domingo, 6 de enero de 2013

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XIV (05.01.2013)

Los meses que siguieron a la partida de la expedición enviada por Alarico a la comarca donde habitaban los Egurros, trascurrieron con una lentitud exasperante para Teodegonda, pendiente cada día del regreso de Bertulfo con la información que tanto deseaba, pero no sólo fueron meses difíciles por esa causa, sino porque los problemas a los que Alarico tenía que hacer frente se multiplicaban. El descontento de la nobleza por las medidas de rey para facilitar la convivencia entre arrianos y católicos, iba en aumento, pues éstos ya fuera desde los púlpitos o en las calles, se habían entregado a un proselitismo que parecía no tener fin. No importaban los argumentos a utilizar para conseguir que abjuraran de su herejía y se proclamaran devotos católicos, siervos del papa de Roma. El temor a arder eternamente en el más insufrible de los fuegos, la excomunión de la iglesia o la amenaza de las más terribles enfermedades, eran razones que a la gente sencilla del pueblo convencían con facilidad y más aún cuando algún presbítero u obispo se atrevía a referirse al rey y a los nobles arrianos de su corte como herejes, enemigos de la Iglesia y de Cristo.

Alarico tuvo que dominar su cólera en no pocas ocasiones cuando sus informadores le contaban lo que ocurría en algunas iglesias, basílicas y hasta en la propia catedral, pues no quería intervenir de forma violenta encarcelando a los jerarcas católicos y cerrando sus templos, como había hecho su padre Eurico, tanto para no provocar un levantamiento del pueblo católico, algo no improbable, como para no dar aún más motivos a Clodoveo, muy presionado por Roma, según le informaron sus espías en la corte franca, para declararle la guerra y lanzarse sobre Toulouse haciéndose así, en caso de ganar, con el reino visigodo.
Pero hubo un momento en que estando más cercano el levantamiento de los nobles contra él que el probable ataque de Clodoveo, se vio obligado a llevar acciones ejemplarizantes para frenar las insidias de los obispos, ordenando la ejecución de Volustiano, obispo de Tours y el destierro de Cesáreo de Arlés, así como el degüello de Galactorio de Bearne, que había sido capturado cuando se enfrentaba a las partidas de arrianos que, siguiendo el ejemplo de Ricosindo, saqueaban las iglesias, perseguían a los obispos y maltrataban a los católicos a lo largo de la cordillera pirenaica, medidas que calmaron a los nobles, pero que, a buen seguro, serían utilizadas por Clodoveo para cuestionar la política tolerante de Alarico y cargarse así de nuevos argumentos para justificar una más que probable invasión de la Galia visigoda.

No estaba el rey visigodo totalmente convencido de que haber dado libertad de culto y gestión a los católicos fuera suficiente para frenar las ambiciones expansionistas del rey franco, pero si estaba seguro de que de no haberlo hecho, la confrontación que tanto deseaba evitar, ya se hubiera producido.
En previsión de que las ejecuciones llevadas a cabo y el destierro de Cesáreo de Arlés fueran utilizadas por Clodoveo para atacar Toulouse, envió un embajador a la corte de su suegro Teodorico, solicitándole que públicamente manifestase que cualquier agresión por parte de Clodoveo al reino visigodo, sería considerada como una agresión a los ostrogodos a la que respondería con contundencia.

La embajada enviada tardó más de dos meses en regresar con la respuesta de Teodorico desde Ravena, sede de la corte ostrogoda, ya que el rey se encontraba ocupado tratando de resolver el conflicto surgido con el augusto Anastasio, emperador de Oriente.
Teodorico hacía saber a su yerno que en caso de que fuera agredido por Clodoveo, él acudiría con sus tropas a auxiliarle y que de tales intenciones advertiría al rey franco. La respuesta satisfizo a Alarico temeroso de un enfrentamiento, que siempre sería en desventaja, entre los visigodos y los francos, y también a los nobles arrianos, aunque no plenamente, pues veían como el poder y la influencia de los católicos sobre el pueblo iba en aumento, restándosela, por tanto, a ellos, lo que suponía una pérdida de poder que se negaban a aceptar, por lo que con insistencia pedían a Alarico medidas que frenaran esa situación, pues si la nobleza se debilitaba, se debilitaría el reino.

