lunes, 28 de enero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.


CAPITULO  IX (30.01.2013)

Tan pronto se sentaron, entraron tres sirvientas, dos de ellas de generosas carnes y enormes pechos, la otra flacucha, que dejaron sobre la mesa una enorme fuente con dos perniles de cordero y un costillar asados, con salsa y acompañados de verduras, hierbas aromáticas, un par de platos de madera, una hogaza de pan moreno, una jarra de vino tinto y dos vasos.
El Capitán utilizó su daga para pinchar la carne mientras que Lucas , que observaba como su Señor se servía uno de los perniles y arrastraba al plato parte de la guarnición, miraba sin atreverse llenar su plato. No estaba acostumbrado a aquella clase de comida, pero lo que le cortaba era no saber si su comportamiento a los ojos de su Señor sería el correcto si se servía.
Aunque pareciera que no se había dado cuenta de que Lucas no se servía, Iñigo Aldai no perdía detalle del comportamiento del muchacho y esa espera de Lucas, quizás a su autorización para empezar a comer a pesar del hambre que seguramente tendría, le confirmaba que, efectivamente, Lucas tenía verdadero interés por aprender y agradarle.
-¡Pero muchacho¡ ¿Acaso no tienes hambre?  Llena tu plato con esa pierna de
cordero, acompáñalo con este buen vino seguramente de los viñedos que hemos visto cuando veníamos, y aprovecha la ocasión, pues no siempre podremos disfrutar de tan buenas viandas.
No se hizo repetir la orden; cogió con la mano el pernil y, sin siquiera depositarlo en el plato, le hincó los dientes con voracidad. Nunca había comida una carne tan sabrosa, pues aunque ya había comido cordero alguna vez, el sabor que la daban las hierbas aromáticas era realmente exquisito. Es carne para reyes, pensó y aquí estoy yo, el hijo de un molinero, en un castillo, sentado a la mesa de un noble caballero que ha luchado en la batalla del Muradal, comiéndola como si nada. En algún momento despertaré de este sueño y tendré que vaciar otro saco de avena en la tolva del molino.
Estaban empezando a caer en el agradable sopor consecuencia de la copiosa comida y del vino trasegado, especialmente Lucas poco acostumbrado, cuando entró un soldado enviado por el jefe de la guardia, que le informo que el Alcaide y el Regidor acababan de entrar en el castillo.
Se levantaron y el Capitán le dijo a Lucas que iban a pasar la noche en el castillo .Él iba a ver al Alcaide, y ya que los caballos ya estaban atendidos, que se entretuviera como quisiera saliendo a visitar si le apetecía la villa, pero que preguntara en el cuartel de la guardia donde podría alojarse para dormir y a qué hora se cerraba la puerta de la ciudadela, no sea que tuviera que pasar la noche fuera, al relente o en algún soportal.

Iñigo Aldai se dirigió a la entrada de la Torre del Homenaje, donde suponía que vivía el Alcaide y así era, ya que en la puerta, un soldado hacía guardia y cuando el enviado del Rey le dijo que quería ver al Alcaide, el soldado pegó una voz hacia el interior y al cabo de un rato apareció un sirviente que le indicó que le siguiera.
Era la primera vez que estaba en aquel castillo propiedad de su Señor Don Diego López y, en el corto recorrido que hizo desde la sala donde habían comido hasta la entrada de la Torre del Homenaje, concluyó, como hombre de armas que era, que de aquella fortaleza habría sido en el pasado el corazón de muchas conquistas, pues bajo un largo tejado a lo largo de la muralla había visto trabuquetes, almajeneques y manteletes, necesarios para los asedios a lugares amurallados.
Guiado por el sirviente, subieron por una escalera, estrecha para su gusto, hasta la planta primera, donde esta la sala en la que el AlcaIde recibía a las visitas importantes. La sala, de forma cuadrada, tenía unas aberturas en tres de las paredes, que más que ventanas parecían arpilleras, aunque excesivamente altas para tratarse de tales, pues los arqueros no podían alcanzar su altura. A lo largo de las paredes había distintas armaduras completas de caballero con casco unas, otras con o yelmo o lamete, alpartaz de malla, peto, escarcelas y escarcelones, pancera, bragaduras, y todos las demás piezas que integran una armadura para la batalla, armados con pica o espada. A media altura sobre las cuatro paredes, unos hachones encendidos complementaban la escasa luz que entraba por las arpilleras. Colgado sobre el testero de la sala, estaba el pendón de Haro y a ambos lados otros de menor tamaño,  seguramente de las villas de la Comunidad de Cuéllar.
Delante de un sillón de madera cuyo respaldo coronaba una talla del escudo de armas de la Casa de Haro, estaba de pie el que supuso que era el Alcaide, acompañado por un fraile o sacerdote, probablemente sería esto último, y otro personaje que identificó como el escribano, pues estaba sentado detrás de un atril de madera de los que usan los escribanos para hacer su labor.

-Bienvenido seáis a nuestra Villa, Capitán. Disculpadme por no haber podido recibiros antes, pero responsabilidades propias de mi cargo, me han obligado a estar fuera de la ciudadela. Sé que, en mi ausencia, han atendido vuestra comida y la de vuestro escudero. Quisiera tener la oportunidad de demostraros cuánto siento lo ocurrido, rogándoos que esta noche, cenarais con mi esposa y conmigo, si os place.
-Os doy las gracias por vuestra bienvenida Alcaide y os aseguro que será para mi un gran honor cenar en vuestra compañía y la de vuestra esposa.
-Me informaron que vuestra visita es más que de cortesía, por lo que he hecho llamar al Padre Gumersindo, sacerdote del castillo y mi secretario, así como al escribiente, por si fuera necesario.
- Así es, Sr. Alcaide, más he de deciros que vengo enviado por nuestro Rey Don Alfonso con instrucciones que he de comunicaros y que habréis de seguir, pues es asunto del Reino. Veréis en esta carta con el Sello Real que os muestro, que el Rey de Castilla me ha conferido la autoridad necesaria para recabar la colaboración que necesite, aunque sé que a vos, como noble que sois de la Casa de Haro y vasallo de Don Alfonso, esta carta real no os es necesaria para vuestra total colaboración en todo aquello que sea en interés del Reino.
- Decís bien, capitán Aldai. Nada me agrada más que poder complacer a nuestro Rey en aquello que me demande.

Fernando Huarte tomó la carta que le mostró el Capitán y después de echarle un vistazo, se la devolvió diciéndole:
- Sentémonos y decidme pues que instrucciones son esas que me traéis.
Iñigo Aldai le dijo al Alcaide lo que precisaba que hiciera, señalándole que a a
mediados del mes de octubre, el día de San Daniel volvería de regreso a Toledo y necesitaría saber el resultado de sus gestiones.
El Alcalde se volvió al Padre Gumersindo sin hacerle pregunta alguna, pero éste ya sabía qué quería saber y le informó:
- El 10 de octubre, Señor Alcaide.
-Descuidad, pues como ya os dije, sirvo con orgullo a nuestro Rey. Y ahora, permitidme que me ausente, pues he de resolver diversos asuntos tratados en la reunión del Concejo de la Comunidad. Espero veros para la cena. Padre Gumersindo, hacedme el favor de indicarle a nuestro huésped cual es su aposento, porque supongo que pasaréis la noche aquí, ya que aventurarse por esos caminos de noche no es aconsejable, pues no está uno libre de encuentros con algún emboscado a pesar de los esfuerzos del Concejo y del Regidor por mantener libre la comarca de malhechores.
-Os doy nuevamente las gracias por vuestra hospitalidad y así se lo haré saber a nuestro Señor Don Diego.
-¿Me seguís Capitán? .Os indicaré vuestro aposento
Salieron de la sala de recepciones y subieron a la segunda planta. El sacerdote se paró ante la puerta del primero de los seis aposentos que había.
- Aquí es. El resto están vacías. La cena se servirá en la planta baja a la puesta del sol. A esa hora también se cierra la entrada a la ciudadela, claro que en vuestro caso, podéis entrar y salir cuando os plazca. ¿Deseáis conocer algo en concreto ya sea de la ciudadela o de la Villa?. Si es así, os enviaré ahora mismo a un sirviente para que os guíe, pues aunque me hubiera complacido hacerlo yo mismo, he de estar con el Alcaide para los asuntos que él ya os mencionó.
- Os lo agradezco Padre Gumersindo, pero no es necesario. ¿Os veré en la cena?
-Eso espero.
-Pues hasta entonces.
El Padre Gumersindo vestía hábito blanco con escapulario negro, lo que lo identificaba como cisterciense, probablemente, pensaba Iñigo, procedente del monasterio de Monsalud, en la aldea de Córcoles, aldea que donó a la comunidad cisterciense el arcediano Juan de Treves y que Alfonso VIII confirmó. El Rey tenía una especial devoción por la Virgen que allí se veneraba, así que acudió al monasterio cuando regresaba de la reconquista de Cuenca a los almohades en el mil y ciento setenta y siete, para implorarle remedio para su fatiga de graves tristezas y dolencias de corazón y, según se decía, cuando fue ungido con el aceite de las lámparas al pie de la Virgen, sus males desaparecieron milagrosamente.
Le había caído bien el Padre Gumersindo. Pasaría de los cincuenta, pensaba el Capitán; tenía una buena panza que el hábito se ocupaba de destacar, aunque esto no le llamó la atención, pues era algo común a los servidores de la Iglesia, ya fueran simples frailes, canónigos u obispos, Era su mirada limpia y bondadosa la que la había cautivado.
Inspeccionó el aposento. Había una cama alta con dosel, una mesa con su silla y un cubo de madera para sus necesidades. La luz entraba por dos ventanas similares a las de la primera planta. La habitación estaba fría. Palpó la ropa de la cama y le pareció suficiente; pensó que incluso le sobraría la piel de oso extendida sobre ella.
Sobre la pared había una antorcha encendida que llenaba de olor a sebo la
habitación. No era el aposento real, pero más que suficiente para un hombre que acostumbraba a dormir sobre un jergón de paja las más de las veces.

