viernes, 4 de enero de 2013

EL SECRETO DE LAS HOJAS PERDIDAS, por Alfonso Martínez.

CAPITULO XIII (04.01.2013)

La angustia de Teodegonda porque Alarico no había acudido a ella aquella noche pronto se disipó, pues dos veces la visitó durante la semana siguiente a pesar, según ella pudo saber, de que había graves problemas en la corte debido a que Alarico había expuesto a sus nobles el plan que había elaborado durante el regreso desde Hispania y que no todos habían aceptado de buen grado. No estaban los arrianos más radicales de acuerdo en que se abrieran las iglesias católicas, ni que el rey renunciara a intervenir en el nombramiento de obispos y mucho menos que les diera libertad para gestionar sus propios recursos. Todas esas concesiones – protestaron algunos – se volverán contra nosotros. Se fortalecerán y seguirán extendiendo los tentáculos del Roma hasta los confines del reino.
- Si con estas vergonzosas concesiones pretendéis evitar la guerra con Clodoveo, ese lacayo del papa de Roma, mil veces prefiero la lucha y perecer en ella antes que arrodillarme ante él y su amo – dijo con vehemencia Ricosindo, unos de los nobles más descontentos con la propuesta de Alarico.
- Todos me jurasteis lealtad y a ese juramento os debéis, por lo que no solamente acataréis mi decisión, sino que velaréis para que nada impida que se cumpla lo que dispuesto.

La firme determinación de Alarico hizo que los que inicialmente parecían reticentes e incluso habían manifestado su desacuerdo con el él, aceptaran las medidas propuestas manifestando solemnemente su acuerdo hincando rodilla en tierra y besando el sello real. Todos lo hicieron menos Ricosindo que, colérico y sin solicitar la autorización del rey, abandonó la sala en la que tenía lugar la reunión.

Ricosindo era un fanático que sentía un odio visceral por los católicos y especialmente por sus jerarcas a los que consideraba traidores a Cristo y a su Evangelio, pues vivían en la lujuria, se enriquecían a costa de los pobres que llenaban sus iglesias, guerreaban no para hacer más grande el reino de Dios, sino para su propio beneficio y anteponían siempre sus intereses terrenales a los divinos. No. De ninguna forma aceptaría que por la debilidad de su rey, esa jerarquía corrupta se fortaleciera aún más. Eurico había sabido ponerlos en su sitio y en él debían permanecer.

Los visigodos y romanos católicos recibieron con alegría las medidas dispuestas por Alarico, así como sus curas y obispos que ya no tendrían que reunirse clandestinamente para practicar sus ritos ni seguir viendo como las iglesias y templos forzosamente abandonados se deterioraban. Sabían los obispos que la decisión de Alarico no era consecuencia de que un talante tolerante hubiera renacido en él, sino por la necesidad de congraciarse con la población católica y evitar así que terminaran pidiendo a Clodoveo que acudiera en su auxilio, algo que éste haría con gusto y también con la bendición papal.
A la población arriana, la más numerosa, no le agradó la decisión de Alarico, algo con la que ya éste contaba, y durante varias semanas el descontento se evidenció, aunque sin virulencia, en las calles, tabernas y mercados. Con el paso del tiempo, como ocurre casi siempre, otros malestares sustituyeron a éste y así la convivencia entre católicos y arrianos dejó de ser una preocupación para el rey.
Pero no todos se acomodaron tan fácilmente, pues al norte y al oeste, grupos de fanáticos arrianos armados persiguieron a los católicos incendiando iglesias, matando sacerdotes y clérigos y devastando amplias comarcas. Estos grupos no se constituyeron espontáneamente como respuesta a las medidas de Alarico, sino que fueron creados y organizados por Ricosindo que, de esta forma, no solamente daba rienda suelta a su odio a los católicos, sino que desafiaba al rey, viéndose en consecuencia éste obligado a ordenar la captura del noble rebelde para calmar las iras de la población católica y de sus dirigentes.
Tener contentos a arrianos y católicos era tarea difícil que requería de una gran habilidad política, de la que Alarico no estaba escaso, aunque no siempre la puso de manifiesto, como ocurrió en Narbona donde dándose cuenta de que la basílica de San Félix entorpecía la vista del antiguo Capitolio romano, ordenó derribar la parte de la basílica que la dificultaba. En esa ocasión estaba acompañado por León, quien había sido consejero de su padre y ahora lo era de él, que pocos días más tarde de este hecho se quedó ciego, lo que fue convenientemente interpretado por la jerarquía católica como un castigo divino.

