jueves, 31 de enero de 2013


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XII (01.02.2013)

Ramón Salcedo, el emisario que el Regidor había enviado a Toledo, aquel hombre de rostro enjuto y curtido, entraba en la ciudad aquella mañana del sábado 22 de septiembre. Llegaba cansado por la larga cabalgada. Había dormido poco y comido menos aun. Entró en la ciudad por la puerta de Alfonso VI, custodiada por dos soldados y en la que un recaudador cobraba el portazgo o peaje a los que entraban al recinto amurallado. El mensajero se dirigió a la parte alta de la ciudad donde se alzaba imponente la antigua alcazaba construida por al Califa Abd al-Rahman III y transformada en fuerte o alcázar por Alfonso VI. En el Alcázar tenía su sede real Alfonso VIII.

En el cuerpo de guardia del Alcázar, Ramón Salcedo se identificó e informó al oficial al mando que portaba una carta del Regidor de la Villa de Cuéllar para Su Majestad. El jefe de guardia le indicó que le siguiera. Lo llevó a presencia del capitán Crisanto Martín, que se encontraba en el la armería supervisando una entrega de espadas. El mensajero repitió al capitán lo ya dicho al oficial de la guardia. El capitán Crisanto Martín le ordenó que le diera la carta, que él mismo se la entregaría al Rey. El mensajero dudó, pero no recordaba que el Regidor le pidiera que la entregara en mano al destinatario, así que entregó el rollo lacrado al capitán. Cuando salieron, el mensajero le dijo al oficial de la guardia que traía otra carta para Don Diego López de Haro a quien habría de entregársela en mano por orden del remitente, el capitán Aldai. El oficial conocía a Iñigo Aldai, así que acompañó al mensajero hasta la sala donde se encontraba el Señor de Vizcaya reunido con el Alférez de Castilla, Alvaro Núñez de Lara. Entró el oficial en la sala e informó a Don Diego de que había llegado un mensajero del capitán Iñigo Aldai con una carta que había de serle entregada en mano. Se sorprendió Don Diego, pues no esperaba comunicación alguna de su Capitán y disculpándose con el Alférez Mayor salió de la sala.
- Soy Don Diego López de Haro. ¿Traes una carta para mí?
-Así es Señor, que os la manda el capitán Iñigo Aldai desde la villa de Cuéllar, respondió entregándole el documento que había escrito el capitán Aldai.
-Bien. ¿Cuándo tienes que regresar a Cuéllar?
-Nada me retiene aquí, mi Señor. Tan pronto mi caballo descanse, regresaré si no disponéis otra cosa.
-Entonces retírate. Oficial, que atiendan a este hombre y a su caballo.
Abrió la carta y leyó el informe sobre el asesinato del Alcaide.
Su rostro palideció. La acusación que hacía el Capitán Aldai era muy grave y la detención del Regidor excedía con mucho las competencias que le otorgaba la carta del Rey. Por otro lado, confiaba plenamente en su capitán por lo que daba toda la credibilidad a su informe. Le preocupaba la reacción del Rey cuando leyera lo que supuestamente decía la carta enviada por el Regidor. Posiblemente a en esos mismos momentos la estuviera leyendo.
Entró en la sala Núñez de Lara que, al ver el semblante de preocupación de Don Diego, le preguntó:
-¿Alguna mala noticia, Don Diego?
- Me temo que sí, Don Alvaro. El Alcaide de mi castillo de Cuéllar ha muerto y, según parece, en circunstancias poco claras.
-¿Qué queréis decir?
- En esta carta que me ha enviado Iñigo Aldai, dice que el Alcaide Fernando Huarte fue envenenado.
-¿Envenenado decís? ¿Y quién podría haber cometido tan terrible crimen?
- Dice el capitán Aldai que obtuvo pruebas de que el asesinato ha sido perpetrado por el Regidor Leopoldo López
-¡Santo Dios¡-¡Qué decís¡ ¿El delegado real un asesino?  Es una acusación muy grave y que de no pode ser sostenida con pruebas ante el Rey… ya sabéis lo que le puede ocurrir a vuestro capitán.
- Lo sé, lo sé, Don Alvaro, pero también sé que Iñigo Aldai es un hombre sensato, prudente y de una honestidad intachable, por lo que si él dice que ha sido el Regidor quien ha acabado con la vida del Alcaide, tendrá las pruebas necesarias.
- Pero ¿sabe el Regidor de esta acusación?
-Y tanto que lo sabe, Don Alvaro. Tanto, que el Capitán Aldai lo ha encerrado en las mazmorras del castillo a la espera de terminar la misión que Su Majestad le encomendó, para traerlo a rendir cuentas de su crimen ante del Rey.
-¿Informareis al Rey?
- Según me dice el capitán Aldai, el Regidor envió antes de ser detenido, una carta al Rey informándole de la muerte del Alcaide, y sospecha Aldai, que ofreciéndose a asumir la Alcaidía y solicitando desposarse con Doña Marta, viuda del Alcaide, y como esta carta y la destinada al Rey las ha traído el mismo mensajero, supongo que Su Majestad estará ya enterado de la muerte de Fernando Huarte.
- ¡Pero no de la detención del Regidor, ni de la acusación de asesinato¡
- No, de esos extremos habré de informarle yo, y cuanto antes mejor, si me lo permitís.
-Coincido con vos, Don Diego. Cuanto antes mejor. Id pues, y que Dios os asista.

Don Alfonso VIII, El Noble, Rey de Castilla y vencedor del Miramamolín, era un hombre que con paso de los años, el próximo 11 de noviembre cumplirá Dios mediante, 57 años, había hecho de la prudencia su mayor virtud y más aún desde la derrota de Alarcos causada por sus impaciencia. Era alto y musculoso, nariz recta y barbilla prominente. Su mirada no podía ocultar sus pensamientos; odiaba la mentira y era leal con sus leales.
El capitán Martin le presentaba de la carta del Regidor de Cuéllar.
- Mi Señor, acaba de llegar un mensajero de la villa de Cuellar con una carta de su Regidor para Vos.
- ¿Qué podrá querer de Nos el Regidor de esa plaza? Ved que dice, Capitán.
Crisanto Martín rompió el lacre que sellaba la carta, la desplegó y empezó a leer en voz alta. El Rey escuchaba sin mucho interés.
- Eso es todo, Majestad, terminó el Capitán.
- Nos apena la muerte del Alcaide Huarte y Nos sentimos tristes por su joven esposa Doña Marta De la Fuente. Lo ocurrido Nos crea una situación que, aunque no grave, conviene tener presente. Hemos de encontrar una solución a la situación creada,pues es de interés para el Reino mantener asegurada esa zona fronteriza, ya que aunque al Rey de León, nuestro primo Alfonso, le he cedido las plazas castellanas que tomó mientras luchábamos contra los musulmanes, no Nos merece la necesaria confianza, por lo que es interés del Reino mantener las plazas fronterizas bien dispuestas y dirigidas para disuadir cualquier aventura de conquista por su parte. Haced venir a Don Diego y a Don Alvaro.
Salió el capitán Crisanto a cumplir la orden dada por Su Señor, encontrándose en el camino con Don Diego López de Haro a quien comunicó que el Rey reclamaba su presencia y la de Don Alvaro Núñez de Lara.
- A Don Alvaro le encontraréis en la Sala de Armas, Capitán.
Don Diego decidió esperar a Núñez de Lara para presentarse juntos ante el Rey.

Estaba preocupado por las consecuencias de la actuación de su capitán Iñigo Aldai cuando informara al Rey de la detención del Regidor. Confiaba en el apoyo del Alférez Real y también en el aprecio que el Rey le tenía a él mismo cuando intentara que no tomara ninguna decisión inmediata, si es que esa situación se planteaba. El nombramiento de Alcaide era asunto del Señorío de Vizcaya, pero el de Regidor correspondía al Rey.
