lunes, 14 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXIV (15.01.2013)
Ana tuvo que hacer un gran esfuerzo para que el enfado que sentía no la dominara. No estaba enfadada con Roger pues de su caballeroso comportamiento o mejor expresado – se dijo – de su capullesco comportamiento, no era él el responsable, sino ella que cortó su primer intento de avance cuando pararon en la carretera al venir de Jiménez. Estaba enfadada consigo misma por haberse comportado así, como una colegiala inexperta, como una tímida y pudorosa mujer, como una boba en definitiva y también porque haber dejado que su imaginación se llenara de fantasías sin tener en cuenta que ninguna razón le había dado él para ello más allá de aquel intento de caricia. Le cabreaba también tener que reconocer que le hubiera gustado pasar la noche con él – tres años durmiendo sola son muchos años- aunque al día siguiente se marchara y no volviera a verle nunca más.
Miró en el minibar y se sirvió un botellín de vodka. Necesitaba tranquilizarse, pues de lo contrario estaba segura que pasaría la noche en vela.
Estuvo tentada de salir al balcón para ver si él seguía en la terraza, pero consiguió dominarse. Dejó el botellín de vodka vacío encima del minibar y ya algo más tranquila cogió el portátil para ver si había algún correo de Sandra. La bandeja de entrada estaba vacía y después de pensarlo unos instantes, se puso a escribirla contándole lo bien que lo estaba pasando en La Bañeza y la visita que había hecho al Alfar Museo en Jiménez de Jamuz. No quiso decirle que no había ido sola, aunque sabía que a Sandra le hubiera alegrado decirle que había ido con un hombre atractivo, aunque algo capullo, que también se alojaba en el hotel.
Envió el correo y cerró el aire acondicionado. Después corrió las cortinas del balcón dejando las hojas abiertas y apagó la luz. Se quitó el vestido quedándose en ropa interior y se tumbó en la cama. Ya fuera por el ambiente que había creado con la tenue claridad filtrándose por las cortinas del balcón o por la temperatura de la habitación, agradable estando desnuda, no tardó en quedarse dormida.
Roger no tardó en subir a su habitación en la planta segunda. Él también estaba molesto, pues todo parecía indicar que estaba perdiendo facultades a la hora de entender a las mujeres o, mejor dicho, las señales que éstas emiten cuando les apetece la compañía de un hombre.
Había metido la pata con Ana intentando acariciarla cuando malinterpretó su sonrisa y mirada allá en la carretera de Jiménez. Se equivocó y la puso en guardia como bien claro dejó ver mientras tomaban la cerveza en la Plaza Mayor y él la piropeó. Había sido una torpeza por su parte, tan imperdonable como la del cazador que pisa una rama por no medir sus pasos espantando así la pieza que pretende cazar.
- ¿Me estaré haciendo mayor? – se preguntó en voz alta- Cada vegada més vell i menys diable –concluyó – En cualquier caso, mañana iremos a ese pueblo de la manga, tal como quedamos, no sea que haya algo de verdad en todo lo que me ha contado, pues si así fuera… por bien perdida daría la fallida caza.
Puso la tele para ver el resultado de los entrenamientos oficiales del Gran Premio de Gran Bretaña de F1 y que colocaron a Webber y a Vettel en los primeros puestos de la parrilla y a Alonso en tercer lugar. No era un mal resultado – pensó- aunque veremos mañana si no la pifia con esos Ferrari que fallan más que la pólvora mojada. No es que le interesara mucho la F1, pero … la Liga aún no había empezado y el Barça estaba de gira por América.
Satisfecha su curiosidad, se acostó y se puso a pensar en lo que habían hablado Ana y él sobre que el agua de aquella manga fuera especial. A un experto ejecutivo de una empresa de aguas, no se le escapaba la importancia económica que podría tener el descubrimiento de un agua con unas características tales que fuera capaz de retrasar el envejecimiento, si ese descubrimiento era bien gestionado por un experto profesional, y él lo era. Quizás esa mujer, sin darse cuenta y por el solo hecho de satisfacer una curiosidad que el libro le hurtó, estaba sentando las bases para un futuro próspero negocio.
Y con estos pensamientos, se quedó dormido.
Cuando sobre las diez de la mañana bajó al comedor, Ana ya estaba desayunando.
- Buenos días, Ana – saludó - ¿Qué tal has dormido?
- Buenos días. He dormido muy bien, gracias – contestó.
- ¿No llegaré tarde, verdad? – preguntó él
- No, no. Habíamos quedado sobre las once, así que llegas con tiempo más que suficiente – contestó ella.
- La verdad es que se me han pegado las sábanas, quizás porque tardé en dormirme anoche. No me gusta el aire acondicionado y el calor me impedía conciliar el sueño.
- Ciertamente que la noche fue calurosa – comentó ella – pero con el balcón abierto y las cortinas desplegadas, la temperatura era soportable.
