martes, 22 de enero de 2013

IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY (Novela histórica)


IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY, por Alfonso Martínez.

CAPITULO I (23.01.2013)

A pesar de que llevaba ya una hora cabalgando, no había conseguido quitarse el frío de encima. Había salido en plena madrugada, aún faltaba más de una hora para que empezara a amanecer y, a pesar de aquel verano de año del mil y doscientos doce estaba siendo anormalmente largo - era ya finales de septiembre – los amaneceres eran muy fríos y húmedos y, aunque bien abrigado, sabía que hasta que los primeros rayos de sol no se asomaran sobre el horizonte y empezaran a calentar el aire, sólo el esfuerzo de cabalgar al trote le proporcionaba el calor necesario para soportar la dentellada del frío y mantenerse alerta, ya que la oscuridad impedía tener una buena visibilidad de las condiciones del camino. Sería una imprudencia que podría costarle cara si decidiera ir al galope aún cuando la zona que recorría era despejada, llana y sin arboleda, pero el empedrado del camino, restos de la antigua calzada romana que saliendo de Toledo pasaba por Bayona de Tajuña, antigua Titulcia romana y llegaba hasta la Cesar Augusta romana ( actualmente Zaragoza y capital del reino de Aragón), se dirigía en dirección nordeste, estaba humedecido y resbaladizo por el relente nocturno, por lo que una caída en esas condiciones no era improbable.
 Llevaba recorridas unas dos leguas y estaba apenas a una de la población de Aceca, cercana al río Tajo, y desde donde tomaría el camino del norte, cuando la claridad del cielo, incluso antes de que el sol asomara, ya le permitía distinguir no solo los detalles del camino, sino hasta una buena distancia, así que puso su caballo al galope con la determinación de llegar antes del anochecer a San Martín de Valdeiglesias, aldea surgida no hacía mucho en torno a la ermita dedicada a San Martín de Tours, a unas quince leguas al nordeste de Toledo, de donde había partido en aquella fría madrugada de septiembre. Quería pasar allí la noche y descansar todo lo que pudiera pensando que al día siguiente tendría que llegar a la ciudad amurallada de Ávila, donde empezaría a dar cumplimiento a la misión que el Rey en persona le había encomendado la tarde del día anterior cuando estando en la herrería del Alcázar, un reducido cobertizo hecho de adobes y techado con ramas de brezo, construido adosado a la caballeriza, observando como el fornido herrero y su ayudante, que era todo lo contrario, herraban los cascos delanteros de su caballo, Crisanto Martín , capitán del ejército de Castilla, se le acercó ordenándole que le siguiera, pues el Rey demandaba su presencia de inmediato.
Ya le intranquilizó el hecho de que fuera Crisanto Martín quien le informara de la demanda, pues el Capitán era hombre cuya importancia y prestigio era mayor que el que podía sugerir su grado militar. Asturiano de origen humilde, había servido como soldado bajo a las órdenes de Fernando II, Rey de León quien se ocupó de la tutoría de Alfonso tras el fallecimiento del regente Nuño Pérez de Lara, hasta su coronación como rey de Castilla a los 14 años. Durante todos esos años Crisanto Martín se había ganado el respeto y la admiración de todos los que le conocían, por su valentía y coraje en todos los enfrentamientos bélicos en los que había participado, ya fuera contra los musulmanes almohades o en las escaramuzas con las tropas de los reinos
vecinos.
Habíase ganado con mérito cada uno de los ascensos que lo llevaron a alcanzar el grado de capitán y a formar parte del reducido grupo de nobles y militares más cercanos a la Corona, pues el Rey Alfonso VIII le tenía en gran estima; pero más le intranquilizaba el hecho de que fuera nada más y nada menos que el Rey quien le llamara así que no las tenía todas consigo, tanto por lo inhabitual del hecho, él era sólo un capitán del ejército de D. Diego Lope de Haro, Señor de Vizcaya que, como vasallo del rey castellano, había venido con sus tropas luchar en la cruzada contra los musulmanes, lo mismo que lo hicieron Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y diversas Ordenes Militares estimulados por Bula del Papa Inocencio III, por lo tanto y aunque caballero y capitán, muy lejos en la pirámide de rangos militares que le
hicieran pensar en la posibilidad de ser requerido directamente por el Rey.

La sensación de intranquilidad que nació en su interior cuando el capitán Martín le indicó que debería acompañarle sin dilación, no sólo no desapareció, sino que se hizo más intensa cuanto más trataba de adivinar a qué se debía esa llamada urgente del Rey.
No pudo entonces evitar pensar en lo ocurrido en la batalla de Alarcos, diez y siete años antes, en la que la valentía, tanto de D. Diego Lope de Haro como la de sus caballeros, él era entonces escudero, fue puesta en duda e incluso llegó a responsabilizárseles de la derrota sufrida a manos de los musulmanes, y que tan humillante fue para el Rey de Castilla. No encontraba relación entre aquellos sucesos y la situación actual, pues había transcurrido poco más de un mes desde la más grande victoria cristiana contra los musulmanes, y esta gran victoria en el llano llamado de las Navas de la Losa, que era mérito del rey castellano, el gran derrotado en Alarcos, Alfonso VIII, que de esta guisa bien se resarcía de aquella derrota, pero…

No podía dejar de pensar que alguna razón que no alcanzaba a ver habría y que la audiencia del Rey no presagiaba nada bueno para él.
Había llegado a las proximidades de la aldea de Aceca formada apenas por una docena de casas de adobe a cuyos habitantes podía distinguir en la lejanía
inclinados sobre el terreno, en lo que seguramente serían las últimas labores agrícolas de aquel anormal largo verano.
En Aceca dejaba a su derecha la antigua calzada romana y tomaba el camino del norte que enseguida se adentraba en los espesos bosques de encino carrasco y alcornoques que precedían a la zona montañosa tras la que se encontraba San Martín de Valdeiglesias.
Empezaba a hacer calor y puso su caballo al trote hasta llegar a los primeros árboles y siguiendo el camino que serpenteaba entre ellos aminoró la marcha, ya que así podría mantener una mayor atención que previniera algún encuentro desagradable, pues no ignoraba que algunos de los cruzados extranjeros que había atendido al llamamiento de la Bula papal y que tras la prohibición de Alfonso VIII de que saquearan Calatrava al rendirse la plaza y así evitar lo ocurrido en Malagón donde pasaron a cuchillo a todos sus habitantes, molestos por tal prohibición, decidieron regresar a sus países de origen, pero durante el regreso y para resarcirse del botín de guerra no conseguido, algunos se dedicaban a asaltar no sólo las juderías de las localidades que encontraban en su regreso, sino también a los viajeros, carros y caravanas que pillaran en su camino o a los que emboscaban y pequeñas aldeas robando cosechas , asesinando y violando a sus mujeres.

Dado que el tiempo era esencial en la realización de su misión y ese estaba
condicionado por el peso tanto suyo como el de la armadura del caballo, había
prescindido de algunos de los elementos propios de un caballero preparado para la batalla, yendo armado solo con su espada de doble filo, de acero bien templado de dos codos y medio de longitud, y su cuerpo protegido con la cota de malla provista con almófar y bajo éste la crespina. Su caballo no llevaba armadura por la misma razón, así que debía tomar todas las precauciones posibles en caso de un encuentro no deseado con alguna cuadrilla de aquellos cruzados extranjeros venidos a bandoleros.

Pendiente de uno y otro lado del camino, con el oído atento a cualquier sonido o ruido que no interpretara como propio del bosque, recorrió otras dos leguas antes de dar un breve descanso a su caballo y que a él le vendría bien también para comer un poco y tranquilizar su estómago, que desde hacía un buen rato no dejaba de protestar. Así que en el primero de los abundantes arroyos que naciendo en las colinas próximas buscaban la sombra del bosque, desmontó y mientras su caballo bebía, sacó de su bolsa un muslo de pollo, un trozo de pan de avena y mijo y un pedazo de queso curado de oveja, de todo lo cual dio cuenta rápidamente, acompañándose de unos tragos de vino que llevaba en un odre de cuero de cabra impermeabilizada interiormente con pez. El caballo, por su parte, satisfacía su hambre con la hierba fresca que crecía a ambos lados del arroyo.
Cuando consideró que tanto él como su caballo, y más éste, habían descansado lo suficiente y repuesto fuerzas, montó y reanudó su camino a través del bosque que estaba pareciéndole infinito. Deseaba llegar cuanto antes a la ladera de la montaña e iniciar su subida por las rampas del camino y aunque tendría que ir necesariamente al paso, al menos no correría el riesgo de ser emboscado. Un encuentro con uno o dos bandoleros no le producía una gran preocupación, pero estas bandas dedicadas al asalto y al pillaje basaban el éxito de sus actuaciones precisamente en lo numeroso del grupo, que había de ser lo suficientemente grande como para poder asaltar sin mayor riesgo las pequeñas aldeas o alguna caravana de carros transportando comiday bebida a los mercados vecinos, pero no tan grande que el reparto del botín hiciera éste escaso, así que los bandas estaban formadas por cinco o seis individuos, y aunque no tuvieran experiencia en acciones de guerra y sus armas eran de lo más rudimentarias, el peso del grupo podría dar al traste con el arrojo, la valentía y la experiencia de cualquier caballero máxime si éste, como era el caso, no iba totalmente armado; pero la cosa podría ser grave si los asaltantes eran algunos de aquellos cruzados franceses, italianos y normandos que habían dado la espalda a Alfonso VIII, ya que esos sí que tenían experiencia militar y buenas armas, así que cuanto antes saliera a zona abierta, aunque fuera cuesta arriba, menos tendría que preocuparse.

La humedad de la noche empezaba, por efectos del calor del día, a transformarse en niebla que quedaba atrapada entre las ramas de los árboles dificultando la visibilidad tanto más cuanto mas se acercaba a la zona montañosa que se vería obligado a atravesar, así que aflojó el paso de su caballo más por miedo a cualquier sorpresa que a perder el camino o a que un tropezón del caballo lo derribara o, lo que sería peor, que se rompiera una pata o torciera una pezuña.
Como hombre de armas experimentado era capaz de controlar el avance del caballo agarradas las riendas con la mano izquierda, prestar atención a cualquier ruido o sonido del bosque y escudriñar la niebla pendiente de cualquier forma o sombra que no fuera de árbol o animal. Estaba en estado de máxima alerta y con todos los sentidos activados al máximo.
De pronto, en un acto reflejo, su mano derecha asió con fuerza la empuñadura de la espada que colgaba de la cintura de su lado izquierdo y tiró de ella para
desenvainarla, pero interrumpió el movimiento cuando la imagen borrosa y oscura que sus ojos habían captado atravesando silenciosamente el camino a unas diez varas castellanas de distancia y enviada a su cerebro, fue identificada por éste como la de un jabalí, cerdos nada extraños en una zona rica en encinares. Lo ocurrido le hizo suponer que no habría emboscados cerca ya que de lo contrario el jabalí hubiera pasado corriendo y nada silenciosamente.
Esta conclusión le tranquilizó pero, sin embargo, siguió manteniéndose alerta.
A medida que se acercaba al lindero del bosque, la niebla se iba haciendo más ligeray la visibilidad era mayor; ya podía ver, incluso más allá de los últimos árboles, la ladera de la sierra iluminada por el sol. Suspiró aliviado cuando alcanzó la franja abierta que separaba el bosque del pie de la montaña; allí ya no era posible ser emboscado y aún en el improbable caso de que se encontrara con alguna banda de forajidos, fueran cruzados o no, él era un buen jinete, hábil y experimentado y montaba un caballo fuerte, rápido y casi con tanta experiencia en lances armados como él, no en vano llevaban juntos iba a hacer trece años.
Calculó, por la altura del sol sobre el horizonte, que sería algo pasado ya el mediodía, así que aún tendría unas seis horas de luz y había recorrido algo más de la mitad del camino hasta San Martín de Valdeiglesias. Si no tenía ningún contratiempo, llegaría a tiempo de cenar y dormir bajo cubierto en la hospedería de aquella aldea.