Llegó Alvaro Núñez. Supuso que el Rey aún no tenía la información del encarcelamiento del Regidor.
Entraron en la estancia donde esperaba el Rey. Estaba solo.
Saludaron ceremoniosamente al Rey y Don Alfonso entró sin preámbulos en el asunto.
- Señores, acabo de recibir la noticia de la muerte del Alcaide de Cuéllar en un accidente de caza, según relata nuestro Regidor en la villa, lo que nos preocupa por la seguridad de la frontera. Dado que es vuestro castillo Don Diego, estoy sorprendido de que no hayáis sido informado del suceso.
- Acabo de ser informado, mi Señor, por medio de una carta que ha traído el mismo mensajero que la enviada por el Regidor. Cuando habéis mandado llamarnos, venía hacia aquí para informaros de lo acontecido y de las circunstancias especiales del caso.
- ¿Especiales decís, Don Diego?  El Alcaide se cayó del caballo en una montería y fue atacado por un jabalí que le hirió de muerte. Una muerte trágica, pero no tiene nada de especial. ¿No opináis vos así?
- Así sería Majestad, si no fuera porque en la información que he recibido se afirma de la existencia de pruebas que señalan el envenenamiento del Alcaide como causa de su muerte.
- ¡Pero qué decís Don Pedro¡ ¿De quién procede tal información que contradice la de nuestro Regidor?
- Mi Señor, los hechos que os ha relatado el Regidor sobre la muerte del Alcaide Huarte ocurrieron estando en Cuéllar el capitán Iñigo Aldai, en una misión a vuestro servicio. El capitán Aldai afirma haber obtenido pruebas , refrendadas por el médico del castillo, de que el Alcaide ya estaba muerto cuando fue atacado por el jabalí y que la causa fue el envenenamiento con ricino, un veneno muy fuerte como sabéis y de efecto inmediato.
- Y bien, Don Diego. ¿Sabéis si el capitán Aldai ha informado de esas pruebas al Regidor para que éste aprese al culpable de tal crimen?
Había llegado el temido momento.
- Majestad, el capitán Aldai afirma que las pruebas acusan del envenenamiento del Alcaide a Leopoldo López, el Regidor.
- ¡Pero qué decís¡ ¿Acaso ha perdido el juicio vuestro capitán? ¿Se atreve a acusar al delegado real del asesinato del Alcaide? ¡Responderá ante Nos si no puedeprobar tal acusación¡ Cuando regrese de su misión, se someterá al juicio de su Rey.
- Mi Señor, es que aún hay más sobre este caso.
- ¿Más decís? ¿Qué más puede haber después de los que ya habéis dicho?
- Majestad, el Regidor ha sido encarcelado en el castillo desde donde será traído para que, con las pruebas que le acusan, responda antes Vos
- ¿Encarcelado? ¿Por orden de quién? ¿Con qué autoridad?
- Por el Capitán Aldai, mi Señor, respondió Don Diego
- ¿Sabéis que vuestro capitán puede perder su cabeza, Don Diego?
- Soy consciente de ello, Majestad y estoy seguro que también lo era el Capitán Aldai, por lo que creo que han tenido que ser muy poderosas y fundadas las razones que le han llevado a actuar de tal forma.
- Y vos, Don Alvaro, ¿qué opináis?, le preguntó el Rey
- Señor, ya que me lo pedís, os daré mi opinión sin ambages. Creo, como Don Diego, que para que el capitán Aldai, de quien tengo formada muy buena opinión como caballero y fiel vasallo de Vuestra Majestad, haya actuado de tan extraña forma, ejerciendo una autoridad de la que carece para detener y encarcelar al Regidor, ha debido de tener muy buenas razones. Comparto con Vos que encerrar al delegado real es un acto que puede interpretarse como acto contra la autoridad del Rey. La autoridad que Vuestra Majestad confirió mediante carta al capitán Aldai, lo era al servicio de una misión concreta y no para actuar como instrumento de la justicia, así que, Mi Señor, creo que han tenido que darse circunstancias que han forzado al Capitán a actuar obligado por su juramento como caballero.
