domingo, 27 de enero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.

CAPITULO VIII (28bis.01.2013)

Núñez de Lara era un hombre paciente y confiaba en que con el paso del tiempo, la buena alimentación y un trato adecuado, Oono terminaría por aceptar su situación , y aunque el odio que sentía por los que acabaron con la vida de su padre y la de su aldea y con su libertad no desapareciera y la sed de venganza fuera insaciable, esperaba despertar en él, no un sentimiento de agradecimiento, pero sí de aceptación de que su situación era irreversible y que lo que ahora le ocurría, era lo menos malo que le podía pasar.
Habían pasado ya casi dos meses desde su captura y algún signo de lo que pretendía el Alférez de Castilla empezaba a verse en el comportamiento de Oono. Su mirada seguía siendo dura aunque pero no amenazante. Ya empezaba a entender algo del lenguaje de los que ahora eran sus amos. Nuñez de Lara se había atrevido a sacarlo de su estancia, en la que no estaba esposado, al Patio de Armas, aunque al principio había dispuesto que lo hiciera con los tobillos encadenados. Con el paso de los días, Oono se fue habituando a esta rutina y al ambiente del Patio, de forma que la curiosidad inicial de los soldados que veían en él a un prisionero musulmán de la Guardia Negra, fue decayendo hasta el punto de que lo ignorarían si no fuera porque sus salidas siempre eran con el acompañamiento de cuatro soldados armados observados en ocasiones por el propio Alférez Mayor, quien siguiendo instrucciones de la Reina Leonor, se había volcado en preparar a Oono en el uso de las armas, básicamente lanza y espada.
No había llegado aún el momento ni de liberarlo de los grilletes para salir al Patio de Armas, y mucho menos de poner en sus manos armas de verdad, por lo que para las primeras lecciones en el uso de la lanza, se usó una palo de madera de similar longitud y grosor.
Su preparador, un corpulento soldado que servía al Alférez desde hacía varios años, elegido por Crisanto Martín, se sorprendió notablemente y así se lo hizo saber a Núñez de Lara, por la destreza de Oono manejando aquellas cinco varas de palo que simulaban una pica y de igual forma la mediapica. Desconocían que Oono había recibido antes de su incorporación forzosa a la Guardia Negra del Sultán Al-Nasir una intensa y amplia preparación en el uso de armas de guerra.

Decidió Núñez de Lara un buen día, como parte del entrenamiento y en la zona de entrenamiento de la soldadesca dentro del recinto del Castillo, enfrentar a Oono con un soldado elegido por su entrenador, en un combate con picas pero sin la punta de hierro. Para evitar cualquier intento de huida, pues le iba a quitar los grilletes, diez soldados armados estarían presente durante la lid, con órdenes estrictas de permanecer en silencio y de no intervenir hasta que el propio Alférez, si llegara el caso, se lo ordenara.
Llegó el día previsto y allí estaba el luchador elegido por el entrenador de Oono y enseguida llegó éste custodiado por los cuatro soldados y seguidos por Núñez de Lara. Se situaron en medio del patio. Uno de los soldados soltó los grilletes de Oono. Este, instintivamente se agachó para pasar la mano por los tobillos, lo que provocó un movimiento nervioso de los soldados. Oono se irguió sin moverse de su sitio, esperando. Su preparador puso en sus manos una pica sin punta y otra en la del soldado. Este vestía su uniforme habitual, ropa y calzado, mientras que Oono solo vestía un taparrabos y sus pies estaban descalzos.
El entrenador advirtió a ambos que retrataba de una práctica de entrenamiento y no una lucha con sangre.
El encuentro fue un continuo intercambio de ataques de uno frenado por la pica del otro hasta que el soldado, sintiéndose observado por sus compañeros de armas y queriendo quedar bien ante sus superiores – ignoraba qué había detrás del interés del Alférez por preparar al negro – empezó a lanzar fuertes lanzadas a Oono y que éste esquivaba hábilmente, lo cual enfurecía al soldado que cada vez atacaba con más fuerza. Oono seguía esquivando, pero sin atacar. Parecía que estaba esperando algo.
El soldado sudaba intensamente y su respiración era agitada por el esfuerzo que estaba realizando, mientras que Oono no presentaba signos externos de cansancio.
Cuando consideró que había llegado el momento que estaba esperando, es decir, que el cansancio del soldado le impidiera controlar su propia inercia, cuando éste lo ataca, se hace a un lado para esquivarle y cuando pasa a su lado, mete la pica entre sus pierna y haciéndole caer de bruces. Entonces se coloca a horcajadas sobre él y apoya un extremo de la pica en la nuca del soldado. Los soldados hacen un movimiento instintivo para defender a su compañero pensando que el negro lo iba a desnucar, pero un gesto del Alférez los detuvo.
Oono miró a su preparador como pidiendo instrucciones. Éste extendió la mano pidiéndole la pica, que Oono entregó sin resistencia alguna y al que pretendió halagar diciéndole que había sido una pelea muy inteligente por su parte. Núñez de Lara sonreía satisfecho. Estaba en el buen camino para satisfacer los deseos de la Reina.

Después de aquel día, las salidas de Oono a sus sesiones de entrenamiento fueron ya sin grilletes, aunque sí con la custodia de los cuatro soldados. El que esperara instrucciones cuando colocó la pica en la nuca del soldado, hizo que Núñez de Lara pensara que el grado de aceptación de su situación era el suficiente como para considerar poco probable, aunque tampoco había que fiarse del todo, que pudiera volverse contra ellos.
Los entrenamientos primero con espada de una mano y después de mano y media, se hacían a diario en sesiones de mañana y tarde con enfrentamientos, con armas de madera, con soldados expertos en cada una de las armas y siempre resultando vencedor el Oono, lo que satisfacía enormemente a Nuñez de Lara y también a la Reina Leonor, a quien tenía informada de los progresos del esclavo negro.
En pocas semanas más, aquel negro africano sería prácticamente invencible. Era fuerte, de musculatura poderosa, un auténtico maestro en el manejo de la espada corta y larga, mago con la lanza y, lo mejor aún, es que luchaba inteligentemente.
La Reina estaba segura de tener en poco tiempo al campeón que le haría ganar su apuesta al Rey.

A sus cuarenta y un años la había dado trece hijos y, aunque la mala suerte o el destino habían querido que sólo vivieran seis, consideraba que su matrimonio a los nueve años con Alfonso VIII de Castilla , cuando éste tenía quince, concertado por razones de estado para asegurar la frontera pirenaica, había sido algo más que el pacto pretendido. Ella había terminado enamorándose de aquel rey coronado a los doce años, y había sido feliz a su lado, sufriendo con él sus fracasos, como el de Alarcos, y disfrutado de sus victorias, que habían sido muchas, pero sobre todo, la más reciente, de apenas dos meses al otro lado de Muradal.
Su apuesta no era consecuencia de otra cosa que del amor que le profesaba. Era el resultado de la complicidad ten que vivían sus corazones. Un juego, no entre rey y reina, sino entre amantes, entre compañeros que habían compartido lo mejor y lo peor durante más de cuarenta años. Tanto es así, que Alfonso VIII dispuso en su testamento que fuera ella la que gobernara el reino durante la minoría de edad de Enrique, su heredero.
No tenía dudas sobre el amor que su esposo le profesaba, hasta tal punto que debía ser muy prudente a la hora de manifestar cualquier deseo, pues la faltaba tiempo al Rey para complacerla. Así fundaron el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, una capilla dedicada a Santo Tomás de Canterbury en la catedral de Toledo y la construcción de la catedral de Cuenca tan pronto fue reconquistada la ciudad.

El proceso de entrenamiento y preparación del negro capturado al Sultán, la mantendría entretenida gracias a las informaciones que casi a diario le daba Núñez de Lara, y también con un cierto grado de excitación emocional que rompía la monotonía inevitable de la vida palaciega, pues aunque pasaba algunas horas al día con sus hijos Leonor y Enrique, la educación y preparación de éstos futuros reyes, los mantenía separados de ella más tiempo del que quisiera.
Ella había aceptado la apuesta de su esposo por complacerlo, aunque también estaba segura de que por el amor y el respeto que la profesaba intentaría ganarla en buena lid, así que ella intentaría, por los mismos motivos, ganar la apuesta presentando al negro más fuerte que se pudiera conseguir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario