sábado, 19 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXIX (20.01.2103)
asaba ya de la medianoche cuando Ana sugirió que era hora de retirarse. Roger subió con ella por las escaleras y la acompañó hasta la puerta de su habitación. Ana, con la puerta entreabierta, se volvió hacia él.
- Ha sido una velada agradable dadas las circunstancias – dijo – Buenas noche y que descanses.
- ¿No quieres que entre?- preguntó el algo sorprendido.
- Prefiero que no, pues aunque haya dormido esta tarde, estoy algo cansada.
- Solo será un momento. El suficiente para que tomemos una copa más- insistió él.
- Lo siento, créeme, pero es que la que tomé parece que me ha despertado el dolor de cabeza y …
- Está bien. Como quieras. Buenas noches- Su tono no ocultaba contrariedad.
- ¡Hasta mañana¡- se despidió ella entrando en la habitación y cerrando la puerta.
La negativa de Ana había contrariado sobremanera a Roger que creía que tener a su presa totalmente cautiva, y acababa de descubrir que se le había escurrido. Se había prometido una gran noche, mejor aún que la anterior, pues de aquella mujer no solamente iba a gozar en la cama, sino que además de ella había obtenido información y datos que, junto con el informe analítico del agua de la manga, que cuidadosamente guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta con las observaciones del bioquímico, le ofrecían una perspectiva de negocio muy provechoso, tanto que quizás hasta pudiera crear su propia empresa de aguas de mesa.
La gran noche se había frustrado, pero la perspectiva de negocio seguía viva y eso era, en definitiva, lo que más le importaba. Cierto es que Ana era un bocado muy apetecible y que ya había probado la noche anterior, pero… mujeres había muchas en Barcelona para satisfacer sus deseos depredadores.
¿O no era así y estaba tratando de convencerse a sí mismo que de aquella mujer le interesaba algo más que acostarse con ella? La verdad era que le gustaba mucho, más de lo que le convenía para considerarla objetivo de su cacería. Había en ella algo que, sin darse cuenta o dándose, pero muy a su pesar, se había colado en su corazón hasta entonces siempre dispuesto a cerrase al menor intento de penetración de sentimientos provocados por una mujer. Le costaba aceptarlo, pero así era. Le gustaría formar parte de la vida de aquella mujer y que ella lo formara de la suya.
Mientras subía por las escaleras ocupado con estos pensamientos, instintivamente, al pensar en los análisis del agua, llevó la mano derecha al bolsillo interior de su chaqueta y… se paró a media escalera. El informe no estaba en el bolsillo. Busco en los demás y tampoco. Había perdido el informe y con él las importantes observaciones a pie de página. Estaba seguro que lo había guardado en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuando salió de la planta embotelladora, la dejó en el asiento trasero del coche. Quizás se le había caído ahí.
Decidió bajar a comprobarlo. El asiento estaba limpio. Tampoco estaba en el suelo. Repasó sus movimientos desde que llegó al hotel. Recordaba que había cogido la chaqueta pero no se la había puesto y, con ella en la mano entró en la cafetería unos minutos antes de las nueve para esperar a Ana. Como esta tardaba, subió a su habitación y cuando ella le invitó a pasar, dejó la chaqueta sobre una silla. Entró en el bar y echó un vistazo al suelo a lo largo de la barra, por si se le había caído allí.
- ¿Se le ha perdido algo, Señor? – le preguntó la camarera.
- He perdido un documento y pensaba que quizás se me hubiera caído al suelo antes, cuando estuve aquí, pero parece que no – contestó – De todas formas no era importante. Una simple analítica de aguas. Gracias.
Como no había subido a su habitación desde que vino de la planta embotelladora, allí no podría estar, por lo que el único sitio posible era la habitación de Ana. Menos mal que ella no entendía nada de aguas ni de tecnicismos químicos, y aún en caso contrario, si es que lo encontraba, seguramente pensaría que se trataba de algún análisis relacionado con la planta embotelladora, pues no nada había escrito sobre la manga en el documento.
