jueves, 24 de enero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.

CAPITULO III (25.01.2013)

Llevaban dos jornadas de agotadora caminata por las ásperas arenas de aquél
desierto inhóspito..
Cuatro días antes, cuando empezaba a amanecer, ocho hombres a caballo cubiertas sus cabezas y cara con un turbante de color añil y vestidos con kaftan del mismo color, irrumpieron en la aldea profiriendo gritos y alaridos y blandiendo sus cimitarras.
Sorprendidos hombres, mujeres y algunos niños salieron de las chozas presos de pánico, pues sabían de lo ocurrido en otras aldeas próximas hacía no mucho tiempo, en las que hombres a caballo habían entrado y se habían llevado encadenados a los hombres más fuertes y matando a quien se les enfrentara sin importarle que fuera anciano, mujer, niño o perro.
Eran bereberes masmudas que se dedicaban a la captura de negros por las aldeas del Rif y que luego vendían como esclavos en los mercados de las ciudades costeras del oeste más importantes del imperio almohade, así como en la que era su capital, Marrakech. Aquella partida formada por diez hombres, había asaltado ya tres aldeas y capturado en conjunto a veintidós hombres negros jóvenes, fornidos y sanos, desechando a los débiles, enfermos y mujeres, pues el viaje que les esperaba era muy largo, duraría no menos de treinta jornadas y las condiciones eran muy duras; no querían cargar con aquellos que con toda seguridad no resistirían en viaje y morirían en el camino desperdiciándose así agua y comida y retrasando la marcha de los sanos.
Una vez capturados, los maniataban a lo largo de una cuerda que ataban a la silla de uno de los tres camellos que les servían para transportar las tiendas, agua y víveres.
Al final de la cuerda iba siempre un hombre a caballo y a ambos lados de la hilera humana otros dos, encargados de que nadie aflojara el paso.
Cuando llegaban a las proximidades de otra aldea, tres de los hombres se quedaban al cuidado de los ya capturados y de los camellos mientras que los otros miembros de la banda realizaban el asalto.
Al final de su incursión eran treinta y dos los negros capturados y que ya no estaban maniatados en una sola cuerda, sino que habían formado dos hileras custodiadas por cuatro masmudas.
Durante la marcha nocturna apenas intercambiaban alguna palabra entre ellos.

Al amanecer, los bereberes montaban para ellos una única jaima hecha de pelos de camello y que sujetan con palos y cuerdas de cáñamo y una improvisada techumbre de ramas secas de palmera sobre un entramado de palos para los negros . Hablaban en tamazigt, lengua que no entendían los capturados.
La comida era la tradicional, consistente en pan de cebada, guiso de legumbres, aunque no todos los días, miel con manteca, dátiles y té azucarado. Los secuestrados recibían un trozo de pan, manteca y agua y, también guiso de verduras los días que tocaba.
La captura de esclavos era una actividad con escasos riesgos y que venían
realizando ya desde hacía unos años, pues les proporcionaba buenos beneficios dado que la demanda de esclavos negros era incesante, ya fuera para los más diversos trabajos domésticos o agrícolas o para adiestrarlos como soldados que luego servirían en las unidades de vanguardia, o en la famosa guardia personal del Miramamolin, Muhammad An-Nasir, IV Califa de la dinastía almohade y Comendador de los Creyentes, que tenía una guardia personal formada por diez mil negros , la mayoría perteneciente al grupo llamado im-esebelen , fanáticos musulmanes conjurados para dar sus vidas en defensa del Islam y otros, los menos, obligados a darla por fuerza, pues se les ataba uno a otro por lo muslos para que no pudieran huir, e incluso se les enterraba hasta las rodillas y así morían matando si podían.
Los negros sanos y fornidos que capturaban las bandas de bereberes, eran muy cotizados para incorporarlos a esta guardia personal, por eso, cuanto mas fuertes fueran, su precio en el mercado de esclavos subía notablemente.
Desde que en el año 1030 Abdallah Ibn Yassin y algunos bereberes musulmanes levantaran un convento-fortaleza en una isla del río Senegal en lo que sería el origen del imperio almorávide, el Islam se fue extendiendo con sus conquistas llegando incluso al centro de Africa negra cuando en el año de 1076 el emir Yusuf Ibn Tashfín conquista el reino sudanés de Ghana-Uagadú. La mayoría de los asentamientos humanos del imperio asumieron la religión musulmana. Las aldeas y pueblos del sur del imperio que no habían adoptado la nueva religión, eran objetivo de las bandas de bereberes a la búsqueda de esclavos, ya que no les era permitido vender como tales a fervientes seguidores de Alá bajo pena de decapitación, norma ésta que se mantenía
también después de la derrota de los almorávides por los almohades, actuales
gobernantes.

Los treinta y dos negros que formaban la cuerda de secuestrados, eran de aldeas no musulmanas, por lo tanto una mercancía permitida para su venta en los mercados de esclavos.
A Onoo aún le dolía el golpe que durante su captura, al ser derribado por el caballo de uno de los masmudas, había recibido en el hombro aunque no sabía si había sido el propio caballo a al golpearse con el suelo. No dejaba de pensar en lo ocurrido en su aldea. El era hombre que aun no había tomado esposa, pero no le costaba imaginar el dolor de sus compañeros de cuerda arrancados de su aldea y de sus familias, ni el de éstas privadas violentamente de marido, padre o hijo. Pero, sobre todo, era el recuerdo de su padre pidiéndole misericordia al que parecía el jefe de la banda, suplicándole que no se llevara a los hombres, que si se los llevaba, nadie podría cuidar del ganado, y que si perdían su único medio de subsistencia, morirían los niños, las mujeres y los ancianos y que su aldea desaparecería. El jefe bereber parecía no oírle, por lo que su padre, de rodillas en el suelo, se abrazó a sus piernas suplicándole misericordia para su pueblo, y como entonces, aquel miserable, con un rápido golpe de cimitarra lo decapitó, ante el horror de las aterrorizadas mujeres y
ancianos que no eran del interés de los asaltantes.

El dolor que sentía en su interior se estaba transformando, sin poder evitarlo, en un sentimiento desconocido hacia sus captores que le corroía las entrañas. El no sabía lo que era el odio. Vivía en armonía con la Naturaleza, vivía en paz con la gente de su aldea y de las vecinas; cultivaba su mijo y pastoreaba su ganado. Era un joven con influencia en la aldea no sólo por ser el hijo de Engoo, el jefe de la aldea, sino porque la Naturaleza le había dotado de una singular corpulencia y fuerza. Estaba llamado, sin duda, a ser el jefe de la aldea cuando su ya anciano padre falleciera. Cuando eso ocurriera, compraría una o dos esposas y tendría muchos hijos. Tenía por delante, por tanto, un futuro muy atractivo; pero todo se había venido abajo con la llegada de aquellos jinetes masmudas.
Pasaron los días y las noches y de los treinta y dos hombres capturados solo llegaron a Marrakech veintiocho; uno tuvo una muerte horrible al atardecer de la sexta jornada como consecuencia de la picadura de la mortal víbora bufadora del desierto cuando caminaban por una zona pedregosa y los otros como consecuencia de unas diarreas que no cesaban.
Sabían los masmudas, por experiencia, que el largo viaje diezmaba las capturas, así que era algo con lo que contaban. Ahora que habían llegado tenían que alimentarlos bien para que en unos días recuperaran el peso y aspecto necesario para asegurar una buena venta.
Onoo notaba como ese sentimiento que le quemaba interiormente era más intenso cada día que pasaba y que le hacía desear agarrar a sus captores por el cuello y arrancarles la cabeza y lo hubiera hecho si no fuera porque estaba sólidamente atado a la cuerda común. Pensaba más en ello que en huir. Su mirada se fue tornando dura; sus ojos eran como carbones encendidos cuando miraba a los enturbantados.