El camino de ascenso a la sierra y bajada al valle de San Martín, esculpido durante años y años por las ruedas de los carros transportando mercancías a los mercados, las pisadas de los caballos, de los bueyes y ovejas, era relativamente ancho, sin arbolado o arbustos altos que posibilitaran que alguien pudiera ocultarse tras ellos y de pendiente suave, algo que agradecería seguramente su caballo, por lo que el ascenso le resultó relativamente cómodo y más rápido de lo que en principio preveía, así que se encontraba a media legua más o menos de la aldea con el ocaso, con luz suficiente aún para llegar de día al lugar. Ya, cuando bajaba la sierra, había tenido la primera vista de la población localizando con facilidad la ermita de San Martín cuyo campanario destacaba sobre las casas se habían construido alrededor a ella, sin que
hubiera una calle principal de referencia. Casualmente, la primera casa de la aldea era la hospedería, situada a la derecha del camino. La hospedería era un recinto casi cuadrado cerrado por muro de tapial, levantado en una de las esquinas del recinto, de forma que dos de sus paredes contiguas hacían la vez de muro. Un portón de de unos cinco codos de ancho y unos cuatro de alto, permitía el acceso al amplio patio delantero tanto de carretas como de hombres a caballo, mientras que en el lateral de la casa un tendejón adosado a ella, servía de caballeriza.

En el patio había una carreta con la carga cubierta con arpillera, seguramente sería de algún mercader con destino a cualquiera de los mercados de poblaciones no muy lejanas; puede que incluso al de Ávila, que se celebra el tercer domingo de septiembre. Bajo el tendejón que hacía las funciones de caballeriza, una mula comía sin prisas de un fajo de hierba seca que su amo o quizás un mozo de la hospedería habían echado en un rudimentario pesebre adosado a la pared.
El portón estaba cerrado desde la puesta del sol, por lo que el comisionado del Rey golpeó varias veces con la pesada argolla de hierro que colgaba del portón. No pasó mucho tiempo hasta que oyó el ruido del pasador interior de madera al ser retirado.
Se abrió el portón dejando ver un hombre bajo y con una prominente barriga, vestido con una gastada y sucia túnica de lana que le llega hasta la mitad de la pantorrilla y calzado con unas rústicas sandalias de esparto. Se repuso rápidamente de la sorpresa inicial, pues no era habitual que ningún caballero se alojara en su hospedería, más propia para gente con escasos recursos o mercaderes y buhoneros, y tras darle la bienvenida acompañada de varias exageradas reverencias le invitó a seguirle hasta la entrada de la casa informándole que uno de sus criados se haría cargo, con el máximo esmero, de su caballo al que daría comida y agua acomodándolo en la caballeriza bien protegido del relente de la noche, que pronto se echaría encima.

Tras dejar el caballo en manos del criado, entró en la casa. La planta baja era una sala con suelo de tierra pisada y medio cubierto de paja extendida para reducir la humedad en lo posible, una mesa como para una docena de comensales, hecha de tablones muy bastos y con machas oscuras quizás consecuencia de derrames de vino y, a ambos lados de la mesa, sendos bancos corridos sin respaldo. En la cocina, en el rincón más alejado de la entrada, ardía el fuego sobre el que colgaba de una gruesa cadena un puchero en el que borboteaba alguna sopa o cocido de verduras, posiblemente berza a juzgar por el olor, y que atendía la que seguramente sería la mujer del posadero.
Se sentó a la mesa, en uno de cuyos extremo apuraba una jarra de vino el mercader cuya carreta había visto en el patio, y se dispuso a cenar aquel plato de cocido de berzas con nabos y grasa de cerdo y una pechuga de gallina, acompañado por un trozo de pan moreno de trigo y avena y una jarra de vino tinto.
El mercader le miraba disimuladamente, sin atreverse a hacerlo de frente y mucho menos a tratar de entablar conversación, pues como hombre de mundo que era acostumbrado a ir de una lado a otro, había aprendido que la forma menos mala de no meterse en líos, era no inmiscuirse en la vida de los demás salvo que los demás te invitaran a ello y mucho menos si los demás, como era el caso, eran hombre de armas.
Cuando finalizó la cena, el posadero se le acercó tras una ostentosa reverencia y le ofreció el que dijo que era el mejor de sus camastros en la segunda planta, provisto de jergón de paja, separado del resto por una gruesa tela y situado sobre la cocina, por lo que era más caliente que los demás, todo ello en atención a su noble condición según se podía deducir por sus modales y atuendo. Él, su mujer y el mercader, dormirían en la cocina, al lado del fuego, mientras que el criado que se ocupaba de los caballos dormiría donde siempre, en la caballeriza al calor de los animales que allí hubiera en cada ocasión.