Estuvo tentado de dar media vuelta, llamar a su puerta y preguntárselo, pero decidió no hacerlo. Se lo preguntaría al día siguiente y sin darle importancia. Sería lo mejor.
Ana estaba furiosa, aunque no sabía bien si era con Roger por no haberle contado lo de la visita al Ayuntamiento manteniendo así en ella la desconfianza, o con ella misma por dar importancia a un hecho que quizás no la tuviera. Puede que se le olvidara o simplemente que, al no resultar positivo el análisis del agua, todo lo demás relacionado con la manga carecía de importancia y que por eso no se lo contara. ¿Había vuelto a comportarse como una persona inmadura? Era lo más probable- pensó – pero ya no tenía remedio. No podía llamar a Roger y decirle que sí le invitaba a esa última copa porque ya se le había pasado el dolor de cabeza. No. No podía dar ya marcha atrás.
Al ir a colocar el vestido en el armario, se fijó en un papel doblado bajo el escritorio. ¡Qué raro¡ - se dijo. Lo cogió y al abrirlo pudo ver el anagrama de una empresa: Aguas de la Val d’Ornia. En una casilla a la izquierda superior del documento se informaba sobre su contenido: Análisis nº 0107/2011 y a la derecha la fecha: 11/07/2011. Datos delo solicitante: D. Roger Bassols.
Este análisis es de hoy – dijo en voz alta - ¿Será el del agua de la manga que pidió Roger? No, no puede ser, pues me lo habría dado. Puede que se olvidara de lo del Ayuntamiento, pero de darme el informe aunque fuera desilusionante… Tiene que ser de algo relacionado con la compra que quiere hacer de esa empresa. Seguro.
Siguió mirando el informe que tenía cuatro columnas. En la primera, a la izquierda figuraban las características y composición: olor, sabor, color, turbidez, pH y continuaba con los nombres de diferentes elementos como Amonio, Nitritos, Calcio,Oxidabilidad, Hierro, Cobre…En la segunda columna, estaban indicados los Valores obtenidos, lo que le permitió comprobar que todos los valores estaban por debajo del Valor límite indicado en la tercera columna, a excepción del Cobre que coincidía con ese valor: 2 mg/l.
A pie de página y manuscritas con una caligrafía retorcida, había unas notas que debían ser importantes, pues estaban remarcadas de color amarillo. Pudo leer algo así como la presencia de … de ¿Selenio? y de Cobre, en el límite de los valores admisibles, así como ¿iones? de Zinc, elemento infrecuente en la composición del agua … seguían después dos palabras que no pudo descifrar y continuaba … vinculados a la glutación peroxidasa… nuevamente otra palabra indescifrable …que actúan como antioxidantes protegiendo contra la toxicidad de los radicales libres.
De esas notas, lo único que entendía era lo de los radicales libres, pues en los anuncios de la tele siempre se hacía referencia a ellos como responsables del envejecimiento de la piel.
Le devolvería el informe a Roger cuando lo viera al día siguiente. De pronto se le ocurrió una idea que podría restaurar la confianza en él y, al mismo tiempo convencerle a ella misma de que estaba siendo suspicaz si razón alguna para ello. Le entregaría el informe al día siguiente, pero no antes de tener ella el que había encargado y así los cotejaría. Si el de Roger era del agua de la manga, tendría que coincidir con el suyo en todo, pues se trataba de la misma agua y recogida al mismo tiempo, en cuyo caso la desconfianza estaba más que justificada, ya que las notas a pie de página indicaban alguna singularidad que, aún desde su desconocimiento en la materia, le permitían concluir que el agua no era tan común como él le había dicho y, además señalaban la relación de algunos compuestos con los radicales libres. Por el contrario, si no coincidían, sería obvio que ella se había comportado injustamente con él y tendría que pensar en una reparación.
Pero ¿y si él se había dado cuenta de la pérdida del informe y por la mañana, antes de ir a la planta, llamaba a su puerta para preguntarle si lo había encontrado en su habitación? ¿Qué responder entonces? Si le decía que sí, no podría cotejarlo con el suyo y seguiría desconfiando. Y si le decía que no y resulta que cuando, por la tarde, lo comparara con el de la farmacia, no había coincidencia, por lo tanto no se trataba de la misma agua, ¿cómo podría devolverle el suyo sin que él pensara que le había mentido por la mañana?
