viernes, 25 de enero de 2013
IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO IV (26.01.2013)
Los continuos combates del Rey de Castilla contra los almohades y sus avances, aunque no notables, preocupaban a An-Nasir, el Miramamolín de los almohades, El Califa era hijo del vencedor de Alarcos en 1195, Yusuf II y de una esclava cristiana a la que llamaban Zahar. Era un hombre alto, rubio y de ojos azules, tartamudo y parece ser que bastante avaro y cauto , aunque sobrado de valor. Apenas tenía 30 años cuando, con el fin de acabar con los hostigamientos cristianos, sale de Marrakech en febrero del mil y doscientos once al frente de un gran ejército. Llegan a Rabat y alcanzan Alcazarquivir donde permanece a la espera de las tropas de sus gobernadores, a los que como Califa había ordenado predicar la yihad o Guerra Santa. Cuando se han reunido las tropas, cruzan el estrecho en el mes de mayo desde Alcázar Seguer, en la costa de Anyera, y desembarcan en Tarifa.
Seguían las acciones de reconquista de Alfonso VIII y a ellas respondía Al-Nasir ,que llegó a conquistar la plaza fronteriza de Salvatierra después de dos meses de asedio, pero sin que nada hiciera presagiar, de momento, un enfrentamiento a gran escala entre cristianos y almohades..
Al enterarse el Miramamolín de la Bula de Inocencio III llamando a la cruzada contra el Islam, puso su ejército de 125.000 hombres en pie y remontando el Guadalquivir llegó hasta Jaén, y desde allí inicio la subida en dirección al Muradal para controlar los posibles pasos de tropas cristianas. Sabía que en Toledo se estaba reuniendo un gran ejército cristiano y decidió que en vez de atravesar la cordillera, era mejor esperar en el lugar que les conviniera el ataque cristiano y aniquilarlo en su mayor parte cuando cruzaran los pocos pasos que había transitables y, a los que consiguieran cruzarlos, su ejército acabaría con ellos sin dificultad.
De acuerdo con sus planes, envió tropas suficientes a controlar los pasos del Muradal y preparadas para intervenir en caso de que el ejército cristiano entrara en ellos, mientras que con el grueso de sus tropas se dirigió a los llanos de La Losa o Tolosa donde montó su campamento. Instaló su tienda en el cerro de los Olivares y desplegando su guardia personal, los im-esebelen que en número de 10.000 forman círculos concéntricos en torno su palenque y, además, ordenó instalar en el exterior del círculo más alejado, un círculo de cadenas fijadas a postes hincados en el suelo.
Era una barrera casi impenetrable.
IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.
CAPITULO V (26.01.2013)
En la tienda de Alfonso VIII de Castilla, en la meseta del Muradal, se encontraban además de él mismo asistido por su inseparable capitán Crisanto Martín, el Alférez Mayor de Castilla Don Alvaro Núñez de Lara y por Don Diego López de Haro su Abanderado y Señor de Vizcaya, Pedro II de Aragón, Sancho VII de Navarra y Rodrigo Ximénez de Rada, Arzobispo de Toledo.
La situación era comprometida para el ejército cristiano, ya que para cumplir con su objetivo necesitaban cruzar por el paso de la Losa, controlado desde las alturas por un reducido número de almohades, pero suficientes para parar a cualquier ejército que se aventurara por él, al favorecerles el terreno.
Los asistentes a la reunión, a excepción de Alfonso VIII, consideran que lo mejor es bajar nuevamente a las Fresnedas y tratar de buscar otro paso distinto al de la Losa para cruzar la sierra. Al Rey de Castilla no le satisfacía la propuesta pues temía, y razón no le faltaba, que entre el retroceso y posterior acampada esperando una solución para cruzar y estando como estaban ya escasos de vituallas, la tropa intuyera lo que podría pasar si se cruza el paso con los almohades en las cumbres, y que empezara a desmoralizarse produciéndose deserciones. No quería arriesgarse y prefería intentar cruzar por la Losa. Crisanto Martín recuerda las dudas de su Rey y cómo toma la decisión de cruzar por el paso de la Losa.