Salió al Patio de Armas, pues quería recorrer la muralla que cerraba al castillo.
Cuando entraron por primera vez, había observado que algunos de los ángulos de la muralla no eran como él estaba acostumbrado a ver en otras plazas amuralladas. Fue siguiendo el recorrido de la muralla que arrancaba en la fortaleza y bajaba hasta la puerta en forma de arco dedicada, según le dijeron, a San Basilio y que comunicaba la ciudadela con la villa. Continuaba bajando hasta la salida a la judería y seguía hasta la parte de la muralla que le había llamado la atención al entrar por la mañana.
Efectivamente, formando parte de la muralla había una edificación que resultó ser una iglesia de mampostería y ladrillo y con una torre cuadrada en el lado norte, con ventanas de arco de medio punto. La iglesia servía para el cambio de dirección de la muralla. Entró en la iglesia y reconoció la imagen de San Esteban en el retablo mayor.
Continuaba la muralla hasta volver a cambiar de dirección en una nueva puerta y nuevamente en la siguiente. Ambas puertas comunicaban con la villa. Desde la última puerta, la de Santiago, así le dijo que se llamaba el soldado que hacía guardia en ella, veía como subía para terminar de rodear la colina sobre la que se ubicaba la fortaleza.
Cuando terminó su recorrido, faltaba poco para que el sol fuera engullido por el
horizonte, así que se encaminó a la fortaleza, pues no quería ser descortés llegando tarde a la cena con el Alcaide.
El jefe de la guardia le dijo a Lucas que podía dormir en el cuarto donde lo hacían los soldados encargados de custodiar las puertas de la ciudadela, ya que había camastros suficientes. También le informó que las puertas se cerraban tras la puesta del sol, así que debía de entrar cuando oyera las campanas de San Esteban, pues estaba convenido que tañeran para indicar a quienes estando en la Villa tuvieran que pernoctar en la ciudadela y al contrario, que las puertas se iban a cerrar.

Salió por la puerta de San Basilio y se adentró en la villa. Por sus calles pululaban campesinos con canastos llenos de verduras, algunos pastores tratando de vender algún cordero, un buhonero ofrecía su quincalla y bajo un pórtico, un sacamuelas se esforzaba con un labriego al que mantenía sentado en una silla con las manos y pies atados con correas. Un clérigo, con un cuenco en la mano, solicitaba la caridad de los viandantes y, un poco más allá de donde estaba, Lucas vio a dos mujeres enzarzadas en una pelea mientras otra animaba a una de ellas, que llamó la atención de un hombre que intervino para separarlas, lo que no le resultó fácil y a quien se dirigieron las mujeres hablando todas al tiempo, por lo que el hombre, era un alguacil, les ordenó callar y que hablaran de una en una. Lucas sintió curiosidad y se acercó, igual que lo hicieron que otros que se percataron de lo que ocurría, porque una pelea entre mujeres siempre era un espectáculo interesante, ya que nunca se sabía cómo iba a terminar.
Por lo que Lucas oyó, parece ser que una de las mujeres acusaba a otra de querer engatusar a su marido la semana anterior, aprovechándose de que ella había ido a la aldea de Torregutiérrez a pasar unos días con su madre que estaba aquejada por una fiebres, y que su vecina, la mujer que la acompañaba, le había contado lo ocurrido y que furiosa, había salido a encontrar a la buscona para sacarle los ojos. La había encontrado en la calle y se habían agarrado. El alguacil les advirtió que se marchar a sus casas o las llevaría ante el Regidor.
Las mujeres, cruzándose miradas cargadas de odio, se marcharon cada una por su lado, pues por muy enfadadas que estuvieran, sabían que si eran llevadas a presencia del Regidor, corrían el riesgo de ser enviadas a un cepo para dedos, ya que éste era el castigo que se aplicaba en caso de borracheras y peleas, además de una multa que quizás no pudieran pagar o que, aun pudiéndolo, les iba a ocasionar serios problemas con sus maridos.
Pudo ver grandes almacenes de lana, fuente de la riqueza de la Comunidad, casas que indicaban por su aspecto que eran habitadas por hombres con recursos económicos, probablemente mercaderes de la lana, hospederías y casas de comidas, carretas frente a una herrería esperando alguna reparación y, a pesar de que ya casi atardecía, en cualquier calle que entrara, estaba llena de gente yendo y viniendo.
Toda aquella actividad le maravillaba, pues no estaba acostumbrado a ver tanta gente ni aún en las contadas ocasiones cuando estuvo en el mercado semanal de Nalvalmanzano.
Se fijó que en la parte sur de la muralla había una construcción que no sabía si era iglesia o fortaleza, por lo que pregunto a un campesino que parecía no llevar mucha prisa. Este le dijo que se notaba que no era de la villa ni de las aldeas cercanas, pues todo el mundo sabía que esa edificación era la iglesia de San Pedro y que al estar en una zona muy vulnerable a cualquier ataque, la habían modificado añadiéndole por encima de los muros y a lo largo del ábside, aspilleras, saeteras y matacanes.
En esta conversación estaba cuando tañeron las campanas de San Esteban, así que se despidió del campesino y regresó con paso rápido a la ciudadela dejando atrás el bullicio de la villa que continuaría hasta la hora de vísperas, pues durante la noche estaba prohibidos trabajar, tanto para dejar dormir como para evitar posibles incendios con las antorchas necesarias para la iluminación mientras se trabajara.
Entró por la misma puerta por donde había salido. Uno de los soldados de guardia le reconoció
-¿Qué tal muchacho?.¿Has visto alguna buena moza que te gustara? Mira que por aquí hay muchas casaderas y no andan escasas de fortuna. Conozco un mercader que te acogería gustoso como yerno, eso sí, la moza en cuestión es tan hermosa como el trasero de una oveja.
Su compañero soltó una carcajada, mientras Lucas les hacía un gesto de desdén con la mano.
- Si es como decís, mejor os la quedáis, que yo aún tengo aspiraciones en esta vida y que no van por ese camino.
Se dirigió hacia la estancia donde habían comido esperando cenar allí, pero cuando llegó, la sala estaba vacía. No sabía dónde estaba su Señor, así que supuso que lo mejor era arreglárselas para cenar y ¿qué mejor lugar para encontrar abundante y suculenta comida que en la cocina?, así que encamino sus pasos en dirección a la procedencia de aquel olor a estofado que inundaba de placer su nariz y creaba mareos en el estómago.
La cocina era enorme y había más de una docena de personas entre hombres y mujeres afanadas con el fuego, las ollas, pelando pollos, cortando carne y yendo de un lado a otro con verduras, jarras y frutas.
Una de las cocineras que le vio entrar- Lucas nunca había visto a una mujer tan gorda- se dirigió a él:
- ¿Quién eres hijo?
- Soy el escudero – exageró un poco – del caballero Iñigo Aldai, capitán del Señorío de Vizcaya, que se aloja en el castillo.
Otra cocinera le reconoció, pues era una de las que les habían servido la comida.
- Ah, sí. Tú estabas con el caballero al que servimos a mediodía. ¿Te gustó el
cordero?
- Nunca había comido algo tan exquisito – respondió.
- Y ahora ¿ a qué vienes? ¿Vienes a llenar el estómago muchacho? Anda , siéntate por ahí que ahora te ponemos algo. ¡Marcos, ponle a este jovenzuelo un buen plato de estofado, que tiene cara de estar hambriento¡
Lucas se sentó y Marcos le puso delante un cuenco de madera lleno a rebosar de carne estofada de cerdo y una cuchara también de madera. Después le trajo media hogaza de pan moreno, una jarra de vino y un vaso de madera.
Disfrutó de la cena y del ambiente. En la cocina hacía calor y el ajetreo de aquella gente le entretenía. Se los quedó observando largo rato; parecía que se habían olvidado de él.
Entraron en la cocina cuatro sirvientes que cogieron las bandejas que les entregaban las cocineras con lo que sería la cena del Alcaide y su familia y la de su Señor, supuso Lucas y, sin pronunciar palabra, salieron muy estirados y con la barbilla muy alta, Una de las cocineras, cogió una bandeja vacía, la colocó sobre la palma de la mano e imitó los andares de los sirvientes, lo que provocó las risas de sus compañeros. Lucas también se rió a gusto.
Mientras varias de las mujeres lavaban en una gran tina las ollas, cuencos, platos y demás utensilios utilizados para hacer la cena, la cocinera gorda, que dijo llamarse Serafina, y que parecía que era la reina de los fogones, se sentó la mesa con Lucas y la acompañaron otras dos mujeres y un hombre que lo hizo al lado de la primera.
- Dinos muchacho ¿cómo te llamas?
- Me llamo Lucas Roa y soy hijo del molinero de Temeroso, del sexmo de
Navalmanzano.
- ¿ Y qué hace el hijo del molinero de Temeroso tan lejos de su molino y alojándose en este castillo tan notable?
Entonces Lucas les contó como su sueño se había hecho realidad con la llegada de un caballero con las armas del Señoría de Vizcaya, un hombre importante que había luchado al lado del Rey en la batalla de las Navas de Tolosa contra el Miramamolín de los musulmanes y que él mismo se lo había contado con pelos y señales, y como al día siguiente por la mañana le había pedido permiso a su padre para tomarlo a su servicio y como le había comprado un caballo al herrero de Nalvalmanzano.
- Eres un muchacho con mucha suerte Lucas - le dijo el hombre sentado al lado de la cocinera gorda, a la que había pasado el brazo por el hombro, -así que aprovéchala para no terminar como yo aquí, en medio de este nido de devoradoras de hombres. Serafina, fingiendo enfado, le lanzó un codazo al costado que casi lo tira del banco mientras los demás reían a carcajadas.
-¿Habéis oído? ¿Devoradoras de hombres?  Pero si tiene menos carne que una pata de perdiz -y continuaron con las carcajadas y las bromas hasta que el cansancio empezó a hacer mella y poco a poco empezaron a irse a dormir, que lo hacían en una gran habitación aledaña a la cocina.
Serafina le preguntó a Lucas dónde iba a dormir y cuando le contestó que con los soldados de la guardia, le dijo que si quería podía quedarse a dormir con ellos, que había sitio de sobra y las comodidades no eran menores que las del cuarto de los guardias y seguro que iba a pasar menos frío. Lucas aceptó encantado, pues no le apetecía nada salir al relente de la noche y, al menos dormiría en compañía de conocidos.

