miércoles, 16 de enero de 2013
EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.
CAPITULO XXVI (17.01.2013)
Ana, con los ojos aún cerrados, alargó su brazo buscando a Roger, a su lado. Tanteó mientras esbozaba, pero… Abrió los ojos. Roger no estaba donde ella esperaba. La puerta del baño estaba entreabierta pero no se oía el ruido del agua de la ducha.
- ¿Roger? ¿Estás ahí?
No hubo contestación, así que se levantó y desnuda se acercó a la terraza. Tampoco estaba allí. Se fijó en una hoja sobre su mesilla de noche. Era de Roger.
- Buenos días – decía- No he querido despertarte, pero tengo una reunión a primera hora en la embotelladora. Te llamaré sobre lo del análisis del agua. P.D. Ha sido una noche fantástica.
Sonrió. Sí que lo había sido, sí. Habían disfrutado sin descanso y sin limitaciones; entregados sin reservas el uno al otro habían cabalgado por los deliciosos campos del placer hasta que sus fuerzas se lo permitieron. Se sentía rejuvenecida y no pudo menos que pensar en Sandra, que tantas veces la insistía para que iniciara una nueva vida sentimental.
Después de darse una larga y placentera ducha – no tenía prisa – se vistió y antes de bajar a desayunar, repaso el programa que tenía para ese día. Era la visita a Elisa, la médica, en San Cristóbal.
Desayunó en la barra de la cafetería, pues el servicio de desayunos en el comedor ya estaba cerrado – eran las once – y con el corazón alegre y el cuerpo reconfortado en todos los sentidos, cogió el coche para ir a San Cristóbal.
Recordaba que el consultorio estaba en los bajos del Ayuntamiento, así que aparcó en la misma plazoleta que la vez anterior, cuando fue a hablar con Josefina y se dirigió en busca de la médica.
En la sala de espera había ocho personas.
- Buenos días – saludó- ¿Quién es el último para el médico, por favor?
- Para Elisa, yo – contestó una mujer al fondo – y para Conchi ese señor – dijo señalando a un anciano que la miraba fijamente con sus manos agarrado a un bastón.
- Gracias – contestó.
- Ya está dentro – dijo otra de las mujeres que esperaban.
Calculó que le daba tiempo para subir a las oficinas y hablar con Josefina antes de que llegara su turno.
- Entonces yo soy ahora la última para Elisa. Voy un momento donde Josefina, así que si no les importa, si viene alguien…
- No se preocupe. Vaya, vaya usted donde Josefina, que le guardamos la vez- dijo la misma mujer.
- Pues muchas gracias otra vez. ¡Hasta ahora¡
Desde que había empezado las entrevistas en Villamediana y después en Veguellina, una de las coas que más gratamente le había sorprendido, era la amabilidad y la cortesía tanto de los entrevistados, como la de aquellos con los que se había cruzado, que la saludaba a pesar de serles desconocida. Ese comportamiento era impensable en la ciudad, donde el saludo solo es habitual entre los compañeros de trabajo y, con suerte, entre los vecinos de tu propio portal que, a veces, ni eso.
- Buenos días, Josefina – saludó.
- ¡Hola¡ Buenos días – contestó con una radiante sonrisa - ¿Qué tal estás?
- Muy bien gracias – contestó el tiempo que pensaba que nunca tal afirmación por su parte había sido tan cierta.
- Vengo a molestarte otra vez en relación con el trabajo que te dije sobre la gente longeva de estas tierras y …
- No es molestia – le interrumpió Josefina – Todo lo contrario, así que dime qué necesitas.
- Mira, el sábado estuve en Villamediana y me enseñaron un manantial al que llaman la manga y quería saber si en los archivos del Ayuntamiento tenéis algo de información sobre ella, pues me dijeron que en el pasado era de donde los vecinos de servían.
- No, no. De la manga no tenemos información, ni creo que la haya habido nunca, pues pertenece a la Junta Vecinal. En el Ayuntamiento solo hay información sobre la traída de aguas a las casas y de eso no hace tanto tiempo. Lo siento.
- ¿Crees que sabrán algo o tendrán algún documento en la Junta Vecinal?- preguntó.
- Es difícil, pues las Juntas normalmente carecen de archivos históricos. Es más; estoy segura de que no tienen nada.
- ¿Ni siquiera algún análisis del agua?
- De eso menos, pues no sé si te has fijado, pero en el caño de Villamediana y te digo ahí porque has estado, hay una placa que dice agua no tratada y la gente la utiliza para beber y cocinar, así que si eso ocurre ahora, imagínate como sería hace un siglo o más.
- Bueno. Pues eso era lo que quería preguntarte, así que gracias de todos modos.
- No hay por qué, mujer. Si alguna documentación hubiera habido, con gusto le la habría facilitado, pero estoy segura de que no, pues esta misma mañana, después que vino un señor a preguntar lo mismo, por si acaso, he estado mirando el reducido archivo que tenemos, lo poco que quedó después del incendio del anterior edificio del Ayuntamiento y, lo que te he dicho, nada de nada.
- ¿Has dicho que un señor ha estado preguntando por la manga esta mañana?- preguntó extrañada.
- Si, a primera hora. Me preguntó a quién pertenecía y qué extensión tenía y si había algún plano. Le dije que lo único que había era lo que había en el Plan de Urbanismo de Villamediana, así como que los terrenos era comunales, de la Junta Vecinal
- ¿Recuerdas que aspecto tenía?
- Sí – contestó – Era de mediana edad, de buen porte, bien vestido y parecía ser hombre de ciudad. ¿Acaso lo conoces?
- No creo – contestó haciendo un gran esfuerzo para dominarse - Simplemente me ha sorprendido la coincidencia del interés por un mismo lugar y en el mismo día. Nada más. Nuevamente gracias. Ahora voy a bajar a hablar con la médica.
- ¿Con Elisa? ¿No te encuentras bien?
- No, estoy muy bien de salud. Sólo es para preguntarle en relación con mi estudio.
- Pues si es para eso, mejor que en la consulta sería durante el café – dijo Josefina – Es que cuando termina, nos vamos a tomar el café al bar de Albina y allí no tienes a nadie esperando a que termines como en la consulta, así que, si te parece bien, te vienes a tomar el café con nosotras y habláis de lo que te interese.
- Estupendo. Mucho mejor así. Gracias de nuevo. Voy a bajar ahora para anular la vez que había pedido.
- Entonces nos vemos abajo en unos minutos. ¿De acuerdo?
- Hasta ahora entonces.
El corazón parecía querer salirse del pecho. Estaba segura de que el hombre que había estado en el Ayuntamiento preguntando por la manga era Roger; pero ¿para qué? ¿Qué necesitaba él saber sobre la manga que no fuera la analítica del agua? ¿Acaso quería darle una sorpresa consiguiéndole toda la información existente sobre la manga, pensando que eso era lo que a ella le gustaría? Ese será el motivo – pensó – pues no se imaginaba que pudiera haber otro. Así que si se trataba de una sorpresa, cuando la llamara para adelantarle el resultado del análisis del agua, no le diría que sabía de su visita al Ayuntamiento a primera hora de la mañana.
Roger no podía saber que ella deseaba esa información sobre la manga, por lo que el hecho de que él estuviera intentando conseguirla era, sin duda, la mejor prueba de que se sentía identificado con la investigación y, por tanto, con ella, lo que le agradaba sobremanera. Era todo un detalle al que ella sabría corresponder.
Entró en la sala de espera donde ya solo quedaba la mujer que le había dado la vez.
- Enseguida le toca – le dijo la mujer – pero si tiene prisa puede pasar delante de mí.
- Gracias, pero creo que no voy a entrar- contestó Ana - Venía a decírselo por si alguien más había llegado, aunque ya veo que no.
La mujer le miró con extrañeza.
Ana esperó sentada en el banco de madera que había a la izquierda de la puerta de entrada al Ayuntamiento. Al lado había una bicicleta.
Del consultorio salió una de las mujeres que había visto cuando entró a pedir la vez. Cogió la bicicleta y tras decirle adiós, se alejó por la calle Fuente Chica, que era la misma en la que estaba el edificio del Consistorio.
Casi al mismo tiempo que llegaba Josefina, salía la médica del consultorio y otra mujer, probablemente la enfermera, pensó Ana.
- Hola, Elisa ¿has acabado ya?
- Sí. Hoy ha habido poca gente, por suerte – contestó la médica.
- ¿Qué tal, Conchi? – saludó Josefina a la otra mujer.
- Bien. Ya ves. Como siempre – contestó risueña.
Ana se había levantado.
Tras hacer las presentaciones, Josefina le dijo a Elisa que Ana quería hablar con ella y le había dicho que como iban a tomar café juntas, que las acompañara y así podrían hablar con más tranquilidad que en la consulta.
El bar de Albina estaba a unos doscientos metros, así que fueron andando.
Se sentaron en una mesa en el exterior y por la ventana tomó Albina nota de lo que iban a tomar.