De todos estos asuntos era conocedora Teodegonda, que tampoco ignoraba cuan delicada era la situación creada tanto para el rey como para el reino, razón por la que aún valoraba más las visitas nocturnas que, aunque no con la frecuencia deseada por ella, le hacía su esposo. En ocasiones llegó a pensar que aquellas intensas noches de amor más tenían que ver con la necesidad del rey de hablar, de compartir sus preocupaciones y temores con alguien en quien confiaba y que le era totalmente fiel, que la de satisfacer sus apetencias carnales, pues, cuando agotados por el esfuerzo se entregaban al reposo, una buena parte de la noche era tiempo de confidencias, de confesiones,…No era el rey quien compartía su lecho, ni siquiera el amante, sino el hombre que le confesaba sus temores, sus miedos por el futuro del reino, que le hablaba sobre la enorme responsabilidad que suponía llevar la corona heredada de su padre, corona que tendría que proteger para que pudiera algún día ser llevada por Amalarico, su hijo, y como esta continuidad pendía de un hilo por la ambición del rey franco, la intolerancia de los obispos católicos y su papa y por la traición de Ricosindo.

Ana levantó la vista del libro para mejor imaginar esa escena entre Alarico y Teodegonda, escena que, salvando la distancia temporal de más de quince siglos, le resultaba conocida. Ella la había vivido hacía no tantos años, cuando al poco tiempo de casarse, Alberto, su marido, perdió su empleo y durante los muchos meses esperando respuesta de las empresas a la que había enviado su curriculum, sin otros ingresos en la familia que los que ella aportaba y que apenas les llegaban para pagar la hipoteca y atender a sus necesidad más básicas, él cayó en un profundo desánimo del que ella, también en conversaciones susurrantes durante la noche, trataba de rescatarlo intentado que recuperara la confianza en sí mismo y que tuviera esperanza, pues un hombre con sus conocimientos y disposición era un fichaje que cualquier empresa desearía. Y así fue, recordaba ahora, pero se entregó sin condiciones a su trabajo, tanto, tanto que terminó olvidando a su familia.
A las once se levantó e hizo las labores de la casa distraída. Aunque su cabeza no estaba plenamente ocupada en las vicisitudes de Teodegonda, sí que que había una parte de ella; la suficiente para impedirle poder entregarse totalmente a su propia realidad. Era como si le estuviera pidiendo que siguiera leyendo, que quería saber qué pasaba. Ana reconocía que aquella novela – no sabía si su contenido pertenecía al mundo de la Historia o era ficción – le había enganchado.
Después de comer se preparó un té y se acomodó en el chase longue. Puso la 2. Jordi Hurtado despedía a la concursante que no había superado la prueba del Reto en Saber y Ganar. Le gustaba ese programa, pues era de los pocos que había en todo el amplio espectro de televisiones, en el que siempre se podía aprender algo. Sabía que a continuación empezarían los documentales que eran, en su opinión y dada su frecuente reposición, el mejor acompañamiento sonoro para dormir la siesta o concentrarse en la lectura de un libro, y eso era justo lo que ella iba a hacer.
Estuvo leyendo hasta las seis y durante ese tiempo pudo saber sobre las dificultades de Alarico para calmar a los arrianos más moderados, así como para convencer a los jerarcas católicos sobre la conveniencia de que moderaran sus exigencias y que no soliviantaran los ánimos de sus fieles, pues las reformas que tenía intención de aplicar habían de ser hechas con prudencia y a su tiempo para que ambos bandos las fueran aceptando en un clima de convivencia pacífica. Los obispos, más impacientes quizás por aumentar su poder terrenal que por servir a Dios, lo que les hubiera inclinado al diálogo y al entendimiento, seguían en sus sermones refiriéndose al rey como el hereje que con una mano derecha hacía concesiones a la verdadera iglesia, pero con la otra protegía a quien, como aquel Ricosindo, asaltaba y quemaba iglesias y conventos con total impunidad.
Cierto era que la desobediencia de Ricosindo suponía una gran dificultad para la credibilidad de Alarico aunque había ordenado su captura, decisión que había hecho pública para conocimiento de los católicos y, sobre todo, de Clodoveo. Había dado instrucciones secretas al responsable de ejecutar esa orden para que se limitara a acciones de acoso, pero que no lo detuviera. Temía el rey la reacción de algunos nobles si capturado Ricosindo tuviera que
sentenciarlo a muerte, pues ese era el castigo por quebrantar el juramento hecho al rey.

