EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XVI (07.01.2013)
Provista ya del cuaderno de notas, siguió por la avenida de Odón Alonso hasta la Plaza Mayor. A la derecha había una amplia y muy concurrida terraza provista de parasoles, lo que explicaba la concurrencia de clientes de La Bohemia, que así se llamaba la cafetería, pues el Sol caía casi en vertical sobre la Plaza. A su izquierda estaba el Ayuntamiento, de estilo neoclásico dedujo, y también una iglesia que le pareció gótica, al menos el cuerpo principal, pues la torre, que le dio la impresión de que estar inconclusa, con sus escasos conocimientos de estilos arquitectónicos, no la supo identificar. Continuó de frente, por una calle adoquinada y porticada a ambos lados. Según la placa, era la calle del Reloj, al final de la que había otra plaza, más pequeña. Allí preguntó por la Oficina de Turismo.
- Ahí mismo, en la antigua harinera- le respondieron.
Pudo ver la señal que la identificaba en un vetusto edificio de fachada de piedra, por lo que parecía, restaurado no hacía mucho.
- Buenas tardes – saludó a la mujer que tras el mostrador de recepción, al verla, dejó lo que estaba haciendo y acudió solícita.
- Buenas tardes – correspondió al saludo- Me llamo Ana ¿En qué puedo ayudarle ?
- Desearía un plano de la ciudad y, si fuera posible, un mapa de la comarca.
- No hay problema, pues tiene ambas cosas en el mismo folleto – dijo al tiempo que le entregaba un plegable que cogió del mueble que había a su espalda.
- ¿Desea algo más?
- La verdad es que como voy a estar por aquí unos días, me gustaría saber qué hay interesante para visitar, pero no muy lejos.
- Pues además de esta antigua harinera, en la que está toda la maquinaria auténtica utilizada cuando estaba activa y el Centro de Interpretación de las Tierras Bañezanas, aquí cerquita tiene la iglesia de San Salvador- continuó mientras iba marcando en el
plano la ubicación - que conserva restos del antiguo monasterio. También están el Museo Imaginero, con pasos procesionales muy interesantes y el de las Alhajas en la Vía de la Plata, y ya fuera de la ciudad, pero a pocos minutos, tiene el Alfar Museo en Jiménez de Jamuz y el Castillo de Palacios de la Valduerna.
- Muchos lugares para visitar en pocos días – dijo Ana- El caso es que, aunque vaya a estar varios días, no todos los tengo libres, por lo que tendré que optar por los lugares más inmediatos.
- En ese caso le recomiendo, si me lo permite, que empiece por este mismo.
- ¿Se puede visitar ahora?- preguntó.
- Sí, sí. Y lo puede hacer sola o en grupo, aunque ahora mismo no sé si hay alguno concertado. Voy a preguntarle a Elisa, que es la responsable de la oficina.
- ¡Elisa¡ ¿Puedes venir un momento? – llamó.
Acudió la responsable de la oficina de turismo, que tenía su despacho anejo a la recepción.
- ¿Hay algún grupo previsto para visitar el museo esta tarde? Es por si esta señora pudiera incorporarse a él.
- Buenas tardes- saludó Elisa – No, no hay ninguno para hoy, pero si desea visitar tanto la harinera como el de las Tierras Bañezanas, no tiene ninguna dificultad, pues los videos le informarán con todo detalle, aunque no sé si esta tarde le dará tiempo, pues el horario, hasta el 15 de este mes de julio, es de cuatro a seis y casi son las cinco. Por la mañana es desde las diez hasta las dos…
- Dado el poco tiempo que falta para el cierre, creo que lo dejaré para otro día- comentó – quizás para mañana. Gracias por la información… y por el mapa.
- No hay de qué. Para eso estamos- contestó Elisa - ¿Sería tan amable de decirnos de dónde viene? Es para la estadística.
- Sí, claro. Vengo de Gijón – contestó.
- Pues mucha gracias y que tenga una feliz estancia en nuestra ciudad.
- Adiós.
- Adiós.
Ana consumió la tarde paseando por la ciudad y sobre las siete y media decidió regresar al hotel.
Después de darse una ducha y cambiarse de ropa, abrió el ordenador y miró el correo. Había un correo de Sandra preguntándole cómo había empezado su escapada leonesa. Le contestó contándole que ya estaba instalada y que había pasado la tarde conociendo La Bañeza y que durante los próximos días quizás visitara algunos lugares que le habían sugerido en la Oficina de Turismo. Envió el correo, cogió el libro que allí la había llevado y bajó a la cafetería. Le apetecía tomar una cerveza fresquita, pues la tarde tan calurosa y el paseo le habían dado sed.
El local estaba vacío. Se acomodó en una mesa cerca de las vitrinas de los libros escolares y pidió una caña a la camarera, que era la misma que cuando comió. Pasaría tranquilamente el tiempo hasta la hora de cenar, cotejando algunos datos del libro con el mapa que le habían proporcionado y que desplegó sobre la mesa cuidadosamente para no derramar la cerveza.
Así como el plano urbano de la ciudad era muy claro, el mapa comarcal estaba a una escala muy grande por lo que le resultaba dificultoso hacer lo que pretendía, que era delimitar de la forma más precisa posible la zona en la que vivían los Egurros encontrados por Alarico. Vista la dificultad, optó por dibujar en una servilleta de papel la localización de los lugares que ella consideraba que se correspondían con lo relatado en el libro. Después ya lo pasaría al cuaderno que había comprado en el chino.
Tan absorta estaba en ello, que no se dio cuenta de la entrada de un nuevo cliente. Sólo cuando guardó la servilleta en el bolso, al levantar la vista, lo vio. Estaba sentado tres mesas más allá y también, con una caña delante. Un rápido vistazo, no fuera que él la sorprendiera mirándolo, le bastó para hacer una idea general. Hombre de mediana edad, calculó que andaría por los 50, abundante cabellera, para esa edad, matizó, que empezaba ya a adquirir ese tono entre gris y plateado por el que ya habían pasado sus sienes. No le dio tiempo a ver el color de sus ojos ni la distancia se lo permitía, pero supuso que eran oscuros, entre marrón y negro. Aprovecharía el momento de beber para echar un nuevo vistazo y a punto estuvo de atragantarse, pues aquel hombre la estaba mirando y la sorprendió en el intento. Hizo como que no se había dado cuenta y simuló concentrarse en la lectura.
Cuando consideró que ya habían pasado los minutos suficientes como para que ya hubiera dejado de mirarla, levantó muy despacio la vista y sus ojos se encontraron con una discreta sonrisa que hasta le pareció burlona.
Algo molesta por ello, se levantó y se dirigió al comedor. Ya había varios clientes cenando. Estaba atendiendo a las sugerencias de la camarera cuando el hombre de la cafetería entró y se sentó a una mesa muy próxima a la suya. Esta vez no le prestó la menor atención y, en el fondo, se sintió decepcionada por ello. Quizás él se había dado cuenta de que la falta de correspondencia a su sonrisa era una clara invitación a no molestar. Mejor, pensó. No tenía deseo de conocer a ningún hombre y menos aún a uno que, a pesar de ser atractivo- eso no lo podía negar – con toda seguridad estaría de paso.
Terminó de cenar y salió a la terraza. Se sentó a la única mesa que había libre. La noche era calurosa y no le apetecía subir tan temprano a su habitación. Pidió un té y encendió un cigarrillo. No era fumadora habitual, pero de vez en cuando le apetecía echar uno. Se estaba bien allí. El tráfico por la N-VI era escaso, el cielo estaba estrellado y no tenía nada que hacer hasta el día siguiente. El hombre que había intentado ligarla, o al menos eso creía ella, no apareció, aunque ella permaneció allí más de una hora.
- Pero ¿quién se habrá creído que es? ¿Tan poco atractiva me encuentra que solo había hecho aquel tímido intento en la cafetería? Pues peor para él. No sabe lo que se pierde. ¡Ah¡ y que no lo vuelva a intentar, que entonces sí que se va a enterar de lo que es bueno.
No sabía por qué, pero en el fondo estaba enfadada.
Iba a levantarse cuando apareció delante de ella aquel hombre.
- Buenas noches – saludó - Están todas las mesas ocupadas y sin una silla libre ¿Te importaría que me sentara aquí?
Ana levantó la cabeza y le miró a los ojos. Se había equivocado. No eran entre marrones y negros como había supuesto, sino claros, entre gris y azul.
- Buenas noches – correspondió al saludo – No me importa, pues ya me iba.
- No quisiera que por mi …
- No, no es por usted. Simplemente es que ya quiero retirarme.
- Cuanto lo siento – se lamentó él- pues después de un duro día de trabajo, nada más me hubiera gustado que poder disfrutar en una noche tan agradable, de una copa, conversando con alguien me sobre cualquier tema que no fuera de negocios.
Tenía una voz agradable y olía bien.
- ¿Me aceptaría una copa antes de retirarse? – insistió.
Ana se dio cuenta que ya no la tuteaba como cuando se presentó. Puede que sus intenciones no fueran las que ella suponía y… ¿qué tenía que perder? Tomar una copa con un desconocido no era nada aconsejable, pero dos personas siempre serán desconocidas entre sí si no se conceden la oportunidad de conocerse, aunque sus vidas coincidan solo unos minutos. No parecía un hombre del que pudiera temer algo y, en el fondo, le apetecía, así que fingiendo cierta desgana accedió a quedarse unos minutos más.
- Me llamo Roger Bassols – se presentó.
- Ana – contestó ella
- Gracias por compartir su mesa conmigo, pues aunque estoy algo cansado, no me apetecía nada irme a dormir en un noche tan hermosa como estas.
- ¿Desean tomar algo? – preguntó la camarera.
- Un whisky con hielo para mi, por favor y ¿qué desea tomar usted? – le preguntó a Ana.
No le apetecía otro té, pero algo tenía que pedir para que él no pensara que se había quedado por su compañía.
- A mí un baileys, también con hielo, por favor.
- Se aloja en el hotel ¿verdad? – afirmó más que preguntó él – La he visto en la cafetería y en el comedor, por lo que me lo he supuesto.
- Sí, así es- contestó ella – Y por lo que veo, usted también.
- Sí. Llevo ya aquí dos días y aún estaré algunos más, muy a mi pesar, pues no me están saliendo las cosas como esperaba. Planificas el trabajo y pocas veces salen las cosas tal como las has previsto. En fin, es el problema de los negocios.
- No quisiera ser indiscreta preguntándole qué negocios le traen por estas tierras.
- En modo alguno es una indiscreción – contestó él – Soy el director comercial de una empresa catalana de aguas de mesa, Aguas del Brugent y estoy negociando la compra de una empresa de la competencia en esta zona y…
- No sabía que había aguas minerales por aquí – le interrumpió ella.
- Sí, sí. Hay un par de empresas que captan filtraciones de las aguas del Teleno y con unas características mineralógicas muy similares a las de nuestra empresa, de ahí nuestro interés, pero… le ruego que me disculpe, pues si algo deseaba era no hablar de negocios y mucho menos aburrirla con este tipo de conversación.
- Por mí no se preocupe- dijo Ana - Es la primera vez que estoy en esta comarca y cuanto más conozca sobre ella, mejor. De hecho ni sé qué es ese Teleno, aunque supongo que será una montaña.
- Así es. El Teleno es una montaña muy cerca de aquí y que por el día ofrece una vista magnífica, pues es la más alta que se ve en el horizonte. Para los astures era el dios Tilenus y cuando los romanos ocuparon estas tierras lo dedicaron a su dios de la guerra, llamándolo Mars Tilenus, por Marte, ya sabe – explicó él.
- Muy interesante. ¿Y dice que de él manan aguas minerales?
- Sí y de muy buena composición, pero no hablemos más de mi trabajo y cuénteme, si no le importa, algo de usted, como qué la trae por aquí, si está por trabajo, de vacaciones, o simplemente de paso …
Dudó sobre sin contarle el motivo que la había traído a la comarca, pues probablemente pensaría que era una inmadura o que le faltaba algún hervor, así que…
- Me he tomado unos días de vacaciones. Quería desconectar del ruido y del ajetreo de la ciudad, pero sin alejarme mucho.
- Deduzco, por lo que me ha contado, que no viene de León, pues hubiera conocido el Teleno. ¿Cuál esa ajetreada ciudad de la que ha escapado? – preguntó él con un cierto tono de broma.
- Vengo de Gijón, apenas a dos horas de aquí- contestó ella- Como ve, muy cerca y, al mismo tiempo, lo suficientemente lejos como para que me dé la impresión de estar al otro lado del mundo.
- No conozco Gijón, aunque siempre he oído decir que es una ciudad muy bonita y con mucha personalidad.
- Siempre ha sido bonita, pero los cambios que ha tenido en las últimas décadas la han hecho más aún. Ha crecido y con ella todos aquellos servicios propios de las ciudades, pero también el ruido, la agitación, las prisas …
- La comprendo perfectamente, pues yo, que vivo en Barcelona, sufro todo eso multiplicado por no sé cuánto, así que estás deseando que llegue el fin de semana para salir al campo o a la montaña a recargar las pilas.
- Entonces, ¿por qué ese deseo de terminar sus negocios en esta comarca, si cuanto antes lo haga antes volverá al ruido y a las prisas?
- Mi pesar no es porque no pueda volver ya a Barcelona, sino porque mis asuntos aquí se están complicando cada vez más. Si mañana pudiera regresar, querría decir que he concluido lo que he venido a hacer, que es lo que deseo. No sé si me he explicado.
- Si, perfectamente. Supedita usted la vuelta a la vorágine de la ciudad, al éxito de su negociación – comentó Ana.
- Lo ha expuesto usted de forma admirable. Precisión y brevedad. Los dos ingredientes imprescindibles para garantizar la eficacia de cualquier proyecto. Brindo por usted, Ana – dijo al tiempo que hacía un gesto hacia ella con su whisky.
- Mejor brindemos por esta hermosa noche estrellada – dijo ella cogiendo su copa.
- Pues por esta la noche estrellada… y por usted que me ha permitido disfrutar de su agradable compañía.
Una vez materializado el brindis, Ana consideró que ya había pasado el tiempo suficiente como para retirarse, pues aunque a gusto hubiera seguido, tenía que hacerle ver que sólo por cortesía había aceptado su invitación.
- Es tarde y debo retirarme pues mañana quiero conocer algunos pueblos de la comarca y he de madrugar. Así que buenas noches y gracias por la copa- se despidió.
- Adiós y muchas gracias por su compañía. Que tenga un buen descanso- le deseó él.

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