- Bueno, Ana. Por lo que dijo Josefina, deduzco que lo que quieres hablar conmigo no es nada privado, así que dime en que te puedo ayudar.
- Trataré de explicarlo de la forma más breve posible. Todo empezó un día en el que …
El relato de Ana sobre los motivos que la habían llevado hasta allí – obvió todo lo relativo al libro sobre Teodegonda y Alarico – tenía cautiva la atención de sus compañeras de mesa, que no perdían detalle de lo que contaba.
- … y dado lo que las cifras indican, sólo me faltaba conocer tu opinión profesional como médico que eres de esta población, si es que crees que hay alguna razón que explique estos porcentajes tan altos de personas longevas.
Ahora todas las miradas se dirigieron a Elisa.
- Es cierto que el porcentaje de gente muy mayor en Villamediana y Veguellina está por encima de la media del Municipio y muy alta respecto de la esperanza de vida media de la provincia de León. Y creo, lo mismo que tú, que no se debe a factores medioambientales, alimentarios o profesionales, pues tanto unos como otros son comunes a todos los pueblos de la comarca – Elisa hizo una pequeña `pausa – Así que parece razonable pensar, y esta afirmación no está probada, sino que es simple conjetura aunque con una base bastante sólida, que se debe a razones de índole genética. No sé si has tomado nota de los apellidos de las personas con las que has hablado – continuó – pero tanto si lo has hecho como si no, se da una coincidencia de apellidos, tres o cuatro diferentes, entre las personas actuales de más edad, es decir, de personas que comparten un mismo ADN y …
- No había caído en eso- le interrumpió Ana – y es una buena, buenísima pista. Pero… continúa, por favor.
- …lo que me hace pensar que esas personas tienen un origen común y que habría que situar en la época en la que se establecieron en esta tierra los primeros pobladores hace ¿cuántas generaciones? ¿decenas? ¿cientos quizás? y que, por la influencia de elementos medioambientales, su ADN fue sufriendo pequeñas y lentas modificaciones que es probable que aún se sigan produciendo actualmente.
Elisa hizo una pausa que Conchi aprovechó para decir que, aunque estaba embelesada escuchando esa teoría, se le hacía tarde y tenía que irse ya, lo que hizo tras despedirse de Ana con un par de besos y con un adiós de las demás.
- Hablar de cientos de generaciones es tanto como hacerlo de miles de años – continuó Elisa - pero tanto tiempo no es más que una insignificancia en el proceso evolutivo del hombre y su adaptación al medio que le rodea, así que cabe pensar en la existencia en este entorno de algún elemento que inició esa modificación genética y que aún sigue presente incidiendo en ella.
Elisa guardó silencio, esperando quizás los comentarios de sus compañeras de mesa, pero éstas permanecieron calladas.
- Siento haberme extendido tanto – dijo mirando a Ana – pero me pediste mi opinión y te la he dado y no sabría haberla manifestado de forma más breve.
- Estoy encantada con tu teoría, tanto por la claridad con que la has expuesto, como por coincidir con la que yo pensaba, aunque nunca hubiera sido capaz de exponerla de una forma tan precisa- dijo Ana – No sabes cuánto te agradezco tu opinión que aumenta aún más mi interés en descubrir qué elemento ha sido el que inició ese proceso de modificación genética que aún persiste.
- Me alegro, pero no olvides que sólo es una opinión y no el resultado de un trabajo científico, así que no la consideres como algo irrefutable.
- A mí también se me está haciendo tarde – dijo Josefina – pues tengo que volver al Ayuntamiento.
- ¿A qué hora terminas? – le preguntó Ana.
- Sobre las dos y media – contestó Josefina.
- Te lo pregunto porque me gustaría seguir esta conversación durante más tiempo y qué mejor que alrededor de una buena mesa, así que os agradecería una enormidad que me permitierais invitaros a comer sin otra condición que la de que sea en un lugar singular ¿de acuerdo?
- Yo tengo que volver a León, aunque tampoco tengo prisa, así que… si Josefina acepta, yo también. ¿Qué dices, Josefina?
- El caso es que… - se quedó pensando unos instantes – Tolín se las puede arreglar solo para comer, así que ¿por qué no?
- ¡Estupendo¡ - exclamó Ana – Falta media hora para que termines tu jornada, por lo si te parece, te recogemos en la puerta del Ayuntamiento.
- De acuerdo. Ahora me voy, que seguro que habrá alguien esperándome. ¡Hasta luego¡
- Adiós – contestaron Ana y Elisa.
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