A lo largo de las descoloridas páginas leídas durante esa tarde, Ana también supo como la angustia y los miedos de Teodegonda la había impulsado a pedir a su esposo, en una de aquellas noches de confidencias, que enviara una partida de soldados y al médico Bertulfo a la comarca donde habitaban aquellas gentes que tantos años vivían y que el médico tratara de descubrir el secreto de tal maravilla.
No se hizo de rogar Alarico, pues aunque los asuntos del reino ocupaban toda su atención, él también estaba intrigado por conocer la causa por la que Froi – aún recordaba su nombre - aquel hombre que ya había nacido en tiempos de Honorio, y su pueblo, alcanzaban edades tan avanzadas, así que ordenó a Huberto, uno de sus generales, que dispusiera una tropa de seis jinetes que escoltaría a Bertulfo hasta el lugar de Requeixo, en la Hispania, a orillas del río que llaman Órbigo y que su principal misión era la de proteger al médico a quien, cuando él lo considerara, debía traer de regreso a la corte sano y salvo.

Fue Teodegonda quien informó a Bertulfo sobre lo que se quería de él. Nada le apetecía al médico llevar a cabo la misión, pues ni el camino tan largo estaba exento de peligros, ni el asunto le importaba tanto, pero tampoco tenía la opción de negarse así que, tan pronto estuvo preparado la patrulla militar y la carreta de intendencia, se dispuso a partir allende los Pirineos, donde suponía que tendrían muchas dificultades, pues el invierno ya se había manifestado cubriendo de blanco tanto montañas como valles. Y si la nieve y la ventisca preocupaban al médico descendiente de los druidas, aún mas lo hacía la segura presencia de osos y lobos, aunque más éstos, en los valles que tendrían que recorrer, pues de todos es sabido que estos animales en invierno y escaseando la comida en las montañas, bajan a las aldeas en busca de rebaños de ovejas, cabras, vacas y caballos llegando a atacar, según había oído comentar en muchas ocasiones, a los caminantes que sorprendieran en alguna de sus correrías.

Como la tarde estaba agradable y aún faltaba un par de horas para que el sol se ocultase tras la Campa Torres, Ana decidió dar un paseo por el Muro, así que metió el libro en el bolso, cogió el bus y a las siete y media se encontraba a la altura de La Escalerona. La marea estaba subiendo obligando a retirarse a los que estaban en primera línea de playa y el Muro era casi intransitable por la cantidad de gente que iba y venía, así como por los ciclistas que parecían haber tomado el Muro como pista de prácticas ante la pasividad de la policía local que, con aquel uniforme de verano – burda copia del de Los vigilantes de la playa, pensó Ana - más parecía que posaban para la galería que para ejercer su función de velar por el cumplimiento de las Ordenanzas municipales.
Bajaba con frecuencia a pasear desde La Escalerona hasta el Sanatorio Marítimo y siempre le había costado caminar con soltura hasta pasar el puente del Piles, pues aunque había muchos paseantes que caminaban por la derecha del paseo según la dirección que llevaran facilitando así el tránsito, no faltaban quienes lo hacían de forma totalmente anárquica cambiando de lado continuamente o empeñados en pasear siempre pegados a la barandilla del Muro tanto cuando iban como cuando venían. Una vez cruzado el Piles, el paseo se hacía cómodo. Un poco antes de llegar a la Madre del Emigrante, pasado el Sanatorio, se sentó en uno de los bancos del paseo, sacó el libro del bolso y con impaciencia, pues ya le faltaban pocas páginas para terminarlo y satisfacer su curiosidad sobre el final de aquella historia, comenzó a leer.

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