Tumbado boca arriba en aquel jergón y sin otro ruido que no fueran los ronquidos de los que dormían en la cocina, intentaba dormir, pero no le ayudaba el recuerdo de lo acontecido la tarde anterior desde que el capitán Martín fuera a buscarle por orden del Rey, la breve conversación con su Señor Don Diego López de Haro, Abanderado del Rey diciéndole que era un honor para su Casa la misión que el Rey le iba a encomendar y que esperaba que, como caballero del Señorío de Vizcaya, estuviera a la altura de tal honor culminando con éxito la misión, aun a riesgo de su vida.

Después, la breve audiencia con el Rey, que le informó que había sido Don Diego quien le había sugerido su nombre para la realización de una importante misión en interés del Reino, y quien le informaría asimismo de los detalles que fueran imprescindibles conocer para poder llevarla cabo. Finalizada la reunión, uno de los ayudantes de Cámara le entregó una pequeña bolsa con algunos maravedís de plata y otros de cobre que en conjunto sumaban una buena cantidad de dinero, teniendo en cuenta que la soldada diaria de un caballero en tiempos de guerra era de unos 240 sueldos de vellón al mes, así como una carta con el sello real por la que se ordenaba a todos los alguaciles de los lugares de su reino que atendieran cualquier petición que el portador pudiera hacerles y dándole ante éstos la autoridad necesaria para traer a la Corte, de grado o por la fuerza con su ayuda, a cualquiera de sus súbditos sin distinción de condición o linaje, pues era asunto del Reino.

Don Diego López de Haro le dio instrucciones precisas sobre lo que tenía que hacer, urgiéndole para que preparara lo necesario, pues tendría que partir al amanecer.
La misión le parecía sencilla tras las instrucciones de su Señor Don Diego y si algún riesgo tenía, en su opinión, serían los relacionados con la realización de un largo viaje por caminos, veredas, valles y montañas no siempre conocidos y posiblemente nada escasos de bandidos, ladrones o renegados .Por lo demás, no acertaba a ver el interés que para el Reino tenía la misión; pero, él obedecía las órdenes de su Señor y las de su Rey sin cuestionarlas.
Así pues, dio instrucciones para que le despertaran con el último cambio de guardia de la noche. Llegado ese momento, se levantó y comenzó a vestirse de acuerdo con lo que entendía que requería la misión que se le había encomendado: se puso un calzón de lino fruncido con cuerdas alrededor de la cintura y de los muslos; sujetó con travillas las calzas y se enfundó el camisón de lino sobre el que se puso un gambesón corto y, sobre éste, la loriga o cota de malla corta también. A continuación se puso el sobreveste, que llevaba bordado en el pecho los dos lobos negros con corderos en la boca, que era el escudo de armas de los Señores de Vizcaya .
Se calzó las botas de cuero crudo y, sobre la cabeza, la crespina que le evitaría el roce del almófar. El yelmo abierto y sin nasal. Había decidido no colocarse armadura tan necesaria en las batallas, pues su peso le restaría agilidad y rapidez en caso de un fortuito encuentro con algún bandido.
Se colocó al cinto su espada de una mano, y una daga.
Colocándose los guantes de cuero, salió en busca de su caballo para iniciar la misión encomendada.
Estaba ya muy avanzada la noche cuando pudo más el cansancio del viaje que sus preocupaciones y, sin darse cuenta, se quedó dormido.

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