domingo, 20 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXX (21.01.2013)
Ana conducía sin prisas por la N-VI en dirección a Astorga. En la Oficina de Turismo había preguntado dónde podría probar el cocido maragato, pues estando en León, casi era obligatorio hacerlo. Elisa, la jefa de la Oficina, le indicó que la fama del buen cocido maragato la tenía Castrillo de los Polvazares, en plena Maragatería. Allí había varios restaurantes especializados como el Entrepiedras, el mesón La Magdalena, El Arriero o Casa Coscolo que no quedaban muy lejos, pues cogiendo la A-6, en diez minutos podía estar en Astorga y desde allí, hasta Castrillo había unos cinco kilómetros. En total podría tardar unos veinticinco minutos.
Le apetecía probar el famoso cocido maragato, especialmente por la curiosidad de ver lo que ya sabía por algunas amigas de Gijón que lo habían probado, como era lo de comer las siete variedades de carne al principio, después los garbanzos con la berza y las patatas y por último la sopa, pero también porque yendo a comer a Castrillo de los Polvazares, entre ir, comer, visitar el pueblo y regresar, le darían fácilmente las seis de la tarde, hora sobre la que estimaba ya habría llegado el fax de la farmacia de Veguellina.
Casi al final de la cuesta que hacía la N-VI cruzando Astorga, vio a su izquierda el cartel que indicaba la carretera de Castrillo que, tal como le había informado Ana, estaba a unos cinco kilómetros. Aparcó en la zona habilitada para ello a la entrada del pueblo, antes del puente y donde estaba la marquesina de la parada del autobús. El acceso al pueblo era a pie para los no residentes, así que se dispuso a caminar por aquella calle que le pareció la principal y que seguramente lo sería pues se llamaba la Calle Real. Estaba empedrada en vez de asfaltada y las casas a ambos lados eran casas de una arquitectura singular, con grandes portones que, tal como le explicaron más tarde, servían para que las carretas de los arrieros pudieran entrar en los patios. No había decidido aún en que restaurante entrar de los que Elisa le había anotado en un post-it, así que fue subiendo la calle identificando a El Arriero primero, un poco más arriba La Magdalena y casi al final el Entrepiedras donde, después de echar un vistazo al patio interior, decidió quedarse.
Disfrutó con el cocido maragato que acompañó con un vino de la casa. Sentía una enorme curiosidad por saber a qué se debía ese orden a la hora de servir loas platos, así que cuando terminó y al tiempo que le pedía el café, le preguntó por ello al camarero.
- Proviene – empezó el camarero – de cuando los arrieros, en sus largos desplazamiento, llevaban en su fiambrera de madera la carne de cerdo cocida, y al llegar a los mesones, comían primero la comida que ellos llevaban, que estaba naturalmente fría, y para calentar sus estómagos pedían al mesonero una sopa o caldo caliente.
- ¡Qué interesante y bien pensado ¡ -comentó Ana – Muchas gracias por la información.
Se sentía estupendamente, pues ya había probado el cocido maragato y, por lo tanto, podría hablar de él y además conocía la razón de por qué la sopa se tomaba al final. Había sido un acierto comer en Castrillo – se dijo.
Paseó despacio por las calles empedradas deteniéndose delante de algunas casas que le llamaron la atención por la belleza arquitectónica de sus fachadas arrieras.
Miró el reloj. Eran las cinco y media, hora de regresar a La Bañeza a donde llegó media hora después. No vio el coche de Roger delante del hotel, así que supuso que aún no había regresado de la planta embotelladora. Mejor, pues no quería que se vieran antes de que ella tuviera el análisis del agua.
Preguntó en recepción si había algo para ella.
- Ha llegado un fax para usted hace unos diez minutos – le dijo la recepcionista al tiempo que se lo entregaba.
- Gracias – le dijo Sana con una sonrisa.
Subió a su habitación notando que los nervios empezaban a hacer acto de presencia. Deseaba de todo corazón que los análisis no coincidieran, pero ¿y si no era así? No se decidía a cotejarlos. ¿No será mejor concederle el beneficio de la duda? Ana trataba de convencerse, de buscar alguna razón que le evitara tener que comparar los resultados. Le gustaba Roger, le importaba y aunque no se le había pasado, al menos seriamente, por la cabeza la posibilidad de un futuro en común, eso no sería posible si ambos análisis reflejaban los mismos resultados. Pero si decidía dar por buena la información que le había dado Roger y su relación continuaba ¿sería ella capaz de vivir esa relación manteniendo la duda en su cabeza habiendo podido despejarla? ¿Podrían vivir en armonía cabeza y corazón? No. No podía permitirse ser cobarde y meter la cabeza bajo el ala. Cotejaría los análisis y si el resultado no era el esperado, pues… a olvidarse del hombre con el que había pasado la noche del domingo, si podía, claro.
Extendió sobre el escritorio el fax que acababa de recibir. A su lado colocó el que se le había caído a Roger. Sentía el fuerte latir de su corazón en las sienes.