D. Diego López de Haro se acuerda entonces de cómo una decisión personal y
unilateral del Rey en el pasado, fue la causante de la derrota de Alarcos,
especialmente humillante para él, que siendo hecho prisionero acorralado contra la muralla, tuvo que comprar su libertad entregando a los cautivos almohades que había hecho. Teme que la decisión del Rey de cruzar por la Losa, sea un nuevo Alarcos. Los demás asistentes nada dicen, pero su semblante para indicar que sus pensamientos coinciden con los del Abanderado del Rey. Sancho El Fuerte y Pedro II le sugieren entonces que se hagan nuevos intentos para buscar un paso seguro hacia el oeste, permaneciendo las tropas en la meseta sin regresar a las Fresnedas. En el fondo saben que es casi imposible encontrar un paso que no esté vigilado y controlado por las tropas del Miramamolín, pero la propuesta, si se aceptaba, era una forma de ganar tiempo para que el Rey de Castilla reconsiderara su decisión. El Arzobispo de Toledo, el Alférez Mayor y Diego López de Haro guardan silencio. El Rey, en silencio, analiza las bondades de la propuesta y sus inconvenientes. Teme que si la espera se dilata en el tiempo ,aunque solo fuera una semana y aunque no se produjeran deserciones, sería imposible mantener a su ejército de 70.000 hombres en estado de alerta permanente, algo absolutamente necesario, pues no era improbable que las tornas se invirtieran y fueran los musulmanes, sin dificultad para cruzar el paso de la Losa, quienes atacaran primero encontrándose enfrente a un ejercito relajado por la espera. No, no se puede esperar.
Le ha costado muchos esfuerzos diplomáticos, económicos y riesgos para plazas de su reino apetecidas por el Alfonso IX de León e incluso por el ahora su aliado Sancho de Navarra, como para dar ahora marcha atrás y dejar la cruzada para mejor ocasión;
teme, además, que no haya otra ocasión como la presente, así que toma la decisión de seguir adelante con todos los riesgos que en vidas pueda suponer cruzar el paso de la Losa.
En el exterior de la tienda hay una inusual agitación cuyo ruido llega al interior de la tienda real. Era Don Lope Díaz de Haro, hijo de Don Diego López, que solicita hablar urgentemente con su padre. Los guardias cruzan sus lanzas impidiéndoles el paso.
DonLope levanta la voz insistiendo que tiene información que interesa al Rey. Los soldados cumplen con las órdenes recibidas de Crisanto Martín y mantienenfirmemente su actitud. Don Diego reconoce la voz de su hijo y solicita permiso del Rey para averiguar qué es lo que ocurre. Sale de la tienda y Don Lope le informa de que un pastor de cabras, que pastorea su rebaño por las colinas y cerros próximos, había bajado hasta el campamento con intención de vender unos quesos a los soldados, y que coincidió con tropas del Señor de Vizcaya, cuando se enteró por alguno de éstos que si tenían que ir contra el moro cruzando por el paso de la Losa, los aniquilarían y que no les quedaba otro remedio, pues no había paso conocido que no estuviera controlado por los musulmanes. El pastor que dijo llamarse Martín Halaja, les dice que
sí, que había un paso que él conocía y que no había visto musulmanes por aquella zona desde hacía muchos días.
Entonces, uno de los soldados salió corriendo a buscarme – dice Don Lope a su padre - y me informa de lo que había dicho el pastor. Queriendo asegurarme,- continua Don Lope,- insté al cabrero a que repitiera lo dicho advirtiéndole que si no era verdad lo que contaba , le garantizaba que no volvería a pastorear cabras, pues esa labor no se puede hacer sin cabeza.. El pastor, sin aparentar temor alguno, respondió que era buen cristiano y que deseaba tanto como el que más que los infieles musulmanes fueran expulsados de tierras cristianas, y que él conocía un paso no vigilado.
Don Diego, mientras da interiormente gracias a Dios por haber recibido esa
información que podría decantar la victoria a favor de los cristianos, entra en la tienda real a informa al Rey de Castilla y a los demás presentes.