Iñigo Aldai llegó a la Torre del Homenaje y después de pasar por su aposento para quitarse la cota de malla y dejar la espada, bajó al comedor. Se encontró en el pasillo con el Padre Gumersindo, así que entraron juntos en la sala. Allí había otros dos hombres; uno de ellos parecía un sirviente de rango alto y el otro tenía aspecto de ser un cargo importante según indicaba el escudo de Castilla bordado en el pecho de su túnica.
Justo en el momento en que entraban el Capitán y el Padre Gumersindo, por una puerta lateral lo hacía el Alcaide Fernando Huarte y su esposa vestida con ropa de ceremonial. Parecía bastante joven, no más de veinte años, calculó el Capitán, mientras que el Alcaide andaría por los cuarenta. Imaginó que se trataría de un matrimonio arreglado entre familias por conveniencias de unos y de otros, ya fueran económicas, sociales o políticas, algo habitual cuando no se era plebeyo. No eran desacertadas sus suposiciones pues, según le comentó el Padre Gumersindo después de la cena, el matrimonio había sido concertado como garantía de no agresión entre los territorios fronterizos de León y Castilla, enlazando dos familias de la nobleza de ambos reinos.
Contrastaba además el aspecto de ambos, pues mientras que el Alcaide era de estatura mediana y generoso en carnes, ella era ligeramente más alta que él, esbelta de formas y muy hermosa de cara.
Tenía el pelo de color castaño con reflejos dorados recogido con una redecilla adornada con pequeñas perlas.
El Alcaide le presentó a su esposa, Doña Marta De La Fuente, única hija del Señor del Castillo fronterizo de Guardo, al otro lado del río Carrión, frontera natural entre los reinos de León y Castilla.
Sus ojos grandes, de color miel, en los que a Iñigo le pareció detectar una nube de tristeza, le miraron y sintió como si una fuerza desconocida le atravesara el pecho acelerando el latir de su corazón. No recordaba haber experimentado algo similar en toda su vida. Hizo una cortés reverencia, pero no fue capaz de pronunciar palabra alguna.
El Alcaide le presentó al que parecía ser cargo importante, como el Regidor Leopoldo López. Era un hombre enjuto de cara, ojos hundidos, de tez clara que contrastaba con un fino bigote negro y perilla en forma de triángulo. Era de estatura media y flaco de carnes. Vestía totalmente de negro, capucha incluida, lo que le daba un aspecto de ave de rapiña preparada para salvar sobre su presa. En eso momento hicieron su  entrada cinco hombres de mediana edad, vestidos con ropas que indicaban una posición social alta a los que el Alcaide les saludó:
- Adelante, pasad señores procuradores, pasad y permitidme que os presente al caballero Iñigo Aldai en misión al servicio del Rey Nuestro Señor.
Eran los síndicos de los cinco sexmos de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar con los que el Alcaide había estado reunido a lo largo de la mañana en el Concejo a los que, después de haber recibido a Iñigo Aldai, había enviado un sirviente invitándoles a asistir a la cena en honor de un notable huésped que acababa de llegar de la Corte de Toledo.
No eran frecuentes las visitas de personas de rango, por lo que se aprovechaba cualquier ocasión, y esta era una buena, para celebrar el acontecimiento que rompía la monotonía diaria, invitando al castillo a los hombres distinguidos de la Villa y su comarca, donde disfrutarían de una buena comida o cena, acompañada de música..

Tras las presentaciones, el Alcaide les invitó a tomar asiento en torno a la mesa que había sido preparada para diez comensales. El anfitrión tomó asiento la cabecera de la mesa y su esposa a su derecha, colocando a Iñigo Aldai a su izquierda, frente a Doña Marta. El Regidor se sentó en el otro extremo y los demás a ambos lados.
Empezaron a entrar los sirvientes que habían sido objeto de mofa en la cocina en la que cenaba Lucas, pero no servían el plato hasta que el otro hombre que había en la sala con aspecto de ser un sirviente de rango alto no probaba la comida y el vino que iban a servir; era el catador del Alcaide.
En uno de las esquinas de la sala, dos músicos, uno con la zanfona y el otro con la flauta, ponían la nota musical en el ambiente. Era costumbre que los músicos solo tocaran antes de empezar a comer y entre plato y plato, así que estaban tocando sus instrumentos y llenando la sala de los agradable sones de aquellos instrumentos de cuerda y viento y sólo pararon cuando y después que el catador hubiera cumplido su función, los sirvientes empezaron a colocar las fuentes repletas de comida sobre la mesa.
Como era de esperar, la conversación durante la cena versó sobre un único tema: la Batalla, cómo se había preparado, cómo se había desarrollado, si era verdad los de la Guardia Negra, si se había aparecido o no San Isidro con forma de pastor….
Iñigo Aldai contaba y respondía a las preguntas sin poner pasión ni en sus comentarios  ni en sus respuestas. Solo cuando se refirió al momento en que su Señor D. Diego y sus caballeros, él entre ellos, se vieron rodeados por la segunda oleada de almohades y cómo se mantuvieron sin retroceder recordando Alarcos, aún cuando estuvieron a apunto de ser aniquilados, se notó algo de emoción en su voz. No se sentía un héroe ni quería que se le considerara así y deseaba que la conversación derivara hacia otros temas, pero siendo él el homenajeado, no sería cortés por su parte ser el autor de tal deriva. La verdad es que fuera el tema el que fuera, no se sentía cómodo, pues no podía evitar mirar con más frecuencia de la que debiera a la esposa del Alcaide, que era la que menos interesada parecía estar en los pormenores de la batalla del Muradal.
Cuando el Padre Gumersindo que estaba sentado a la izquierda de Dña. Marta, tanto por los efectos del buen vino que había trasegado como por su fervor católico, defendía calurosamente que el pastor que indicó el camino a Don Diego era San Isidro, cuestión ésta que el Regidor había puesto en duda, todos estaban pendientes del sacerdote, incluso él aunque con poco interés, por lo que sin darse cuenta, su mirada se dirigió hacia la ella y sus miradas se cruzaron y se mantuvieron fijas durante un instante que a él le pareció una eternidad. Marta De la Fuente le dirigió una apenas perceptible sonrisa al tiempo que retiraba la mirada. Iñigo no sabía que pensar; se sentía capturado por aquella mirada aún triste, atrapado por aquellos ojos oscuros en los que deseaba sumergirse hasta llegar a los más profundo del alma de aquella mujer. Temía que los demás, y especialmente su esposo, sintieran el alocado latir de su corazón, así que trató de evadirse volviendo a la conversación que seguía monopolizada por el Padre Gumersindo defendiendo su creencia en el milagro de San Isidro.
- Y vos ¿qué opináis, Capitán?  ¿Creéis que realmente fue un milagro?
Todos se volvieron primero hacia Doña Marta cuando hizo la pregunta y después al Capitán. Este tardó unos instantes en contestar, los necesarios para rehacerse de la sorpresa y, sobre todo, de la emoción, pues ahora ella le estaba mirando fijamente a los ojos y él vio en ellos que lo que menos le interesaba era la respuesta que pudiera dar a su pregunta. Esta era la excusa para mirarle directamente y que pareciera natural. Notaba como le latían las sienes y los músculos de su estómago parecían encogerse.

- Bien pudiera considerarse como milagrosa la aparición de aquel pastor antes de la batalla, - contestó,- porque sin él, hubiéramos tenido que atravesar el desfiladero de la Losa controlado por los árabes, con una importantísima perdida de hombres; quizás tantos que al llegar al otro lado del Muradal donde esperaba el Sultán en formación de batalla, nuestro ejército, ya inicialmente en minoría, podría ser aniquilado, pues no hubiéramos podido retroceder ni avanzar. De haber ocurrido eso, una marea de musulmanes estaría ahora inundando todos los reinos cristianos hasta los Pirineos.
Milagrosa fue pues la aparición del pastor, pero después de la victoriosa batalla, pudimos saber que aquel pastor, que dijo llamarse Martín Halaja, era conocido en la comarca. Así que, Señora, no creo que fuera San Isidro quien nos indicó el camino, sino un buen cristiano.
- ¿Y a qué atribuís que siendo los musulmanes tantos y los cristianos muchos menos, murieran muchos más árabes?- siguió ella preguntando.
Estaba empezando a gustarle mirarla de frente mientras los demás le miraban a él esperando la respuesta. Poco a poco el ritmo de su corazón se iba calmando mientras se llenaba de agradable y dulces sensaciones que nacían en aquellos increíbles ojos.
- Creo Señora, que se debió a tres razones: nuestro mejor armamento tanto en infantería como en caballería, la táctica diseñada por nuestro Rey atacando por el centro y envolviéndolos por los lados con las tropas de retaguardia, y la convicción de que esa era la última oportunidad para poder expulsar a los musulmanes de tierra cristiana.
- He oído decir- intervino entonces el Regidor- que el botín obtenido fue cuantioso; que incluso la tropa volvió rica con lo saqueado en el campamento del Miramamolín y en Baeza y Úbeda. ¿Cómo os fue a vos? ¿Obtuvisteis mucho? ¿Volvisteis rico?
La pregunta, impertinente por cierto, sorprendió a todos, incluido al propio Aldai. Ni le había gustado la pregunta ni el tono en que la había hecho. Miró al otro extremo de la mesa donde se hallaba sentado el Regidor y vio una mirada turbia cargada de intenciones aviesas. No sabía por qué, pues apenas había cruzado palabra alguna con él y, sin embargo sintió que estaba frente a un enemigo. Haciendo un notable esfuerzo para contener sus deseos de contestarle con un exabrupto, respondió:
- Mi recompensa, Señor, como caballero, está en hacer aquello que creo que es justo, en servir lealmente a mi Señor y a mi Rey y en defender la fe cristiana frente a sus enemigos. Mis necesidades materiales las cubre mi soldada y mis bienes son mi caballo, mis armas y los tenga a bien otorgarme la generosidad de mi Rey. No soy amigo del saqueo, señor Regidor.
- ¿Censuráis entonces que el Rey de Castilla, el de Aragón y el de Navarra, amén de nuestro Señor Arzobispo de Toledo hayan obtenido cuantiosas fortunas de los moros derrotados?
La perversa intención de la pregunta era evidente.
Todos estaban pendientes de la respuesta. Si decía que sí, tendría problemas con el Regidor, pues era delegado real. Si decía que no, perecería que se contradecía con lo que acababa de decir y quedaría como un memo ante todos, lo que no le importaba mucho, pero sí que fuera ante ella.
- Dije que no era amigo de saqueo, señor Regidor, porque mis necesidades están cubiertas, mis gastos de guerra si así preferís decirlo, los compensa mi soldada. Nuestro Rey, así como los demás reyes y el Arzobispo de Toledo, tienen ejércitos que pagar, caballos que mantener, armas que hacer y comida que dar, y todo ese gasto es obligado por la existencia de ejércitos de reyes enemigos, así que justo es que pague el gasto quien obliga a hacerlo. ¿ No lo creéis así?
- Si, así es – accedió el Corregidor.
Una fugaz mirada a Doña Marta le permitió ver nuevamente una discreta sonrisa dirigida a él.
No deseando que la conversación entrara en un terreno que le llevara a un enfrentamiento con el Regidor, dirigiéndose el Alcaide preguntó:
-He observado, Señor. Alcaide, que hay muchos trofeos de caza colgados de las paredes ¿Sois aficionado a la caza?
- Así es. La montería es una de mis grandes pasiones. Afortunadamente estas tierras son generosas en cerdos salvajes y ciervos y cuando mis múltiples ocupaciones me lo permiten, procuro satisfacer esta afición que comparten conmigo algunos de los señores aquí presentes. Precisamente mañana teníamos pensado salir a dar una batida por la tierras del sexmo de Hontalbilla donde por esta época abunda el jabalí.
¿Os apetecería acompañarnos?
- Os lo agradezco Señor Alcaide, pero he de seguir mi camino al servicio del Rey.
Decía esto con pesar, pues bien a gusto se hubiera quedado no un día, sino muchos más por estar cerca de aquella mujer y poder mirar sus ojos.
 -Es una pena Capitán que vuestras obligaciones os lo impidan, pero comprendemos que queráis seguir vuestro camino, -dijo el Regidor.
Iñigo le miró y nuevamente volvió a ver aquella mirada ladina que nada bueno presagiaba, y una sonrisa condescendiente que le molestó. Era como si el Regidor se alegrara de que no se pudiera quedar. Necesitaría alguna razón mayor para quedarse que la de que el Regidor se alegrara de su marcha.
- Entonces ¿tenéis que iros tan pronto? ¿Tan poco os satisface nuestra hospitalidad que ya queréis dejarnos?- preguntó Dña. Marta mirándole a los ojos.
-Nada me complacería más que seguir disfrutando de vuestra hospitalidad Señora, pero no sé si puedo permitirme retrasar mi marcha un día más.
Aquel no sé si puedo en realidad significaba “insistid un poco para que no pueda negarme”.
Ella pareció captar el mensaje y le respondió:
- Los días aun son largos, anochece tarde y disfrutamos de buen tiempo, así que no tardaréis el recuperar el tiempo que paséis aquí. ¡Quedaos, pues mi esposo se sentirá muy complacido¡
- No puedo negarme a vuestro deseo si con ello correspondo a vuestra amabilidad y a la de vuestro esposo. Me quedaré un día más.
-¿Entonces vendréis de montería? insistió el Alcaide.
- Iré si os place, pero habréis de facilitarme lanza, pues solo tengo mi espada.
- No os preocupéis por ello, que lanzas no faltan en esta fortaleza. Saldremos con el alba, así que será conveniente que nos vayamos todos a descansar.

Después de despedirse con una última mirada a Doña Marta, Iñigo Aldai siguió a los síndicos y al Padre Gumersindo que los acompañaba a sus aposentos. Los de éstos resultaron ser los que había a continuación del suyo.
El Regidor se quedó hablando con el Alcaide mientras que Doña Marta salía por la puerta lateral por donde había entrado.
Al poco tiempo también se fueron el Alcaide y el Regidor.
Este tenía su alojamiento en una casa de la villa, pero como hacía frecuentes visitas al Alcaide que pocas veces terminaban antes del anochecer, solía quedarse a pernoctar allí, donde le habían asignado un aposento, al que se dirigió tras despedirse del Alcaide.

Leopoldo López, había sido nombrado por Alfonso VIII Regidor de la Comunidad de Cuellar hacía ocho años. El nombramiento le satisfizo pensando que era el primer gran paso para subir escalones más importantes en un futuro no muy lejano y que le llevarían, era su mayor deseo, a ser nombrado alcaide de un castillo. Pasaron los años y el nombramiento real que él tanto deseaba no llegaba. Era un funcionario cumplidor y exigente y se merecía ese premio, así que seguía esperando un día y otro, un mes y un año y otro más a que llegara lo que ya consideraba que era suyo. Ser alcaide se había convertido en su obsesión. Pensando que el retraso de su nombramiento se debía a que no había vacantes y no a que el Rey se hubiera olvidado de él, sin darse cuenta, la semilla del rencor empezó a germinar en su corazón ya que su cerebro le decía que su plaza era la que estaba ocupada por ese alcaide bajo y gordo que lo único que hacía era matar algún jabalí de vez en cuando, avergonzarle en las reuniones del Concejo y sentarse en aquel sillón de la sala de recepciones como si fuera un rey.
Odiaba al Alcaide por todo eso y porque hasta la suerte se había aliado con él
concediéndole una esposa joven y muy hermosa. Le gusta aquella mujer; deseaba a aquella mujer con toda su alma; tanto que en una ocasión y sin sutileza alguna, se atrevió a insinuarse sabiendo que nada le diría a su esposo, ya que el Regidor era hombre del Rey y el Alcaide lo era del Señor de Vizcaya y en un enfrentamiento entre ambos, el perjudicado sería sin duda el Alcaide.
Desde entonces, Doña Marta procuraba evitar cualquier ocasión en la que pudiera quedarse a solas con el Regidor. Este rechazo había incrementado aún más el odio hacia el Alcaide, que poseía todo lo que él más deseaba.
Llevaba meses planeando cómo lograr sus propósitos y su mente retorcida concibió un plan muy sencillo pero que sería muy eficaz. Era costumbre que si el Señor de un castillo fallecía ya fuera en batalla o por causas naturales y dejaba viuda, esta podía ser obligada por el Rey a desposarse con quien éste decidiera a condición de que se hiciera cargo de las obligaciones del difunto para con el castillo, sus gentes y patrimonio. Si el Alcaide muriera, podría solicitar del Rey el nombramiento de Alcaide de la fortaleza de Cuellar, a lo que seguro que no se opondría su buen amigo Don Diego López de Haro, ya que no perdía la propiedad del castillo, y reclamar a la viuda como esposa. De esa forma conseguiría con una sola mano todo lo que tanto deseaba.
Solo tendría que esperar el momento en que al barrigudo Alcaide le llamara Dios Nuestro Señor a su seno, y si esta llamada tardaba, ya se ocuparía él de echarle una mano al Sumo Hacedor.
Concluyó que había llegado la hora de aplicar aquel dicho tan cristiano de “ a Dios rogando y con el mazo dando”, por lo que no desaprovecharía la primera oportunidad que se le presentara para llevar a cabo su plan.
Esa oportunidad se la brindarían las partidas de caza que tanto le gustaban, pero hacía meses que no salía a ninguna, pendiente como estaba del desarrollo de los acontecimientos que se estaban gestando en Toledo, no fuera que su Señor Don Diego le ordenara llegarse a Toledo con sus tropas para incorporarse al ejército cristiano en la cruzada contra los musulmanes.
El anuncio hecho por el Alcaide durante la cena sobre la partida de caza al día siguiente, le llenó de alegría; parecía que, por fin, había llegado el momento tan esperado. No le agradó la invitación a participar que le había hecho a Iñigo Aldai.
Aunque al principio le había resultado indiferente y no le había impresionado con las andanzas por las Navas de Tolosa, cuando sorprendió uno de los cruces de miradas con Doña Marta, un puñal de celos se clavó en su corazón y la indiferencia inicial fue sustituida por el odio y más aún cuando vio como ella le sonreía. No le gustaba ese Iñigo Aldai y cuanto antes se fuera mejor, porque así se alejaría de ella y porque podría ser un estorbo para sus planes. Era un comisionado del Rey, había luchado con él en Las Navas de Tolosa y esa relación podría ser mejor que la suya, así que le convenía que se fuera o, al menos que no asistiera a la partida de caza, claro que si no lo hacía, se quedaría solo en el castillo con ella y solo el pensarlo hacía que le ardieran las entrañas, pues recordaba como ella había insistido en que se quedara algún día más.
Antes de caer rendido por el sueño, repasó varias veces su plan. No quería cometer el más mínimo error.

Al alba ya había bullicio en el patio de armas. El Alcaide estaba hablando con el Procurador de Hontalbilla y el Regidor, seguramente sobre como organizarían la montería. Había también un grupo de cuatro personas desconocidas para el Capitán y una veintena de perros inquietos que sujetaban por sus correas varios siervos. Otros sujetaban los caballos ya ensillados y las lanzas de sus jinetes y, entre ellos, estaba Lucas.
Cuando el Capitán salió al Patio de Armas, Lucas se le acercó y tras saludarle, le dijo que había enjaezado su caballo pues le habían informado que no partían hoy, sino que iba de montería con el Alcaide y que también le habían proporcionado una lanza.
El Alcalde, al ver al Capitán, se acercó a saludarle.
- ¿Habéis descansado Capitán?  Me he permitido ordenar a vuestro escudero que os ensillara el caballo, aunque cierto es que al no veros aquí, me temí que quizás hubierais cambiado de idea y no nos acompañarías a la montería.
- Ya veis que aquí estoy Alcaide, dispuesto a abatir algún jabalí, si se tercia.
- Permitidme que os presente a los componentes de la partida. El Regidor y al
Procurador de Hontalbilla ya les conocéis. Estos otros señores son Don Alejo García, Don Dimas Gómez, Don. Andrés de Ribera y Don Pedro Mendoza, ilustres miembros de nuestra Comunidad y buenos vasallos de nuestro Señor. Os prevengo que a pesar de que su aspecto no los identifica como hombres duchos en armas, son excelentes cazadores.
Iñigo Aldai correspondió a la presentación con una ligera inclinación de cabeza y después le dijo a Lucas que se quedara en el castillo hasta su vuelta al atardecer.
- Señores ¿dispuestos? ¡Pues vayamos¡ - dijo el Alcaide.
Montaron todos, asieron sus lanzas y con el Alcaide a la cabeza, salieron de la
ciudadela con los caballos al paso, seguidos por la jauría de perros a los que
trabajosamente controlaban los siervos. Una vez que atravesaron la muralla de la Villa, se dirigieron en dirección nordeste y pronto llegaron al terreno arbolado de encinos y robles quejigos de cuyos frutos se alimentaban los jabalíes, aunque no era por allí donde podrían encontrarlos debido a la proximidad a la villa, pero, en opinión del montero y por la informaciones del Procurador de Hontalbilla, que conocía muy bien su territorio, a una media legua de distancia, había una zona de vegetación arbustiva y con pequeñas quebradas en las que los jabalíes tenían los cubiles donde pasaban el día escondidos hasta el atardecer cuando salieran a comer. Hacia allí se dirigían. El camino se hacía cada vez más dificultoso pues se espesaba el arbolado y obligaba a maniobrar constantemente con el caballo para no golpearse la cara con una rama o para esquivar un tronco caído.
El sol ya asomaba a sus espaldas aunque apenas sus rayos conseguían atravesar las copas de los árboles. Los perros jadeaban, pero iban en silencio. Habían sido enseñados para cazar y hasta que no los soltaran no iniciarían su trabajo de seguimiento y acoso.
El montero se dirigió al Alcaide diciéndole que había llegado el momento de que los perros fueran en cabeza, pues estaban llegando a las quebradas donde suponía que estarían los jabalíes y sería necesario sacarles de allí a espacio abierto o menos poblado de árboles para poder alancearlos y esa labor la tendrían que hacer los perros.
Pronto los perros de cabeza pegaron sus narices al suelo moviendo nerviosamente la cola mientras emitían gemidos de impaciencia. Habían localizado el rastro del jabalí y su instinto depredador empezaba a aparecer.
El montero le sugirió al Alcaide, su Señor, que el grupo de caballeros se desviara a la derecha y siguiera hasta encontrar un amplio espacio casi sin arbolado, y que se apostaran esperando el paso de los jabalíes dirigidos hacia allí acosados por los perros, mientras que él con la jauría, iría un poco más adelante, hasta las quebradas, para sacarlos de sus cubiles.

Los jinetes llegaron al borde del bosque y se encontraron con el espacio abierto, casi enfrente de las quebradas donde suponían que estarían los jabalíes. Cuando éstos salieran acosados por los perros, su instinto les llevaría a meterse en la seguridad el bosque, por lo que habrían de pasar muy cerca de donde estaban ellos apostados con sus lanzas prestas.
Empezaba a hacer calor y, aunque no había hecho un gran esfuerzo, quizás por su exceso de peso, el Alcaide sentía sed.
- Por casualidad ¿habéis traído vino, mi buen Regidor?  La sed empieza a reclamarme.
- Aquí tenéis Alcaide,- le dijo el Regidor acercándole un cuero- Bebed que aún estará con el frescor de la bodega.
El Alcaide bebió abundantemente y le devolvió el cuero al Regidor. Cuando éste fue a cogerlo, no lo agarró bien y se le cayó al suelo entre los arbustos derramándose el vino.
- ¡Qué lástima¡- dijo el Alcaide - pues realmente estaba fresco.
- No os preocupéis por ello, pues aún tengo otro cuero,- dijo mientras desmontaba para recoger el caído que ató a la silla del caballo. Después volvió a montar.
Empezaron a oír los ladridos de los perros, en lo que era una señal de que habían descubierto al jabalí provocando su huida. Los ladridos se oían cada vez más cerca.
Los caballos piafaban nerviosos y las manos apretaban con fuerza las lanzas. Pronto, cuando aparecieran por el claro saldrían galopando tras ellos tratando de alancearlos antes de que se ocultaran en la espesura del bosque. Era el momento crucial de la caza, en de mayor emoción y también el de mayor peligro, pues de todos es conocido que el jabalí es un animal de reacciones impredecibles y que lo mismo huye ante su perseguidor como da media vuelta y pasa al ataque. La sangre fluía aceleradamente por las arterias de los cazadores incrementando la excitación.
El Alcaide sudaba más de lo habitual. Lo achacó a la excitación por lo que avecinaba y no se preocupó.
Tres manchas negras salieron como centellas de una quebrada, a una distancia de unos trescientos pasos. Corrían en línea recta hacia la zona del bosque más próxima, abriéndose camino entre la hierba y los arbustos como si nada pudiera detenerlos o desviarlos de su rumbo. Enseguida aparecieron los perros corriendo detrás y acercándose poco a poco.
Cuando estaban a unos doscientos pies, el Alcaide, dio la orden.
-¡A por ellos señores¡
Picaron espuelas y lanzaron sus caballos al galope, con la lanza dispuesta para abatir a los jabalíes tan pronto estuvieran a tiro. El Alcaide, que iba en cabeza, había calculado la dirección de la galopada para que la trayectoria de la manada se cruzara con la suya y alancearlos en el cruce. A unos cinco pasos a su derecha galopaba el Procurador de Hontabilla y por detrás de ambos, el Regidor y dos de los hombres de la villa. Los otros dos galopaban en una dirección que les llevaría a encontrarse con los jabalíes más cerca de la entrada al bosque, cerrándoles el paso, lo que permitiría que si algún jabalí resultaba herido pero no se detenía, pudieran rematarlo antes de que se perdiera en la espesura. El capitán Aldai cabalgaba en último lugar y sin demasiadas ganas. La caza no era una de sus aficiones preferidas y para mantenerse ágil y presto para la lucha en los campos de batalla, prefería los entrenamientos.

A unos treinta pies, el jabalí de cabeza giró bruscamente enfilando en dirección a los caballos que se le acercaban. Algunos perros habían conseguido alcanzar al más rezagado y lo rodeaban tirándole mordiscos a las patas, cuidándose mucho de no ponerse al alcance de sus afilados y corvos colmillos.
El Alcaide preparó su lanza para la embestida. El jabalí venía como un huracán en su dirección. El Alcaide trató de hacer un quiebro con su caballo para ponerse al costado del jabalí cuando pasara a su lado pero, súbitamente, soltó la lanza que llevaba en su mano derecha y las riendas y cayó fulminado al suelo. El caballo siguió su carrera y el jabalí, sin tiempo para evitar el cuerpo tendido en el suelo, lo embistió con la jeta baja rasgándole las ropas y la carne; dio un traspiés del que se recuperó y continuó su alocada huida hacia el bosque. Los dos jinetes que le cortaban el paso le habían dejado un pasillo entre ellos, de forma que cuando el jabalí llegó a su altura, lo alancearon por ambos costado dejándole muerto. De los otros dos jabalíes nada más se supo, pues cuando los componentes de la partida se dieron cuenta de lo ocurrido al Alcaide, se dirigieron rápidamente a atenderle. El Alcaide estaba tumbado en el suelo en una postura grotesca. Tenía dos profundas heridas del costado izquierdo, una de las cuales permitía ver las costillas, pero, extrañamente, apenas sangraban. El Regidor acercó su mejilla a la boca del Alcaide y volviendo el rostro hacia los demás que miraban compungidos, hizo un gesto negativo con la cabeza.
- ¡El Alcaide está muerto¡  ¡ Qué terrible desgracia¡.
La consternación era evidente en los rostros de los presentes, siervos incluidos. El Regidor, máxima autoridad después del Alcaide, dirigiéndose a los hombres de la Villa, dijo:
-Nada se `puede hacer por él. Ha sido un desgraciado accidente y solo nos resta trasladarlo al castillo y honrarlo como se merece.
Ordenó a los siervos que cortaran unas ramas y prepararan una parihuela para transportar al Alcaide.

El Capitán Iñigo Aldai no estaba impresionado por lo ocurrido pues, por desgracia, había visto morir a muchos amigos y compañeros a su lado en los campos de batalla, pero estaba extrañado por cómo había ocurrido todo. En primer lugar, el Alcaide, aunque grueso, no era mal jinete por lo que pudo ver y además estaba acostumbrado a practicar la caza mayor a caballo, por tanto no le parecía que realizar un quiebro yendo al galope pudiera hacerle caer. La silla seguía en su sitio, así que no se había resbalado. Y, en segundo lugar, sabía por experiencia que las heridas practicadas a un hombre muerto antes de que empezara su proceso de descomposición, no sangran, y las del Alcaide no sangraban.
Tuvo que interrumpir sus pensamientos, pues los siervos habían hecho la parihuela y tumbado en ella el cadáver.
-Volvamos al castillo, ordenó el Regidor.
Montaron y se pudieron en marcha. El Regidor a la cabeza y los hombres de la Villa a ambos lados, de la parihuela, como de escolta. Iñigo Aldai cerraba la comitiva. Más atrás venían el resto de los siervos con la trailla. Nadie hablaba y todos iban ensimismados en sus pensamientos y era casi seguro que el denominador común de casi todos ellos era la preocupación por el futuro.

Para los Síndicos, el Alcaide había sido un hombre con el siempre se llevaron bien, un hombre que no se buscaba problemas ni enfrentamientos si podía evitarlo y en el que siempre habían encontrado apoyo a sus propuestas sobre como gestionar la Comunidad de Villa y Tierra incluso a veces a pesar de la oposición del Regidor. Les había favorecido siempre que tuvo ocasión y con frecuencia les agasajaba en el castillo con suculentas cenas o comidas. No sabían si el futuro Alcaide tendría el mismo talante y si afectaría negativamente a sus negocios particulares y al bienestar económico de la Comunidad, y esa incertidumbre les preocupaba.
Los pensamientos del Regidor eran de otro tenor. La embestida del jabalí y las profundas heridas infligidas habían venido a simplificar enormemente su plan de acabar con el Alcaide. La muerte se había producido por las heridas causadas por un jabalí en una montería – sería la versión oficial- al caerse del caballo que seguramente se asustó al verse embestido por el puerco salvaje. Nadie llegaría a enterarse que el Alcaide se había caído del caballo por el efecto de un veneno de efecto rápido, pero no inmediato, que él había echado en el cuero de vino que ofreció al Alcaide y que después dejó caer, simulando que no lo había cogido bien, para que su contenido se derramara y no quedara prueba alguna del veneno. Nadie podría acusarle de nada.

Ahora, tan pronto dieran cristiana sepultura al Alcaide, ya no habría obstáculo para su nombramiento y si éste se producía, para pedir al Rey desposarse con la viuda, pues una mujer de su edad no podía quedarse viuda y desprotegida para siempre.
Los pensamientos de Iñigo Aldai giraban en torno a los detalles que había observado antes y después de la muerte del Alcaide. Trataba de reproducir la secuencia de hechos en su cabeza para encontrar algún sentido a lo ocurrido. Delante de él cabalgaba el Regidor y dos de los hombres de la Villa precedidos por los siervos que llevaban la parihuela con el Alcaide y a su derecha el procurador de Hontabilla.
Cuando aparecieron los jabalíes huyendo de los perros y el Alcaide puso la lanza en posición para la embestida, hizo un quiebro para colocarse paralelo a la trayectoria del jabalí, pero ¿cómo es posible que al hacer el quiebro soltara la lanza y las riendas? ¿ para qué? o mejor dicho ¿por qué hizo algo tan ilógico y peligroso? No cabía otra explicación que la de que aquel comportamiento hubiera sido involuntario, es decir, que el Alcaide se hubiera desvanecido y como consecuencia de ello y de la inercia del giro del caballo, se cayera.
Bien cierto es que el jabalí se tropezó con él tirado en el suelo y que lo invistió, pero ¿por qué al Alcaide no hizo ningún movimiento cuando el jabalí lo embistió?  Si hubiera estado consciente, el instinto de supervivencia le hubiera llevado a tratar de esquivarlo o, al menos, a levantar los brazos como defensa, pero no hizo nada, por lo que quizás el Alcaide estuviera desvanecido. Las heridas no sangraban apenas y eso hacía pensar que cuando los colmillos del jabalí cortaban su sangre, su corazón no latía, ya que de no ser así, además de la sangre existente en las venas cortadas, el corazón bombearía sangre y la hemorragia sería grande, ergo el Alcaide ya estaba muerto cuando cayó al suelo.
Pero ¿qué causó su muerte? El Alcaide sudaba cuando le pidió de beber al Regidor, pero tampoco era algo exagerado. Estaba gordo, pero no congestionado así que un ataque al corazón, aunque posible, no era probable. ¿Le sentaría mal el vino fresco que bebió del cuero del Regidor? Podría ser, pero parece lógico pensar que de sentarle mal, tuviera vómitos tal como le había explicado en cierta ocasión el médico de su regimiento, pero no hubo tales. Seguía analizando lo ocurrido y buscando respuestas a las preguntas que se hacía tratando de llegar a la conclusión de que todo había sido un desgraciado accidente de caza, pero había piezas que no encajaban y eso le intranquilizaba. ¿Por qué,-se preguntaba,- llevaba el Regidor dos cueros de vino? Era algo inusual, salvo que se tratara de una larga travesía, que no era el caso.
¿Por qué tardó tanto en descabalgar para recoger el cuero caído? o incluso ¿valía la pena descabalgar para recuperar un cuero corriente y de escaso valor y mucho menos que lo hiciera un hombre de su posición? No encontraba respuesta lógica a estas preguntas salvo que la respuesta fuera que en el vino que contenía ese cuero y del que bebió solo el Alcaide, hubiera alguna sustancia venenosa que provocó la muerte del Alcaide cuando se disponía a alancear al jabalí.
Sintió como si su estómago encogiera. Si las cosas ocurrieron según su análisis, se trataba de un asesinato, del asesinato de un noble servidor de la Casa de Haro y vasallo del Rey de Castilla, realizado por un Regidor nombrado por el Rey. Era demasiado increíble para ser verdad. No hay crimen que carezca de móvil y no alcanzaba a ver cuál podría ser el del Regidor, si es que él había sido el asesino. Era un hombre al que el Rey había honrado nombrándole Regidor, era la máxima autoridad en la Comunidad de Cuellar después del Alcaide, no carecía de medios económicos, tenía influencia y se le respetaba y temía. No acertaba a encontrar un motivo que pudiera servirle de justificación para el asesinato, salvo que… que no se sintiera satisfecho siendo la segunda autoridad y quisiera ser la primera, es decir, el Alcaide. No, no podía ser ese el motivo; tendría que haber algo más o sus análisis fallaban por algún lado.

Estaban ya a las puertas de la muralla que cercaba la Villa y pronto entrarían en la ciudadela. La comitiva atraía la atención de los transeúntes que miraban con curiosidad las parihuelas en las que yacía el Alcaide, al que habían cubierto el rostro precisamente para que no fuera reconocido al entrar en la población. Cruzaron la puerta de San Basilio y al entrar en el Patio de Armas, el Regidor ordenó al jefe de la guardia que avisara al Padre Gumersindo para que fueran con urgencia a la sala de recepciones y que mandara a alguien a buscar al medico, y que lo trajera de grado o por fuerza y lo condujera a la sala de recepciones. Dejaron los caballos al cuidado de los siervos, también el del Capitán, pues Lucas no estaba allí, y los seis hombres se dirigieron a la sala de recepciones escoltando el cadáver que entre cuatro siervos llevaban en la parihuela.
Enseguida llegó el Padre Gumersindo que al reconocer el cadáver abrió la boca como para hablar, pero fue incapaz de articular palabra. Tampoco le dio tiempo a reaccionar el Regidor, pues de inmediato le informó que el Alcaide había sufrido un desgraciado y mortal accidente durante la montería al ser embestido por un jabalí sin que se pudiera hace nada por él. Le rogaba que como confesor de Dña. Marta la preparara para recibir la terrible noticia, pero que no le dijera que el cadáver estaba en el castillo, sino que habían enviado a un siervo a informarle y que no tardarían en llegar, ya que de esa forma ganarían tiempo para que el médico reparara los destrozos hechos por el jabalí.
El sacerdote de presignó mientras le administraba la absolución post morten: ego te absolvo pecatis tuis in nomine…
Llegó el médico con la respiración agitada, pues el soldado que fue a buscarle, el médico vivía muy cerca de la muralla de la ciudadela, lo había traído casi a
empellones.
-¿Me habéis mandado llamar Regidor? -preguntó aunque sabía que la pregunta era ociosa.
El Regidor ni se molestó en contestar. Le dijo:
-El Alcaide ha sufrido un accidente durante la montería. Un jabalí le embistió
hiriéndolo de muerte como podéis ver. Quiero que cosáis esas heridas antes de lo vea su esposa y que certifiquéis que ellas fueron la causa de su muerte.
- Como ordenéis Regidor.
Sacó su instrumental y se puso a coser las heridas. Preguntó que si se las habían lavado ya que apenas había sangre en ellas y esas heridas en el costado y tan profundas acostumbraban a sangrar mucho.
- Perdió mucha sangre en el bosque- contestó el Regidor. Ahora proseguid que enseguida vendrá Doña. Marta y el cadáver ha de estar presentable.

Cuando el Capitán oyó la contestación del Regidor sobre la sangre, le miró extrañado, ya que no había sido así. ¿Por qué mentir entonces? ¿Qué querría ocultar el Regidor? ¿Acaso sus sospechas de asesinato no eran tan descabelladas?  Se propuso hablar con el médico a solas tan pronto pudiera.
La ocasión no tardó en presentarse, pues el Regidor, cuando el médico estaba terminando su labor, anunció que iba a ir a recibir a Doña Marta que seguramente ya había sido informada por el Padre Gumersindo. Salió y aprovechando que el Procurador de Hontalbilla estaba hablando con los otros, le preguntó al médico:
- Decidme galeno, ¿qué podrían explicar la ausencia de sangre en las heridas, tal como habéis observado?
El médico levanto la cabeza, miró a un lado y a otro y contestó simplemente:
-Que fuera cadáver antes de ser herido.
- ¿Creéis posible que una apoplejía o un ataque al corazón hayan podido ser la causa de su muerte?
El médico le levantó los párpados, miró fijamente las pupilas del Alcaide y le contestó:
- Su pupila dilatada dice que había veneno en su cuerpo, que bien podría ser de adelfa o de ricino, aunque me inclino por éste último de efectos muy rápidos y que paraliza el corazón.
- Todo esto es muy extraño- continuó - pues el Alcaide bien conocía los efectos de algunas plantas y bayas venenosas que abundan por estas tierras, pues yo mismo tuve ocasión de instruirle en este sentido en varias ocasiones, por lo que me resulta difícil pensar que ingiriera accidentalmente alguno de los venenos. Si el Regidor afirma que murió por las heridas que le hizo el jabalí, no seré yo quien le contradiga, y os agradecería que nada de esta conversación comentarais con él.
- Descuidad, que esta conversación queda entre nosotros.
El Padre Gumersindo llamó a la puerta de los aposentos de Doña Marta. Abrió una de sus doncellas a la que dijo que deseaba hablar con la Señora con urgencia.
- Esperad un momento Padre Gumersindo, que ahora informo a la Señora que estáis aquí.
El sacerdote estaba nervioso y no paraba de frotarse las manos. El apreciaba al Alcaide, le parecía un hombre bueno, corto de luces para su gusto, pero bondadoso y aún estimaba más a Doña Marta. Era confesor de ambos y conocía bien sus almas.
No sabía cómo iba a reaccionar Doña Marta cuando le diera la terrible noticia de la muerte de su esposo. Confiaba en que su fe cristiana le diera la fuerza suficiente para sobreponerse a tan enorme desgracia.
Fue la propia Doña Marta la que le abrió la puerta.
-¡Pasad Padre, pasad¡ Siempre me es muy grata vuestra visita. Decidme, ¿a qué se debe esa urgencia con la que queríais verme?
- Hija mía, nuestra fe nos dice que somos instrumentos en manos de Dios
Todopoderoso, cuyos designios ignoramos. Hemos de aceptar sus designios sin cuestionarlos, pues es nuestro Padre amantísimo y…
- Pero Padre Gumersindo, todo eso ya lo sé como vos bien sabéis pues sois mi
confesor ¿Por qué me lo recordáis ahora?
- Hija mía, porque solo la fe en Dios te ayudará a aceptar su voluntad aún cuando ésta os cause dolor, porque…
-Padre, me intrigáis, hablad por favor, decidme que ocurre, os lo suplico.
Su intuición le decía que algo terrible había ocurrido y que su buen confesor estaba tratando de prepararla para una mala noticia.
El sacerdote, cogiéndola de las manos, le contó que su esposo, el Alcaide, habría sufrido un mortal accidente durante la montería y que lo estaban trayendo al castillo a donde llegaría enseguida, pues no había sido lejos de la ciudadela.
Doña Marta palideció y si no hubiera sido por sus dos doncellas que estaban muy próximas a ella, hubiera dado con su cuerpo en el suelo, pues se desmayó.
-¡Sentadla, sentadla¡ les ordeno el sacerdote.
La sentaron y empezaron a abanicarla para ayudarle para recobrar la consciencia.
Cuando se rehizo de su desmayo, las lágrimas empezaron a fluir de sus ojos, aunque intentaba reprimir sus sollozos.
-Llora, hija mía, llora, que el llorar aliviará el dolor de tu corazón.
Ella no estaba enamorada del Alcaide. Era su esposo, era buen hombre, la trataba con consideración y la complacía en todo aquello que podía. Su relación como esposos y al no haber tenido hijos, fue derivando a una relación de amigos que se apreciaban , durmiendo en alcobas separadas, por lo que el dolor que ella sentía era un dolor sincero por la pérdida del amigo y no tanto del esposo.
-Decidme Padre Gumersindo, decidme como ha ocurrido.
El Padre le dijo que poco podía contarle, pues la información que poseía se la había facilitado el Regidor quien se limitó a decirle que el Alcaide había sido embestido por un jabalí que le produjo heridas mortales.
Doña Marta era consciente de situación desde ese momento y de las responsabilidades que se veía obligada a sumir como viuda del Alcaide, así que, sobreponiéndose a su dolor y secándose las lágrimas, se disponía a darle instrucciones al sacerdote, cuando alguien llamó a la puerta.
Una de las doncellas fue a abrir y se volví hacia ella diciéndole que se encontraba allí el señor Regidor.
-Decidle que ahora salgo - Le repugnaba la posibilidad de que el Regidor entrara en sus aposentos.
Respiró profundamente, miró a los ojos al padre Gumersindo quien le hizo un gesto de asentimiento y salió.
Allí estaba delante de la puerta con cara de infinita consternación. Hizo además de tomar la mano derecha de Doña Marta para besarla, pero ella la mantuvo pegada al cuerpo. Si su sola presencia ya le asqueaba, era incapaz de imaginar qué efecto le produciría sentir sus labios en su mano.
- Señora, os ruego aceptéis mi más sincera condolencia en estos momentos tan terribles y que embargan de dolor mi corazón. Vuestro difunto esposo ya está en el castillo y salvo que dispongáis otra cosa, montaremos el catafalco en el salón de recepciones para que pueda ser honrado por los miembros ilustres de nuestra Comunidad, donde permanecerá dos días hasta la celebración de las exequias fúnebres en la iglesia de San Pedro, para recibir allí cristiana sepultura.
- Proceded como consideréis oportuno y hacedme saber cuando esté instalado el catafalco, pues deseo verle. Y ahora, os ruego me dejéis, pues deseo estar a solas con mi dolor y el consuelo de mi confesor.
El Regidor hizo una ligera inclinación de cabeza y se fue. Ya te volveré yo menos orgullosa, iba pensando.
Tiempo más tarde, un sirviente llamó a la puerta de Doña Marta y comunicó a la doncella que salió a abrir, que el Regidor le informaba a la Señora que la capilla ardiente estaba instalada.
Cuando Doña Marta, acompañada por el Padre Gumersindo y sus dos damas, bajó a la sala donde se hallaba expuesto el cadáver de su marido sobre un catafalco escoltado por cuatro soldados con armadura y un gran cirio encendido en cada esquina, se acercó, sin fijarse en quienes estaban allí, al cuerpo de su esposo, amortajado con los ropajes propios de su condición de miembro de la nobleza, con los manos entrelazadas sobre el pecho y colocadas sobre la espada. Su rostro tenía un rictus de dolor que el médico no pudo corregir, pero por lo demás parecía que estaba dormido.
No pudo contener un sollozo que contagió a sus doncellas. Los caballeros presentes se mantenían alejados respetando aquellos momentos de dolor. Se arrodilló en el reclinatorio colocado al lado del catafalco, junto sus manos en actitud de recogimiento y rezó.

El silencio sólo era roto por el murmullo de los rezos del Padre Gumersindo y algún chasquido de las antorchas que iluminaban la sala.
Nadie se movía, ni el Regidor, ni los señores de la villa que habían acompañado al Alcaide en la montería, ni Iñigo Aldai. Esperaban a que ella se levantara, lo que hizo al cabo de un buen rato.
Entonces pareció darse cuenta de la presencia de los demás y acercándose a los procuradores, les tendió la mano en un gesto de saludo al que ellos correspondiendo besándosela, seguido de un lamentamos profundamente vuestro dolor. Cuando llegó a la altura del Capitán y le tendió la mano, éste la tomó sin poder evitar un ligero temblor en la suya y depositó un beso, que más que beso fue una cálida caricia de sus labios. Levantando la mirada hacia ella le dijo con voz grave:
- Doña Marta, mi corazón sufre por vuestro dolor.
- Gracias, Capitán. Sé que os tenéis que ir, pero antes de que lo hagáis, quisiera hablar con vos.
- No continuaré mi camino hasta complaceros, Señora.

Todos oyeron la conversación y a todos les pareció normal dado que Iñigo Aldai había sido invitado tanto más que por el Alcaide, por su esposa para complacer a su esposo, pero no le pareció así al Regidor, cuyas entrañas ardían de rabia. Para nada deseaba ningún acercamiento entre ambos y además temía que ella se interesara por las circunstancias del accidente y él la trasladara la extrañeza de que las heridas no sangraran, sembrando así la sospecha sobre que otra podría haber la causa, y eso no le convenía para nada; sabía que la validez del certificado del médico era escasa ya que todos comprenderían que escribiera al dictado si quien dictaba tenía el poder suficiente para obligarlo, aunque lo que escribiera no fuera la verdad.
El Capitán salió de la estancia y fue al Patio de Armas pues quería informarle a Lucas que aplazaban su marcha hasta después de la exequias fúnebres del Alcaide, previstas para dentro de dos días, y que hasta entonces no se alejara de la ciudadela, pues probablemente lo necesitaría. Después se retiró a su aposento.

El Regidor impartió las órdenes oportunas para la preparación de los funerales,
mandó despachar heraldos para informar de lo ocurrido así como de la fecha de los funerales, a los sexmos de la Comunidad y a los señores de los lugares de Coca, Peñafiel, Villafranca, Pedraza, Arévalo y Fuensaldaña y Guardo. Ya mandaría días más tarde la información al Rey con una carta en la que le manifestaría su disposición a asumir la responsabilidad como alcaide de Cuellar y a desposar con la viuda del alcaide fallecido con el argumento de mantener así la paz fronteriza entre las dos orillas del río Carrión. De esta forma lo presentaría como un acto de servicio al Rey y no sería interpretado como ambición personal, confiando en que el Rey influiría ante su buen amigo Don Diego López de Haro, a quien pertenecía el castillo de Cuéllar, para que también aceptara la generosa disposición de servicio del actual Regidor Leopoldo López. Ya solo le faltaba enterrar al muerto para dar ese siguiente paso.
Cada vez se veía más cerca de la cima. Se veía ya como alcaide y a Marta calentando su cama, de grado o por fuerza.

Tumbado en su aposento, Iñigo Aldai no dejaba de pensar en lo ocurrido, en sus propias observaciones y en lo que le había dicho el médico.
Volvía a preguntarse por qué le había mentido el Regidor al médico. Cada vez estaba más seguro de que detrás de la muerte del Alcaide estaba el Regidor, pero nada; no tenía pruebas que le permitieran acusarlo y le parecía difícil obtenerlas, máxime si tenía que continuar su misión de forma inmediata. Por otro lado, le había dado su palabra a Doña Marta de permanecer allí hasta que ella le llamara para hablar. No sabía cuando se iba a `producir esa llamada ni de qué quería hablarle, aunque a él , aunque esto pasaba a segundo término ante el deseo que tenía de verla, de mirarla a los ojos, de capturar de nuevo su sonrisa y de sentir cerca su cálido aliento.

Se oyeron las campanas de San Esteban indicando el cierre de las puertas de la muralla, lo que significaba que llegaba la hora de la cena. El capitán Aldai seguía en su habitación pensando en todo aquello que le preocupaba, cuando llamaron suavemente a su puerta. Cuando la abrió se encontró a una de las doncellas de Doña Marta que le dijo que su señora le rogaba se sirviera acompañarla e en su comedor privado.
Notó como el corazón le daba un vuelco. Cerró la puerta y siguió a la doncella.
Subieron hasta la tercera planta y la doncella le cedió el paso al llegar a la segunda de las tres puertas que había en aquella planta. Entró y la vio; estaba de espaldas mirando por una de las ventanas de aquella sala de cuyas paredes colgaban algunos tapices con escenas religiosas. Sobre el suelo había varias pieles que parecía de oso.
Una pequeña mesa y tres sillas más una alacena constituían todo el mobiliario que podía ver. Tardó en volverse y lo hizo lentamente, lo que le permitió a Iñigo observarla despacio y volver a decirse interiormente que nunca había visto una mujer tan hermosa.
- Os agradezco que hayáis atendido mi ruego, Capitán y quiero pediros disculpas por el inconveniente que ello haya podido suponer para vuestro viaje, pero necesitaba hablaros, y no se me ocurría mejor motivo para tener la oportunidad de hacerlo, que invitaros a cenar en privado, por razones que enseguida os explicaré.
- No creo Señora, que haya caballero sobre la tierra que se pueda sentir más feliz por estar en vuestra presencia que este que os habla, aunque lamento que sea en estas circunstancias tan dolorosas para vos.
- De eso quería hablaros.
- Disculpadme Señora, pero ¿por qué a mí, que soy un desconocido de paso por vuestra casa?
- Precisamente porque sois un desconocido para todos y especialmente para el
Regidor, No lo sois para mí aunque apenas hace poco más de un día que os
conozco, pero hay algo en vos, en vuestra mirada, que me inspira confianza y me da seguridad sabiendo que estáis cerca; por eso insistí en que os quedarais. Tengo miedo del Regidor; es un hombre ambicioso y sin escrúpulos. Ambiciona ser el alcaide de este castillo y a mí como su esposa. La muerte de mi esposo puede acercarle a ambos objetivos, por eso no puedo dejar de pensar en que haya alguna relación entre él y el accidente, así que permitidme primero que os pregunte si visteis o estabais cerca de mi esposo cuando sufrió la embestida que la causó la muerte. ¿Visteis lo que ocurrió? ¿Fue tal como la ha contado el Regidor? Os extrañarán estas preguntas, pero el Regidor es hombre dado a exponer la realidad que en cada caso le conviene.
- Me honra vuestra confianza, Señora y por corresponder a ella, os diré que aunque desconozco las ambiciones del Regidor, yo mismo estoy desconcertado por lo ocurrido, ya que he observado detalles que, si no son suficientes para incriminarle, sique despiertan sospechas.
Le contó entonces lo de la las heridas que no sangraban, la contestación que le dio al médico cuando se extrañó por ello y cómo fue relacionando estos detalles con otros como lo del cuero de vino del que bebió el Alcaide, de cómo accidentalmente se cayó derramándose todo su contenido y como el Regidor desmontó para recogerlo y el que llevara otro cuero más. Concluyó diciéndole que aún sin saber de sus ambiciones, estaba casi seguro de que detrás de la muerte del Alcaide estaba el Regidor.
-¡Dios mío¡ exclamó ella. ¿Os dais cuenta? Todo encaja. Ya no hay alcaide y yo soy viuda. El Regidor puede solicitar la alcaidía al Rey y no le será difícil obtenerla ya que ahora es delegado real para esta Comunidad, y habiéndome quedado yo viuda y siendo miembros de la nobleza, el Rey puede ordenarme que me despose con él, pero os aseguro que antes que ser su esposa, me quito la vida. ¡Ayudadme, por favor, ayudadme Capitán¡
- Pero ¿cómo podré hacerlo? Estoy en misión para el Rey, encomendada por Él mismo y de la que he de dar cuenta para el primer domingo de adviento, y aún de de ir hasta el condado de Alava. No sé cómo podría ayudaros y cumplir mi misión al mismo tiempo. No podéis imaginar cuánto deseo ayudaros.
-Comprendo vuestra postura. Vuestra lealtad al Rey os obliga en lo que os ha
encomendado y vuestro juramento de caballero…
-¡Callad, callad por favor, no sigáis más. Cumpliré la misión real. No sé cómo, pero lo haré y os ayudaré a descubrir la verdad sobre la muerte de vuestro esposo, pero he de pediros dos cosas:
- Me dais la vida con vuestras palabras Capitán y, sobre esas dos cosas que me vais a pedir, ya os digo que sí antes de que lo hagáis.
- Lo primero que os pido, Señora, que me complazcáis llamándome simplemente Iñigo, y lo segundo es que toméis a mi escudero Lucas al servicio del castillo, pues necesito tenerlo aquí para que haga aquello que yo no puedo hacer sin levantar sospechas. Yo dejaré el castillo al amanecer a los ojos de todos y, especialmente del Regidor, de quien me despediré, pero estaré acampado en algún punto a una media legua de aquí, pues, o mucho me equivoco, o el Regidor no tardará en enviar un mensajero al Rey informándole de la muerte del Alcaide de Cuellar y ofreciéndose con resignación a ocupar su puesto. Si ocurre como pienso, ese mensajero llevará además otro mensaje escrito por mí dirigido a mi Señor Don Diego López de Haro conteniendo la verdad de lo ocurrido si podemos descubrirla antes de que parta ese
mensajero que, creo que no será antes de la celebración de las exequias dentro de dos días; no es mucho tiempo, así que hay que apresurarse. Si estáis de acuerdo mi Señora, podemos proceder.
- No podía estar más de acuerdo con vos; ahora mismo dispondré lo necesario para que vuestro escudero se quede al servicio del castillo, podríamos decir que para iniciarse en el oficio de soldado, pero sobre vuestra primera petición, accederé a ella si a cambio vos me llamáis Marta.
-Nunca podré negaros nada, Marta.
-Ni yo a vos, Iñigo.
Oír su nombre pronunciado por aquella mujer, le produjo un inmenso gozo. Tomaron una ligera cena, durante la cual ella le contó cómo había llegado al castillo y como había sido su vida desde que llegó a él desposada por intereses políticos con el alcaide Fernando Huarte. Le dijo que consideraba a su fallecido esposo como un buen amigo y que sentía de veras su muerte y de forma tan trágica, pero no sentía el dolor que suponía debía de sentir una esposa por la pérdida de su marido.
Iñigo apenas hablaba, pendiente como estaba hasta de los más mínimos gestos de las manos de Marta, que parecía que hablaban, del movimiento de sus labios, de los destellos cobrizos de sus ojos de los que parecía haberse ido aquella nube de tristeza que observó la primera vez que la vio. Hubiera pasado toda la noche oyéndola y mirándola, pero en su interior una voz le llamaba a ponerse en acción lo antes posible para proteger a aquella extraordinaria mujer que había resquebrajado la corteza que envolvía su corazón.

Tal como acordaron, el Capitán fue a buscar a Lucas al que encontró dirigiéndose a las cocinas para cenar y si podía, a dormir también.
-Lucas, necesito que me prestes un servicio muy importante que requiere mucha discreción y astucia y del que puede depender la vida de una persona muy importante para mí. ¿Puedo contar contigo?
-¡Siempre y para lo que dispongáis, Señor¡ ¿Qué de hacer?
- Te quedarás en la ciudadela so pretexto de iniciarte como soldado al servicio del castillo. Yo me iré al amanecer, para que todos crean que sigo mi camino, pero estaré oculto a media legua de aquí, en el camino que lleva a Navalmanzano. ¿Recuerdas el arroyo en que dimos de beber a los caballos, después de pasar la aldea de Sanchonuño? Por allí estaré. Tu misión aquí será enterarte de cuándo va a salir un mensajero con destino a Toledo por orden del Regidor y qué camino va a tomar, que aunque creo que será el Ávila, prefiero asegurarme. Tan pronto tengas esa información, irás a dármela y después regresas a la ciudadela. A todos los que te pregunten por qué no te has ido conmigo, les dices que te gusta más la vida del castillo que la de escudero y que yo te he dado licencia para quedarte. Mientras estés en el castillo, haz lo que estabas haciendo hasta ahora. Hasta que se celebren los funerales y den tierra al Alcaide la vida del castillo no volverá a la normalidad, así que no te preocupes por lo de iniciarte como soldado.
- Mi Señor ¿tiene todo esto que ver con lo ocurrido al Alcaide?
- ¿Por qué me preguntas eso Lucas? ¿Qué sabes tú de de ello?
-Perdonad Señor, pero entre los soldados y en la cocina he oído comentarios sobre que les parecía muy extraño que el Alcaide, que era muy buen jinete, se cayera sin más del caballo. No lo entienden. Incluso le oí decir a una cocinera que lo ocurrido le venía bien al Regidor, aunque yo no sé por qué lo decía.
- Lo que te pido sí tiene que ver con lo ocurrido, por eso te exijo la máxima discreción en lo que te he pedido que hagas. Como veo que tienes buenas relaciones en la cocina, trata de enterarte si hay alguien en la ciudadela o en la Villa que entienda de venenos, especialmente de venenos mortales de efecto muy rápido, o que los prepare o que los venda.
-Muy bien Señor. Haré todo lo que me pedís.
-Bien. Ahora vete a cenar y cuanto antes obtengas la información que te he pedido, mejor que mejor. Yo me voy a mi aposento, pero antes voy a pasar a despedirme del Regidor.¡ Ah¡ y no lo olvides, junto al arroyo en el camino de cerca de Sanchonuño.
-Descuidad, Señor; iré a buscaros al arroyo de la Sierpe, que recuerdo que así lo llamó aquel mercader que encontramos vadeándolo.

El capitán Aldai regresó a la sala donde estaba instalado el catafalco pensando que el Regidor estaría allí para asegurarse que ninguno de los presentes que velaban el cadáver hiciera comentario alguno sobre las causas del accidente que fueran más allá de la caída del caballo por el quiebro y la embestida del jabalí. Las sospechas que tenía sobre él le impedían trasladarle la petición que hizo al Alcaide el día de su llegada al castillo. De todas formas, pensaba, si como creo y espero demostrar, es culpable, aun que le informara, nada podría hacer, así que mejor esperar a resolver esta situación con quien le sustituya, si es el caso. Efectivamente, allí estaba el Regidor. Se acercó a él diciéndole:
- Señor Regidor, acabo de presentar mis disculpas a Doña Marta por no poder quedarme a los funerales del Alcaide, pues he de seguir mi camino sin demora. Mañana, al amanecer partiré, pero no he querido hacerlo sin que sepáis cuanto lamento la terrible desgracia que ha caído sobre el castillo que tan hospitalario ha sido conmigo, y sobre la Comunidad por la pérdida de tan notable persona.
- Id tranquilo, capitán Aldai. Comprendemos muy bien vuestra situación y agradecemos vuestras condolencias. Qué tengáis un buen viaje.

Iñigo ya no podía hacer más por esa noche, así que se encaminó a su aposento, seguido por la mirada turbia del Regidor, al que su marcha le quitaba una preocupación de encima.
Marta se había retirado a su habitación donde una de sus doncellas le cepillaba el pelo. Estaba pensativa y aunque la doncella lo atribuyera a la consternación por la muerte de su esposo, lo que mantenía ocupada su mente era todo lo concerniente a ese caballero que había aparecido en el castillo el día anterior y que tan profundamente había cautivado su corazón. Cuando entró acompañado por el Padre Gumersindo en la sala donde cenaron el día de su llegada, sintió como una sacudida en su interior y como su corazón aceleraba su palpitar. Tuvo que esforzarse para disimular el efecto que la había producido y el ligero temblor de sus manos. Cuando le fue presentado y le miró a los ojos, aunque solo fue un instante, supo que aquel hombre cambiaría su vida. No sabía ni cuándo ni cómo pues era la esposa de otro hombre, pero esa certeza reanimó su alma y la tristeza que desde hacía años había en sus ojos, desapareció. Durante la cena, mientras contaba lo sucedido en las Navas de Tolosa, pudo mirarle de forma sostenida, como pendiente de lo que relataba, pero en realidad sólo le oía, apenas le escuchaba. Ella vivía otra historia. Desde entonces soñar con esa historia le mantendría el corazón vivo esperando que algún día el sueño se hiciera realidad.
El fallecimiento de su esposo, fue un golpe para su espíritu, pero lo que la aterraba no su condición de viuda, sino la posibilidad real de que el Regidor, a quien a duras penas mantenía alejado de ella, tratara de conseguirla por decisión del Rey con lo que su sueño moriría, y sin él, sin la esperanza de poder convertirlo en realidad algún día, su vida ya no tendría sentido, por lo que antes de unirla forzadamente a la del Regidor o cualquier otro que no fuera la de aquel hombre de mirada noble como su corazón, se la quitaría aunque ello le costara la condenación. Si ese momento tenía que llegar, confiaba en que Dios misericordioso, leyendo en su corazón, le otorgara su perdón.

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