Ana no tenía intención alguna de levantarse temprano, pues ya nada tenía que hacer salvo esperar la llegada del fax con el resultado del análisis, y eso sería por la tarde, así que decidió que si Roger llamaba a su puerta, no contestaría,
como si estuviera profundamente dormida. Era una forma ciertamente torpe de resolver el problema, pero… no se le ocurría otra.
Su sueño fue agitado y las pesadillas relacionadas con aquello que preocupaba a su subconsciente, la impidieron descansar, así que cuando el agotamiento pudo más que la actividad de su cerebro, se quedó tan profundamente dormida que no tuvo que fingir cuando Roger llamó a su puerta. Eran las once y media cuando se despertó al oír que la puerta se abría. Era el personal de habitaciones.
- Disculpe, Señora. Creía que no había nadie. Lo siento – dijo la mujer al tiempo que se iba.
- No se preocupe – contestó Ana – Me he dormido y si no llega a ser por usted… ¡a saber a qué hora me despertaría¡
Antes de meterse en la ducha echó un vistazo por el balcón. El coche de Roger no estaba, así que se arreglaría y saldría a desayunar a la ciudad, quizás en aquella cafetería donde había estado una de las noches, en la Plaza Mayor. La Bohemia, recordó que se llamaba.
Se le hizo raro no tener ningún correo de Sandra, así que le envió uno preguntándole cómo le iba las cosas en la casa donde trabajaba y decirle que al día siguiente iba a regresar a Gijón, pues ya llevaba ocho días de vacaciones sin dar un palo al agua.
No quería contarle nada sobre Roger, pues ni ella misma sabía en qué podría terminar todo aquello y si, como no era descabellado pensar, todo quedaba reducido a un encuentro esporádico con un mal final, no había razón para decirle nada y si por la tarde comprobaba que él era legal, como solía decir Sandra, y había alguna posibilidad de que la relación se prolongara, ya llegaría el momento de decírselo.
Desayunó en la terraza de La Bohemia y después fue paseando hasta la Oficina de Turismo al recordar que tenía pendiente la visita a la fábrica de harinas. Cerraban a las dos, así que tenía tiempo suficiente y agotaría lo que quedaba de la mañana.
Saludó a Elisa y a Ana y con el folleto que le proporcionaron fue recorriendo las tres plantas del edificio con más interés del que en principio pensaba. Y es que viendo aquellas máquinas de principios de siglo XX, sus estructuras de madera, las poleas, volantes,… se imaginó a los obreros sudorosos con su boinas y caras blancas por la harina y pañuelos atados al cuello, caminando con sus alpargatas de esparto por aquellos suelos de madera también cubierta de blanco y al encargado yendo y viniendo, gritando para que le oyeran en medio del ensordecedor ruido de toda aquella maquinaria. El olor rancio de la madera mezclado con el de la grasa de los ejes y el sebo de las poleas entró por su nariz y causó en su cerebro la sensación de que no estaba imaginando nada, sino que estaba viviendo la realidad de aquellos obreros un siglo antes. Fue una sensación muy agradable la de aquel viaje al pasado.
Se alegró de haber hecho la visita. Había valido la pena.
- ¿Le ha gustado? – Era Ana la que preguntaba.
- Me ha encantado. Es todo tan auténtico que parece que el tiempo ha quedado atrapado ahí dentro y con él los espíritus de los obreros que manejaban esas máquinas – contestó Ana.
- La verdad es que te metes ahí y es como si retrocedieras cien años.
- Esa es la sensación que me ha quedado de esta visita. Es un acierto ese museo y lo recomendaré a mis amistades cuando vengan a La Bañeza o pasen por aquí.
- Muchas gracias, y si vuelve por aquí, no deje de visitarnos, que Elisa o yo le atenderemos encantadas.
- Así lo haré. Gracias y …¡ hasta otra ocasión¡
- Adiós
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