martes, 8 de enero de 2013


EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XVIII (09.01.2013)

Los días eran largos en el mes de julio y la tarde daba mucho de sí pues el sol no se ocultaba tras la sierra del Teleno hasta bien pasadas las nueve, así que Ana y Mónica estuvieron un largo rato tomándose un café bajo el cenador en el jardín una vez que recibieron los agasajos de las congéneres de Greta, que satisfecha su curiosidad por la presencia de una persona extraña en su territorio, se echaron a dormir la siesta bajo la sombra de los perales. 
Sobre las cinco se levantaron y Mónica acompañó a Ana hasta la casa de Duvi, apenas a unos doscientos metros, en la calle Camino de Veguellina. 
Tras las presentaciones, Duvi las invitó a pasar a la galería que daba al patio interior y les ofreció un café que declinaron – pues acabamos de tomar uno en mi casa – le dijo Mónica. 
Ana le contó que estaba haciendo un estudio sobre la longevidad de las gentes de aquella comarca y que Mónica le había dicho que ella quizás podría darle información al respecto. 
- No te creas tú que yo sé tanto. Sí que conozco quienes son los más viejos de Villamediana y también la edad de algunos ya fallecidos, pero ni la de los padres o abuelos de los que hoy viven. Por ejemplo, me acuerdo ahora mismo de la señora Clara, la madre de Julián Bernardo que murió con más de ciento un años o del señor Severino, el padre de Juan Palacios que murió con noventa y nueve. 

Ana iba anotando en su cuaderno los nombres y edades que decía Duvi, que se quedó pensativa unos momentos para después decirle que de los fallecidos no recordaba más, pero que podía hablar con Valentín, que era el de más edad del pueblo, con noventa y dos años, o con Aniceto, que va camino de los ochenta y nueve, con María, la de Elpidio, pues el abuelo de su padre había vivido muchos años, o con Adela y Elisa, nietas de Lorenzo que murió ya hace mucho tiempo y con ochenta y siete años y con Honorina, que va para noventa y uno.  


- … aunque las persona de más edad de esta zona y de todo el municipio de San Cristóbal, es la señora Benigna, que va para los noventa y cinco y está como una rosa y eso que tuvo doce hijos. 
- ¿Y vive aquí, en Villamediana, la señora Benigna? – preguntó Ana. 
- No. Vive en Veguellina de Fondo, aquí un poco más abajo. Hay mucha gente mayor por aquí y los verás paseando por la carretera o en bicicleta. ¡Ah¡ en Veguellina también está Alfonsón, que debe de ir camino de los noventa y tres, y en San Román, Francisco Fuertes, que debe pasar ya de los 94, aunque ahora está en la residencia de Villarejo. 
- ¿Y crees que podré hablar con estas personas que me has dicho? 
- Sí, mujer. Vamos, yo creo que sí. Son todos muy buena gente. 
- Te estoy muy agradecida por toda esta información. Muchas gracias. 
- De nada mujer. Siento no poder decirte más, pero… si hablas con los que te he dicho, seguro que ellos te cuentan mucho más. 
- Sí, claro; intentaré hablar con ellos esta misma tarde. 
- ¡Espera, espera¡ Ahora me acuerdo de otra persona, un señor que nació aquí y se marchó para la Argentina. Se llamaba Ildefonso Pérez y falleció con 94 años. Lo sé porque su nieta vino por aquí, pues quería conocer de donde procedían sus raíces. Aún debo de tener por ahí la carta que nos envió agradeciendo la información que le dimos. 

Cuando las despedía desde la puerta, llegó una mujer en bicicleta. 
- Hola, Mónica. Duvi, ¿vamos? – le preguntó 
- Si, Tori, ahora mismos voy – contestó- Es que vamos a la memoria a Veguellina. Allí nos juntamos unas cuantas mujeres y hacemos ejercicios para fortalecer, o mejor, para no perder la memoria – les explicó. 
- Hola, Tori – correspondió al saludo Mónica y, dirigiéndose a Ana: 
- Tori es mi vecina, la mujer de Tomás. 
- Encantada-saludó Ana. 
- Lo mismo – correspondió Tori. 


Ana ya había conseguido parte de lo que había ido a buscar a Villamediana; estaba muy satisfecha y confiaba en que aún lo estaría más cuando hablara con todas aquellas personas y que sus datos justificaran tanto el interés de Teodegonda y Alarico mil quinientos años antes, como el suyo ahora. 
Se despidieron de Duvi y se dirigieron a la casa de Juan Palacios que vivía en el número 12 de la calle Real, según les dijo Duvi. 
Allí encontraron no sólo a Juan sino a sus hermanas Tina y Victoria, quienes, al reconocer a Mónica, las invitaron a pasar. Allí les confirmaron que, efectivamente, su padre, Severino, había muerto a los noventa y nueve, pero que no recordaban las edades de sus abuelos cuando fallecieron. También les dijeron que su tío Valentín ya había cumplido los noventa y dos y que nunca había estado enfermo y que andaba por ahí como si fuera un chaval. 
- ¿Y dónde podríamos encontrar a vuestro tío?- preguntó Ana. 
- Aquí mismo, al lado, dos portales más allá – respondió Juan- Creo estará en casa ahora, pues no le gusta salir con tanto sol. 

Valentín las recibió vestido con un mono de trabajo de color crema. 
- Estoy cociendo patatas para los gochos- les dijo. 

