miércoles, 30 de enero de 2013


IÑIGO ALDAI  Y LA APUESTA DEL REY

CAPITULO XI (01.02.2013)

Montaron al cruzar la puerta de salida de la muralla de la villa y al trote enfilaron el camino de Peñafiel. Lucas sentía cada movimiento del caballo clavarse en sus nalgas y unas enormes ganas de gritar de dolor, pero recordaba cuando el Capitán le había preguntado si estaba dispuesto a pasar calamidades, inconvenientes, hasta hambre con tal de poder ser escudero y como él respondió que lo que fuera necesario; así que si se quejaba ahora por mucho que le dolía el tafanario, no sería bien valorado por su Señor, y eso era algo que ni podía ni quería permitirse.
Les esperaba un largo camino hasta llegar a sus destino final, en el que no estarían exentos de peligros, sobre todo por la noche cuando no pudieran pernoctar en lugar habitado, ya que a medida que fueran dejando las llanuras castellanas y acercándose a los montes Obarenses, las manadas de lobos empezarían a convertirse en sus compañeros de viaje pendientes de la menor oportunidad para lanzarse sobre ellos. Bien lo sabían los pastores de las comarcas que atravesarían en su viaje, que nunca salían al monte con sus rebaños de merinas sin protección de varios mastines con sus cuellos protegidos de la dentelladas de los lobos con collares tachonados de largas púas, y aún así, las pérdidas de ovejas eran frecuentes.

Cabalgaron al trote las tres leguas que les separaban de Campaspero, pues Iñigo Aldai, consciente de las dificultades de Lucas, quería darle tiempo para que el ungüento de unto que le dieron en la cocina del castillo hiciera su efecto. Sabía que si ponía el caballo al galope, Lucas no lo soportaría y se sentiría humillado. Sobrepasada la aldea, el Capitán picó espuelas sorprendiendo a Lucas que se quedó momentáneamente rezagado; azuzó a su jamelgo para seguirle lo más cerca posible.
Faltaban unas tres leguas hasta la importante población de Peñafiel y Lucas confiaba en que hicieran una parada allí o mejor aún, que su Señor decidiera pasar la noche, lo que le permitiría terminar de recuperarse de su maltrecho trasero.
Pero sus esperanzas no se confirmaron, ya que tras vadear el río Duratón poco antes de llegar a la altura de la villa, dejaron ésta a su izquierda continuando su cabalgata.

Lucas desconocía que lugares, fueran villas o aldeas, podrían encontrarse a partir de Peñafiel. Es más, sabía que pasaban por Peñafiel porque su Señor le había dicho en Cuéllar que tomarían el camino de ese lugar. Cuando antes de partir de Cuellar le dijo a su Señor que nunca había estado en Peñafiel, Iñigo Aldai le contó que esa población se llamaba Peña Falcón hasta principios del siglo pasado, cuando el conde Sancho García se la arrebató a los árabes y dicen que dijo “ desde hoy esta será la peña más fiel de Castilla”.
Cruzaron el río Duero a una media legua de Peñafiel y siguieron por el camino que transcurría por su margen izquierda.
El sol se ocultaba y pronto sería el momento de acampar para pasar la noche.

El capitán Aldai trataba de apurar al máximo la luz del día avanzando todo lo posible. Sabía que no podrían recorrer las siete leguas que había entre Peñafiel y la población de Roa, pero de alguna forma tenía que recuperar los dos días de más que había pasado en Cuellar. Al pensar en ello, vino a su cabeza la imagen de Marta y sintió que el corazón se le encogía. Hizo un esfuerzo por alejar aquel pensamiento de su cabeza y ocupar ésta en lo inmediato, pero no lo consiguió del todo; no sabía si era que su voluntad se había aliado con su corazón, pero lo cierto es que, aunque en un segundo plano, allí estaba Marta sonriéndole y mirándole con aquellos increíbles ojos.
El camino no presentaba obstáculos, pues estaba bien marcado y era ancho por ser paso obligado de carretas y sobre todo, de rebaños de ovejas buscando pastos mejores. Poco a poco la oscuridad se iba adueñando del día e Iñigo Aldai consideró que sería una imprudencia seguir cabalgando y, además, los caballos necesitaban descansar. Entraron en un bosquecillo de pinos próximo al camino y allí acamparon.
Lucas buscó una ramas y con el pedernal encendió un fuego que, si bien no lo pensaban utilizar para calentar la cena ya que ésta iba a ser lo que a Lucas le había dado la cocinera rolliza, es decir, muslos de pollo, dos pechugas y un queso, sí les protegería de alguna alimaña que anduviera de caza por los alrededores.
Cenaron en silencio, cada uno abstraído en sus pensamientos. Lucas pensaba en sus padres que estarían a esa hora cenando y echándole de menos, y en cómo había ayudado a su Señor a incriminar nada menos que al Regidor de Cuéllar por asesinato. Sus padres estarían orgullosos de él.

Los pensamientos del Capitán estaban ocupados por los recuerdos de los breves, pero intensos momentos pasados en compañía de Marta y, también en Toledo, donde si no le habían surgido contratiempos llegaría al día siguiente aquél curtido mensajero con las cartas para el Rey y Don Diego. Las dudas que había manifestado a Marta sobre que el Rey, informado por Don Diego, creyera su versión y no la del Regidor, sobre la muerte del Alcaide, le atenazaban. Los reyes, en general, convencidos de que su condición era cosa de Dios, se creían con el don de la infalibilidad, por lo que no era frecuente que aceptaran fácilmente reconocer que habían cometido un error.
Pensaban que eso debilitaría su autoridad ante los demás.
Si el Rey daba crédito al Regidor, él podría ser acusado de traición y la alternativa a la muerte por ahorcamiento, sería el destierro del Reino de Castilla, por lo que ni siquiera podría permanecer en el Señorío de Vizcaya; pero aún sería peor que el Rey concediera al Regidor lo que casi con toda seguridad le pedía en su carta: su nombramiento como Alcaide y tomar por esposa a Doña Marta. Esta última posibilidad era la que más le angustiaba.
Mientras el fuego se mantuvo vivo, consiguieron dormir, pero a medida que el tiempo pasaba y el fuego se extinguía, la humedad y el frío de esa noche de septiembre se colaba entre sus ropas y les hacía estremecer manteniéndoles en un duermevela, así que cuando estaba ya próximo el amanecer, el Capitán se levantó y sacudió a Lucas profundamente dormido debido al agotamiento.
-Lucas, levanta, que ya amanece y hemos de partir.
Lucas tardó unos instantes en darse cuenta de donde estaban. Era la primera noche que dormía sin la protección de un techo desde que dejara el molino de su padre y le faltaba práctica para que su cerebro recordara al instante la realidad en el momento de acostarse.

Lucas puso la silla al caballo de su Señor y, a continuación al suyo, tras lo cual montaron y salieron al camino. Al principio iba al paso para dar tiempo a que los caballos se calentaran, pasaron después al trote y cuando la luz ya era la suficiente, al galope. Pasaron por los aledaños de la villa de Roa sin detenerse, dispuesto el Capitán a culminar la jornada en las proximidades del monasterio de San Pedro de Cardeña, a unas diez y seis leguas, calculando que el límite de la resistencia de un caballo estaba en las diez y ocho leguas por jornada.
A media mañana lucía un sol espléndido y la temperatura era agradable. A Lucas la agrada sentir la brisa en su cara y como tras la noche de relativo descanso y el benéfico afecto del unto de cerdo, sus posaderas parecían haberse acostumbrado nuevamente al golpeteo contra la silla del caballo, se sentía bien.
Algunas nubes empezaron a asomar por el horizonte. Era nubes de desarrollo vertical que parecían castillos, pensaba Lucas; él, que había vivido toda su vida en el campo, sabía que eran nubes de tormenta que empezaría con truenos y relámpagos y terminaría descargando lluvia, y las tormentas en espacios abiertos podían llegar a ser peligrosas tanto por los rayos como por la intensidad de la lluvia que podría convertir el camino en un auténtico barrizal con riesgo para caballos y jinetes. Aun recordaba cuando un campesino que acudió al molino de su padre con dos sacos de avena para moler, les contó como a un vecino de su aldea que era pastor, lo había matado un rayo cuando se protegía de la lluvia bajo una encina.