Las visitas de Alarico a la cama de su esposa se fueron espaciando provocando que los celos de ella volvieran a surgir, sumándose así al estado de impaciencia que minaba su ánimo…

El ensordecedor ruido de la turbina del Helimar, el helicóptero de Salvamento Marítimo con base en el Musel al sobrevolar la bahía de San Lorenzo, le hizo levantar la vista del libro. Cuando la aeronave se alejó siguiendo la costa en dirección este, volvió a la lectura.

… cuyas consecuencias sufría Adriana, que ya no sabía ni que palabras emplear, ni que argumentos utilizar para que comprendiera que la distancia hasta aquel remoto lugar al que tenía que llegar Bertulfo era muy grande y que, como hombre concienzudo que era, no regresaría hasta asegurarse que había encontrado la causa de la longevidad de aquellas gentes que tanto asombro había producido al rey y a ella misma al saberlo, así que podría pasar varios meses y quizá hasta un año antes de que regresara. Y que si su esposo no la visitaba con la frecuencia que ella deseaba, no era por otra razón que sus múltiples obligaciones y los serios problemas por los que el reino atravesaba y que requerían toda su dedicación, pues eso es lo que necesita la diplomacia para evitar la guerra, máxime cuando los problemas eran tanto endógenos como allende las fronteras.
Estas razones esgrimía un día y otro Adriana pero sin conseguir, más que en contadas ocasiones, que aquella impaciente mujer – llegó incluso a considerarla caprichosa – comprendiera.
Solamente cuando el aya de Amalarico traía al niño para que viera como crecía y qué sano estaba, parecía salir de su desánimo. Pero estas visitas empezaron a espaciarse, ya que cada vez parecía tener menos interés y después de unas breves caricias al niño, ya con seis meses de edad, nuevamente se sumía en sus pensamientos abstrayéndose de todo lo que la rodeaba.
Adriana empezó también a impacientarse. Si Bertulfo no regresaba pronto, aquella mujer que de forma tan inmadura se comportaba, terminaría enfermando de insania, enfermedad para la que no había tratamiento conocido más allá de la ingestión de bebidas que adormecían el cuerpo y puede que con él, también la capacidad de pensar.
A finales del mes de junio, recordaba muy bien Adriana que era el viernes 27, una de las doncellas le contó que uno de los jinetes que habían ido con Bertulfo acababa de llegar para informar al rey que en día y medio llegarían los demás componentes del grupo, y que él se había adelantado siguiendo instrucciones del médico para advertir de la llegada, pues avanzaban lentamente debido al peso de la carga que traían en la carreta.
Adriana suspiró aliviada. Por fin se acabarían para Teodegonda la angustia, los nervios y la desesperación que ella, su dama, tenía que sufrir a diario desde hacía varios meses. Corrió al aposento de la reina a la que encontró tumbada en la cama, boca arriba, con la mirada perdida, como atrapada por la trama de la tela del dosel.
- ¡Señora, Señora, mi reina¡ Han llegado las noticias que esperabais. Bertulfo llegará pasado mañana. Uno de los...
Cuando las palabras de Adriana se abrieron camino en su cabeza, Teodegonda se incorporó tan bruscamente que parecía que una centella la hubiera alcanzado.
- ¿Estás segura? ¿Es eso cierto? – preguntó sin dejar que Adriana concluyera la información - ¿Qué más ha dicho ese soldado? ¿Ha hablado sobre si Bertulfo ha encontrado …
- Calmaos Señora, os lo ruego. El soldado sólo ha comunicado al rey los que os acabo de contar; nada más que yo sepa. Pero si regresa es que, seguramente, ha cumplido lo ordenado por el rey.
- ¿Y por qué no han venido todos juntos hoy? ¿Por qué aún tardará día y medio?
- Parece ser, Señora, que la razón está en la carreta, cuya carga no les permite avanzar a mayor ritmo. Al menos eso es lo que el soldado ha contado al rey, y de lo que se puede inferir lo que os decía, que Bertulfo ha cumplido con la misión encomendada, porque ¿qué puede haber en la carreta si no es algo relacionado con lo que le llevó a las tierras de Hispania?
- Tiene que ser así. No hay otra explicación. Bertulfo ha encontrado lo que se la había ordenado que buscara. Estoy ansiosa por su llegada
La mujer angustiada, nerviosa, abatida y a punto de enfermar, de las semanas y meses pasados, parecía haber muerto. Ahora era la estampa de la excitación y de la vitalidad.
- ¿Y qué ha dicho el rey cuando el soldado le informó de la proximidad de Bertulfo? ¿Se alteró?
- No Señora. Según he podido saber por una de las doncellas que casualmente acertó a pasar por allí, y por esa razón supe los que os acabo de contar, el rey ordenó que se le informara cuando llegara el médico y que no quería que hablara con nadie antes que con él.
- Corre los cortinones de la ventana, que entre la luz en esta oscura cámara- le ordenó a Adriana – para que de ella se alejen los fantasmas de la tristeza y dejen lugar a los buenos presagios. ¡Vamos, vamos¡ ¡ Date prisa¡
Mientras hacía lo que se le había ordenado, Adriana no dejaba de pensar en lo que le ocurría a aquella infeliz mujer si lo que esperaba de Bertulfo no era lo que ella deseaba.
No quería ni imaginárselo.
La luz entraba a raudales inundando la estancia. Teodegonda, eufórica, se tumbó boca arriba sobre la inmensa cama, pero su mirada ya no era la de antes. Ahora sus ojos brillaban por la excitación y el color de la salud había vuelto a su rostro. Era otra mujer.
El día siguiente trascurrió con exasperante lentitud para Teodegonga, que no veía llegar el momento en el que Bertulfo entrara en la corte con su cargamento misterioso, y de igual forma lo fue para Adriana, a la que continuamente le preguntaba si había alguna nueva noticia o a qué distancia creía que podría estar Bertulfo.
Adriana trataba de calmarla diciéndole que el sol no se ocultaría antes por mucho que se impacientara y que sería provechoso para ella tomarse la espera con tranquilidad, pues era mejor esperar la media jornada que faltaba para la llegada que correr el riesgo de que, por urgir a Bertulfo, pudiera tener un accidente con la posibilidad de perder la información que tanto la interesaba.
A media mañana del día siguiente, la comitiva hizo su entrada en el recinto real.
Bertulfo fue recibido de inmediato por Alarico informándole del éxito de la misión encomendada y de que él y sólo él era conocedor del secreto de aquellas gentes de las orillas del río al que llamaban Órbigo, confesión que
agradó al rey, pues de haber sido de otra forma, hubiera tenido que silenciar a aquellos jinetes que tan buen servicio le acababan de prestar.

