domingo, 13 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXIII (14.01.2013)
Ana subió contenta a su habitación, más que por la visita al museo, que realmente le interesaba, porque él la acompañara. Le resultaba muy agradable su compañía, pues además de su atractivo físico, era un hombre con el que seguramente podría conversar sobre cualquier tema. No hacía muchos minutos la había sorprendido con lo de la epigenética y su análisis. Era un hombre culto y eso también le gustaba. Además se interesaba por lo que ella estaba haciendo, por su investigación y no se comportaba como era habitual en la mayoría de los hombres y sobre todo si eran importantes ejecutivos de sus empresas, a los que siempre les faltaba tiempo para hablar y hablar de su trabajo, de sus importantes responsabilidades y de sus logros especialmente si estaban con alguna mujer en su afán de impresionarla. Eran como – se rió por la metáfora – un pavo real desplegando su cola para conquistar a la pava. Algo muy propio del género macho.
Jiménez debía su apellido al río Jamuz en cuya ribera se levantaba, igual que Santa Elena, capital del municipio, y desde tiempos tan antiguos que no hay memoria de su comienzo, ha sido pueblo de alfareros. El Alfar Museo recrea en una construcción original la casa de un alfarero con las dependencias para la vivienda de la familia, supeditada aquellas a las necesarias para el oficio. Cuando entraron en el recinto les recibió un hombre que se presentó como Jorge y les dijo que era el alcalde de Santa Elena, ayuntamiento al que pertenecía Jiménez, quien se brindó a hacerles de guía. Fue él también quien les comentó que la arcilla del lugar era tan pura, que sólo se podía utilizar para cacharros de frío, es decir, que no se podían poner al fuego, dificultad esta que algunos maestros artesanos eliminaban echándole impurezas en forma de arena para después, con sus manos mojadas de barbotina, moldear la pella de arcilla o la pasta cerámica en el torno. También les dijo que esa noche, allí mismo, en el patio, iba a tener lugar un concierto de música barroca con trompeta, en el que los instrumentistas eran uno chicos de Jiménez y que podían asistir si lo deseaban.
Ana y Roger agradecieron las explicaciones y la información sobre lo concerniente al museo asi como la invitación al concierto al que no podrían asistir.
Se despidieron de Jorge y regresaron a La Bañeza comentando la visita durante el trayecto.
- ¿Qué te ha parecido? ¿Te ha gustado? le preguntó Roger.
- Ha sido fantástico – respondió Ana- Cuando entramos en la casa del alfarero, te aseguro que se me puso la piel de gallina al imaginarme, sentados en aquel banco al calor de la lumbre, al alfarero y a su mujer. Me los imaginé mayores, a ella vestida de negro, con la cabeza cubierta por una pañoleta negra también atada bajo la barbilla y a él con un gastado traje de pana y gorra, la barba de unos días y su rostro tostado y arrugado por los años, por el clima y el calor del horno. Tuve la sensación de que estaban allí sentados, sin darse cuenta de nuestra presencia …
Hablaba con tanto sentimiento que Roger no pudo evitar mirarla. Ana había callado y su mirada parecía perdida, como si su espíritu, se hubiera ido al pasado, decenas de años atrás y estuviera acompañando al alfarero y a su mujer mientras, silenciosos, contemplaban el titilar de las llamas en el hogar que, incesante, dibujaban sombras en las paredes de barro de la estancia.
Roger detuvo el coche, lo que hizo que Ana volviera de su viaje al pasado.
- ¿Ocurre algo?- preguntó sobresaltada
- No, nada. No te preocupes- contestó él- He tenido que parar para evitar un accidente, pues me era imposible conducir con seguridad al escucharte, pues tus palabras me arrastraban irremediablemente hacia otra realidad. Realmente eres una mujer con una sensibilidad extraordinaria.
Ana no contestó al comentario de Roger. No hubiera podido hacerlo, pues para ello tendría que mirarle a los ojos y entonces él vería en los suyos que estaba deseando que la besara y si eso ocurría… sabía que ya no podría parar. Así que solo sonrió si dejar de mirar por el parabrisas.
Roger acarició con el dorso de su mano derecha al rostro de Ana, que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no presionar su mejilla contra ella.
- ¿Continuamos?
- Si, claro – contestó él– Y te ruego que me perdones, pues ha sido un deseo incontrolado que me ha salido de lo más profundo del corazón.
- No te preocupes. Estás perdonado siempre y cuando, como penitencia, me invites a una caña en La Bañeza – dijo ella en tono de broma.
- De mil amores – aceptó él, al tiempo que arrancaba el coche.