La temperatura estaba bajando y el cielo poco a poco se obscurecía. El aire que le azotaba la cara ya no le parecía agradable a Lucas. No tardará en estallar, pensó. No se equivocaba. Un trueno lejano fue el primer aviso. Varios relámpagos siguieron y los truenos se oían cada vez más cerca. A lo lejos se veía caer rayos zigzagueando, como dubitativos sobre donde caer. Cuando la tormenta estuvo encima, el sonido de los truenos era ensordecedor; parecía que el cielo entero se les iba a caer encima. De pronto, sin aviso, empezó a llover intensamente. Enseguida sus ropas estaban caladas y el polvo del camino se convirtió como por arte de magia en un espeso barro que se fijaba en las pezuñas de los caballos dificultando su marcha. Los rayos caían cada vez más cerca. Lucas tenía miedo. Iñigo Aldai aminoró la marcha y volvió la cabeza para mirar a Lucas. Le hizo un gesto señalándole una rocas cercanas que podían servirles de refugio y enfilo hacia ellas .Lucas le siguió. Desmontaron y se protegieron en la oquedad que hacían las rocas.
-Es peligroso seguir con esta tormenta, Lucas. Esperaremos aquí a que amaine. No debemos exponernos a que una centella nos caiga encima.
- Es cierto, mi Señor. Los rayos son muy peligrosos en campo abierto.- Y le contó la historia del pastor.
-Los rayos tienden a caer en las copas de los árboles y bajan por el tronco quemando todo lo que encuentren, por eso no hay que protegerse de ellos metiéndose bajo un árbol, ni tampoco estar cerca de las vacas, pues no se por qué misteriosa razón, también parece que tienen preferencia por sus cuernos. Por cierto Lucas, veo que te has recuperado de tu malestar ¿es así?
-Lo es Señor; el ungüento que me dio la cocinera parece milagroso.
-Me alegro, porque nos esperan varias jornadas enteras de cabalgata. La de hoy la terminaremos, Dios mediante, cerca de Burgos, pero no entraremos en la ciudad. De hecho, salvo que causa de fuerza mayor nos obligue, nos pararemos lo menos posible.
Cuando empezó a amainar la lluvia y los truenos se oían cada vez más lejos, montaron sobre las mojadas sillas y continuaron su camino.
No tardaron en llegar a la orilla del río Esgueva que nacía a unas pocas leguas al este, en las faldas de las Peñas de Cervera y que a su paso por la aldea ganadera de Cabañes, cuyas casas construidas en la ladera de un montículo coronado por la iglesia, veían desde donde estaban .La tormenta, que había venido del Norte, había provocado la crecida del río cuyas aguas del color del barro bajaban rápidas rompiendo contra los tajamares del puente de piedra de tres arcos de medio punto que permitía el paso a lo otra orilla.
Cruzaron el puente recorriendo la legua y media que les separaba de la aldea de Fontioso. Ya había cesado la lluvia y el sol rasgaba las nubes dejando ver claros azules. Cerca ya de la aldea, Iñigo Aldai le mandó desmontar a Lucas y dándole unas monedas de cobre le dijo que fuera a comprar pan, vino, tocino y lo que pudiera conseguir, recomendándole que se diera prisa. El esperaría con los caballos en el grupo de árboles que se veían un poco más adelante.
Era una aldea de muy pocas casas, todas de adobe. La presencia de Lucas fue inmediatamente detectada. No veía taberna ni posada alguna para comprar lo que le había pedido su Señor, por lo que se acercó a una de las casas en cuya puerta había una mujer observándole. Al ver que se le acercaba, la mujer hizo ademán de cerrar la puerta, pero Lucas le dijo.
- ¡No, espera¡ Sólo quiero comprar algo de comida. ¿Sabes quién me la podía vender?
- ¿Tienes dinero, muchacho?
- Descuida, mujer, que por dinero no va a quedar.
- ¿Y qué quieres comprar?
Lucas le dijo lo que precisaba y la mujer le dijo que esperara en la puerta. Ella se perdió en la oscuridad interior y cuando Lucas creía que ya no iba a salir, apareció con una hogaza de pan moreno, un pedazo de tocino y un queso de aspecto grasiento. Le dijo que el poco vino que le quedaba era para su marido, pero que le acompañaría hasta la casa de un vecino que seguramente no tendría inconveniente en venderle un azumbre.
Lucas le dio a la mujer tres sueldos y la siguió hasta la casa del vecino, quien le vendió un azumbre, cobrándole dos sueldos por el vino y otros dos por el pellejo.
Mientras le preparaba el vino, Lucas vio un costillar ahumado de cerdo colgado del techo y que compró por cinco monedas más. Metió todo en un saco, que también tuvo que comprarle al del vino, cargó con el pellejo al hombre y regresó a dónde le esperaba su Señor. Había comprado lo pedido y más, y aún le habían sobrado algunas monedas. Su Señor estaría satisfecho, pensaba.

Comieron en el bosquecillo. Tenían hambre, pues no habían desayunado y llevaban casi toda la mañana cabalgando. Comieron y bebieron con ganas. Cuando reanudaran la marcha, el sol aún no estaba en lo alto. Galoparon la legua que distaba de Lerma y vadearon el río Arlanza por Torrecilla del Agua. Estaban a medio camino del recorrido previsto para esa jornada.

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