El Rey ordena a Don Diego López de Haro que con un destacamento verifique si la información del cabrero es cierta. Así lo hace Don Diego que haciéndose acompañar de una docena de sus caballeros y entre ello su hijo, además del pastor, siguen las indicaciones de éste y se dirigen hacia el oeste y después al sur, no tardando en alcanzar un pequeño puerto y un paso, que ni siquiera tenía nombre, entre dos promontorios, y que no figuraba como ruta alguna para bajar al sur. Más tarde a este puerto se le conocería como Puerto del Rey, y del Rey se le llamaría también a un arroyo que nacía en él y que, con el paso de los siglos erosionando el terreno, había ido tallado las pizarras dando lugar a una vía relativamente cómoda para bajar hasta una planicie media legua más abajo y que en el futuro recibiría el nombre de Mesa del Rey.
De vuelta al campamento, Don Diego informa al Rey de la existencia del paso y de su viabilidad y éste ordena de inmediato el levantamiento del campamento y que todo el ejército se dirija por la nueva ruta. Únicamente dejan una pequeña guarnición en Castro Ferral para que los musulmanes siguieran pensando que el ejército cristiano seguía acampado allí.
Todo el ejército se desplaza, recorren la nueva ruta y descienden hasta la planicie
Mesa del Rey entre encinas, alcornoques y jaras. Allí montando el campamento es cuando los vigías almohades los descubren, informando de ello a Al-Nadir.
Cuando sus observadores le informan que han localizado al ejército cristiano muy cerca, dándose cuenta de que sus planes iniciales ya no eran posibles, decide hostigarlos con caballería y arqueros para provocar su ataque convencido de su mayoría numérica y para beneficiarse del estado cansado de las tropas cristianas.
Alfonso VIII no pica el cebo y su ejército permanece quieto. Era el sábado 14 de julio.
Los almohades esperaban el ataque el domingo y ya desde primera hora estaban formados en orden de batalla. Los cristianos no atacan y apenas responden a las escaramuzas musulmanas. A medio día concluyen que no se va a producir el ataque y rompen la formación.
Llega la noche del día 15. Cada ejército podía ver las hogueras del campamento del otro. A media noche se da orden en el campamento cristiano de que se preparan parala batalla. Todos preparan sus armas y reciben las absolución de sus pecados impartida por los clérigos y obispos presentes.
Al amanecer del día 16, el ejército estaba desplegado y en orden de batalla. Alfonso VIII había dispuesto sus tropas en tres cuerpos dispuestos en línea ocupando la llanura.
La línea central formada por las tropas castellanas con Don Diego López de Haro dirigiendo la vanguardia. La segunda línea dirigida por Alvaro Núñez de Lara, estaba formada por los Templarios con su Maestre Gómez Rodriguez y los Caballeros de la Orden de San Juan u Hospitalarios, los de Uclés y de Calatrava y con ellos Milicias Concejiles de Madrid, Soria., Almazán, Medinaceli , Béjar y San Esteban de Gormaz. En la retaguardia, Alfonso VIII con el Arzobispo de Toledo y algunos obispos castellanos y aragoneses. En total sumaba la línea central unos 50.000 hombres.
El flanco derecho lo cubría Sancho El Fuerte con sus doscientos caballeros y las milicias concejiles de Segovia, Avila y Medina. El flanco izquierdo quedó al mando de Pedro II de Aragón y con sus tropas el resto de milicias concejiles.
En frente y en una cota más alta, el Sultán An-Nasir había dispuesto sus tropas
también en tres cuerpos dirigidas por su Visir Abu Said ben Djami, formado el primero por infantería ligera del Alto Atlas, el segundo lo constituía un conjunto formado por fanáticos voluntarios árabes, bereberes, almohades y andalusíes que aspiraban ganar el paraíso su morían en la yihad. La retaguardia la constituía la élite del ejército almohade, con su caballería con lanzas y espadas asentados en la ladera del cerro de los Olivares y entre los que estaban los terribles arqueros turkos Agzaz en número de 10.000. Los flancos estaban cubiertos por las tribus del Magreb.
En la cima del cerro estaba An-Nasir, en su tienda roja, protegido por la Guardia Negra de los im-esebelen y la barrera de troncos y cadenas, Al-Nasir, vestido de verde, sostenía el Coran con una mano y en la otra la cimitarra. Su caballo ensillado estaba a su lado. Los negros, algunos atados por los muslos, otrosenterrados hasta las rodillas, los más libres, pero formados y todos armados con lanzas.
