martes, 15 de enero de 2013


EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XXV (16.01.2013)

Durante los doce minutos que tardaron el llegar al hotel, apenas hablaron. Ambos estaban ensimismados en sus pensamientos que, probablemente, no serían muy distintos. 
Roger, de vez en cuando, miraba de soslayo a Ana. Tenía que reconocer que era una mujer bella y que si ahora, cuando ya seguramente había pasado de los cuarenta aún lo era y mucho, en su juventud habría sido verdaderamente hermosa. Lástima haberla ahuyentado- se dijo mentalmente. – Cuando acarició durante unos segundo su mejilla la tarde anterior, pudo notar una ligera presión de la cara sobre su mano, que, en su opinión quería decir que a ella le atraía, por lo que su retraimiento posterior, quizás sólo se debiera a ese extraño comportamiento de la generalidad de las mujeres de hacerse valer para no parecer lo que ellas mismas llamaban una mujer fácil. ¡Cómo si alguna lo fuera¡ 
Aún tardaría dos o tres días más en cerrar la compra de la embotelladora y ella tenía reserva en el hotel hasta el miércoles. Era tiempo suficiente para una nueva intentona si sabía jugar bien sus cartas y que, necesariamente tenía que culminar con éxito. No podía permitirse – su orgullo no lo aceptaba – fracasar en su cacería. Él era un depredador, un cazador experimentado y curtido que cuando salía de caza, y en Barcelona lo hacía con frecuencia, nunca regresaba sin una buena pieza en el zurrón a pesar de la dura competencia con otros cazadores. 
Había estado casado y su proyectos fracasó estrepitosamente. Su buena posición económica le había permitido afrontar el divorcio sin grave quebranto para su economía debido también a que no tuvo hijos. La experiencia adquirida le había enseñado que lo mejor era huir de toda aquella conquista en el momento en que pronunciaran cualquier palabra que sugiriera una relación permanente, sin fecha de caducidad, lazos formales, hijos… Se había convertido en el fiel seguidor de la filosofía del carpe diem, y le iba estupendamente. 
Cuando vino a La Bañeza para el negocio que le tenía ocupado, lo hizo con la intención de cerrarlo cuanto antes y regresar a su trabajo y a su coto de caza, pero cuando vio a Ana en la cafetería el primer día, resurgió en él con fuerza  

su instinto de cazador y decidió que era una buena presa que se ponía a su alcance. De hecho esperaba haberla logrado la noche del sábado, pero… algo hizo mal y espantó a la gacela cuando iba a saltar sobre ella. No tenía que responder ante nadie, ni a nadie dar explicaciones sobre el éxito de sus aventuras, salvo a él mismo, a su ego, y éste era muy exigente. No aceptaba fácilmente las derrotas, pues las consideraba humillantes, así que volvería a intentarlo. Lo del análisis del agua en la embotelladora les mantendría relacionados, por lo que en cualquier momento podría surgir la oportunidad que buscaba. 
Ana miraba a la carretera y conducía de forma mecánica, de forma puramente instintiva, pues su pensamiento estaba puesto en el hombre que se sentaba a su lado. Ya había reconocido que era una mema, puede que incluso una mojigata, así como que ella era la culpable de que no hubiera pasado entre ellos lo que deseaba. Ahora no sabía qué hacer. El aspecto serio de él la desanimaba. Estará molesto conmigo y además tendrá una pésima impresión de mí – pensaba. ¿Por qué habré dicho lo del dolor de cabeza? Seguramente que no se lo ha creído, lo que probablemente pone las cosas más difíciles. Tenía que haber aceptado ir a visitar esos lugares que dijo, pues siempre habría oportunidad de… de algo. Quizás un roce accidental, una mirada que se queda fija,… y en cambio ahora, a quedarme encerrada en el hotel toda la tarde, sola, aburrida y, lo que será peor, pensando en lo bien que lo podíamos estar pasando los dos juntos. Decir que soy tonta es poco. Menos mal que Sandra nunca se enterará de esto porque…lo más suave que me diría es que soy una inmadura y razón no le faltaría, pues me gusta este hombre. ¡Y seduciéndome la idea de pasar una noche con él, ya fuera en su habitación o en la mía, lo que hago es darle un corte al primer intento¡ Si por lo menos hubiera esperado a que llegara más lejos… bastante más lejos, quizás hasta muy lejos … pero no. Tuvo que ser cuando ni siquiera había empezado. ¡Tonta, más que tonta¡ 
- ¿Quieres que te pida algo en la cafetería? ¿Una aspirina, una tila…? – le preguntó Roger cuando entraron en el hotel. 
- Gracias – contestó Ana – Cómo aún no es muy fuerte el dolor, me tomaré la tila en el bar antes de subir a la habitación y – había llegado el momento de acortar distancias– ya que te he fastidiado la tarde del domingo, si me lo permites, quisiera compensarte invitándote a lo que te apetezca - le dijo con el tomo más afable que pudo mirándole directamente a los ojos. 
- Nada podrá complacerme más – respondió él – pero no como compensación, pues en nada me has fastidiado la tarde, sino todo lo contrario, pues no hubiera sabido que hacer ni ayer ni hoy si no llegas a aceptarme como tu doctor Watson en tu interesante investigación. 