Habían llegado a una población que era la más grande que jamás hubiera visto o se hubiera imaginado. Los llevaron a una enorme cabaña de paredes y techo de barro y con dos pequeñas ventanas provistas de barrotes. En una de las esquinas había un agujero escavado en el suelo previsto para que hicieran allí sus necesidades físicas
inevitables. A la derecha, según se entraba en la cabaña, una enorme vasija de barro con agua y un cazo también de barro para que bebieran.
Habían llegado al amanecer y allí los encerraron y encadenaron colocándoles unos grilletes de hierro en los tobillos y muñecas unidos con una cadena, de forma que podían caminar aunque con cierta dificultad y utilizar las manos para asir el cazo del agua para beber.
Con la puesta del sol entraron dos de los masmudas con un cesta de pan, manteca, aceitunas, dátiles y limones. Cada dos días y alternando, les traían harira y tajine. Su comida durante los siguientes ocho días fue abundante aunque no muy variada; pero era la adecuada para recuperar el peso perdido durante la larga marcha por el desierto.
Días más tarde, al filo del mediodía, entraron varios de sus captores con tinajas
metálicas; les obligaron a quitarse aquellos taparrabos que ya solo eran harapos y colocarse en hilera de espaldas a la pared. Llenaron las tinajas con el agua de la vasija y les echaron el agua encima. Uno de los masmudas les fue entregando una pieza de tela blanca para que se la colocaran como taparrabos.
Apenas habían terminado cuando se volvió a abrir la puerta entrando en primer lugar el que siempre había parecido que era el jefe de la banda, seguido por dos hombres que vestían túnicas azules con capucha y bordadas en blanco y oro. Sus babuchas de cuero estaban también adornadas con filigranas doradas. A la cintura llevaban la inseparable djambiya o gumia. Eran hombres del Miramalolín a la compra esclavos negros para su guardia personal con los im-esebelen.
Los iban examinando uno a uno y a una indicación con la cabeza señalando a uno de ellos, el jefe de la banda bereber lo sacaba de la fila. Llegaron a la altura de Onoo y los dos servidores del Califa no pudieron reprimir un gesto de admiración. Onoo, como los otros, había recuperado su peso y su piel aún mojada hacía resaltar su poderosa musculatura haciéndole destacar sobre los demás., pero no sólo en eso, pues mientras los demás miraban al suelo, Onoo lo hacía directamente a los ojos de los servidores reales a quienes no se les ocultó la dureza de su mirada y todo lo que rezumaba de ella. En otros casos hubieran castigado su insolencia por mirarles a los ojos, pero en esta ocasión, no solo no lo hicieron, sino que les complació detectar que aquel corpulento negro era un pozo a rebosar de odio y que, adecuadamente dirigido, serviría magníficamente a los intereses de su Califa como miembro de su guardia personal. De los veintiocho negro seleccionaron a catorce, por los cuales
entregaron al jefe de los masmudas un puñado de dirhens de plata. Terminada la transacción salieron compradores y vendedor, mientras que varios de los hombres de éste unían con una cadena a los esclavos comprados a los que hicieron salir en dirección al Palacio Califal, donde, después de instalarlos, iniciarían el proceso de instrucción en el Islam y en el uso de las armas para terminar, al cabo de unos meses, convirtiéndose en im-esebelen.
Así, a la fuerza, se inició proceso de conversión al Islam de Onoo y su integración en la guardia personal del Comendador de los Creyentes, el Califa An-Nasir, lo cual significaba que no habría ya ninguna posibilidad, por remota que fuera, de huir y tratar de regresar a su aldea o a lo que quedara de ella. Lo único que le mantenía vivo erael odio que ya contra todo y contra todos se había instalado en su corazón, lo que le convirtió en un hombre irascible, violento e insensible al que los demás procuraban mantener a distancia siempre que no estuvieran presentes sus instructores, ya fuera en el terreno del manejo de las armas o el de la instrucción religiosa. El hombre pacífico de la aldea, era ahora una fiera extremadamente peligrosa

No hay comentarios:

Publicar un comentario