Fue mirando uno a uno los distintos elementos, que estaban en el mismo orden en ambos, y sus valores en la segunda columna. A medida que avanzaba notaba como el vacío en su estómago se iba haciendo mayor. Coincidían en todo. Los resultados eran idénticos. La única diferencia estaba en las notas a pie de página, manuscritas y difíciles de leer en el de Roger y escritas a máquina en el de la farmacia. En este también se señalaba el alto contenido de cobre y selenio y presencia apreciable de iones de Zinc.
No había ya duda alguna. Roger la había mentido ¿Por qué? ¿Con qué finalidad? No se le ocurría razón alguna para explicarlo, pero estaba decidida a saberlo cuando se encontrar con él esa noche en el hotel.
No se sentía bien o, por ser más precisa, se sentía mal. Ella no le había buscado. Fue él quien se acercó y quien entabló conversación con ella. Fue él quien se ofreció a acompañarla en su investigación, quien la invitó a cenar en el Moja el gallo, el que la acompañó al Alfar de Jiménez, y fue él quien se ofreció a facilitarle su trabajo realizando el análisis del agua de la manga. ¿Qué sentido tenía tanta amabilidad si pensaban engañarla? Pero, sobre todo, y esta era la pregunta que machacaba su cabeza ¿por qué? ¿Qué buscaba? ¿Qué pretendía con el engaño? Realmente estaba dolida, muy dolida.
A las ocho y media bajó a la cafetería. En el bolso llevaba los dos análisis. Se sentón la terraza y pidió una cerveza. Desde allí vería la llegada de Roger y cuando él la viera se acercaría. Sería entonces el momento de pedirle explicaciones. Un cuarto de hora más tarde, Roger aparcaba su coche delante del hotel. Cuando vio a Ana, tal como ella había supuesto, se acercó.
- Hola, Ana. Buenas tardes – saludó.
- Buenas tardes- contestó ella con la seriedad reflejada en su rostro.
- ¿Ocurre algo, que te veo muy seria? – preguntó al tiempo que se sentaba.
- Tú sabrás – contestó ella con sequedad.
- No te entiendo ¿Qué quieres decir? ¿Qué he de saber yo?- preguntó extrañado.
- ¿Acaso no tienes nada que contarme sobre lo del agua? – le respondió mirándole fijamente a los ojos.
- Ya te dije lo del análisis y siento que fuera ese el resultado, pero no es culpa mía. Yo solo he sido el mensajero.
- Pues no has sido muy bueno en tu misión, pues el buen mensajero no altera o deforma el mensaje.
- ¿Qué quieres decir?
- Lo que oyes. El informe que me diste por teléfono sobre el resultado, no se correspondía con el que contenía el del laboratorio. ¿Estoy equivocada?
- Y tú ¿cómo sabes eso? – se quedó unos instantes pensativo - ¿Has encontrado el informe que he perdido, verdad?
- Así es- contestó ella- Se te cayó en mi habitación y leerlo, aún sin entender bien su contenido, me ocasionó una profunda decepción. Nunca hubiera creído que me tomaras por tan tonta como para engañarme de una forma tan burda y…
- No es lo que parece – la interrumpió él- Y si me dejas explicártelo, lo comprenderás.
- No sé qué explicación puedas tener para que comprenda que es lo mismo un agua común que un agua con componentes minerales infrecuentes, porque así es el agua de la manga.
- Es cierto. Así es el agua que mandé analizar. Es rica en minerales y tiene unos componentes antioxidantes en niveles al límite de lo permitido y con presencia de Zinc, lo que no es nada habitual, pero eso no la convierte en el agua milagrosa que tú pensabas, pues
con esos parámetros, y eso sin contar con el contenido bacteriológico, no es apta para el consumo humano. Por tanto, no puede ser la causante de las avanzadas edades de las gentes que en el pasado la consumieron. Es por esa razón – continuó diciendo en voz baja, pero firme – por la que a esos efectos, en mi opinión, no merezca otra calificación que la de agua común.
Ana, con el rostro serio escuchaba con atención.
- Y si esa opinión te merece después de conocer el resultado del análisis el lunes por la tarde ¿por qué motivo fuiste al Ayuntamiento ese mismo día, antes de conocer el resultado, a buscar información sobre la manga?
- Veo que estás bien informada, lo que confirma tus buenas dotes como investigadora- dijo él.
- Sí, estoy bien informada, pero hubiera deseado que esta información me la hubieras dado tú y no que me haya enterado accidentalmente.