Ana era consciente de lo estúpido de la conversación que estaban teniendo tanto por la formalidad como por lo manido del tema, pero no quería traspasar los límites de la cortesía para no sufrir un chasco como el de la noche anterior.
Él también parecía actuar de la misma forma y quizás por el mismo motivo, así que entre ellos, a pesar de la cercanía, parecía haberse levantado un invisible muro de protección mutua y que ninguno de los dos iba a derribar.
- ¿Nos vamos ya? – preguntó él cuando terminaron de desayunar.
- Tengo que subir un momento a la habitación- contestó Ana- pero, si te parece, entretanto podrías acercarte al chino y comprar un par de frascos para recoger el agua.
- ¿Un par? Con uno es suficiente.
- El caso es que me gustaría llevarme un frasco del agua de la manga como recuerdo de esta infantil aventura. Es como cuando vas a Lourdes o al Jordán y tras un frasquito de agua que te recuerda que estuviste allí. ¿No te importa, verdad?
- En absoluto – contestó – Será un placer.
- Tardaré muy poco – dijo ella – Si terminas primero espérame en mi coche ¿te parece?
- De acuerdo – contestó él.
Diez minutos más tarde enfilaban la L-420 en dirección a Hospital de Órbigo y en el kilómetro 8 tomaban el desvío a Villamediana por San Román El Antiguo, localidad que allá por el Siglo XIII fue sede de un prioratro de la Orden del Temple, dependiente de la Encomienda de Hospital de Órbigo.
Durante el trayecto desde la antigua sede templaria hasta Villamediana, se cruzaron con un buen número de mujeres y hombres en bicicleta en dirección a San Román. Más tarde supieron que iban a misa, pues San Román era el centro de la parroquia.
Cuando llegaron a Villamediana, aparcaron el coche en la calle Real, una vez pasado el puente sobre el canal. Apoyado en la barandilla había dos hombres en animada charla. Ana le dijo a Roger que esperara un momento, pues iba a preguntar a aquellos hombres dónde quedaba la manga.
- Buenos días – saludó.
- Buenos días- contestaron ellos al unísono.
- ¿Podrían decirme, por favor, dónde queda la manga? – preguntó Ana.
- ¿La manga? Sí, como no- dijo el de más edad- Mire, allí al final de esta calle, coja la de la izquierda, la que pone calle de la Fuente y enseguida verá la manga.
- O lo que queda de ella – añadió el otro hombre.
- ¿Qué dices, Vicente? – le interpeló el primero – Si tú sabes que fuimos Teodora, la de Maxi, y yo con las palas y la limpiamos hasta descubrir parte de la fuente y del lavadero.
- Si, Elpidio, pero no está como antes – insistió el que se llamaba Vicente- Todo está lleno de porquería y con el paso que han hecho para los quiñones, aún la han dejado peor.
- Bueno, algo de razón tienes- concedió Elpidio – Ya la acompaño yo, señora y le indico dónde mana la fuente.
- Pues muchas gracias. Es usted muy amable. ¿Tenemos que ir en coche?- preguntó.
- ¡Qué va¡ Si está ahí mismo y, además el camino es más para tractores.
- Roger, este señor tan amable nos va a llevar hasta la manga –le dijo Ana.
- Buenos días – saludó Roger.
- Buenos días – contestó Elpidio.
Mientras iban hacía la manga, el corazón de Ana se aceleraba poco a poco. Estaba a unos metros, a unos minutos de ver lo que casi con toda probabilidad había llevado Bertulfo a la corte visigoda de Toulouse hacia mil quinientos años. Le emoción la estaba embargando y en esos momentos supo lo que Teodegonda sintió cuando Alarico la llevó a la cámara del tesoro, para ver lo que Bertulfo había traído de aquel lejano lugar de la Hispania, a orillas del río que llamaban Órbigo.
Roger estaba impaciente por tomar la muestra de agua y mandar que la analizaran.
Cada uno habría imaginado la manga seguramente de forma distinta, pero nunca nada parecido a lo que Elpidio les enseñó.
- Esta es la manga – dijo señalando una pequeña presa de apenas medio metro de ancha y cubierta de minúsculas plantas acuáticas.
- ¿Esa? – preguntaron al tiempo.
- Sí- contestó Elpidio- Miren, ahí está la fuente, donde se ven esa pequeña pared de cemento ¿Ven como sale el agua? Y allí – señalaba un poco más abajo- donde esa otra pared más alargada, estaba el lavadero.
- ¿Pero esto es todo? –preguntó Roger.
- Ahora sí, aunque antes la manga era más ancha, la fuente estaba muy bien hecha y toda estaba limpia. En algunos lugares igual medía más de tres metros de ancha y había peces ¡Que no hemos pescado peces aquí ni nada¡ Truchas, tencas, bermejuelas…
- La verdad es que cuesta imaginárselo –comentó Ana- Se ve que está todo muy abandonado.