Si la impaciencia de Teodegonda era grande, no era menor la de Ana, intrigada también por saber cuál era el secreto de la longevidad de aquellos hombres, aunque todo fuera producto de la imaginación del autor del libro. Sabía que la felicidad de Teodegonda solo sería posible cuando conociera aquel secreto y ella tenía ganas de verla feliz. Se imaginaba a Teodegonda como una hermosa y lozana mujer, pero aún con el corazón insuficientemente maduro de una adolescente y al que la vida no había marcado con las cicatrices que produce el dolor, y sentía compasión por ella o, por ser más precisa, más que compasión, era afecto.
¿Pero se puede sentir afecto por un personaje no real? – se preguntaba.
Pues seguramente sí, pues me cae bien y además me duele que sufra ahora y, sobre todo, que vaya a sufrir más aún cuando acepte que no hay fórmulas, remedios, pócimas… que no hay nada que nos pueda mantener eternamente jóvenes.
- ¡Acéptalo, Teodegonda¡ Y cuanto antes mejor – dijo en voz alta sin darse cuenta.
Continuó leyendo.

Mandó el rey descargar la carreta y que la carga fuera llevada a la cámara donde se guardaba el tesoro real, de la que solo él tenía la llave de acceso y que permanentemente estaba custodiada por guardias fuertemente armados.
Teodegonda, informada ya por Adriana de la llegada de Bertulfo y de lo dispuesto por el rey, esperaba de un momento a otro la llegada del médico o la de su esposo. Quería conocer el secreto. Lo necesitaba.
A media tarde, Adriana le informó que el médico Bertulfo deseaba hablar con ella.
- ¡Por fin ha llegado el momento¡ - exclamó – Hazle pasar, vamos, no te entretengas.
La sonrisa de Bertulfo hacía innecesaria cualquier pregunta sobre si había logrado el objetivo de su expedición. Teodegonda estaba a unos instantes de conocer cómo no envejecer, cómo detener el paso del tiempo, aquello que la Humanidad llevaba buscando durante siglos sin encontrarlo. Aquel iba a ser el
momento más trascendente de su vida. Iba a ser el inicio de una vida casi sin fin. Sentía la violencia con la que su impaciente corazón palpitaba. Sus pechos subían y bajaban al ritmo de la acelerada respiración y sus sienes parecían a punto de estallar.
- ¡Vamos¡ ¡Vamos¡ - urgía

Ana, aunque todo fuera una ficción, participaba de esa emoción; la comprendía, pues gracias a esa facultad extraordinaria y única de los humanos de poder imaginar, ella, en su imaginación, convertía en realidad esa ficción.
Cuando al terminar de leer la página dirigió la vista a la siguiente, se sorprendió, pues no parecía que el texto tuviera alguna relación con lo que acababa de leer, y no se abría un nuevo capítulo.

… y al recibir el apoyo de Anastasio I, emperador romano de Oriente, Clodoveo decidió atacar a los visigodos al tiempo que, en el interior, los romanos católicos se sublevaban contra Alarico. El ataque de los francos se produjo por sorpresa, por lo que Alarico tuvo serias dificultades para informar a Teodorico, su suegro, a fin de que acudiera en su ayuda, pero…

Ana dejó de leer. Aquello no encajaba. Se fijó en la página donde se relataba la llegada de Bertulfo a la estancia de Teodegonda. Era la página 146 y la página que seguía era la 153. ¡Faltaban tres hojas¡ No podía ser. Miró entonces con detenimiento la unión de las páginas y pudo ver que así era. Las tres hojas habían sido arrancadas, pues el borde, que apenas sobresalía, era irregular.
Nerviosa e incrédula, echó un vistazo a las páginas siguientes buscando el nombre de Teodegonda, pero nada. Era como si la protagonista de la novela hubiera desaparecido. Solo al final, en la última página se la citaba, aunque sin emplear su nombre:

…la batalla final tuvo lugar en Vouillé, cerca de Poitiers, en el transcurso de la cual, Clodoveo dio muerte a Alarico en singular combate, viéndose los visigodos obligados a huir en desbandada, perdiendo de esta forma tanto su capital Toulouse con la parte del reino en la Galia, excepto la franja costera narbonense.
La nobleza arriana y con ella Teodegonda y su hijo Amalarico , así como una parte del pueblo, dirigidos por Gesalaeico, que ciñó la corona desde el 507 al 511, buscó refugio en Hispania, fijando la corte visigoda en la antigua colonia romana Iulia Augusta Paterna Faventia Barcino, nombre que a lo largo del tiempo evolucionaría a Barchinona (Barcelona).

Nada se decía sobre la vida de Teodegonda. Ni se indicaba la fecha de su muerte. Desde la página 146, la vida de Teodegonda era un absoluto misterio.
- ¡No hay derecho¡ - exclamó contrariada Ana- Ahora que había llegado el momento cumbre, a algún desgraciado, porque otro calificativo no se merece, se le ocurrió arrancar las páginas. Pero ¿para qué? ¿por qué? ¿Sería uno como esos que cuando sabes que tienes interés en ver una película, habiéndola visto ellos, te cuentan el final? Es decir ¿lo habrá hecho por fastidiar? Pero ¿para qué? Si al fin y al cabo se trata de una novela. Es una creación literaria y, además, tampoco es tan conocida.
- ¡Vaya rabia¡ Me he quedado con las ganas¡ Si será …. Bueno, mejor no lo digo, no sea que no haya sido intencionado y todo se deba a un desgraciado accidente, aunque me cueste creerlo.
Ana cerró el libro y a punto estuvo de tirarlo en la primera papelera que encontró; pero en el último instante se detuvo al pensar que si alguien lo recogía y empezaba a leerlo, le iba a ocurrir lo que a ella y ese un mal trago que no deseaba a nadie, así que lo guardó en el bolso y pensando sobre lo ocurrido, caminó hasta la altura de la escalera 12 donde cruzó para subir por Menéndez Pelayo hasta Los Campos, en cuya parada, tras unos minutos de espera, cogió el 1 que la llevaría cerca de su casa.

Estaba tan contrariada que ni siquiera le apetecía cocinar, así que se cortó una pedazo de queso semicurado y otro tanto de membrillo que cenó en la sala, mientras veía Atrapa un millón diario, concurso que le encantaba más por el Carlos Sobera que por su aportación cultural. Durante el habitual descanso largo para la publicidad en la pregunta 7, no pudo evitar volver a pensar en lo de la novela. ¿Habrían sido arrancadas aquellas páginas por alguna razón especial? Si de un libro científico se tratara, es decir, de un libro en el que se informaba sobre la existencia de un producto milagroso para prolongar la vida, podría pensarse que alguien no quiso que el secreto se divulgara; pero era una novela de ficción y, además, no hay ningún producto milagroso que alargue la
vida más allá de los límites de la Naturaleza; no existe el elixir de la eterna juventud, ni el Santo Grial. Entonces ¿por qué?

Ana recordaba de sus tiempos de la escuela que Alarico era un rey godo, pues entonces les obligaban a aprender de memoria la lista de los treinta y tres reyes, lista que aún no se había borrado de su memoria: Ataulfo, Sigerico, Walia, Teodorico I, Turismundo, Teodorico II, Eurico, Alarico II, Gesalaeico, Teodorico el Grande, Amalarico, etc. hasta Don Rodrigo, el que fuera derrotado en el 711 por los árabes en la batalla del Río Guadalete. Pero, aparte de la cita de Alarico II, de Gesalaeico y de Amalarico ¿qué había de realidad o de historia en todo aquello como para que a alguien se le ocurriera arrancar unas páginas que contenían información sobre un imaginario medio para prolongar la vida? No tenía sentido. Probablemente ni siquiera Alarico había estado en aquella parte de Hispania, a orillas del Órbigo. Cuando terminara Atrapa un millón, lo comprobaría en el Google.

Terminado el concurso – se llevaron diez mil euros y el pase para volver un viernes – fue a su cuarto a por el portátil y, cómodamente sentada en el chaise longue, pudo comprobar apenas medio minuto después que sí, que Alarico había estado donde decía el libro ya que había sido el fundador de una población que en la actualidad se conocía como Requejo de La Vega, pero antiguamente como Requeixo de Alarico y que estaba flanqueada por los ríos Órbigo y Tuerto. ¿Por qué no seguir verificando más datos? se preguntó.
En el Google Maps localizó Villoria, antes llamada Villa Aurea por los romanos, la población que se citaba en la novela y entonces recordó que el encuentro en el bosque de Alarico con el grupo de Egurros se había producido, siempre según la novela, tres millas romanas desde Villa Aurea, aguas abajo del Órbigo.
Miró en la wikipedia cuánto media una milla romana. Si el encuentro se había producido a tres millas y cada milla equivalía a 1481 metros, daba un total de algo más de cuatro kilómetros. Siguiendo el curso del Órbigo, calculó los cuatro kilómetros que lo situaron a la altura de la población de Villamediana de la Vega y, un poco más abajo Veguellina de Fondo. A unos ocho kilómetros, calculó, estaba La Bañeza. De momento parecía que el autor de la novela no había imaginado demasiado, ya que los lugares y las distancias parecían coincidir, además de que, según pudo comprobar con el Google Earth, las riberas del Órbigo estaban cubiertas de bosque en la actualidad, lo que permitía suponer que hace más de quince siglos, lo estaría toda la comarca.

¿De qué le sonaba el nombre de Villamediana? Seguro que lo había oído antes. ¡Ah, sí¡ Es el pueblo donde Tere, la amiga de Carmen, tiene una casa ¡Qué casualidad¡
¿Y si el autor del libro había pretendido contar una historia real? ¿Habría llegado a su conocimiento alguna información antigua a través de algún documento, algo poco probable por la trascendencia social que hubiera tenido el hecho, en el que se dijera que los Egurros poseían el secreto sobre cómo retrasar el envejecimiento y prolongar así la vida? ¿Se decía en aquellas páginas arrancadas cuál era el contenido de los barriles que Bertulfo había traído y que Alarico había guardado en lugar tan seguro? La novela había sido editada, y era la Primera edición, en 1823 y los hechos relatados en ella, fueran ciertos o ficticios, trascurrían en el año 502. ¡Quince siglos de diferencia¡ Demasiado tiempo para mantener un secreto si es que éste existía. Demasiado tiempo, pero… ¿y si hubiera ocurrido como ya había pasado con otros documentos descubiertos decenas de siglos después de haber sido escritos, como los Manuscritos del Mar Muerto, encontrados en 1947 y datados, algunos, en el año 150 antes de Cristo? ¿Por qué no? Solo se trataría de verificar el resto de datos que figuran en la novela. Los datos geográficos parecen ciertos. Faltaría comprobar si los habitantes actuales o pasados de esa zona en la que habitaron los Egurros, de los que descienden, alcanzan, con carácter general, edades muy avanzadas.
- Pero ¿qué estoy pensando? Menuda tontería- se dijo en voz alta.

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