Ana hizo el resto del trayecto, muy corto por cierto, en un estado de ánimo un tanto confuso. Sí seré tonta y mema – se decía – Nada me apetecía más que me besara y después… que fuera lo que Dios quisiera y … boba de mí , cuando intenta acariciarme me comporto como una quinceañera remilgada, que seguro es lo que ahora piensa de mí. No quiero parecerle una mujer fácil y eso seguro que se lo parecería si a las primeras de cambio – que sólo hace dos días que nos conocemos – cayera en sus brazos; pero ¿cómo saber cuándo se llega a la línea que marca el límite de la facilidad y el comienzo de la normalidad? ¿Y si esta noche, cuando nos retiremos a nuestras habitaciones intenta besarme? ¿Me habré resistido suficientemente con lo de ahora para que entonces no parezca que lo estoy deseando? ¿Y si después de besarme quiere entrar conmigo en la habitación? ¿Y si…? iPero que estoy haciendo¡ Si ya he cumplido los cuarenta¡ Ya no soy ninguna niña para angustiarme con estas preguntas como cuando tienes la primera cita con un chico, así que basta de pensar en todo ello. Ya afrontaré los hechos a medida que se vayan produciendo, si es que se producen y de la forma que se me ocurra en ese momento.
Después de dejar el coche delante del Infanta Mercedes, fueron paseando hasta la Plaza Mayor donde, en la terraza de La Bohemia, Roger cumplió su promesa de invitar a unas cañas. Ya eran casi las ocho y aún tardaría en anochecer, pues el sol no se ocultaba tras el Teleno hasta bien pasadas las diez, así que la gente aprovechaba para estar a la fresca ya fuera paseando o sentados en las terrazas de los bares y cafeterías. La Plaza Mayor estaba muy concurrida, tanto de paseantes como de personas mayores que aprovechaban al límite los bancos instalados tras su remodelación.
Ana le estaba contando la impresión que le produjo la señora Benigna, la de los 94 años y doce hijos, tanto por su magnífico estado físico como por su vitalidad y optimismo afrontando la vida. ¿Crees que a una mujer de esa edad, que no fuera ella, que haya vivido toda su vida en el pueblo pequeño, le iba a importar tanto su aspecto como para ir a la peluquería y teñirse el pelo o que tendría ánimos para asistir actos culturales o cursos de formación?
- La verdad es que resulta difícil imaginárselo- contestó Roger- Esa mujer debe ser algo muy especial y …
A pesar de la concurrencia, apenas había ruido más allá del producido por algún ocasional coche atravesando la plaza, por lo que el repentino repiqueo de las campanas de la iglesia de Santa María llamando a misa, sobresaltó tanto a los humanos como a las palomas que salieron volando en desbandada e interrumpió la contestación de Roger.
Cuando tras cinco minutos de repiqueo enmudecieron y la conversación se hizo posible, Roger continuó con su comentario.
- …decía que tiene que ser una mujer muy especial y, por lo me has contado hay otras personas de edad parecida que tiene actitudes similares, así que algo tiene que haber en esa tierra que…
- Ese algo, saber qué es, es lo que ocupa mi pensamiento la mayor parte del tiempo. Por mucho que lo analizo no consigo encontrar diferencias de costumbres, de hábitos de vida o de alimentación entre las gentes de esa franja y la de otras localidades. Viven de la misma forma, comen lo mismo, tienen el mismo clima …
- Atribúyemelo a deformación profesional- la interrumpió Roger -pero ¿te has preguntado si beben lo mismo? ¿Si consumen la misma agua? … No todas las aguas son iguales y dependiendo de su mineralización pueden producir efectos distintos en el organismo, así como…
- ¡Claro! - exclamó Ana- ¡Claro que sí! El agua es lo único que no comparten con los demás o, mejor dicho, lo que no compartían con los demás, pues tanto en Villamediana como en Veguellina me dijeron que antes de tener agua corriente en las casas usaban el agua de los pozos que habían abierto en los patio, y que antes de éstos se proveían del agua de la manga y..
- ¿De la manga, dices? ¿Qué es la manga? – preguntó Roger.
- Es un manantial que nace en Villamediana y que por una acequia llega hasta Veguellina donde desagua en el Órbigo- respondió Ana – y parece lógico pensar que si hasta mil novecientos treinta y cuatro no se abrieron los pozos en las casas, según me dijo Valentín, las decenas y decenas de generaciones anteriores que vivieron en esa zona, incluso más atrás de la que encontró Alarico hace mil quinientos años, tuvieron que consumir el agua de la manga, así que …
- Puestos a imaginar – continuó Roger - no resulta descabellado pensar que pudo ser consumida desde que los primeros Egurros se instalaron en esa zona ¿verdad?
- ¿Te parece sensata esta teoría? Dímelo en serio, por favor. Es importante para mí saber si tiene pies y cabeza o, por el contrario, es una suposición absurda – le pidió Ana.
- De absurda nada – respondió – y , aunque yo no soy bioquímico, por mis años de experiencia en la empresa y algunos conocimientos que por mor de mis responsabilidades he ido adquiriendo sobre el agua y sus características en relación con sus efectos en el organismo humano, creo, sinceramente, que puedes exclamar aquello de ¡ Eureka ¡.
- ¿De veras lo crees así? ¿Crees que el agua de la manga es lo que Bertulfo llevó a Alarico?
- Ya te lo he dicho. Estoy casi seguro, y para estarlo del todo sólo habría que hacer una sencilla comprobación – dijo él.
