miércoles, 23 de enero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.

CAPITULO II (24.01.2013)

Crisanto Martín estuvo presente en la reunión con el Rey, así como también el Alférez Real. Ambos sabían de qué trataba la misión y cual era la finalidad de la misma, pero el propio Rey les había exigido que no la desvelaran bajo pena de provocar su enojo, hasta que él mismo levantara la prohibición.
Tumbado en el lecho, en su aposento dentro del castillo y muy próximo a la Cámara Real en la que suponía que plácida y felizmente dormía su Rey Alfonso VIII de Castilla y ya conocido como el de Las Navas de Tolosa, y su Reina Doña Leonor Plantagenet, hermana de Ricardo I de Inglaterra, conocido como Corazón de León y Juan I, al que llamaban Juan Sin Tierra, Crisanto Martín tampoco conseguía conciliar el sueño. La reunión de aquella tarde le traía a la memoria lo ocurrido algunos meses antes, y su directa relación con la misión que al amanecer iniciaría el caballero que había ido a buscar aquella tarde por orden del Rey.

Eran recuerdos desde aquella última semana de mayo y la primera de junio durante las cuales una auténtica y variopinta marea humana llegaba a Toledo respondiendo a la llamada de Inocencio III que otorgaba indulgencias a todos aquellos que se unieran a la cruzada de Alfonso VIII de Castilla contra los infieles musulmanes.
Llegaban miles de cruzados allende de los Pirineos: franceses, lombardos,
provenzales, nobles con sus mesnadas como el Conde Centulo de Astarac o el
Vizconde Ramón de Turena, peones a pie, hidalgos, caballeros de las Ordenes de Calatrava, de Santiago, del Temple y de Malta; el Arzobispo Guillermo de Burdeos, el Obispo de Nantes, y el legado pontificio en Occitania e inquisidor Arnaldo Amaury, que acababa de ser nombrado Arzobispo de Narbona, sumando en total unos 30.000 combatientes, así como caballeros gallegos y asturianos que acudían por decisión propia y también de Portugal y León, que lo hicieron sin la asistencia de sus reyes.
También acudían cientos y cientos de villanos, mujeres y hasta tullidos que lo hacían para conseguir el perdón de sus pecados prometido por el Papa a todos aquellos que acudieran a luchar contra los musulmanes. No faltaban tampoco quienes lo hacían por razones menos espirituales, casi siempre presentes en los grandes movimientos de masas como los pícaros, prostitutas, pedigüeños,…

Quienes pudieron, se instalaron en la ciudad, pero los más lo hicieron a lo largo de las orillas de Tajo en zonas que había previsto para ese fin el Arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada .

Recordaba Crisanto Martín con nitidez, pues fue el primero en llegar a Toledo, la llegada del Rey de Aragón, Alfonso II, amigo y primo de Alfonso VIII, con sus tres mil caballeros y acompañamiento, así como Berenguer, Obispo de Barcelona y García, Obispo de Tarragona. Le preocupaba que ni el rey de León, Alfonso IX ,ni el de Navarra, Sancho el Fuerte, acudieran a sumarse al ejército de Castilla, ya que no confiaba mucho en el efecto disuasorio de la orden papal al Arzobispo de Toledo y a los Obispos de Zamora, Tarragona y Coimbra para que excomulgaran a cualquier príncipe español que rompiera las treguas con Castilla o entorpeciese la cruzada iniciada por Alfonso VIII contra los almohades.
Durante la acampada en Toledo fueron muchos los extranjeros que impacientes por conseguir botín cuanto antes, por intolerancia hacia otras culturas y religiones como la judía o por la propia tensión de la espera, asaltaron la judería toledana apropiándose de sus bienes e incluso asesinaron a algunos ocupantes, todo lo cual molestó sobremanera a Alfonso VIII, pues si algo caracterizaba a Toledo entre otras cosas, era la convivencia pacífica entre cristianos y judíos.