- Señor - intervino Don Diego,- el Capitán es un hombre de honor, un valiente caballero y un fiel vasallo de Vuestra Majestad. Le conozco muy bien, pues hemos combatido codo con codo allá donde el servicio de Castilla nos lo ha requerido, sin dar nunca un paso atrás. Es un auténtico caballero cristiano que daría la vida por su Rey sin fuera necesario.
- Don Alvaro, sois el Alferez Mayor de Castilla, el general de mi ejército y vos, Don Diego, mi abanderado y ambos mis consejeros. Así pues ¿qué me aconsejáis ante esta insólita situación?
- Señor, vuestro enviado estará de vuelta en Toledo para mediados de octubre.
Entonces regresará con el Regidor tal como se desprende de lo contado por Don Diego. Sería considerada como una actuación prudente esperar hasta ese regreso para oír o ver las pruebas y la defensa de su honor por el Regidor.
- Y vos Don Diego ¿sois de la misma opinión?
- Los soy, Majestad – contestó
- Y ahora decidme Alférez Mayor. Si hago lo que aconsejáis, tendré que desoír o retrasar hasta entonces la petición que Nos hace el Regidor en su carta respecto de Doña Marta, la viuda del Alcaide a la que desea desposar por su seguridad y futuro, y entre tanto si vos Don Diego no nombráis a su sustituto ¿podrá la joven viuda gobernar el castillo?
- Señor,- dijo el Núñez de Lara - si el Regidor es inocente de la acusación de asesinato, solo se habrá producido un pequeño retraso en atender su petición, retraso motivado estrictamente por el deseo de Vuestra Majestad de hacer justicia, y que de serle concedida la petición que Os hace, ese retraso sería insignificante ante el maravilloso futuro que le esperaría desposándose con Doña Marta y nada os impediría someter a vuestra justicia al capitán Aldai. Por el contrario, si el Regidor resultara culpable, habrías evitado que se consumara una gran injusticia, protegido a Doña Marta cuya vida es nuestra garantía de paz fronteriza y acreditado aún entre quienes no lo sepan, por qué vuestros súbditos os llaman el Rey Noble.
- Respecto de la gobernabilidad del castillo, Majestad- añadió Don Diego- la inexperiencia de Doña Marta quedará compensada por la sabiduría de un hombre sabio, el Padre Gumersindo, su confesor y secretario que era del Alcaide, procedente del monasterio de Monsalud, que Os es tan querido, así como por una guarnición leal a la Casa de Haro.
- Bien, pues así lo dispongo. Esperaremos el regreso del capitán Aldai. Entonces decidiremos. Podéis retiraos.
Hicieron una reverencia y salieron.
-Una situación delicada, Don Diego.
-Sí que lo es Don Alvaro. No obstante tengo plena confianza en Iñigo Aldai y estoy seguro que no la defraudará cuando llegue el momento de rendir cuentas al Rey.
-Eso espero yo también y creo que esa misma esperanza tiene Su Majestad, si no, no hubiera accedido a la espera y hubiera mandado liberar al Regidor. Aunque al Rey le sobran candidatos a regidores y no anda sobrado de buenos soldados, debe ser justo en sus decisiones. Y ahora, si me disculpáis, he de ocuparme de asuntos que interesan a la Reina.
-Por cierto, se os ve muy entregado a la preparación en las armas del esclavo negro que capturasteis en el Muradal. ¿Será ese el campeón de la Reina?
-Eso creo, Don. Diego, y os digo que no es mal candidato; es fuerte y ágil, parece insensible al cansancio y aprende muy rápidamente el manejo de cualquier arma, hasta el punto de que bien podría ser maestro de muchos de nuestros soldados Creo que Doña. Leonor ha hecho una buena elección.

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