- Así es – afirmó Elpidio – Ya ve hasta donde han plantado los chopos y toda la porquería que hay en el cauce. Hasta una lavadora sacaron el día que colocaron ese tubo.
- ¿Y esta es la manga que llega hasta Veguellina? – le preguntó Ana.
- Sí, llega hasta Veguellina y allí desagua en el río- contestó Elpidio.
- ¿No creen ustedes – le preguntó Roger – que el agua que mana aquí puede ser una filtración del río?
- No lo creo, pues esto está más alto y además fíjese que el agua parece venir del lado contrario, de arriba. En invierno – continuó – las mujeres de Villamediana y también las de Seisón, venía a lavar aquí, pues el agua estaba menos fría que la del río.
- Eso es normal, porque al ser un caudal menor, absorbe más fácilmente el calor del subsuelo – le explicó Roger.
- Será eso, si usted lo dice – concedió Elpidio nada convencido.
- Pues vamos a coger un poco de agua en estos frascos como recuerdo de nuestra visita ¿ sabe?.
- Cojan, cojan, que no se va acabar, que si no ha dejado de manar en los años de sequía, menos lo va a hacer ahora.
Roger llenó los dos frascos que había comprado en el chino y le dio una a Ana.
- ¿Ustedes no son de La Bañeza, verdad? – les preguntó Elpidio cuando regresaban al coche.
- No, no. Somos de fuera y estamos pasando unos días por esta comarca – respondió Roger.
- Es que ayer por la tarde me pareció verla a usted con Mónica y pensé que igual eran de Gijón, como ella.
- Yo soy de Gijón- dijo Ana – y vio usted bien, pues sí que estuve aquí con Mónica ayer por la tarde visitando a Duvi y a Valentín.
- Algo ya había oído, sabe. Es que este es un pueblo tan pequeño que no hay forma de pasar desapercibido.
Roger, que temía que Ana terminara contándole a aquel hombre les motivos que los había llevado allí, la apremió.
- Bueno, ya tenemos el agua de recuerdo ¿nos vamos ya? – afirmó más que preguntó.
A Ana no le gustó el tono, pero se abstuvo de exteriorizarlo.
- Sí, nos vamos. Muchas gracias por su ayuda ¿Elpidio, verdad?
- Sí, aunque aquí me conocen más por el gallego- respondió.
- Pues… adiós y gracias nuevamente- se despidió Ana estrechándole la mano.
Lo mismo hizo Roger. A unos metros, apoyado sobre la barandilla del puente, Vicente observaba la escena.
Antes de ponerse en marcha, Roger le preguntó si la apetecía un café.
- ¿En La Bañeza? – preguntó.
- No- respondió él – Podemos ir a Veguellina de Órbigo, si te parece. Queda sólo a cinco minutos en dirección Hospital.
- De acuerdo. Tú sólo dime por dónde tenemos que ir.
- Vamos hasta San Román y allí cogemos la carretera por donde hemos venido desde La Bañeza.
Tal como había dicho Roger, en cinco minutos entraban en Veguellina por la calle de La Bañeza y aparcaron en la Avenida del Páramo. Desde el momento en que enfilaron la calle de entrada a la localidad, Ana ya pudo ver la cruz verde luminosa de una farmacia y al llegar al paso a nivel, al fondo distinguió otra señal idéntica. Había, por tanto, dos farmacias donde seguramente realizarían análisis de aguas. Era bueno saberlo por si Roger no podía conseguir que analizaran la muestra que llevaba en la embotelladora. Cierto es que también en La Bañeza había farmacias, pero …
Tomaron un café en la terraza del bar Montaña y hablaron sobre el análisis del agua, acordando que el lunes, si le daban a Roger los resultados a lo largo del día, la llamaría al hotel para adelantarle sus conclusiones, pues no quería estar de los nervios todo el día, hasta que él llegara. Roger le dijo que intentaría que hicieran la analítica a lo largo de la mañana y que, en cualquier caso, la llamaría a mediodía para informarla de lo que hubiera.
Ana era cada vez más consciente de que aquella cálida relación que se había establecido entre ambos desde la noche en que se conocieron cenando en el hotel, poco a poco se iba enfriando, por lo que estar sentado con él ya no le resultaba tan grato. Lo chocante era que también sabía que todo era consecuencia de su propio comportamiento, por lo que se le hacía más difícil reconducirla y, la verdad es que su interés había disminuido, quizás por el cercano final del asunto que la había llevado a aquellas tierras.
Cuando él le dijo que si le apetecía ir a conocer algún lugar nuevo como Benavides o Carrizo, con su monasterio cisterciense, ella dijo que le gustaría volver al hotel, pues estaba empezando a dolerle la cabeza, algo que, aunque le ocurría pocas veces, la obligaba echarse durante una horas para que el intenso dolor se le pasara. Migraña – le habían diagnosticado.
Le pareció una excusa creíble.
- Lo siento. Nos vamos cuando quieras. Si puedo hacer algo…
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