Después de que Ana le dijera por qué querían hablar con él, Valentín les contó que, efectivamente, tenía noventa y dos años cumplidos, pero que no recordaba la edad a la que murieron sus abuelos, y que su padre había muerto joven, con cincuenta y cuatro años en el cuarenta y tres. También les habló sobre las duras condiciones de vida en el pasado, cuando no había agua corriente en las casas, así como lo que supuso que se abrieran pozos en los patios, allá por el año treinta y cuatro. 
- … y el trabajo en el campo era muy duro, pues había que hacerlo todo a mano. Ahora, con los tractores y tantas máquinas para cada cosa, es mucho más llevadero. No me explico como aquella gente, en esas condiciones, podía llegar a vivir setenta y ochenta años. 
- Y dígame, Valentín, cuando no tenían agua corriente en casa y ni siquiera pozo, ¿de dónde traían el agua?- preguntó Ana- porque me supongo que la fuente que hay en la plaza tampoco existiría. 
- Se traía el agua de la manga y allí también se lavaba la ropa, y no sólo los de Villamediana, sino también los de Seisón, pues en invierno tenía mejor temperatura que la del río. 



- ¿De la manga? ¿Qué es la manga? El interés de Ana era evidente. 
- Es un manantial que sale aquí cerca y que lleva echando aguas desde no se sabe cuándo. Antes de que hicieran el depósito de Seisón, pensaban captar el agua de la manga, pero tuvieron miedo a que el caudal no fuera suficiente y desde entonces ha estado abandonada y es una pena – continuó – pues había una fuente muy bien hecha y un lavadero y ahora está todo tapado y hasta han plantado chopos al lado, aunque sigue saliendo el agua. 
- ¿Está cerca del río? – preguntó Ana. 
- No, no. Está aquí mismo y el agua que sale va por una acequia hasta Veguellina y allí desagua en el río. 
- Entonces ¿ya no se ha vuelto a utilizar su agua? 
- No. Desde que se puso el agua del depósito en las casas y con la fuente de la plaza, ya nadie volvió a usar la de la manga – contestó. 

Ana consideró que ya pocos datos más podría obtener en Villamediana sobre las personas de edad avanzada, así que ya no tenía motivos para quitarle más tiempo a Valentín. 
- Muy bien, Valentín. Muchas gracias por su información y que siga disfrutando de la vida muchos años más y en tan buena forma – se despidió. 
- Gracias. Haré por ello. No se preocupe. 

Caminando se acercaron hasta donde había dejado el coche, al lado del caño, que así llamaban a la fuente pública de la plaza. 
- Bueno, Mónica. Ya tengo los datos que necesitaba de aquí, así que me vuelvo a La Bañeza. Ha sido un placer conocerte y te agradezco la ayuda que me has prestado. A ver si un día nos vemos por Gijón y nos tomamos un café. 
- Yo también estoy encantada de haberte conocido y, ya sabes donde vivo, así que cuando te apetezca o necesites algo… 
- Pues adiós. 
- Hasta cuando quieras. 


Ya había avanzado unos metros cuando detuvo el coche. 
- ¡Mónica¡ ¡Mónica¡ - llamó 
- ¿Sí? 
- ¿Puedes decirme cuándo viene el médico de cabecera al pueblo? 
- Los martes por la mañana, Se llama Elisa- le informó. 
- ¿Sólo los martes? 
- Sí, aunque en San Cristóbal creo que está todos los días. 
- Muy bien. Gracias otra vez. 
- Adiós. 

Ana estaba ansiosa por llegar al hotel y empezar a analizar los datos que le había dado Josefina, los conseguidos por ella en el cementerio de San Román y los obtenidos en Villamediana, pues a falta de un análisis riguroso, parecían confirmar lo que tanto había sorprendido a Alarico cuando se encontró con el grupo de Egurros.

Eran las siete cuando llegó al Infanta Mercedes. Subió a su habitación y antes siquiera de darse una ducha, a pesar de que se encontraba incómoda por el calor pasado, sacó el cuaderno y los datos del Ayuntamiento y se puso a ordenarlos. 
En el cementerio había anotado veintisiete fallecidos de más de noventa años, claro que se correspondían con lo que llamaban la Feligresía, de los que dos lo habían sido a los noventa y nueve. De la información dada por Duvi, pudo sacar que en Villamediana había, al menos, veinte mayores de ochenta y dos, de los que doce pasaban de ochenta y cinco y cuatro de los noventa, todo ello en una población de hecho de unas cuarenta personas, lo que suponía un porcentaje ¡del 50%. Algo realmente sorprendente. 
Al día siguiente iría a Veguellina para hablar con ¿cómo dijo Duvi que se llamaba? ¡Ah sí¡ la señora Benigna. Quería sumar los datos obtenido en Villamediana con los que obtuviera de Veguellina y cotejarlos con los del Ayuntamiento y así poder concluir, con cierta solidez, si la zona entre las dos localidades era especialmente generosa en lo que a la edad de sus habitantes se refería, ya que así fuera, se confirmaría, sin duda alguna, que tenía algo que favorecía esa longevidad. Y ese algo era lo que Bertulfo llevaba en los  

barriles que Alarico ordenó guardar en la cámara del tesoro y que, con toda seguridad, constaba en alguna de las páginas arrancadas del libro y que ella, mil quinientos años después quería conocer. 
Sobre las ocho empezó a arreglarse y se lamentó por no haber traído más ropa. Ella había venido para dedicarse a su labor de investigación y en modo alguno se le había pasado por la cabeza que lo que Sandra le había escrito sobre lo de conocer a algún hombre pudiera ser verdad. Aunque no tenía intención alguna de liarse con nadie, ni le importaba la opinión del hombre de la noche anterior, quería estar lo mejor posible y, lamentablemente, sus mejores vestidos de verano habían quedado en Gijón. 
Tardó más de lo habitual en arreglarse y sobre las nueve menos cuarto bajó a la cafetería para tomarse una caña antes de la cena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario