jueves, 17 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXVII (18.01.2013)
Josefina les propuso ir al Reguero Moro, pues tal como había pedido Ana, era un lugar singular. Se trataba de un restaurante ubicado en un antiguo molino del Siglo XIX y restaurado a finales de los ochenta, en Villoria – Ana recordó el nombre que había visto en el libro de Alarico – Era un edificio rústico pero con una decoración de estilo actual en la que las vigas y estructura de madera obscura sugerían la antigüedad del edificio mientras que la combinación de colores ocres, verdes, amarillo, burdeos y blanco en los paramentos verticales le daban el toque de modernidad.
- Es precioso – comentó Ana.
- De verdad que sí – opinó Elisa.
- Cuánto me alegro que os guste – dijo Josefina.
Xavi, el dueño, que vestía un original pantalón holgado de rayas verticales blancas y negras, las saludó y acompañó a la mesa. Una vez que se hubieron sentado, les presentó el menú del día que, aquél lunes consistía en ensalada Mezclum con vinagreta de soja y miel, Corvina al horno con patatas campesina y alcachofas a la plancha con Romescu y de postre mousse de yogur y limón con coulis de mango.
Las tres pidieron el menú que les ofrecía Xavi y para beber optaron por un Cabernet- Sauvignon del Samontano turolense.
Josefina se disculpó para salir a llamar por teléfono a Tolín, su marido, al que no había podido avisar sobre que no la esperara para comer y en la recepción del restaurante se encontró con Helena, la responsable de la Biblioteca de Villarejo de Órbigo y colega suya en la administración municipal.
- ¡Helena¡ ¿Qué haces aquí? ¿Vienes a comer?- le preguntó Josefina
- Hola, Josefina. Ya ves, vengo de trabajo – contestó.
- ¡No me digas que trabajas aquí¡
- No, mujer, no. Vengo a hablar con Xavi para preparar un filandón con cena para el otoño y como esto está tan solicitado, quiero asegurarme la reserva del restaurante con tiempo suficiente.
- ¿Una cena filandón? Parece muy interesante. Seguro que te saldrá a las mil maravillas.
- Eso espero. Y tú ¿cómo por aquí, tan lejos de San Cristóbal?
- Estoy con Elisa, le médica y con una mujer de Gijón, muy interesante, que está haciendo un estudio sobre la población del Municipio. Hemos venido a comer.
- Pues habéis elegido un gran sitio para hacerlo. Aquí se come muy bien y a un precio muy razonable.
- Lo sé, por eso les sugerí venir aquí. Bueno, te dejo, que tengo que hacer una llamada. Nos vemos.
- ¡Hasta otra¡ Adiós y que os aproveche.
Durante la comida, Ana les contó que todas sus investigaciones le llevaban – aunque sabía que podría parecer una tontería – a que el agente causante de la modificación del ADN que estaba intentando descubrir, estaba relacionado con el uso que el pasado y, probablemente desde un pasado muy remoto, los pobladores de Villamediana y Veguellina o como se llamaran a raíz de asentarse en esa zona los primeros pobladores, había hecho de la manga, pues el consumo de su agua era lo único que no compartían, ni habían compartido, con el resto del habitantes de la Feligresía y del Municipio.
- No es ninguna tontería – dijo Elisa – pues hasta mediados del siglo pasado, por lo que he podido saber, y Josefina lo sabrá mejor que yo, ambas poblaciones seguían bebiendo de ella, ya que nace en Villamediana y finaliza en Veguellina. No es ninguna tontería, no. Es más. Puede que ahí esté la respuesta a tu pregunta.
- ¿Crees entonces que ahí pudiera estar la causa? – preguntó Ana con evidente excitación.
- Puede que sí, que es lo más probable, o puede que no. Y la única forma de saberlo es analizando el agua de la manga. ¿Lo has hecho? ¿La has manado analizar? – preguntó.
- No, porque un conocido mío se ofreció a hacerlo en una de las embotelladoras de la zona- contestó.
- ¡ Uhm¡ - Elisa frunció el ceño - ¿Crees tú que si el agua de la manga tiene algún componente que la hace distinta a las demás y
encima es más saludable, el análisis hecho por una empresa que comercializa aguas naturales, va a ser objetivo tratándose de un posible competidor? …
- La verdad es que no se me había ocurrido – reconoció Ana- pero mi amigo ya se llevó una de las muestra de agua que cogimos ayer, así que no puedo evitar el análisis…
- ¿Una de las muestras? ¿Entonces hay alguna más?- le preguntó Elisa.
- Sí. Yo tengo una en el coche ¿por qué?
- Porque te sugiero que lleves esa muestra a analizar y les pidas un informe químico y mineralógico lo más exhaustivo posible, más allá de indicar si los valores obtenidos están dentro de los límites permitidos por la legislación para agua de consumo humano.
- ¿Y …?
- Sí, mujer. Que te digan todos los elementos químicos y minerales en disolución que contenga y que no se limiten a los habituales, si es que los hay, que tampoco vayamos a vender la piel del tigre antes de cazarlo.
- Tiene razón Elisa – dijo Josefina – pues en los análisis del agua de las fuentes de los pueblos del Municipio, se limitan a poner en el informe si son o no aptas para el consumo humano, pero sin decir por qué una cosa u otra.
- ¿Y dónde os hacen esos análisis? – le preguntó Ana.
- Los hacen en León, pero las muestras las tramitan las farmacias- contestó.
- Pues así lo haré. Os estoy muy agradecida, pues no sólo me habéis animado, sino que también habéis evitado que cometiera errores en investigación.
- De nada, mujer. En todo caso, gracias a ti, que has hecho que este lunes fuera diferente a los demás…y también por la invitación.
Después de tomar el café, Elisa se despidió, pues quería estar a media tarde en León para hacer unas compras. Ana, una vez que hubo dejado a Josefina en San Cristóbal, se dirigió a Veguellina de Órbigo, donde el sábado había visto una farmacia.
Aparcó delante de la botica. Una placa en la puerta indicaba que era la farmacia de la Licenciada Aurora Blanco Martínez. Cogió el tarro con el agua y entró. Tras el mostrador, dos auxiliares atendían a otros tantos clientes. Yoli y Elena pudo leer en la placa sobre sus batas. Tras ellas, en la rebotica, puedo ver a una mujer también con bata blanca, que al darse cuenta de su presencia, se acercó sonriendo. Sus ojos eran muy azules, casi del color del cielo en verano.
- Buenas tardes – saludó - ¿En qué puedo servirla?
La placa, seguramente obsequio del colegio de farmacéuticos pues era de plástico, sobre el bolsillo superior izquierdo de la bata, indicaba que era la farmacéutica.
- Buenas tardes – correspondió Ana - .Deseaba que me analizarán esta agua de la forma más exhaustiva posible.
- ¿Es agua de consumo humano? – preguntó la boticaria.
- En realidad es agua de un manantial y tengo curiosidad por conocer su composición hasta el mínimo detalle ¿podría ser?
- Aquí no hacemos los análisis, sino que los enviamos a laboratorios de León, con lo que le quiero decir que hasta mañana por la tarde, enviándolos hoy, no tendría el resultado aquí.
- Bien- contestó – pero le agradecería cuando llegaran me los enviara por fax al hotel Infanta Mercedes, de La Bañeza, pues no sé si mañana podré venir a por ellos, así que si me hace ese favor, se los dejaría ya pagados. ¿Puede ser?
- Sí, claro. No se preocupe. Dígame su nombre y el número de fax, por favor.
- Mi nombre es Ana Miranda y el número… un momento por favor – Ana buscó en el bolso la tarjeta del hotel – El número es el 987 65 62 42.
La farmacéutica anotó el número y recogió el frasco con el agua.
- Tengo que decirle que si el tarro no estaba esterilizado es probable que el análisis señale presencia de bacterias. Se lo digo por…
- No se preocupe, pues soy consciente de ello y, en realidad lo que me interesa es el resultado químico y mineralógico y no tanto, o nada, el biológico.
- En ese caso, esta misma tarde lo mando a León y mañana le envío por fax el resultado. ¡Ah¡ Cuando lo reciba, si necesita alguna aclaración, no dude en llamarme. Mi nombre es Aurora y este mi teléfono – le dijo al tiempo que le entregaba una tarjeta.
Ana le pagó el importe de los análisis y tras agradecer a Aurora su amabilidad, regresó a La Bañeza.
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