubiera visto o se hubiera imaginado.
Los llevaron a una enorme cabaña de paredes y techo de barro y con dos pequeñas
ventanas provistas de barrotes. En una de las esquinas había un agujero
escavado en el suelo previsto para que hicieran allí sus necesidades físicas
inevitables. A la derecha,
según se entraba en la cabaña, una enorme vasija de barro con agua y un cazo
también de barro para que bebieran.
Habían llegado al amanecer y
allí los encerraron y encadenaron colocándoles unos grilletes de hierro en los
tobillos y muñecas unidos con una cadena, de forma que podían caminar aunque
con cierta dificultad y utilizar las manos para asir el cazo del agua para
beber.
Con la puesta del sol
entraron dos de los masmudas con un cesta de pan, manteca, aceitunas, dátiles y
limones. Cada dos días y alternando, les traían harira y tajine. Su
comida durante los siguientes ocho días fue abundante aunque no muy variada;
pero era la adecuada para recuperar el peso perdido durante la larga marcha por
el desierto.
Días más tarde, al filo del
mediodía, entraron varios de sus captores con tinajas
metálicas; les obligaron a
quitarse aquellos taparrabos que ya solo eran harapos y colocarse en hilera de
espaldas a la pared. Llenaron las tinajas con el agua de la vasija y les
echaron el agua encima. Uno de los masmudas les fue entregando una pieza de
tela blanca para que se la colocaran como taparrabos.
Apenas habían terminado
cuando se volvió a abrir la puerta entrando en primer lugar el que siempre
había parecido que era el jefe de la banda, seguido por dos hombres que vestían
túnicas azules con capucha y bordadas en blanco y oro. Sus babuchas de cuero
estaban también adornadas con filigranas doradas. A la cintura llevaban la
inseparable djambiya o gumia.
Eran hombres del Miramalolín a la compra esclavos negros para su guardia personal
con los im-esebelen.
Los iban examinando uno a uno
y a una indicación con la cabeza señalando a uno de ellos, el jefe de la banda
bereber lo sacaba de la fila. Llegaron a la altura de Onoo y los dos servidores
del Califa no pudieron reprimir un gesto de admiración. Onoo, como los otros,
había recuperado su peso y su piel aún mojada hacía resaltar su poderosa
musculatura haciéndole destacar sobre los demás., pero no sólo en eso, pues
mientras los demás miraban al suelo, Onoo lo hacía directamente a los ojos de
los servidores reales a quienes no se les ocultó la dureza de su mirada y todo
lo que rezumaba de ella. En otros casos hubieran castigado su insolencia por
mirarles a los ojos, pero en esta ocasión, no solo no lo hicieron, sino que les
complació detectar que aquel corpulento negro era un pozo a rebosar de odio y
que, adecuadamente dirigido, serviría magníficamente a los intereses de su
Califa como miembro de su guardia personal. De los veintiocho negro
seleccionaron a catorce, por los cuales
entregaron al jefe de los
masmudas un puñado de dirhens de plata.
Terminada la transacción salieron compradores y vendedor, mientras que varios
de los hombres de éste unían con una cadena a los esclavos comprados a los que
hicieron salir en dirección al Palacio Califal, donde, después de instalarlos,
iniciarían el proceso de instrucción en el Islam y en el uso de las armas para
terminar, al cabo de unos meses, convirtiéndose en im-esebelen.
Así, a la fuerza, se inició
proceso de conversión al Islam de Onoo y su integración en la guardia personal
del Comendador de los Creyentes, el Califa An-Nasir, lo cual significaba que no
habría ya ninguna posibilidad, por remota que fuera, de huir y tratar de
regresar a su aldea o a lo que quedara de ella. Lo único que le mantenía vivo
erael odio que ya contra todo y contra todos se había instalado en su corazón,
lo que le convirtió en un hombre irascible, violento e insensible al que los
demás procuraban mantener a distancia siempre que no estuvieran presentes sus
instructores, ya fuera en el terreno del manejo de las armas o el de la
instrucción religiosa. El hombre pacífico de la aldea, era ahora una fiera
extremadamente peligrosa

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