IÑIGO ALDAI Y LA APUESTA DEL REY,
por Alfonso Martínez.
CAPITULO I (23.01.2013)
A pesar de que llevaba
ya una hora cabalgando, no había conseguido quitarse el frío de encima. Había salido en plena madrugada,
aún faltaba más de una hora para que empezara
a amanecer y, a pesar de aquel verano de año del mil y doscientos doce estaba siendo anormalmente largo - era ya
finales de septiembre – los amaneceres eran
muy fríos y húmedos y, aunque bien abrigado, sabía que hasta que los primeros
rayos de sol no se asomaran sobre el horizonte y empezaran a calentar el aire,
sólo el esfuerzo de cabalgar al trote le proporcionaba el calor necesario para
soportar la dentellada del frío y mantenerse alerta, ya que la oscuridad
impedía tener una buena visibilidad de las condiciones del camino. Sería una
imprudencia que podría costarle cara si decidiera ir al galope aún cuando la
zona que recorría era despejada, llana y sin arboleda, pero el empedrado del
camino, restos de la antigua calzada romana que saliendo de Toledo pasaba por
Bayona de Tajuña, antigua Titulcia romana y llegaba hasta la Cesar Augusta
romana ( actualmente Zaragoza y capital del reino de Aragón), se dirigía en
dirección nordeste, estaba humedecido y resbaladizo por el relente nocturno,
por lo que una caída en esas condiciones no era improbable.
Llevaba recorridas unas dos leguas y estaba
apenas a una de la población de Aceca, cercana al río Tajo, y desde donde
tomaría el camino del norte, cuando la claridad del cielo, incluso antes de que
el sol asomara, ya le permitía distinguir no solo los detalles del camino, sino
hasta una buena distancia, así que puso su caballo al galope con la
determinación de llegar antes del anochecer a San Martín de Valdeiglesias,
aldea surgida no hacía mucho en torno a la ermita dedicada a San Martín de
Tours, a unas quince leguas al nordeste de Toledo, de donde había partido en
aquella fría madrugada de septiembre. Quería pasar allí la noche y descansar
todo lo que pudiera pensando que al día siguiente tendría que llegar a la ciudad
amurallada de Ávila, donde empezaría a dar cumplimiento a la misión que el Rey
en persona le había encomendado la tarde del día anterior cuando estando en la
herrería del Alcázar, un reducido cobertizo hecho de adobes y techado con ramas
de brezo, construido adosado a la caballeriza, observando como el fornido
herrero y su ayudante, que era todo lo contrario, herraban los cascos
delanteros de su caballo, Crisanto Martín , capitán del ejército de Castilla,
se le acercó ordenándole que le siguiera, pues el Rey demandaba su presencia de
inmediato.
Ya le intranquilizó el
hecho de que fuera Crisanto Martín quien le informara de la demanda, pues el
Capitán era hombre cuya importancia y prestigio era mayor que el que podía
sugerir su grado militar. Asturiano de origen humilde, había servido como
soldado bajo a las órdenes de Fernando II, Rey de León quien se ocupó de la
tutoría de Alfonso tras el fallecimiento del regente Nuño Pérez de Lara, hasta
su coronación como rey de Castilla a los 14 años. Durante todos esos años
Crisanto Martín se había ganado el respeto y la admiración de todos los que le
conocían, por su valentía y coraje en todos los enfrentamientos bélicos en los
que había participado, ya fuera contra los musulmanes almohades o en las
escaramuzas con las tropas de los reinos
vecinos.
Habíase ganado con
mérito cada uno de los ascensos que lo llevaron a alcanzar el grado de capitán
y a formar parte del reducido grupo de nobles y militares más cercanos a la
Corona, pues el Rey Alfonso VIII le tenía en gran estima; pero más le
intranquilizaba el hecho de que fuera nada más y nada menos que el Rey quien le
llamara así que no las tenía todas consigo, tanto por lo inhabitual del hecho,
él era sólo un capitán del ejército de D. Diego Lope de Haro, Señor de Vizcaya
que, como vasallo del rey castellano, había venido con sus tropas luchar en la
cruzada contra los musulmanes, lo mismo que lo hicieron Sancho VII de Navarra,
Pedro II de Aragón y diversas Ordenes Militares estimulados por Bula del Papa
Inocencio III, por lo tanto y aunque caballero y capitán, muy lejos en la
pirámide de rangos militares que le
hicieran pensar en la
posibilidad de ser requerido directamente por el Rey.