- ¿Cuál? ¿Qué comprobación?
- Analizar el agua de la manga y ver que minerales tiene en disolución y en qué concentración, pues no solo se diferencian las aguas por su contenido mineralógico, sino por la proporción en que está los minerales disueltos en ella y la relación entre ellos - explicó Roger – Así, hay aguas bicarbonatadas, sulfatadas, cloruradas, cálcicas, magnésicas, fluoradas, ferruginosas, sódicas, bivalentes aciduladas…
- ¿Seguro que no eres químico? – preguntó Ana incrédula.
- Te aseguro que no. Como decimos por Cataluña, més sap el diable per vell que per diable
- Pues entonces, viejo diablo, dime dónde puedo llevar el agua a analizar- Ana estaba tan entusiasmada que no supo pararse cuando lo de viejo diablo salía de sus labios, aunque se arrepintió nada más decirlo. Era un exceso de confianza a la que él no había dado pie, así que trato de enmendar el yerro.
- Perdona; no era mi intención…
- ¿Haberme llamado viejo diablo?- la interrumpió él - Es una definición perfecta para mí, pues ya no soy joven y sí, a veces soy algo diablo.
Ana le miró y pudo ver en su mirada que estaba tratando de ligarla, lo que le provocó un repentino aumento de los latidos de su corazón y una sensación de vacío en el estómago.
- Pues habrá que cuidarse de ti, no sea que resultes un diablo peligroso – comentó en tono jocoso.
- No mujer. Cuando lo soy, no dejo de ser como el diablo cojuelo, sólo un poco travieso.
- ¡Uf¡ Menos mal. Empezaba ya a preocuparme – dijo al tiempo que reía.
- Es la primera vez que te veo reír y he de decirte, y sin ánimo de adular, que tienen una risa encantadora, como corresponde a una mujer tan atractiva.
Ana veía que el camino que tomaba la conversación no era el apropiado para aquellos momentos ni en aquel lugar y, además, la alejaba del asunto que más le interesaba, cuál era el del agua de la manga, así que decidió zanjar las conversación.
- Gracias. Eres muy amable y, ahora ¿qué tal si terminas de explicarme lo del agua?
- Sí, claro – respondió Roger con aparente naturalidad – Como te decía, la composición mineralógica del agua depende de los estratos del subsuelo que atraviese hasta que aflore en el manantial, así que pueden ser más de dos docenas de elementos distintos disueltos en ella. Dependiendo de qué minerales se trate
y sobre todo de su concentración, el agua puede ser buena o nociva, es decir, potable o no apta para el consumo humano.
- ¿Y saber que minerales tiene disueltos el agua de la manga y en qué proporción es lo que tenemos que comprobar, verdad?
- Así es. Y si resulta que en su composición hay alguna singularidad, podría pensarse que ese agua es la de Bertulfo- concluyó Roger.
- ¿Tú crees que encontraremos en ella algo diferente? – preguntó deseando una respuesta afirmativa.
- Confío en que contenga minerales antioxidantes como selenio, manganeso, magnesio, hierro e incluso, aunque no es frecuente, zinc, pero eso sólo nos lo puede decir un buen análisis.
- ¿Dónde nos lo podrían hacer? ¿Quizás en una farmacia? – preguntó Ana.
Sí. Hay farmacias que los hacen y otras los envían a los laboratorios, pero en este caso, no te preocupes, yo me encargo de que lo hagan en la planta que queremos comprar.
- No sabes cuánto te lo agradezco. Ya estoy impaciente por ver los resultados y saber, por fin, qué le llevaba Bertulfo a Teodegonda.
- Pues aún has de esperar un par de días. No olvides que mañana es domingo y hasta el lunes a última hora, y eso con suerte, no tendremos los resultados del análisis de un agua de la que ni siquiera tenemos la muestra para analizar y eso, es indispensable, así que, si te parece – propuso Roger – mañana podemos ir a esa manga y llenar unos frascos.
- Me parece estupendo, pero ¿dónde conseguimos los frascos?- preguntó ella.
- ¿No hay un chino al lado del hotel? Supongo que, como todos los chinos, abrirán los domingos y, aunque los frascos no estén esterilizados, como lo que nos interesa es la composición mineralógica, podremos sacar conclusiones aunque se encuentren bacterias ya sean del mismo frasco o del agua.
- Entonces ¿vamos mañana por la mañana a Villamediana?
- De acuerdo – aceptó Roger.
Cenaron en el hotel y tomaron una copa en la terraza, llena como todas las noches.
Sobre las once, Ana dijo que se retiraba, pues además de estar un poco cansada, quería enviarle un correo a su hija. Había puesto el énfasis en lo de un poco cansada con la intención de que Roger no considerar el hecho insalvable, pero él respondió con un es normal, ha sido una tarde muy movida y yo también me retiraré enseguida. ¡Si será capullo¡ - pensó Ana.
- Pues buenas noches y hasta mañana – se despidió Ana con una sonrisa forzada.
- Hasta mañana y que descanses – correspondió él.
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