La delgada capa de hielo que se había formado la noche anterior se estaba derritiendo. Aún había posibilidades – pensaron ambos. 
Mientras tomaba la tila, Roger le habló sobre la impresión que le había producido la manga y no tanto porque esperaba haber visto algo más grande, sino y sobre todo, por el estado de abandono en que se encontraba, por la irresponsabilidad de quienes tiraban allí chatarras y basura y la desidia de otros. Era una verdadera lástima que se desperdiciara un agua que, fuera especial o no, manaba de forma tan natural. 
La invitación de Ana le había sorprendido y, decidido como estaba a dejar bien alto su pabellón, no dudó ni un instante en aceptarla. Ella le estaba dando la ocasión para reanudar lo que había quedado interrumpido. Suponía, o mejor dicho, estaba seguro que el gesto no era casual, sino intencionado. Ella se sentía atraída y, sin que lo pareciera, lo daba a entender, así que iba a procurar facilitar el acercamiento hablándole de lo que a ella formalmente le interesaba, evitando ahora no volver a pisar la rama cuyo chasquido, como ya había ocurrido, espantara la presa. 
- Y ahora, como medida preventiva, me echaré un rato confiando que con eso y la tila, el dolor no sólo no vaya a más, sino que desaparezca – dijo ella. 
- Estoy seguro que así será. Yo iré también a mi habitación y aprovecharé para repasar algunas cifras. Estoy en la 214 y te agradecería que si necesitaras algo, ya sea de la cafetería o de una farmacia, que me llamaras. ¿Me lo prometes? 
- No creo que necesite nada, pero gracias – contestó- pero si no fuera así, prometo llamarte. 
- Estupendo. Ahora me siento mejor. 

Subieron a sus respectivas habitaciones y fue entonces cuando Ana se dio cuenta que su precipitación dando aquella tonta excusa del dolor de cabeza, no sólo la obligaba a pasarse la tarde en la habitación, sino que la dejaba sin comer. Ya eran casi las dos de la tarde y empezaba a tener hambre, pero ¿cómo bajar al comedor cuando se suponía que no se encontraba bien y que por eso estaba echada en su cama? Él tampoco había comido y lo lógico era pensar que lo hiciera en el comedor del hotel, así que no podía bajar pues el riesgo de encontrarse con él sería altísimo. Y si eso ocurría, se vería obligada a contarle que su dolor de cabeza había sido una excusa – y eso nunca lo haría – o a decirle que ya se encontraba bien, algo que probablemente no creería, pues no hay tila, por buena que sea, capaz de quitar un dolor de cabeza en tan corto tiempo, con lo que esta posibilidad tampoco era factible, así que su comida de ese domingo 10 de julio del 2011, fueron los toblerones y los frutos secos del minibar, acompañados de una cerveza. Después se tumbó en la cama y encendió la tele dispuesta a pasar toda la tarde enclaustrada por culpa de su infantil comportamiento. 
Pasaban lentos, insoportablemente lentos los minutos, los cuartos, las medias y las horas. Había probado engancharse sin éxito a una película. Encendió el ordenador y escribió un correo a Sandra. Después estuvo visitando algunas ciudades con el google earth, pero … 
- Ya no aguanto más – se dijo – Me voy a dar una ducha y después saldré, y si me encuentro con él, le diré que aún no estoy bien del todo, pero sí mucho mejor que antes, y si me cree, bien y si no… allá él. 

Se quitó la ropa y, cuando estaba a punto de entrar en la ducha, oyó unos golpes de llamada en la puerta. Se quedó quieta. Volvieron a llamar. 
- ¿Quién es? – preguntó. 
- Soy yo, Roger. Venía a saber si ya estabas mejor. 


Ana sintió como si toda la sangre de su cuerpo se concentrara en sus sienes. Tardó unos segundo en reaccionar. 
- ¿Ana? ¿Estás bien? 
- Un momento, por favor – atinó a contestar. 

Entró en el cuarto de baño y se puso la bata y se echó unas gotas de perfume en el cuello y se arregló con las manos el pelo. Se dio cuenta de que la cama estaba sin deshacer, pues no se había metido en ella, así que la abrió y arrugó la almohada y las sábanas para que pareciera que se acababa de levantar. Después fue a abrir la puerta. 
- Hola – saludó Roger -¿Qué tal te encuentras? 
- Hola – contestó – Me encuentro mucho mejor. Estas tres horas echada y la tila, parecen haber obrado el milagro. 
- Me alegro muchísimo. Estaba preocupado por ti pensando en lo mal que lo estarías pasando, así que ya no pude aguantar más y aún a riesgo de incomodarte, llamé a tu puerta. 
- Gracias por tu interés, pero no tenías por qué preocuparte. No era nada grave y …ya ves que casi estoy bien del todo. 
- Bien, pues en ese caso… si te parece, me iré para que sigas descansando. 