Los ejércitos se observan. An-Nasir espera el ataque. Don Diego López de Haro está impaciente; necesita lavar su honor mancillado en Alarcos. A su lado su hijo Don Lope García que le dice:
-Padre, que lo hagáis de modo que no me llamen hijo de traidor y que recuperéis la honra perdida en Alarcos
Responde Don Diego:
-Os llamarán hijo de puta, pero no hijo de traidor.
Don Diego había sido abandonado por su esposa, mujer de costumbres licenciosas.
Ante esta contestación, su hijo le responde:
-Seréis guardado por mí como nunca lo fue padre de hijo, y en el nombre de Dios, entremos en combate.
Se da la orden de atacar y Don Diego con sus tropas carga cuesta bajo desde la Mesa del Rey. El terreno no era bueno para cabalgar cubierto como estaba de monte bajo y con un peligroso barranco a la izquierda. Llegan a la vanguardia musulmana y tal como estaba dispuesto por An-Nasir, retroceden. Don Diego sigue avanzando, ahora cuesta arriba, y se encuentran una segunda línea que apenas pone resistencia ,por lo que continua su avance. Las tropas que encuentra ahora le hacen frente y aprovechándose de la ventaja de estar a mayor altura contraatacan haciendo retroceder a los cristianos. Se produce el caos y las milicias de Madrid huyen mientras que el pendón de Don Diego sigue destacando en medio de la lucha. Ni él ni sus tropas retrocederán; antes sucumbirán que dar la espalda al enemigo. Las tropas de Núñez de Lara y de las Ordenes Militares acuden en su ayuda pero no consiguen avanzar.
Los flancos magrebíes tratan de envolverlos mientras los arqueros almohades y turcos los masacran.
En la retaguardia, Alfonso VIII se da cuenta de la desesperada situación de las tropas que combaten y considera que ha llegado el momento decisivo de la batalla, por lo que dirigiéndose el Arzobispo de Toledo que se encuentra a su lado, le dice:
- ¡Arzobispo, vos y yo aquí muramos¡.
Y sin más contemplaciones se lanza con sus tropas a la carga y tal como estaba acordado, al mismo tiempo lo hacen Pedro de Aragón y Sancho de Navarra con los suyos. Ponen los caballos al galope y el retumbar de sus cascos es tal que pareciera haber descargado la tronada mayor que jamás hubiera habido. Aquella carga de varios miles de caballos de guerra por el centro y por las alas era imparable.
Penetraron y rompieron la formación musulmana produciendo una auténtica
carnicería. Exterminados los voluntarios, imposibilitados los arqueros para utilizar sus arcos en medio de aquel tumulto y los andalusíes huyendo, se extiende el pánico y almohades, bereberes y magrebíes huyen también dejando a Sultán con su Guardia Negra, contra la que cargan las tropas cristianas.
Los im-esebelen protegidos por el cerco de cadenas, presentaban sus lanzas al
enemigo. Parecía imposible poder llegar hasta el palenque del Miramamolín. Entonces los caballeros vuelven las grupas de sus caballos protegidas por las bardas o gruperas metálicas contra las lanzas de los negros y consiguen romper sus filas.
Sancho El Fuerte es el primero en romper el cerco. El Sultán sigue en su tienda, sentado sobre su escudo. Un soldado árabe se le acerca y le dice:
-¿Hasta cuándo vas a seguir sentado, oh Príncipe de los Creyentes?. Se ha realizado el juicio de Dios y se ha cumplido su voluntad y han perecido los musulmanes.
Entonces se levantó para montar el veloz corcel que tenía al lado; pero el árabe, descabalgando de su yegua le dijo:
-Monta en ésta que es de pura sangre y no sufre ignominia, quizás Dios te salve con ella, porque en tu salvación está nuestro bien.
Montó An-Nasir en la yegua, precedido por árabe en su caballo, rodeados ambos por un destacamento de de su Guardia Negra.