No podría el leal capitán olvidar aquel luminoso miércoles 20 de junio cuando las tropas concentradas en Toledo iniciaron su marcha hacia el Sur conducidos por el riojano Don Diego López de Haro, Abanderado del Rey de Castilla y Señor de Vizcaya, y como tras cuatro días de marcha con las noches iluminadas por la luna llena señoreando un cielo de infinitas estrellas, llegaron a la aldea de Malagón y ante su imponente castillo que, desde la derrota de D. Enrique a manos del emperador de Marruecos Yussuf II, permanecía en poder de los musulmanes.
Aún le asombraba la escasa resistencia de sus ocupantes ante el ataque de los
cristianos y su pronta rendición a cambio de sus vidas. Entregada la fortaleza y a pesar del acuerdo, los cruzados extranjeros, principalmente los franceses, hicieron caso omiso del mismo y pasaron a cuchillo a todo aquel que encontraban contraviniendo así lo ordenado por Alfonso VIII quien había dispuesto un trato humanitario para con los musulmanes vencidos, por lo que al ser reprendidos, algunos cruzados, molestos, desertaron.
A mediodía del jueves 25 llegaban a Malagón el resto de las tropas de Alfonso VIII y de Pedro II de Aragón.
Era un ejército numeroso el formado por las tropas de Castilla y sus aliados, sumando un total de unos 110.000 hombres que al mando del Rey de Castilla continuaron la marcha hasta la plaza fuerte de Calatrava , sin más obstáculo por medio que el río Guadiana, al que los árabes llamaban Uadi Anas. Recordaba con tristeza Crisanto Martín la pérdida de muchos peones y caballos al intentar cruzar los vados del río en los que las tropas musulmanas había esparcido miles piezas metálicas con cuatro puntas, que llamaban abrojos, y que al pisarlas se clavaban en los pies de los hombres y en las pezuñas de los caballos inutilizando a unos y otros. Pese a todo, cruzaron el río Guadiana y continuaron su imparable marcha hacia Calatrava, plaza
fuerte muy importante por tratarse de paso obligado del camino de Córdoba a Toledo y que había sido arrebatada a la Orden de Calatrava por los almohades tras la
derrota de Alfonso VIII en Alarcos. En las proximidades montaron sus tiendas y
durante tres días hicieron los preparativos para su asalto, más por la necesidad de proveerse de vituallas, de las que andaban escasos, que por el peligro militar que suponía tener que reducir a un guarnición que no podía ser numerosa, aún cuando estaba dirigida por un acreditado jefe militar, como era el andalusí Aben Cadis, que por haberse rendido, el Sultán Al-Nasir ordenaría días más tarde su decapitación. El asalto fue el martes 30 y, al igual que antes lo hiciera Malagón, Calatrava capituló a cambio de la promesa del Rey de perdonarles la vida, lo cual terminó de crear el descontento entre los cruzados extranjeros que decidieron abandonar la empresa y regresar a sus lugares de origen. De los 30.000 llegados sólo se quedaron no más de 150 y entre ellos estaba el Arzobispo de Narbona con sus tropas y el caballero Teobaldo de Blasón. Muchos de los que se fueron lo hicieron saqueando la juderías
de las poblaciones que encontraban en su camino y asesinando a sus ocupantes, llegando incluso a intentar apoderarse de Toledo contando que la ciudad estaba indefensa.
En Calatrava permaneció el ejército cristiano unos días para descansar y saciar el hambre.
Al alba, Crisanto Martín subió a las almenas de la Torre del Homenaje mirando con tristeza por aquella llanura inmensa sin poder evitar fijarla en un punto del horizonte donde, aunque no lo pudiera ver, sabía que estaba Alarcos, aquél enclave cristiano entonces y musulmán desde aquel nefasto día de 19 de julio del mil y ciento diez y nueve, en que Yussuf II había derrotado estrepitosamente a Alfonso VIII de Castilla. Se imagina que al igual que él, el Rey ,que tenía esa derrota clavada en el corazón como un puñal que le quitara lentamente la vida, estaría también pensando en lo cerca que estaba, apenas a dos jornadas, de poder apagar la sed de venganza que desde hacía 17 años le atormentaba. Seguramente en su interior se estaba produciendo una
terrible y agotadora lucha entre su corazón que le pediría que no esperara, que era el momento de la venganza y su cabeza recomendándole prudencia, pues la venganza es un plato que ha de servirse frío.
Tampoco la vista de aquel paraje yermo le traería buenos recuerdos a Don Diego López de Haro, y aunque no directa ni oficialmente, todos le responsabilizaban de la derrota, poniendo en solfa su valor y capacidades hasta el punto que desde entonces le llamaban Diego López de Haro, El Malo.
Los recuerdos se sucedían en la cabeza de Martín; recuerdos tristes por la derrota, por sus amigos caídos atravesados por las flechas moras, por la vergüenza de la derrota y otros de legítimo orgullo, pues él se había batido sin tregua, sin concesión alguna al desfallecimiento, descabezando con su espada moros a diestro y siniestro, pero lo que más le enorgullecía fue el hecho casual de que, encontrándose en un momento determinado de la lucha cuerpo a cuerpo a un costado de su Rey, se dio cuenta que uno de aquellos agarenos se disponía a lanzar un golpe de cimitarra a la espalda de su Señor, por lo que para evitar que fuera ensartado, desatendió su propia defensa y girando sobre la silla de su caballo clavó su espada entre las costillas del
moro, lo que le costo recibir un golpe de cimitarra en su brazo izquierdo que podría haberle seccionado el brazo y puede que hasta la vida, sino fuera que al girarse sobre la silla, su caballo hizo un movimiento extraño por lo que el golpe de cimitarra fue de refilón y resbalando sobre el guantelete terminó abollando el quijote del muslo
izquierdo. Volviéndose rápidamente y a contramano, ensartó su espada en la garganta del musulmán que le había lanzado el golpe.
El Rey no pareció entonces darse cuenta de lo ocurrido y siguió luchando con enorme bravura y a su lado él, a pesar de la dificultad para manejar la riendas del caballo con su mano izquierda, ya que el golpe en el codo había sido fuerte y tampoco era joven, pues acababa de cumplir los 52 años, que no era poco en un hombre de armas.