Ana dudó ¿Sería el momento adecuado? ¿Por qué no? ¿No se había comportado ya como una tonta? Pues era hora de hacerlo como una mujer adulta, libre y que sabía lo que quería. 
- La verdad es que me gustaría que te quedaras un rato, pues como apenas me duele la cabeza, estar entretenida charlando me vendrá muy bien, si es que te apetece. 
- Me gustaría mucho quedarme aquí contigo – contestó con evidente entusiasmo – Nada me apetece más. 

Ana se sentó en la cama y él acercó una silla y se sentó a su lado. 
La investigación de Ana y los datos obtenidos así como la conclusión inicial fue el tema inicial de su conversación que, a medida que iban pasando el tiempo, fue derivando a terrenos más personales. Ana habló de su vida en Gijón, sobre la situación creada tras su divorcio, y como se había ido sobreponiendo a ella apoyada por la actitud positiva de Sandra. La decisión tomada de mutuo  

acuerdo, aunque dolorosa, había sido buena para ambos ya que se habían separado quedando como buenos amigos y con una edad que les permitiría empezar una nueva vida. 
Roger permaneció en silencio la mayor parte de tiempo, asintiendo en alguna ocasiones o con un comprendo en otras, pero pendiente en todo momento de los ojos en una muestra de verdadero interés por lo ella le estaba contando. 
- Bueno, he estado todo este tiempo hablando de mí y ahora te toca a ti. Cuéntame algo de tu vida que no sea lo que ya sé sobre tu ocupación. ¿Estás casado? Supongo que sí ¿Cuántos hijos tienes? Vamos, cuéntame algo. 

No podía negarse si quería cultivar el buen clima de entendimiento que había logrado reconstruir y sabía, por su larga experiencia, que si algo facilita el acercamiento a una mujer, es el contarle aspectos de la vida propia que den la impresión de pertenecer a un ámbito tan personal e íntimo que sólo a alguna persona especial se le pueden desvelar. 
Le contó que estaba divorciado desde hacía cinco años y que no había tenido hijos de su anterior matrimonio, que se había roto por causa de su mujer a la que, cuando él se dirigía a una comida de negocios en un céntrico restaurante de Barcelona, la vio entrar en un hotel, hecho que le extrañó, así que le dijo al taxista que parara delante del hotel, y que le esperara. 
- Después entré y tras echar un vistazo por el vestíbulo y no verla, me acerqué al mostrador de recepción y le pregunté al recepcionista por la habitación de la señora que acababa de entrar, al tiempo que discretamente puse un billete de 50 euros a su alcance y que el muchacho cogió de inmediato. 
- La 618 – le informó, para añadir a continuación – pero sepa que no está sola, señor. 
- ¿Estás seguro? 
- ¡Cómo no estarlo si cada jueves, desde hace unos meses es una de nuestros clientas¡ - contestó. 
- ¡Qué se le va a hacer¡ - dije fingiendo resignación. Después, sin terminar de asimilar lo que mi sentido común me decía, salí, subí al taxi y fui a la comida programada. 

Todo lo que estaba contando era una historia que acababa de inventar y aunque muy manida, estaba convencido de que ella se la creería incluso aunque fuera más burda. 
- Aquella noche – continuó – no le dije nada sobre lo que había descubierto y ella se comportó como la misma amabilidad de siempre y cariñosa, y lo mismo ocurrió hasta el siguiente jueves. Ese día salí de mi despacho sobre las doce y media y aparqué el coche discretamente en las proximidades del hotel, de tal forma que podía ver quien entraba y salía en todo momento. 

Roger había bajado la mirada, como si el peso del desengaño y del dolor sentido entonces aún perdurara. 
- No faltó a su cita de los jueves – continuó – y a la una y diez se reunió con su amante no sé si el del jueves anterior o era otro y … Lo siento, no puedo seguir hablando de ello. Fue muy doloroso y recordarlo aún… 

Ana, instintivamente, alargó sus manos y cogió las de él en un gesto de comprensión de su dolor. Ese gesto era el que Roger estaba provocando. Había llegado a tocar el corazón de Ana y a partir de ese momento, al que no siempre es fácil llegar, todo iría rodando. 
Lentamente levantó la mirada y fijó sus ojos en los de ella. Era una mirada en la que quiso que viera la inocencia personificada que provocara en ella sentimientos de protección y supo que lo había conseguido cuando Ana, lentamente, con los labios entreabiertos, acercó su rostro al de él buscando los suyos. 
Fue apenas un roce inicial que, al igual que el primer relámpago desata la furia de la tormenta, liberó la pasión hasta entonces contenida, haciendo que los deseos que a punto habían estado de frustrase, inexorablemente se cumplieran a lo largo de aquella noche en la 107.

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