- Tanto si me crees como si no, te diré que fui al Ayuntamiento a pedir información sobre la manga, toda la que pudieran tener con el objeto de conocer los valores de análisis anteriores, si se habían hecho y así poder compararlos con los que reflejaran los del agua que cogimos tú y yo, pues esos valores no tienen por qué mantenerse inmutable a lo largo de los años o como en este caso, y es lo más probable, de los siglos. Alguno o algunos de los minerales del subsuelo por donde circula el agua del manantial, pueden haberse agotado o haber reducido su presencia de forma que el agua apenas contenga pequeñas trazas de ellos en la actualidad, cuando en el pasado su presencia podía haber sido destacable. O incluso no haber sufrido ninguna variación durante siglos ¿Me sigues? – preguntó.
- Continúa, que te escucho atentamente.
- Pues para comprobar eso y aceptar que el agua de la manga pudiera estar entre las causas de la longevidad de los primitivos Egurros y de sus descendientes, necesitaba esos datos que, lamentablemente, en el Ayuntamiento no tenían.
- No termino de entender la necesidad de esos datos, pues si tal como me dijeron las personas con la que hablé, hasta 1934 bebían de esa agua y siguen vivos y con muy buena salud, tanta que rondan los noventa años y alguno no ha visitado al médico en su vida, es lógico concluir que el agua es apta para el consumo humano a pesar de que algunos valores estén al límite de los permitido por la legislación sanitaria, y que difícilmente se podrían encontrar análisis con una antigüedad más allá de los cincuenta años, tiempo que se me antoja insignificante para que la calidad del agua pueda sufrir modificaciones importantes de forma natural. ¿No crees?
- Estoy de acuerdo lo que dices – contestó él – pero mi trabajo me obliga a ser metódico y a no dar por hecho lo que no he podido comprobar. Pero, querida Ana , también tengo que decirte, que la búsqueda de esos posibles análisis antiguos no era la única razón de mi visita al Ayuntamiento, y esto que te voy a decir, te lo hubiera contado antes si el agua hubiera sido potable, oficialmente, se entiende.
Ana le miró ahora interesada.
- Cuando me contaste la historia y los datos de tus entrevistas – continuó Roger – pensé que si la causa era el agua y así lo podían sugerir los resultados del análisis, y ésta era apta para consumo humano, el potencial económico de tu descubrimiento era de una importancia enorme. ¿Te imaginas lo que sería comercializar un agua capaz de alargar la existencia? No sé si conoces la millonada de euros anuales que se gastan en cremas, pomadas y tratamientos de todo tipo para retrasar la aparición de las arrugas, por ejemplo. Así que imagínate lo que sería que el mercado dispusiera de un medio de eficacia probada no solamente para lograr ese retraso, sino para que la gente pudiera vivir más años. Sería el negocio del siglo. ¿Te das cuenta?
- Y… ¿qué tiene eso que ver con la visita?
- La visita tenía por objeto saber a quién pertenecía el terreno de la manga, pues si al final todo salía según habías imaginado ¿por
qué no contemplar la posibilidad de sacar rentabilidad económica a tu descubrimiento?
- ¿Cómo le sacarías esa rentabilidad?- preguntó Ana.
- Comprando los terrenos, solicitando una autorización de explotación del manantial y levantando una planta embotelladora.
- ¿Y eso es lo que harías tú?
- No. Sería algo que haríamos los dos. Tú y yo, si me aceptaras como socio. Tú como descubridora y yo como experto en la gestión. Pero... eso era si el agua reunía los requisitos que establecen las leyes y, al no hacerlo, no nos permitirían comercializarla.
Ana, con la cabeza inclinada hacia delante, permaneció en silencio. Se estaba reprochando su comportamiento, el haber desconfiado de Roger cuando en ningún momento había dejado de tenerla en cuenta en lo que hacía. Había sido injusta y...
- Tengo que confesarte - le dijo mirándole a los ojos – que creía que me habías engañado tanto al decirme el resultado del análisis hecho por ti como por no decirme lo de la visita al Ayuntamiento, así que …
- Y no te culpo por ello – la interrumpió – pues por pretender que no te siguieras ilusionando en vano, consideré que era mejor no contarte los pasos que, compartiendo yo tu misma ilusión, había dado por si esa ilusión se materializada según nuestros deseos. Fue una torpeza mía y te ruego que me disculpes por ella. Lo siento de veras.
- No. Soy yo la que se disculpa – la mirada de Ana era ahora radiante.
- Mira, dejémonos ya de disculpas mutuas y vayamos a celebrar con una buena cena el éxito de tu investigación, pues has logrado descubrir el contenido de aquellas hojas arrancadas del libro y saber lo que Alarico le dijo Teodegonda sobre el contenido de los barriles de Bertulfo.
- Tienes razón- concedió Ana- Ahora ya dejaré de preguntarme qué descubrió Bertulfo y qué fue lo que calmó la ansiedad de
Teodegonda y acabó con sus angustias. Aunque también será una cena de despedida, pues mañana vuelvo a Gijón.
- Y yo a mi trabajo en Barcelona, pero no pensemos en eso ahora, pues aún quedan muchas horas para que ocurra.
- Tienes razón. Vivamos el presente antes de que se convierta en pasado. ¿Vamos?
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