Habían pasado tres semanas desde que las tropas castellanas tuvieron que retirarse derrotadas y humilladas, cuando el Rey le mandó llamar:
- Luchasteis a Nuestro lado con gran valor y además salvasteis la vida de vuestro Rey que, aunque a gusto la hubiera dado a cambio de vencer al musulmán, hoy agradece a Dios Nuestro Señor que hubiera utilizado vuestro brazo para protegerla, sin duda porque Su Voluntad es la de que continúe la lucha hasta la expulsión total de los infieles de nuestra cristiana tierra. Sois hombre en quien confiar y desde hoy serviréis a vuestro Rey como tal y como capitán de su ejército.
Tras agradecer el honor y reiterarle su lealtad, Crisanto Martín asumió su nuevo status y lo ejerció con la eficacia y serenidad con la que acostumbraba a hacer todo aquello que le era encomendado.

Alfonso VIII dejó en Calatrava a Pedro II esperando la anunciada llegada de Sancho VII de Navarra con sus tropas, mientras Él se dirigía, por fin, a saldar su deuda de Alarcos y conquistando, además, las fortalezas de Piedrabuena, Benavente y Caracuel entre los días 5 y 6 de julio, dirigiéndose a continuación a Salvatierra donde, recuerda Crisanto Martín, al atardecer del día 7 llegaron Pedro II con su ejército y un contingente de doscientos hombre armados a caballo. Eran los caballeros con los que el Rey Sancho VII de Navarra contribuía a la causa y a los que personalmente mandaba, seguramente pensando que era mejor dejar sus rencillas territoriales con Alfonso VIII aparcadas hasta mejor ocasión y, en cualquier caso, apuntarse a compartir la gloria que la posible derrota de los almohades les proporcionaría a quienes en ella participaran.
Desde ese día hasta el lunes 9, las tropas estuvieron acampadas y preparándose para el inevitable enfrentamiento con los almohades, a una media legua del castillo de Salvatierra, fortaleza construida sobre un promontorio rocoso y desde que se controlaba el paso obligado desde el Campo de Calatrava hasta el paso del Muradal.

El miércoles 11 el ejército cristiano montó sus tiendas al pie del puerto del Muradal, en las Fresnedas, en las proximidades del desfiladero de La Losa, un desfiladero de paredes abruptas y desniveles de más de 450 pies de altura. Arriesgarse a cruzar la sierra por tal desfiladero, sería un suicidio pues bastaría un pequeño grupo de hombres situados en las alturas para acabar con el ejército mejor preparado tan pronto entrara en el angosto paso, así que Don Diego López de Haro, que capitaneaba las tropas de vanguardia, dio instrucciones a su hijo Don Lope Díaz de Haro para que con un grupo de hombres se adelantaran y reconocieran el terreno buscando una posición ventajosa.
El grupo de treinta hombres dirigidos por Don Lope, pronto alcanzó la meseta del Muradal, desde la que pudieron ver una planicie llamada de las Navas de Losa o Tolosa que podría serles favorable para presentar batalla allí. Pero una avanzadilla mora que estaba instalada en la torre de vigía de Castro Ferral, precisamente para controlar el desfiladero divisó a las tropas de Don Lope. Tras unos primeros actos de hostigamiento por parte de los moros, decidieron replegarse y abandonaron el castillo.

Informado de la situación el ejército cristiano, parte de éste se puso en marcha y al día siguiente acampaba en la meseta para reforzar la posición tomada el día anterior por Don Lope Díaz. El resto del ejército, unos 70.000 hombres, llegaron el viernes 13.

En la mañana del sábado 14, Alfonso VIII convocó a su tienda a los reyes de Aragón y de Navarra y al Arzobispo de Toledo para conocer su opinión sobre como afrontar la dificultad que suponía la necesidad de atravesar el desfiladero si se quería plantar batalla en los Llanos de Losa.


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