La sensación de
intranquilidad que nació en su interior cuando el capitán Martín le indicó que
debería acompañarle sin dilación, no sólo no desapareció, sino que se hizo más
intensa cuanto más trataba de adivinar a qué se debía esa llamada urgente del
Rey.
No pudo entonces evitar
pensar en lo ocurrido en la batalla de Alarcos, diez y siete años antes, en la
que la valentía, tanto de D. Diego Lope de Haro como la de sus caballeros, él
era entonces escudero, fue puesta en duda e incluso llegó a
responsabilizárseles de la derrota sufrida a manos de los musulmanes, y que tan
humillante fue para el Rey de Castilla. No encontraba relación entre aquellos
sucesos y la situación actual, pues había transcurrido poco más de un mes desde
la más grande victoria cristiana contra los musulmanes, y esta gran victoria en
el llano llamado de las Navas de la Losa, que era mérito del rey castellano, el
gran derrotado en Alarcos, Alfonso VIII, que de esta guisa bien se resarcía de
aquella derrota, pero…
No podía dejar de
pensar que alguna razón que no alcanzaba a ver habría y que la audiencia del
Rey no presagiaba nada bueno para él.
Había llegado a las
proximidades de la aldea de Aceca formada apenas por una docena de casas de
adobe a cuyos habitantes podía distinguir en la lejanía
inclinados sobre el
terreno, en lo que seguramente serían las últimas labores agrícolas de aquel
anormal largo verano.
En Aceca dejaba a su
derecha la antigua calzada romana y tomaba el camino del norte que enseguida se
adentraba en los espesos bosques de encino carrasco y alcornoques que precedían
a la zona montañosa tras la que se encontraba San Martín de Valdeiglesias.
Empezaba a hacer calor
y puso su caballo al trote hasta llegar a los primeros árboles y siguiendo el
camino que serpenteaba entre ellos aminoró la marcha, ya que así podría
mantener una mayor atención que previniera algún encuentro desagradable, pues
no ignoraba que algunos de los cruzados extranjeros que había atendido al
llamamiento de la Bula papal y que tras la prohibición de Alfonso VIII de que
saquearan Calatrava al rendirse la plaza y así evitar lo ocurrido en Malagón
donde pasaron a cuchillo a todos sus habitantes, molestos por tal prohibición,
decidieron regresar a sus países de origen, pero durante el regreso y para
resarcirse del botín de guerra no conseguido, algunos se dedicaban a asaltar no
sólo las juderías de las localidades que encontraban en su regreso, sino
también a los viajeros, carros y caravanas que pillaran en su camino o a los
que emboscaban y pequeñas aldeas robando cosechas , asesinando y violando a sus
mujeres.
Dado que el tiempo era
esencial en la realización de su misión y ese estaba
condicionado por el
peso tanto suyo como el de la armadura del caballo, había
prescindido de algunos
de los elementos propios de un caballero preparado para la batalla, yendo
armado solo con su espada de doble filo, de acero bien templado de dos codos y
medio de longitud, y su cuerpo protegido con la cota de malla provista con
almófar y bajo éste la crespina. Su caballo no llevaba armadura por la misma
razón, así que debía tomar todas las precauciones posibles en caso de un
encuentro no deseado con alguna cuadrilla de aquellos cruzados extranjeros
venidos a bandoleros.
Pendiente de uno y otro
lado del camino, con el oído atento a cualquier sonido o ruido que no
interpretara como propio del bosque, recorrió otras dos leguas antes de dar un
breve descanso a su caballo y que a él le vendría bien también para comer un
poco y tranquilizar su estómago, que desde hacía un buen rato no dejaba de
protestar. Así que en el primero de los abundantes arroyos que naciendo en las
colinas próximas buscaban la sombra del bosque, desmontó y mientras su caballo
bebía, sacó de su bolsa un muslo de pollo, un trozo de pan de avena y mijo y un
pedazo de queso curado de oveja, de todo lo cual dio cuenta rápidamente,
acompañándose de unos tragos de vino que llevaba en un odre de cuero de cabra
impermeabilizada interiormente con pez. El caballo, por su parte, satisfacía su
hambre con la hierba fresca que crecía a ambos lados del arroyo.
Cuando consideró que
tanto él como su caballo, y más éste, habían descansado lo suficiente y
repuesto fuerzas, montó y reanudó su camino a través del bosque que estaba
pareciéndole infinito. Deseaba llegar cuanto antes a la ladera de la montaña e
iniciar su subida por las rampas del camino y aunque tendría que ir
necesariamente al paso, al menos no correría el riesgo de ser emboscado. Un
encuentro con uno o dos bandoleros no le producía una gran preocupación, pero
estas bandas dedicadas al asalto y al pillaje basaban el éxito de sus
actuaciones precisamente en lo numeroso del grupo, que había de ser lo
suficientemente grande como para poder asaltar sin mayor riesgo las pequeñas
aldeas o alguna caravana de carros transportando comiday bebida a los mercados
vecinos, pero no tan grande que el reparto del botín hiciera éste escaso, así
que los bandas estaban formadas por cinco o seis individuos, y aunque no
tuvieran experiencia en acciones de guerra y sus armas eran de lo más
rudimentarias, el peso del grupo podría dar al traste con el arrojo, la
valentía y la experiencia de cualquier caballero máxime si éste, como era el
caso, no iba totalmente armado; pero la cosa podría ser grave si los asaltantes
eran algunos de aquellos cruzados franceses, italianos y normandos que habían
dado la espalda a Alfonso VIII, ya que esos sí que tenían experiencia militar y
buenas armas, así que cuanto antes saliera a zona abierta, aunque fuera cuesta
arriba, menos tendría que preocuparse.
La humedad de la noche
empezaba, por efectos del calor del día, a transformarse en niebla que quedaba
atrapada entre las ramas de los árboles dificultando la visibilidad tanto más
cuanto mas se acercaba a la zona montañosa que se vería obligado a atravesar,
así que aflojó el paso de su caballo más por miedo a cualquier sorpresa que a
perder el camino o a que un tropezón del caballo lo derribara o, lo que sería
peor, que se rompiera una pata o torciera una pezuña.
Como hombre de armas
experimentado era capaz de controlar el avance del caballo agarradas las
riendas con la mano izquierda, prestar atención a cualquier ruido o sonido del
bosque y escudriñar la niebla pendiente de cualquier forma o sombra que no
fuera de árbol o animal. Estaba en estado de máxima alerta y con todos los sentidos
activados al máximo.
De pronto, en un acto
reflejo, su mano derecha asió con fuerza la empuñadura de la espada que colgaba
de la cintura de su lado izquierdo y tiró de ella para
desenvainarla, pero
interrumpió el movimiento cuando la imagen borrosa y oscura que sus ojos habían
captado atravesando silenciosamente el camino a unas diez varas castellanas de
distancia y enviada a su cerebro, fue identificada por éste como la de un
jabalí, cerdos nada extraños en una zona rica en encinares. Lo ocurrido le hizo
suponer que no habría emboscados cerca ya que de lo contrario el jabalí hubiera
pasado corriendo y nada silenciosamente.
Esta conclusión le
tranquilizó pero, sin embargo, siguió manteniéndose alerta.
A medida que se
acercaba al lindero del bosque, la niebla se iba haciendo más ligeray la
visibilidad era mayor; ya podía ver, incluso más allá de los últimos árboles,
la ladera de la sierra iluminada por el sol. Suspiró aliviado cuando alcanzó la
franja abierta que separaba el bosque del pie de la montaña; allí ya no era
posible ser emboscado y aún en el improbable caso de que se encontrara con
alguna banda de forajidos, fueran cruzados o no, él era un buen jinete, hábil y
experimentado y montaba un caballo fuerte, rápido y casi con tanta experiencia
en lances armados como él, no en vano llevaban juntos iba a hacer trece años.
Calculó, por la altura
del sol sobre el horizonte, que sería algo pasado ya el mediodía, así que aún
tendría unas seis horas de luz y había recorrido algo más de la mitad del camino
hasta San Martín de Valdeiglesias. Si no tenía ningún contratiempo, llegaría a tiempo
de cenar y dormir bajo cubierto en la hospedería de aquella aldea.
El camino de ascenso a
la sierra y bajada al valle de San Martín, esculpido durante años y años por
las ruedas de los carros transportando mercancías a los mercados, las pisadas
de los caballos, de los bueyes y ovejas, era relativamente ancho, sin arbolado
o arbustos altos que posibilitaran que alguien pudiera ocultarse tras ellos y de
pendiente suave, algo que agradecería seguramente su caballo, por lo que el ascenso
le resultó relativamente cómodo y más rápido de lo que en principio preveía, así
que se encontraba a media legua más o menos de la aldea con el ocaso, con luz suficiente
aún para llegar de día al lugar. Ya, cuando bajaba la sierra, había tenido la primera
vista de la población localizando con facilidad la ermita de San Martín cuyo campanario
destacaba sobre las casas se habían construido alrededor a ella, sin que
hubiera una calle
principal de referencia. Casualmente, la primera casa de la aldea era la
hospedería, situada a la derecha del camino. La hospedería era un recinto casi cuadrado
cerrado por muro de tapial, levantado en una de las esquinas del recinto, de forma
que dos de sus paredes contiguas hacían la vez de muro. Un portón de de unos cinco
codos de ancho y unos cuatro de alto, permitía el acceso al amplio patio delantero
tanto de carretas como de hombres a caballo, mientras que en el lateral de la
casa un tendejón adosado a ella, servía de caballeriza.
En el patio había una
carreta con la carga cubierta con arpillera, seguramente sería de algún
mercader con destino a cualquiera de los mercados de poblaciones no muy lejanas;
puede que incluso al de Ávila, que se celebra el tercer domingo de septiembre.
Bajo el tendejón que hacía las funciones de caballeriza, una mula comía sin
prisas de un fajo de hierba seca que su amo o quizás un mozo de la hospedería habían
echado en un rudimentario pesebre adosado a la pared.
El portón estaba
cerrado desde la puesta del sol, por lo que el comisionado del Rey golpeó
varias veces con la pesada argolla de hierro que colgaba del portón. No pasó mucho
tiempo hasta que oyó el ruido del pasador interior de madera al ser retirado.
Se abrió el portón
dejando ver un hombre bajo y con una prominente barriga, vestido con una
gastada y sucia túnica de lana que le llega hasta la mitad de la pantorrilla y calzado
con unas rústicas sandalias de esparto. Se repuso rápidamente de la sorpresa inicial,
pues no era habitual que ningún caballero se alojara en su hospedería, más propia
para gente con escasos recursos o mercaderes y buhoneros, y tras darle la bienvenida
acompañada de varias exageradas reverencias le invitó a seguirle hasta la
entrada de la casa informándole que uno de sus criados se haría cargo, con el máximo
esmero, de su caballo al que daría comida y agua acomodándolo en la caballeriza
bien protegido del relente de la noche, que pronto se echaría encima.
Tras dejar el caballo
en manos del criado, entró en la casa. La planta baja era una sala con suelo de
tierra pisada y medio cubierto de paja extendida para reducir la humedad en lo
posible, una mesa como para una docena de comensales, hecha de tablones muy
bastos y con machas oscuras quizás consecuencia de derrames de vino y, a ambos
lados de la mesa, sendos bancos corridos sin respaldo. En la cocina, en el
rincón más alejado de la entrada, ardía el fuego sobre el que colgaba de una gruesa
cadena un puchero en el que borboteaba alguna sopa o cocido de verduras, posiblemente
berza a juzgar por el olor, y que atendía la que seguramente sería la mujer del
posadero.
Se sentó a la mesa, en
uno de cuyos extremo apuraba una jarra de vino el mercader cuya carreta había
visto en el patio, y se dispuso a cenar aquel plato de cocido de berzas con
nabos y grasa de cerdo y una pechuga de gallina, acompañado por un trozo de pan
moreno de trigo y avena y una jarra de vino tinto.
El mercader le miraba
disimuladamente, sin atreverse a hacerlo de frente y mucho menos a tratar de
entablar conversación, pues como hombre de mundo que era acostumbrado a ir de
una lado a otro, había aprendido que la forma menos mala de no meterse en líos,
era no inmiscuirse en la vida de los demás salvo que los demás te invitaran a
ello y mucho menos si los demás, como era el caso, eran hombre de armas.