Los im-esebelen enterrados y los atados por los muslos mueren bajo los cascos de los caballos de guerra, alanceados o decapitados a golpe de espada cumpliendo su promesa con la esperanza de conseguir el Paraíso. Otros se dan cuenta de la huida de An-Nasir y huyen también; pero hay un negro de extraordinaria corpulencia y muy hábil que mantiene en jaque a dos caballeros castellanos. Gira su lanza como un remolino por encima de su cabeza, salta evitando las espadas de los caballeros y grita en una lengua desconocida. Otro caballero castellano se les une y tratan entre los tres de abatir al corpulento negro. Este se defiende y ataca; no está luchando por el Miramamolín, ya se ha dado cuenta de su huida; lucha buscando la muerte pero no entregándose fácilmente ella. Al dar un salto para evitar un golpe de espada, tropieza
en unos de los cientos de cadáveres que hay a su alrededor y cae de espaldas
golpeándose la cabeza. Queda conmocionado. Entonces, cuando uno de los
caballeros se disponía a hundirle la espada en el pecho, se oye un grito:
-¡ Alto, detened vuestro brazo, os lo ordeno¡
Los tres caballeros se vuelven y reconocen al Alferez de Castilla, Alvaro Núñez de Lara..
-Un hombre de tanto valor, no ha de morir. Atadle y custodiadle. Respondéis de su vida ante mí.
Cumpliendo lo ordenado, lo maniatan y lo entregan a cuatro soldados de a pie para que lo custodien y lo protejan permanentemente hasta que ellos regresen, no consintiendo que nadie le cause daño, de lo que responderán con su vida.
Recuerda con desagrado Crisanto Martín como cumpliendo las órdenes de su Rey, no se podían hacer prisioneros. ¡Matad y no apresad, el que traiga un prisionero será muerto con él¡ era la orden. Murieron más musulmanes después de la batalla que en ella. La caballería cristiana no paraba de alancear y derribar musulmanes allá donde los encontrara. La matanza duró hasta la noche. Cerca de 20.000 musulmanes muertos cubrían los llanos de Tolosa. Los cristianos tuvieron 12.000 muertos.
Exterminados los almohades, se inició el saqueo del campamento.
Toda la intendencia montada en la Mesa del Rey fue trasladada hasta donde había estado el campamento árabe.
Permanecieron en el lugar esa noche, y el día y la noche siguiente. El día 18
levantaron el campamento y se trasladaron un poco más al sur. El olor de los
cadáveres en descomposición acelerada por los calores de julio hacia imposible la permanencia en el lugar.
La victoria conseguida,por un lado, exaltó los ánimos de conquista cristianos y por otro, la noticia de la terrible matanza llenó de miedo las poblaciones más al sur, de tal forma que cuando el ejército cristiano, después de conquistar Vilches, Baños y Tolosa llegó a Baeza tres días después, lo único que encontró en la ciudad fueron ancianos e impedidos para huir que se habían refugiado en la mezquita mayor, que fue incendiada con todo su contenido. Tras caer Baeza pusieron sitio el lunes 23 a Ubeda.
Para salvar sus vidas ofrecieron pagar un rescate de un millón de maravedíes de oro, pero los obispos recordaron a Alfonso VIII la prohibición papal de hacer trato con infieles. La población fue degollada.
Crisanto Martín aún seguía avergonzado por lo ocurrido y aquél sentimiento le
marcaría durante toda su vida.
La conquista de las plazas que quedaban hasta la costa mediterránea no pudo
continuar porque entre la disentería, el cansancio de las tropas y enfermedades
consecuencia de sus excesos con las moras cautivas hicieron enfermar una gran parte del ejército, por lo que se decidió regresar a Toledo, donde Alfonso VIII entró cubierto de gloria; ya le llamaban El Noble.
Sancho de Navarra y Pedro II regresaron a sus respectivos reinos, así como las Ordenes Militares y las dignidades eclesiásticas, cargados todos de gloria y con cuantioso botín.
Alvaro Núñez de Lara se ocupó del negro capturado, a quien encerró no en una
mazmorra, pero sí en lugar seguro del Alcázar, con buena comida y ropa. No sabía que hacer con él. De lo único que estaba seguro era de que aquel negro, fuera esclavo, im-esebelén, musulmán o de otra creencia, era un hombre de un valor y coraje extraordinario como tuvo ocasión de comprobar en el asalto del palenque de An-Nasir, y que merecía consideración. El buen trato no aplacó la dureza de la mirada del negro ni aquel fuego que parecía haber en sus ojos, pero al menos, el Alférez Mayor de Castilla consiguió enterarse de su nombre. Se llamaba Oono.
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