Cuando finalizó la cena,
el posadero se le acercó tras una ostentosa reverencia y le ofreció el que dijo
que era el mejor de sus camastros en la segunda planta, provisto de jergón de
paja, separado del resto por una gruesa tela y situado sobre la cocina, por lo
que era más caliente que los demás, todo ello en atención a su noble condición según
se podía deducir por sus modales y atuendo. Él, su mujer y el mercader, dormirían
en la cocina, al lado del fuego, mientras que el criado que se ocupaba de los caballos
dormiría donde siempre, en la caballeriza al calor de los animales que allí hubiera
en cada ocasión.
Tumbado boca arriba en
aquel jergón y sin otro ruido que no fueran los ronquidos de los que dormían en
la cocina, intentaba dormir, pero no le ayudaba el recuerdo de lo acontecido la
tarde anterior desde que el capitán Martín fuera a buscarle por orden del Rey,
la breve conversación con su Señor Don Diego López de Haro, Abanderado del Rey
diciéndole que era un honor para su Casa la misión que el Rey le iba a encomendar
y que esperaba que, como caballero del Señorío de Vizcaya, estuviera a la
altura de tal honor culminando con éxito la misión, aun a riesgo de su vida.
Después, la breve
audiencia con el Rey, que le informó que había sido Don Diego quien le había
sugerido su nombre para la realización de una importante misión en interés del
Reino, y quien le informaría asimismo de los detalles que fueran imprescindibles
conocer para poder llevarla cabo. Finalizada la reunión, uno de los ayudantes
de Cámara le entregó una pequeña bolsa con algunos maravedís de plata y otros
de cobre que en conjunto sumaban una buena cantidad de dinero, teniendo en cuenta
que la soldada diaria de un caballero en tiempos de guerra era de unos 240 sueldos
de vellón al mes, así como una carta con el sello real por la que se ordenaba a
todos los alguaciles de los lugares de su reino que atendieran cualquier
petición que el portador pudiera hacerles y dándole ante éstos la autoridad
necesaria para traer a la Corte, de grado o por la fuerza con su ayuda, a
cualquiera de sus súbditos sin distinción de condición o linaje, pues era
asunto del Reino.
Don Diego López de Haro
le dio instrucciones precisas sobre lo que tenía que hacer, urgiéndole para que
preparara lo necesario, pues tendría que partir al amanecer.
La misión le parecía
sencilla tras las instrucciones de su Señor Don Diego y si algún riesgo tenía,
en su opinión, serían los relacionados con la realización de un largo viaje por
caminos, veredas, valles y montañas no siempre conocidos y posiblemente nada escasos
de bandidos, ladrones o renegados .Por lo demás, no acertaba a ver el interés
que para el Reino tenía la misión; pero, él obedecía las órdenes de su Señor y las
de su Rey sin cuestionarlas.
Así pues, dio
instrucciones para que le despertaran con el último cambio de guardia de la
noche. Llegado ese momento, se levantó y comenzó a vestirse de acuerdo con lo
que entendía que requería la misión que se le había encomendado: se puso un calzón
de lino fruncido con cuerdas alrededor de la cintura y de los muslos; sujetó con
travillas las calzas y se enfundó el camisón de lino sobre el que se puso un gambesón
corto y, sobre éste, la loriga o cota de malla corta también. A continuación se
puso el sobreveste, que llevaba bordado en el pecho los dos lobos negros con corderos
en la boca, que era el escudo de armas de los Señores de Vizcaya .
Se calzó las botas de
cuero crudo y, sobre la cabeza, la crespina que le evitaría el roce del
almófar. El yelmo abierto y sin nasal. Había decidido no colocarse armadura tan
necesaria en las batallas, pues su peso le restaría agilidad y rapidez en caso
de un fortuito encuentro con algún bandido.
Se colocó al cinto su
espada de una mano, y una daga.
Colocándose los guantes
de cuero, salió en busca de su caballo para iniciar la misión encomendada.
Estaba ya muy avanzada
la noche cuando pudo más el cansancio del viaje que sus preocupaciones y, sin
darse cuenta, se quedó dormido.

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